III Prisionera.

Un espía. Un infiltrado. Alguien había delatado su posición al enemigo. ¿Pero quién?, ninguna Amazona sería capaz de traicionar a sus hermanas, ellas seguían un código de honor y lealtad, por eso les amputaban el pecho izquierdo de pequeñas, para ligarlas a su compromiso eterno con la tribu (Y porque así era más sencillo manejar el arco).

Pero, entonces ¿Quién? ¿Uno de los prisioneros?

Imposible. Ellos no mantenían contacto con el exterior hasta la noche de la ceremonia…

Quiso girarse, mas una punzada en el abdomen y la certeza de que sus muñecas y tobillos estaban inmovilizados le hizo desistir, mandando choques eléctricos por su piel al reconocer el tacto gélido de los grilletes.

Abrió los ojos de golpe, sin importarle que la luz de las antorchas le lastimase las retinas. Se mordió el labio, conteniendo un jadeo mientras forcejeaba contra sus ataduras. ¿Cómo había podido terminar raptada? Blasfemo por lo bajo.

- ¿Y cómo no? – reprocho su subconsciente.

Había violado la primera regla de combate: Nunca subestimes a tu oponente.

¡Ag!

Ok, ok había aprendido la lección. No cometería ese error otra vez.

Eso, si conseguía salir bien parada de este embrollo.

E iba a hacerlo.

Ahora, si solo pudiese deslizar sus muñecas fuera del cepo…

- Hey, despertaste.

Kagome realmente odio la descarga eléctrica que recibió su cuerpo al reconocer la voz de su visitante en las sombras…

Otro juramento.

- ¿Qué? – inquirió, acida. - ¿Has venido a regodearte con tu supuesto triunfo? - bufo. Haciendo un marcado énfasis en "supuesto", ella aun no estaba derrotada.

Su osadía le obligo a retener el aire en sus pulmones para callar un gemido de dolor, las cadenas le estaban raspando la piel.

La réplica que obtuvo fue un desdeñoso 'Feh'.

- Para alguien que se mostraba tan ruda has tardado en recobrar el conocimiento. – dijo burlón.

Ella gruño, resistiéndose a sus ataduras, que producían ligeros chasquidos metálicos.

Por fin, el tipo se descubrió a la luz, y todo el lugar quedo empequeñecido por su sola presencia. Inclusive parecía que las flamas le reverenciaban, proyectando sombras oscilantes desde su cabeza hasta los pies.

Kagome le observaba con una extraña sensación latiendo en su pecho, que se convirtió en pánico cuando una parte irracional de su mente se pregunto cómo luciría verdaderamente esa figura debajo de la armadura…

…Manchada de sangre, sudor y cenizas…

- ¿¡QUE HAS HECHO CON MIS HERMANAS! – grito, batiéndose sin mediar tregua con las esposas. La sangre empezó a escurrirse por sus antebrazos pero le dio igual, su familia podría haber sido masacrada y ella estaba allí, atrapada, viva, incapaz de hacer nada. - ¿¡QUE OCURRIO CON MI VILLA!

- Cálmate.

- ¡Y UN CUERNO! – escupió.

Pataleaba con todas sus fuerzas, aterrorizada. Tenía que ir a casa, tenía que asegurarse de que estaban bien, a salvo…tenía que…tenía que…

- ¡DEJA DE GRITAR!

Kagome callo.

Aunque no por la orden, sino por la sensación del torso desnudo de él aplastando su pecho, las gruesas piernas enredadas entre las suyas y sus gigantes manazas conteniendo los escuálidos brazos femeninos.

Estaba tan próximo a ella que podría beberse su aliento.

Abrumada por la sorpresa, Kagome trato de despertar su sentido común alzando la vista.

Gran error.

No sería hasta mucho, mucho después, que descubriría que había sido aquel acto escurridizo la causa de su perdición.

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Dos horas antes…

..

Las órdenes fueron claras: Infíltrense, destruyan y váyanse.

No hacía falta recalcar la recaudación del botín, eso estaba implícito en cualquier movimiento de conquista.

Después de todo, los hombres eran fanáticos de los tesoros.

Y él se había ganado uno muy bueno.

Uno que no estaba dispuesto a perder, aunque Troya tuviera que arder por ello.

Había cumplido con su parte del trato, la fortaleza de Las Amazonas había sido localizada, destruida, y sus filas, mermadas. Una vez alcanzado el objetivo, él y su ejército no tenían más que hacer allí.

Por esa razón, había enviado un informante a las tierras del "rey".

Naraku estaría ansioso de oír las buenas noticias, si bien, a él le valía bledo la opinión del tipo; no podía dejar de exigir la comisión acordada de diez sacos de oro por sus servicios, el pan de sus hombres dependía de ello.

Una transacción limpia, se dijo. Sorbiendo un trago de vino de su copa e inspeccionando seguidamente los rubíes que tenía incrustados en el mango. Ese había sido su pago en una ocasión, por compartir el lecho de una reina Espartana. Inuyasha endureció la mandíbula, mientras se obligaba a sí mismo a permanecer en el presente. Odiaba recordar el pasado.

