Hacia el sur.

"Más allá del este, el amanecer; más allá del oeste, el mar
y este y oeste la sed de vagar que no me deja ser".
Gerald Gould.

Tercera parte.

X

—Hora de visitar a nuestro enfermo —recité en voz alta. Me encontraba frente a la clínica privada en la que Heero estaba internado. ¿Debería sentirme mal? A mí me había dejado abandonado en un hospital público. Después de todo, en una clínica así te atendían mucho mejor y las enfermeras solían ser más atractivas.

Enseguida recordé que Heero, muriéndose como estaba, no habría tenido ninguna influencia en la elección de ese lugar.

Silbando entré en el edificio y corrí por las escaleras hasta el quinto piso. Cuando entré a la habitación en la que se suponía que él estaba, me encontré con una momia en su lugar, pero pronto lo reconocí por sus ojos y boca, que era lo único que no estaba vendado.

Parecía estar inconsciente, por lo que toqué su rostro. Nada más rozarlo, sus ojos se abrieron de golpe.

—Ahora sí quedaste bueno —le dije con burla inclinándome un poco, le puse mi pistola frente a la cara—. Tanto que creo que ahora ni necesitaré esto para matarte.

Lucía tan deteriorado que sus párpados se cerraron involuntariamente. Lo noté por la pesadez contra la que parecía luchar. Supuse que estaba bajo los efectos de alguna droga.

—Van a venir —me dijo, con un tono demasiado ronco.

Comprendí lo que quería decir.

—No lo creo —contesté, enderezándome a su lado—; te han dado por muerto.

—Vendrán —aseguró, y su voz sonó peor que la primera vez que había hablado.

—No te preocupes por eso, aunque vinieran, van a encontrarte muerto de todas formas.

Sus ojos volvieron a abrirse con dificultad. Sus labios temblaron un poco antes de hablar:

—Duo, ellos me tienen.

Me quedé paralizado por un momento. ¿Esta era una trampa? Miré hacia la puerta, donde ahora había una enfermera con un teléfono en la mano. Al notar que yo la observaba, huyó despavorida. ¿Les había llamado? No, ya estaban aquí, pensé, cuando dos hombres aparecieron en la puerta con sendas pistolas.

—Maldita sea, Heero, podrías haber avisado antes —reclamé. Lanzándome hacia un lado de la puerta, les disparé desde el marco, derribándolos. Entonces escuché sonidos de fuertes frenazos de neumáticos en el frontis de la clínica. Corrí a asomarme y ahí iban los militantes, como almas perseguidas por el diablo hacia el interior.

—Tenías razón. Tus visitas llegaron rápido.

Si Heero hubiese podido asentir, creo que en ese momento lo habría hecho. Pero estaba más tieso que un palo y seguro, de intentar algo tan temerario como aquello, se quebraría el cuello al instante.

Me aparté de la ventana y escudriñé la habitación con ojo crítico. En un rincón había una camilla que prometía ser un buen transporte, así que la acerqué, tomé en brazos el cuerpo de Heero y lo tiré sobre ella. Salí a la carrera de la habitación, atropellando extremidades de los caídos en el camino. Meditaba acerca de lo difícil que sería que, con las ropas que vestía, alguien no me cuestionara qué hacía paseando a un enfermo por los pasillos, pero tampoco disponía de mucho tiempo para conseguir unas de camuflaje. Tenía la seguridad que al instante en que ellos descubrieran que el infeliz de Heero no estaba en su habitación, intentarían bloquear todas las puertas de acceso y salida, con la esperanza de capturarlo en plena fuga.

Sin embargo, mis ropajes de cura llamaban severamente la atención, por lo que me vi obligado a hacer algo al respecto. Al menos la suerte estaba de mi lado.

—Bueno, allí va mi tapadera —murmuré, viendo cómo un doctor entraba a una sala vacía. Dejé a Heero abandonado allí mismo, en medio del pasillo, y lo seguí. El tipo iba a preguntarme qué se me ofrecía, pero no alcanzó a llegar a la mitad de la pregunta antes de caer inconsciente con un certero golpe en el cuello. Rápidamente lo desvestí y pateé el cuerpo para esconderlo bajo una cama. Me puse el delantal blanco y su credencial, aunque ésta poco me serviría si me detenían. Hubiera tenido que robarle el rostro también para que fuese útil. Era un disfraz a medias, pero esperaba que fuese suficiente para bajar los dos pisos que me faltaban y esquivar a los rebeldes que venían en ascenso.

Recogí a Heero, quien no se había movido ni un centímetro, y comencé a apurar el paso empujando la camilla. ¿Tan herido estaba? Bajé por el ascensor que llevaba directamente a la puerta de urgencias con la intención de robar alguna de las ambulancias que siempre estaban allí dispuestas. Pero la suerte ya me había abandonado ese día y no pude dar con ninguna.

—Maldita sea…

Me quedé un par de segundos mirando a mi alrededor. Llevar a Heero hasta la calle para robar un auto sería asegurarnos una persecución, pero como si el pensar en esa palabra hubiera invocado a los rebeldes, éstos aparecieron desde el mismo interior de la clínica y me quedaron viendo. Yo les devolví una mirada calmada.

—Las ambulancias se demoran demasiado hoy en día, ¿verdad? Creo que prefieren trabajar con muertos que con moribundos.

Se observaron estúpidamente entre ellos y comenzaron a avanzar hacia a mí, sin prisa, como si no estuviesen seguros de que yo era su objetivo. En eso se acercó un taxi para dejar familiares sufrientes de algún herido justo en frente de aquella puerta. Respirando hondo, tomé el cuerpo de Heero en brazos en dirección al vehículo y con sus pies por poco derribo a una dama que descendía de él.

