-El terror se apoderó del Zoológico de Central Park esta tarde, cuando una poderosa explosión estalló en una de sus exhibiciones: el hábitat de los pingüinos, para ser exactos, que es de hecho la exhibición más popular del zoológico. La explosión alcanzó un radio de cien metros y, literalmente, hizo pedazos el mencionado hábitat. Se cree que puede haber sido causa de un ataque terrorista. Aunque actualmente se desconoce por qué un terrorista querría implantar una bomba en un zoológico. Afortunadamente, no se reportaron víctimas de este atentado. El reporte de daños, por otra parte…
-Apágalo –ordenó el capitán a secas. El soldado más joven inmediatamente presionó el botón rojo del control remoto y la pantalla del televisor se tornó negra con un seco click.
Rico parpadeó, sin haberse dado cuenta de que no lo había hecho desde que la reportera había comenzado a hablar. La explosión que había ocurrido en el zoológico hace apenas unas horas era el tema que estaba en todos los noticieros.
Vio por la ventana por la que habían entrado a la oficina de Alice; algunos de los animales más grandes estaban asomados a través de ella, también interesados en saber qué decían las noticias. Otros animales más pequeños, como Marlene y los lémures, estaban parados sobre el escritorio de la cuidadora. Cuando Skipper ordenó que se apagase el televisor, la mayoría de los animales comenzaron a dispersarse, hablando entre ellos sobre la explosión. Ni siquiera los lémures habían notado la ausencia de un cuarto pingüino en el equipo, pues ellos también se retiraron casi de inmediato. Ó tal vez era que no querían molestar al equipo con preguntas indiscretas en este momento.
Rico volvió a parpadear y suspiró con pesadez. Las últimas horas habían sido tan surrealistas para él. Apenas podía creer que hubieran tenido lugar. Ahora mismo, ya deberían irse si querían…
-Skipper. –Volteó a ver en dirección a la nutria, que había llamado al líder de la unidad para detenerlo antes de que se fuera. Skipper había caminado al borde del escritorio para saltar a la ventana. Volvió a ver a Marlene: estaba indecisa sobre si hablar o no.- ¿C-cómo está…?
-Marlene –la interrumpió Skipper con un suspiro cansino, sabiendo perfectamente lo que iba a preguntar.- Por favor, ahora mismo no estoy de humor para… bueno, para escucharte, en realidad. Muchachos, andando.
Después de eso, los tres pingüinos salieron de la oficina y se dirigieron velozmente hacia su próximo destino.
No se dieron cuenta de cuánto tiempo estuvieron parados frente a la puerta de la clínica antes de reunir el valor para entrar a la habitación y enfrentarse a lo que les aguardaba allí. Había sido un gran alivio saber que Kowalski había sobrevivido a todo –la explosión, las heridas, la cirugía– pero aún no estaban seguros de si viviría y, luego de lo que habían visto en el cuartel destrozado, el estado en el que se encontrara no podía ser bueno. Finalmente dieron un paso adentro y escalaron la cama.
A partir de ese momento, Rico se dedicó a observar intensamente el cuerpo del pingüino tumbado en la cama, pero en realidad su atención estaba en otra parte.
¿Por qué tuvo que ser Kowalski?
El pingüino genio le había demostrado comprensión, incluso lo había intentado ayudar para mantener sus impulsos piromaniacos bajo control aun desobedeciendo órdenes de Skipper. Y él le había pagado con esta moneda.
¿Por qué no se había parado a pensar en las consecuencias? Sí lo había hecho. Recordaba perfectamente haber previsto que Kowalski saldría herido. Deseó haber escuchado a esa débil voz de la razón y haber considerado lo que estaba haciendo. Los recuerdos que siguieron en su mente fueron de minutos antes de la explosión. Había procurado sacar a Skipper y Cabo del cuartel antes de que sucediera la explosión. Se había preocupado por ellos.
¿Por qué no había hecho lo mismo con Kowalski?
