Urbión despertó tarde. Durante la noche, Zelda y él se turnaron para dormir y administrar la medicina a Leclas. En el último turno, Leclas dejó de delirar y la fiebre al fin bajó. Relajado porque el peligro había pasado, el sheikan se apoyó en la pared y se quedó profundamente dormido.
- ¡Puagh, que asco! – escuchó que gritaba alguien en el exterior del templo.
Urbión se puso en pie, aferró su maza y salió al exterior. Dejó a Leclas durmiendo hecho un ovillo.
- ¡Ni se te ocurra salir! – le ordenó la voz con acento, la de Zelda. Urbión la obedeció, porque había visto dos "rocas" como las del día anterior, que expedían la nauseabunda humareda amarilla. Urbión se tapó la nariz y la boca. Zelda, inmune al olor, esperaba a que las alimañas terminaran de salir del templo. Detrás, a una distancia más que prudencial, los niños del bosque perdido exclamaban "oh" y "ala"...
- Se parece al cuento del flautista. – comentó Urbión, pero luego pensó: "En ese cuento, el flautista se lleva a los niños." - ¿Qué es esto? – preguntó, y volvió a taparse la nariz.
- Semillas "esencia", una variante especial... Variante Esparaván. – Zelda, de un salto, se colocó a su lado. – En Labrynnia las usamos para desratizar las casas. Atraen a determinados bichos. El efecto ya se pasa... Espera un par de minutos antes de salir, si no quieres acabar como un bomber. – y regresó a donde estaban las dos semillas. Las cogió y caminó hacia el interior del bosque. Las culebras y ratas la siguieron.
Urbión esperó los dos minutos, más otros dos por si acaso. Mientras, se percató de que la herida sobre la ceja ya no le dolía. Al tocarla, sintió una costra dura, como de barro, sobre ella.
- Ha sido ella. – le comentó Linkain. Contemplaba la escena sentado en el interior, a través de uno de los huecos que servían de ventana. – Por lo visto, conoce algunos remedios, aunque no la he dejado marcharse al bosque a buscarlos todos. ¿Cómo está Leclas?
- Saldrá de esta. – Urbión regresó al interior. Linkain tenía algo de comida para el desayuno: unas bayas amargas que sólo el sheikan y él podían comer, por el sabor tan horrible que tenían. Urbión le dio un muerdo a una, pensativo.
- ¿Tú crees que ha sido buena idea? Me refiero, traer a alguien como ella a este lugar. – Linkain dejó las bayas en el suelo, y atendió al fuego.
- Pasas demasiado tiempo con Leclas, te contagia su desconfianza.
- Recuerda que han puesto precio a tu cabeza: le bastaría con señalarnos con el dedo ante los guardias de Kakariko, para acabar todos otra vez en un orfanato. – Linkain echó otro trozo de madera al fuego. – Y créeme, te estoy diciendo esto antes de que Leclas te lo chille, para que tengas preparadas las respuestas.
- Hagamos una cosa: yo respondo por ella. Me ocuparé de controlarla y vigilarla. – Urbión escuchó pasos en la entrada, y se quedó callado. Zelda entraba en ese momento, rodeada por una nube de niños que le preguntaban millones de cosas a la vez: sobre sus trenzas, su acento, sus semillas, sobre la espada...
A partir de ahí, los días se sucedieron muy rápidos para Urbión y los niños del bosque. Nunca habían conocido a alguien con tanta energía como Zelda. Cuando no estaba ayudando a arreglar las paredes del templo, estaba excavando en la tierra, plantando más semillas que extrajo de unos frascos de cristal; o enseñando a Kairut los movimientos que empleó con Zonta.
Muy pronto, Urbión descubrió que, en muchos aspectos, Zelda llegaba a tener más autoridad que él y Leclas juntos. Hasta Linkain, que normalmente era huraño con los desconocidos y callado, acabó pasando las horas después de la cena escuchando las historias de Lynn, el pueblo de Zelda.
Leclas no le agradeció que le cuidara, sin embargo. El gruñón estaba más gruñón que nunca. Cada vez que veía pasar a Zelda, se ponía de los nervios. Tal y como había predicho Linkain, una noche, Leclas se llevó a Urbión a un aparte y le recriminó haber traído a semejante "mandona".
- Pero Leclas, por fin tenemos ayuda...
- No nos has pedido consejo para admitirla, a nosotros los mayores. Se ha ganado a Linkain y a Kairut con esos estúpidos cuentos, y a los niños con sus semillitas. La odio.
