Perdón, perdón por la demora.
SASORI
Estaba tan exhausto que sus piernas pesaban como si de acero se tratasen y cada paso que daba era un extenso trabajo. El chakra de Deidara había bajado considerablemente, recién venia acabando una misión de rango S junto con su maestro Sasori y ahora iban de camino hacia la guarida, pero el viaje iba a ser largo y un gran camino los esperaba.
Los dos Akatsukis estaban en un país lejano, sin muchos habitantes ni grandes recursos o actividades importantes. Sin embargo el paisaje era maravilloso, una obra de arte decía Deidara. Las montañas bañadas de nieve relucían a la luz del sol, brillando como una joya que adornaba el cielo, a sus pies la hierba verde azulada crecía por todas partes y el viento por su parte hacia que se moviera de tal manera como si se tratase del movimiento del mar.
-Vamos a una posada –Sugirió Sasori viendo la agotada figura del rubio. –Debes descansar para recuperarte, no quiero que seas un estorbo después.
-Lo dices porque eres una marioneta –Bufó exhausto.
Cuando llego a la habitación tenía unas ganas enormes de tirarse y dormir un buen rato, pero antes tomo una ducha para sacarse toda la suciedad y sentirse fresco nuevamente. Al terminar se sentía tan cansado que solo se vistió con una bata y salió del baño para acostarse con el suelto pelo mojado y sin importarle la mirada insistente de su maestro.
Cerró sus ojos y el sueño lo llevo hasta las profundidades de su inconsciente.
Sentía húmedo en sus pies, arcilla, pensó. Vagamente vagaba por un angosto y largo lugar, pocamente iluminado, donde estatuas y figuras sin forma definida se alzaban interminables hacia el cielo. Siguió caminando lentamente, porque la arcilla se le pegaba a los pies y no lo dejaban avanzar como si quisiese convertirlo en una estatua, no, se decía, no podía permitirse quedarse ahí eternamente. El arte es efímero y también lo era él, tenía que seguir avanzando a pesar de todo el esfuerzo que le llevara, seguiría sus ideales hasta el fin.
Siguió caminando mientras veía las terroríficas figuras a sus lados, a veces tenían una posición extraña, como si quisiesen atraparlo y eso aumentaba a medida que seguía su camino. Pronto la situación se tornó más brusca, grandes pedazos de aquellas estatuas y figuras caían a sus pies, querían aplastarlo sin embargo no se dejaría vencer y corrió como nunca. Hasta que algo le llamo la atención y pareció que todo a su alrededor se había detenido, una pequeña luz a lo lejos fue creciendo hasta dejarlo casi ciego, entonces se percató de una presencia hacia el frente, veía algo rojo, y luego todo lo que había a sus lados se rompió como pedazos de cristales.
Deidara se sobresaltó de su sueño, algo frío pasaba por sus piernas y en la parte interna de sus muslos, emitió un pequeño quejido de sorpresa.
-Shh, tranquilo mi pequeño tu maestro quiere hacerte una clase –Le dijo Sasori a su oído. Deidara se relajó estirando sus piernas, viendo que nada extraño pasaba ya que la situación era normal para él.
Sasori sin ninguna vestimenta estaba sobre el menor observándolo detenidamente como acostumbraba a hacerlo. Deidara se incomodó un momento por la perversa mirada de su maestro, pero pronto reacciono y dibujo una traviesa sonrisa en su rostro, de esas que le encantaban a Sasori. Este último fue a sentarse en una silla al frente de la cama de Deidara y cruzo sus piernas esperando.
Deidara noto que todavía estaba oscuro y que su pelo ya se había secado. Se incorporó sentándose en medio de la cama con la vista fija en su maestro, de a poco fue deslizando sensualmente su bata por los hombros dejando su torso descubierto.
