Aquí les dejo otro capitulo mas disculpen la tardanza Gracias por sus Comentarios !


Decidimos que costaría dos dólares. Dos dólares por un beso. Cualquiera que fuera la caseta que escogiéramos, la estructura básica ya estaba lista en el instituto para que la usáramos, pero íbamos a necesitar un montón de rosa y rojo.

Pensé que debíamos poner negro, pero Puck no estuvo de acuerdo.—No es Halloween, Britty —me contestó con condescendencia. —Vale. Nos quedamos con el rosa y el rojo. —Entonces, ¿qué vamos a necesitar? Banderines, papel crepé, cintas... Ese tipo de cosas, ¿no? —Supongo que sí. Eh, ¿crees que podríamos hacer un gran cartel de madera? No quería hacer el curso de carpintería, pero era eso o economía doméstica..., y después del desastre con las magdalenas en octavo, he intentado evitar la pastelería. Pero quizá ahora mis conocimientos vinieran bien. —No veo por qué no. Seguramente el señor Preston no pondrá ninguna traba.

Asentí. —Guay. Quizá podamos liar a algunos de los deportistas y animadoras. Necesitamos cuatro, y pueden hacerlo por turnos de dos. —Me parece bien. Pero ¿a quién podemos preguntárselo? —Bueno..., Sugar y Kitty seguro que lo harían —contesté, pensándomelo—. Y pueden traer a otras chicas.

Saqué el móvil y fui pasando la pantalla en busca de sus números. Puck y yo no pertenecíamos a ningún grupo en concreto; estábamos con quien nos apetecía, lo que significaba que teníamos el número de casi todo el mundo. Puck era una de esas personas carismáticas que gustan a todo dios, y yo iba incluida en el paquete. Claro que teníamos unos cuantos amigos realmente íntimos, todos tíos. Conseguí hablar con Sugar, que alegremente me dijo que sí, que se apuntaba seguro. Kitty también aceptó, y me dijo que no podía esperar, y que llamaría a todas las chicas que conocía.

—Hecho —suspiré, y me volví a tirar sobre la cama. La noté subir y bajar cuando Puck me imitó, y los dos sonreímos satisfechos. —¡Nuestra caseta va a ser la hostia! —Lo sé. A veces somos tan buenos que damos miedo. —Lo sé. Mi móvil pitó, y vi un mensaje de Kitty, en el que me decía que Becky y Bree también se apuntaban a la caseta de los besos, así que le contesté con un breve mensaje de gracias. —Ya tenemos a las chicas —informé. —Bien. Rory me ha enviado un mensaje diciéndome que él buscará a los chicos por nosotros; así que está todo hecho. —Lo que significa... que ahora no tenemos nada que hacer —dije—. Y que puedes venir de compras conmigo. Puck gruñó. —¿Por qué tienes que ir de compras? ¿Acaso no tienes suficiente ropa?

—Sí... Pero esta noche das una fiesta, y estoy de buen humor porque, por fin, hemos arreglado lo de la caseta. Así que nos vamos de compras para buscar algo que pueda ponerme luego. Puck gruñó de nuevo. —Y quieres un vestido sexy para poder impresionar a mi hermano, ¿verdad? —No. Sólo quiero algo que ponerme. Pero si acabo impresionando a tu hermano..., será un puntazo. Por no hablar de un milagro. Ambos sabemos que él no piensa en mí de esa manera... Puck suspiró. —Vale, vale, nos vamos de compras. Deja ya de hacer pucheros. Sonreí de oreja a oreja, triunfante; estaba segura de que lo podía convencer. Puck sabía perfectamente que los pucheros eran fingidos, pero igualmente no soportaba verlos. Cogí el jersey y esperé a que Puck encontrara la cartera y las deportivas. Bajé la escalera botando mientras él me seguía. Nos metimos en su coche, un Mustang del 65, que había conseguido por nada en un cementerio de coches, y puso en marcha el motor. —Gracias, Puck. —Lo que llego a hacer por ti —suspiró él, pero estaba sonriendo.

En veinte minutos estábamos en el centro comercial. Puck paró el motor, y los oídos me pitaron un poco por el hip-hop que había estado sonando a todo volumen. —Ya sabes que me debes una por traerte aquí. —Te compraré un donut. Puck se lo pensó un momento. —Y un batido. —Hecho. Me echó el brazo por los hombros y en seguida me di cuenta de por qué... En cuanto entramos, me llevó directa a un bar antes de que yo pudiera olvidar convenientemente su soborno. Una vez Puck se calmó comiendo algo, no le importó que lo arrastrara por las tiendas.

