Disclaimer: los personajes son propiedad de Stephanie Meyer, solo la trama es mía.


-Capítulo 2-

Verano del 2013

A eso de las once y media mi padre anunció que se marchaba, y durante un segundo una parte de mí quiso gritarle que no lo hiciera, que no me dejara allí solo. Me sentí como un niño pequeño que deseaba agarrarse a los pantalones de su padre mientras lloraba, por lo que apreté con fuerza los puños e intenté que aquel sentimiento se esfumara tan deprisa como había aparecido. Mi padre se despidió del abuelo con otro sentido abrazo, prometiéndole que iría a visitarle pronto, y yo lo acompañé fuera de la casa para despedirme también de él.

—En el móvil tienes el número de mamá y también el mío, ¿verdad? —se aseguró mi padre.

—Sí.

—Te llamaremos cada día.

—Vale.

Me colocó la mano en la cabeza y me acarició el cabello con suavidad antes de acercarme a su cuerpo para abrazarme. Permití que lo hiciera solo porque necesitaba sentirle cerca antes de que se marchara, y aproveché para abrazarlo también. Cuando nos separamos mi padre me sonrió y me arreó un golpe juguetón en el brazo.

—Intenta conocer al abuelo, ¿vale? Y déjale que te conozca. Os parecéis más de lo que te piensas.

Fruncí el ceño ante ese comentario y me encogí de hombros, nervioso cuando lo vi subirse al coche.

—Nos veremos el viernes, Ben.

—Sí. Adiós, papá.

Me despedí de él con la mano hasta que el coche se perdió en la lejanía, y después respiré hondo, mirando con atención el mar y las olas de Montauk. Tras unos segundos me di la vuelta y entré en la casa, encontrándome al abuelo recogiendo los vasos y el plato en el que nos había servido los refrescos y los bollos unos minutos atrás. Al percatarse de mi presencia sonrió.

—Bueno, muchacho, ¿quieres que te enseñe tu habitación?

Asentí en silencio y recogí mi maleta, que estaba junto al sofá, cuando vi a mi abuelo encaminarse de nuevo a la cocina para dejar lo que había recogido. Cuando salió me indicó con el dedo que lo siguiera, y ambos subimos por las escaleras hasta el segundo piso, en el que había tres habitaciones y un cuarto de baño pequeño. La habitación en la que yo iba a dormir se encontraba al lado de la del abuelo, según me dijo, y tenía las paredes pintadas de un tono azul claro. Justo en el centro había una cama de matrimonio, a cada lado de esta una mesilla de noche de madera, enfrente un escritorio y en uno de los lados de la ventana que daba a la playa, un pequeño armario. No estaba mal, la verdad.

—Imagino que habrás traído cosas para entretenerte, pero por si acaso compré un par de cómics y uno o dos libros juveniles… La chica de la librería me dijo que estaban muy de moda. No sé si te gusta leer.

—No suelo hacerlo —le respondí dejando la maleta sobre la mullida cama—. Pero gracias de todas formas.

—Vaya. De nada.

El abuelo se pasó la mano por el cabello, incómodo, y yo me acerqué a la ventana para ver el mar. Aparte de la playa también se podía vislumbrar el faro de Montauk a lo lejos, e incluso con la ventana cerrada fui capaz de escuchar el graznido de las gaviotas sobrevolando el océano.

—He pensado que después de comer podemos ir un rato a la playa, si te apetece —volvió a intentarlo.

Me encogí de hombros.

—Vale.

Mi abuelo permaneció en silencio durante unos segundos, hasta que después pareció darse cuenta de la tensión que había entre ambos y dijo:

—Bueno, te dejaré para que deshagas la maleta y te acomodes. Si necesitas algo estaré abajo.

