Les pido una gran disculpa por este fic también. Sé que he tardado en actualizar los dos fics que me encuentro publicando, pero les pido paciencia y comprensión, ya que aun tengo bastantes asuntos que atender.
Así pues, estaré actualizando mis historias alternadamente, y les menciono que en capítulos posteriores este y mi otro fic cambiaran a la clasificación M, lo cual yo les avisaré con tiempo.
Me disculpo también con las personas a las que no les conteste el review del capítulo anterior. Les prometo que contestaré los siguientes.
Sin más agradezco a los que se toman la molestia de leer, y en especial a:
Leiram, Feña, Blue-Bird07, Laberinto de Cristal, Laura Rojas, Mahidelin, Biak Songkey, Abril-chan, AniHaruno, Nekito-chan, Chiby-alchemist y PuLgA (te pido paciencia y piedad).
¡Hasta la próxima!
Capítulo 2.- Primer encuentro con el destino
El día era soleado, pero el suave y refrescante viento que soplaba hacía que el calor no fuera sofocante.
Las aguas de un lago brillaban ante el reflejo del sol. Ahí mismo, una pequeña embarcación improvisada flotaba no muy lejos de la orilla. Los dos niños que viajaban en ella se encontraban sentados tranquilamente, con los pies sumergidos en el agua.
De pronto, uno de ellos, el mayor, se apresuró a enrollar el hilo de su caña de pesca.
-¡Ya cayó otro, Al!- gritó el chico con evidente alegría. -La cena de esta noche será magnifica.-
-Genial.- contestó el aludido con desgano, mirando algo afligido un contenedor que se encontraba a su lado, totalmente vacio. Luego, el menor suspiró profundamente.
Después, su vista se dirigió hasta su hermano, quien lanzaba el anzuelo con destreza, mientras sonreía con astucia.
-Tú siempre… has sido muy bueno para estas cosas.- dijo Alphonse mirando con tristeza la cesta situada junto a Ed, que estaba a punto de llenarse. -No he podido conseguir nada.-
-Déjame ver como lo haces.- exigió Edward, a lo que el pequeño le obedeció rápidamente.
Luego de unos minutos de observarlo, el mayor de los niños retomó la palabra.
-Lo estas haciendo mal.- expresó con tranquilidad -Para empezar, no estas colocando bien la carnada.- dijo mientras sacaba el anzuelo del agua, en el cual ya no había nada. -¿Lo ves? Ni siquiera se mantiene en su sitio. Segundo: debes tener cuidado de no hacer nudos en el hilo, aquí tienes algunos. Y tercero: no muevas tanto tus pies mientras los tengas dentro del agua, alertas a los peces. ¿Entendido?-
-De acuerdo, hermano.- respondió Al un poco más animado por los consejos.
Después de varios minutos, el menor de los chicos comenzó a tirar de su caña de pesca, exaltado.
-¡Atrape uno, hermano!-
-¡Rápido¡Envuelve el sedal!-
Alphonse obedeció de inmediato, sacando del agua un pez de casi medio metro de largo. Al verlo, el niño sonrió y miró a Ed.
-¡Excelente, Al! Es aún más grande que los que yo he atrapado.-
-¡Gracias hermano¡Eres genial!-
-Lo sé.-dijo el rubio con fingida arrogancia.
-Me sorprende todas las cosas que sabes hacer, hermano. Eres muy inteligente-
-Solo sé lo necesario. Después de todo, soy el hombre de la casa. Es parte de mis obligaciones.-
La sonrisa del pequeño se borró de repente. Era la primera vez que pensaba las cosas de esa manera.
Le dolía la ausencia de su padre, y por alguna razón, el que su hermano quisiera tomarse las atribuciones que le correspondían al jefe de la familia, le hacía sentir tristeza y preocupación. Le entristecía el hecho de pensar que su padre jamás volvería, cuando el mismo guardaba esperanzas de que sucediera, y a la vez le preocupaba, porque su hermano era todavía un niño, y significaba un gran sacrificio para el resguardar el bienestar de la familia. Era una responsabilidad muy grande para alguien tan pequeño.
-¡Deja de decir esas cosas ¡Recuérdalo… tú no eres papá!-
Alphonse le dio la espalda a Ed, sentándose en la balsa y abrazando sus propias piernas, para luego comenzar a llorar en silencio.
Edward se desconcertó al ver al chico así. Nunca antes había reaccionado de esa manera. Cuando llegaban a mencionar a su padre, Al y su madre solían entristecerse, pero para el mayor de los niños parecía algo insignificante.