Lo lancé en el asiento trasero, me senté como pude sobre sus piernas y todo sucedió muy rápido. Grité que acelerara y por suerte el viejo al mando reaccionó y me obedeció. Los militantes sólo alcanzaron a poner sus manos contra el vidrio, en un intento vano por detenerme.

—Nos están apuntando —dijo el conductor al fijarse en el retrovisor. El miedo goteaba de cada palabra.

—Por eso mismo, meta más pie en el acelerador y pásese todos los rojos que pueda —le recomendé, mirando también hacia atrás. Dos balas impactaron en la parte trasera del auto antes de que pudiéramos doblar y perderlos de vista por un breve instante, porque enseguida varios coches militares saltaron de la nada a ponerse justo detrás de nosotros.

—¿En qué estoy metido?

—En nada malo. Nosotros somos los buenos.

El taxista hizo un sonidito como si estar del lado de los buenos no significara nada para él.

—Voy a parar —me informó.

—No me obligue a sacar la pistola.

—Me costará caro hacer esto —gruñó, doblando en una esquina con tanta fuerza que quedé con el rostro pegado al vidrio. Entonces miré a Heero tendido en todo el asiento y lo empujé al suelo, para poder sentarme cómodamente.

—Mucho mejor —dije, poniéndole los dos pies encima, justo en su espalda—. No se preocupe, amigo, yo voy a pagarle abundante y en efectivo. Usted sólo sáqueme de esta.

—Tú no eres de los buenos —me dijo, mirando hacia atrás entre los asientos, observó el cuerpo de Heero metido en el hueco—. Vas hacerle daño a este hombre malherido…

—¿Sabe? Aún no sé bien qué haré con este sujeto, pero, sea lo que sea, es asunto mío. No se meta.

Iba a abrir la boca para replicar, lo vi venir, pero yo me adelanté a los hechos.

—Puede que vaya a matarlo, o puede que no lo haga enseguida y le permita recuperarse de sus heridas sólo para follar con él. Pero esas son cosas que no quiere saber.

Apretó los labios y me miró de una forma bastante desagradable.

—Tiene razón, no quiero saber.

Sonreí al ver que se concentraba en lo suyo y miré hacia atrás. Todavía teníamos un par de vehículos a la cola, pero eran muchos menos que todos los que se nos habían pegado primero.

—Usted es bueno en esto —le felicité, recordando que nunca se debe mantener tensión con quien te está ayudando. Eso es presionar un poco para que te traicionen y las cosas salgan mal.

—Usted es inhumano —me devolvió, con tono ácido.

—No diga eso. No lo sabe, pero decir eso cerca de este sujeto es toda una ironía —contesté, resentido. Si él supiera a lo que Heero ha sobrevivido lo llamaría cualquier cosa, menos humano—. Además, le estaba haciendo un cumplido.

—Los cumplidos son para las chicas.

—Bien, ya capté la idea: yo no le simpatizo, pero piense en todo lo que voy a pagarle y concéntrese en eso para perder a esos dos de atrás. Si no lo hace, pronto empezarán a dispararnos otra vez. Los malos no respetan los lugares públicos, menos la vida de las personas.

—No puedo concentrarme si no me da un número.

—Quinientos dólares. Seiscientos si cierra el pico.

—Ochocientos y hay trato.

Yo sonreí porque había pensado que este tipo me iba a pedir un millón, por lo menos.

—Trato —dije alegremente, pero a él aún le quedaba algo por decir:

—Setecientos si recoge a ese pobre hombre del piso.

—No se preocupe. En ochocientos está bien.

El hombre me dedicó insultos que pretendí no escuchar, pero creo que contrariarlo no fue lo mejor que pude haber hecho. Por alguna extraña razón, el ver a Heero tirado allí le desconcentraba terriblemente y nos estaban dando alcance. La primera bala que atravesó hacia el interior del auto quedó incrustada en la cabecera del asiento correspondiente al copiloto. Di las gracias por no haber alcanzado a sentarme allí en un comienzo.

—Cámbiese de asiento —le ordené.

—No voy a pasarle mi auto —se negó, pero la lluvia de disparos que comenzó a escucharse le hizo cambiar de idea y obedeció. Hicimos el cambio con el auto en movimiento y al sentarme en el asiento del conductor, me sentí más confiado: no había nada mejor que poder hacer las cosas uno mismo.

—Afírmate, viejo.

Diciéndole aquello, hundí el pie en el acelerador y me pasé un rojo de una avenida, doblando hacia la siguiente calle. Hubo un gran choque en ese lugar después de que pasáramos, pero eso bastó para bloquear el paso y que no pudieran seguirnos más.

—Usted es un salvaje. Si murió alguien en ese choque, me van a buscar hasta debajo de las piedras.

—¿Son los años? —pregunté, frunciendo el ceño.

—¿Los años qué?

Me callé al recordar que no había que ofender a las personas mayores por su edad. Eso me lo había enseñado una hermana de la iglesia en la que fui recogido cuando era un niño huérfano. Ella, junto al padre Maxwell, había sido la primera persona que no había insistido demasiado en que me cortara el pelo. En cambio, me había enseñado a hacerme esta trenza que resultó ser muy cómoda, además que me brindaba un estilo particular. Me agradaba tenerlo así, todo era gracias a ella, incluso el que ligara tanto. La recordaba con cariño.

—¿Qué ibas decir? —insistió el viejo, de forma peligrosa.

—Lo olvidé. Tengo pésima memoria.

Di algunas vueltas más hasta cerciorarme que me habían perdido de vista. Entonces manejé hasta el único lugar al que se me ocurría ir. No me quedó más que esperar que el ex militar siguiese sintiéndose en deuda con Heero, incluso después de todo lo sucedido. Paré cerca del edificio, en la esquina de la catedral. Tampoco podía revelarle al taxista mi paradero, por si su rabia en mi contra era suficiente como para entregarme a los paramilitares y conseguir otro montón de dinero extra.

