La misión: entrar en una organización de dementes. Encontrar a Rosier y sacar a Ginny de ahí con vida. Solo había un problema: ella no lo recordaba.


Capítulo 3

Matices de memoria


Harry permaneció inmóvil y observó sus limitadas alternativas. La varita estaba directo en su sien. La empuñaba una de las mejores brujas que había conocido. Además, abajo había cuatro personas a las que les encantaría volarle la cabeza por simple diversión.

Tenía que salir de aquel lugar.

Se concentró en la imagen de Ginny en el espejo. Ella respiraba pausadamente. Eso era bueno. Su expresión era serena. Eso también era bueno. Pero sus ojos parecían conjurar algún maleficio o conjuro. Eso no era tan bueno.

-¿Qué te pasa? -preguntó suavemente con voz enronquecida-. ¿Ya te has cansado de mí?

Ella apretó con más fuerza la varita.

-¿Quién demonios eres tú y qué has hecho con el verdadero Harry Potter?

Él no se atrevió a mover un músculo. Harry sabía que debía esperar lo peor: que su memoria real se hubiera mezclado de algún modo con la implantada del hechizo, pero esperaba lo mejor. Siempre había sido un poco optimista.

-Lo he dejado atrás. Está muerto.

Harry advirtió que ella contenía un instante el aliento al oírlo decir la palabra «muerto». Un músculo se contrajo en su mandíbula. Si aquello no funcionaba, estaba listo. Y Malory y Kigsley iban a sentirse muy decepcionados porque ni siquiera hubiera conseguido superar las primeras veinticuatro horas.

-¿Qué diablos significa eso? -preguntó ella, enojada, a pesar de que en su voz parecía haber un atisbo de otra cosa. ¿De pánico, tal vez?

Harry la miró fijamente en el espejo, deseando que ella lo mirara, mientras le contaba la verdad que ardía en el fondo de su cerebro desde hacía mucho tiempo.

-El antiguo Harry. No comprendía que estaba estropeando lo mejor que le había pasado en la vida -vaciló-. Ese hombre ya no existe. Supongo que ahora tendrás que conformarte conmigo.

Un agudo silencio se adueñó del cuarto durante unos segundos que parecieron horas. Ella bajó la varita tan de repente como la había alzado.

-Eso está muy bien –alejó su varita de él y la dejó sobre el lavabo-. Empezaba a cansarme de que desaparecieras cuando te daba la gana.

Harry dejó escapar la respiración que había estado conteniendo. ¡Que día!. La miró de frente, deslizó los brazos alrededor de su cintura y la atrajo hacia sí.

-Eso no volverá a suceder -hundió los dedos entre sus rizos rojizos y le dio un beso en la frente-. Nada volverá a apartarme de ti.

Harry deseaba que aquello fuera cierto, pero sabía que, aunque tuvieran éxito en aquella misión, ella lo rechazaría en cuanto recuperara su auténtica memoria.

Ginny deslizó las manos hasta sus hombros. Le tocó el labio herido con la punta de un dedo.

-Deja que te cure antes de irme -le besó el labio herido.

Él cerró los ojos y procuró dominarse. Su sangre se precipitaba hacia la parte de su anatomía que menos la necesitaba en ese momento.

-¿Adónde vas? -susurró mientras ella le besaba la mejilla. Sus besos, lentos y amorosos, eran suaves como alas de mariposa, pero más eróticos que cualquier otra cosa que Harry hubiera experimentado antes. Harry la abrazó con más fuerza, apretándola con firmeza contra su cuerpo.

Ella se retiró sin previo aviso y sonrió.

-Tengo clase -le frotó la cremallera abultada-. Guárdatelo para después. Harry la vio marcharse, boquiabierto.

-¿Y qué se consiguió con ello?: solo que el hechizo de memoria la había hecho creer que estaba en la Universidad Muggle, aún terminando sus estudios de Historia.


La voz potente del profesor retumbaba en la gran sala de conferencias medio vacía. Ginny oía sin escuchar las explicaciones del profesor sobre las consecuencias sociales y económicas de la caída del Muro de Berlín. La historia de Europa no era precisamente aburrida, pero Ginny tenía otras cosas en la cabeza. Como, por ejemplo, la sorprendente confesión de Harry.

Se removió en su asiento y pensó en lo que le había dicho él. Que ya nada volverá a apartarlos. Que no iba a volver a desaparecer sin previo aviso. Las intensas emociones que aquellas palabras agitaban en su interior le daban miedo. Tragó saliva, notando un nudo en la garganta. ¿Quería decir Harry que la quería?

Ginny frunció el ceño. ¿Cómo debía sentirse ella al respecto? Ella amaba a Harry. Eso lo sabía, no lo dudaba ni por un instante. Pero ¿cómo encajaba el amor en su vida actual? Ciertamente, no había lugar en su vida para una casa en las afueras y un carrito de bebé, ni en ese momento y en un futuro cercano.

Una hermosa bebé pelirroja en sus brazos. Una niña que jugaba con Harry, y luego los tres juntos. Pero ella no tenía una niña. Sintió una opresión en el pecho. A pesar de todo, Harry tenía algo que le hacía anhelar todas esas cosas cotidianas.

Aquello era ridículo. Ginny hizo girar los ojos, molesta por su propia estupidez. Era una agente de la ASMM. Su vida era demasiado peligrosa, demasiado incierta para considerar siquiera la posibilidad de entablar una relación duradera. Y, para el caso, también lo era la de Harry.

Durante unos minutos pensó en cómo había llegado a aquella situación. Su mente le recordó de inmediato que había conocido a Lucian Bole allí, en el campus, y que, al progresar su amistad, él la había invitado a unirse a su causa. Pero aquello no acababa de encajar. Cada movimiento que hacía, como esa mañana en King Cross, le parecía artificial. Sí, claro, había hecho algún trabajo encubierto para alguien llamado Jack Malory, que tenía una agencia de detectives en algún lugar de Londres, pero por alguna razón aquella explicación no le parecía suficiente. Lucian había comprobado sus referencias.

