CAPÍTULO 3
Deseé que me tragara la tierra. No solía participar mucho en clase, bueno… al menos, no en Historia. Pero hoy… había hecho el ridículo. Aunque lo más extraño era cómo había logrado darse cuenta de que no había articulado palabra; creía que iba a librarme de tener que decir algo… pero no. Lexa Woods era demasiado observadora como para dejarme pasar.
-Cierto, Joseph Lister descubrió los antisépticos en 1865. Y con ellos consiguió uno de los mayores logros en medicina, pues hasta entonces la asepsia no existía.
Tener una madre doctora a veces tenía sus ventajas.
Cuando sonó el timbre, apenas dos minutos después de mi metedura de pata, todos empezaron a levantarse y a agruparse en pequeños corrillos. Yo necesitaba salir de allí.
-¡Clarke, espera! -. La voz de Octavia se hizo oír en medio de aquel estruendo, pero la ignoré. Lexa seguía en el aula y yo no podía mirarla a la cara. Me moría de vergüenza.
Corrí hasta el baño y me eché agua en la cara. Al levantar la mirada aún se me notaban las mejillas enrojecidas, y las orejas me ardían. Para mi suerte, aquel día decidí llevar el pelo suelto.
No ha pasado nada, Clarke. Sólo te has quedado en blanco. Sí, porque tenía miedo de meter la pata. Y es lo que has hecho. Mierda, mierda, mierda. ¿Qué iba a pensar ahora de mí? Seguramente creerá que soy un caso perdido, una niñita carcomida por la vergüenza y me obligará a presentarme voluntaria a cada comentario que nos mande hacer. Joder.
Cuando el calor había abandonado mi rostro, decidí salir. Miré el reloj y vi que eran cerca de las 9:10, demasiado tarde para entrar en clase. Además, Pike me daba miedo. Era un profesor muy eficiente, pero casi cruel con los alumnos. No merecía la pena.
Me fui a la cafetería en un intento por dejar pasar el tiempo. Estaba vacía. Claro, todo el mundo está en clase. Sonreí para mis adentros y agité la cabeza, empujando la puerta y acercándome al mostrador. Hanna, la madre de Monty, trabajaba allí desde hacía varios años.
-¡Clarke! ¿Qué haces aquí a estas horas? ¿No deberías estar en clase? -. Dejó lo que estaba haciendo para girarse hacia mí y echarme la típica broma de madre. Lo cierto es que lo agradecía, pero prefería su preocupación a los gritos de Pike-. Vamos, siéntate. Te llevaré un vaso de leche.
A veces podía ser muy infantil. Estaba a punto de cumplir los 18 y allí estaba, sentada en la mesa más alejada de la cafetería, sola, esperando un vaso de leche calentita como si fuese una niña pequeña antes de dormir. Si Lexa me vier… Mierda. Estaba allí.
No me había dado cuenta de su presencia; claro que tampoco había levantado la vista del suelo desde que salí de clase. Estaba en el rincón opuesto a mí, sentada en la barra, con un vaso de café negro y un libro sin nombre. De inmediato, la curiosidad se apoderó de mí. ¿Qué clase de libros leía? ¿Ciencia ficción, históricos, románticos, policiacos? Lexa parecía encajar en todos los perfiles.
Le encantaban las guerras, eso estaba claro. Sólo había que fijarse en cómo se le iluminaban los ojos cada vez que alguno de mis compañeros nombraba una batalla importante. Pero bajo esa rudeza había una delicadeza difícil de ver. ¿Cómo si no se hubiera dado cuenta de que no había abierto la boca? Y se daba cuenta de los detalles, eso también era obvio.
Cuando Hanna se acercó con el vaso de leche, Lexa reparó en mí. Me dedicó una sonrisa triste y volvió a su libro. ¿Ya está? ¿Sólo eso? Después de haberme hecho pasar esa vergüenza… se quedaba así. Genial.
Me hundí más en el asiento, un viejo sillón rojo granate. Me gustaba sentarme aquí cuando era más pequeña, llegar antes que todos y sentirme la reina del lugar. Era mucho más cómodo que las sillas y las banquetas de madera, ¿quién se negaría a un asiento como ése?