—Bueno, hasta aquí llegan los pasajeros —le dije. Nos bajamos del auto y guié al viejo hombre hasta el local con internet más cercano que encontré. Acabé transfiriéndole el millón de dólares, sólo para asegurarme que se fuera callado hasta la tumba.

Cuando regresé al auto para bajar a Heero, tuve que sujetarlo con todas mis fuerzas porque ni siquiera podía caminar por sí mismo. Pensé rápido y concluí que no podía cargarlo, porque eso llamaría la atención de mucha gente. Más de las que ya se habían quedado mirando a la momia viviente que yo sujetaba. El taxista me dio una última mirada asqueada y se largó. La felicidad del pago le había durado poco. Ver en este estado a Heero continuaba afectándole demasiado.

—¿Puedes caminar un poco? Nada más un par de cuadras.

No hubo una reacción. Ni siquiera un intento por hacerlo y, qué diablos, no me quedó otra opción más que cargarlo.

—Será muy curioso contarle a mis hijos que te llevé a ti en brazos antes que a mi esposa —comenté en voz alta y forzada por el peso que llevaba.

Llegué agonizando, con la respiración rota, a los pies de la escalera y dejé a Heero en el suelo. Subí a buscar al viejo. Por suerte estaba en casa y en el mismo escritorio, con la misma horrible camisa y el mismo informativo diario.

—Hola —le dije, con mi tono más simpático.

—¿Qué diablos? —masculló al verme.

—¿Me permitirías quedarme aquí un par de días?

—Estoy seguro de que sabes la respuesta.

—Vamos, viejo. No es por mí realmente. Heero parece estar a un paso de la tumba. Ven a verlo con tus propios ojos.

Lo invité a seguirme escaleras abajo, hasta la calle.

—Por Jesucristo y la santa mierda —rezó el viejo y se volvió enfurecido hacia mí—. ¿Tú le hiciste esto?

—Nada hubiera deseado más, pero no le he tocado ni un pelo aún. Estaba así cuando me lo encontré.

—Ayúdame a cargarlo —dijo—. Enseguida me desembuchas qué pasó o juro que no dejaré balas en mi ametralladora.

Me encogí de hombros. Esa había sido mil veces una mejor reacción que la que esperaba. Este viejo era muy blando, pensé, más de lo que imaginaba.

Pusimos a Heero sobre la misma cama que habíamos compartido el día que nos encontramos. Al instante, tuve que relatarle al viejo que Heero había tenido la fabulosa idea de atacar una base desde el aire con explosivos de gran impacto, sin importarle escapar vivo de allí. De paso le conté de la vez que se tiró del piso cincuenta y de cuando hizo explotar su gundam al ver las colonias directamente amenazadas.

—El tipo es un suicida sin remedio. No hay nada que hacer al respecto.

El viejo me mandó una mirada que podría haber congelado infiernos.

—Deja de bromear y ve a buscar a mi esposa. Dile que traiga su botiquín y mucho suero fisiológico. Estas quemaduras están por infectarse —afirmó mientras retiraba las vendas del brazo derecho del moribundo—. Si es que ya no lo están —agregó en tono grave.

—No te preocupes tanto —le dije—. Este sujeto es incapaz de morir.

Me dio otra mirada dura y yo con un encogimiento de hombros procedí a hacer lo solicitado. Anya, que resultó ser de origen ruso sin que su acento lo revelase, nos expulsó a ambos de la habitación para atender a Heero sin interrupciones. Nos quedamos afuera en el pasillo y el viejo comenzó a hablar sobre ella.

—Anya es doctora. La conocí en el campo de batalla. Ayudaba a los heridos, sin importar de qué bando fueran.

La admiré al escuchar eso.

—Aunque nunca entendí cómo podía preocuparse de soldados de Oz como yo, si éramos quiénes habíamos invadido la ciudad en la que ella vivía.

Mi admiración por esa mujer creció al doble y miré a la puerta con los ojos llenos de ese sentimiento.

—Parece que tienes una mujer mejor de lo que te mereces —comenté, sin malicia.

—Eso es malditamente cierto.

Mientras esperábamos e intentaba sacar de mi cabeza si Heero iba a morir o no, el viejo me contó la previsible historia de cómo él, derrotado en mobile suites, salió disparado en el aire y Heero le apuntó con el Zero. Pensó que era su fin y rezó a ojos cerrados por primera y única vez en su vida. Cuando los abrió, Heero había descendido de la máquina y lo miraba con frialdad.

—Lárgate —le había dicho—. Si te vuelvo a ver en batalla, te acabaré.

Con esa orden en mente el viejo había podido enderezar su vida y tener la oportunidad de conocer a Anya en el mismo lugar. Se habían encontrado hace un mes en la ciudad y el viejo lo había reconocido, Heero también. Le había ofrecido ayuda y éste había aceptado.

—No me puedo imaginar a este sujeto confiando en un desconocido por algo así—comenté.

El viejo se encogió de hombros por toda respuesta.

—Tú le conoces más que yo.

—Créeme, si le hubiera conocido lo suficiente, lo habría matado la primera vez que le disparé, que fue justamente el momento en que lo conocí.

—Deja de fingir que lo odias —masculló el viejo—. Si lo hicieras, no habrías traído su culo hasta aquí.

Anya salió de la habitación y me impidió dejarle claro a ese viejo de pacotilla cuánto se equivocaba. Erraba por kilómetros en su apreciación. Lo único que deseaba es que Heero se recuperase para asesinarlo yo mismo. Mi estricto código me impedía acabar con quien no podía defenderse.