Asentí en silencio y pude respirar hondo cuando mi abuelo cerró la puerta y me dejó al fin solo. Me senté en la cama y me quité los zapatos, nervioso y molesto. No iba a deshacer la maleta porque para cuatro días no valía la pena, por lo que me tumbé en la cama y cerré los ojos. Permanecí unos minutos allí quieto, y después me levanté y salí de la habitación. Caminé por el piso de arriba intentando no hacer ruido y fui al cuarto de baño. Una vez terminé, bajé las escaleras descalzo y, como no vi al abuelo por ninguna parte, me senté en el sofá, saqué mi móvil del bolsillo junto a los auriculares y me puse a escuchar música. Al cabo de unos minutos sentí que alguien me golpeaba suavemente en el brazo y abrí los ojos, encontrándome con el rostro de mi abuelo. Me quité los auriculares y fruncí el ceño.

—Te he preguntado qué te apetece para comer. Como llevabas los auriculares no me escuchabas —me dijo con una pequeña sonrisa.

—Ya… Me da igual, lo que haya estará bien.

—He pensado en hacer pasta. ¿Te gusta?

—Sí.

—Muy bien —pareció dudar durante unos segundos, pero después se sentó a mi lado en el sofá—. ¿Puedo preguntar qué estabas escuchando?

—No creo que los conozcas.

—Prueba, a ver.

—30 Seconds to Mars.

—Ah, sí. No los escucho normalmente, pero me suena el nombre. ¿Puedo escuchar alguna canción?

Fruncí el ceño de nuevo, pero le quité los auriculares al móvil y dejé que sonara la canción Do or die. Mi abuelo la escuchó en silencio mientras movía la cabeza hacia delante y hacia atrás.

—La verdad es que suenan muy bien.

—Sí. Son geniales.

— ¿Son tu grupo favorito?

Me encogí de hombros.

—No tengo ninguno. Me gustan muchos.

Mi abuelo se rio entre dientes y después volvió a ponerse en pie.

—Bueno, voy a empezar a hacer la comida.

—Vale.

Se dio la vuelta y me dejó solo otra vez en el salón, por lo que me puse de nuevo los auriculares, los conecté otra vez al móvil y continué escuchando música.

.

.

.

Después de comer, Ben y yo nos fuimos un rato a la playa. Me llevé una silla de plástico y una sombrilla, y el chaval se limitó a llevarse su toalla azul. Una vez colocada, se dirigió al agua y se sentó en la orilla, mirando detenidamente el mar y jugueteando con la arena mojada. Yo me senté en la silla y lo miré durante unos minutos, sin saber qué hacer con él. Había crecido mucho desde la última vez que le vi; estaba más alto y más fuerte, claro, y su cabello se había oscurecido un poco. Era rubio cuando nació, pero en ese instante tenía el pelo de un color castaño claro con algunos reflejos dorados, y lo llevaba un poco largo y desgreñado. Tenía los ojos de color gris, como su padre y como Alice, pero las facciones de su rostro eran muy parecidas a las de su familia materna.

No era muy hablador, o al menos conmigo no lo era, pero igualmente por la mañana me había parecido distante y tranquilo. Durante la comida tuve que sacarle las palabras a cuentagotas, pues no se mostraba receptivo y no parecía tener ganas de tenerme cerca. No podía culparle de ninguna manera, pero no iba a rendirme. Al fin y al cabo era su abuelo.

Sonreí un poco cuando lo vi ponerse en pie para meterse en el mar luchando contra las olas. Estuvo nadando un rato, dando brazadas y buceando, y al cabo de unos minutos salió del agua. Tras escurrirse el pelo se sentó en su toalla, a mi lado, y continuó mirando el mar.

—Te gusta la playa, ¿verdad? —le pregunté.

—Sí. En Nueva York no suelo ir muy a menudo.

—Claro. A tu abuela también le gustaba mucho, por eso nos mudamos aquí —Ben me miró de reojo y asintió—. Le encantaba escuchar el sonido de las olas y oler la sal en el aire. Tú tienes sus ojos.

— ¿Los de la abuela? —me preguntó mirándome fijamente al fin.

—Sí. ¿Nadie te lo había dicho nunca?

—No. Me habían dicho que tengo los de mi padre.