Después de mirar en unas cuantas, encontré el vestido perfecto. Era del color del coral, con una falda ni demasiado ceñida ni demasiado corta, y un escote lo bastante bajo para ser favorecedor sin llegar a enseñar nada. La tela, suave y fina, se fruncía en el lado izquierdo y ocultaba una larga cremallera. —¿También tenemos que ir a comprar zapatos? —gimió Puck cuando le anuncié que me iba a probar el vestido. —No. Ya tengo zapatos, Puck —contesté, poniendo los ojos en blanco. —Sí, bueno, también tienes ropa, pero eso no te ha parado —masculló mientras me seguía a los probadores. No se lo pensó dos veces antes de entrar en uno conmigo y sentarse en el taburete. Pero, claro, yo tampoco me lo pensé antes de cambiarme delante de él. —¿Me subes la cremallera? Suspiró resignado y se puso en pie para hacerlo.

Me miré en el espejo, alisando el vestido. En el colgador lucía mejor, pensé dudando. Me dejaba mucha pierna al aire...
Puck soltó un silbido de lobo. —Muy chulo. —Cierra el pico. ¿No te parece demasiado corto? —Bueno, quizá un poco. Pero te queda bien. —¿Estás seguro? —¿Crees que te mentiría, Britty? —preguntó con voz triste mientras ponía una expresión dolida y retrocedía tambaleándose, con las manos sobre el corazón. Lo miré a través del espejo. —¿De verdad quieres que te responda a eso, Puck? —No, supongo que no —rió—. ¿Te lo vas a comprar? Asentí. —Creo que sí. Está rebajado un cincuenta por ciento. —Mola. —Entonces gruñó—. No vas a gastarte el otro cincuenta por ciento en zapatos, ¿verdad? Por favor, dime que no. Porque si lo haces, me deberás un refresco y una pizza. —Te prometo que no voy a comprarme zapatos, ni ninguna otra cosa, ¿vale? Podemos volver a casa en cuanto pague el vestido.

Me lo quité y volví a ponerme los vaqueros, el top y el jersey; el aire acondicionado del centro comercial era helado. —Vaya —suspiró Puck—. Me apetecía pizza. Me eché a reír y salí del probador con él detrás de mí. Y me fui directa contra algo..., bueno, alguien. —Perdón —me disculpé. Después me di cuenta de quién era—. Oh, hola, Elaine. Nos echó una mirada suspicaz, a mí primero y luego a Puck, y una sonrisa astuta se le dibujó en el rostro. Elaine era la mayor cotilla del instituto, y aunque era muy simpática, también era una de esas personas que, sin saber por qué, te llegan a poner de los nervios. —¿Qué estáis haciendo aquí los dos? Esto es el probador de chicas, Puck, ya lo sabes. Él se encogió de hombros. —Britt necesitaba una segunda opinión. —Vale —repuso ella. En realidad parecía decepcionada, como si hubiera esperado encontrar una razón que diera pie al cotilleo—. Claro. Eh, he oído que esta noche tenéis una fiesta. Tu hermano estará, ¿verdad? Puck puso los ojos en blanco. —Sí.

Elaine sonrió de oreja a oreja. —¡Bien! —¿También te vas a comprar un vestido? —le pregunté, por hablar de algo. —No. Necesito unos vaqueros. Mi perro decidió que mis otros vaqueros eran un juguete mejor que su pelota. Me eché a reír. —¡Qué perro más mono! —Dímelo a mí. ¿Vas a ponerte eso esta noche? —Hizo un gesto hacia el vestido que yo tenía en la mano.
—Sí. —No creo que ese color te favorezca... —dijo ella, pero le pillé el tirón del músculo en la mejilla, y su expresión era una que había aprendido a distinguir a lo largo de los años: celos. Lo tomé como una buena señal. —Hum, quizá... Pero está rebajado. No sé resistirme a las rebajas. Ella rió educadamente. —Sí, claro. Bueno, nos vemos después. —Adiós, Elaine —dijimos a coro, y oí a Puck suspirar y mascullar algo sobre lo mucho que ella lo ponía de los nervios. Pagué el vestido e hicimos otra parada en el bar para que Puck se pudiera comprar una porción de pizza antes de irnos. Yo sólo me compré un batido. —No vayas a derramar eso aquí dentro —me advirtió cuando me oyó sorberlo mientras entrábamos en el coche. —¡Claro que no! —Pero estuve a punto de hacerlo, y al ver su mirada asesina, no me atreví a beber otro sorbo hasta que nos paramos en un semáforo en rojo. Mientras Puck subía por el camino de entrada a su casa, miré la hora. —Casi las seis... Será mejor que vaya a casa a arreglarme —dije. —¡A veces eres tan... chica, Britty! Me eché a reír. —¿Y ahora lo notas? Puck rió y fue hacia la casa. —Hasta luego —se despidió volviendo la cabeza. —¡Adiós! No había nadie en casa cuando llegué, pero no me sorprendió.