—¿Está muy grave?

—No, fuera de peligro —dijo Anya, tranquilizando al viejo con una mano sobre su hombro—, pero sus quemaduras no fueron tratadas y limpiadas, por lo que están infectadas. No creo que se demore más de una semana en estabilizarse y un par de días en que baje la fiebre con antibióticos.

—Entonces resultó ser falso que haya estado en riesgo vital… —comenté.

—Cierto, fue operado, pero por nada que comprometiera su vida, fue solo para detener el sangrado interior. Simplemente no lo acabo de entender, ¿para qué mintieron sobre su gravedad? ¿Le salvaron la vida y luego le negaron cualquier atención médica? ¿No deberían desearlo muerto desde el principio luego de lo que hizo?

Eso era algo en lo que yo no había reparado.

—Creo que querían mantenerlo vivo para emboscarme a mí. Ahora que lo pienso, Heero no estaba conectado a ningún tipo de máquina de soporte vital. Ni siquiera a suero. Todo fue una escena falsa para atraerme.

El viejo asintió.

—Y para hacerlo hablar.

—Ingenuos, no saben que hablar y Heero no son dos palabras que caigan en una misma frase—respondí, sonriendo, pero hubo algo en la mirada de Anya que me hizo poner serio.

—No lo creo, porque dijo que necesitaba hablar contigo.

Así que ha despertado, pensé. Quise negarme, pero había una intensidad en la mirada verde de esa mujer que me hizo estremecer y huí por el corredor a descubrir qué diablos quería decirme ese infeliz.

Verlo sin vendajes fue una visión simplemente horrenda. A los puntos de su sien y mentón se le habían sumado una gruesa línea en el pecho, el hombro izquierdo y la pierna derecha. Tenía casi la totalidad de la piel herida por las quemaduras. Observé que no eran muy profundas, pero Anya tenía razón al afirmar que no habían sido tratadas. Las lesiones, que se veían como si toda la primera capa de la piel hubiese sido removida a punta de bisturí, estaban prácticamente al borde de ser blancas de pus, lo que contrastaba con el tono rojizo de otras zonas. No quería ni imaginar cómo debían arder y doler semejantes heridas. Además de que olían como los mil demonios.

—¿Qué sucede? —le pregunté, llevando una silla hasta el lado de la cama, me senté a horcajadas sobre ella, poniendo mis manos en el respaldo y mi mentón encima. Heero clavó su mirada en mí.

—Trae un cuchillo—ordenó, pero su voz se apagó y tuvo que hacer esfuerzos para hablar otra vez—. Uno bien afilado.

—Heero, ¿estás seguro de que quieres darme órdenes cuando lo último que hiciste fue dispararme?

—Duo —presionó—. Por favor.

—No, la última vez que me pediste un favor me dejaste inconsciente. ¿O ya se te olvidó Libra?

—Te lo ruego.

Casi me dio un infarto al escucharlo.

—Te había escuchado disculparte y pedir favores, pero nunca rogar.

—Es la segunda vez que lo hago.

Mira que es infeliz, pensé, hasta las cuenta.

—¿También cuentas las veces que has dado la mano?

—Sí, sólo la he dado una vez. A Zech. Traéme el cuchillo— respondió, sin paciencia.

Le mantuve su mirada azul intensa por largos minutos. Enseguida suspiré derrotado y me paré para buscar el maldito cuchillo. Tuve que jurarle a Anya y al viejo que no iba a atacar a Heero. No me creyeron, pero me dejaron hacer, no sin antes amenazarme.

—Aquí tienes, oh, gran señor.

Heero tomó el cuchillo de mi mano e ignoró la reverencia y el tono de burla que yo había empleado.

—¿No es para suicidarte, verdad? —Apenas tuve tiempo de decir aquello cuando vi que se clavaba el cuchillo en su bíceps izquierdo y rajaba la piel hacia abajo.

Quité la mirada maldiciendo.

—Eres un condenado enfermo —mascullé—. Ahora el viejo va a creer que traté de matarte. ¿Qué crees que haces?

Entonces tuve que ver el horror mismo: Heero metía sus dedos al interior de su propia carne, hurgando en ella, hasta que extrajo un micro cd, el que me extendió. Yo tomé el objeto ensangrentado por mero reflejo, seguía pasmado. El cuchillo resbaló por su mano y su brazo quedó inerte colgando de la cama, con la sangre corriendo rápido por su piel.

—De verdad eres un condenado enfermo —repetí, igual de alucinado que el día en que le vi recomponerse sus huesos y devolverlos a su lugar por propia cuenta.

Observé el pequeño disco. Mi mano se había impregnado de la sangre que lo cubría.

—¿Qué es esto?

—Es la información que conseguí de otras bases.

—¿Cómo diablos llegó a tu brazo?

Heero me dirigió una mirada que decía "¿tienes que saberlo todo?", de todos modos respondió:

—Le transferí al médico del hospital para que me lo introdujera en el brazo.

—¿Y por qué me lo das a mí?

Heero guardó silencio y cerró los ojos. Comprendí despacio lo que quería que hiciera.

— Heero, primero me quieres muerto para sacarme de la misión y ahora pretendes que yo la continúe… Tu cerebro no está funcionando bien.

—Las probabilidades de sobrevivir a esa misión eran mínimas. No tenía sentido que muriésemos los dos.

La sorpresiva confesión de Heero me dejó paralizado. No podría explicar lo que sentí al escucharlo. Comencé a percibir que temblaba, sin hacerlo realmente.

—Aún necesitamos seguir combatiendo —agregó.

Me quedé pasmado de nueva cuenta. Lo reconocí: este era el Heero que yo conocí alguna vez. Le di la espalda para marcharme.