Era una respuesta que desconocía ahora.
Parpadeó un par de veces para volver a la realidad; en la que Cabo sollozaba suavemente en el pecho de Skipper, el líder se lo había permitido e incluso había colocado una aleta alrededor de su espalda para consolarlo. Pero aparte de eso, la expresión del capitán no dejaba ver emoción alguna. Ni una pista de lo que estaba sintiendo por dentro. Sólo miraba fijamente a su soldado caído. Rico decidió hacer lo mismo; realmente ver, no sólo posar sus ojos sobre el pingüino y perderse en sus pensamientos.
Los vendajes ensangrentados que cubrían la mayor parte de su cuerpo para ocultar las muchas quemaduras y las costuras en su piel desnuda de plumas por las múltiples cirugías a las que había sido sometido harían a cualquiera querer dar media vuelta y salir de allí. Las distintas máquinas –entre ellas un monitor cardiaco que medía el endeble ritmo del corazón del pingüino– a las que estaba conectado por medio de tubos y cables que se clavaban en su cuerpo y la máscara de oxígeno por la que tenía que respirar habían puesto incluso a Skipper nervioso. Pero había algo más que parecía fuera de lugar, pero que Rico no lograba identificar aún. Algunos pensarían que sería lo primero que hubiera notado, sin embargo, le tomó unos minutos darse cuenta de lo que andaba mal.
Su aleta. Una de ellas era… más corta que la otra. Amputada. Casi desde la mitad, tal vez un poco más. El corazón de Rico se hundió al ver esto. Pero quizás esa no sería la peor parte del daño que había ocasionado la explosión. Kowalski podría no sobrevivir a esto todavía. Además, sus ojos también estaban ocultos bajo las vendas, habían sido severamente dañados y el doctor había dicho que había una alta probabilidad de que el pingüino perdiera la vista permanentemente.
Si Kowalski se recuperaba de esto, su vida de ahora en adelante sería la de un pingüino discapacitado.
Había arruinado su vida.
-Rico, ¿podrías llevarte a Cabo? –La voz de Skipper lo sacó de su trance y finalmente fue capaz de levantar la vista y fijarla sobre sus compañeros. Le daba la impresión de que Skipper había estado hablando desde hace rato.
El llanto de Cabo se había moderado y ahora estaba separado de su líder, viendo el colchón sobre el que estaban parados sólo para evitar mirar a Kowalski. Rico lo observó con lástima y culpa.
-Rico –volvió a decir Skipper con suavidad, pensando que tal vez su experto en armas no lo había escuchado.
-Okay –contestó Rico con un gruñido suave. Estiró sus aletas hacia Cabo, esperando que se acercara. El joven le lanzó una mirada suplicante a su líder.
-Ve con él –dijo Skipper sin más. Cabo asintió dócilmente y caminó hasta Rico.
-¿Y tú? –preguntó el pingüino del mohawk a Skipper una vez que habían bajado de la cama. El capitán ahora les estaba dando la espalda; su vista aun fija en el teniente.
-Yo iré en un momento. Ahora déjenme solo. Es una orden.
Rico asintió aunque su capitán no podía verlo y fue hasta la salida junto con Cabo. Al salir, procuró dejar la puerta ligeramente entreabierta. Para entonces, Cabo se había adelantado considerablemente a él; caminaba con la cabeza baja y sin notar que nadie estaba a su lado. El experto en armas decidió quedarse atrás y replegarse a la pared mientras escuchaba la conversación que tenía su líder.
Todo estuvo en silencio durante el primer minuto, Skipper no se decidía a decir algo. Se sentía ridículo al hacer esto. Cuando su voz salió, lo hizo como un susurro.
-Estúpido… Estúpido Kowalski –su voz sonó partida al principio, como si hubiera estado atascada en su garganta todo este tiempo.- Finalmente lo hiciste.
