Capítulo 3

El tiempo ha pasado, no demasiado lento, sino más o menos rápido. Ya ha transcurrido semana y media y la mayor parte del personal militar de la pequeña base se ha acostado cada uno con una chica. Sin embargo, en el caso de Katya, el teniente Alexandr la había reclamado para sí, y como era oficial, el resto de personal respetaba a Katya, pues de todos modos, tenían suficientes con las otras 7. Y cuando no estaban "haciendo su trabajo", las chicas vagaban libremente por la base militar, siempre que no abandonaran ésta. Pero ninguna tenía intención de hacerlo, pues todas habían oído hablar de las extrañas anomalías, las extrañas perturbaciones de energía, y también de los terroríficos animales mutantes. Y por si fuera poco, había minas alrededor del perímetro de la base.

El tiempo libre Katya lo dedicaba a averiguar más cosas sobre el lugar donde estaba, pero la gente a la que preguntaba o bien no sabía nada, o no estaba autorizada a decir nada, por lo que apenas pudo averiguar casi nada. Sin embargo, con Sasha era muy distinto, ambos estaban muy unidos, hablaban mucho y se llevaban bien. Sus conversaciones eran amenas, y él le había hablado a ella de su familia, de su esposa Romanova y de sus dos hijas, Svetta, de 8 años, y Nastia, de 11 años y a punto de cumplir 12 (Svetlana y Anastasia, respectivamente). Pero respecto al accidente de Chernobyl, apenas le había dicho nada. Sin embargo, en una ocasión fue diferente.

Katya subió al edificio que servía de atalaya, junto con el teniente Alexandr, al cual el soldado de vigilancia le prestó unos prismáticos, y los cuales él les dejó a Katya, mientras el soldado se retiraba humildemente, dejando a los dos solos.

Ella los usaba para mirar, fascinada.

– Observa a esos animales –le susurró la voz de Sasha en su oído.

– Parecen como cerdos, ¿no? ¿Por qué son tan grandes? Y tan… raros… parece como que les falte pelo…

– Son jabalíes. Y sí, son bastante más raros de lo normal, además de peligrosos y resistente. Pueden resistir incluso varias ráfagas de rifle, y continuar cargando contra ti. Los otros animales peligrosos de la zona son los perros. Una especie de perros ciegos, que siempre cazan en manada. Uno sólo no es peligro, pues no atacará, pero si se juntan más de dos… Aunque no te preocupes, aquí siempre estarás a salvo.

– ¿Y qué es esa cosa rara que brilla? Los jabalíes la evitan, y pasan alrededor.

– Pásame los prismáticos, Katya, porque no sé a que te refieres…

Ella se los entregó, y le indicó que era lo que había estado mirando.

– Junto a donde están ahora los jabalíes, hay como un tronco caído… cerca hay una cruz, una tumba, creo, o algo parecido. Pues como a la izquierda, hay como una cosa rara.

– Ah, sí, ya lo veo. Sí, es una de las cosas más raras que hay en esta zona. Es una fluctuación de energía. –contestó él.

– ¿Una qué?

– Verás, es una de las primeras anomalías registradas. Es una especie de campo de gravitación inestable que efectúa descargas sobre cualquier cosa que entre en su radio de acción. No se sabe exactamente lo que son, parece como descargas de energía. Cada anomalía de estas permanece activa durante una semana de media, luego desaparece. Nunca se sabe donde o cuando va a surgir una. Los veteranos nos han contado historias en las que una anomalía de esas aparecía en mitad de un campamento, y se lo cargaba todo. De esas, o de otras, pues hay más tipos de anomalías, algunas mucho más peligrosas…

Katya tragó saliva. No acababa de entender casi nada pero cuando fue a preguntar, se encontró que no se oía a si misma. El teniente sonrió, mientras uno de los mensajes predeterminados empezaba a sonar por megafonía:

"Se abrirá fuego a todo aquél bandido que sobrepase el perímetro de seguridad. No habrá advertencias"

Una vez terminó, Katya por fin pudo hacer su pregunta. Pero no se molestó por ello, estaba acostumbrada a esas interrupciones, pues prácticamente cada media hora exactamente sonaba una de esos mensajes, eso sin contar los mensajes irradiados por algún soldado aburrido que tomaba posesión del micro.

– ¿Y que pasa si aparece una de esas por aquí?

– Estamos en el límite, en la periferia, por aquí no aparece casi nunca nada. Fíjate en esa, es la única que se ve desde aquí. Conforme vayas adentrándote en La Zona, serán más y más comunes. Pero desde aquí, no corres ningún peligro.

– ¿Y qué hay de los jabalíes y los perros esos?

– Bueno, esos animales no atacan a los humanos cuando están en grupos. Por eso nuestras rondas de patrulla las hacen entre tres y cinco hombres. Y bien armados, por si acaso. Hemos tenido "accidentes", pero por suerte no son muy comunes.

