Disclaimer: El mundo de Shingeki no Kyojin y sus personajes pertenecen a Isayama Hajime. La historia que se desarrolla en este fic es de mi completa originalidad.
Pareja: Levi/Rivaille x Eren.
Advertencias: AU, posible lemon, reencarnación.
Wonderwall.
by
Crosseyra
III
Eren miró el improvisado pizarrón con fastidio, mientras el rubio alto y de facciones envejecidas escribía ecuaciones, números y letras sobre la superficie blanca. El castaño se rascó la nuca mientras mordisqueaba la punta astillosa de su lápiz grafito, observando con una mueca los penosos dibujos y los garabatos esparcidos por la hoja de su cuaderno. Nunca había sido un artista, pero hacía lo que podía.
Sus ojos pasaron de hito en hito entre los garrapatos que adornaban lo que antes había sido una plana blanca; apreciando desde el chimpancé en monociclo, pasando por el titán con la cara de Hanji, hasta aquellas simbólicas dos líneas cruzadas que, según Jaeger, eran espadas ensangrentadas usadas para hacer justicia en algún mundo imaginario. Intentó hacer un caballo, pero lo que salió de eso fue simplemente lamentable.
—…Y tienes que recordar que primero resuelves las potencias, luego los paréntesis, seguido de las mult…
Escuchaba la voz lejana de su tutor, pero no le estaba tomando atención realmente; seguía empeñándose en hacer de su cuaderno una obra de arte, una hecha por un famoso pintor como Miguel Ángel o Dalí. Pensó en cómo se vería su nombre en la esquina inferior derecha de un cuadro, mientras el rubio delante de él seguía explicándole con la cara vuelta hacia el pizarrón; al final, le dio por comenzar a hacer firmas por toda la extensión de la hoja.
—…Ahora agrupas las equis en el lado izquierdo y…
Las letras le salieron muy grandes. Mierda.
—Lo divides por esto, luego el valor que te de lo…
Ah, aplicó mucha presión. Se ve mal.
—Eren.
¿Y si la curva la hace más grande y alta? Había que probar.
—Oye, Eren…
¡Mierda! La punta del lápiz se le que…
—¡Eren Jaeger Radammes! —pegó un salto cuando el grito llegó a sus oídos; no tardó mucho en perder el equilibrio y cayó de bruces al suelo, llevándose consigo el garabateado cuaderno, el lápiz y la goma. Se levantó como pudo, quitándose el cuadernillo de la cabeza. Los ojos pequeños y dorados de Hannes le miraban con reproche.
—S-Señor Hannes… —tartamudeó nervioso, golpeándose mentalmente por haberse distraído tanto de la realidad.
El hombre se le acercó con pasos lentos y pausados, se agazapó a la altura del chiquillo postrado y tomó la libreta que descansaba en su mano con suavidad. Eren se estremeció ante la calma tan inusual de lo que debería ser un maestro enojado, especialmente de alguien tan estricto como el rubio. A Jaeger se le subieron los colores a la cara cuando el mayor comenzó a hojear en su cuaderno, mirando sus espantosos dibujos, dibujos que no deberían estar ahí.
—No recuerdo que me contrataran para que te enseñara artes visuales, Eren —aseveró, meneando la rayada hoja en su mano a la altura de su rostro, mostrándosela al castaño —. ¿Hay algo que quieras decirle a tu tutor? —se inclinó sobre el muchacho, arqueando una ceja.
Eren tragó saliva.
—Y-Yo… Lo siento mucho, señor Hannes. —se rascó la nuca, apenado.
El hombre le señaló con el plumón que volviera a su asiento, levantándose y girándose de cara al pizarrón, sin antes agregar un:—Y por favor le pido que, terminando la hora, me muestre su cuaderno. Quiero todos los ejercicios hechos, y con verificación. ¿Entendido?
