Disclaimer: ninguno de los personajes me pertenece, ni el mundo en el que se mueven, todos los derechos son de J.K. Rowling, yo tan solo los tomo prestados y trastoco un poco sus vidas.
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Capítulo 3: Harry.
Las palabras de Hermione fueron seguidas por un silencio de dos, tres, cuatro minutos. La pelirroja estaba muda de asombro y sus ojos castaños lo ratificaban. Siempre había pensado que entre la castaña y su díscolo hermano podría haber algo más, pero…no estaba preparada para una confesión como esa. ¿Eso significaba que eran pareja? Le resultaba sumamente…precipitado, aunque esa no sería la palabra que hubiera utilizado. Miró a Hermione y abrió la boca una, dos, tres veces, pero ningún sonido salió de su interior.
- Ginny, di algo, por favor. –le suplicó la castaña. Se notaba que estaba sumamente abochornada por tamaña confesión, pero no arrepentida por lo ocurrido. Lo cierto es que hacia años que no lucía tan bien, sonrosada y con un brillo especial en la mirada. Pasase lo que pasase, la pelirroja tenia claro que su hermano había colmado todas las necesidades de la castaña.- Ginny…
- No sé qué decir. –dijo al fin.- Es…bueno…algo inesperado… ¿no?
- Oh, Ginny, lo siento mucho. Yo no… Tú sabes lo que siento por Ron, pero nunca pretendí utilizarlo o pasar un buen rato con él y ya. Siento mucho…
- Hermione, no tienes que darme ninguna explicación. Ambos sois adultos y lo suficiente maduros como para saber lo que hicisteis y las consecuencias que puede tener para vuestra vida y vuestra amistad. A mi no me cabe ninguna duda de que Ron te quiere, ya viste como se puso ante la sola posibilidad de que anoche te hubiera pasado algo en el despacho.
- No, Ginny, no. Él solo se preocupa por mí como lo haría por ti. –negó con la cabeza la castaña.
- Ay, cielo. Puedes ser la bruja más inteligente de tu generación y de algunas más, pero cuando se trata del amor…eres una inepta y una ingenua. Sin embargo, no voy a ser yo quien te saque de tu estupor. Algún día, espero que no muy lejano, el lelo de mi hermano y tu os daréis cuenta de lo que os estáis perdiendo por negar evidencias. –Ginny le dio una palmadita de consuelo en la mano.
- Pero, Ginny…me acosté con él. –Hermione dejó caer la cabeza hacia abajo.
- ¿Y qué? –la pelirroja se encogió de hombros.- ¿Tú sabes lo que yo daría por vivir un momento como ese con Harry? Hermione, estás hablando de que has compartido con mi hermano una de las formas de amor más importantes que existen. No le quites valor a algo que sabes que deseabas desde hace mucho tiempo.
- Tal vez eso es lo que lo hace más vergonzoso y abominable a mis ojos. –se tapó la cara con las manos como había hecho en su casa aquella misma mañana.
- Solo dime una cosa: ¿te arrepientes? –la obligó a levantar la cabeza y a mirarla. Por las mejillas de Hermione corrían lágrimas, pero Ginny no sabría decir que significaban.
- No. No me arrepiento. ¿Me convierte eso en una persona horrible?
- No, cielo. Eso te convierte en una persona enamorada del lelo de mi hermano. –Ginny le pasó un brazo por los hombros y la atrajo hacia ella. Siempre habían funcionado como un consuelo la una para la otra, y Ginny estaba contenta de que por una vez las tornas hubieran cambiado y no fuera ella la que necesitaba consuelo.
- Ron no pude saberlo, Gin. Prométeme que no se lo dirás nunca. –cerró los ojos con fuerza.- Él no me quiere de la misma forma, lo sé. Y no quiero que nuestra relación cambie por mi culpa o por culpa de mis sentimientos.
- ¿No crees que un poco tarde para eso? ¿Quién te dice que vuestra relación no ha cambiado ya después de lo que ocurrió anoche?
- No me digas eso, Ginny. Sabes que no podría soportar vivir sin Ron a mí alrededor. –Hermione se apartó del abrazo de la pelirroja y suspiró al tiempo que se serenaba y retiraba los restos de lágrimas de sus mejillas.- Lo hablamos esta mañana y…ninguno de los dos quiere cambiar nuestra relación.