¿Por qué se sentía tan incómoda en su propia piel? Apoyó el codo en la mesa y se masajeó la frente. La jaqueca no acababa de desaparecer. A veces era más fácil de ignorar que otras, pero nunca se iba del todo. Los dolores de cabeza tan persistentes podían atribuirse a simples problemas de sueño. Pero, que ella supiera, no padecía ninguna clase de alergia. Y, además, el dolor era muy certero. Tal vez debiera ir al médico.

Miró hacia la puerta y se preguntó qué estaría haciendo Harry. Él se había negado a quedarse en la casa, lo cual no era de extrañar teniendo en cuenta que Selwyn y Owen andaban por allí. Harry había insistido en esperarla. Era la primera vez que lo hacía.

Un rumor de hojas y libros sobresaltó a Ginny, devolviéndola bruscamente al presente. La clase había acabado. Todos estaban de pie y se dirigían hacia la puerta. Ginny guardó cansinamente el libro en su mochila.

-Señorita Weasley...

Ginny miró hacia la tarima, donde el profesor Lupín seguía parado, observándola.

-¿Sí? -ella recogió sus cosas y salió al pasillo principal, entre las largas hileras de pupitres y sillas-. Lo siento, profesor¿quería algo?

Él esperó hasta que Ginny estuvo a medio camino de la tarima antes de responder.

-Hoy me ha parecido usted un poco distraída, señorita Weasley.

Ginny maldijo para sus adentros. Si él supiera...

-Sí, señor -se colgó el bolso del hombro y le dio una sonrisa-. Supongo que sí. No volverá a ocurrir.

El profesor Lupín era un hombre de unos cuarenta y cinco años, delgado y relativamente guapo. Su traje azul marino de rayas era conservador. Su pelo castaño estaba vetado de gris, pero su rasgo más destacable eran unos grandes ojos de color marrón oscuro, claros, inteligentes y absolutamente perceptivos.

-¿Problemas con el sexo opuesto? -sugirió él.

«Problemas con el sexo», punto, estuvo a punto de decir ella, pero no lo hizo. Desvió la mirada. No le apetecía hablar con Lupín, por mucho que se le hiciera conocido.

-Nada que no pueda solucionar -dijo secamente. ¿A qué venía aquel repentino interés por su vida sexual?

-Espere un momento y la acompaño -él se acercó a su mesa y guardó en su suave maletín de cuero unos papeles y un par de libros. Alzó la cabeza y sonrió a Ginny-. Ésta es mi última clase hoy.

-La mía también.

Él siguió mirándola unos segundos antes de volver a su tarea. Por primera vez desde que el profesor Lupín se había hecho cargo de la clase, Ginny sintió una punzada de desconfianza. Era por cómo la había mirado. O tal vez fuera aquel silencio expectante lo que la había puesto alerta. Probablemente se trataba sólo de la paranoia que sufría últimamente. Se pasaba la mitad del tiempo cuestionándose a sí misma y la otra mitad cuestionando los motivos de los demás. El sentido común le decía que la universidad tenía suerte de haber encontrado a un profesor tan bien cualificado a mitad de curso.

El antiguo profesor había tenido que pedir pensión médica de manera urgente, sin previo aviso. El profesor Lupin, cuyo extraño comportamiento ahora inquietaba a Ginny, había ocupado su lugar. De pronto, Ginny se alegró de que Harry la estuviera esperando fuera. «Ginny, estás exagerando», se dijo.

El profesor se acercó a ella.

-¿Nos vamos? -señaló hacia la salida.

Ella asintió con la cabeza.

-Claro.

De pronto sintió que el corazón se le aceleraba. La puerta parecía muy, muy lejos.

-He estado revisando su expediente, señorita Weasley. Es usted una estudiante muy aplicada.

Ginny procuró disimular su sorpresa. Lupin era nuevo, quizá había estado revisando los expedientes de todos sus alumnos. Claro que, teniendo en cuenta el tamaño de la universidad y el número de clases que tenía a su cargo, parecía una labor un tanto pesada.

-Gracias -dijo Ginny, vacilante.

Él se detuvo en la puerta. Ginny tuvo ganas de salir corriendo. Se reprendió para sus adentros. Aquello era ridículo. ¿Estaría sufriendo alucinaciones paranoicas, además de jaquecas? Quizá fuera buena idea ir al médico. El profesor Lupín la observó un momento.

-No permita que nada ni nadie la distraiga de su meta, señorita Weasley. Sería un error.

Aquellos ojos claros tenían una mirada tan enérgica que Ginny no logró apartar la mirada.

-Agradezco su interés -dijo finalmente-. No se preocupe.

Él asintió con la cabeza.

-Bien Ya sabe dónde estoy, si necesita hablar con alguien -mientras se alejaba, le dijo por encima del hombro-: Hasta el jueves.

Ginny se quedó mirando al profesor hasta que éste dobló una esquina y desapareció. La conversación le había causado un profundo malestar. Sin embargo, estaba segura de que no había habido en ella ninguna connotación sexual. No se trataba de sexo. Aquello había sido... una advertencia. Pero su nota media era de sobresaliente. Asistía siempre a clase. Ese día se había distraído un poco. No era el fin del mundo. ¿Por qué habría sentido el profesor Lupín la necesidad de hacerle una advertencia?

Ginny suspiró. Tal vez estuviera haciendo una montaña de un grano de arena. Quizás el profesor Lupín sólo quería que sus alumnos prestaran atención en clase. O quizá, como era nuevo, quería integrarse y había sacado el tema sólo para entablar conversación con ella.

Ginny sacudió la cabeza y fue en busca de Harry. Tenía planes para él. Planes que incluían grandes dosis de tormento físico. Oh, sí. Harry pagaría por hacerla esperar.

Ginny se detuvo de pronto en sus pasos.

Grandes columnas de estilo griego se alineaban en el pórtico que rodeaba el edificio de la facultad de Historia. Apoyado contra una de ellas estaba Harry. Delante de él, a menos de dos pasos, había una rubia vestida con vaqueros ceñidos y una camiseta que dejaba al descubierto su ombligo. Tal vez fuera por la sonrisa de Harry, o tal vez por la risa seductora de la rubia. El caso es que Ginny sintió que la furia se apoderaba de ella. Una neblina roja ensombreció sus ojos.

