Disclaimer: Miraculous Ladybug y sus personajes no me pertenecen.

Nota: Es un alivio y una felicidad enorme ver la aceptación que ha tenido este fic. Aprecio mucho tanto sus comentarios, como sus favoritos y seguidores, en verdad ;-;

Nam Min Hee, GwenMcbain, Sele-02, Cristyliny, Shiromi (agradezco lo dicho, intentaré mejorar. Espero no decepcionarte), elisa20da, Apolonio.G, StarryNight y StaFantasia. Es un verdadero placer que sigan la historia, me han sacado una sonrisa.


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La mirada de todo el salón fue puesta en su persona, y no era para menos, llegaba tarde a clases; sin embargo, no se arrepentía de nada. Luego de una discusión con su padre en la mañana, decidió salir enfundado en su traje de héroe para despejarse recorriendo las calles de París. Las horas pasaban volando y realmente no se percató de su ubicación sino hasta que visualizó la figura de Marinette.

Una sonrisa felina adornó su expresión, misma que desapareció cuando el camión hizo sonar el claxon, a punto de atropellar a la joven. Fue una verdadera suerte que su rapidez hubiera ganado la partida, de lo contrario, Marinette estaría camino al hospital en esos momentos.

No se creía capaz de soltar la verdad de golpe, mucho menos cuando comenzaba a acercarse de esa manera a la joven. Por eso mismo susurró en su oído, aquella pregunta que estaba seguro le dejaría en un enorme dilema. Luego tendría que disculparse con Tikki, seguro la pobre sería bombardeada con preguntas.

Sonrió bajo, prestando atención a las clases. Esperaba que funcionara, porque no estaba seguro de aceptar un rechazo también en su identidad de civil.

Mientras, detrás de él, Marinette sentía la explicación de la profesora demasiado lejana, estando más concentrada en ver los sedosos cabellos de Adrien. Sus dedos cosquilleaban por tocarlos, pero se conformaba con morder su labio inferior e imaginarlo. De alguna manera, tenía ganas de desparramarlos y ver si realmente, eran idénticos a los de Chat Noir.

Gato tonto.

Luego de haberla salvado y de haber besado su mano con coquetería, la acompañó hasta las puertas del Instituto, ignorando olímpicamente la mirada de todos los alumnos. La chica no pudo estar más roja e incómoda, rogando internamente porque se fuera rápido de allí. Ah pero era Chat Noir, y no se salvó de un nuevo beso en la comisura de sus labios, seguido de una flamante despedida.

—Marinette, ¡Marinette!

—¡Ouch! —soltó un quejido ante el golpe que Alya le dejó en el brazo. Ésta le miró en señal de desaprobación, y fue ahí que se percató de que tanto Adrien como Nino la miraban con expresiones preocupadas.

—¿Estás bien? —cuestionó el rubio, tomando la suave mano de la chica. No pudo evitar sonreír al sentir el temblor, mas no la soltó.

—S-sí estoy…bien —susurró. Dios, ¿hacía más calor o era su imaginación?

El sonido que anunciaba el término de clases se oyó, obligándolos a separarse bajo la atenta mirada de Alya y Nino, quienes decidieron dejarles su espacio luego de unos segundos. No sabían en qué momento la química entre Agreste y Dupain había subido tanto, pero esperaban que fuera algo bueno y no se terminara arruinando.

—No tengo algo programado —comentó a la salida, deteniendo los pasos de Marinette. Adrien carraspeó, no estaba acostumbrado a decir ese tipo de cosas si la máscara de Chat Noir no le protegía—. Así que, bueno eh, ¿quieres salir?

El rubio podría jurar que Plagg estaba partiéndose de la risa en su bolso.

—¿A-a mí? ¿Yo? ¿De verdad? —y ella no podía dejar de hacer el ridículo, incluso viendo detrás para verificar que estuviera hablándole a su persona y no a la pared, por ejemplo— B-bueno, me encantaría —asintió, caliente como un foquito.

Adrien dejó escapar una ligera risa y le ofreció su brazo de forma juguetona, como si fuera un caballero y ella su hermosa princesa. Marinette le acompañó con un gesto divertido, olvidando por unos momentos la piel de gallina y las piernas de gelatina, para aferrarse al brazo de su compañero. No pudo evitar ver una fina línea en él.

—Ya ha sanado —aseguró el rubio, tranquilizándola mientras se alejaban del establecimiento—. Puede que eso quede, o puede que no —se encogió de hombros, realmente no le molestaban las cicatrices.

