Agradezco mucho a todos sus comentarios, no saben cómo me animan a seguir escribiendo esta locura. En especial a mi nueva beta que me da de coscorrones, no es cierto la verdad es que es muy paciente conmigo y hasta toma a bien mi locura. Un saludito especial a Cathy.
Capítulo 3: Esa calidez se llama…
Sentado pacientemente junto con otros muchachos mal vestidos y con las caras sucias esperaba a que la comida fuera servida. Hace unos meses uno de los muchachos más grandes se había dado cuenta que en las casas de los terratenientes y de los aristócratas pasadas las once de la noche los sirvientes de las grandes casas solían tirar los desperdicios ya fuera al drenaje o bien le echaban las sobras a los perros.
Uno de sus compañeros, un muchacho de unos catorce años de edad con la cara picada por la viruela le dio un ligero codazo despertando al pequeño rubio de ojos violetas que ya estaba cabeceando pese al mal olor que desprendían las coladeras donde se encontraban.
—Iván presta atención o las ratas te morderán— El chico entrecerró los ojos y le lanzo una piedra a una enorme rata que miraba curiosa las botas de su compañero dispuesto a morderlo en cualquier momento.
A la hora de la cena, en este tipo de lugares, las ratas consistían el mayor de los peligros, si una de ella te mordía las demás también atacaban y no era tanto el dolor por las mordidas sino que rara vez sobrevivían a quienes mordían de ahí que regularmente solo acudiese a ese tipo de lugares chicos mayores pero el pequeño Iván de nueve años era un excepción. El dueño de la casa bajo la cual estaban era famoso tanto por sus excesos como por la vileza de su corazón, prefería tirar piezas apenas tocadas de jamones curados o patos a las ratas que dejar que sus sirvientes lo comieran.
—Spasibo Fiodor, no volveré a quedarme dormido te lo prometo— El mayor volvió a sonreírle revolviéndole los cabellos amistosamente y pateando con la bota a la rata aun aturdida hacia el agua— ¿Crees que tarde mucho? Me preocupa que haga ese tipo con mis hermanas y mi madre cuando no estoy en casa.
—No te preocupes Iván. Mejor piensa en la deliciosa comida que podrás llevarles esta noche a tus hermanas y a tu madre, además ¿Qué podría hacerles ese viejo mongol? No parece muy inteligente que digamos— Se mofo levantando los hombros y mirándolo severamente intentando imitar la forma en la que Yesugei miraba a todos los niños que se le cruzaban
—Es un hombre lleno de vileza y se lo que te digo Fiodor— Ese tipo de gestos tan impropios de su edad como fruncir el ceño y aquella mirada que hablaba de épocas que no debía conocer era la razón por la cual los chicos le respetaban. Su compañero se le acercó y le sonrió dándole un pequeño golpe en el brazo para animarle.
El pequeño ruso bajo la mirada pensativamente sumiéndose de nueva cuenta en sus recuerdos, sin duda tenía buenos recuerdos pero al parecer la extrema carencia era un factor con el que se nacía en los barrios donde vivían él y los demás muchachos.
Desde que su padre se había marchado a buscar trabajo hacia el Cáucaso el menor asumió entonces el papel de hombre de la casa. Los primeros años llegaban puntualmente un par de rublos con los que se pagaba la renta del pequeño cuarto que ocupaban y la comida de los cuatro.
El cuarto que arrendaban, como la mayoría de las casas humildes de esa zona, consistía en una pequeña cocina con estufa y la mesa, tres sillas y separados por una pared sumamente delgada una recamara con dos camitas. Ninguno de los cuartos tenia ventanas y la única ventilación provenía de dos pequeños agujeros cuadrados muy cerca del techo de la cocina a un lado de la estufa.
No se podía decir que vivían mal incluso acudían a clases con un anciano que pasaba las tardes enseñándoles a los pequeños lo básico, leer y escribir, era su forma de alejar un tanto la soledad que se cernía cada vez con mayor fuerza sobre él. Las dos horas diarias a la semana no costaban más haya de unos cuantos kopeks de plata por los tres chicos.
Cuando llegó el invierno, del último año en el que recibieron a tiempo el dinero que su padre les mandaba, fue uno de los más crueles en la historia, a falta de leña o carbón para encender el fuego los tres hermanos se apretujaron con una manta gruesa rodeándolos, la más pequeña de las hermanas de Iván parecía que no iba a resistir pasar la noche y su madre angustiada rompió una de las sillas de la cocina y la echo al fuego. A aquella silla solitaria le siguieron las demás.