Echó a andar hacia delante, cada vez más aprisa. Harry levantó la mirada. Sus ojos se encontraron. Él se irguió.

-Vaya, vaya -dijo Ginny, indignada-¿no es encantador?

-Eh, hola. Tú debes de ser Ginny -la rubia sonrió y le tendió la mano-Yo soy Raffy. Tu amigo no ha parado de hablar de ti desde que he intentado ligármelo.

Ginny se alegró ligeramente. Estrechó la mano de la mujer de mala gana, rápidamente.

-¿De veras?

Raffy asintió con energía.

-Bueno, Harry, puede que nos veamos por ahí – Raffy sonrió y, volviéndose hacia Ginny, le guiñó un ojo-.

Mientras Raffy desaparecía entre los estudiantes que iban y venían, Ginny cruzó los brazos sobre el pecho y miró fijamente a Harry.

-¿Para esto querías venir conmigo¿Para ponerte a ligar con las estudiantes?

Harry sonrió.

-Me encanta cuando te pones celosa.

Ginny se puso rígida.

-Yo no estoy celosa -siseó.

Eso ni soñarlo. Si fuera celosa, no habría podido soportar sus largas separaciones. Sintió una punzada de dolor al pensar en separarse de Harry. Si él volvía a irse, tal vez no pudiera soportarlo.

-Mira -Harry la agarró de la mano y la atrajo hacia sí-. Esa chica ha coqueteado un poco conmigo -reconoció- Y yo le he hablado de ti. ¿Hay alguna ley que lo prohíba?

Bueno, la chica conocía el nombre de Ginny. Quizá Harry estuviera diciendo la verdad. Merlín, odiaba aquella sensación de inseguridad. Se puso de puntillas y le dio un beso en la mejilla.

-Supongo que no -esbozó una sonrisa-.Teniendo en cuenta tus cicatrices de batalla, seguramente habrá pensado que eras una especie de chico malo.

Harry rodeó a Ginny con sus brazos y la miró profundamente a los ojos.

-Yo sólo soy bueno cuando estoy contigo.

Ginny sonrió. Sus ojos de color chocolate brillaron. Harry sería capaz de andar sobre carbones ardiendo por ver aquella sonrisa. Merlín, cuánto la había echado de menos. Sus músculos se relajaron. Raffy y él se habían arriesgado demasiado. Para disimular, Raffy había tomado un impreso de matrícula y había estado preguntando a algunos estudiantes si les gustaban los profesores y las asignaturas que se ofertaban. Harry la había observado mientras se trabajaba a la gente inefable. Era buena. No había razón para que nadie sospechara de ella. Y Ginny no la reconoció. Otro ajuste en su el hechizo de memoria.

Jack Malory le había mandado recado a través de Raffy de que la información perdida –debido a que usar lechuza era peligroso para la misión- en el maletín de King Cross había sido recuperada gracias a archivos de repuesto. Harry no tenía que preocuparse de recuperar el maletín.

Ahora que estaba dentro y había verificado el estado de Ginny, Harry tenía que ocuparse de que la misión original llegara a su término, con la esperanza de atrapar al hombre que se ocultaba tras la Agencia para la Seguridad Mágica Mundial (ASMM). Lo único que debía hacer era tener contenta a Ginny y quitarse de encima a Bole.

Pan comido.

-¿Y si nos vamos de aquí? -dijo en un tono que sugería mucho más que un simple paseo en la Harley.

Ella echó la cabeza hacia atrás y lo miró desafiante.

-Sólo si conduzco yo.

Harry se acomodó la manga de la chaqueta, en su antebrazo llevaba oculta su varita mágica, la agitó con delicadeza y la moto se encendió.

-Sólo si prometes ser buena

Ella agarró las llaves y se apartó de él.

-Yo siempre soy buena.

Unos minutos después, avanzaban a gran velocidad por la autopista. Era agradable hallarse en carretera abierta. Harry se agarraba con fuerza a Ginny. Procuraba no pensar en el pasado ni en el futuro y centrarse en el presente. En estar con Ginny y con Lany. Ninguno de los dos tenía el futuro asegurado. Les convenía disfrutar del presente.

Antes de irse a la facultad, Ginny había cambiado el traje gris por unos vaqueros negros muy ceñidos y una camiseta verde. Estaba guapísima.

Ginny redujo la velocidad y tomó una salida que Harry no conocía. Atravesaron una zona pequeña y populosa y luego se desviaron hacia una carretera larga y desierta.

-¿Adónde vamos? -preguntó Harry alzando la voz.

Ella sonrió.

-Ya lo verás.

Empezaba a oscurecer cuando llegaron al final de la carretera y estacionaron la moto de Sirius. A derecha e izquierda se extendían kilómetros y kilómetros de bosque, pero la principal atracción se hallaba justo delante de ellos. El hermoso lago, cuyas aguas oscuras lamían suavemente las orillas.

Ginny tomó la mano de Harry y lo condujo hacia un angosto sendero que zigzagueaba entre el agua y los árboles. Harry entrelazó sus dedos y la siguió, preguntándose qué la había llevado allí. ¿El lago¿O la soledad?

Mientras permanecían sentados, contemplando el paisaje, la luna llena se alzó por encima de las copas de los árboles. Había tanto silencio que casi podía olvidarse que el resto del mundo existía. Harry resolvió que por eso estaban allí. Ginny quería o necesitaba estar sola. No hablaban. Pero estaban a gusto en silencio.

Al menos, hasta que ella hizo su primera pregunta.

-¿Cuánto tiempo hace que nos conocemos, Harry? -se calló y miró el agua. La luz de la luna refulgía sobre su superficie oscura.

Él esperaba que la pregunta no tuviera truco. ¿Coincidía la verdad con la respuesta del hechizo de memoria? Sólo había un modo de averiguarlo.

-Cerca de once años -era la verdad.

Ella se quedó pensando un momento. Después disparó su siguiente pregunta.

-¿Tú conocías a mi tío Fabián?

El tío Fabián era el nombre clave de su cuartada. Ginny sí había tenido un tío Fabián, pero ninguno de los dos lo llegó a conocer. En esta memoria falsa Lucian Bole y los demás creían que Ginny había adquirido sus habilidades extracurriculares trabajando para un tío suyo que dirigía una oscura agencia de detectives en Playmouth.

