Esta es la adaptación de un libro, por lo tanto la historia le pertenece a su autor Robyn Grady.

Tres

Con el hombro bueno apoyado en una de las columnas del patio, Quinn observó cómo el turismo plateado de Rachel Berry rodeaba la entrada y salía de allí. Una sonrisa intrigada asomó a las comisuras de sus labios.

La señorita Berry resultaba en perspectiva atractiva, con aquellos ojos marrones tan grandes y el cabello que le caía en suaves ondas sobre los hombros. Era de estatura pequeña y su esbelta figura tenía curvas en los sitios adecuados. Si su intención era ocultar ese hecho bajo un traje de chaqueta de marca, no lo había conseguido.

Y lo mejor de todo, pensó al ver su coche desapareciendo tras las puertas de hierro de la entrada, era que Rachel Berry tenía agallas.

Había aceptado sin vacilar su oferta para trabajar allí con ella. Sin embargo, le había dejado claro que no la intimidaba, aunque estaba claro que entre ellas había una corriente de deseo. Cuando le cubrió el puño con la palma, sintió la descarga tanto como ella. Su comentario sobre la escasa importancia de la ropa que debía llevar o no durante las sesiones había sido impagable. Poca gente se atrevía a contestarle así.

Estaba claro que era la persona adecuada para el trabajo. No esperaba milagros, aunque los clientes de Rachel Berry la consideraran capaz de hacerlos. Sin embargo, no dudaba que lograría convencerla, y por lo tanto también a los demás, de que estaba lista para volver a conducir cuando ella considerara. Y si necesitaba una mano para ayudarla a tomar esa decisión, no se oponía a la idea. De hecho, ahora que la había conocido, le apetecía todavía más la perspectiva.

Pero hasta que llegara el momento, tenía que concentrarse en otra cosa. Mantenerse ocupada. Al día siguiente había prevista una videoconferencia con el director australiano de su marca de colonia que mejor se vendía. Gracias a los beneficios de su extensa cartera de inversiones, no necesitaba ese dinero, pero habría sido absurdo rechazarlo. Los actuales patrocinadores y los potenciales estaban de acuerdo: Quinn Fabray estaba en la cresta de la ola. Y así pensaba seguir.

Se apartó de la columna para entrar en casa, pero se detuvo al ver el deportivo negro de Tina llegando a la entrada. Quinn cruzó el patio.

Su asistente no solo tenía olfato para los negocios, también tenía gusto para los coches buenos.

–Supongo que la que salía de aquí era tu fisioterapeuta –dijo Tina saliendo del coche y subiendo los escalones–. ¿Qué tal ha ido?

–Bien –Quinn le dio una palmadita en la espalda a su amiga con la mano buena–. Has hecho un buen trabajo al dar con ella.

–Entonces ¿está de acuerdo? –preguntó Tina pasándose la mano por el cabello negro.

–Le he explicado que necesito estar al volante para la cuarta ronda.

Eran dos semanas menos de lo que había indicado el médico del equipo, y eso la dejaría en una buena posición para mantener el título.

Una vez dentro del vestíbulo, se dirigieron a la derecha por el pasillo que llevaba al despacho de Quinn.

–¿Y dijo que estaba dispuesta? –preguntó Tina.

–¿Acaso había alguna duda?

–Al parecer, solo por mi parte.

Quinn se detuvo un instante y frunció el ceño.

–No me malinterpretes –Tina siguió andando–. Estoy segura de que trabaja muy bien, pero por lo que he leído también es una persona de ideas muy firmes. No pensé que accedería tan fácilmente a tu esquema de tiempo.

Quinn digirió la información y se dispuso a caminar otra vez.

–Parece que te moleste que haya accedido.

–Tú quieres competir –le explicó Tina –Y quieres ganar.

Está claro que puedes soportar el dolor. Pero Quinn, no deberías arriesgarte a que la lesión empeore. Es la segunda vez que esa articulación te da problemas. Una tercera provocaría todavía más daños. Si eso ocurriera estarías fuera bastante más que seis semanas.

Entraron en el despacho. En las paredes había fotos enmarcadas con momentos emocionantes en el circuito y también en el podio de los ganadores: alzando el trofeo en Mónaco y regando a la gente con champán. El trofeo favorito de Quinn era con diferencia una medalla casera que colgaba de un lazo azul.

Estaba hecha con el aro de un llavero y una chapa. Aquel amuleto se lo había regalado hacía muchos años su mentor, un hombre al que Quinn le debía todo: Will Shuester. Shuester le había dado a la adolescente rebelde él apoyo y confianza, las herramientas que necesitaba para triunfar. Y también el regalo de una figura paterna cariñosa que le había faltado en casa. Tenía que descolgar el teléfono y llamar a Shuester en algún momento.