—¿Qué te…? ¿Qué te ha pasado? —se atrevió a preguntar, apretándose un poco más contra él en un gesto inconsciente, como si no quisiera que se enojara. Adrien pareció pensárselo, antes de sonreír de una forma enigmática.

—Salvar a la humanidad es difícil a veces —soltó el comentario, deteniéndose justo en la entrada del parque. El cuerpo de la fémina se tensó, y él supo que estaba dándose por aludida, en vez de darse cuenta de que lo decía por sí mismo.

De verdad que era despistada, pero nada podía hacerse. Había estado cuidándola como Chat Noir en algunas ocasiones, y le llamaba la atención el hecho de que se comportaba muy diferente con su identidad de civil, mientras que con su identidad de héroe se mostraba mucho más relajada, feliz y divertida.

El solo hecho de pensar que se trataba a que no confiaba en él o no lo veía con otros ojos, provocaba dolorosas punzadas incapaces de ignorar en la zona de su corazón.

—¿Quieres un helado? —ofreció con dulzura, percatándose de que Marinette no había soltado su brazo y, al parecer, no pensaba hacerlo tampoco.

—¿Eh? —parpadeó con rapidez, se había perdido en su bonita expresión. Enrojeció, asintiendo un poco— Me gusta el de frutilla, ¿y a ti? —preguntó bajito, dejándose guiar hasta el puesto de helados. Porque, tenía que admitirlo, por más que supiera que estaba muy pegada a él y que ya debía alejarse un poco, no quería hacerlo.

Me gustas tú —pensó, tomando aire. Su corazón comenzaba a latir cada vez más y más fuerte, sintiendo la cercanía de la joven que amaba—. Chocolate, aunque no suelo comer demasiado —respondió algo nervioso, ser modelo tenía sus grandes dificultades.

Antes de que ella volviera a formular una pregunta, llegaron al puestito. Adrien compró un cono para cada uno, guiñándole el ojo divertido al decirle que era su princesa y él podía encargarse, cuando Marinette intentó decir que pagaría el suyo. Ésta terminó más roja de lo que ya estaba, moviéndose cual robot al dirigirse hacia una de las bancas.

—¿Estás bien? —cuestionó, incapaz de ocultar el tinte burlón que utilizaría siendo Chat. Ella hizo gestos raros, arrancándole otra risa.

—¡N-no te rías! —acusó, inflando sus mejillas.

—Lo siento, lo siento. Te ves muy hermosa así.

Ah, demonios. Otro que decía las cosas sin pensar realmente.

Adrien volteó su vista de forma algo brusca, un leve rubor apoderándose de sus pómulos. Escuchó el suspiro femenino a su lado y no pudo evitar morder su labio inferior, su límite estaba siendo sobrepasado. ¿Por qué esperar más? Si la tenía ahí, tan hermosa y perfecta, a su lado y con una dulce sonrisa incapaz de pasar por alto.

—Marinette —llamó, dándole una pequeña lamida a su helado. La chica hizo un sonido, indicándole que le estaba escuchando, mientras intentaba no desmayarse ahí al verle comer de esa manera—, ¿te…? Bueno, ahm —carraspeó, ladeando su cabeza para verle directamente a los ojos—. ¿Te gusta alguien?

Casi tira su helado.

Marinette detuvo sus movimientos, dejando de probar el postre. Su cuerpo se volvió rígido y su respiración pareció cortarse, sin saber qué responder realmente. Tanto su mente como su corazón querían gritarle que sí, que él le gustaba y como los mil demonios, que si fuera por ella podía darle diez hijos o más; sin embargo, de su garganta no salía sonido alguno, como si tuviera alguna especie de retraso que le impedía decirle las cosas correctamente.

Un retraso llamado amor, muy conocido y molesto.

—¿Te ha comido la lengua el gato~? —rió bajo, desviando sus ojos verdes a los labios de la fémina. Algo de frutilla se mantenía en su comisura, seguramente porque había dejado de comer abruptamente.

Se movió en el banco, acortando la distancia entre ambos. Ella reaccionó, pero no se movió de su lugar, tan solo con la cabeza en alto y su mirada dilatada, provocándolo, pidiéndole que la probara de una vez. Y Adrien no tenía la suficiente fuerza de voluntad como para seguir con aquello, por lo que se vio obligado a tirar su cono sin miramientos para deslizar sus manos por las mejillas de Marinette.

—Adrien… —murmuró, su cuerpo perdiendo fuerzas al reconocer el dulce y tóxico perfume de su amado. Estaba tan cerca, su respiración chocaba contra su rostro, causándole cosquillas y algo más.