-Sí, claro que conozco a Fabián. Es todo un personaje.

Ella se quedó mirándolo. A pesar de la luz fantasmagórica de la luna, Harry advirtió la confusión de su rostro.

-¿Por qué nada me parece real? -ella volvió a mirar el lago-. Ni yo misma me parezco real.

Harry sintió que se le encogían las entrañas. Ginny era una agente muy preparada. Sin duda su mente trabajaba a marchas forzadas para recuperar el control sobre el implante de memoria artificial. Harry sentía el deseo de decirle la verdad, pero no podía arriesgarse. Le habían advertido que eso podía desconcertar a Ginny y quebrar el precario equilibrio del hechizo. Lo único que podía hacer era apoyarla.

Harry tomó su cara entre las manos y le hizo mirarlo suavemente.

-Sí, eres real -le dio un suave beso en los labios-. Muy real -murmuró. Lo único real en el mundo para mí.

Al principio la besó con ternura. Después su beso se hizo más ardiente. Ella arqueó su cuerpo esbelto contra el de él y Harry se preguntó si tendría fuerzas para apartarse. El deseo se había apoderado de su cuerpo. El placer rompía su equilibrio. El contacto de los senos de Ginny comprimidos contra su pecho le resultaba casi insoportable.

Harry se apartó y miró los ojos de Ginny, oscurecidos por la lujuria.

-¿Alguna pregunta más?

Ella apoyó la frente contra su barbilla.

-Sé que parece una locura -dijo casi sin aliento. Echó la cabeza hacia atrás y lo miró de nuevo-. Es como si supiera quién soy, lo que he hecho a lo largo de mi vida -se encogió de hombros-. Sé cosas sobre nosotros. Pero, no sé por qué, es como si hubiera leído un libro en lugar de haber experimentado de verdad todas esas cosas.

Harry se puso rígido y sintió un escalofrío.

-Puede que sea sólo el estrés -le apartó los mechones de la cara-.Ya sabes, la presión de tener contento a Bole e ir a clase -inclinó la cabeza a un lado en señal de duda-. O puede que sea por lo que yo te he hecho pasar. Ya sabes, estrés, nada más -sintió que el cuerpo de Ginny se tensaba en sus brazos.

-Puede ser.

-Lo único que digo es que seguramente no será nada -se apresuró a decir él.

Ella suspiró otra vez.

-Lucian puede ser un mal nacido. A veces no sé por qué me metí en todo esto.

-Él tenía que ponerme a prueba -dijo Harry.-no todos se fían de un James salido de la nada-

-fue el primer nombre que se me ocurrió-admitió ella –eres famoso, Harry, tenía que encubrirte-

-ante una manada de locos, con Bole al mando-

-Sí, pero a mí me fastidió -Ginny se desasió de los brazos de Harry y echó a andar hacia el claro donde habían dejado la moto-. Está borracho de poder. Ya no sé si tengo claros sus motivos -Harry siguió callado y la dejó hablar-. Los otros no me querían a bordo desde el principio. Pero Lucian ignoró sus protestas -miró a Harry un momento antes de continuar-. Creo que deberías andarte con cuidado. No sé si podemos fiarnos de él.

-Yo creo que está loco por ti -dijo Harry con la mayor naturalidad posible, pero su voz sonó enojadísima.

Ella le lanzó una larga mirada de soslayo.

-Esta vez has estado mucho tiempo fuera -dijo con franqueza-. Me sentía muy sola.

Él cerró los puños.

-¿Significa eso que ha habido algo entre ustedes?

Ella se encogió de hombros.

-No al nivel que tú crees.

Harry iba a matar a Lucian Bole.

-¿Por qué no me cuentas exactamente a qué nivel han llegado?

Era más una orden que una pregunta. Harry apenas reconocía su propia voz. Ella apoyó las manos sobre las caderas e hizo girar los ojos.

-Vamos, Harry. No fue nada físico. Sólo una especie de atracción. Nada más. No hicimos nada. Yo siempre le estaba hablando del gran Harry James Potter. Tal vez por eso no te soporta.

Sus palabras no consiguieron tranquilizar a Harry.

-Es bueno saberlo -dijo, enojado.

Ginny alzó los brazos, irritada.

-No puedo creer que estés celoso -resopló, enojada-. Te vas por ahí cuando se te antoja y yo me quedo aquí sin saber dónde estás ni qué andas haciendo, y ahora te pones celoso. Mira, Potter, aunque me hubiera acostado con Lucian, no creo que tuvieras derecho a reprochármelo –Ginny se detuvo, plantó de nuevo los puños sobre las caderas y lo miró fijamente-. Reconócelo. Tengo razón y tú lo sabes.

Él la agarró por los hombros y la zarandeó ligeramente.

-No juegues conmigo a esto, Ginny. Si ese hombre te toca... -le costó un instante incorporarse-, si te mira siquiera, lo mataré -Harry era consciente de lo irracional que sonaban sus palabras, pero en ese momento hablaba en serio. Por primera vez en su vida deseaba romperle el cuello a un tipo por culpa de una mujer-. Tú me perteneces -añadió ásperamente.

Había perdido el dominio de sí mismo. Temblando, soltó a Ginny y hundió los dedos en su pelo. Se ordenó a sí mismo dominarse. Ginny lo miraba fijamente. Sus ojos cafés brillaban de furia.

-Yo no le pertenezco a nadie -dijo, encolerizada-. Si quieres el derecho a decir que soy tuya, tienes que ganártelo. Y, de momento, estás muy lejos de conseguirlo.

Eso le terminó de dar la sospecha que poseía. Ella no recordaba a Lany.

Harry exhaló, derrotado, mientras ella se alejaba. Tal vez hubiera más de la auténtica Ginny en aquel hechizo de lo que nadie sabía. Una cosa era segura: él estaba perdiendo los papeles. Tenía que mantener la cabeza fría e impedir que el pasado y los remordimientos que albergaba le hicieran perder la perspectiva.


Ginny estaba disgustada consigo misma y tenía ganas de morirse.

-Oh, Merlín -masculló.