Leclas decía esto con el ceño tan fruncido que su cara se transformaba en la de un viejo. En los días siguientes, Urbión pudo ver más veces ese rostro de anciano.
- ¿Pero te vas, en serio? – Kairut no podía creer lo que escuchaba. Zelda volvió a repetir lo que había dicho a la hora de la cena.
- Mañana voy a Kakariko. Tengo que hacer una serie de cosas, a eso he venido.
- ¿Volverás?
Sora le hizo la pregunta. No se separaba del tirachinas que le había regalado, pues según Zelda, tenía una buena puntería. Si mejoraba, podría acompañar a Urbión para cazar en el bosque.
Zelda no se atrevió a responder, porque si en Kakariko encontraba una pista, debía seguirla, como había hecho los últimos meses. En ese caso, no volvería al bosque.
- Es una lástima. – Urbión se sentó a su lado.
La muchacha eludió su mirada. Sabía que si le miraba, era capaz de renunciar a continuar su viaje otra vez. Cada mañana se había levantado dispuesta a decir adiós, pero se encontraba con los ojos escarlata de Urbión, y se decía "un día más".
- Así no puedes ir a Kakariko. Mañana hará mucho frío, y las ropas que llevas son demasiado finas.
Era cierto que los últimos días, el tiempo era más invernal, y la labrynnesa pasaba bastante frío. No era capaz de dormir en el templo, y se había hecho un hueco entre las ramas del árbol de la entrada.
- Toma, esto es para ti.
Y le tendió una paquete de ropa. Asombrada, Zelda cogió la primera prenda, una túnica de hombre de color verde muy oscuro. La tela era fuerte, ideal para abrigar, y parecía duradera. También miró las otras prendas: una camisa oscura, unos pantalones negros ajustados, un cinturón con la hebilla algo rota, y una par de botas altas, de cuero muy gastado.
- ¿De dónde habéis sacado esto?
- Un tipo me vio salir del bosque. Me confundió con un fantasma, y soltó la maleta que llevaba. – los niños empezaron a reírse, cuando Leclas, que era el que había hablado, imitó al pobre hombre agitando las manos y gritando como un loco.
- Dejó esto, y ya hemos dado buena cuenta de casi todo lo que había. Pero esta túnica, por ejemplo, no nos servía: es demasiado grande para los demás niños, a mi me queda pequeña; a Kairut le está ridícula... Y Leclas dijo que detesta el verde.
Zelda aceptó las prendas, y corrió a la habitación mediana para probárselas. Cuando salió, puso las manos en las caderas y sonrió.
- ¿Qué tal?
Por unos instantes la mirada de Urbión se ensombreció. El resto le dieron su opinión (te queda grande en los hombros, que botas tan extrañas¿vas a arreglarte el cinturón). Zelda agradeció el detalle, y se prometió a sí misma que traería algo de Kakariko para los niños, aunque se gastara las últimas rupias en ello.
Le tocaba a Urbión y a ella limpiar los cuencos. Se los llevaron al estanque fuera del templo y empezaron con la faena.
- Aún no me has explicado – empezó a decir el sheikan - ¿qué buscas en Kakariko?
Zelda secaba los cuencos que le iba pasando.
- Busco a una persona. – dijo al fin, tras pensárselo mucho.
- Debe ser alguien muy importante, si recorres medio mundo sola para encontrarle. – Urbión volvió a mirarla con pena, y entonces Zelda soltó el paño.
- ¿Quieres dejar de hacer eso? Si, mirarme con cara de perro degollado. – frunció el ceño.
- Si te miro así, es porque pienso que te voy a echar de menos. Mañana puede que no regreses.
- Pues a lo mejor te sorprendo y vuelvo.
- Me gustaría verlo. – Urbión miró la superficie del lago. Era noche de luna llena, que iluminaba los rincones del bosque de tal forma que todo parecía encantado y mágico. – Pero si vas sola, y decides regresar, puede que no encuentres el camino de vuelta al templo.
- Tú no puedes acompañarme, te pueden detener.
- Ya... había pensado en quedar contigo en un recodo del camino principal, el primero desde que se entra en el bosque. Si no estás ahí al atardecer, entonces... sabré que no vas a volver. – Urbión sonrió de forma enigmática. A Zelda eso la irritó, porque la hizo sentirse feliz e incómoda a la vez.
- De acuerdo. Pero sigo diciendo que me miras de forma rara...
