Clow nos cuenta sobre una interesante conversación con Morticia en sus primeros días de trabajo.
Todavía recuerdo lo crédula que fui en mi primer día de trabajo al pensar que iba a ser capaz de resistirme a sus encantos. Por la tarde no conversamos mucho, apenas me habló para decirme que era un animal noctámbulo pero que los analgésicos la adormecían y que durmiera tranquila que si algo sucedía ella no dudaría en despertarme. Al poco tiempo se entregó a los brazos de Morfeo. La contemplé más de lo que hubiera imaginado antes de que llegara Largo con la cena que devoré sin siquiera preguntarme qué era. Ella continuó durmiendo sin enterarse de que la cena se había terminado. Antes de volver a caer hechizada busque en mi equipaje algo que me pudiera distraer. Al caer la noche la inmensa morada se había convertido en un gran agujero negro que interrumpía mis intentos de mantenerme despierta leyendo. Llegada la madrugada debo de reconocer que entré en pánico por los ruidos nocturnos y me rendí como una niña que se escapa de la oscuridad durmiendo.
Despertar con una explosión no es de lo más relajante. Al abrir los ojos no recordaba qué estaba haciendo allí y porqué no me encontraba en mi departamento, pero en pocos segundo reconocí a mi paciente descansando bajo la tenue luz del amanecer. Parecía tan tranquila que si no hubiera sido por el movimiento de su pecho la hubiera dado por muerta. Y era tan blanca que si no hubiera visto con mis propios ojos como los rayos del sol la tocaban y no la quemaban, habría sostenido toda mi vida que se trataba de un vampiro. La gigantesca cama de cortinas negras y sabanas rojas jugaban con su pelo y sus labios de manera cruel para mi bajo vientre, por lo que decidí pasar al baño a refrescarme y salir del cuarto lo antes posible sin despertarla. Un extraño halo de lujuria y miedo la envolvía y me invitaba a huir antes de perder la cordura.
Caminé por los pasillos de la mansión que me había devuelto su cara amigable con la luz de la mañana, pero que se había transformado en un gigantesco laberinto. Al aburrirme de ver cinco veces el mismo cuadro del jugador de polo decapitado, me resigné y llamé a Largo que casi me provoca un paro cardiaco al aparecer detrás de mí antes de que terminara de decir su nombre. Franqueasteis me escoltó hasta la cocina o hasta lo que yo hubiera llamado el cuarto de pociones de una bruja.
Colgando por todo el lugar había telas de araña, extraños artefactos, pedazos de animales que nunca había visto, libros que hubieran estado mejor en la biblioteca de un alquimista, en medio un caldero en donde me hubieran podido cocinar y efectivamente la bruja que esperaba ver. Quise correr detrás de Largo pero para cuando la mujer me vio, él ya se había ido y yo no sabía cómo volver. Para mi sorpresa la bruja era muy agradable y me sirvió gentilmente ancas de rana frita que acababa de preparar para un embrujo. Tras su hostil aspecto cubierto de pañuelos oscuros, profundas arrugas y canas agitadas, había una encantadora anciana. Me hacía gracia lo rápido que me había acostumbrado a las rarezas de la casa que cuando una mano sin cuerpo apareció para ofrecerme un vaso de agua, ya me había entregado a la idea de que nada en aquella estancia iba a ser normal.
-Dedos es parte de la familia, al menos era parte de algún familiar... Ya ni lo recuerdo. Gómez y él llevan años de amistad. Así que cuando se casaron, él fue el primero en aceptar a Morticia -Eudora, madre de Gómez y bruja de la casa, se divertía contándome las intimidades del clan. Se notaba que llevaba tiempo sin hablar con alguien que no fuera parte de su familia. Me había paseado por la vida de primos, tíos y abuelos cuyos nombres jamás iba a recordar, antes de que me mencionara algo que realmente me interesara-. Morticia es un encanto, no sé cómo pude pensar que su hermana sería mejor pareja para mi Gómez.
- ¿Morticia tiene una hermana? - saber todo lo posible de mis pacientes siempre fue parte del trabajo. Había aprendido por las malas que mientras más sabe uno, más puede comunicarse con su paciente y hacer que la estadía se vuelva agradable.
-Sí, una hermana gemela, Ophelia, pero desde que Morticia se casó con mi hijo no se ven mucho. Gómez había prometido casarse con Ophelia por honor y luego se casó con Morticia por amor -la anciana me alcanzó una bandeja con el desayuno de Morticia, y la mano cercenada me guió hasta mi destino.
- Pensé que te había tragado algún libro en mitad de la noche. -Morticia no parecía muy afín a desayunar con mi ayuda por lo que deje la bandeja a su merced y espere a que terminara para retirarla y acomodar sus almohadas. - ¿Has desayunado?
