Se suponía que los ascos matutinos atacaban en las primeras semanas y meses de embarazo, pero Sam había aprendido hacía años que cuando tu vida tenía relación con la de Danny Fenton NADA volvía a ser normal. Eran las 4:47 a.m. cuando al girar para intentar encontrar una posición un poco más cómoda, algo que le iba a ser casi imposible con 7 meses y medio de gestación, cuando de la nada la sensación más profunda y arrolladora de asco se apoderó de ella.

Se levantó tan rápido que se causó un mareo que sólo empeoró las cosas y llegó justo a tiempo al baño sólo porque su voluntad pudo más que su condición. Y en cuanto llegó, descargó todo lo que contenía su estómago. Pero algo no estaba bien, era cierto que después de 17 años y aun estando embarazada, su cuerpo no había aceptado la carne de muy buena manera, pero esto era diferente a vomitar los trozos del delicioso estofado de cerdo que su esposo preparaba. La sustancia que salía de sus labios en ese momento era de color verde limón. Y ella sólo logró pensar en aquella vez hacía ya tantísimos años cuando siendo una niña había ordenado clandestinamente con la tarjeta de sus padres 20 kilogramos de ositos de goma color verde. Había comido tantos, que cuando su cuerpo ya no los soportó comenzó a vomitar una sustancia parecida a la que estaba desechando en ese momento antes de desmayarse. Pero esto era diferente de muchas maneras que por el momento no comprendió.

"Sam, ¿estás bien?" Danny entró corriendo tras ella después de un momento. Ella tuvo oportunidad de mirarlo antes de que otra arqueada de asco se apoderara de ella, sólo para dedicarle una mirada exasperada. "Lo siento, pregunta estándar. Fue el filete de nuevo, ¿verdad?"

"No. Esta cosa es verde." Le dijo gimiendo de asco. Volvió a regurgitar. "¿Cuánto de esto tengo dentro de mí?" Dijo entrando un poco en pánico.

"Tranquila…" Se acercó lentamente y se sentó junto a ella. Su cuerpo irradiaba una tenue luz verde. "Parece ectoplasma."

"¡Genial! Lo que me faltaba." Dijo recobrando poco a poco la calma, reemplazándola con fastidio. Nunca antes había probado el ectoplasma, pero dudaba que supiera mejor cuando entraba que cuando salía. Vomitó otra carga. El acarició tiernamente su espalda mientras la sujetaba por el brazo.

"En todo caso, creo que es mejor que salga. Vamos a necesitar otro escaneo." Dijo entre dientes, sabiendo que sería inútil, pues el bebé no se dejaría ver. Ella vomitó una vez más.

"Tenían que ser poderes de fantasma." Dijo recobrando la respiración. "¿Alguna vez has probado el ectoplasma?" Él no contestó. Siguió acariciando su espalda. "Sabe a galletas viejas con pasto. Ahora entiendo porque es verde." Volvió a vomitar. "Tendremos este y ya. Se acabó la fábrica de bebés. Nuestras madres van a odiarnos, pero no volveré a pasar por esto…"

"Lo siento, Sam." Le susurró. "Lo bueno, es que faltan menos de dos meses. Mes y medio y se acabó. Un bebé Fenton nuevecito." Intentó darle ánimo. Sabía que la idea de tener un bebé entre sus brazos la había emocionado por años.

"Lo sé." Dijo ella y por fin logró dejar de vomitar y sentarse frente al excusado. "Pero, ¿y si cuando nazca es peor?" Una aflicción intensa la embargó y aunque sabía que todo se debía al embarazo no consiguió dejar de hablar. "Y tiene que pasar por todo esto. Será solo un bebé indefenso. ¿Y si no podemos protegerlo? ¡¿Qué va a pasar cuando tengamos que cuidar a un bebé invisible?!" No se dio cuenta de cuando comenzó, sólo sintió las tibias lagrimas bajar por sus mejillas. Se cubrió la cara.

"Sam. Sam, tranquila." Estiró los brazos y la rodeó con ellos porque no supo que más hacer. JAMÁS en los 23 años que llevaba de conocerla, la había visto demostrar tanta debilidad. Sam era una mujer fuerte y temeraria. Y ahora se encontraba sollozando contra su pecho y él no tenía idea de que hacer. Tenía miedo. Él también lo tenía, todos los que sabían lo que pasaba temían por la criatura que Sam llevaba dentro de ella. Pero Danny sabía que nadie tenía más miedo por el porvenir de su hijo que ella. La apretó más contra él. "Escúchame bien, Sam: No va a existir nada ni nadie en este mundo que llegue a ser capaz de lastimar a nuestro bebé. Yo no voy a permitirlo. Ese bebé va a estar bien. Nacerá en mes y medio, y cuando llegue a esta casa va a ser el bebé mejor protegido del mundo. No te lo había dicho, pero he estado ayudando a mi madre a perfeccionar un tipo de tecnología que le impide el uso de sus habilidades a seres constituidos de ectoplasma. El bebé va a estar bien, no tienes de que preocuparte." Acarició su cabello y la obligó a mirarlo a los ojos. Secó sus lágrimas con los pulgares y besó su frente. "Tú y yo sabemos que todo este miedo irracional es a causa de tu estado. Sólo debes tranquilizarte." Le colocó un mechón de cabello detrás de la oreja.

"Eres bueno." Le dijo dejando que una pequeñísima sonrisa se extendiera en sus labios.

"Lo sé. Soy el mejor." Le dijo abrazándola. "Vamos a salir bien de esto, Sam. Lo sé. Podemos hacerlo, hemos salido de peores."

"Lo sé…" Le contestó. "Sólo espero que no herede tu desesperante encanto o no voy a poder con ambos."

Él se carcajeo y sus risas la contagiaron. Después de un momento se tranquilizaron y el estiró la mano para jalar de la palanca. Se levantó y le sirvió un vaso con agua.

"Ahora vayámonos a dormir, te traeré una cubeta por si vuelves a necesitar expulsar más ectoplasma, así no tendrás que levantarte." La ayudó a ponerse en pie y la condujo de nuevo hasta la cama. La ayudó a recostarse y la cubrió con el edredón. Después y sin molestarse se volvió intangible, salió de la habitación por unos momentos y volvió con un balde que colocó en la mesa de noche del lado de Sam, luego se recostó junto a ella.

"Presumido." Le dijo entrecerrando los ojos y él se rio. Ella giro hacia él y lo abrazó bajo las mantas. "Pero así te amo, tonto."

"Deberías odiarme, con todos los problemas que te he traído desde que nos conocimos." Él también la abrazó.

"¿Y quién dice que no te odio?" le dijo sonriendo maliciosamente. "Hay suficiente espacio en mi para ambos sentimientos."

"Esta es la Sam que yo conozco." Le dijo y volvió a besarle la frente.

"Cállate, déjame dormir..." Fue lo último que le dijo antes de comenzar a deslizarse hacia el sueño.

"Yo también te amo…" le susurró. Y suspiró. Encontraría la forma de cuidar de su nueva familia. Lo haría aunque le costara la vida.