Katya miró a Sasha a los ojos de él. Eran grises, y fríos, pero donde otros sólo veían unos ojos incapaces de sentir piedad, Katya veía algo de amor en ellos, y una búsqueda de afecto

– ¿Tú no dejarías que me pasase nada, verdad?

Él la abrazó.

– Claro que no. Te repito, que aquí estás a salvo.

Ekaterina volvió a coger los prismáticos. Mientras continuaba mirando, divisó a unos extraños hombres. Llevaban sudaderas de color beige, con una capucha del mismo color cubriéndoles la cabeza, y pantalones azules. Encima de eso llevaba cada uno una amplia mochila, aparentemente llena hasta atestar de cosas. Y todos ellos llevaban la cara cubierta con pañuelos o pasamontañas, quizás de las inclemencias del tiempo, o quizás para evitar ser reconocidos. En las manos llevaban pistolas, y algunas escopetas, con las que disparaban a los jabalíes.

Los disparos sonaron, lejanos y confusos, en la base, pero nadie les prestó atención, salvo, quizás, el otro centinela de la torre, que miraba también con sus prismáticos. Pero no hubo ninguna reacción.

Los extraños hombres abatieron a la camada de jabalíes, y se acercaron a la cruz que, en teoría, marcaba una tumba. Katya no vio lo que hacían, pero le sorprendió comprobar que uno de ellos arrancaba las pezuñas a los jabalíes.

En ese momento, Sasha volvió junto a ella, pues había bajado, hablado con el comandante de la guarnición, y vuelto a subir sin que ella se percatase.

– Oye, hay unos hombres…

– Sí, son "Solitarios". Se trata de bandidos que vienen a saquear estos lugares. Ellos mismos se denominan Stalkers, pero no dejan de ser bandidos. Más de una vez hemos tenido problemas con ellos, pero actualmente evitan acercarse a nosotros. Saben que tenemos órdenes de disparar contra ellos.

– ¿Y qué vienen a hacer aquí? –preguntó ella, sin dejar de mirarlos por los binoculares.

– Pues la verdad es que es una larga historia… Creo que te la contaré en otra ocasión. –dudó un momento antes de seguir.– Pero bueno, quería decirte, resulta que me ha surgido un trabajo, ¿te vendrías? Iremos en Jeep hasta el puesto más avanzado en la zona, una antigua escuela. Tienen un vehículo BTR inutilizado, y vamos a ir a echarles una mano. En teoría su misión es controlar el flujo de gente que pasa, pues al otro lado de esa casa hay un vertedero de residuos, y ya de ahí uno se adentra en la zona. Pues como por los lados está vallado y hay colinas infranqueables, esa escuela es el único cómodo método de paso. Aún a pesar de eso, hay más formas de pasar, claro está. Bueno, ¿qué me dices? ¿te apetecería conocer un poco La Zona?

Katya dudó.

– Pero… ¿no correríamos peligro?

Alexandr sonrió.

– No, iríamos en un vehículo. Y siempre que tengamos cuidado de esquivar las anomalías, pues hay algunas en mitad del camino, no nos pasará nada. Los animales no nos atacarán, no son tan estúpidos como para atacar un vehículo. Y las personas son un poco más inteligente y tampoco se les ocurriría atacarnos. Además hay otro puesto de control en medio, nos toparemos con ellos. Y si algo ocurriría, nos echarían una mano.

– Bueno, en ese caso, sí que quiero ir. ¿Cuántos podremos ir? –Katya empezaba a sentirse excitada con la idea de conocer más a fondo La Zona.

– En el Jeep caben cinco personas. Seríamos el conductor, tú, el mecánico, yo, y podría ir otra persona más. Búscate una amiga, por ejemplo, alguien a quien le apetesca ir a dar una vuelta fuera de aquí. Nos vemos en media hora en el aparcamiento.

Katya no tardó mucho en localizar a todas las chicas, y en hablar con ellas, pero no parecían muy interesadas. La mayor parte sólo estaba interesada en divertirse, pues casi todas estaban borrachas de tanto vodka, e Irina le estaba haciendo una felación (sin usar preservativo) a un soldado, a la vista de todo el mundo, mientras los hombres aplaudían y sobaban a las chicas, las cuales reían.

Sin embargo, Tanya aún estaba sobria, y le interesó la idea.

– ¡Será interesante! –dijo, dejando de lado el abrigado gorro de lana que estaba tejiendo.

– ¿Y eso? –preguntó Katya.– ¿Ahora te ha dado a ti también por coser?

– Ya lo retomaré cuando volvamos. Y sí, he hecho calcetines, muy abrigados. Quizás pasemos bastante tiempo, y en invierno ya sabes que hace frío. Pensaba regalarte el gorro cuando lo termine… Siempre he dicho que tu habilidad para la costura es algo formidable.

Katya le besó en la mejilla.

– Estaré encantada de ponérmelo. Pero hazte otro para ti, y pasearemos juntas por la base las dos, con nuestros gorritos.

Tanya sonrió, marcándosele unos hoyuelos en la mejilla. La idea le parecía sumamente graciosa.