A la mañana siguiente Iván decidió que necesitaba buscar trabajo pero por su edad y ya que la gente que conocía estaba más o menos en las mismas le fue sumamente difícil encontrarlo, finalmente lo encontró como ayudante de carga, ayudaba a transportar la leña y el carbón a las grandes casas que se podían permitir el lujo de entrega a domicilio y los domingos ayudaba al limpiachimeneas a cargar sus cosas.
De vez en cuando alguna de las señoras o una cocinera se apiadaba de él y le regalaba una hogaza de pan o un caramelo que el menor le llevaba como regalo a sus hermanas. No era una mala vida aun en ese punto, se tenían los cuatro como una verdadera familia. Hasta que por determinados motivos terminaron viviendo con un pariente lejano según decía su madre, aunque el menor sabía perfectamente que eso no era cierto.
—Prepárate Iván, ya puedo oler la comida—El pequeño rubio se preguntaba cómo es que Fiodor podía alcanzar a oler algo entre tanta pestilencia. Los vapores malolientes ya le habían bloqueado por completo.
Y como si aquellas palabras hubiesen sido una misteriosa cábala efectivamente la comida comenzó a llover de los cielos. Las ratas también esperaban esa señal y con suma habilidad se arrojaron mostrando los dientes y el pelo completamente erizado para alcanzar una que otra pieza. Varios trozos de carne invariablemente caía en las aguas cenagosas y más de un aventurado les buscaba con impaciencia. Iván no era de esos, no estaba tan desesperado como para tocar la comida enlodada.
Media hora más tarde Fiodor y él caminaban regreso a casa, su amigo vivía a dos calles de donde se encontraba la casa de Yesugei, aunque del lado pobre como solía decir la gente de por ahí aunque estuvieran viviendo más o menos en las mismas condiciones. El chico le acompañó hasta su casa esperándolo hasta que Iván entro.
Dentro de la modesta vivienda su madre zurcía la ropa del mongol con mucho cuidado iluminándose apenas por la enfermiza y pálida luz de unas cuantas velas de cebo. Cuando su madre le vio entrar una sonrisa le ilumino el rostro, dejo a un lado su costura y abrió los brazos para abrazar al pequeño que no tardo en ir con ella. Iván levanto la vista y fue más que consiente del agotamiento de su madre, Inga; se había marchitado como una flor recién cortada en cuanto cayó en manos de Yesugei, la rosa de sus labios se había marchitado y la tersura de su piel, ahora, no era más que un cascajo, lo único que parecía conservar algo de brillo eran sus ojos azules que se veían aún más intensos debajo de aquellas prominentes ojeras.
—Vanya no debes de salir tan noche— Le reprochó con la ternura propia de una madre mientras le acariciaba las mejillas frías y le llenaba la frente con besos amorosos.
—Pero madre ya soy un chico grande, además les traje comida, buena comida— Se separó de su madre y corrió hacia la mesa dejando caer sobre esta unas hogazas de pan, un par de piernas de cordero apenas y tocadas junto con una tarta maltrecha en la que se habían hundido sus dedos al atraparla.
La primera en despertarse al oler la comida fue su hermana menor, Natasha, a quien se le iluminaron los ojos al ver tanta comida pero aquella chispa se opacó tan rápido como apareció al pensar que si bien no era un sueño seguramente todo esa comida le pertenecía al odioso de Yesugei y como siempre no le dejaría ni probar bocado. A veces caían algunos trozos de la mesa y ella junto con su hermana podían tomarlos, a Natasha le gustaba guardar la mejor parte de lo que juntaba para dársela a su hermano, su héroe.
— ¿Por qué no te sirves?— La animó el chico con esa hermosa sonrisa en el rostro que resultaba tan contagiosa. La chica asintió contenta y fue a despertar a su hermana para que comieran todos juntos como una familia feliz.
—Gracias, hermano por la comida—Murmuró con cierto aire de timidez la mayor de las hermanas una vez que se sentó a la mesa. Los ojos de Yekaterina se pasearon ansiosos por toda la comida que tenía a su disposición. Tomo un trozo de pan y lo mordió delicadamente, en sus facciones se hizo presente el placer de aquel que lleva días sin comer y saborea su primer bocado tomándolo como si se tratase de la gloria aunque solo fuese, al menos en este caso, un pequeño trozo de pan maltratado.
A la mañana siguiente el primero en levantarse como siempre había sido Iván, se vistió lo más rápido que pudo y salió a tirar los residuos de la letrina y con un poco de hielo la limpio, una vez que estuvo lista volvió a entrar a la casa y con mucho cuidado de no despertar a sus hermanas subió al cuarto del mongol y tras haber tocado, entró.
—Con su permiso— El menor ya se había acostumbrado a aquella rutina, todas las mañanas antes de irse a trabajar le ayudaba al mayor tanto con su acceso personal como a sostenerle la letrina de metal y vaciar las aguas en cuanto este terminara—Ya puse a cocer los huevos y la sopa de su almuerzo.