Jaeger no hizo más que asentir, soltando de paso un bufido exasperado. Hannes era buena persona, demasiado buena persona, pero cuando te metías con su clase ya eras un caso perdido; es un excelente y estricto profesor galardonado en la ciudad de Rose y Sina, conocido por sus altos niveles de exigencia que imponía en sus alumnos.
Extrañamente, en el momento en que su trasero volvió a posarse sobre la butaca de cuero negra de Irvin, su mente divagó hacia el día en que se había reencontrado con Hannes luego de años sin verle. Había sido raro, un poco incómodo y sobretodo empalagoso, porque el rubio estaba relativamente enterado de todo lo que había sucedido con él a lo largo de ese último tiempo siendo parte de la familia Smith, constituida por Irvin, Sam y Eren…, y quizás Hanji.
Lo recordaba bien, ese día el verano había vuelto a hacer de las suyas con su calor sofocante y abrazador, el cielo estaba escalofriantemente azul, despejado de todo rastro de alguna esponjosa y blanca nube; las lluvias de verano no llegarían pronto.
Estaba sentado en el marco de la ventana, mirando desde el cristal a un par de mariposas revolotear en los jardines interiores del hospital, con la piel ligeramente perlada por el sudor, pensando en que necesitaba tomarse una ducha en el trascurso del día para apaciguar tanto calor haciendo presión en su cuerpo. Sentía las extremidades flácidas y aletargadas, los párpados le pesaban con una fuerza desmedida e inusual, y el tener presente que sus clases comenzaban en ese mismo momento los ánimos se le iban por los suelos.
Oyó los pasos inconfundibles del director al otro lado de la puerta, y esa voz grave y profunda que tanto le caracterizaba. El rechinido de las bisagras en la entrada no se hizo esperar, posándose Irvin bajo el dintel de la puerta, con una sonrisa en los labios.
—Eren, cariño… tu tutor ya está aquí.
El susodicho asintió y bajó del alfeizar de la ventana con lentitud, tomándose su tiempo. Caminó hacia su padre adoptivo, esperando el siguiente paso y eso de las presentaciones.
Desde el marco de la puerta se asomó aquel rubio de ojos miel con el que tantas veces había pasado las tardes de su infancia, hace años atrás. Sonrió bobamente, sorprendido.
—Él es el señor Hannes Doofen, un maestro graduado con honores de la universidad real del estado de Sina. Te enseñará todo lo que necesitas saber durante un año. Espero y se lleven bien. —el rubio de ojos azules se apartó un poco, dándole el paso al mencionado para que se adentrara por completo en su oficina.
Aquellos orbes miel tan característicos del mayor se encontraron casi simultáneamente con los ojos verdosos de Eren. Hannes esbozó una sonrisa, y Jaeger no pudo contener el revoltijo delirante de emociones que le estaba asaltando en ese momento: Extrañeza, felicidad, incredulidad, alivio, alegría…
En cuanto el hombre se arrodilló en el suelo y extendió los brazos hacia el muchacho, Eren supo que sería uno de esos reencuentros emotivos con música cursi de fondo y un diálogo tierno, como el de las películas. Y, aunque no le gustaran mucho ese tipo de cosas tan empalagosas, los deseos de correr hacia él le invadieron, y no tardó más de dos segundos en abalanzársele encima y apretujarse contra su cuello.
Hannes era, de cierta forma, el único recuerdo viviente que le quedaba de su feliz infancia.
El abrazo fue correspondido de inmediato, Jaeger volvió a descubrir la calidez del rubio que alguna vez había compartido con Mikasa. Doofen no tenía hijos, y siempre había tratado a Eren y a su hermana Ackerman como si fueran aquellos niños que nunca tuvo.
Irvin contemplaba todo desde su lugar, un poco sorprendido.
El maestro se limitó a acariciar la cabellera castaño del chiquillo.