Las dos se prepararon un poco para el viaje. Se colocaron sendos capotes del ejército, así como algo de material militar. Katya cambió sus altas botas de tacón grueso por botas militares, más cómodas para andar por ahí. La minifalda pensaba dejársela, pero un anónimo soldado le comentó que mejor se lo replanteara, pues las mujeres eran muy escasas en ese lugar y quizás habría problemas. Por ello, él mismo le dio unos anchos pantalones mimetizados, que le daban un aspecto masculino. Tanya también se colocó otros pantalones iguales, pero en vez de botas, continuaba llevando sus zapatillas de deporte, pues había sido más lista que Katya a la hora de escoger la ropa para llevar. Debajo de la ancha guerrera, Katya sólo llevaba su camiseta blanca con el sujetador. Tanya, en cambio, llevaba el top negro que mostraba su barriga, sobre el cual se había puesto el capote militar, bien abrochado por encima para no mostrar nada.

Mientras se vestían, sonó otro de los mensajes, que en esta ocasión decía:

"Queda terminantemente prohibido sobrepasar el perímetro de seguridad"

Ambas chicas, sonriendo, fueron al aparcamiento, donde vieron otro vehículo BTR blindado, con sus 8 ruedas y sus anchos depósitos de combustible. Era el mismo que habían visto al llegar. Junto a él, estaba solamente uno de los tres camiones en los que habían llegado las chicas. Pero el vehículo en el que circularían era un jeep, de tamaño medio, con el logo del ejército sobre el capó y en las puertas. En él estaba ya estacionado un hombre, en el puesto del conductor, y el teniente Sasha junto a él, al lado de otro soldado más.

Los saludos de Alexandr las sacaron de su ensimismamiento.

– ¡Chicas, por aquí! ¡Venid! –señaló al soldado que estaba junto a él.– Éste es el cabo Andrey Sokolov, el mecánico.

– Yo ya le conosco… –dijo Tanya, sonriendo.

El cabo Andrey le guiñó un ojo. Señaló el vehículo blindado a ruedas.

– ¿Veis eso? Es un jodido BTR-80, un transporte de personal (APC), como el que tenemos que reparar. Lleva dos ametralladoras, una pesada y la otra de potencia media, pero desgraciadamente, las dos están sin munición. No conseguimos que nos manden proyectiles de 14,5 mm ni de 7,62 mm. Si tuviéramos balas, iríamos en este bicho, pero además, hace falta permiso especial para poder usarlo. Es el único que nos queda, y bla bla bla, y bla bla bla. Son estupideces del alto mando, ¿no es así, señor?

Las dos chicas asintieron, sonriendo, sin entender absolutamente ni una palabra. El teniente tampoco contestó.

– Deje de quejarse, Sokolov. Las cosas son así. A mi también me gustaría pasearme con la KPV, pero no hay balas. Ni siquiera para la 7,62. Pero por escasez, hasta la gasolina es escasa. Tenemos la justa para ir y volver, y pronto va a anochecer, así que pongámonos en marcha. Vamos, chicas, vosotras iréis detrás con Sokolov. Yo iré de copiloto, junto con Romanov, el conductor.

El aludido alzó el brazo de forma desgañitada, a modo de saludo, pero no giró la cabeza, y continuó fumando en silencio en su puesto de chófer.

Sin más dilación, embarcaron en el vehículo. Se trataba de un jeep normal, modelo Niva, pero sin la capota trasera, por lo que irían recibiendo todo el aire, además de que cualquiera vería a las chicas. Para evitarlo, les proporcionaron gorras, y les pidieron que se recogieran el pelo. Tras obedecer, e instantes antes de arrancar, el cabo se recostó en su asiento, palmoteando la tapicería de cuero con una mano, y miró a las dos chicas.

– Bueno, chicas, ¿os gusta este vehículo? Es un Lada Niva, uno de los mejores vehículos cuatro por cuatro para circular por estos andurriales, aunque quizás lo conozcáis por el nombre de VAZ. Incluso la propia marca cambió de Lada a Autovaz, vete a saber porqué. Nosotros lo llamamos tanto VAZ como Niva, así que no os confundáis.

– Estupendo, ¿pero porqué no arrancamos? –preguntó Katya, a la que estresaba tanta cháchara de macho acerca de vehículos y armas, algo excesivamente común a muchos soldados. Además, para ella todos los jeeps de esos eran iguales.

– Oye, rubia, guarda un pelín el respeto. Aquí estamos todos de buenas y…

El ronco rugido del motor al arrancar ahogó sus palabras, y las dos chicas le vieron mover sin cesar sus labios, pero sin articular ningún sonido.

El conductor le pisó fuerte, y el vehículo se puso en marcha. Alexandr miró hacia detrás, apoyando su brazo contra reposacabezas de su asiento, y observando a las dos chicas. Miró sus caras, pero no parecían haberse afectado por el brusco arrancar, tan típico de Romanov.

Tras confirmar que todo iba bien, se concentró en la carretera. Empezaba una de las travesías más emocionantes para ambas chicas.