Yesugei se encontraba de pie a un lado de la cama, lo único que llevaba puestos eran unos pantalones sumamente gastados y remendados en más de una ocasión, dejando ver las cicatrices que cruzaban su pecho resaltando el carácter belicosos que poseía, algunas aún tenían apariencia de ser relativamente frescas por el tono sonrosado que tenían. Su mirada oscura y belicosa recorrió sin pudor alguno la tierna figura del menor. Sus labios se truncaron en una mueca bastante cruel y molesta al ver la inacción en el otro. Sin dejarle de sonreír se echó el cabello largo, lacio y oscuro hacia atrás.
—Iván la letrina, mocoso impertinente te tengo que volver a explicar que cuando me levanto tengo la vejiga llena y quiero desaguar — El muchacho tembló visiblemente al escucharle hablar, aun tenia las cicatrices en su espalda que le recordaban lo despiadado que podía llegar a ser el mongol si es que se le desafiaba o desobedecía. Una sonrisa sádica se pintó en los labios de aquel hombre mostrando su dentadura amarillenta. Yesugei se inclinó tomándole del mentón y hablándole tan cerca que Iván apenas controlo las ganas de volver el rostro por la pestilencia del aliento del mayor— ¿Crees que tengo tiempo de estar escuchando tu insulsa charla?
—No, lo siento mucho y no volverá a pasar— soltó finalmente entre pequeños balbuceos en un intento de que todo terminase cuanto antes. No soportaba la presencia de Yesugei y menos como su madre tenía que levantarse más temprano que todos cada vez que el mongol la llamaba por las noches.
—Entonces, trae la letrina y déjate de lloriqueos ¿Qué no eres un hombre?—Le soltó con desprecio de la ropa y el chico aprovechó para recoger la letrina y ponerla en la posición adecuada para que el mayor hiciera su necesidad. Cerró los ojos cuando sintió, como invariablemente sucedía, que el mongol terminaba salpicándole la cara, Iván sabía que lo hacía a propósito para sobajarlo aún más y no se quejó.
Durante el trabajo, aquel día al menos, no hubo ningún percance, normalmente corrían como el agua historias de a quienes se había llevado la policía o si bien hubiese algún matrimonio o velorio en las grandes casonas. Ese día fue prácticamente nulo.
A las cinco de la tarde volvió a casa y encontró a su hermana mayor preparando una pequeña tarta de frutas que le pidió que le llevara a su profesor. Iván se lavó las manos y el rostro quitándose cualquier rastro de hollín o carbón antes de ir a cumplir el encargo de su hermana.
Entró a la casa del anciano como siempre que lo hacía cada vez que iba a tomar una lección, solo tocaba fuertemente para avisar sobre su presencia, y como siempre el viejo maestro estaba sentado frente una burda chimenea que se notaba que llevaba días desde que el fuego se había consumido.
El hombre mantenía la mirada fija al frente en algún punto perdido en la pared de adobe que estaba frente a él. Como siempre se encontraba vestido con un viejo traje, una bufanda larga a cuadros y un gastado abrigo de lana que seguramente había visto tiempos mejores.
—Maestro— el chico apoyó con timidez la diestra sobre el brazo que descansaba con languidez sobre el brazo del sillón pensando que este estaba dormido. Al ver que no reaccionaba le zarandeo con cuidado.
El cuerpo del anciano vencido por su propio peso se vino hacia adelante cayéndose encima de Iván que por el susto soltó la tarta. El anciano le miraba fijamente con los ojos muertos de un pez cubiertos por una especie de telaraña lechosa sobre aquellos ojos vidriosos. Con trabajos el menor logro quitárselo de encima y durante el mes siguiente tuvo pesadillas en las que aparecían incontables veces aquellos ojos.
Pasaron un par de años más que se le antojaron interminables, siendo ya mayor podía perfectamente suplir al cargador para el que trabajaba si es que este se enfermaba o tenia que cumplir algún otro encargo.
Justamente era esta una de esas ocasiones, el viento soplaba con fuerza revolviéndole los cabellos y la noche fría sumada a aquellas ráfagas heladas que le cortaban la piel con crueldad, pintándole las mejillas con grana. El camino sin duda era trabajoso y la mansa yegua se detenía constantemente dificultando aún más su camino, se suponía que tenía que llevar leña y carbón a un pequeño regimiento que entrenaba a las afueras de la ciudad.
Con forme iba pasando el tiempo la oscuridad se cernía a sus espaldas, pronto le obligaría a encender la lámpara de aceite que llevaba consigo. Intento acelerar el paso pero el animal parecía simplemente empecinado y se negó a avanzar e Iván ni siquiera logro que diese un solo paso más, por lo que frustrado se bajó de carreta intentando calmar a la yegua cuando lo escucho.