—Con eso estamos a mano —le escuché decir.

—Ni lo sueñes, no voy a perdonarte —respondí sin mirarlo, largándome de la habitación con el disco apretado en mi puño. Un segundo antes de salir, Heero pronunció una palabra más que me hizo cerrar los ojos y quedarme clavado en el piso del pasillo.

—Sigues siendo el mismo demente de siempre, Heero —murmuré.

Sacudí la cabeza para espantar las sensaciones que me recorrían. Debía ponerme en movimiento.

—¿A dónde vas? —me preguntó el viejo.

Lo ignoré olímpicamente.

—Anya, ¿podrías curar una vez más a Heero? Juro que yo no lo acuchillé, aunque la sangre en mi mano te haga pensar lo contrario.

Anya se llevó espantada la palma abierta a la boca antes de correr en dirección a la habitación. El viejo la siguió, no sin antes maldecir desde mis ancestros hasta a mi madre.

Me largué. Ya no tenía nada más que hacer allí.

XI

Los dos primeros días me dediqué a observar y planificar. La base ubicada en la ciudad Aegon se encontraba a cuatro horas de Saint Clair. Estaba fortificada hasta los dientes y se podía ver un guardia cada tres metros en los muros. Para mí era claro que me estaban esperando.

—No va a ser fácil —murmuré con los binoculares frente a los ojos y enseguida una sonrisa asomó a mis labios—. Menos mal que nunca me ha gustado lo fácil.

Me retiré de mi puesto de vigilancia en un edificio abandonado. En este lugar había existido la zona norte de Aegon, parte importante de la ciudad en su momento, pero fue destruida durante la guerra por tropas de Oz. Ahora estaba abandonada y había sido usada como tapadera para los movimientos de la ex alianza.

Regresé al centro de la ciudad que todavía subsistía y alquilé una habitación en un motel de mala muerte. Unas horas de buen sueño eran vitales para que mi energía no decayera durante el ataque. El Dios de la Muerte iba a visitarlos a las cuatro de la madrugada.

Antes de dormir, tuve que poner en marcha mi mente para bloquear la figura de Heero Yuy. No quería pensar en lo que me había dicho, menos en lo que había hecho.

Lo conseguí, sin embargo, sólo pude descansar a lo sumo cuatro horas. Las demás las derroché girando de un lado al otro en la cama.

—Aghh, tengo que quitármelo de la cabeza —mascullé, pateando las mantas, tomé una ducha y me vestí para iniciar la misión.

Mi primer movimiento fue hacerme invisible, recorrer todo el perímetro y colocar explosivos en las cuatro puntas de la base, justo en la conjunción de los muros. De esa forma provocaría un pequeño caos y podría colarme al interior sin problemas. El segundo que tenía planeado era llegar a los mobile suits, escondidos en un único hangar subterráneo. Si lograba volarlos, acabaría prácticamente con el total de la base. Ese era el plan de ingreso. El de huida iba a ser pura improvisación.

Computadora monitoreando datos, lista. Granadas de mano, lista. Explosivos instantáneos, listos. Bombas de gas Zyklon B, listas. Máscara para gas, lista. Un arma de largo alcance, cargada y lista para disparar. Dos subametralladoras con municiones y una plegable en la misma situación. Por las dudas, también introduje pequeños explosivos entre mi pelo, los que eran siempre útiles para escapar si uno llegaba a tener la mala suerte de ser capturado.

Tenía todo listo. No necesitaba nada más para organizar esta fiesta.

Di comienzo accionando el detonador. La explosión de los cuatro puntos fue puro fuego al alzarse. Las sirenas dando aviso del ataque saltaron al instante y la gran mayoría de los soldados corrieron hasta las explosiones con la idea de atrapar al culpable. La treta de distraer al enemigo avisando de un punto de ataque falso era una táctica infantil y que nunca fallaba.

—Busquen por todos lados. No deben ser más de cuatro sujetos. No los dejen llegar a los mobile suits —escuché gritar a quien probablemente era el capitán de la base —. ¡Muévanse, desgraciados!

"¿Cuatro sujetos?", me pregunté a mí mismo, "¿le había sugerido esa idea los cuatro puntos de explosión o ya estábamos identificados como los ex pilotos gundams, de los cuales ya creían haber dejado fuera de combate a uno?"

—Al menos tienen algo de cerebro, saben a lo que vengo —sonreí. Pero saber cuál era mi objetivo no les daría la suficiente ventaja para detenerme. Soy indetectable cuando lo deseo.

Corrí inclinado desde mi escondite tras un vehículo militar abandonado en el patio trasero, hasta apoyarme contra la pared del edificio principal. No había podido lograr conseguir un mapa de la base, ellos los habían quitado de su sistema, pero con la observación previa que había hecho y analizando el sentido en que todos se dirigían, mantenía una idea más o menos clara del camino para llegar a las máquinas.

Ingresé al edificio siguiendo un grupo de apurados soldados bien armados que no se percataron de mi presencia. Ellos doblaron hacia la izquierda y me detuve en seco.

—A mí no me engañan, esa no es la dirección correcta —pensé encaminándome hacia el pasillo derecho. Esta zona estaba confinada por algo particular. Había pocos soldados apostados en los pasillos. Abordé a uno y lo obligué a entrar en un cuarto vacío. Necesitaba confirmar mis sospechas.

—Si mi análisis es correcto, por aquí debería haber una entrada al cuarto de máquinas —reflexioné en voz alta—. Y tú vas a decirme precisamente dónde está.

Le apunté con mi arma directo al rostro. El sujeto tembló de forma visible.

—¿Qué más da? Igual vas a matarme —dijo con voz entrecortada.