—Si hubiera sabido que las cosas saldrían de esta manera, te hubiera llevado a casa conmigo. Irene te extraña mucho ¿Sabes? A ti y a Mikasa —susurró el mayor con cariño, aun con Eren rodeándole el cuello con insistencia.
—¿Cómo está su esposa, señor Hannes?
El rubio sonrió.
—Mejor que nunca, con su carrera teatral en la cima. —alardeó el mayor, rompió el abrazo para posar sus manos sobre los hombros del castaño, mirándole a los ojos. —¿Te acuerdas cuando tú, Mikasa, Carla e Irene jugaban a las obras de teatro en el jardín de nuestra casa? —Eren asintió. —Bueno, eso dio sus frutos.
Jaeger soltó una leve risilla, enjugándose un par de lágrimas que amenazaban con desbordarse de la comisura de sus verdosos ojos. Volteó la cabeza, posando su mirada en un Smith completamente ajeno al tema, observando a ambos con un claro semblante confundido y un poco desentendido, pero no menos enternecido por tan dulce escena que apenas y comprendía.
—Veo que ya se conocían. —dijo el de azulinos ojos al ver que su hijo adoptivo le dirigía la mirada, interpretando el gesto como su paso para inmiscuirse en el tema.
—El señor Hannes era amigo de mis padres, señor Irvin. —aclaró el muchacho, tomando distancia de su tutor, quien inmediatamente se irguió en su sitió.
—El doctor Grisha Jaeger salvó a mi esposa de una terrible enfermedad años atrás. Pasé mucho tiempo con Eren y su familia por esos tiempos.
El rubio clavó sus ojos en Doofen, consternado.
—¿Su esposa? ¿La célebre actriz Irene Shmirtz?
Hannes asintió.
—La misma.
Luego de ello, la plática que mantuvieron los tres fue de nimiedades sin importancia, trivialidades que no valía la pena mencionar en lo absoluto. Hannes e Irvin siguieron conversando un poco sobre Eren, no más de cinco minutos a lo máximo, para luego el rubio dejar que su pequeño y su tutor pudieran comenzar con lo acordado. En cuento Smith dejó la oficina, Doofen y Jaeger retomaron el tema de la infancia que el castaño pasó con el hombre, dejando en claro que ese día lo tomarían únicamente para avivar recuerdos y contar anécdotas.
Después de todo, ya iban dos años en los que no se habían visto las caras.
Y Eren había sido inmensamente feliz de saber que aún quedaba una persona en el mundo que había compartido sus días más alegres, certificándole que nada fue producto de su imaginación.
Pero las lecciones con el estricto profesor Hannes seguían en pie.
Las clases habían empezado hace cuatro meses; de lunes a sábado por la mañana. La verdad es que adaptarse al ambiente que ofrecía la oficina de Smith como su "Salón de clases privado" no fue fácil, tomando en cuenta de que la última vez que se había destrozado la garganta había sido justo allí, sobre el mullido asiento del rubio, y también el lugar donde conoció a su tío Levi. Además no estaba acostumbrado a asistir a clases un sábado por la mañana, por lo cual se le había hecho un verdadero desafío el levantarse temprano los fines de semana.
A pesar de todo, tenía que admitir que las cosas iban por buen camino.
No lo veía los días de semana por cuestiones meramente de horario y trabajo, pero los sábados y domingos eran la excepción, días que, hasta cierto punto, eran solo de él y Rivaille. No lo conocía, cuando se veían apenas y cruzaban alguna palabra, pero la presencia de ambos por el momento era suficiente para Eren. De alguna manera el tiempo que pasaban juntos era ameno, o por lo menos eso parecía a criterio de Jaeger; siempre que esos días llegaban sentía un revoltijo en el estómago, cosa extraña.
Hoy no era la excepción.