Se escuchaba como si se tratara de una fuerte tempestad, mejor dicho hombres corriendo debajo de la lluvia haciendo sonar el metal de sus ropas en trote. Algunos debían caerse y quizás estaban en entrenamiento porque alcanzó a escuchar disparos y gritos apagados que pese a la distancia sonaban realmente aterradores. Levantó la vista al ver como de entre los arboles próximos al regimiento salían huyendo parvadas enteras de aves hacia su dirección eclipsando con sus pequeños cuerpos la luna de plata que iluminaba la noche.
Movido por la curiosidad se acercó cuidadosamente, mirando hacia un lado y hacia el otro por temor a haber entrado en un campo de tiro pero los disparos hacía mucho tiempo que habían cesado cuando el pequeño Iván se había aventurado entre los árboles que circundaban el campamento.
La vegetación no era demasiado densa, apenas unos cuantos arboles de hojas perenes y algo de maleza quemada por el frío de la época, junto con un par de arbustos de un verde extraño en las pocas hojas que aun conservaban sus ramas desnudas y secas. Apoyo una mano sobre el tronco apartando unas telarañas que formaban un ángulo sumamente cerrado entre el tronco y una pesada rama que le impedía ver correctamente lo que pasaba en el campo abierto, una vez que hubo apartado los estorbos, abrió la boca varias veces sin poder dar crédito a lo que veían sus ojos, era sin duda una escena surrealista más propia de aquel libro de Dante "La divina comedia" que de una noche en las heladas tierras rusas.
Allí, arrodillado en medio de una explosión de sangre que teñía con suavidad la nieve, una figura delgada y elegante alzaba la vista hacia el firmamento enfocando su mirada de un intenso carmesí aun mayor que el de la sangre donde reposaba. Por sus mejillas escurrían gruesas lágrimas que se perdían entre sus largos cabellos azabaches y la capa blanca que le cubría el cuerpo. Aquella criatura no era humana y como si la sola visión etérea de su dulce rostro no bastara la escena digna del más habilidoso pintor estaba coronada con un par de alas que surgían de la espalda de aquella criatura reposando lánguidamente. Las plumas blancas estaban teñidas de sangre no solo salpicada sino que parecía que chupaban la que estaba justa debajo de ellas.
Iván apenas y parpadeaba conteniendo el aliento por temor a aquella imagen fuese a fundirse con el viento. Había escuchado que en lugares calurosos cuando la gente perdía la cordura debido al calor comenzaban a ver cosas extrañas y se rumoraba también que cuando el frío te llevaba al borde de la muerte podías ver esa clase de cosas.
Claro que la mente del menor había eliminado por completo el origen de aquella brillante mancha rojiza sobre la nieve. Los cuerpos mutilados salvajemente, brazos o piernas apuntadas apenas disimuladamente enterrados entre la blanca nieve. Por ahí resaltaba una mano que curiosamente aun sostenía firmante su arma apuntando hacia un costado del "ángel"
Aquellos rostros desfigurados en cuyos ojos, ahora vacíos, se leía el más puro terror e incluso en algunos casos la incredulidad había quedado perfectamente marcada al ras de sus facciones varios estaban orientados de tal forma que sugerían que al ser decapitados prácticamente habrían que tenido que volar o bien el arma con la que les fue cercenada la cabeza no solamente debía de ser terriblemente afilada sino que también el impacto debió de ser brutal.
El "ángel" bajó la vista mirando con atención las palmas de sus manos totalmente manchadas de sangre, parecía no comprender del todo lo que estaba viendo. Las gruesas lágrimas que aun surcaban sus sonrosadas mejillas caían sobre sus manos intentando lavar el pecado que su dueño había cometido. Los ojos de aquel ser se fueron apagando lentamente hasta que el caoba de estos se tornó oscuro y peligroso pero también sumamente vulnerable.
La nieve virginal comenzó a caer como si pudorosamente quisiera ocultar el crimen de aquella hermosa criatura con el blanco de su manto. Varios copos de nieve quedaron atrapados entre el cabello y las alas del ángel.
Iván no aguantó más la respiración y dejo salir una bocanada de aire que se condenso apenas y toco el aire frío. Tenía las piernas entumidas, por inercia las movió pisando unas ramas secas; el crujir de las ramas pareció sacar de su ensoñación a aquel hermoso ente y en menos de un parpadeo había levantado el vuelo quedando finalmente cara a cara con el rubio.