—No seas estúpido. ¿Valoras más proteger unas máquinas que tu propia vida? —perdí la paciencia y pegué el cañón en su frente—. Dime dónde está —ordené.

—No estoy seguro, creo que en la oficina del capitán, pero no sé cómo entrar. No nos dan esa información por seguridad.

Medité. Su voz sonaba temblorosa, pero le creí. Después de todo, no tenía ninguna otra pista para proceder.

—¿Dónde está esa oficina?

—Tres puertas después de esta —contestó, apuntando la dirección.

—De acuerdo, gracias —dije, enseguida lo noqueé golpeándolo con la mano en el cuello. Cayó al suelo desmadejado—. ¿Te das cuenta? No te maté.

Salí al exterior odiando que la técnica favorita de Heero Yuy para noquear se me hubiese contagiado. Numerosas fueron las ocasiones durante la guerra cuando lo vi tomar por sorpresa a los enemigos dándoles aquel golpe que los mandaba a dormir de inmediato.

—Duo, tienes que dejar a Heero fuera de esto —me recomendé, sanamente.

La mayor cantidad de los soldados que podía ver corrían hacia el otro nivel, pero yo me dirigí en la dirección señalada. Di con la oficina y comencé a registrarla. Entonces lo encontré: un switch escondido justo bajo el escritorio en el que se leía "Capitán Zodka. Al mando".

—Así que adivinaste nuestra estrategia —dijo alguien a mis espaldas. En un segundo, ambos nos estábamos apuntando. Reconocí su voz como la del sujeto que daba órdenes hace un rato atrás en el exterior.

—Déjame adivinar, ¿Capitán Zodka? —pregunté.

—Por supuesto. Para tu mala suerte, soy más previsor de lo que esperabas. Vaticiné todos tus movimientos.

Hizo chistar sus dedos y al instante entró una pequeña tropa.

—No me digas —dije, levantando ambos brazos al contar al menos una docena de soldados apuntándome. Zodka continuó hablando:

—Ustedes, pilotos gundam, jamás podrán detener el rearme de la verdadera alianza de las naciones terrestres. Tomaremos control del espacio como en antaño. Recuperamos lo que es nuestro por derecho.

—Es triste que no puedan comprender que la mayoría de los seres humanos quieren coexistir en paz —lamenté—. Pero se los tendré que hacer entender —grité esto último cogiendo velozmente una granada de gas Ziklon B de mi cintura y se las lancé. Todos se tiraron al suelo, yo subí mi máscara del cuello a mí boca para no ser afectado. De forma lenta, todos se quedaron dormidos para siempre.

—Odio tener que volver a matar… —dije con voz asfixiada debido a la máscara—, pero no puedo dejar que traigan el terror otra vez. El mundo no quiere más huérfanos de guerra como yo.

Apreté el switch y la pared se movió hacia adelante y luego hacia un lado, como una puerta corredera. Ingresé escaleras abajo por un túnel. Estaba levemente iluminado por focos pequeños. Justo cuando terminaba en una habitación, antes de ingresar escuché:

—Creo que el capitán Zodka estaba equivocado. ¿Realmente crees que unos cuantos sujetos pretendan acabarnos, teniendo en cuenta toda la seguridad que tenemos desplegada ahí afuera?

—No lo sé, pero el capitán dijo que vendrían por los mobile suits, así que debemos protegerlos.

Sonreí asomándome. En ese cuarto no se contaban más de 40 soldados. Al parecer, sus recursos humanos eran limitados y el plan había sido acabarme en el exterior.

Me moví sin ser detectado por toda la sala a mi antojo, colocando explosivos en todas las máquinas, en el lugar exacto del motor, para que quedasen irreparables. Entonces pasé corriendo entre los soldados y les grité:

—Hey, amigos, ¡yo que ustedes no me quedaría aquí!

Corrí escaleras arriba, con ellos disparando a mis espaldas. Saqué mi subametralladora plegable para responder al fuego, pero la muy maldita se había trabado y no pude abrirla. Me vi obligado a tirársela a la cara al primer sujeto que se me acercó.

—Maldita sea —me quejé, lanzando una granada de mano para detener al resto que estuvieron a punto de acertarme—. Heero tenía razón cuando dijo que era un juguete para niños.

Pero nunca se lo reconoceré a ese desgraciado, pensé. Lo odiaba, sentía que el muy maldito aún estaba intentando matarme al colarse así en mi mente con el fin de distraerme y conseguir que acabaran conmigo.

Sacudiendo la cabeza, accioné los detonadores y todo el edificio tembló. Partes del techo comenzó a derrumbarse. Antes de salir a la oficina del capitán, me puse mi máscara y lancé otra bomba de gas para limpiar mi camino. Esperé unos minutos y entré disparando. Le di a los cinco soldados que me esperaban de pie, armados con máscaras. Los otros que no venían preparados habían caído ante el gas y convulsionaban en el piso.

Ahora tendría que vérmelas con la verdadera fuerza de esta base, ya que afuera debían quedar concentrados la gran mayoría de estos soldados.

Pero cuál fue mi sorpresa al ver que el hangar subterráneo había generado tal explosión que había volado todos los edificios de arriba. La mayoría de los soldados estaban muertos por quemaduras o trozos de elementos.

—Un golpe de suerte —sonreí.

Comencé a batirme en duelo con los pocos sobrevivientes. Recorrí la base exterminándolos a todos con las dos subametralladoras que cargaba.

—Lo siento —dije, cuando acabé con el último—. Lo siento por sus familias, pero no puedo dejarles seguir este camino.