¿Cómo podía admitir delante de Harry lo confusa que estaba? Se pasó los dedos por el pelo, se lo retorció, se lo ató sobre la cabeza y se lo sujetó con un par de pinzas. Para su irritación, algunos mechones se escaparon de inmediato y quedaron colgando alrededor de su cara y su cuello. Odiaba tener el pelo rizado.

Irritada, cerró los ojos y recordó los dedos de Harry entre su pelo y el modo en que había sostenido su rostro al besarla. Se estremeció y sintió que una oleada de calor la atravesaba. Pensar en aquel beso no era prudente en su estado de agitación.

Miró por encima del hombro y vio al hombre que seguía durmiendo profundamente en su cama. El deseo brotó dentro de ella. Deseaba volver a meterse en la cama, despertarlo y hacerle el amor lentamente. El cabello negro y la piel Harry eran los inicios de la tentación. Ginny adoraba los ángulos afilados y los rasgos de su cara. Sus cejas eran rectas y ligeramente espesas, su nariz fuerte, casi aquilina. La barba de una noche cubría su mandíbula cincelada, dándole un aspecto peligroso e increíblemente sexy. Y a la vez vulnerable. Ginny sintió que se le aceleraba el corazón.

Prosiguió su exploración visual fijándose en los brazos atléticos de Harry, que descansaban sobre la almohada a ambos lados de su cabeza, y siguió por su torso esculpido, que la dejaba sin aliento. Siguió una línea de vello suave que se estrechaba y se perdía de vista bajo la sábana blanca que ocultaba aquel cuerpo magnífico de cintura para abajo. Se le quedó la boca seca al recordar otras partes del cuerpo de Harry que la sábana de algodón apenas ocultaba.

La noche anterior, tras regresar a la casa, había deseado desesperadamente hacer el amor con él. Pero la rabia se lo había impedido. Sin embargo, al dormirse, sus cuerpos habían tomado el control. Ginny había despertado en lo que sólo podía considerarse una postura comprometida. Por suerte para ella, había podido alejarse de los brazos de Harry sin despertarlo.

Se preguntaba si él siempre dormía tan profundamente. Frunció el ceño. Debería saberlo¿no?

Tenía la mente en blanco en lo concerniente a los hábitos nocturnos de Harry, al igual que en muchas otras áreas últimamente. Debía de pasarle algo. Un tumor cerebral o algo así.

Exhaló un suspiro exasperado y ahuyentó aquella idea. Lucian la estaría esperando. Ella volvería a buscar a Harry cuando acabara la reunión de la mañana. Así podría ponerlo al corriente.

Mientras se guardaba la nueve milímetros, la pistola que solía llevar, en la cinturilla de los vaqueros, y la varita mágica, escondida en su blusa, cruzó la habitación, vaciló en la puerta y echó un último vistazo al hombre que dominaba sus pensamientos, sus esperanzas y sus sueños. Dentro de ella brotó una especie de tristeza. En todo aquello había algo extraño e inquietante. Pero ella no sabía qué era. Quizá fuera preferible no saberlo.

-¿Dónde está tu socio? -preguntó Lucian en cuanto Ginny bajó el último tramo de la escalera. La miró altivamente desde su posición de autoridad.

-Descansando -se sentó en el sofá junto a Owen y Hans-. Créeme, después de esta noche, lo necesita.

Los dos jóvenes repantigados perezosamente junto a ella en el sofá se echaron a reír. Una expresión de furia cruzó los tensos rasgos de Lucian.

-Si no puede estar listo en cualquier momento, no lo necesitamos -metió una bala en su arma para poner mayor énfasis en sus palabras.

Ginny ya se había hartado de aquella actitud el día anterior. Era hora de seguir adelante. Se inclinó y apoyó los codos sobre las rodillas.

-Oh, está listo, cielo. En cualquier momento y en cualquier lugar. De eso también puedes estar seguro.

Sabía que pondría furioso a Lucian, pero no le importaba. Estaba harta de sus aires de superioridad. El jefe era él, pero se suponía que todos eran iguales.

-Muy bueno, gata -rió Owen-. Puede que sirvas para algo, después de todo.

-Cierra la boca -gruñó Selwyn, ignorando la mirada de desprecio que le lanzó Ginny-. No sirves para nada.

-Habría que verte a ti infiltrándote en los sistemas de seguridad informática del Pentágono -replicó Hans-. Lo único que sabes es hacer saltar cosas por los aires -lanzó los brazos hacia arriba en un gesto exagerado-. ¡Bum!

Si las miradas mataran... Teniendo en cuenta la mirada envenenada que se fijó en Will, Ginny estaba segura de que habría caído muerto en ese preciso instante. Lucian se levantó, atrayendo las miradas de todos.

-Ya basta -le lanzó a Ginny una mirada gélida-. Tu amiguito ha causado ya demasiados problemas. Me aseguraste que podías mantenerlo a raya. Ya que tanto hablas de confianza¿no habré cometido un error al confiar en ti?

Ginny levantó una mano.

-Está bien, está bien. A partir de ahora me morderé la lengua.

Lucian no pareció aplacarse.

-La reunión no puede empezar si no está presente todo el equipo. Si tu amigo...

-¿Empezamos o qué? -preguntó secamente Selwyn-. No hemos tenido más que problemas desde que dejaste entrar a ésa -dirigió a Ginny una mirada desdeñosa-. Te dije desde el principio que no la necesitábamos.

Ginny sonrió y se recostó en los mullidos cojines del sofá.

-¿Te crees que tu habilidades circenses son lo único que se necesita para hacer este trabajo? Hace falta algo más que una mente retorcida para colocar estratégicamente un explosivo. Por no mencionar la destreza que se necesita para entrar y salir sin que te atrapen -Ginny se dio una palmada en la sien derecha-. Si no me falla la memoria, ahí es donde tú te quedas corta.

La cara de Selwyn se tornó de un violento color rojo.

-Algún día me las pagarás. Espera y verás.

La sonrisa de Ginny se hizo más amplia.

-Promesas, promesas...

-Trae a Potter ahora mismo -ordenó Lucian. Su expresión asesina denotaba más claramente que su tono

enfurecido que había alcanzado el límite de su paciencia.