Rico apenas podía creerlo. Era suficiente saber que esto había ocurrido por su culpa, pero saber que Kowalski estaba siendo culpado.
-Siempre supe que algo explotaría en tu laboratorio y acabaría contigo. Sólo que nunca me di cuenta de que eso significaría que morirías.
Hubo una pequeñísima pausa en la que Rico dejó de contener la respiración.
-Debí haberme preocupado más en inculcarte disciplina a ti que a Rico. Tú siempre has sido indisciplinado, insubordinado. No sabías vivir sin experimentos y ciencia. Tú te ocasionaste esto a ti mismo.
Rico optó finalmente por retirarse. No quería escuchar ni una palabra más.
Al haber quedado su hábitat destrozado, los cuidadores del zoológico habían movido a los pingüinos a uno temporal en lo que terminaba la reconstrucción del anterior. Se ubicaba en la exhibición de reptiles, uno de los tantos espacios vacíos había sido aclimatado con un piso de hielo y con unas montañas de nieve dibujadas en las paredes. Los pingüinos tenían el mismo problema con entrar y salir de él a su antojo como del anterior. Había un ducto de ventilación que les permitía ir y venir cuando quisieran.
Esa noche, Skipper volvió tarde al hábitat, sólo Rico sabía lo que había estado haciendo. Al regresar, les dijo a sus reclutas que quería hablar seriamente con ellos. Rico se puso helado, ¿ya había descubierto que la explosión en el laboratorio no había sido un accidente? Comenzó a pensar que debería confesar.
¡NO te atrevas!
Skipper les pidió al par que tomaran asiento. Cabo así lo hizo, se veía como si no tuviera energías para estar de pie ni un segundo más, pero Rico decidió declinar la oferta y se quedó parado. Skipper no le tomó importancia.
-Muchachos –comenzó gentilmente.- No pretendo ser el optimista en todo esto. Así que solamente voy a decirlo. Y al decir esto, quiero que sepan que sólo lo hago para prepararlos.
-¿De qué se trata, Skipper? –preguntó Cabo.
-Soldados, me temo que el Kowalski que conocían hasta ahora ha muerto hoy. Si vive después de esto, no volverá a ser el de antes. No será capaz de fungir como mi segundo al mando por más tiempo, y mucho menos formar parte en las misiones. Por tanto…
-Espera un minuto, Skipper –intervino Cabo.- ¿A qué te refieres con "si vive"?
Skipper sostuvo la mirada de su cadete sin inmutarse. Luego de treinta segundos de silencio, avanzó hacia él y se sentó a su lado con una expresión solemne en su rostro. Abrió el pico lentamente y comenzó a hablar con un tono de voz muy suave y delicado.
-Cabo. –Pero Cabo ya sabía lo que quería decir. Se puso en pie al instante y corrió hacia el ducto de ventilación.
-¡No! ¡Yo no me rendiré tan fácilmente! –exclamó firmemente, segundos después, ya estaba fuera del hábitat. Skipper sólo suspiró, pero ya había esperado esta reacción de parte del joven e inocente Cabo.
Rico sabía perfectamente a dónde había ido Cabo a descargar sus penas. Lo encontró parado sobre la cama de Kowalski, a un lado de éste, sus hombros temblaban repetidamente pero aún así parecía que trataba de contener el llanto. Rico lo observó con detenimiento, pero no quiso entrometerse y sólo se quedó oculto en las sombras a escuchar.
-Lo siento –lloró el pequeño pingüino. Rico sintió un dolor fuerte en el pecho y se le hizo un nudo en la garganta. ¿Cuántos más iban a culparse por lo que le había pasado a Kowalski?- No te invité a ir por hielitos. Si lo hubiera hecho, nada de esto hubiera pasado. No quería invitarte. Sabía que me gritarías por interrumpirte, así que pensé: ¿para qué lo invito? Va a decir que no de todos modos. Fui muy egoísta…
Para cuando Rico consideró que ya había oído suficiente, Cabo lloraba histéricamente sobre la almohada de Kowalski.