Todos los militantes eran muy jóvenes. Yo más que nadie sabía lo fácil que era que te lavasen el cerebro con planes que te planteaban como la única verdad del mundo. Como cuando me dijeron que chocarían las colonias contra la tierra y yo tendría que ir con mi querido Deathscythe a controlar lo que quedase luego. Nunca estuve de acuerdo, pues de pequeño había descubierto la verdadera cara de la guerra, pero sabía que cualquier otro joven en mi lugar habría manejado el gundam con ese objetivo sin cuestionarse nada.

—Prefiero ser un Dios de la muerte que un héroe de las masacres —había dicho entonces justo antes de robarme el Deathscythe.

Todavía estaba viviendo en consecuencia a esa frase.

XII

Destruí otra base pequeña a siete horas de viaje desde Aegon y la situación se estaba volviendo insostenible. No importaba cuánto trabajara o con cuántos enemigos acabé, no podía quitarme a Heero de la cabeza. Mi inconsciente se había convertido en mi peor enemigo.

—Vuelve —me había dicho, justo antes de que yo saliera de la habitación.

El muy infeliz me había pedido que volviera, ¿para qué?

Tampoco podía dejar de pensar en que él me había protegido. No importaba si lo había hecho por el objetivo de exterminar estos grupos paramilitares. Aún cuando hubiese sido por ello, podía afirmar que Heero me valoraba como soldado porque, si él hubiese muerto, me habría heredado a mí cumplir la meta de esta misión.

Heero confiaba en mis capacidades. Heero me valoraba. No podía dejar de pensar en ello y me llenaba de sentimientos difíciles de expresar. Me sentía orgulloso de mí mismo, feliz de ser valorado por quién creí que me consideraba inferior durante toda nuestra batalla.

Sin duda Heero podría haberme dejado ir a mí a esa misión, podría haberme dejado morir, ya que no tengo tanta suerte como él con las explosiones, seguro no habría sobrevivido. Podría haber continuado con todo esto solo y tranquilo después de mi muerte.

Pero había decidido morir y dejarlo todo en mis manos.

—Maldito Heero, ¿qué estás haciendo conmigo?

Heero había conseguido meterse en mi cabeza.

XIII

Me encontraba vigilando la última base de la que tenía noticia. Era grande, muy grande. Había sido misión imposible el conseguir los mapas, los rebeldes ya habían asumido que todos sus canales de comunicación estaban intervenidos. Lo que me preocupaba ahora era esa señal que trataba de interferir la mía desde hace días. Estaban intentado hackear mi red. Se trataba de alguien con habilidad en ello. De solo pensar que podía ser Heero, me hacía apretar los dientes con rabia.

—No pienso contestarte. No voy a informarte de nada de lo que estoy haciendo.

Pero me encontraba en una encrucijada. La base que estaba observando era simplemente imponente. Se trataba de la base central de esta organización. Y era obvio para mí que aquí también me estaban esperando. La actividad de defensa de esta base era tan descarada que no me extrañaría que los civiles de las ciudades más cercanas ya sospechasen que algo se estaba tejiendo allí. Ya no les importaba mantenerse fuera de los ojos de la luz pública. Cuando me persiguieron al rescatar a Heero, habían sacado sus propios vehículos militares a la calle para darle caza al taxi.

¿Consideraban acaso que ya estaban listos para hacer su movimiento final?

Miré mi computadora. Me informaba que nuevamente estaban intentando entrar a mi red. Analicé esos movimientos. Se trataba de una llamada video.

Sin duda debía ser de Heero. Me quedé pensando unos instantes.

—No, no voy a responderte —decidí de forma definitiva.

Suficiente tenía con las dificultades que me estaba trayendo hasta ahora en el transcurso de mi misión. Eran innumerables las ocasiones en que se me colaba en la mente de distintas formas. Llegaba a tanto el poder de su figura en mi cabeza que varios eran los instantes en que me arrepentía de no haberle puesto una bala en la frente apenas di con él en la clínica.

Otras veces me arrepentía por no haberle puesto las manos encima con propiedad en la casa del ex militar, en vez de dejar que la responsabilidad de completar la misión me distrajese del roce ardiente que estábamos teniendo. Ni yo sabía si habíamos intentado follar o estábamos luchando de una forma sucia por nuestro objetivo de conseguir los discos, pero si yo no hubiese buscado mi pistola para intentar ganar, ¿lo habríamos hecho? ¿Nos habríamos corrido el uno pegado al otro?

De pronto aún sentía su miembro endurecido contra mi mano.

Entonces sonreí. Había descubierto que él era más cálido de lo que podría haber imaginado alguna vez. Heero había estado ardiendo adherido a mí. Ahora lo sabía.

—¿Otra vez Heero? Algo me está fallando en el cerebro.

Me puse a reír a carcajadas. Sin duda me estaba volviendo loco. Ya ni siquiera trataba de bloquear las evocaciones de ese cuerpo sólido y caliente.

XIV

Me mantuve observando la base desde distintas direcciones. Analicé las entradas y salidas de cargamento, su rutina militar, todo lo referente a ellos y seguía sin poder dar con una forma en que atacar en solitario no me significara una muerte segura. Era demasiado fortificada y grande para que pudiese atacar sin que se me vinieran todos encima para acabarme.

Ya tenía asumido —y diablos cómo me había costado aceptarlo— que no podría hacer esto solo, pero me negaba a ceder a la posibilidad de buscar a Heero. Eso sería hacer exactamente lo que me había ordenado. No pensaba darle el gusto. Estaba empeñado en encontrar el modo de librar esta batalla por mi cuenta, por muy imposible que me pareciese.

Por lo demás, Heero me tenía enfermo intentando contactar conmigo una y otra vez. Todavía no había podido abrirse paso en mi sistema y yo me había encargado de reforzar manualmente mi defensa para detenerlo. No quería saber nada de él, suficiente tenía con su figura en mi cabeza diciéndome qué hacer o qué desear.