Por los últimos meses se había tomado la relativamente curiosa tarea de conocer al moreno, acercarse un poco más a él, forjar algo más de confianza. Eren no era del tipo de persona que se guarda las cosas, y a sus doce años de edad era un crío impresionantemente directo, quizás más que cualquier otra persona, y las razones se remontaban a los tiempos en que todavía vivía feliz como una lombriz en el distrito de Shiganshina. De todas formas no había puesto mayores trabas en decirle a su tío nuevo que quería conocerle mejor, y Levi no pareció reacio ante la idea, pero tampoco muy convencido.
Era de esperarse, ese hombre no tiene otra expresión que mostrar más que seriedad o indiferencia en el rostro.
Independientemente de todo, ya habían agarrado ciertas costumbres. Como por ejemplo el que Rivaille arribara a las diez de la noche en la oficina de Irvin con un libro bajo el antebrazo, o que Eren siempre terminaba sentado en el alfeizar de la ventana leyendo mientras Levi contestaba llamadas aparentemente urgentes, o que ambos se miraran sin despegar la vista por minutos en completo mutismo. A Jaeger le gustaba el silencio que le otorgaban los momentos que pasaba con Levi, en cierta medida le relajaba, porque tenía la sensación de que no tenía la obligación de sacar un tema a la fuerza.
Pero de confianza no tenían nada; Eren sabía que no avanzaban como deberían.
Corporal seguía siendo un desastre en adivinar gustos, y quien sabe por qué motivo, tal vez se debía que realmente no le interesaba. Al castaño no le gustaba mucho la idea, pero agradecía el gesto de tener un (horrendo) libro nuevo cada semana.
A criterio de Eren la apariencia tosca, fría e indiferente de Levi no distaba mucho de lo que alcanzaba a coger de su personalidad. Eran simples pedacitos esparcidos apenas perceptibles, rastros que él dejaba en el camino por accidente o por ocio, señales que le mostraban parte de esa forma de ser seria, calculadora y desinteresada. A veces Eren pensaba que ese hombre no tenía un corazón ni emociones, y probablemente no estaba muy alejado de la realidad. Rivaille no tenía apegos ni mucho menos tacto, la mayor parte del tiempo le trataba de "mocoso" o "chiquillo trastornado", cuando le miraba, lo hacía de una forma escrutadora, y su voz era siempre indiferente y monótona.
Pero Jaeger no había podido olvidar la calidez en las manos de Corporal.
Aquella calidez que una vez logró devolverle el juicio y la sensatez que por un momento creyó perdida.
No iba a negarlo, aquellas crisis de pánico estaba constantemente asechándole, pululando a su alrededor, amenazando con hacer desaparecer la poca cordura que Eren, con un esfuerzo desmedido, intentaba conservar. Eran como fantasmas, demonios invisibles que no podía oler, ver o tocar, pero sabía que estaban allí, bailando al compás de una música que repiqueteaba en su cabeza. Aquellas cosas lograban transformar su mundo en apenas lo que duraba un maldito segundo; algo que en un principio le parecía agradable y tierno en un santiamén se disolvía en turbulentos pensamientos hasta convertirse en algo aborrecible, irreal.
Eren ya no podía confiar en nada, ya no podía percibir las cosas como realmente eran. Ese cuento fantástico que Hanji e Irvin le contaban, ese que le decía que todo estaría bien, que no tenía por qué temerse a sí mismo, que todo tenía una jodida solución era una desbaratada mentira a sus oídos, porque lo sabía… Nada estaba como debería.
Su mente estaba tan destrozada…
A veces, incluso, creía ver cosas.
Nimiedades, nada más. Solo eran sombras que, tenía claro, eran producto de su imaginación, pero le frustraba, le frustraba de una manera incomprensible, ya no sabía dónde refugiarse, a qué carajo aferrarse cuando las paredes parecía apretujarse a su alrededor; los ojos azules y serenos de Irvin no había logrado otorgarle un mísero segundo de paz.