—Porque él los sacó de su madre, pero son casi idénticos.

—No lo sabía.

Sonreí brevemente y suspiré, sintiéndome algo cansado.

— ¿Cómo te van los estudios? —me interesé, y tuve ganas de echarme a reír cuando lo vi rodar los ojos.

—No mal del todo.

— ¿Te gusta el instituto?

—No.

—En eso te pareces a mí, entonces. No era muy buen estudiante, la verdad.

—Yo no saco malas notas, pero me da pereza estudiar.

Finalmente me reí entre dientes y asentí con la cabeza.

— ¿Ya sabes qué te gustaría ser cuando crezcas un poco más?

Ben se encogió de hombros y negó con la cabeza.

—No.

— ¿No hay nada que te guste?

—Me gusta el deporte. Pero también me gusta el arte.

— ¿Ah, sí?

—Sí. Aunque no sé si quiero dedicarme a algo relacionado con eso en el futuro.

—Te entiendo. Pero yo siempre supe más o menos lo que quería.

Mi nieto me miró de nuevo con el entrecejo arrugado, gesto que sin duda había heredado de su padre.

— ¿En serio?

—Sí. Antes las cosas no eran como ahora. No digo que fueran más difíciles, pero alguien como yo no tenía muchas salidas.

— ¿Alguien como tú?

Me alegré que se interesara sin que yo tuviera que obligarle, por lo que me sentí aliviado.

—Nací en 1943 en Nueva Jersey. Mis padres no eran ricos, éramos una familia muy humilde, y cuando mi madre dio a luz a mellizos mi padre por poco se muere de un infarto.

—Así que tienes una hermana.

—Sí, Rosalie. Aún vive en Nueva York con su marido, Emmett, que fue el batería de Inequals —Ben asintió en silencio, asimilando toda la información que le daba—. Mi cuñado Emmett, Edward, el otro integrante del grupo, y yo nos criamos en el mismo barrio y fuimos juntos al colegio. A Edward se le daba bien estudiar, pero a Emmett y a mí no nos gustaba demasiado y siempre que podíamos nos escaqueábamos de las clases. Crecimos los tres juntos, y como ninguna de nuestras familias era pudiente, a los catorce años empezamos a trabajar; Edward en la ferretería de sus padres, y Emmett y yo en una fábrica de cartón. Pero eso no era lo que ninguno de nosotros quería.

— ¿Y qué queríais?

Sonreí de nuevo sin poder evitarlo, recordando aquellos buenos años.

—Entramos en la adolescencia escuchando a Elvis Presley, a Little Richard, a Jerry Lee Lewis y a todos esos cantantes revolucionarios, y los tres nos interesamos por la música. El padre de Edward tenía un viejo piano en su casa y mi madre me regaló una guitarra eléctrica cuando cumplí doce años, una Stratocaster, por lo que durante los veranos o el tiempo libre que teníamos nos reuníamos e intentábamos aprender a tocar. Un amigo de Emmett le vendió su batería y le dio unas nociones básicas, pero lo cierto era que sonábamos bastante mal.

— ¿Cómo aprendisteis, entonces?

—Con esfuerzo y constancia, además de pasar muchas noches sin dormir. A mi padre no le gustaba nada que quisiera dedicarme a la música, decía que era una estupidez con la que jamás ganaría dinero, y aunque muchas veces llegamos a pensar que así sería… Lo terminamos consiguiendo. Cada día, al salir de trabajar, nos reuníamos en casa de Edward y ensayábamos; a veces reinterpretábamos canciones de otros artistas y otras veces intentábamos componer algo que no fuera una idiotez.

— ¿Cómo acabasteis en Nueva York?

—Eso fue varios años después. A pesar de que habíamos dejado el instituto, hablamos con el director para que nos dejara tocar en la fiesta de final de curso, y aunque a la gente no le terminó de gustar nuestras canciones, empezamos a hacernos oír. Al menos en nuestro barrio. Así empezamos a conseguir bolos, a veces en nuestra ciudad y a veces en la de al lado, pero siempre sin cobrar ni un centavo, claro. Empezamos a tocar de manera oficial en 1958 con el nombre de EJE porque no teníamos inspiración para ponernos un nombre más atractivo.