- Es que es muy curioso: esa túnica que llevas parece que esperaba a que tu aparecieras... – Urbión le tendió el último cuenco. – Hace juego con el color de tus ojos.
Y dejó a la aturdida muchacha sola en el estanque.
Con la última frase de Urbión rebotando en su cabeza, como una pelota, Zelda marchó a Kakariko. Fue Kairut quién la acompañó al borde del camino principal. Urbión había decidido esa mañana marcharse muy temprano a cazar a una zona del bosque algo alejada. Era temporada de jabatos, y tenía esperanzas de pillar alguno.
Zelda se despidió de Kairut. Enseguida llegó a la llanura de Hyrule, y de ahí a Kakariko sólo había un corto camino. Llegó a la empalizada de la ciudad justo cuando el reloj del ayuntamiento atronó anunciando las diez de la mañana.
- ¡Eh, tú! – el guardia de la puerta la detuvo. Era un hombre joven, de unos veinte años. – Entra ahora mismo.
- ¿He hecho algo? – Zelda puso cara de niña buena. Por si acaso, tanteó en sus bolsillos para soltar una semilla esencia, o quizá una de luz.
- No te hagas la inocente. – el guarda se sentó en la mesa. – Por tu culpa, tengo a cinco chicos metidos en un barreño, día y noche, y a sus madres aquí dentro (día y noche también), pidiéndome que capture a la peligrosa criminal. – la miró entrecerrando los ojos. – Me han descrito a una niña pelirroja, con orejas largas y puntiagudas y... a ver...- consultó unos papeles sobre el escritorio. – "con tantas trenzas como pecas en la cara".
A eso, Zelda no podía responder.
- También me dijeron que iban a capturar a un criminal buscado por la Guardia Real, un tal Urbión... Y tú se lo impediste.
- Sí, pero ya está. No conozco a ese tipo. – Zelda sacó la mano del bolsillo y a punto estuvo de hacer reventar la semilla esencia... La detuvo la risotada del guardia, divertida y risueña.
- Oye, tranquila... No te voy a detener. Si por mi fuera, te daría una medalla. ¡Gracias a ti, hace días que no me tengo que pelear con Zonta y su pandilla! – el guardia dejó de reír. – Vale... Supongo que la cesta os vino bien. Cuando te vayas a ir, pregunta por mí y te daré otra cesta... Me llamo Hermes.
- De acuerdo. Encantada, Hermes. Yo me llamo Zelda Esparaván.
- ¿Qué haces en Kakariko¿No serás otra chiquilla fugada de un orfanato?
- No. Vengo de Labrynnia, y busco a una persona. – Zelda rebuscó en los bolsillos, y extrajo un dibujo a carboncillo. El papel estaba manoseado, de haberlo enseñado en muchos lugares antes, y hasta tenía el cerco de un vaso en una esquina. Hermes examinó el rostro del hombre allí dibujado.
- No me suena... pero pasa tanta gente por aquí que, la verdad, no me quedo con las caras de todos. – vio que la chica guardaba el dibujo con un gesto de fastidio. – Pero, en "La Torre de Melora" quizá alguien se acuerde de él. Es la única posada que tenemos, y sus camareras tienen una memoria de elefante... (por lo menos con las deudas) – añadió por lo bajo.
Zelda se lo agradeció, y salió de la garita para dirigirse a la posada.
A partir de ese momento, Zelda dudó mucho que lo que vio en Kakariko fuera real o no. Avanzó hacia la plaza principal, guiada por el sonido de la gente paseando, discutiendo... La feria había pasado, y Kakariko volvía a ser una aldea tranquila. Demasiado tranquila, sin embargo. Tal y como sucedía en casi todos los lugares de Hyrule, ya nadie se acordaba de lo que era encontrar niños jugando en la plaza, o el sonido de las risas o llantos infantiles.
Antes de llegar, alguien encapuchado pasó por su lado corriendo, y la empujó. Zelda le insultó, pero el tipo siguió corriendo. Le dolía un poco el brazo por el golpe, pero se le pasó enseguida. En la plaza, había corros de ancianos, discutiendo sobre política y otras cuestiones del reino. Un hombre de unos treinta años estaba arrodillado en una esterilla en el suelo. Se balanceaba adelante y atrás, y se palmeaba las rodillas con ansia. Zelda rebuscó en sus bolsillos y le puso una rupia verde en la escudilla.