Lo había intentado, por dios que lo había intentado, quería acunarse en los abrazos que Hanji le daba a menudo y dormirse con la voz profunda y paternal de Smith susurrándole palabras torpes pero dulces, quería poder descansar en un mundo normal, pero sus demonios no se lo permitían.
Sus demonios eran egoístas.
Cuando su mundo se volvía sofocante, cuando los vidrios parecían sangrar y las luces se apagaban por horas, cuando las palabras se aglomeraban en su garganta y los deseos de arrancarlas tajo por tajo le corroían, Eren se cerraba, se tapaba de pies a cabeza y se quedaba con la mente en el pasado, reviviendo segundos de felicidad de antaño. A veces sus preocupaciones y sus horrendas angustias lograban atravesar esa fortaleza hecha de recuerdos, otras veces simplemente dejaban de insistir y se iban.
Porque Eren no tenía un antídoto a su locura.
De pronto la alarma del teléfono del rubio comenzó a sonar de forma estridente. Eren levantó la mirada de su cuaderno de álgebra de inmediato mientras su tutor corría la manga de su saco, comprobando la hora en su reloj de muñeca. Luego, comenzó a guardar sus cosas.
—Bien, se nos acabó el tiempo. —comentó, observando al castaño. —Eren, por favor tráeme tu cuaderno.
El susodicho tragó grueso, levantándose a cuestas del nerviosismo del mullido asiento de Irvin, caminando con pasos torpes y tambaleantes hacia la, en ese momento, impotente figura de Hannes; se notaba a todas luces que el muchacho no había terminado todas las ecuaciones como su maestro se le especificó. El hombre extendió la mano, y Jaeger no tuvo más remedio que alcanzarle su cuadernillo.
Como era de esperarse, Doofen hojeó las páginas garabateadas tanto con ejercicios como con desastrosos dibujos apenas entendibles, de hecho había encontrado uno que otro garrapato sobre él; nada malo en realidad, pero el punto es que ese tipo de rayones no deberían estar ahí, en una libreta destinada a ecuaciones algebraicas.
Paseó los ojos por los ejercicios sin terminar.
—El lunes quiero todas estas ecuaciones terminadas y el libro de historia medieval que te pedí. También el señor Smith me pidió que te enseñara algo de español e inglés, así que por favor el miércoles trae contigo un diccionario útil.
—¿Por qué quiere enseñarme lenguas que apenas y se usan?
—Quien sabe. ¿Para ampliar conocimientos, quizás? —Hannes le observó por el rabillo del ojo, sin darle muchos rodeos al asunto. —Se dice que eran los idiomas más usados luego de la catástrofe y el levantamiento de las murallas. Supongo que quieren evitar que desaparezcan.
—Para eso podría enseñarme francés.
—Vamos, Eren… —espetó el mayor, entregándole el cuaderno al muchacho. —Es como si quisieras aprender latín o hebreo; lenguas muertas. Con la poca información gramática que tenemos es algo imposible. —y, como punto final, agregó:—No queda ninguna persona de ascendencia francesa viva, por lo menos no aquí, dentro de las murallas.
Jaeger recibió su pertenencia con el ceño fruncido, mirándolo como si ese cuaderno fuera el causante de todos sus males. Estaba enojado, y él era un muchachito demasiado transparente como para ocultarlo, sus emociones rebotaban libremente ante los ojos de cualquiera, y era una tarea relativamente fácil el leerle la mente; Eren era muy predecible.
Tomó una bocanada de aire, sin dar el brazo a torcer.