— ¿Así que decidisteis poner vuestras iniciales y ya está?

—Exacto.

Ben se echó a reír y yo me alegré de que lo hiciera porque todavía no le había visto hacerlo.

—Sí que erais poco originales.

Ese fue mi turno para reír y sin poder evitarlo asentí, más que nada porque el chaval tenía razón.

—El caso es que estuvimos muchos años tocando por algunos lugares de Nueva Jersey, pero a principios de 1960 un colega del barrio que trabajaba como camarero en un garito le habló al dueño de nosotros y el hombre nos "contrató" para que tocásemos en su bar cada fin de semana. El sueldo era una miseria, pero de alguna forma teníamos que empezar, por lo que no nos negamos. Entre eso y el sueldo que ganábamos en la fábrica, y Edward en la ferretería, nos daba para ir viviendo. Mi padre odiaba que no pasara casi ningún fin de semana en casa por andar siempre tocando esa música del demonio, como él llamaba al Rock and Roll, y discutimos muchas veces por ese motivo. Sin embargo yo sentía que para eso había nacido, porque tenía que triunfar. Y lo cierto es que tuvimos mucha suerte, pues a finales de ese mismo año vino al bar Marcus Vulturi, un hombre de negocios que también era representante musical. Al parecer le gustó nuestro estilo, y siguió viniendo al bar casi cada semana para vernos. Finalmente un día habló con nosotros y nos preguntó si estaríamos dispuestos a dejarlo todo e irnos a Nueva York porque él nos haría triunfar. Por lo visto en Inglaterra se estaba cociendo algo muy grande, musicalmente hablando, y Marcus tenía la sensación de que en Nueva York podría pasar lo mismo.

— ¿Aceptasteis sin más?

—Me gustaría poder decir que no, pero lo cierto es que apenas nos lo pensamos. Claro que teníamos nuestras reservas; no conocíamos a ese hombre ni sabíamos si nos estaba diciendo la verdad, pero en Nueva Jersey jamás conseguiríamos nada, y nosotros éramos solo tres chavales de pueblo muertos de ganas por triunfar en la música. Marcus nos lo estaba ofreciendo… así que lo hicimos. A mediados de 1961 hicimos las maletas y los tres, junto a Marcus, nos fuimos a Nueva York. Mi padre no me lo permitió, pero como ya era mayor de edad no le hice caso. Y, sinceramente, me alegro de no haberlo hecho.

Una ráfaga de aire me hizo estremecer, por lo que me di cuenta de que ya empezaba a refrescar.

—Será mejor que volvamos a casa antes de que cojas frío —le dije a Ben y, lentamente, me puse en pie. Él me hizo caso sin abrir la boca y, tras expulsar su toalla llena de arena, la dobló y ambos empezamos a caminar hasta casa.


¡Hola! Os dejo el nuevo capítulo de esta historia que espero que os esté gustando mucho. Como os digo cada vez que subo una historia nueva, las cosas al principio van lentas, y aunque a pesar de que en el siguiente capítulo aún no nos meteremos de lleno en el pasado de Jasper y Alice, iremos conociendo pequeños detalles en su vida en común. Sin embargo, en el capítulo del martes que viene viajaremos al fin a los años 60 para saber qué hacía ese par ;)

Ahora bien, he de aclarar que no soy experta en música, y mucho menos en grupos musicales antiguos (en su forma de grabar, de publicar discos...), pero me gustan mucho y he intentado que la historia sea lo más fiel posible a sus técnicas. Imagino que son muy diferentes a las de los músicos actuales, pero yo he hecho lo que buenamente he podido con la informaciónm que he encontrado, jajajaja.

En fin, me marcho ya porque tengo un resfriado del copón y si sigo escribiendo os voy a pegar los virus xD ¡Nos leemos el sábado! Xo