Le molestaba que ellos le dieran tanta importancia a un hombre que había abandonado el hogar.
No sabía con precisión si lo odiaba, pero para el, su progenitor ya no significaba nada importante, a diferencia de su hermano pequeño, quien aun le tenía cariño.
Ed estaba consciente de que a pesar de lo que el sentía, jamás podría cambiar los sentimientos de los demás, por lo que tenía que respetarlos.
Después de unos momentos, Edward se colocó a lado de Alphonse, sentándose junto a el y rodeándolo con uno de sus brazos para confortarlo.
-Lo siento.- dijo el mayor, ganando con eso la atención del niño. -Yo sé que… jamás podré tomar el lugar de papá, y tampoco quiero hacerlo. Yo cuido de ustedes, de ti y de mamá… porque son mi única familia y no deseo que nada malo les pase. Los quiero más que a nada en el mundo, y voy a protegerlos siempre, lo prometo.-
Al asintió levemente para luego abrazar a su hermano con fuerza, llorando sobre su hombro y susurrando una disculpa.
Tras permanecer así varios minutos, los chicos rompieron el abrazo.
-Será mejor que regresemos a casa, Al. Prepararé una cena deliciosa, y así mamá se sentirá mejor.-
-¡Si!- contestó el aludido con una sonrisa, misma que su hermano correspondió.
Y así, los dos niños regresaban a su hogar, bajo la tenue luz del atardecer.
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Edward despertó exaltado, notando como unas pequeñas y escasas lágrimas se encontraban acumuladas en sus ojos, productos de aquel sueño.
Se incorporo en el asiento, mismo en el que se había quedado dormido, y luego, frotó sus ojos cuidadosamente para limpiarlos.
Un poco de calor comenzaba a hacerse presente, por lo que el muchacho se apresuró a desabotonar la chaqueta de su uniforme y abrir una de las ventanillas del tren donde viajaba.
Ahora iba camino a Rizembul.
Ese mismo día por la mañana, Ed se había entrevistado personalmente con el Führer para abogar por algo de tiempo de asueto, el cual le fue concedido sin objeción alguna, ya que este último opinaba que con los recientes sucesos, el joven Elric no era capaz de laborar adecuadamente.
Después de eso, el rubio se apresuró a tomar el primer tren que lo llevara a aquel pueblo. Deseaba llevar a cabo su venganza lo antes posible.
El alquimista suspiró con cansancio. El rumbo que había tomado su vida ahora ya no le permitía estar tranquilo. Sin duda su mente trabajaba demasiado, lo cual comprobó al notar que en una de sus manos aun sostenía una vieja fotografía, debido a la cual habían vuelto a su cabeza aquellos recuerdos.
En ella se apreciaba a Alphonse de niño, sosteniendo al pez de gran tamaño que el mismo había atrapado con la ayuda de su hermano.
Edward sonrió con tristeza al volver a ver ese retrato. La muerte de su joven hermano no solo le causaba dolor, sino también profundos remordimientos, ya que, no había podido cumplir la promesa que le hizo años atrás: protegerlo siempre.
Por eso, el muchacho veía la venganza como el único objetivo de su existencia, y una vez que la hubiera realizado ya no le importaría lo que fuera de él. De hecho, también había pasado por su cabeza la idea de buscar también la muerte por su propia mano, pero solo hasta cumplir su meta.
Ahora su cabeza debía mantenerse fría, ya que sus planes no podían consentir error alguno.
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Las horas parecieron eternas a bordo de aquel tren, por lo que, una vez que arribó a Rizembul, el muchacho bajó de prisa para estirar su cuerpo. Estaba agotado y adolorido por aquel viaje, pero eso no impediría que siguiera su plan.
No pasaron muchos minutos cuando Ed ya se dirigía a donde se hospedaría.
Abordó un pequeño carruaje guiado por caballos, uno de los limitados medios de transporte de ese pueblo, que a pesar de no tener las cómodas modernidades de Central, era un lugar hermoso.
El color verde abundaba por todas partes. A donde volteara la vista podía encontrarse con bellos campos plagados de flores y arboles. Sin duda era un paraíso alejado de la "civilización".
La mirada de Edward se perdió en aquel sublime paisaje, disfrutando de la brisa que se colaba por la ventana del carruaje, donde por primera vez en mucho tiempo, se sentía tranquilo.
El recorrido estaba por terminar. El rubio pudo divisar una cabaña a lo lejos. Era algo pequeña, pero resultaba agradable a la vista.