—No sé porqué seguimos encerrados como ganado dentro de los muros. —espetó —Ellos ya no existen…
—Ya no existen alrededor de las murallas, pero nada nos asegura de que hayan desaparecido por completo del mundo. El territorio que ocupamos es una pequeñez en comparación con lo que es la tierra… Eren, tú leías libros sobre esas bastas extensiones de agua y suelo, deberías saberlo…
Y lo sabía, claro que lo sabía, había leído tanto como para saber sobre la tierra de hielo y las aguas de fuego ubicados en alguna parte del mundo, sobre las enormes montañas que escupían lava y los límites entre el suelo y el mar donde la tierra parecía ser hecha de harina blanca, sobre lugares tan exóticos como la selva y tan enormes como los llamados continentes. Lo sabía, no tenían porqué recordárselo, pero eso no quitaba lo poco convencido y lo desagradable que le resultaba la idea de seguir viviendo dentro de Wall María, Rose y Sina cuando la amenaza cercana había sido erradicada, cuando aún había tanto por descubrir.
Habían pasado más de mil años desde ello, y la gente seguía con la idea de vivir encerrados a pesar de ya no existir eso a lo que tanto la humanidad le había temido.
Más de mil años desde la última vez que se vió un titán.
Suspiró, resignado… nadie nunca había compartido su pensamiento con lo que respectaba a esos muros de cincuenta metros que se alzaban alrededor de los tres estados, absolutamente nadie, así que no era de sorprenderse que Hannes pensara lo mismo que todos los demás sobre salir al exterior, fuera de las murallas.
Se volteó, musitando un débil gracias hacia su tutor, caminando a zancadas hacia el escritorio para guardar sus cosas. Hannes se limitó a observarle desde su lugar, terminando de posar todas sus cosas en su maletín para así poder irse y volver el lunes, como siempre. El muchacho tomó sus pocas pertenencias y se dirigió a la puerta, seguido de cerca por el rubio, quien no había tardado nada en notar el desánimo del niño.
Pasó un brazo sobre los hombros de Jaeger, teniendo inmediatamente la atención del susodicho.
—Vamos, Eren… sin desanimarse ¿Eh? —Hannes esbozó una leve sonrisa, caminando por los pasillos del hospital. —Irene vuelve de Sina de rodar una película en un mes. Le comenté que te estoy dando lecciones, y me ha dicho que tiene unas ganas inmensas de verte. ¿Qué te parece si almorzamos todos juntos cuando vuelva?
Jaeger le observó por ínfimos segundos, un brillo peculiar en sus ojos destelló con fuerza, y una ligera sonrisilla se formó en sus labios; era obvio que le había encantado la idea.
—¡Me parece genial!
Luego de ello, Doofen se despidió y siguió por los corredores hasta que Eren le perdió de vista. En cuanto a lo que al muchacho se refiere, tomó un camino distinto y se adentró aún más en el hospital, buscando a una persona en particular. De camino se encontró con Sasha, su enfermera designada, y con Christa, una de los tantos doctores que trabajan en la clínica del distrito de Trost. Se detuvo un par de minutos a intercambiar palabras, desde su encuentro con Levi se había puesto más hablador, y luego siguió su ruta.
Llegó frente a una puerta de caoba perfectamente mantenida, dio unos ligeros golpecitos y de inmediato la entrada se abrió, dejando al descubierto a la loca de gafas.
—¡Oh, Eren! Cariño… ¿No deberías estar en tus clases con el señor Hannes?
Jaeger negó con la cabeza.
—Ya acabaron.
—¡¿Ah?! ¿Ya son las ocho? ¿Tan tarde es? —la castaña se volteó para mirar el reloj que colgaba de una de las paredes, en efecto, eran las ocho de la noche. Se giró para ver por la ventana y se dio cuenta de que ya estaba anocheciendo. —Bueno, ven aquí. Tío Levi llamó y dijo que vendría un poco antes, así que debe estar en camino.
Hanji se hizo a un lado y el muchachito se adentró en el despacho, tomando asiento en una de las sillas del estudio de su madre adoptiva, frente a su escritorio, dejó sus cosas sobre la mesa y la castaña inmediatamente se sentó frente a él, con una gran sonrisa en el rostro, algo bastante característico de ella.