Se acercó al escritorio y tomó los documentos que había recibido del director de marca. El osado logo con su nombre le llamó la atención. Todo el mundo estaba deseando ver hasta dónde llegaría la red de su marca, y Tina tenía nuevas ideas y estrategias. Era más que su asistente, era una amiga de primera categoría. Se conocían desde hacía solo tres años y, sin embargo, estaba más cerca de ella que cualquiera de sus hermanos. Quinn no los culpaba por ello, solo culpaba al hombre que había destrozado a su propia familia: Russell Fabray. Ojalá se pudriera en el infierno.

Últimamente pensaba demasiado en aquello. Se quedó mirando los documentos sin verlos y recordó que había esperado a salir del hospital para volver a leer el correo de Quinton y escribir una respuesta adecuada. Había escrito:

Me encanta saber que Sam ha vuelto y que Charlie va a casarse. No puedo creer que ya sea tan mayor como para pasar por el altar. Volveré a ponerme en contacto pronto. Espero que estés bien. Con cariño, Quinn

Había pensado en llamarlo, tenía su número, pero sabía que Quinton prefería los correos. Sinceramente, dadas las circunstancias, ella también lo prefería así. Quinton y ella hablaban una vez cada dos años aproximadamente, pero nunca de aquella noche. No mencionaban lo distinto que era de aquel joven alegre que había sido en su adolescencia.

Quinn tomó asiento en su silla de cuero de respaldo alto escuchando apenas el último comentario de Tina.

–Estoy segura de que Rachel Berry te lo ha explicado.

Quinn volvió a centrarse en el presente. Tina estaba hablando de la posibilidad de volver a sufrir una lesión parecida en el futuro.

–Haré todos los ejercicios y seguiré todas sus prescripciones –aseguró.

–Siempre y cuando no lo estropees todo volviendo demasiado pronto al circuito…

Quinn miró con nostalgia hacia las paredes cubiertas de recuerdos.

–Creo que hasta el momento lo he hecho bastante bien. Tina dejó caer la vista y se rascó la cicatriz que tenía sobre la sien, como hacía siempre que tenía algo más que decir. Quinn dejó escapar un suspiro y dejó el documento sobre la mesa. –Suéltalo.

Tina apoyó la cadera en la esquina del escritorio de palosanto y se encogió de hombros.

–Supongo que esperaba que Rachel Berry se resistiera al menos un poco, por decencia.

Lo cierto era que Quinn también lo esperaba. Había accedido con demasiada facilidad a su generosa oferta, pero el dinero era un poderoso motivador.

–Pensé que el dinero no sería tan importante para ella.

–¿Por qué dices eso?

–¿De verdad no te suena su nombre? Rachel Berry fue campeona del mundo de surf hace algunos años.

Quinn recordó la determinación de sus ojos, por no mencionar el encantador bronceado que poseía. Campeona del mundo de surf. Sonrió. Le cuadraba.

–No tenía ni idea –admitió–. Los deportes acuáticos no son lo mío. ¿Por qué no me contaste el pasado de Rachel desde el principio?

Tina se hizo con el documento que estaba sobre el escritorio y empezó a analizarlo.

–Quería que la conocieras sin ideas preconcebidas.

–No sé qué daño podría haber hecho saber que es una deportista de éxito.

Tina siguió centrada en el documento y el radar de Quinn se puso en funcionamiento. ¿Habría algo más sobre Rachel Berry que por alguna razón Tina prefería que no supiera?

Su intención era contratar a alguien que se adaptara a sus necesidades. Ese objetivo no había cambiado. Y sin embargo, no podía negar que tras su único encuentro se sentía intrigada y quería saber más sobre aquella antigua reina del surf reconvertida en fisioterapeuta. ¿Se debería su curiosidad al hecho de que Rachel le recordaba a su hermano? Quinton y ella parecían igual de reservados, aunque Quinn recordaba a su hermano abierto y brillante cuando era más joven.

Tina se le acercó para señalarle un error en el documento, pero Quinn seguía pensando en Rachel.

Sí. Cuando la señorita Berry volviera a visitarla, se aseguraría de indagar un poco más.


Capitulo corto pero importante para que Quinn vaya sabiendo mas sobre Rachel.

Muchas gracias a todos por sus reviews, mensajes, follows y favoritos!

Con respecto a la pregunta que hice en el capitulo pasado sobre si querían que la historia fuera gip o no, debo decir que los comentarios eran bastante dvididos, pero la mayoría pidió que fuera gip, asi que la mayoría manda. A las que no querian que fuera gip una disculpa, pero bueno así son las democracias. De cualquier forma tengo que decir que el fic no es muy subido de tono ni tan explícito como otros que hay.

En fin, gracias de nuevo por sus comentarios, espero sus comentarios y nos leemos espero que el lunes.