Ese fue el lugar que Hughes le había preparado al joven en cuanto este le avisó de su partida, esperando que su amigo encontrara tranquilidad lejos de la ciudad y las presiones de la vida diaria. Internamente, Ed estaba agradecido con Maes.
Pocos minutos después, Edward llego a la cabaña, pidiendo que acomodaran su equipaje en el interior. Luego comenzó a inspeccionar el lugar.
La choza contaba con dos plantas. En el primer nivel se encontraba la sala de estar, la cual contaba con una chimenea que ya estaba encendida. A su vez, dos espaciosos sillones, cubiertos con suaves pieles de animales, se situaban cerca de la chimenea.
Lo siguiente era una extensa cocina, con muebles de acabados de madera, bastante elegantes. Contaba también con un gran comedor.
En el segundo piso se encontraban las habitaciones, pero el joven alquimista ni siquiera se molesto en subir las escaleras, ordenando únicamente que le prepararan una recamara.
En vista de que faltaba poco para que el sol se ocultara, el rubio salió de la cabaña, alegando a los empleados que necesitaba dar un paseo.
Entonces, Edward se adentró en el bosque, el único camino que había para ir al pueblo, ya que la choza se encontraba en las afueras de este.
La tranquilidad que había experimentado momentos antes se esfumó y sus facciones volvieron a endurecerse. No olvidaba el motivo por el cual se encontraba en Rizembul.
-Creo que aun no es muy tarde… para hacer algunas presentaciones.- murmuró para sí mismo el muchacho, mientras la ira volvía a reflejarse en sus ojos.
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La noche había caído ya. Poco a poco los hogares de Rizembul comenzaban a iluminarse, y en algunos podía divisarse humo en las chimeneas.
En una de esas viviendas, una joven esperaba de pie junto a la ventana, asomándose afuera de vez en cuando.
Ella no aparentaba más de veinte años; su cabello rubio caía hasta llegar a sus hombros, sus ojos azules se mostraban opacos, y su piel daba un aspecto de palidez.
Llevaba puesto un vestido blanco que cubría hasta sus rodillas, con mangas cortas, y sobre este, un delantal del mismo color.
La chica volvió a deslizar un poco la cortina de la ventana, hasta que una voz llamó su atención.
-No ganarás nada quedándote de pie en el mismo lugar, Clara.-
La aludida volteo, encontrándose con una mujer de edad avanzada, recostada en una mecedora, sosteniendo una pipa en su mano derecha.
Era una anciana de baja estatura, su largo cabello plateado estaba sujeto en una coleta, y sus ojos, negros e impasibles, se escondían detrás de unos anteojos.
-Ya debería haber llegado esa niña. Es una desconsiderada.- continuó diciendo la muchacha con algo de mal humor.
-Winry ya no es una niña pequeña. Sabe cuidarse por sí misma. Además, ya sabes que ella no esta sola.-
-¡Aún así¡Siempre le perdonas todo! Contando el hecho de que ella no quiso dedicarse a la medicina, como todos los demás en nuestra familia.-
-Tu hermana simplemente no tiene madera de médico. En cambio, los que la tenemos, es nuestra obligación dedicarnos a ello.-
Clara volvió la vista hacia la ventana de nuevo, esperando con molestia señales de su hermana menor, mientras Pinako, su abuela, dirigía sus ojos al techo, en señal de fastidio.
No pasaron muchos minutos cuando alguien llamó a la puerta. Al abrirla, un jovencito se adentro a la vivienda.
-Disculpa por molestarte a esta hora, tía Pinako.- expresó el chico
-¿Qué sucede?- preguntó pacientemente la anciana
-Hay… una persona allá afuera que desea verte… está herido.-
-¿Y que estas esperando¿Por qué no le has hecho pasar?-
-Es porque… esa persona… es un militar.- contestó temeroso el adolescente
El semblante de ambas mujeres se endureció al escuchar esa declaración. Después se miraron una a la otra, dudando.
La mayor suspiró cansada después de tomar una bocanada de su pipa.
-Un verdadero médico… jamás hace diferencias entre sus pacientes. Deben ayudar a quien lo necesite.- reflexionó la longeva dama -Eso fue lo que yo le enseñe a mi hijo… y le costó la vida a el y a su esposa, a manos de los militares.-
Clara fijó su vista al suelo con evidente tristeza, mientras el chico, que aun se encontraba en la entrada, permanecía perplejo.