—¿Y bien? ¿Qué hubo de entretenido hoy? —preguntó la mujer con entusiasmo, inclinándose sobre el escritorio.
Eren se encogió de hombros.
—Nada nuevo, solo historia y un poco de álgebra.
—¡Oh! ¿Y qué época, cariño?
—Edad media. —respondió Eren con simpleza, jugando con sus dedos.
De pronto Hanji se levantó bruscamente de su butaca, asustando al castaño. Jaeger pudo ver un algo centellear a través de las gafas de Zoe, acompañado de una sonrisa que se extendía de oreja a oreja en el rostro contrario. A pesar de haberlo presenciado varias veces, el chiquillo todavía no terminaba de acostumbrarse a los repentinos estallidos de excitación y locura que asaltaban de la nada a la mujer cuando un tema que le interesaba se sacaba a colación.
—¡La época medieval! ¡El periodo en que la humanidad logró exterminar a los titanes! —gritó, posando la planta del pie sobre su escritorio con fuerza, provocando un ligero saltillo en Eren. —¡Los tiempos en que la humanidad conoció a su soldado más fuerte! ¡Y a uno de los chicos titanes! ¡Y…! —a ese punto, el muchacho ya había dejado de prestarle atención a Hanji. Cuando la mujer tenía un vuelco tan extremo en su actitud, la mejor opción era dejar que siguiera hablando hasta que se cansara… o hasta que surgiera algo importante.
De repente, y a la velocidad de la luz, algo atravesó por la cabeza de Eren.
—Tía Hanji… —le llamó el chiquillo lo suficientemente fuerte como para sacar a Zoe de su monólogo. La castaña le miró, un poco desencajada. —¿Qué piensa sobre salir de las murallas?
Ciertamente la pregunta había tomado desprevenida a la loca de gafas; Jaeger había notado el ligero titubeo y duda que recorrió la expresión perpleja de la mujer en cuanto las palabras que rondaban por su mente fueron pronunciadas. Le vio bajar lentamente del escritorio, con una mirada sorprendida, y caminar hacia él como si la vida se le fuera en ello. Se quedó varada a un paso del niño, observándole un poco preocupada.
Soltó un suspiro, rascándose la nuca.
—Bueno, Eren… La verdad es que…
—¡Doctora Zoe!
El portazo que retumbó en el despacho seguido de un grito proveniente de Sasha obligó a Eren y a Hanji a voltearse hacia la entrada, clavando sus ojos en la figura alta, esbelta y aparentemente alterada de Braus bajo el dintel de la puerta. La chiquilla tenía una expresión casi demacrada y cansada, como si hubiera corrido por todo el edificio para llegar hasta aquí. A pesar de la distancia, Jaeger podía ver claramente un par de gotas de sudor deslizarse por el rostro y cuello de la muchacha.
La castaña se encaminó a paso rápido hacia la enfermera.
—Sasha, ¿Qué es todo este escándalo?
La chiquilla tragó grueso.
—Hubo una llamada urgente de las tropas estacionarias y la policía militar de Rose. —dijo Braus, y en cuanto Hanji se le acercó con el seño claramente fruncido, Eren ya no fue capaz de escuchar nada más sobre el tema.
Les vio susurrar entre ellas, Sasha con los ojos desmesuradamente abiertos del pánico que le estaba invadiendo; se le notaba a kilómetros que estaba nerviosa, también se percató de la inusual seriedad que había adoptado Zoe en su actitud; lo que sea que la castaña enfermera le estaba informando a la doctora, el muchacho sabía que no era nada bueno. Había un aire pesado en el ambiente, una atmósfera que aumentaba la gravedad considerablemente, era uno de esos tipos de ambientes que no auguraban nada bueno.
La voz cortante de su madre adoptiva llegó hasta sus oídos.