Harry había saltado de la cama y se había vestido nada más salir Ginny del dormitorio. Había fingido dormir para que ella fuera a reunirse con los demás sin él. Era su primera noche juntos después de su larga ausencia; los otros pensarían que Ginny lo había dejado exhausto. Al menos, eso esperaba él. Sabía que, de todos modos, no ganaría mucho tiempo, pero cada minuto contaba. Tenía que inspeccionar las otras habitaciones. La de Bole en particular.

Cuanto antes consiguiera contactar directamente con el cerebro de la ASMM, antes podría sacar a Ginny de ahí. Ello también supondría el final de su relación. Pero Harry no podía pararse a pensar en eso. La seguridad de Ginny y la misión, por este orden, debían ser sus únicas prioridades.

La habitación de Owen Cauldwell, la primera en la que entró, no contenía cosa de gran interés. El chico tenía un arsenal de armas que habría hecho insalivar a cualquier psicópata. Material para la limpieza de armas, manuales de manejo y poco más. Una puerta más allá, la habitación de Selwyn no ofrecía nada de particular, lo cual significaba que la chica tenía un «taller» en alguna parte. A todos los dinamiteros les gustaba tener sus casitas de juego.

El pobre-niño-rico Hans, en cambio, tenía en su cuarto tres laptop y un surtido variado de aparatos informáticos. Parecía que hubiera saqueado una ferretería. No había ni una sola arma a la vista. Claro que, supuso Harry, eso dependía de qué estuviera haciendo el joven con sus juguetitos informáticos.

Al pasar junto a la escalera, Harry aguzó el oído para asegurarse de que todo el grupo seguía reunido abajo, en el cuarto de estar. Selwyn y Ginny estaban discutiendo con vehemencia. Harry alzó una ceja, divertido. Tenía la sensación de que aquellas dos iban a llegar a las manos no tardando mucho. Tal vez Selwyn quisiera a Lucian para ella sola. Lo cual a Harry le parecía estupendo. Podían vivir los dos juntitos para siempre en una prisión federal o en Azkaban.

Tras comprobar que el grupo estaba ocupado, Harry siguió avanzando por el pasillo. La habitación de Lucian Bole era, por supuesto, la última. La valiosa espada ceremonial ocupaba un lugar de honor en la pared, sobre la cama. Harry abrió cajón tras cajón procurando no hacer ruido. Rebuscó cuidadosamente entre las cosas, asegurándose de dejarlo todo como se lo encontraba.

Nada.

Se acercó al armario, miró entre la escasa ropa, revisó la estantería de arriba y las dos cajas de zapatos que había en el suelo.

Nada.

Harry se irguió y revisó la habitación una vez más. El maletín que Ginny le había cambiado en King Cross había desaparecido muy aprisa. Harry ya había buscado bajo la cama. Seguramente Bole se lo había entregado a su contacto antes de salir de Londres. Aunque, por otro lado, Raffy habría visto cualquier movimiento de Bole, pues sin duda los había seguido.

Al darse la vuelta para marcharse, algo llamó su atención. Se giró hacia la cama deshecha. Por debajo de la funda de la almohada asomaba una hoja de pergamino. Harry se disponía a acercarse a la cama cuando un ruido de pasos en la escalera le hizo volver la mirada hacia la puerta. Se quedó paralizado. Midió rápidamente la distancia que lo separaba de la puerta y convocó el pergamino en silencio Accio.

-¡Harry!

Era Ginny.

Se lo guardó en el bolsillo y salió al pasillo. Ginny estaba ya en la habitación que habían compartido esa noche. Harry se acercó silenciosamente a la puerta más cercana, a su izquierda. Entró en el cuarto de baño una décima de segundo antes de que ella saliera al pasillo, buscándolo. Abrió la puerta de par en par, como si hubiera estado a punto de salir, y compuso una amplia sonrisa.

-Buenos días -dijo con voz ronca. Se metió los dedos entre el pelo y luego se desperezó como si tuviera sueño.

La exasperación que enojada el rostro de Ginny pareció disiparse.

-No has empezado con buen pie -lo reprendió-. Yo que tú no tentaría a la suerte. Nos están esperando - ella dio media vuelta y empezó a bajar las escaleras.

Harry la alcanzó y le hizo darse la vuelta para mirarlo.

-¿Así me dices buenos días? -le tocó la mejilla, dejó que las puntas de sus dedos se deslizaran por la línea de la mandíbula de Ginny y luego la besó en la punta de la nariz. Sintió que ella se estremecía-. No me gusta despertarme sin ti.

Pensó en cómo lo había mirado ella esa mañana. Ginny no se había dado cuenta, pero Harry había sentido sus ojos fijos en él. Había notado el sutil cambio de su respiración. A Ginny le gustaba lo que veía. Y a él también.

¡Excelente pareja formaban.! Ella no recordaba el pasado y él no podía olvidarlo.

Ginny levantó la mirada hacia él, pero de ella había desaparecido cualquier rastro de deseo o afecto.

-Será mejor que te des prisa, Harry. Me estás haciendo quedar mal.

Él aceptó la reprimenda asintiendo humildemente con la cabeza.

-Tienes razón. Prometo comportarme a partir de ahora -le dio una palmadita en el lugar que acababa de besar-. Pero he de decirte que casi no he dormido en toda la noche. No podía dejar de mirarte.

Ella hizo girar los ojos y se escabulló de sus brazos.

-Pues no lo tomes por costumbre -se giró rápidamente, pero aun así él notó que en la base de su garganta palpitaba una vena.

Una sonrisa de satisfacción se extendió por la cara de Harry. Por más que intentara disimular, Ginny estaba tan enamorada por él como él por ella... al menos, mientras estuviera bajo la influencia del hechizo.

Mientras la seguía escaleras abajo, Harry pensó en cómo había estado a punto de perder los nervios la noche anterior. Le había dicho a Ginny que ella le pertenecía. Tenía que procurar quitarse esas ideas de la cabeza o acabaría emocionalmente destrozado.

Bole estaba hecho una furia cuando Ginny y él se reunieron con el resto del grupo. Se le había hinchado una vena en la frente. Harry pensó que, por cómo apretaba la mandíbula, debía de habérsele

resquebrajado el esmalte de los dientes.