Mi hermano pequeño, Brad, tenía un torneo de fútbol, y papá debía de haberlo llevado a tomar una hamburguesa o algo así después. Puse el iPod en los altavoces y dejé que Ke$ha sonara a todo volumen, para poder oírlo desde la ducha con el agua rugiéndome en los oídos. Ya envuelta en la toalla, miré el vestido, y las dudas comenzaron a asaltarme. Había crecido con Puck y sin madre, así que no era una chica de lo más femenina, pero eso no impedía que me pusiera elegante para ocasiones como ésa. Meneé la cabeza y me reñí. ¡Pero si el vestido era más largo que la falda del uniforme de algunas de las chicas del instituto! No le pasaba nada. Me senté ante el tocador, con el maquillaje delante, mientras se calentaban las pinzas de rizar. Con cuidado, me apliqué la base sobre la cara y me pasé el lápiz de ojos para que mis ojos Azules destacaran. Me llevó un buen rato asegurarme de que el cabello, brillante y con olor a coco después de la ducha, me cayera por la espalda en perfectos tirabuzones rubios. Sentí un poco de vergüenza cuando me vi con el vestido, a conjunto con un par de zapatos con cinco centímetros de tacón topolino. Sabía que habría chicas muchísimo más maquilladas, vestidos mucho más cortos que el mío y tacones mucho más altos. Pero no estaba segura de si de verdad estaba guapa. Pero ya eran las ocho y trece. ¿Adónde habían ido mis dos horas? Solté el móvil del cargador y vi un mensaje de Puck preguntándome dónde estaba.

Caminé con cuidado hasta su casa. Los tacones no eran muy altos, pero siempre me había sentido mucho más cómoda con zapato plano. Había gente por el jardín, y la puerta principal estaba abierta, dejando escapar los bajos, que hacían temblar la hierba. Sonreí y saludé a gente de camino a la cocina para coger algo de beber. Estaba mirando dentro de la nevera, sin sorprenderme de que hubieran sacado toda la comida para hacer sitio a las bebidas que los invitados habían llevado. Puck y Santiago solían hacer eso desde que, unos meses antes, unos chavales se hubieran divertido pegando lonchas de jamón y pavo a las paredes con las salsas. Cogí una botella de refresco de naranja y la abrí usando la encimera de la cocina, un truco que el padre de Puck me había enseñado. —¡Hey, Britt! Me volví y vi a un grupo de chicas que me llamaban con la mano. Les sonreí. —Hola, chicas. —Mercedes ha dicho que Puck y tú vais a poner una caseta de besos en la feria —dijo Sunshine—. ¡Es tan guay...! —Gracias —respondí con una sonrisa. —Hace años que nadie pone una de ésas —apuntó Tina—. ¡Es una idea genial! —Bueno, somos gente bastante genial. Todas rieron.

—Seguro que me paro en esa caseta —aseguró Dani con una sonrisa pícara—. He oído que estará Ryder Lynn. —Y Rory Flanagan —añadió Sunshine. —¿Ryder va a estar? —pregunté. —Eso es lo que ha dicho Rory. —Dani se encogió de hombros. Tina rió. —Es tu caseta, Britt: tú deberías saberlo. Sonreí un poco. —Sí, bueno... —Eh, ¿sabes quién tendría que estar? —me dijo Harmony—. Lopez.

Por un instante me pregunté de quién demonios estaba hablando. Luego me di cuenta de que se refería a Santiago, claro. —No creo que quiera. —Bueno, ¿se lo has pedido? —No exactamente... —¿No podría hacerlo como un favor a su hermano pequeño, al menos? —preguntó Sunshine—. Juega la carta de la culpa; eso funciona. —Es que creo que ya tenemos a los cuatro chicos... —Pero si tuvieras a Lopez, todas las chicas del estado se presentarían en nuestra feria —indicó Harmony. Ella, al igual que todas las otras chicas, pensaba que tenía alguna oportunidad con Lopez. Bueno, ella más o menos la tenía, al ser la jefa de las animadoras y con Santiago en el equipo de fútbol americano, pero él ni se había fijado en ella.