La joven deslizó sus manos lentamente por el pecho de Agreste, rodeando su cuello de la misma forma, casi temiendo romper aquella burbuja. Él le mostró una perfecta sonrisa, inclinándose hasta rozar sus narices, hasta rozar sus labios y provocarla, esta vez, a ella.

Entonces sucedió.

Sus labios se juntaron en un tierno beso. Ambos se deleitaron con el sabor a chocolate y frutilla mezclados con su esencia, disfrutaron la calidez que la boca ajena les brindó y ladearon sus cabezas, profundizando el contacto. Marinette hundió sus dedos en esos cabellos dorados que tanto había querido tocar, y Adrien se aferró a la pequeña cintura de su lady, comenzando a aumentar la velocidad de sus movimientos.

Ella soltó un jadeo contra su boca, provocando que su mente le hiciera pensar en cosas no muy caballerosas. Gruñó bajo y mordió el labio inferior de su chica, haciendo que ésta le acompañara con un gemido y abriera su boquita, dándole paso libre a su escurridiza lengua.

Lo que experimentaron ante tal contacto, fue fuego puro. Uno más abrasador que el que presenciaron en el Instituto, uno más asfixiante que el de aquella tienda. Fue fuego producto del amor que poseían, de la pasión que en esos momentos crecía. Adrien tuvo que obligarse a sí mismo a detenerse, si no quería darle un espectáculo más grande a la gente que circulaba por el parque.

Apoyó su frente contra la ajena, su respiración era irregular, al igual que la de ella. Observó esos hermosos ojos cielo unos instantes antes de ocultar su rostro en el cuello de Marinette, aspirando su aroma con descaro a la par que cerraba sus párpados, disfrutando de aquello.

—M-me haces cosquillas —rió, mas no lo alejó. Tenía unas inmensas ganas de correr, gritar, explotar de felicidad. Eso fue un millón de veces mejor que los simples besos que recibió la primera vez. Aún podía sentir su rostro caliente, sus labios húmedos, pidiendo uno más.

—Marinette —suspiró su nombre, alejándose aún en contra de su voluntad para tomar una de las manos de su compañera. Besó el dorso de ésta, observando con satisfacción lo que provocaba en su ser—, ¿quieres… ser mi novia? —preguntó, intentando que los nervios no le ganaran. Ya sabía que había pasado poco tiempo, pero luego de aquel beso, se creía incapaz de verla sin querer hacerlo de nuevo, sin querer abrazarla o llenarla de mimos.

Era un sueño, ¿verdad? Ella simplemente no podía creer lo que escuchaba, o tal vez se negaba a que todo fuera tan perfecto. Lo sucedido esa mañana con Chat pareció bloquearse de su mente al ver esos hermosos pozos verdes, formando una sonrisa que, de quererlo, podría haber iluminado todo París.

—¿Marinette…? —pronunció cuando el silencio se le hizo insoportable. La chica pareció salir de su ensoñación, ya que le mostró una dulce mirada.

—Yo quier-…

—¡Cuidado!

Lo voz de la joven fue cortada por el grito de otro ciudadano, y ambos hubieran sido rostizados de no ser por los rápidos reflejos de Adrien, quien cubrió con su cuerpo a su contraria al lanzarse al suelo, esquivando el fuego. No tuvieron tiempo de percatarse de la posición embarazosa en la que habían quedado, puesto que casi al instante volvieron a levantarse, alarmados.

Si de incendiar se trataba, era obvio que uno de los objetivos sería aquel parque. La mayoría de los árboles ardió en llamas a causa de los constantes ataques de un akuma. Tanto Marinette como Adrien, abrieron sus párpados con sorpresa, no era un humano lo que se movía con terrorífica precisión por los cielos, sino un ave.

Un fénix.

Sus alas de fuego provocaban grandes llamaradas que arrasaban con todo a su paso, los gritos de la gente comenzaban a inundar con pánico el ambiente y los corazones de ambos héroes parecieron sincronizarse. Se miraron, como si con ello pudieran revelar aquello que con tanto empeño ocultaban.

—¡Ladybug! —un grito resonó por todas las calles de París, como si un ente maligno estuviera observándolos desde los cielos. Por acto reflejo, el rubio tomó la mano de la joven, apretándola sin llegar a hacerle daño. Por más que buscaban el origen, solo lograban ver el ave, quien ya había dejado de atacar para volar en círculos, espantando a los ciudadanos— Si no te muestras, haré arder a todo París. Y lo cumpliré, ya ha sido suficiente con tus juegos idiotas. Entrega tu Miraculous, y tal vez los destrozos se detengan —la voz sonó rencorosa, como si fuera el mismísimo Hawk Moth quien hablaba, cansado de que todos sus peones fallaran.