-Hazlo pasar.- dijo al fin Pinako
-¡Pero abuela¿Estás segura de…?-
-Ya lo he dicho, los médicos debemos atender a todo el que nos necesite.-
-En ese caso, yo me encargaré de atenderlo.- aseguró la mayor de las nietas, recibiendo solo la aprobación muda de la anciana.
Sin perder tiempo, el muchacho salió de la casa, regresando a los pocos segundos con un hombre herido, que no era otro más que Edward Elric.
El joven se adentró al lugar con lentitud, pero con paso firme, mientras que su mirada se mantenía gélida y penetrante, mirando a las dos mujeres de la casa, intimidándolas.
El brazo derecho del muchacho sangraba, manchando completamente la camisa de su uniforme militar.
Clara volvió a reaccionar al ver la gravedad de la situación.
-Por aquí.- dijo la chica tratando de escucharse lo más serena posible, guiando al alquimista a una habitación que se encontraba a un lado de la sala de estar, la cual servía como consultorio. Pinako solo se limitó a sentarse de nuevo en su silla.
Una vez adentro, la muchacha hizo tomar asiento al rubio, en tanto ella preparaba todo su equipo médico.
Ed examinaba la habitación, mirando atento todos los instrumentos, hasta que aquella joven entró en su campo visual. No pudo evitar que su mirada se endureciera, haciendo que se olvidara del dolor.
Luego de unos minutos, Clara se volvió hacia el.
-Déjame ver ese brazo.- ordenó ella, por lo que Edward se despojó de su camisa, dejando al descubierto la parte superior de su cuerpo.
La mujer sintió algo de incomodidad. No era la primera vez que veía el torso desnudo de uno de sus pacientes, sino que ese hombre en particular resultaba agradable a la vista.
Se recriminó a sí misma por su distracción, y después comenzó con su trabajo, revisando la herida.
La lesión abarcaba varios centímetros, por debajo de su hombro hasta casi llegar a su codo, y aunque no era muy profunda, sangraba demasiado.
-¿Cómo fue que te lastimaste?- cuestionó la chica médico mientras comenzaba a limpiar la sangre de alrededor.
-Venía rumbo al pueblo. Caminé por una vereda estrecha repleta de arboles y me atoré en una de las ramas.- contestó el rubio sin vacilar. Eran las primeras palabras que salían de su boca desde que había llegado.
-Ya veo.- dijo la joven con una extraña expresión en su rostro.
No hablaron durante los minutos siguientes. Ningún ruido salió de esa habitación, ni siquiera cuando Clara realizó el doloroso proceso de suturar la lesión. Edward nunca se quejo.
Ya habiendo terminado el trabajo, la muchacha se encontraba esterilizando sus instrumentos, siendo observada por aquel militar que tenía como paciente.
Instantes después, la mujer volteo hacia el alquimista, con evidente seriedad en su rostro.
-¿Sabes? Quizás soy más joven que tu, pero ya soy considerada una de los mejores médicos de este pueblo. No puedes engañarme. Esa herida no fue hecha con una rama, de ser así, no tendría tal profundidad. Además, tu camisa solo se desgarró a la misma medida de la lesión, y no hay indicio de ningún agente patógeno que pueda provocar una infección. No sé si me equivoco, pero… esa herida parece hecha por tu propia mano.-
Durante breves momentos, el semblante de Ed mostró asombro, después, una sonrisa maliciosa se dibujó en su boca, riendo silenciosamente.
La rubia se mostró molesta por aquella reacción, mirándolo desconcertada.
-Eres muy observadora. De verdad me sorprendiste.- confesó el muchacho.
-¿A que has venido?- preguntó ella, más que molesta, asustada.
-Solo digamos que necesitaba un pretexto para venir hasta aquí. No resultó difícil para alguien herido ser guiado hasta el hogar de los reconocidos médicos Rockbell.-
-¿Qué quieres de mi familia?-
-Es algo bastante personal.-
-No lo entiendo.-
Clara se alejó del joven, dándole la espalda, mientras estaba en busca de algunas vendas.
-Aún no has preguntado mi nombre.- aseguró Ed, todavía con esa sonrisa mordaz en su rostro.
-No me interesa.- respondió la rubia tajante.
-¿Y si te dijera… que Alphonse Elric es el asunto que me ha traído hasta aquí?-
La mujer sintió como si su corazón se hubiese detenido de pronto, y se le helaba la sangre. Permaneció inmóvil durante algunos segundos, lo cual no pasó desapercibido por el alquimista.
-Al parecer… si sabes de lo que te estoy hablando.-
-Apenas conocí a ese chico. Estuvo aquí hace bastante tiempo.- contestó ella esforzándose por mantener su cordura, conservando su semblante sereno.