Sin embargo, y de algún modo, Santiago tenía la reputación de ser un ligón, aunque nunca se le veía prestar demasiada atención a las chicas. Y lo más raro era que él casi parecía estar orgulloso de su fama. —Sabes, si consigues que Lopez esté en la caseta de los besos, te harás famosa —me dijo Tina. —Tienes novio, Tina —le recordó Sunshine riendo—. No puedes entrar en la caseta de los besos. —¿Por qué no? Es por una buena causa. ¿Cuál es esta vez? ¿Salvemos a los delfines? —Creo que ésa era la del año pasado —respondí riendo—. No, este año es por las ONG que investigan el cáncer. —¡Mejor aún! —exclamó Tina, y todas nos reímos—. Pídeselo. —Vamos, sí, anda —me insistió Harmony. —Pídeselo —me rogó Dani—. Por favor, Britt. —Bueno..., no sé... —Mira, aquí viene —dijo Dani de repente, interrumpiéndome al tiempo que me daba un pequeño empujón—. Como mínimo, pídeselo. Si dice que no..., pues lo habrás intentado. —Bueno —acepté suspirando.

Me acerqué para interceptar a Santiago, que iba a buscar otra cerveza. Él me saludó con un gesto de cabeza. —¿Participarías en la caseta de los besos con nosotros, para la Feria de Primavera? Por favor. No encontramos al cuarto chico. Es por una buena causa. Nos harías un gran favor a Puck y a mí. Santiago se irguió y abrió su lata de cerveza. —Caseta de los besos, ¿eh? —Sí. —Es guay. —Lo sé, soy una persona guay. —Mejor que tu idea de los patos. —Ja, ja. Me regaló una carcajada y una media sonrisa que hicieron que se me disparara el corazón. —¿Y quieres que sea uno de los que besan? ¿En tu caseta de besos? —Es por una buena causa —repetí. —Me parece que no, Britty. —Por favor, Santiago... —le rogué, poniendo ojos de perrito y remarcando mucho su nombre. —¿Te pondrías de rodillas para pedírmelo? —No —contesté lentamente—, pero cualquier otra chica lo haría. ¿Te serviría? Él soltó una risita. —Por eso voy a decir que no, lo siento. Suspiré. —Bueno, no podrán decir que no lo he intentado.

—Espera —dijo él—. ¿De verdad necesitas que lo haga, o sólo quieren que lo haga? —me preguntó, señalando a las chicas con un gesto de la cabeza. —Lo último. Asintió. —Bueno, pues lo siento. No estoy dispuesto a arriesgar mi dignidad. Además, imagínate lo que me iban a odiar los otros chicos por robar todos esos besos —soltó con una sonrisa irónica. —Yo estaba pensando más bien en lo mucho que las ONG te van a odiar por hacer que la gente no vaya a la caseta de los besos. Él me sonrió. —Touché. —Lo que sea... —Negué con la cabeza—. Olvídalo. Volví con las animadoras y me encogí de hombros con una sonrisa de disculpa. —Lo siento, chicas. No quiere hacerlo. —Deberías haberte esforzado más —replicó Harmony—. Mira y aprende. —Le pasó su bebida a Tina y fue hacia Santiago, que estaba hablando con un par de chicos.

Harmony, en su pequeñísimo vestido negro, se apoyó en el brazo de Santiago, casi echándosele encima, y por la forma en que parpadeaba pareció que se le había metido algo en los ojos. Claro que también era posible que yo estuviera siendo demasiado crítica. Quiero decir que al menos su técnica hizo que otros chicos volvieran la cabeza para mirarla. No hace falta decir que Santiago también le contestó que no; ella hizo un puchero y regresó cabizbaja. —Ese tío es tan horroroso... —Y está tan bueno... —masculló Sunshine mientras tomaba un sorbo de su bebida. —Sí, mierda —reconoció Mercedes con una carcajada. Las chicas se rieron y lo miraron para ver qué estaba haciendo. —¿Tú no crees que Lopez está muy bueno, Britt? Miré a Tina, parpadeando. —Bueno, sí. Claro que lo está. —Entonces ¿por qué no estás comentando el pedazo de culo que tiene? Sonreí irónica. —Porque está tan fuera de mi alcance que no vale la pena ni intentarlo. Me miró con compasión. —¿Qué dices? ¡Eres muy guapa! De verdad, mataría por un pelo como el tuyo. Me encogí de hombros y me sonrojé un poco. —Gracias, supongo. Pero sea como sea, para mí ahora sólo es el hermano mayor de Puck. —Quizá haya algo... Nunca se sabe. Me reí. —Sí, claro. En mis sueños. Tina se encogió de hombros y Dani comenzó a hablarle, así que me disculpé y me fui al salón, donde todos estaban bailando. Me acabé el refresco en un par de tragos y dejé la botella antes de apuntarme al baile. El ambiente era contagioso. No todos estaban bebiendo alcohol, pero eso no les impedía dejarse llevar y pasarse un poco.