-Mmh… sigue pequeño, te ayudare a quitarte esa ropa para ver tu despampanante cuerpecito –De su estómago salió un cable enrollado amarrándolo de manos en su espalda, mientras el arpón cortaba su ropa dejándolo completamente desnudo.
-Déjame ver tu trasero –Le hizo una seña para que se diera vuelta, dejando su voluptuosidad alzado ante la vista de Sasori.
El pelirrojo acarició con sus manos de madera los glúteos ajenos, manoseándolo por todos los rincones, poniendo de vez en cuando uno de sus dedos en la estrecha entrada que a la vez generaba gemidos agudos por parte de Deidara y una sonrisa de satisfacción en el culpable se estos.
Un cable menos grueso y ajeno al proveniente del cuerpo de Sasori aprisiono las muñecas de Deidara juntándolas nuevamente. El otro que venía de Sasori pasaba por su cuerpo apretando ocasionalmente sus muslos, brazos y cuello.
-Ven a darme una mamada –Ordeno tajante sentado en esa silla. Con sus artificiales manos desato el nudo en sus muñecas para que usase sus lenguas.
La virilidad de Sasori seguía intacta, no se había mutilado esas partes y como decía en ciertas ocasiones el placer era parte de la vida de un artista. Deidara al verla podía sentir la vibrante y palpitante en busca de atención, dirigió una mirada a su maestro y comenzó a jugar con ella
Sus lenguas bailando por todo esa extensión, recorriendo cada lugar entre mordidas lamidas y pequeñas succiones, y Deidara con su boca engullendo toda la carne. Hicieron que Sasori sucumbiera ante un placer inaudito.
-Date la vuelta pequeño –Al menos esta vez Sasori estaba amable. Había veces en las que lo trataba mal y lo lastimaba mucho físicamente cuando se entusiasmaba de más, debido a sus "sesiones".
De pronto se encontró en la cama y con su trasero siendo profanado por Sasori, quien comenzó a penetrarlo más hondo cada vez más, más fuerte y más salvaje. Al menos su sudor no se pegaba al de él pero tampoco le gustaba el frio de la madera quien lo aprisionaba entre fuertes brazos producto de ese material.
Y Sasori siguió y siguió estocando a Deidara, haciendo que alzase más su trasero con sus manos para después llevar una a la brillante cabellera de Deidara tironeándolo hacia él, diciendo palabras sucias y obscenas al oído del más joven.
-Aaaahm, si,si Danna, Ay Danna –Repetía Deidara intensamente sabiendo que eso le encantaba y excitaba de sobremanera a su maestro
Con brutalidad Sasori dio las últimas estocadas, la más fuerte y con efervescencia libero su semilla al interior de su alumno. Al recomponerse, Sasori se dirigió nuevamente hacia aquella silla dejando al pequeño rubio sobre la cama.
-Tócate –dijo. Deidara obedeció, odiaba que lo obligase a masturbarse, sentía tanta vergüenza pero su mente vago y realizo su tarea ante la atenta mirada del otro.
El amanecer ya había comenzado cuando Deidara y Sasori se alejaban de la posada para seguir su camino de vuelta hacia la guarida de Akatsuki. Para su suerte, al cabo de unas horas ya llegaron, en parte gracias al jutsu de Deidara quien en su gigantesco pájaro pudieron transportarse.
-Hola rubiecita –Era Hidan, quien estaba en la entrada con su guadaña y su torso descubierto, dirigiéndose como seductoramente hacia Deidara.
-Cállate Hidan, estoy cansado. Después nos vemos –Dijo enojado.
-Está bien, necesitas prepararte para mi –Sonrió de medio lado y desapareció ante su vista.
-Que desagradable –pronuncio Sasori, no muy a gusto de que Deidara tuviese que estar cerca de Hidan. –Bien, descansa. Estaré por cualquier cosa.
Soló ahora soltó un audible suspiro y se dirigió pesadamente con los pies arrastrando a su habitación. Ahí podría tener un momento de paz.