Él era ahora el líder de los mercenarios, un líder que justo en este momento tenía cuentas pendientes con ese rey pelele de pacotilla, con el cual no quería tener nada más que ver.

Imagina que el imbécil librara sus propias batallas, mataría por presenciarlo.

Rio con sorna, admirando sus manos cubiertas de sangre… y perdiendo el chiste de inmediato.

Él no asesinaba mujeres.

Se empino lo poco que quedaba de la bebida y tiro la copa por ahí, escuchando el rebotar metálico que produjo al chocar contra el suelo.

Llamaron a la puerta.

- Pase.

- Inuyasha. – la circunspección en el semblante de Miroku era envidiable, de veras. Inuyasha puso los pies encima del mesón que había ante su silla.

- Miroku.- saludo, ofreciéndole un asiento vacío. – Felicidades, hiciste un excelente trabajo. ¿Cómo está tu mujercita?

El pelinegro forzó una sonrisa. – Sobre eso. – murmuro esquivamente. – He oído que trajiste un rehén contigo. Una de las hermanas. – especifico. - Si Sango se entera…

- Me importa mierda lo que tu bruja piense, Miroku. – le interrumpió bruscamente. – Tu misión era hacer de cebo para guiarnos hasta la villa, no enredarte con una de sus mujeres. Sin embargo, te concedí la oportunidad de sacarla de allí. Lo que hagas o dejes de hacer con ella después no es asunto mío. Pero te advierto…- su tono descendió amenazadoramente. – si sabes lo que te conviene, mantenla fuera de mi camino.

Miroku se miro los puños en su regazo, conteniendo su frustración. – Aun no le he dicho que fui yo. – susurro. – Que todo fue una farsa.

Inuyasha rodo los ojos. ¿Quién demonios creía Miroku que era él? ¿Un maldito gurú del amor?

- Pues deberías hablar con ella pronto, señor noble. – dijo irónico. - Antes de que empiece a preguntar por la fortuna de la que careces.

Abrieron la puerta.

- ¿Inuyasha-sama? – un hombre bajito, entrado en años, yacía agazapado tras la puerta. Asomando nada más que su calva cabeza en el interior.

- ¿Qué pasa Myoga-jiji?

- El señor Naraku está aquí.

Una sonrisa presuntuosa se dibujo en el rostro afilado del ojidorado. – Dejad que caiga la lluvia. – murmuro, poniéndose los brazos detrás de la cabeza.

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Naraku.

El hijo bastardo de Inu-no-Taisho apareció en el umbral del vestíbulo con su postura arrogante y su cara de malas pulgas. Naraku trato de esconder su desprecio bajo un antifaz de falsa cortesía, e incluso se levanto para recibir a Inuyasha cuando debería ser ese maldito quien se arrodillase ante él.

Lo dejaría correr por esta vez.

- Naraku. ¿Qué haces aquí?

- Señor de los mercenarios. ¿Es que has olvidado nuestro acuerdo?

Inuyasha enarco una ceja, acariciando el mango de su espada enfundada.

La villa fue destruida. Pasara mucho tiempo para que esas mujeres vuelvan a molestarte.

- No las eliminaste. – acuso. Flaqueado por dos subordinados con un aspecto que distaba poco de ser desafiante. Especialmente uno de ellos, cuya enclenque figura y facciones redondeadas parecían más propias de un niño.

Ambos mantenían posturas agazapadas, como si esperaran la más mínima provocación para atacar.

- Cumplí con mi parte. Matarlas no estaba incluido en el paquete.

- ¿Y raptarlas si?

La mandíbula de Inuyasha crujió por la tensión. – Cuidado, rey de reyes. No tolero a los fisgones. Entrégame mi recompensa y márchate.

- Me temo que no es tan simple, mi señor. – dijo, Naraku, sacudiéndose el polvo de su túnica purpura. – Antes, quiero que me entregues a la Amazona que mantienes cautiva en tus dominios.

El líder de los mercenarios le contemplo abstraídamente durante un minuto, luego, soltó una estridente carcajada que podría haber sacudido los pilares de mármol del Olimpo. Se acerco cautelosamente a Naraku, y antes de que este pudiera siquiera parpadear, o ser defendido por sus secuaces, el chasquido metálico del hierro desenfundado repico en el aire. El frio filo de una enorme espada había sido apuntado a yugular del Rey.

- Eso, rey de reyes…- murmuro sosegadamente Inuyasha. – Sera sobre mi cadáver.

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Kagome sintió que el corazón le daba un respingo en el pecho cuando la pelvis de él se froto inconscientemente contra su abdomen. Sus enigmáticos ojos parecían abrasarla conforme se inclinaba mas y mas hacia ella, él muy canalla estaba sonriendo.