No había tenido la intención de emborracharme. Sabía que podía pasármelo bien sin nada de eso. Pero yo era un peso ligero, así que después de dos latas de sidra estaba bastante alegre. El tiempo voló, y yo bailaba y bailaba, riendo y charlando con la gente. Al parecer, todos habían oído lo de la caseta de los besos. Y cuando me preguntaban si Lopez participaría, les decía que se lo preguntaría, porque eso parecía ser lo más fácil.
Eran sobre las once. Acababa de entrar en la sala de juegos donde había unos chicos, la mayoría de último curso, además de Puck, Azimio y Karofsky. Estaban tomando chupitos, que alineaban sobre la mesa de billar. —¿Puedo apuntarme? —pregunté con una sonrisa satisfecha. —Claro —contestó Karofsky, y me sirvió un chupito. —Eh, ¿no has bebido ya lo suficiente, Britt? —me preguntó Puck, un poco preocupado. —¿Y a quién le importa? —respondí—. Tres, dos... Todos bebieron sus chupitos de un trago y dejaron los vasos dando un golpe sobre la mesa. Karofsky sirvió otra ronda de vodka, y otra. Después de la segunda, perdí la cuenta. No me gustaba el vodka, era asqueroso.

Me quemaba la garganta. Pero ni lo noté. Todo estaba brillante y desenfocado, y los ruidos eran muy fuertes. Me reía sin poder evitarlo, doblándome por la cintura como una histérica. —Britt, estás que no te aguantas —rió Matt, que se acercó y me ayudó a enderezarme. Me reí tontamente de nuevo. —Bailemos. Quiero bailar. Que alguien baile conmigo. Matt, ¿bailas conmigo? —No hay música. —Da lo mismo. Entonces decidí subirme a la mesa de billar para bailar. Me reí tontamente cuando noté los fuertes bajos de la música del salón a través del mueble. Comencé a mover las caderas al ritmo de la música, con las manos en alto, el cabello meciéndose conmigo. Traté de arrastrar a Puck para que también bailara, pero no quiso.

—¿Por qué no? —le pregunté gimiendo. —No quiero bailar —contestó—. Vamos, Britt, baja de ahí. Le saqué la lengua. Él trató de agarrarme y hacerme bajar, pero yo me escabullí y seguí bailando. Pero ¡qué aguafiestas era Puck! —En seguida vuelvo. —¿Adónde vas? —le pregunté. No podía marcharse, ¡la fiesta no había acabado! —Voy a buscar algo de beber. Karofsky, ¿quieres algo? —Tengo aquí todo lo que necesito, tío —contestó Karofsky, y me guiñó un ojo riendo. Le lancé un beso. En la sala de juegos hacía calor, pensé. ¿Habría puesto alguien la calefacción? Estaba comenzando a sudar. Quizá un chapuzón en la piscina me refrescaría... Y de repente tuve la solución perfecta. —¿Alguien va a tirarse a la piscina desnudo? —grité entusiasmada, y me agarré la cremallera mientras me tambaleaba hacia el borde de la mesa, inestable sobre los zapatos de tacón. De repente, mis pies dejaron el suelo y el mundo se puso del revés. Tenía las piernas en el aire y la cabeza hacia abajo, mirando la espalda de alguien. —¡Eh! —grité—. ¡Bajadme! ¡Bajadme! No me bajaron. Vi como la escalera pasaba por debajo mientras me llevaban arriba. Se me humedeció la palma de la mano. No podía ser Puck. No iba vestido de verde, ¿o sí? Quizá sí. No, estaba segura de que no. Puck iba de rojo. No sabía quién llevaba esa camisa verde.