Las orbes del ángel destellaron en matices rojos y escarlatas, los largos cabellos enmarcaban delicadamente su rostro y la fina línea que era su boca se mostraba en un sonrisa lobuna y casi mortal. Iván tembló al verle sonreír de esa forma y fue, solamente entonces, consciente de que es lo que había a su al derredor una masacre cuyo ejecutor le miraba fijamente sin ningún destello de culpa reflejada en aquellos enigmáticos ojos.
—Pero si eres solo un niño— Y el brillo asesino de sus hermosos ojos se desvaneció con una fugacidad alarmante. Los pies del ángel finalmente tocaron tierra y no se molestó en ocultar, si es que podía, sus hermosas alas—Este no es un lugar para alguien de tu edad. No deberías de estar aquí.
El menor se sorprendió de dos cosas en aquel breve lapso, la primera es que aquel muchacho no le había lastimado cuando juraría por la mirada en su ojos que estaba dispuesto a matarle y la segunda era que podía entenderle perfectamente aunque sabía que el ángel no hablaba en ruso.
—¿Por qué sigues llorando?— Haciendo caso o miso a las palabras de la criatura celestial levantó una mano, enternecido, tocando las húmedas mejillas de aquel. Las lágrimas que se resbalaban en la palma de su mano se cristalizaban en hermosas gemas de carácter prismático.
—Porque los he matado y esa no era mi intención. Me duele verlos morir cuando aún no era su tiempo, esa es la causa de mi dolor— Ambas miradas se encontraron y una chispa de calidez nació entre ambas. El ángel le tomo en brazos y voló, a baja altura, hasta llegar a donde el chico había dejado la carreta y la yegua—Deberías irte a casa antes que la nieve te lo impida.
La yegua se encabritó asustada al ver al ángel y casi logra volcar la carreta a la que estaba sujeta, las crines del animal se agitaron vigorosamente en el viento mientras que con las patas delanteras soltaba uno que otro golpe. Iván se apartó, comprendía al animal, en el fondo también le temía aquel extraño por muy noble que haya sido su comportamiento directamente con él quizás solamente podía comparar aquel temor con la fascinación que sentía por el ser alado.
—Ella te tiene miedo. Normalmente es muy noble y dócil—Apeló el pequeño rubio al ángel que parecía no comprender porque aquella yegua le rehuía de esa forma.
—Entonces debo irme para que te lleve a casa—La tristeza en su rostro se había asentado de manera sorprendente. Ante los ojos de cualquiera despertaba una tierna compasión que te hacia sumamente difícil apartar la mirada de aquellos ojos suplicantes.
El ángel estaba a punto de levantar el vuelo cuando el niño le sujeto de una de sus alas, la suavidad de las plumas resultaba sorprendente, sus blancos y finos dedos se hundieron bastante antes de alcanzar a tocar la tibia carne. Aquella criatura volvió el rostro y su cabello cayó de lado como una delicada cortina de ébano, en su cara se podía leer claramente la duda.
—Tardara en tranquilizarse y no puedo volver. La carga sigue ahí no puedo volver y explicarles por qué no la entregué. No me creerían es más no creo que ni siquiera yo mismo sea capaz de creerme todo esto cuando te hayas ido— La criatura pareció vacilar y tras volver la mirada hacia atrás, hacia el cementerio que había creado volvió a poner los pies en la tierra.
—No era mi intención matarlos, solo está en mi naturaleza el ir dejando muerte a mis pasos. No es algo que pueda evitar— Cayó de rodillas quedando a la altura del chico y apoyando suavemente su cabeza sobre el pecho ajeno —Puedo sentirlo también en ti. Es por eso que vives pero eres tan diferente a mí, tu no ocultas a la bestia que duerme en tu interior solo está madurando.
— Yo no sería capaz de matar—El ángel levanto la mirada e Iván se perdió de nuevo en aquellos pozos de oscuridad, mientras más se adentraba en aquellos más podía sentir como dejaba este mundo y esta realidad. De repente una luz ilumino aquellos ojos e hizo brotar la sangre sumergiendo al pequeño rubio en un mar turbulento de gritos y dolor— Basta.
—Lo vez te atrae ¿Me dejarías conocer tu nombre? Nunca he conocido uno que pertenezca al hombre antes de su transformación y tampoco he hecho un pacto de sangre aunque esto último no te lo propondría, al menos no ahora—Aquella criatura resultaba demasiado compleja para un mente adulta y culpa mucho más entonces lo sería para un pequeño de tan solo doce años de edad.
—Me llamo Iván ¿Cuál es tu nombre?—Respondió con sencillez sin apartar los ojos de aquella encantadora criatura. Mientras hablaban la nieve ya había cubierto gran parte de los senderos y de las copas de los árboles.
