Una chica se prepara tranquilamente para su cita

A la vez que el sol se iba fugando por el horizonte, la oscuridad se iba adueñando del cielo. Como una nube de humo, se iba colando por los resquicios de la ciudad, atenuando los colores de los coches y letreros. Las farolas comenzaron a encenderse con una titilante luz blanca que con el tiempo se iría intensificando.

En una cómoda vivienda adosada de Manhattan ya se habían encendido las luces. En la parte baja un par de chicos parecían entretenidos jugando a las cartas, mientras que tras la ventana de arriba, cerrada únicamente con cortinas, parecía llevarse a cabo una misión de mayor importancia.

Nice iba de arriba a abajo corriendo nerviosa. Se revolvía ambas manos mientras aconsejaba a la morena que seguía plantada frente al gran espejo del armario.

–Y recuerda, mantente alerta a todo lo que haga. Probablemente querrá distraerte hablando... supongo que será él sea el que hable –Chane se dio la vuelta y la miró a los ojos con las cejas enarcadas. –¿Qué? No me mires como si fuera una rara, que eres tú la que no habla.

La morena volvió a darse la vuelta sin hacer más que volver a poner las cejas en su posición inicial. Se ordenó un poco el pelo de forma inconsciente y se miró de nuevo en el espejo. Cuando vio que todo estaba en orden, se sentó en la cama que ocupaba la mayor parte de la habitación.

Nice se acercó a ella despacio, como tratando de no asustarla. Se sentó al lado, llamando su atención. Le cogió una mano y se la apretó con delicadeza.

–¿Estás nerviosa?

Chane alargó el brazo a la mesilla de noche y cogió de allí una libreta y una pluma.

¿Debería?

Nice no se sorprendió con esa fría pregunta.

–Por supuesto que no. Eres una belleza, y con ese vestido que te ha regalado seguro que cae rendido a tus pies, si es que no lo ha hecho ya –añadió con una sonrisa pícara.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Acaba de recordar la última vez que se vieron. Había aparecido por la ventana de esa misma habitación con una caja en la que estaba el vestido que ahora llevaba. El eterno fuego que ardía en sus ojos era una promesa que la invitaba a vivir mil y una aventuras. En esa ocasión no había allanado su casa para pedirle matrimonio, como solía hacer cada vez que se veían, sino para algo más "normal". Una cena.

Aunque esa normalidad era relativa. Para Chane era tan raro que la invitase a cenar como que le pidiera matrimonio. Ambos se basaban en un mismo principio que ella desconocía: confianza. Sin embargo, tanto a Nice como a Jacuzzi les pareció una idea fantástica cuando ella se lo contó tras ver cómo el pelirrojo volvía a perderse por la ventana.

Después de estar horas escuchando a Nice fantaseando sobre las cientos de oportunidades que habría tras esa cena, un sentimiento había conseguido apoderarse de su mente. No era nerviosismo como trataba de adivinar su amiga, era curiosidad. Se sentía indudablemente tentada a ver qué ocurriría. Qué le enseñaría aquel enigmático pelirrojo que se había movido toda su vida en ese mundo que ella tanto desconocía. También tenía curiosidad por saber cómo se sentiría confiar en alguien que no fuese su padre. En ese aspecto no se hacía ilusiones. No tenía curiosidad por ver cómo sería esa confianza, sino en ver en qué momento se haría falsa, en qué momento volvería a estar sola, como siempre. Sin duda haría caso a su amiga, no pensaba bajar la guardia en toda la noche.

Aunque también era cierto que en el fondo de su corazón quería ver si de verdad él la quería. No porque sus sentimientos fueran correspondidos, más bien para poder saber qué se sentía. La silenciosa promesa que el pelirrojo tenía grabado a fuego en su mirada era eso, nuevas sensaciones, nuevos sentimientos. El intento de descongelar un corazón que nunca había conocido calor alguno.

Se levantó dando un respingo, sobresaltando a la rubia que estaba junto a ella.

–¿Qué haces? –preguntó tras ver cómo Chane abría de nuevo el armario y rebuscaba en su interior. Tardó menos de un minuto en encontrar lo que buscaba, y cuando lo hizo se lo enseñó a Nice. Se trataba de una cinta de cuero que solía llevar atada al muslo y donde solía esconder sus cuchillos. Nice enarcó una ceja.

–¿En serio? No creo que sea necesario que lleves eso.

Chane la miró con desaprobación y cogió de nuevo su libreta.

No voy a bajar la guardia.

–Y eso está genial, pero tampoco se trata de... –calló al ver que Chane estaba escribiendo en otra hoja.

Así me siento más segura.

Nice suspiró mientras se acomodaba las gafas.

–Como quieras...

La morena asintió, seria. Volvió a la mesilla de noche y abrió uno de los cajones. De ellos, sacó hasta un total de siete pequeñas cuchillas plateadas. Se levantó el vestido lo suficiente para dejar a la vista su pierna hasta la altura de la banda, donde los fue colocando lentamente. Cuando hubo terminado, se alisó el vestido y se puso de perfil frente al espejo.

–Estás preciosa –dijo Jacuzzi, que acababa de asomarse por la puerta. Sin duda el chico estaba en lo cierto. Ese vestido rojo sangre con hombreras y escote de encaje contrastaba perfectamente con la palidez de su piel y hacía juego con sus extraños ojos dorados. Si de por si tenía una belleza natural, arreglada parecía haber sido esculpida en mármol, como las antiguas diosas griegas.

No obstante, a Chane en ese momento le daba igual, si se estaba mirando en el espejo era para ver si se notaba su improvisada medida de defensa.

–Jacuzzi, ¿se puede saber por qué entras en la habitación de una mujer sin llamar? ¿Acaso querías espiarnos?

El rostro del chico se enrojeció de forma instantánea.

–N... no... yo no quería... –tartamudeó negando con la cabeza. Cerró la puerta de golpe y desde detrás volvió a hablar–. Sólo quería deciros que ya es la hora.

Nice sonrió con cariño ante la exagerada reacción de su amigo. Después se dio la vuelta para encarar a Chane.

–¿Entonces no viene a por ti? –La morena negó con la cabeza. –¿Sabes a dónde tienes que ir? –Asintió. –¿Quieres que te acompañemos? –Negó. –Como quieras, pásalo bien. Y pide algo caro.