En definitiva, estaba luchando fieramente con Heero Yuy. Intentaba eliminarlo de mi cabeza, pero no era suficiente para detenerlo. Lo pensaba una y otra vez y de todas las maneras posibles. Desde el día que lo conocí, el día en que pensé que se había muerto autodetonado, lo mal que me sentí entonces; lo feliz que me sentí al topármelo vivo luego. Lo interesante que me parecía y la secretas ganas de luchar junto a él, lo que me agradó cuando me dijo que confiaba desde un principio en mis habilidades cuando íbamos a atacar Libra, la decepción de sentirme golpeado por su puño luego… Ahora que lo pensaba, este sujeto siempre me había provocado emociones intensas. El beso que le di en la base de pronto me dejó de parecer un simple medio para tranquilizar mis nervios rotos por la frustración de la misión fallida. Apenas me había apoyado en él había sentido un cosquilleo en todo mi cuerpo. Era cierto que fue la primera vez que pensé en follármelo, pero se había sentido natural, como si mi cuerpo lo hubiese reconocido al instante. Como si mi cuerpo lo hubiese sabido antes que yo.

—¿En qué diablos estoy pensando? —grité angustiado.

No podía dejar de pensar en que todo el universo había complotado para que yo terminara torturado con la existencia de Heero Yuy.

XV

Era mi sexto día de observación. Se me había acabado toda esperanza de completar la misión por mi cuenta. No quedaba otra cosa más que mi propio ego, era lo único que me impedía ir en busca de Heero. Pero en un punto fue tanto mi desasosiego por no dejar de pensarlo, de odiarlo, de desearlo, que desatendí la defensa de mi portátil. Lo recordé en el mismo instante en que la alarma sonó.

—Mierda.

Corrí hacia ella, pero ya era tarde, la señal intrusa se había colado en mi sistema. Una imagen apareció en la pantalla.

No era Heero. Se trataba de un contacto de Quatre, quien me sonrió desde la pantalla.

—Quatre, pero qué sorpresa —comenté, relajándome visiblemente.

Me sonrió.

—He intentado contactar contigo desde hace días.

Y yo creyendo que era Heero, pensé molesto. Estaba tan concentrado en la figura de ese sujeto que no se me habían ocurrido más posibilidades.

—¿Qué puedo decir? Tengo un sistema muy eficiente.

—Más bien me dio la sensación de que me rechazabas manualmente, Duo.

Mi rostro enrojeció de golpe. Quatre me había descubierto.

—Bueno, sí —acepté. Me froté la cabeza con una mano en un gesto avergonzado—. Pero ni preguntes. No sabía que eras tú. Pero dime, amigo, ¿para qué me buscabas?

—He estado pendiente de tus tareas. Aún no puedo creer que la ex alianza esté intentando levantarse otra vez.

—Ni yo, pero créeme cuando te digo que son ellos. Los he visto.

Quatre asintió.

—Quiero ayudar. Dame un objetivo. Creo que necesitamos coordinación para no anularnos mutuamente.

Lo mismo que pensé al encontrar a Heero estaba cruzando por su mente.

—No te preocupes —le sonreí—. Es suficiente conmigo. No es necesario que dejes de disfrutar esta paz, Quatre. Te la has ganado.

Negó efusivamente.

—La paz no es para nosotros —dijo— debemos mantenerla a cualquier costo.

Me crucé de brazos.

—Confía en mí, amigo. No es necesario por ahora.

—Pero Duo… si no me equivoco tu próximo objetivo es exorbitante, por decirlo menos. No podrás tú solo. Tendrías que organizar un ataque agresivo y desmesurado. Podrías afectar la vida de las ciudades colindantes. Necesitas más apoyo. No puedes hacerlo solo.

Tienes un punto, pensé. Odiándolo por obligarme a decir lo que iba a decir.

—Pero no estoy solo. Heero está conmigo. Seremos más que suficientes.

—Pensé que estaba grave —dijo él, sonando preocupado.

—Así que lo sabes…

—He estado alerta –sonrió otra vez.

—Tú debes saber, más que nadie, que no debemos dar por muerto a Heero tan fácilmente —le dije—. Ya caímos en eso una vez y el tipo aún andaba por ahí haciendo de las suyas

—Es cierto.

—Déjalo en nuestras manos.

—¿Estás seguro, Duo? —Parpadeé al percatarme de que esa era la voz de Trowa, quien apareció inclinándose por sobre el hombro de Quatre.

—Por supuesto. No puedo prometerles que esta será la última vez que haya que entrar en acción. Disfruten la paz mientras puedan. La próxima vez, puede que ni siquiera tengan que preguntar si se unen o no a la fiesta.

—Está bien, por esta vez lo dejaremos en tus manos —aceptó Trowa—. Pero no duden en llamarnos de ser necesario —pidió enseguida.

—Por supuesto —le respondí—. Tenemos que juntarnos por otra copa, amigos.

—Claro, ven a visitarnos cuando quieras. Trowa se está quedando conmigo en L4 —me informó el rubio animadamente—. Podríamos viajar contigo a Medio Oriente. Estoy seguro que los Managuacs volverán a darte una fiesta agradable.

—Oh, sí. Eso suena tan bien. Las chicas que nos daban flores eran de una belleza incomparable —reí —. Te mantendré informado, Quatre, para que puedas estar tranquilo.

—Gracias, Duo —dijo—. Estaba por pedírtelo también.

—De nada. Cuídense.

—Lo mismo para ustedes —me respondió. Trowa me hizo un gesto con su mano en señal de despedida un segundo antes de que la comunicación se cortara.

"Para ustedes… ", repetí, desesperanzándome. Creo que la decisión ya estaba tomada, ¿verdad? No me quedaba otra opción. Tenía que buscarle.

Continuará…