Días después, era Skipper el que estaba al lado del científico. Creía estar solo, pero en realidad Rico estaba otra vez espiando desde un lugar seguro.
El líder sostenía un ramo de flores en las aletas e intentaba evocar una sonrisa, pero no dejaba de parecer triste.
-Te traje flores –dijo el capitán, dejando las flores al pie de la cama delicadamente, como si tratara con vidrio frágil.- Es… lo que debes traer cuando un amigo está en el hospital, ¿no? Sé que no te gustan en particular. A mí tampoco. Siempre las llamaste nidos de insectos. Y tampoco son muy varoniles. Pero no sabía qué más traer.
Un suspiro frustrado fue lo siguiente que salió del pico del angustiado líder.
-¿Qué te gusta, Kowalski? No tengo idea. ¿Ciencia? ¿Cómo puedo regalarte ciencia? La ciencia fue lo que te dejó así en primer lugar. Nunca me preocupé por conocerte mejor, o a ninguno de los muchachos, para el caso. Siento que no conozco a mis propios hombres... Quiero corregir eso.
Guardó silencio por un rato que se le hizo eterno a Rico.
-Las cosas van muy bien con el equipo. Sin ti…. Rico casi ha pasado la semana sin explosivos, se ha sabido comportar. Tenías razón, Kowalski. Esto en verdad le ha enseñado algo de disciplina.
Rico sintió que las palabras de su líder tomaban su corazón y lo estrujaban dolorosamente. Hizo todo lo posible por no doblarse en su lugar y gritar de sufrimiento. El dolor que estaba sintiendo era peor que cualquier dolor físico.
Nuevamente Skipper se había quedado callado.
-Tengo miedo, Kowalski –confesó con voz débil.- Sí, yo tengo miedo. ¿Qué tal si tengo razón y tú no sobrevives a esto? ¿Qué haremos entonces? No importa lo bien que estén yendo las cosas ahora. Puede que nos las podamos arreglar en las misiones sin tu ayuda… sin opciones, sin inventos, sin experimentos. Pero nunca sin ti. Por favor, no te vayas, soldado. Podemos vivir sin un científico y hombre de opciones, pero no sin nuestro Kowalski.
Después de eso, la voz de Skipper llegó lejana a los oídos de Rico. Ya no podía escucharla más, algo ardía en su mejilla y lo había distraído. Levantó una aleta y tocó la mejilla que le quemaba: una solitaria lágrima había rodado desde su ojo. La secó con un movimiento y salió de la clínica.
La voz siniestra… Se había mantenido callada, pero sólo porque el dolor la hacía dormir. Rico podía percibir que iba tomando fuerza poco a poco. Y él no era lo suficientemente fuerte para detenerla. Sus acciones pasadas sólo habían alimentado a la voz. Ahora ya no había forma de que escapara de sus garras.
Ahora sabía la respuesta.
No sólo se había vuelto adicto a las explosiones, sino también a hacerles daño a los demás. Aquella vez en que había hecho explotar el auto y todos habían salido ilesos; recordó que algo no terminaba de sentirse bien: quería que alguien saliera herido. Cuando destrozó el trono de Julien; quería lastimar al cola anillada. Y la explosión en el laboratorio de Kowalski; no había procurado alejar al científico de allí porque no quería que estuviera a salvo de la explosión.
No quería nada más que lastimar a otros con sus explosiones. Causarles daño y dolor y disfrutar con su sufrimiento.
Había pasado la barrera entre la locura y el sadismo. Y no había punto de retorno después de eso.
Había cometido un error y no podía repararlo.
Él también tenía miedo. Miedo de sí mismo y de lo que haría después.
La imagen de portada ha sido re-dibujada a computadora ;) ¡Gracias Photoshop! Oh, y también gracias por sus reviews :) ¡Espero continúen siguiendo la historia porque en el próximo capítulo es el climax!