- ¡No¡Dame algo, dame algo! – le pidió el hombre. Visto de cerca, no tenía pinta de mendigo, sino de un aldeano más.
- No tengo nada, lo siento. – Zelda recuperó su rupia verde. El hombre le apresó la muñeca y tiró de ella. La miró con ojos vacíos y siniestros.
- "En lo profundo del bosque perdido, un alma airada no os dejará ir... En un castillo... El hechizo ha comenzado." – dijo con voz lejana.
- ¿Qué? – Zelda trató de deshacerse de la mano del hombre, pero parecía que se había clavado en su muñeca.
- "El hechizo ha comenzado." – repitió. Canturreó un poco. – "Encontrad lo que habéis perdido, atenta a las señales de este lugar, y ve siempre a la luz...". – el hombre la soltó, y volvió a balancearse adelante y atrás. Zelda no se quedó a averiguar qué le había pasado. Salió corriendo, en busca de la posada.
En su precipitación, chocó con alguien: un anciano que caminaba encorvado. Llevaba en las manos muchos documentos enrollados, y con el choque perdió uno de ellos. Zelda lo recogió, disculpándose, pero al incorporarse, el anciano ya se había marchado.
La chica empezaba a preguntarse si acaso estaba soñando. Sentía la cabeza pesada, como si tuviera mucho sueño, y lo cierto es que veía la aldea como rodeada por una neblina. Sacudió la cabeza para quitarse esa sensación, y todo volvió a la normalidad. Miró el documento que había recogido: era un mapa de una especie de castillo. No entendió las letras y signos que lo rodeaban.
"Si veo a ese anciano, se lo devolveré... Aunque... Si vale algo, quizá sea mejor venderlo", pensó, y guardó el mapa en la mochila.
Estaba justo enfrente de un cartel que ponía: "La Torre de Melora, Especialistas en vinos, cafés y bollos de canela". Después de varias semanas alimentándose con sopas y trozos de carne resecos, le sonaron las tripas. Miró los precios: podría tomarse un café, pero nada más si quería comprar comida a los niños. Entró y se sentó en la barra.
De nuevo la extraña sensación de ensueño. En la barra había otro cliente. Era un hombre canoso y con barba. Estaba apoyado en el mostrador, y enseñaba al posadero una marioneta. Zelda miró a esta última. Representaba a una mujer de cabellos rubios muy largos y vestido rosa. El hombre manejaba los hilos con maestría, y era capaz de hacer creer que la pequeña princesa estaba viva: caminaba por la barra como lo haría una princesa de verdad en un palacio... Lo único que la delataba como una marioneta eran los hilos y el movimiento rígido de sus brazos.
- ¡Una niña, por fin! – exclamó el hombre de la barba, y dirigió la marioneta hacia Zelda. – Mucho gusto en conocerla, señorita. – dijo con voz de falsete. La princesa se inclinó, con una graciosa reverencia.
Zelda no pudo evitar reírse. La princesa alargó una de sus manos de madera, y la chica la estrechó.
- Muy bueno. – se acordó, y le dio una rupia al titiretero. Este no la aceptó.
- Qué más da. Yo me rindo. – guardó la marioneta en una caja que tenía bajo la barra. Luego, dijo al posadero. – He recorrido casi todo Hyrule, y en ninguna aldea había niños para entretener... Los pocos que hay, están demasiado ocupados, y encima los adultos no están de humor para estas cosas. Voy a tener que ir Gadia o a Labrynnia y Holodrum, si quiero seguir siendo titiritero...
- Un día de estos, tanto el reino de Gadia como las provincias tendrán que acatar las órdenes de la reina Estrella. – comentó el posadero.
- Que los dioses no le oigan. – el titiritero pagó su cerveza. – En fin, me voy. Muchas gracias, señorita. – se levantó el sombrero a modo de saludo y se marchó de la posada.
- Bueno, chiquilla¿qué quieres? – El posadero miró a su espada, y puso una cara de extrañeza. Ver a un niño era raro en Kakariko, pero encima ver uno armado...
- ¿Me puede poner un café?
El posadero se rió, pero le puso una taza, llena de café con leche. La chica se lo tomó despacio. Luego, como el posadero no le quitaba ojo de encima, dijo.
- Busco a una persona... – Zelda sacó el dibujo, y el posadero estuvo mirándolo un buen rato.
- No me suena... Llamaré a una de las chicas, suelen ser más observadoras. – le devolvió el trozo de papel . - ¿Quién es, tu padre?