- ¿Estás segura? Hermione, llevas enamorada de Ron desde que tenías catorce años, es normal si en algún momento deseas que lo vuestro constituya algo más que una simple amistad.
- No me digas eso, Ginny, por favor. –repitió Hermione.
- Está bien, me callaré. –se levantó después de darle un beso en la mejilla y caminó hacia la puerta de la biblioteca.- Tal vez deberías de ir a ver a Harry. Ya sabes que él siempre ejerce consuelo y paz cuando estamos enojados o confundidos. Se alegrará de verte, estoy segura. Y mi madre también.
La Madriguera era de aquellos lugares a los que el paso del tiempo parecía no pasarle factura. Hermione siempre la veía igual, como el primer verano que pasó allí cuando era una adolescente de trece años. Se había aparecido fuera del terreno vallado, pues quería caminar un poco antes. Cada vez que iba a visitar a Harry tenía que prepararse mentalmente. Por muy acostumbrada que estuviera a verlo así, no dejaba de sorprenderla los primeros minutos. Ginny había tenido razón al recomendarle ir. El aire del campo sentaba bien a sus pulmones y le ayudaba a esclarecer el cacao mental del que era presa.
La actitud de Ron durante la reunión de la Orden la había desconcertado. Pero para nada compartía la teoría de Ginny. Daba risa solo de pensar que Ron se había fijado en ella alguna vez. Estaba claro que él solo la veía como una amiga y nada más. Lo ocurrido la noche anterior se había debido a la ingesta cantidad de alcohol que ambos habían tomado. De otro modo habría sido imposible. La castaña pensaba que su actitud estaba siendo patética en el tema. No podía comenzar a elucubrar situaciones cada vez más inverosímiles que justificaban lo ocurrido. Al final todo se reducía a lo mismo: se habían acostado juntos.
Llegó a la puerta de la casa y nada más y traspasar el umbral se vio arrollada por los maternales brazos de la señora Weasley. Siempre se le olvidaba que después de la guerra, la buena señora había añadido una cucharilla con su foto y otra con la de Harry al peculiar reloj que colgaba de la pared de la cocina.
- Oh, Hermione, querida, qué alegría verte por aquí. No te esperaba hasta el domingo. –era una tradición para todos ya, que los domingos se reuniesen a comer en La Madriguera. La señora Weasley había sido como una madre después de la muerte de los padres de Hermione hacia el final de la guerra.- Pero, pasa, pasa, no te quedes en la puerta.
- Siento presentarme tan de improviso, Molly. –dijo ella recuperando su talante más tímido.
- No digas tonterías, cielo. Aquí siempre vas a ser bien recibida. Eres como una Weasley más, solo te falta adoptar el apellido. –la señora Weasley le echó una mirada enigmática y continuó caminando hacia sus dominios en la cocina.- ¿Qué tal fue la reunión de hoy? Arthur me dijo que no teníais mucho que tocar.
- Bueno, hubo una serie de altercados anoche que atañen a mi persona, pero no se preocupe. Ya todos están sobre aviso y esta todo controlado. –Hermione se sentó en una silla frente a la mesa de la cocina y enseguida se encontró con un vaso de leche y un pedazo de tarta de melaza delante.
- Umm, eso explica porqué Ron ha llegado tan reservado. –reflexionó la señora Weasley en voz alta. Se sentó al lado de Hermione y juntó las manos encima de la mesa. Seguía teniendo un semblante sereno, amable y tierno, algo más arrugado por el paso del tiempo.
- ¿Ron está aquí? –Hermione casi se atragantó con el vaso de leche. Tosió discretamente y dejó el vaso en la mesa de nuevo.
- Así es. Creo que vino a ver a Harry. –puso una mano encima de las de Hermione.- Hija, ¿seguro que no corres peligro? Ron no se comporta tan preocupado y reflexivo por nada. Algo lo tiene preocupado.
- Yo…-la castaña cerró los ojos con fuerza sintiendo como el corazón le latía demasiado desaforadamente.- No tiene porqué preocuparse. Estoy segura de que Ron no estaba ofuscado por eso. –algo en su tono de voz advirtió a la señora Weasley.