- Si, su madre... Digo su suegra… Eudora me hizo un desayuno improvisado.
- Que encantadora.
- ¿Se lleva bien con ella?
- Es una pesadilla… la adoro. Desde el comienzo me adoptó como su hija.
- ¿Desde el comienzo?
- ¿De dónde viene esa pregunta? –la ceja izquierda de Morticia se alzó en su rostro formando una perfecta curva que me invitaba, desafiante, a elegir si meterme o no en un asunto que parecía peliagudo.
-Eudora ha mencionado que Gómez estaba comprometido con su hermana. –Tras mis palabras esperaba un ceño fruncido o un comentario que quitara interés al asunto y que hiciera que ella comenzara una conversación de su agrado; pero para mi sorpresa en los labios de Morticia se posó la más bella y melancólica sonrisa, mientras que en sus ojos paseaban los recuerdos.
Aún con su ceja levantada me miró y me preguntó si quería conocer la historia, asentí con un poco de temor y ella me invitó a sentarme a su lado en la cama. Aquel nicho era el descanso más cómodo y suave en el que hubiera reposado, me hubiera quedado dormida si no estuviera ella junto a mí, con su elegante rostro y su inmenso tamaño. No podía dejar de sentir el peso de su cuerpo junto al mío recordandome que ella no era un fantasma. Me debía de ver microscópica junto a una mujer tan imponente.
Su narrativa era de lo más elocuente y mientras se explayaba hasta en el más minúsculo de los detalles, pude ver por primera vez desde que se había ido su esposo, un atisbo de sentimientos en su semblante de mármol.
Me contó cómo su madre y la de su marido habían hecho arreglos prematrimoniales que obligaban a Gómez a unirse en sagrado matrimonio con su hermana gemela, que si bien era una chica muy guapa, tenía un temperamento parecido al de un dragón rabioso. Incluso antes de conocer a quién sería su prometido ya sentía pena por la desdichada alma que quedaría atada a la de su hermana.
-Mi madre cree que conocí a Gómez el día en que se lo presentó a mi hermana. Pero yo ya lo conocía, incluso ya me había arrancado el corazón.
- ¿Donde se conocieron?
-Un mes antes del compromiso, en el funeral de su primo Baltasar, gran amigo mío. Envidio que fallecería de manera tan romántica, decían que Gómez lo mató. Por supuesto que aquello fue lo que me encantó de él. Todos hablaban del joven con bigotes y traje negro. Aquella misma noche detrás de la tumba de la tía Lavorgia, se me declaró.
- ¿Cómo pasó de amarte a estar comprometido con tu hermana?
-Éramos jóvenes e impulsivos. Aquella noche estábamos tan apurados por amarnos que nos olvidamos de presentarnos. Después del funeral pensé que nunca iba a volver a verlo y que moriría de tristeza. Era un buen final, muy caballeresco. Jamás pensé que me lo presentarían como el futuro marido de mi hermana y que había prometido casarse para honrar las palabras de su padre antes de morir. Él no era el único comprometido, a mí me habían enlazado a su primo Vlad, un hombre encantador pero que no le llegaba ni a los talones a mi Gómez. –La conversación se había vuelto tan íntima y excitante que sentía que Morticia me estaba contando un secreto, o al menos una versión de los hechos que no todos conocían- Nos encontrábamos tan angustiados que casi llegamos al mismo final que Romeo y Julieta.
- ¿Y cómo se escaparon de aquellos compromisos?
Morticia dejó escapar una carcajada tan trémula que me caló en los huesos.
-Es una excelente pregunta… quizás si juegas conmigo al ajedrez te termine de contar la historia. Me he aburrido de ganarle a Dedos.
-También me va a hacer falta que algún día me cuentes la historia de Dedos.
-Esa historia tiene muchas partes –terminó su último sorbo de té de mandrágora y tiró de una soga que tras el "gong" hizo aparecer a Largo. Al poco tiempo el mayordomo había traído el juego de mesa y entre peones y anécdotas ya le estaba jugando la revancha para que terminara de contarme la historia.- Mi madre, Hester Frump, era una mujer muy terca y de mal carácter, nunca pude ser una mujer tan sublime como ella. Todo lo que ella decía, se hacía, y si no se podía, el resto tampoco. Por lo cual jamás me permitiría casarme con Gómez, aunque Vlad hubiera muerto y Ophelia hubiera escapado con el tío Cosa. Al final del día creo que Eudora fue quien me reconoció del funeral, puesto que ella nos había encontrado enredados en el cementerio cuando ya se habían ido todos. Siempre sospeché que fue ella quien convenció a mi madre de que me dejara casar con Gómez. Como tu reina y "jaque mate".
Acá va el tercer capítulo, me encantaría que me cuenten qué les parece hasta ahora, siempre son bienvenidas las críticas y que me digan qué les gustaría leer.