- ¿Qué te hace tan especial…? – murmuro con ese tono de barítono que haría que un trueno sonase como el trinar de un pájaro. ¿…Cómo para que Naraku se arriesgue a declararme la guerra solo para recuperarte? Completo en su fuero interno.

Ella le escupió en la cara. Inuyasha abrió los ojos sorprendido y se aparto, tocándose la mejilla donde la baba escurría lentamente. Kagome alzo la barbilla desafiante.

- Tu…acabas de…- ni siquiera podía formar las palabras. Nadie, nunca, había tenido el suficiente coraje como para enfrentársele, sus hombres a penas y se atrevían a mirarle directamente a los ojos y esta…pequeña e indefensa mujer, que yacía plenamente a su merced con todas las de perder…había osado escupirle, así, sin más… ¿sin demostrar al menos un dejo de temor por las represalias?

- Cuídate hombre, de bajar tu guardia ante mí. Porque entonces, atravesare tu cráneo con mi lanza.

Inuyasha se limpio, hizo un gesto despectivo y apoyo las manos en los bordes del mesón, sonriendo conspiradoramente. – Eso si antes yo no extirpo el corazón de tu pecho y me lo como en frente de ti, Amazona. – apunto, acariciando la pantorrilla desnuda con sus dedos callosos. – Keh. En verdad me gustaría verte intentarlo, dada la comprometida situación en la que te encuentras.

- NUNCA cederé ante ti. – rugió acida, resistiéndose a sus cadenas una vez más.

Demonios, la chica era tenaz. Realmente estaba consiguiendo excitarle.

- Eso está por verse, cariño. – murmuro el ojidorado, recuperando su semblante indolente. – Después de todo, ahora me perteneces. Quizá tres días sin comida ni agua te ayuden a procesar eso en tu linda cabecita. – dijo, picándole la frente con el dedo. – A menos claro, que estés dispuesta a negociar. Estoy abierto a escuchar tu oferta, aunque solo aceptare una condición…

- Preferiría ser comida para las furias antes que aceptar un pacto con un hombre.

- Bien. – el tirano se aparto solemnemente y regreso a cubierto en las sombras. – Veremos si piensas igual dentro de tres días. – dijo, su voz sonando distante mientras se alejaba.- Y por favor, no luches contra las cadenas, estropearas tu piel.

- Artemisa te castigara por esto. – gruño la pelinegra, reacia a dejarse intimidar.

- ¿Y a que espera la "todopoderosa" Diosa? – Inuyasha estaba verdaderamente disfrutando del esperpéntico espectáculo de su Amazona, ¿Cómo alguien podía ser tan cabezota?

- Al momento preciso. – dijo Kagome, tajante, fulminando la penumbra con sus enormes ojos color chocolate.

Inuyasha bufo. – Pues, si se anima a hacerlo, dile que estaré gustoso de recibirla en mi cama, después de haberme enterrado en tus…

Ella le maldijo en castellano, en griego, y en muchas otras lenguas que ningún oído humano podría jactarse de haber escuchado jamás, impidiéndole terminar la frase. Inuyasha, por su parte, sonrió nuevamente, cerrando el portón de piedra tras de sí, e incluso en el exterior, le llego el eco amortiguado de la reticencia de su prisionera contra las amarras.

Razón más para no arrepentirse de su elección.

Lo quisiera o no, esa pequeña fiera se sometería ante él. Y de paso, podría averiguar qué papel jugaba ella en los planes de Naraku; además, ahora que el monarca le había puesto precio a su cabeza, era lo mínimo que podía hacer ¿cierto?, no es que estuviese preocupado en lo absoluto. Si por algo se caracterizaba Inuyasha Taisho, era justamente por su tendencia a responder a los desafíos, si Naraku quería iniciar una guerra por faldas…VALEEEEEEEEE. Porque él no pensaba renunciar a su premio, se había encaprichado con esa mujer, y hasta que no obtuviera lo que deseaba de ella, bien podría jactarse de las pataletas de Naraku.

Continuara…


Ya sé, sé que prometí diez págs.! Pero Word no miente y solo conseguí escribir seis. Me explico, lo que sucedió, fue que tuve que omitir muchos detalles en este capítulo para no revelar la trama del siguiente. Les pido disculpas por haber incumplido mi palabra, como siempre, mil gracias por su apoyo, espero que la inspiración me sea más favorable próximamente (ya comencé a redactar el otro cap ^^) de manera que cuento con ustedes y sus maravillosas criticas que me dan el aliento para seguir…lamento si no cumplo con sus expectativas, pero nunca dejare de esforzarme... esa si es una promesa que puedo cumplirles.

Antes de que se me olvide! La discusiòn entre Naraku e Inuyasha que quedo interrumpida la continuare a partir del otro cap, desde el enfoque del monarca ;) a ver cuales son los planes que tiene, ¿que ocurrio con Sango?, ¿la villa? demasiados cabos sueltos, pero no se preocupen, poco a poco los iremos atando todos ;)

Un beso.

Belle