-Si quieres formar parte de este equipo, Potter - comenzó Bole con voz tan tensa como los músculos de su cara-, cumplirás mis órdenes al pie de la letra.

Harry agarró la silla que había usado el día anterior y se sentó.

-Todavía no sabía si estaba invitado a sus reuniones privadas -dijo tranquilamente-. ¿Seguro que no quieres hacerme otra prueba?

-Si estás dentro -dijo Bole con mirada cortante-, estás dentro Y, una vez estás dentro, el único modo de salir es con los pies por delante.

Harry le lanzó una mirada asesina.

-Creo que voy entendiendo.

-Ya hemos perdido suficiente tiempo -Bole se volvió hacia los otros, que esperaban sus instrucciones-. ¿Lista para probar el nuevo dispositivo? -preguntó dirigiéndose a Selwyn.

Ella sonrió. Una sonrisa demasiado maligna para ser del todo humana.

-Lista.

Bole asintió.

-Owen, tú lleva a Selwyn y a Hans -miró a Harry-. Ginny y Potter vendrán conmigo.

Harry se había puesto alerta al oír que hablaban de probar un nuevo dispositivo. Sabiendo que la especialidad de Selwyn eran los explosivos, supuso que estaban a punto de poner a prueba su último diseño. Si ya estaban haciendo pruebas de campo, pronto estarían listos para poner en marcha su nueva misión. Harry sintió una punzada de temor en el estómago. En realidad, no le importaba lo peligrosa que resultara la misión, siempre y cuando él pudiera mantener a salvo a Ginny.

Ginny giró la cabeza y miró a Harry mientras Lucian aparcaba el todoterreno junto al de Owen. Harry parecía preocupado. Lucian, en cambio, parecía más bien enfadado.

El viaje hasta el campo de pruebas había transcurrido en tenso silencio. Ginny lanzó una mirada a Lucian, que conducía. Lo que les hacía falta a aquellos dos era caerse a puñetazos. Para solventar sus diferencias y seguir adelante. Superarlo de una vez. Ginny consideró sugerírselo, pero no estaba segura de que Lucian fuera a jugar limpio. Lo curioso era que, hasta hacía unos días, había confiado en él ciegamente.

Ahora, en cambio, algo había cambiado. Lucian había levantado un muro a su alrededor, como si guardara algún secreto al que los demás no podían acceder. Ginny no habría albergado tantas sospechas si todo hubiera empezado con la llegada de Harry, pero ése no era el caso. Había notado el cambio de Lucian días antes.

Lucian era el único que tenía el privilegio de hablar con el jefe, con Rosier. Eso tampoco había molestado a Ginny hasta ahora. No le parecía bien, pero no sabía exactamente qué era lo que más lo molestaba. Sus ideas eran esquemáticas también en ese aspecto, como en todos los demás.

Ginny salió del vehículo y echó a andar hacia Selwyn y los otros.

Había un par de mesas rústicas a la intemperie. Sobre una mesa había tres relucientes cajas metálicas, una al lado de la otra. Las herramientas del oficio de Selwyn. Más allá de las mesas, en el extremo más alejado del descampado, había un par de edificios en ruinas. Lucian había encontrado aquel lugar dos semanas antes. A juzgar por la angosta carretera de acceso y la maleza que crecía alrededor, nadie iba nunca por allí. Rodeados de densos bosques por todos lados, no tendrían que preocuparse de que nadie los viera. Aun así, Lucian se había tomado la molestia de instalar alarmas a lo largo del perímetro del descampado. Si alguien se adentraba a menos de doscientos metros del lugar, se enteraría de inmediato. Y el desdichado visitante también. Sólo que no viviría para contarlo.

Owen miró a Ginny y rompió a reír.

-¿De qué te ríes, Owen? -aunque su voz estaba teñida de rabia, sabía que, cuando trataba con aquellos tipos, debía mantener la cabeza fría. Hacerles saber lo que quería y siempre, siempre, conservar la calma. De ese modo, nunca la pillarían desprevenida. Ignoraba cómo había aprendido aquella técnica. Tal vez se la hubiera enseñado su tío. El caso era que funcionaba.

-De nada -le aseguró Owen, riéndose todavía-. Sólo me estaba acordando de algo que ha dicho Selwyn.

Ginny le lanzó a Selwyn una mirada desdeñosa. Aquella bruja no sabía cuándo parar. Cualquier día Ginny iba a darle su merecido. Y a lo grande.

-Vamos a hacer un par de ensayos -les dijo Bole-. Como después de hoy no necesitaremos estas fantásticas instalaciones, veremos si Selwyn ha conseguido hacer funcionar su magia para nosotros.

Selwyn dio una palmada en una de las cajas plateadas.

-Es lo mejor que he hecho hasta ahora -dijo alzando con arrogancia la cabeza.

Hans colocó una laptop sobre otra mesa y lo encendió. Mientras el logotipo del software se desplegaba en la pantalla, explicó:

-He utilizado los planos del edificio que será nuestro objetivo para crear un simulacro -miró a Ginny y a Selwyn-. Una especie de juego, con ustedes dos como jugadoras. Se los enseñaré. Si no están de acuerdo con la ruta de salida que he pensado, podemos cambiarla.

Ginny observó el computador mientras el plano del edificio iba apareciendo en la pantalla.

-Muy bonito, Hans -comentó. Ese chico era un genio. Lástima que estuviera perdiendo el tiempo con ese grupo de locos perdedores.

Ginny se puso tensa. ¿Por qué había pensado eso? Parpadeó. ¿De dónde demonios había salido aquella idea? Ellos eran buenos tipos… ¿o no? Arriesgaban sus vidas en cada misión para hacer del mundo un lugar más seguro. Eran parte de la ASMM. Procuró controlar su respiración agitada. Conservar la calma. Había sido simplemente un error. Lo que quería decir era que Hans debía haber seguido en la universidad, desarrollar su potencial hasta el más alto nivel.

-Antes de pasar al simulacro -dijo Selwyn, atrayendo la atención hacia ella-, tengo algo para nuestro nuevo compañero -le hizo un guiño a Owen.

Ginny se puso inmediatamente alerta. Fuera lo que fuese lo que Selwyn estaba tramando, no podía ser nada bueno.