—Dile al director que avise a todo el personal y me mantenga al tanto del asunto. Yo me encargaré de la administración de medicamentos y camillas. A los pacientes que puedan irse denles el alta —hizo ademán de irse, pero de inmediato se detuvo, volviendo a dirigirse a la muchacha. —Sasha, necesito a la mayor cantidad de empleados posibles, hazte cargo de ello. Va a ser una noche larga… —y, luego de ello, se retiró. Braus hizo lo mismo, pero en dirección contraria.
Eren se quedó perplejo, comprendiendo a medias lo que acababa de suceder, y, valga la redundancia, con una media respuesta por parte de la castaña de gafas a su precipitada pregunta.
No pasaron más de quince minutos antes de que Jaeger viera a gente correr de aquí a allá como condenados, llevando camastros, sueros, medicinas, equipos de reanimación, entre otros; médicos gritando órdenes, gente hospitalizada dejando que se fueran a sus casas de una manera masiva, archivos que volaban en brazos de alguien, documentos que a veces eran desperdigados en el suelo.
La siguiente media hora fue igual, un caos total.
El sonido estridente de una sirena logró captar la atención del muchacho, quien no tardó en asomarse por el gran ventanal en el despacho de Hanji. Allí, en la entrada de emergencias del hospital, había un par de ambulancias ingresando estrepitosamente al edificio; para Eren no hubiera sido un hecho relevante si no fuera porque, más allá, en la larga y gran avenida colindante al hospital, luces rojas y azules destellaban en la obscuridad, y una hilera increíblemente enorme de vehículos especiales se hacían presentes en la calle, todos con un mismo destino.
Tan ensimismado estaba viendo el espectáculo que no se enteró de cuándo fue el momento en que alguien se había adentrado en la oficina.
—El hospital está hecho un caos. ¿Sabes lo que está pasando, mocoso?
Eren se giró con el corazón desbocado y clavó sus ojos en la figura baja e inconfundible de Levi bajo el marco de la puerta, con su pañuelo atado al cuello y su saco negro cubriéndole los hombros y espalda.
Se encogió de hombros mordiéndose el labio inferior, nervioso.
—No lo sé.
Jaeger notó que, como siempre, Rivaille llevaba un libro bajo el antebrazo. Sonrió para sus adentros.
Iba a decir algo sobre el libro, pero fue inevitablemente interrumpido por otro portazo en el despacho, esta vez cortesía de Zoe, quien, en cuanto notó la presencia del mayor, no perdió tiempo en tirársele encima.
—¡Levi, tienes que sacar a Eren de aquí! —gritó, agarrando al susodicho por los hombros, quien no tardó en propinarle una certera patada en el estómago.
Sorpresivamente, Hanji le esquivó.
—¿Qué mierda te pasa, cuatro ojos?
—Hubo un accidente masivo en la entrada de Trost en la muralla Rose. Volaron la puerta en pedazos. —espetó, histérica. —Necesito que te lleves a Eren contigo y le dejes pasar la noche en tu casa.
Tanto Rivaille como Jaeger intercambiaron miradas, sorprendidos.
Iba a tener que pasar la noche con Levi.
Hoooli(?
Lamento mucho la tardanza y el no poder actualizar antes del domingo, por ciertas cosas cosas tuve que reescribir el capítulo. Ah-Ah-Ah.
Anyway, ahora que me doy cuenta al principio, en las advertencias, no puse el relevante hecho de que este fic incluía "Reencarnación", Jejejejeje.
Lo lamento, erro mío.
En fin, agradecimientos a todos quienes comentaron y dejaron un lindo review en el capítulo anterior. Fueron trece, si no me equivoco3. Un record personal, diría yo.
En fin, espero que hayan disfrutado el cap.
¿Un review? ¿Ah? ¿Ah? Igual se agradece el que usted, querido lector, se tomara la molestia de leer estas atrocidades mías:33
Nos leemos en la siguiente actualización :3.
Crosseyra.