—Depende de con quien hables. He tenido varios nombres pero el primero fue Mixcóatl, sin embargo hubo una vez un humano que me llamo Luis— La tormenta de nieve arreciaba y el ángel parecía que no iba a dejar que Iván se marchara, le cubrió con sus enormes alas para que la nieve no le tocara— En cuanto pase la tormenta deberás regresar ya veré como remedio mis errores.
Se enderezó, buscando algo en el denso paisaje y sonrió cuando finalmente no muy lejos de ahí encontró una cueva vacía. Sin dejar de proteger al pequeño humano con sus alas se acercó lentamente a la yegua. Sus ojos se volvieron dos brazas que parecieron dominar por completo al animal que dejo que le llevase dócilmente hacia la caverna.
—Aquí esperaremos a que pase la tormenta— Iván levanto la mirada, él tenía frío pero al parecer su compañero no tenía ese problema, incluso estando descalzo. Confiadamente se acercó a él y dejo que su cabeza se apoyara sobre una de sus alas buscando algo de calor—Había olvido que los humanos son tan frágiles.
Con mucho cuidado agito las alas dejando caer una tersa alfombra de plumas que se fueron amontonando dando forma a una improvisada cama, la cama más suave que en su vida hubiese tenido el pequeño ruso. Luis miro la cama desaprobatoriamente, aun así el pequeño tendría frío, necesitaba darle calor y por lo visto también alimento. Se quitó la capa dejando expuesta la piel nacarada y tersa de su pecho.
—Toma, esto te dará calor en lo que regreso—El chico no podía apartar la mirada de aquel musculoso cuerpo, en especial de la horrible cicatriz que se encontraba justo encima del corazón de Mixcóatl ¿Qué podría haberle causado semejante daño?— Encenderé una fogata. He escuchado que la oscuridad les aterra y se sienten más cómodos con algo de luz protegiéndolos.
—No es necesario y ¿A dónde piensas ir?— En su tono de voz se alcanzaba a apreciar el temor de que aquel lo dejase abandonado a su suerte en medio de aquella odiosa tormenta.
—No te preocupes volveré ya te dije que me interesas. Es una promesa y jamás he roto ninguna de mis promesas, solo que necesitas comer algo—Le sonrió con ternura arrodillándose a no más de medio metro del chico.
Se arrancó una de las plumas guías, le sostuvo con firmeza en la diestra agitándola levemente hasta que se endureció por completo, haciéndola desde la punta trazó un corte en diagonal sobre la palma de la mano las pequeñas gotas que escurrieron por la herida se incineraban en el aire en una flama azul antes de caer al piso rocoso. Aquellas flamas permanecían aún encendidas pese a haber tocado el piso y si se les miraba atentamente se podía notar como en su centro giraba una esfera de un tono azul mucho más claro que parecía contener en su interior alguna especie de líquido extraño.
Iván se acercó a las llamas, curioso de que le devolvían su imagen como si se tratara de un extraño espejo. Paso una mano muy cerca de ellas sintiendo aquel delicioso calor, no quemaba como el fuego ordinario y tampoco despedían aquellos desagradables olores carbón o la madera al quemarse.
—Son especiales, este fuego está vivo porque es una parte de mí. Si comienza hacer más frío crecerá y tomara un color azul mucho más vivo para darte calor, es como si yo estuviera aquí cuidándote Iván— Dicho eso alzo el vuelo perdiéndose en la oscuridad de la noche, el ruso apenas y alcanzaba a distinguir el ruido que producían aquellas enormes alas al batirse alejándose cada vez más de la cueva.
El chico espera en la entrada hasta que dejo de escucharle y volvió adentro sentándose en la mullida cama, al pasar a un lado de las llamas mágicas tomo la pluma que el ángel había ocupado como daga, sin duda era pesada y su filo se había teñido con un rojo perpetuo que durante todo ese rato no se había oxidado en lo más mínimo.
Con cuidado y temiendo cortarse intento repetir las acciones de Luis agitando una de las plumas que formaban la mullida cama sin éxito alguno. Cansado de esperar y ya con la cabeza más calmada se puso a pensar en que es lo que había sucedido en las últimas horas ¿Cómo es posible que permaneciera indiferente a la situación? Si bien Luis le había tratado con muchas consideraciones era un asesino y no se podría tratar de un ángel como los que pintaban en las iglesias sino, seguramente, de su contraparte. El chico era un demonio y uno muy tentador justo igual al Luzbel.
Trazo sobre la roca, usando la pluma petrificada, un par de muescas temiendo que aquel seria su ultimo legado en esta tierra ¿Qué no había dicho el demonio que el también poseía una alma oscura como la suya? Seguramente Dios se había enfadado con él y le había alejado de su gracia tirándole a los abismos de la perdición junto con los demás demonios.