- ¿Ha pasado algo entre vosotros? –para nadie era un secreto que Molly Weasley deseaba que su díscolo hijo menor sentara la cabeza con la castaña. Estaban hechos el uno para el otro, todo el mundo lo veía, menos los implicados. Suspiró sabiendo que era una tontería albergar esperanza alguna.
- Pues…-a Hermione le habría encantado poder hablar con ella lo que carcomía su cabeza en esos momentos, pero no debía de olvidar que era la madre de Ron. Además, que el tema ya era bastante bochornoso como para ir compartiéndolo con el resto del mundo. Que lo supiera Ginny ya era suficiente.
Sin embargo, antes de que pudiera recular o decir algo en su lugar, la tranquilidad de la cocina se vio interrumpida por la llegada impetuosa del pelirrojo. Hermione levantó la cabeza por encima del plato de tarta de melaza y se lo quedó mirando. ¿Cómo podía ser tan guapo y no darse cuenta de ello? El encanto de Ron radicaba en eso, que no se daba cuenta del potencial que tenía. Y Hermione ya no podía ignorarlo como había hecho desde hacia años. Porque se acordase o no, lo cierto era que había probado su cuerpo y sus besos y que los dos se habían prodigado placer mutuo. La idea la maravillaba y abochornaba por igual. Quizás por eso, cuando los ojos de Ron se encontraron con los suyos, ella bajó la cabeza rápidamente.
- Ho-hola. No sabía que ibas a venir para aquí. –dijo el pelirrojo al cabo de medio extracto de segundo. La presencia de la señora Weasley era igual de perturbadora que la suya propia.
- Si. Yo…quería ver a Harry, y como Ginny me dijo que no iba a estar, pues…-se encogió de hombros imposibilitada para decir ninguna palabra más.
- Lo encontrarás muy tranquilo. –comentó Ron al tiempo que se sentaba en la mesa y cogía el trozo de tarta de melaza que ella no pensaba comerse. Ese gesto que habían compartido durante tanto tiempo, en ese momento dirimió en otro significado.- ¿Lo querías tu?
- No. –contestó Hermione con un suspiro.
- Eso pensé. –Ron se lo llevó a la boca con presteza, y a juzgar por los sonidos que salían de su boca, nuevamente la señora Weasley era insuperable con su comida.
- Bueno, yo…iré a ver a Harry. –la castaña se levantó, dejó el vaso de leche medio vacío en la encimera de la cocina y echando un último vistazo salió de allí. El corazón le latía acelerado y una pequeña porción de sudor se había instalado en su nuca. Intentar quitarse de la cabeza el pensamiento de que Ron y ella se habían acostado juntos la noche anterior iba a ser más difícil de lo que pensaba. Esperaba que compartir sus sentimientos con Harry le ayudase a aclarar un poco las cosas en su mente.
Harry Potter yacía en la cama de la habitación de Ron. Había sido así desde hacia ocho años, cuando al terminar la guerra se dieron cuenta de que la perdida de energía que había sufrido en su enfrentamiento contra Voldemort, le había dejado en coma. La señora Weasley y Ginny se ocupaban de todos sus cuidados y de que nunca estuviera solo. Todos mantenían la esperanza de que despertase algún día, pero de momento no había ocurrido ni una sola vez. Sus ojos verdes no habían vuelto a abrirse desde aquella fatídica noche en que se cerraron. Hermione abrió la puerta con cuidado, sabiendo que cualquier cambio de temperatura o ruido extremadamente fuerte podía afectar al funcionamiento del cuerpo de Harry.
Para ella había sido devastador, aunque no le gustaba compararse con Ginny. La pelirroja era su pareja, ella solo su hermana. Pero no contar con la presencia y las palabras sosegadas de Harry en su día a día, hacia que se sintiera incompleta. De todo el mundo, el moreno era el único que sabia lo que sentía por Ron, bueno, y Ginny. Pero estaba tan acostumbrada a verlos como una sola célula que contaban como uno. Conteniendo la emoción, cerró la puerta y se tumbó en la cama a su lado. El cuerpo de Harry siempre estaba tibio. Cogió una mano entre las suyas y la apretó con fuerza. Fue entonces cuando las lágrimas acudieron a sus ojos de manera que no las podía controlar.