El fénix soltó un graznido que casi rompe sus tímpanos antes de desaparecer en una estela de fuego, dejando el lugar incendiado y con el humo agrandándose más y más. Las sirenas de los bomberos y policías se oyeron a lo lejos, llegando al parque en cuestión de minutos.

—¿Estás bien? —cuestionó Adrien con preocupación. Tuvo que jalar a Marinette para sacarla de allí, puesto que se había quedado inmóvil, con una expresión que no supo descifrar— Marinette —repitió, tomando las mejillas de la chica.

Su corazón se oprimió con una fuerza aplastante al ver esos ojos cielo que tanto llegó a amar. Se veían brillosos por las lágrimas contenidas, con un dolor inmenso que se reflejaba en el temblor de su cuerpo. Agreste intentó acercarse para abrazarle, para darle seguridad, decirle que estaba allí; sin embargo, ella negó, alejándose como si el contacto quemara.

—¿Qué…? —su voz se atoró en su garganta, siendo incapaz de terminar de formular la pregunta. Su pecho palpitó con un pinchazo de agonía, temiendo lo que estaba por oír.

—Yo… —jadeó, un par de lágrimas deslizándose por sus sonrojadas mejillas. Bajó la cabeza, incapaz de ver a los ojos al amor de su vida. Sus manos, se aferraron al asa de su cartera, estrujándola entre sus dedos— L-lo siento no… no me gustas. N-no acepto —musitó trémula, escuchando a la perfección el cómo Adrien parecía aguantar la respiración.

—Marinette… —pronunció, negándose a creer aquello. ¡Era imposible! ¡La manera en la que correspondió su beso, la manera en la que lo miró al finalizar, no podía ser falsa!

Apretó sus labios, frunciendo el ceño. Porque no lloraría, no se permitiría hacerlo en esos momentos. Él la amaba, la quería a su lado, no podía rendirse ahí; sin embargo, cuando Dupain elevó la vista con el ceño fruncido y expresión decidida, ya nada pudo hacer.

—Lo siento —repitió, intentando sonar fría. Y lo logró, pero supo que pronto se derrumbaría. Jamás creyó ver la expresión de tristeza que vio en el rubio, a quien claramente acababa de partirle el corazón.

Retrocedió, ahogando un sollozo, sin ser capaz de seguir allí. No se despidió, no dijo nada más, solo volteó y corrió para alejarse lo más posible de aquel lugar, dejando a Adrien atrás, porque aquello era lo mejor.

Para cuando llegó a su casa, sus piernas dolían. Su respiración agitada no ayudaba a su adolorido corazón, quien parecía estar regañándola por tremenda estupidez. Pero su mente repetía que era lo mejor, la advertencia de aquel akuma había sido clara.

—¿Qué…has hecho…? —lo primero que salió de los labios de Tikki, en la soledad de la habitación de su portadora.

Marinette no respondió, solo se sentó en el suelo y apoyó su espalda en la cama, abrazando sus rodillas. Volvió a temblar y lloró con fuerza, sin querer hablar, sin querer responder. Era idiota, seguramente su miedo le hizo perder la única oportunidad con el hombre que amaba, pero ya no podía arrepentirse.

Adrien estaría en peligro. Ella no solo era una simple chica torpe y tímida, era Ladybug en toda la extensión de la palabra. Y ahora que la habían amenazado directamente, y ahora que la estaban buscando con fuegos abrasadores de por medio, no podía permitirse exponer a Agreste.

La kwami jamás había visto en aquel estado a su contraria, por lo que solo atinó a acercarse y frotarse contra uno de sus brazos, intentando darle apoyo. Pero hasta a ella le costaba, porque sabía la verdadera naturaleza del rubio y de sus sentimientos sinceros hacia Dupain. Le dolía por ambos, no podía creer que las cosas se dieran así.

—N-no puedo, Tikki. Él… él podría estar en peligro por mi culpa, y-yo…no puedo permitirlo —balbuceó, frotando sus ojos con insistencia.

—Eres Ladybug, sabes que puedes protegerlo. No debiste haberlo hecho —mencionó con voz suave—. Aún estás a tiempo de arrepentirte, Marinette. Si vas… —intentó animar; sin embargo, calló cuando la nombrada negó con fuerza, rehusándose.

—¡No puedo! ¡¿Si le pasa…?! —ahogó un grito de frustración, levantándose del suelo para tirarse en su cama, hundiendo su rostro en la almohada. Dio por finalizada la conversación y decidió destruirse a sí misma ese día, esa noche, y lo que restara de la semana.