Un ruido seco le hizo volver la mirada hacia la entrada de la caverna, la luz de las llamas le iluminaba el rostro trazando pequeñas pinceladas de vida sobre aquel rostro pétreo. El niño frunció el ceño visiblemente al darse cuenta de la volubilidad de aquella criatura que no podía entender por mucho que se esforzara. Luis llevaba en la diestra un par de conejos desollados y algunas verduras mientras que en la siniestra colgaba un saco con lo que parecían ser monedas por la forma en la que estas tintineaba cuando él se movía.
—Espero no haberme tardado tanto, en un momento los pondré a azar al fuego para que comas y también te traje esto—abrió la bolsa corriendo el nudo de esta y dejando caer sobre las manos del chico varios rublos y un par de esmeraldas que brillaron cálidamente a los ojos infantiles del ruso que no apartaba su mirada de lo que tenía en las manos—Con esto será suficiente por las molestias que te cause.
Lo que el menor no sabía es que el "ángel" había ido a tomar el pequeño saco de un parroquial ambicioso que prefirió pagar con su vida antes de soltar aquel saco lleno de monedas que llevaba atado al cinto. A la mañana siguiente se contarían terribles historias sobre la muerte de aquel hombre y el espantoso hallazgo de su cuerpo mutilado frente al atrio principal de la iglesia.
Mientras los conejos se asaban soltando un delicioso aroma que inundo por completo la cueva, Iván no había dejado de mirar a Luis ni había hecho ningún ademan para regresarle la capa que reposaba cálidamente sobre sus hombros. De vez en cuando hundía la nariz en la suave tela aspirando el delicioso aroma que de esta se desprendía y que era propio del ser sentado a su lado.
—¿Puedo preguntarte algo?— Luis asintió sin volver si quiera el rostro concentrándose más en la imagen que le devolvían las flamas. Ni siquiera había tenido el cuidado de limpiarse la sangre que le había manchado el rostro, tal parecía que le resultaba indiferente— ¿Qué eres? ¿Qué haces aquí? y si no te gusta herir ¿Por qué les has matado a todos?
—Es más de una pregunta pero está bien, además nadie me había hecho esa clase de preguntas así que no se si puedo darte las respuestas que buscas— Tomo uno de los conejo empalados y se lo ofreció para que comiera mientras hablaba—Yo no soy como las pinturas que tienen en sus iglesias, nosotros somos algo más que la imaginación humana tomo prestadas nuestras formas para ensalzar a sus divinidades. Desconozco la razón de esto.
—¿Entonces no eres ni un ángel ni un demonio?— Pregunto con interés arrancando un pequeño trozo de carne jugosa y soplándole un poco para no quemarse la boca.
—No lo soy pero para fines prácticos sería mejor conservar esos nombres de momento. Yo soy lo que llamarían un hibrido, hay pocos de nosotros ya que regularmente la mayoría muere a los pocos días de haber nacido— bajo la voz como si temiera escucharse incluso a sí mismo al pronunciar aquellas palabras— debido a que se les considera concepciones malditas, un lobo no debería poder engendra con un tigre. Así de diferentes son los "demonios" de los "ángeles" aunque la mezcla de ambos no es la única raza hibrida también se dan niños que uno de sus padres es humano, estos sobreviven en la mayoría de los casos.
—Y eso ¿qué tiene que ver con que te disguste matar? Pero que está en tu naturaleza y no puedes evitarlo— Cada vez entendía menos.
—Los demonios son criaturas belicosas y territorialistas lo mismo que los ángeles pero estos no aman tanto la sangre como lo hacen los demonios en especial los pura sangre. En cambio los ángeles al menos que su sangre se mezcle con la de los hombres son mucho más tolerantes pero aun así no temen dañar— Una pequeña sonrisa apareció en sus labios al acordarse de un caso en específico. Aunque la alegría que le ilumino el rostro le duro casi nada— a veces nacen criaturas cuyo poder es demasiado grande y peligroso para ambos bandos, cuando una de estas criaturas nace en uno de ellos también nace su contraparte en la otra. El destino de estos dos entes siempre estará ligado.
Con el dedo Mixcóatl trazo, quemando la piedra, algunos símbolos explicándole al ruso que el triángulo parado sobre su vértice, atravesado con dos flechas, encerrado en un ouroboro era el símbolo de los híbridos entre las dos especies. Los ángeles también conocidos como "Rozchel" y los demonios "Abstrael". Los híbridos dependiendo de entre que especies eran recibían diferentes nombres los hijos de Rozchel y Abstrael se llamaba Scaytle mientras que un hibrido del primero con un humano era conocido como Mishatra y de un humano con el segundo Lashar
—Te dije que un hombre me había llamado Luis, pues bien ese hombre fue mi padre cuando era humano. En ocasiones el alma de uno Rozchel o de un Abstrael por determinadas circunstancias que aun no entiendo termina en un cuerpo humano— La flama azul se avivo y triplico rápidamente su tamaño emulando las emociones de su creador por la empatía que les unía a ambos—En mi caso hubo un factor más, el ser que se hace llamar mi dueño "El príncipe de la bruma" un ser de lo más detestable pero que no me puedo deslindar de su presencia.