Pero quien fuera, sin duda era muy fuerte, ya que yo me estaba retorciendo como un animal salvaje. Al final, me dejaron caer sobre algo blando. ¡Un colchón! Eso era. Me incorporé hasta sentarme y doblé las piernas lo mejor que pude. —¡Santiago Lopez! —me quejé cuando lo vi lanzándome una mirada de reproche—. ¡Eres un aguafiestas! ¡Me estaba divirtiendo! —Estabas a punto de desnudarte —me replicó—. Descansa unos veinte minutos. —¡No! —grité mientras hacía un puchero—. No seas tan muermo. ¡Quería bañarme desnuda! Él negó con la cabeza, sonriendo burlón. —Por muy tentador que sea, creo que estarás mejor si te quedas aquí un rato, al menos hasta que se te pase un poco la borrachera. Suspiré y me volví a hundir entre los cojines. Luego me senté de nuevo. —¿Vas a dejarme aquí sola? —No. No me fío de que te quedes aquí. —¿No te fías de mí? ¿Por qué no? Soy la mejor amiga de Puck. ¡Me conoces desde siempre! Deberías confiar más en mí.

Santiago negó con la cabeza mientras iba a cerrar la puerta con llave. Alcé una ceja mientras él regresaba a mi lado y se sentaba a horcajadas en una silla, mirándome. Pero, incluso en mi estado, sabía que la idea era ridícula. —¿No estás borracho? —le pregunté. —La verdad es que no. —¿Por qué? Es tu fiesta. ¡Desmádrate! —Creo que tú te estás desmadrando por los dos. —Lo siento —repuse, haciendo un pequeño puchero—. No quería estropearte la fiesta. Santiago se rió. Me acerqué al borde de la cama, me senté sobre las manos y dejé colgar las piernas para balancearlas adelante y atrás. —Santiago... —Sí. —¿Por favor, harías lo de la caseta de los besos por nosotros? —No. —Por favor —le rogué, botando sobre el colchón de muBritts. Vaya, ¡era como una cama elástica o algo así! Como la cama de Puck—. ¿Por favor? Porfi, vamos, sé bueno. —No. —¿Por qué no? —gemí—. ¡Eres malo! —No quiero estar en la caseta de los besos, así de simple. —Pero ¿por qué? —No quiero. —Por favor. Es para... Me parece que es para el cáncer. O quizá sea para los delfines. Ésa sí que es una palabra divertida. ¿Delfines? Delfines... Del... fines. Como del final. —No voy a estar en la caseta de los besos, sea para lo que sea o para quien sea.

Me levanté y fui a acuclillarme justo delante de él, tan cerca que casi nos rozábamos las narices. —¿Ni siquiera por mí? Él negó con la cabeza y dijo: —Tía, te apesta el aliento. ¿Cuánto vodka has bebido, Britt? —No lo sé. Karofsky los servía. Santiago suspiró. —Esos tíos... Te juro... —¿Qué? —Nada. —Vale, no me lo digas. —Me levanté de golpe y me fui hacia atrás, con la habitación cayéndoseme encima, toda gris y sinuosa por los bordes. —Creo que voy a vomitar. Santiago me metió rápidamente en el cuarto de baño y me puso sobre la taza del váter justo a tiempo para que yo sacara las papas. Cuando acabé y se me pasaron las arcadas, me dejé caer sobre las frías losetas del suelo y apoyé la cabeza sobre el borde de la bañera. Noté un vaso de agua fría en los labios, y Santiago me hizo beber. —Lo siento mucho, mucho, Santiago —gemí. Me sentía asquerosa después de haber vomitado—. Lo siento mucho. No quería fastidiarte la fiesta.

—No me has fastidiado la fiesta, Britt —me dijo. Asentí con fuerza, pero me detuve cuando noté que me entraban náuseas de nuevo. —Sí que lo he hecho. Lo siento mucho. —No pasa nada —rió—. Tranquila. Lo miré ceñuda y le di un puñetazo en el pecho. ¡Vaya! «Eso sí es un pecho duro. Apuesto a que se le marcan los abdominales. Incluso igual se le marcan más de los seis habituales, conociendo a Santiago. ¡Diez abdominales! ¿Eso existe? Seguramente...» Si eso era posible, Santiago los tendría. —No te rías de mí —dije, mientras detenía mis balbuceos internos.

Él se rió aún más, y me puso en pie. Me iba de lado, así que me rodeó la cintura con el brazo para sujetarme.

Después de ayudarme a llegar tambaleante a la cama, me dejó caer sobre el cobertor. —Volveré en diez minutos para ver cómo... Yo ya estaba dormida.


Este fue el segundo Capitulo!