Decidí entretenerme lo que quedaba hasta la siguiente clase con el móvil. Sí, no debería traérmelo, pero a veces podía presentarse una emergencia. Y estar sola, encerrada en una cafetería con una profesora a la que acababa de conocer podía catalogarse como tal.
-¿No deberías estar en clase? -. Al oír su voz me tensé (otra vez, sí) y el rubor amenazó con volver a subir a mis mejillas.
-Pike es muy estricto con los horarios -. Respondí seca, casi cruel. Aún me negaba a levantar la mirada.
-Bueno. Pero que no vuelva a pasar -. Creí que se marcharía, pero no. Seguía allí, de pie, mirando por la ventana. Había empezado a llover-. Parece que el día va empeorando por momentos.
Una sonrisa triste apareció en su rostro. Ahora que la tenía tan cerca podía permitirme fijarme bien, admirar cada uno de sus rasgos. Nunca había visto a una chica tan hermosa en mi vida. El ángulo de su mandíbula, su nariz, sus labios; parecían esculpidos por el mismísimo Miguel Ángel. Sus ojos tenían la perfecta mezcla de verde y gris, un verde tan extraño como una piedra preciosa. Llevaba el cabello suelto, echado sobre un hombro, y no dejaba de toqueteárselo desde que se sentó (sin permiso) frente a mí.
-¿Por qué?
-Porque todo me ha ido mal hoy, Clarke. Excepto… bueno, para ti no habrá sido una buena experiencia -. Suspiró y volvió a mirar por la ventana, para unos segundos después, clavar su mirada en mí-. El despertador decidió morir anoche, además de la batería del coche y alguien apuñaló las cubiertas de mi bicicleta. Alguien me ha boicoteado, seguro -. Nadie se reiría de sus propias desgracias, pero parecía que Lexa Woods era todo lo contrario a lo que uno pensaba-. Y ahora llueve. Hasta el cielo se ha puesto en mi contra.
Me vi obligada a sonreír. No, no había sido un buen día. Incluso después de tan horrorosa mañana, Lexa había conseguido que la Historia nos pareciera medianamente interesante.
-Traigo un paraguas. Si quieres… -. ¿Clarke, qué haces? ¿Quién en su sano juicio se hacía amigo de un profesor? ¡Y además en su primer día! Pero Lexa parecía dispuesta a romper todas las normas preestablecidas-… podemos compartirlo.
-Te hago pasar vergüenza y me lo pagas así -. Se inclinó sobre la mesa, como si quisiera examinar cada uno de mis rasgos, de mis gestos al oír su propuesta-. ¿Seguro que no eres un ángel haciéndose pasar por mortal?
-¿Qué? -. Fruncí el ceño de manera inconsciente, como cada vez que no entendía una pregunta. Mi gesto debió de ser un poema (abstracto) porque Lexa empezó a reírse como si no hubiera un mañana-. ¿Te… hace gracia?
En otras circunstancias, me habría enfadado, llegando a abofetear a quien se burlase de mí. Pero Lexa tenía algo que me impedía hacerlo. Y no, no era únicamente el respeto que le debía tener como profesora. Al fin y al cabo, ella era la que había empezado.
-Lo siento, perdóname -. Poco a poco, dejó de reírse. Sus ojos estaban empapados en lágrimas y sus mejillas enrojecidas. Tenía calor, así que se quitó la chaqueta que llevaba, mostrando únicamente una camiseta de tirantes. ¿No hacía demasiado frío para ir así?-. No me he podido resistir.
Pero yo no escuchaba. Estaba embelesada mirando el tatuaje tribal de su brazo derecho, tinta negra adornando su piel bronceada. En ese instante, sentí una imperiosa necesidad de dibujarlo.
Bueno, aquí va otro. He de decir que todas mis historias que no son one-shots suelen tener un desarrollo lento, a veces incluso soporífero. Sí, como las clases de la profesora Shelley. Sólo os pido un poco de paciencia.