—¿Es por eso que tus ojos muestran tanta tristeza? ¿Qué es ese pacto de sangre que mencionaste cuando nos vimos? —La comida y el calor estaban sumiendo lentamente a Iván en un dulce sopor pero peleaba contra el sueño por temor a que al despertar Luis ya no estuviera a su lado.
—No precisamente, esa tristeza parece ser algo inherente a mi supongo que se debe a que prefiero seguir siendo Luis, el niño que su madre ahogo por capricho a ser Mixcóatl la bestia sedienta de sangre— Con cariño el Scaytle pasaba los dedos por el cabello rubio de chico en un intento de que este se durmiese lo más pronto posible—El pacto de sangre consiste por otro lado en la conversión de un alma a humana de acuerdo a sus características en un Rozchel o en un Abstrael. Claro que se necesita un alto nivel de magia y fortaleza ya que la mayoría de las almas humanas se desintegran en el proceso debido a que no pueden separarse por completo de aquellas ataduras que les hacen humanos.
—Entonces, yo podría convertirme algún día en lo que tú eres— afirmó más para sí que para el Scaytle
—Efectivamente. Serias un Abstrael aunque yo no creo que podría ser capaz de colgar a tus espaldas semejante maldición— A Iván no le parecía que lo fuera, resultaba tan extraño todo en esos momentos que hubiera dicho que lo hiciera sino sintiese un deber superior para con su familia. Luis lo noto y se agacho murmurándole quedamente al oído— Duerme y olvida
Todas las criaturas aladas tenia aquella capacidad, no era realidad algo extraordinario pues se trataba más bien de haber controlado primero tu mente para poder controlar otras mucho más simple. En general los seres humanos tenían mentes muy simples y primitivas por lo que hasta el más joven de aquellas criaturas podría dar una orden simple y que esta se cumpliera sin problema alguno.
Efectivamente el menor cayó rendido entre las plumas profundamente dormido. El hibrido no partió de inmediato sino que se quedó observándolo atentamente, podía sentir que se había formado un extraño vínculo entre ambos pero era mejor que el pequeño Iván disfrutase de su vida en vez de adentrarlo en aquel oscuro mundo.
Con un delicado ademan las plumas se volvieron una cobija vieja y la capa blanca quedo reducida al cobertor que le ponían la yegua cuando hacía mucho frío. El Scaytle se inclinó y tomo la llama azulada entre sus manos desapareciéndola con tan solo un soplo y de un golpe quebró la piedra en el la que había grabado el símbolo de los de su clan. Al levantar el vuelo y perderse entre la oscuridad de la noche no quedo rastro alguno de su presencia más que las monedas que le había dado al ruso.
A la mañana siguiente cuando Iván se levantó se encontraba por demás aturdido, no tenía ni idea de cómo es que había llegado aquel lugar y al regresar con la yegua y la carreta a la ciudad paso por la iglesia donde estaban reunido una gran parte del pueblo cuchicheando sobre el terrible asesinato del clérigo y sobre la misteriosa desaparición de la guarnición de soldados imperiales.
Cuando el chico llego con sus patrones estos no pudieron más que maravillarse al verlo con vida, le contaron que lo único que había quedado de la guarnición eran algunos zapatos, pedazos de tela y varias manchas de sangre en la nieve. Habían temido que el muchacho hubiese corrido la misma suerte que aquellos desdichados.
—Es cosa de los demonios, solo un demonio pudo ser capaz de cometer semejantes atrocidades durante la tormenta—Le aseguro un anciano e Iván no pudo negarse aquella explicación, ni tampoco dijo nada sobre el saco lleno de rublos que lleva en el bolsillo tras haber dejado la carga y la yegua con sus patrones.
Al regresar a casa lo primero que hizo fue comprar una gallina gorda y grande para regalársela a su madre junto con la bolsa de dinero. Aun así su vida no cambio mucho, constantemente sentía que había olvidado algo cada vez que levantaba la vista al cielo y miraba la luna de plata mientras los copos de nieve caían silenciosamente.
Los vientos de guerra sin embargo cortaron cualquier sueño y esperanza, truncándolos inevitablemente. Las ansias de lucha corría por sus venas alimentadas por la nueva ideología comunista que acentuaba sus bases sobre la sangre de los zares y forjaban una nueva era, en medio de otra guerra aún más cruel.