Un lo siento no bastaba, ellos no estarían juntos.

[…]

Desde la amenaza de aquel akuma, transcurrió una semana. No hubo reportes de otros incidentes, aunque eso no quitaba el hecho de estar en peligro constantemente. Marinette siempre llegaba con los ojos rojizos, algo que con el pasar de los días disminuyó solo un poco, dejando una fina línea en sus bellos ojos.

No podía dejar de comportarse como un zombie, como si alguien le hubiera arrancado el corazón —y de hecho, eso pasó, ella misma lo hizo. Para colmo, Adrien no asistió a clases en ninguna ocasión, al parecer no le importaba mucho las faltas. Eso, y que el Director, tan cobarde como era, no se animaría a llamar a Gabriel Agreste para reclamarle tal cuestión.

—¿Saben? Estaba pensando en que podríamos ir al cine —comentó Alya en el receso, intentando transmitir energía con su actitud. Había intentado por todos los medios descubrir el por qué del estado de su mejor amiga, mas no consiguió nada.

Era obvio. Marinette no podía decirle que destruyó las ilusiones de Adrien para protegerlo, puesto que ella era Ladybug. No, ni de broma. Realmente, no tenía con quién compartir su dolor, mas que con su kwami.

—No estoy de humor, Alya —respondió con una sonrisa floja, garabateando cosas sin sentido en su libreta.

—¿Por qué no? ¡Es una idea genial! Vamos Marinette, podemos invitar a los demás —comentó Nino, igual de entusiasmado que su novia.

—Alix mencionó que quería ir al parque de diversiones, podríamos ir allí también —dio opciones, sin querer rendirse; sin embargo, Dupain no parecía estar interesada en eso.

—Creí que estabas haciendo de cupido para que fuera con Kim —murmuró, sabiendo lo que planeaba su amiga.

—Bueno, siempre podemos hacer triple cita, ¿no? —le guiñó el ojo, codeando a Nino, quien sujetó sus costillas con una expresión de dolor. Su chica solía ser algo brusca sin darse cuenta.

—S-sí. Seguro Adrien acepta, ha estado recluido en su mansión. De verdad, no sé qué le pasa —no pudo evitarlo, sonó preocupado. El rubio contestaba sus mensajes, pero de forma vaga y a veces, sin coherencia alguna. Lo que sí le dejó en claro, era que no quería saber nada con el universo.

Marinette detuvo las líneas que trazaba en el blanco papel, elevando su mirada. Alya y Nino ocultaron una sonrisa, creyendo que aquello la animaría, sin saber que una nueva grieta se formó en el alma de la joven al escuchar aquello.

—¿Recluido…? —repitió.

—Ha estado mal últimamente, tal vez a causa de su padre —respondió el moreno—. Y no ha venido, seguramente otra vez comenzó la paranoia de no dejarle venir.

—Pero podrá salir, no puede estar allí como si fuera una cárcel —agregó Alya con un gesto molesto, le indignaba la situación de Agreste.

Nino estuvo a punto de decir algo sobre ese asunto cuando un ruido seco se oyó. Voltearon alarmados hacia Marinette, quien se había levantado de tal forma, que todas sus cosas cayeron al suelo sin más. Ella no pareció inmutarse ante ello, agachándose para recoger todo y encaminarse hacia el salón.

—Lo siento… pero no me encuentro bien como para salir —les regaló una pequeña sonrisa, apretando su cuaderno contra su pecho. El timbre la salvó de una nueva oleada de preguntas, por lo que aprovechó para dar media vuelta e irse directamente al aula, ignorando las miradas estupefactas de sus compañeros.

Un trueno resonó y las nubes cubrieron el sol, distrayendo a la chica en medio de las clases. La voz de la profesora se volvió lejana y su mente viajó al recuerdo de aquel beso que compartió con el rubio. El calor de sus labios era algo que no podía sentir debido al tiempo transcurrido, y las ganas de abrazarle, de al menos sentir su perfume, perforaban su corazón una y otra vez.

Se lo merecía, era su decisión. Pero eso no lo hacía menos doloroso.

¿Qué estarías dispuesto a hacer por la persona que amas?

Marinette, sin duda alguna, estaba dispuesta a todo. Aún si eso significaba destrozar los sentimientos de ambos en el proceso. No podía permitirse tener a alguien tan importante a su lado, fue ingenua deseando que algo así sucediera. El nuevo akuma se notaba realmente peligroso, y ella tenía mucho que proteger, mucho que mantener alejado.

No había vuelta atrás.