-Era mi hermano.- declaró Edward -Murió hace algunas semanas.-
-Lo siento.- murmuró Clara, luchando internamente por no mostrar emoción alguna.
-Por supuesto que lo sentirás. Tú… y toda tu familia… hasta que encuentre al único y verdadero culpable.- contestó el en voz baja, pero con evidente furia.
Mientras realizaba el vendaje, la joven estaba demasiado nerviosa, sabiéndose observada por el, además de conocer ya el motivo de su presencia. No sabía que haría en cuanto terminara.
Justo después de breves instantes, se escuchó el sonido de la puerta principal abriéndose, y la alegre voz de la persona recién llegada.
Abruptamente, la puerta del consultorio se abrió.
-Lo lamento, hermana. He llegado tarde. Perdón por preocuparte.- dijo la chica que entraba.
La jovencita no parecía mayor a los dieciocho años. Su cabellera, dorada como la de su hermana, era aún más brillante; sus ojos azules se mostraban lúcidos, dándole un aspecto de inocencia, y su piel blanca era luminosa. Sin duda era una bella chica.
La mayor se giró hacia ella, mostrando su usual rostro sereno.
-Te he dicho que no entres al consultorio sin llamar a la puerta.- reprendió Clara, señalando discretamente con la mirada a su paciente.
Winry volteó al comprender el mensaje, encontrándose con Edward, quien aun permanecía con el pecho descubierto.
La chica se ruborizó al verlo. Aquel muchacho le había parecido bastante apuesto, aún a pesar de que su mirada era fría y su expresión seria. A ella eso no le intimidaba.
Ed frunció el ceño con molestia al darse cuenta de que ella lo miraba demasiado, por lo que enseguida aparto su vista.
-Lo siento.- dijo Winry antes de salir de la habitación.
Aún con lo extraña que fue su aparición, Edward no pudo evitar cierto interés por esa jovencita. Era hermosa, más que su propia hermana, y de apariencia dulce. Algo en ella parecía haberlo cautivado, pero también, otra idea cruzó por su cabeza. Quizás ella podría serle útil en su propósito.
Clara terminó con la curación, dejándolo solo para que terminara de alistarse. Al cerrar la puerta tras de sí, la rubia no pudo soportarlo más, sollozando en silencio y con el terror reflejado en el rostro. Más tuvo que tranquilizarse al divisar a su hermana menor, quien se acercaba a ella.
-¿Qué ocurre, hermana?-
-No es nada. He tenido un mal día. Es todo.-
-Disculpa por tardar en llegar. Es que… Fletcher no quería estar solo y yo…-
-Ya no importa. Solo ocúpate de la cena¿quieres?-
-Esta lista.-
-Entonces las alcanzaré a la mesa en cuanto termine con este último paciente.-
-¿Crees… que quiera acompañarnos a cenar?- cuestionó Winry sonrojándose.
-Es un militar.- contestó Clara, dándose cuenta de que aquel extraño le había agradado a la chica. -Fue solo por la estúpida moral de la abuela por lo que esta aquí. Sabes que en esta casa los militares no son bienvenidos, ni mucho menos los alquimistas estatales. Si por mí fuera jamás le habría ayudado.-
-Lo entiendo.- susurró la menor mientras reflejaba tristeza en su mirada.
Después de eso, Winry caminó a paso lento rumbo al comedor, donde Pinako la esperaba, dejando sola a su hermana. Y a los pocos minutos, Ed salió del consultorio vestido con su uniforme.
-Te agradezco la ayuda.- dijo sonriendo de forma maliciosa.
-No sé lo que pretendas, pero no quiero verte de nuevo. No me importan tus malditos propósitos, así que no te metas con mi familia.-
-Descuida, yo solo deseo… castigar a una persona.-
Una mezcla de emociones podían distinguirse en el semblante de Clara, entre el miedo y la furia.
Rápidamente abrió la puerta principal, dando a entender al joven que debía irse. Y así lo hizo. Camino poco a poco hacia la salida, deteniéndose frente a la rubia.
-No es necesario que digas nada ahora. Yo encontraré la verdad por mi mismo, y entonces actuaré Hasta entonces… pueden estar tranquilas.-
Y sin más, salió de la casa, levantando el brazo herido en señal de despedida.
Tras cerrar la puerta, Clara se recargó sobre ella, deslizándose hasta el suelo, donde comenzó a llorar, temerosa de lo que sucedería de ahora en adelante.