Zelda asintió. El posadero se introdujo en la cocina, y salió de allí una chica de unos diecisiete o dieciocho años. Cogió el dibujo.
- Lo siento, creo que este hombre no ha pasado por aquí. – aseveró. – Me acordaría de ver a un hylian, nunca he visto uno...
Al fondo de la posada, cerca de la chimenea, había un hombre encogido sobre sí mismo. En ese momento, se puso a llorar. La camarera dejó a Zelda y le atendió.
- Ya se pasa, señor Ridro... Deje de llorar.
El hombre se dio la vuelta, y se acercó a Zelda. Esta se asustó: el tal señor Ridro tenía la mirada de un loco, la piel rojiza de un borracho y los ojos tristes de un condenado a muerte.
- ¿Has visto a mi hijo? – le preguntó. – Es rubio, con un lunar en la nariz, los ojos muy azules... Se llama Dave. Se perdió en el bosque, cuando iba a buscar setas...
La camarera le cogió del brazo y tiró de él.
- No le hagas caso. Su hijo desapareció hace por lo menos veinte o treinta años. – comentó, mientras empujaba al señor Ridro al rincón de la chimenea. – Lo pregunta a todo el mundo.
Zelda se puso en pie de un salto. Sin saber porqué lo hacía, salió corriendo de la posada de Melora. Corrió y corrió hasta que dejó atrás la plaza y se ocultó en un callejón. La sensación de irrealidad seguía ahí, después del café, y ahora encima tenía una sensación amarga en la boca del estómago. Algo no marchaba bien. Por unos instantes, pensó en Urbión y en los niños del bosque.
"Bah, tonterías... A lo mejor solo estoy cansada. He dormido mal por culpa de esos estúpidos sueños que tengo..." Esos días soñaba que su padre le pedía ayuda a gritos en el bosque, pero ella no sabía a donde dirigirse. La voz procedía de todos los lugares y de ninguno a la vez. Corría y corría de un lado para otro, llamando a su padre con la esperanza de escuchar de donde provenía el grito de ayuda. Sin embargo, se despertaba sin haberle visto.
Zelda se sentó encima de unas cajas de madera. Miró el dibujo de su padre. Esa miniatura, a carboncillo, había sido encargada por su padre a un amigo de Ciudad Simetría, especialista en retratos pequeños, para que Zelda se acordara de él y no se sintiera tan sola.
- ¡No, no te vas! – Zelda tenía unos ocho años cuando agarró a su padre de la pierna. - ¡Quiero ir contigo!
- Pero no puedes, es un viaje muy duro. – Radge se sacudió la pierna para apartar a su hija. No le fue nada fácil: había entrenado a esa niña desde los cinco años, y en ese tiempo, era ya fuerte y bastante cabezota.
- ¡Pero no es justo!
Radge por fin se vio libre de su hija.
- Juré que si encontraba al asesino, debía ir tras él. Es mi promesa, no la tuya.
- Pero yo también quiero encontrarle. – Zelda no se daba por vencida. Pensaba entonces que si se aferraba fuerte a su padre, a este no le quedaría más remedio que llevarla con ella.
Su padre la izó en el aire, y la dejó al lado de Astarnia, la mujer que le había prometido que cuidaría de ella. Radge tenía los ojos acuosos, pero se contuvo. Su pequeña hija no lloraba, sino que estaba cada vez más roja de ira.
- Escucha, Zel. No puedo llevarte. Él ya te hizo demasiado daño. Déjame encontrarlo y entonces me vengaré por lo que te hizo a ti y a tu madre. – Radge le dio un beso en la punta de la nariz, que la niña se limpió con rabia. – Te escribiré.
Sin decir más, se subió a la pasarela del barco. Astarnia tuvo que sujetar a Zelda con todas sus fuerzas para evitar que la niña se subiera corriendo. Los marineros retiraron la pasarela, y el barco se puso en marcha. Su padre se había colocado en la proa, y desde allí se despidió agitando la mano, mientras el barco se alejaba del puerto de Lynn.
"Me escribió desde Termina. Me habló del viaje por mar, lento y caluroso, de una tormenta que le pilló por el camino, e incluso se inventó una historia sobre que había visto a un zora..." Zelda conservaba esa carta entre las muchas cosas que llevaba en la mochila. "Y luego, silencio. Nadie ha vuelto a saber de él desde que salió de Termina."
"Te encontraré", se prometió. "Aunque creo que la caminata desde el bosque me ha agotado..."