- Oh, Harry, he hecho algo sumamente estúpido. –confesó al tiempo que se sorbía la nariz.- Todo ha sido culpa mía, si yo no hubiera comenzado a beber, Ron no se habría visto en la obligación de seguirme y…no habría sucedido lo que ocurrió. Ahora todo ha cambiado entre nosotros, aunque no queramos, yo sé que lo ha hecho.
Desde la ventana de la habitación, los ojos amarillos de Hedwig lo controlaban todo. La vieja lechuza no se apartaba del lado de su dueño, como compartiendo ese tiempo de hibernación. Hermione le tenía mucho cariño al animal y solía sacarla a pasear los domingos a última hora de la tarde. Hedwig no es que se fuese muy contenta, pero accedía con resignación. Para todos había sido sumamente traumático el final de Harry. Hubo un tiempo en que la prensa no dejaba de rondar por la casa y escribir burdas estupideces sobre él. Pero los que lo conocían no perdían la esperanza.
- ¿Por qué tiene que ser todo tan complicado entre nosotros? Sé que yo a Ron no le gusto como mujer, él solo me ve como a una hermana, pero…desearía que no fuera así. No recordar lo sucedido anoche es un consuelo y una condena a la vez. No saber como mi cuerpo reaccionó…como él… Oh, Harry, al final ha sido como un sueño para mí. Pero de esos que al despertar ya no recuerdas nada. Estoy sumamente confundida y no se qué hacer.
Lo que Hermione no sabía es que desde la cocina, la señora Weasley le había pedido a Ron que subiera a preguntarle si se iba a quedar a cenar esa noche. Era una tamaña tontería, pues nadie osaba rechazar la invitación de la rechoncha señora. Pero Ron, como buen hijo y cansado de su mirada escrutadora, había subido de manera diligente. Había abierto muy lentamente la puerta de la habitación del ático y se había quedado al otro lado escuchando aquella voz que se colaba en sus sueños cada noche desde hacia más de diez años.
- Ojalá estuvieras aquí, Harry. Ojalá pudieras decirme lo estúpida que soy, y que me consolaras en mi desesperación. Se que tu habrías encontrado una solución a este sin vivir que recubre a mi corazón en este momento. Y me temo que la culpa es mía, siempre ha sido mía. Por no poder medir mis actos cuando él está cerca. Es infantil y caprichoso, lo sé, pero no puedo controlarlo. Luego esta mañana…cuando ha salido tan de repente de la reunión…tan enojado… Ron se preocupa mucho por mí. Ha sabido recoger tu papel a la perfección. Es mi mejor amigo, no podría vivir sin él. –suspiró.- Lo mejor será que yo también olvide lo que sucedió anoche, al igual que él ha hecho.
Ron sintió que se le iba la vida al escucharla hablar con ese tono de voz tan triste. Se sentó en el último escalón de la desigual escalera de madera y se olvidó del mundo y de todo. Tan solo estaba ella y su exquisita voz capaz de levantar pasiones insospechadas en un corazón de león como el suyo.
- Tan solo quisiera saber porqué se tomó tan a pecho que pudiera sucederme algo. Cuando comenté la posibilidad de que si Malfoy me hubiera descubierto…yo estaría muerta…
- No digas eso ni en broma. –dijo el pelirrojo haciéndose visible en la puerta. Había repetido la misma frase que en la biblioteca de Grimmauld Place.- ¿Quieres saber porqué no me gusta que plantees si quiera la idea de que podrías estar muerta? ¿Quieres?
Hermione se quedó muda de asombró. Se incorporó en la cama, sintiendo que el pelirrojo estaba demasiado cerca de ella. Sintiendo como algo se despertaba en su interior. Ron la miraba de una forma tan peculiar que parecía que la estaba desnudando con la mirada. Se acercó a ella, que para entonces ya se había levantado y se había apartado levemente de la cama de Harry. Las manos del pelirrojo alrededor de su cintura se sentían como puro fuego. El calor invadió su cuerpo por completo. Ron en ningún momento despegó sus ojos azules de los de ella. La acechaba como el león que era.
- ¿Quieres saberlo?