Antes de que Ginny pudiera preguntarle qué se proponía, Selwyn sacó de una de las cajas un paquete envuelto en papel de estraza marrón y se lo arrojó a Harry. Él lo agarró con las dos manos.

Dijiste que esperabas otra prueba -dijo Selwyn, desafiante- Ábrelo. Lo he hecho especialmente para ti - guiñó un ojo maliciosamente-. Para darle un poco de emoción.

Ginny se lanzó hacia Harry.

-No lo abras.-Owen la apartó.

-No seas aguafiestas, hermosa. Deja que el chico se divierta.

-Apártate, Owen -gruñó ella, y se volvió hacia Harry-. No lo abras.

Se le encogió el corazón de miedo. La mirada verde de Harry chocó con la suya. No parecía preocupado.

Pero debería estarlo. Ginny conocía bien a Selwyn. Aquella chica era capaz de cualquier cosa con tal de hacerle daño.

-Ábrelo -sugirió Lucian, divertido.

-Maldita sea, Lucian, acaba con esto -exigió Ginny, cuyo miedo empezaba a transformarse en cólera-.Tenemos cosas más importantes que hacer.

Harry fijó su atención en Lucian Bole.

-¿Por qué acabamos con esta estupidez? -sugirió-. Creía que habíamos acabado con los jueguecitos.

«Bien dicho, Harry», pensó Ginny.

Todo rastro de regocijo desapareció del rostro de Lucian. -Ábrelo -repitió Lucia fríamente. Owen retrocedió unos pasos, tirando de Ginny.

-Creo que será mejor que nos quitemos de en medio. Ginny intentó safarse, pero él la agarró con fuerza. -Bastardo -siseó.

Owen se echó a reír. Hans miró con nerviosismo a Harry.

-Sí -masculló, retirándose un par de pasos-. Puede que esto se ponga feo -como si se lo pensara dos veces, retrocedió corriendo hacia la mesa y agarró su laptop.

Selwyn observaba sus movimientos con evidente regocijo. -Vamos, Potter¿no quieres saber qué hay dentro? -bromeó.

Ginny miró a Selwyn y luego a Owen.

-Cuando esto acabe, lo van a lamentar -les advirtió.

-¿Saben que..? -dijo Harry alegremente-. ¿Por qué no... -antes de que los demás pudieran adivinar sus intenciones, le arrojó la caja a Lucian, que apenas logró agarrarla antes de que cayera al suelo. Una exhalación colectiva resonó en el silencio- la abres tú y luego yo miro qué hay dentro? -Harry dobló los brazos sobre el pecho y sonrió-.A fin de cuentas, formamos un equipo¿no?

El odio se apoderó del rostro de Lucian como un terremoto que engullera un pueblecito desprevenido. Ginny contuvo el aliento.

-Lucian...

-Naturalmente -continuó Harry-, si tienes miedo, puedo hacerlo yo.

Sin decir una palabra, Lucian se acercó a la mesa más cercana y dejó el paquete sobre ella. Le lanzó una mirada asesina a Harry y comenzó a arrancar lentamente el papel marrón. Nadie se movió, ni dijo nada. Todos tenían los ojos fijos en los movimientos de Lucian.

El papel cayó. Una cajita de cartón quedó al descubierto. Las solapas estaban atadas con un trozo de cordón. Lucian desató el nudo y lo dejó caer a ambos lados de la caja. Apartó las solapas. Profirió una imprecación. Deslizó la caja sobre la mesa, hacia Harry.

A Ginny le palpitaba el corazón en la garganta. Harry miró dentro de la caja abierta. Un reloj marcaba los segundos:

49...

48...

Selwyn tiró hacia él unos pequeños alicates.

-Necesitarás esto -miró al resto del grupo-. Yo que ustedes, me apartaría un poco más.

Harry se concentró en el pequeño aparato que había en el interior de la caja.

40…

-Espero que lo hayas hecho antes -comentó Selwyn, a su lado.

Harry sacó cuidadosamente el aparatito de la caja y lo colocó sobre la mesa. Buscó rápidamente el lugar por donde se abría y alzó la tapa de plástico. Un cuantos cables de configuración sencilla, un detonador y suficiente explosivo para dejar un pequeño cráter en el lugar donde permanecía él, se hallaban pulcramente compactados en el pequeño recipiente de plástico. La manera muggle era complicada, pero había obtenido excelentes notas en el curso "Explosivos Muggles y mentiras de McGiver" (1)

Harry despejó su mente de cualquier otro estímulo y se concentró en los cables de colores. Un cortecito era todo lo que se necesitaba, para bien o para mal. Extendió la mano hacia el que le parecía más probable...

Nada.

Apartó la punta de los alicates. Era un señuelo.

...20...

Harry intentó recordar las combinaciones de cables que había estudiado. Una línea de sudor se formó en su frente. Aquella combinación era increíblemente sencilla. Y, sin embargo, había demasiados cables.

...15...

-Ríndete, Potter -dijo Selwyn, inclinándose hacia él para mirar el temporizador-. Te relevaré encantada si estás dispuesto a reconocer que no das la talla.

...10...

Una sonrisa sagaz se extendió por los labios de Harry. Selwyn era lista. Pero no lo suficiente. Extendió la mano hacia el cable que nadie tocaría.

…5…

-¿Seguro que quieres hacer eso? -preguntó ella, retrocediendo un paso con cada palabra.

Harry cortó el cable. El reloj se detuvo.

…2…

Sólo faltaban dos segundos.

Harry dejó los alicates a un lado y miró fijamente a Selwyn.

-¿Y tú eres lo mejor que tenemos?

Antes de que Selwyn pudiera recuperar el habla, el resto del equipo rodeó a Harry. Ginny deslizó un brazo alrededor de su cintura y lo miró con el ceño fruncido.

-¿Por qué has tardado tanto?

-No quería estropear el suspenso -le dio un beso en la frente, pero advirtió la mirada que intercambiaban Lucian y Selwyn.

Ginny tenía razón. Harry tendría que vigilar a Bole muy de cerca.

O saldría con los pies por delante.


(1). McGiver: Serie de televisión de los años 80-90. Él era una especie de espía y podía desarmar una bomba nuclear explosiva solo usando un neumático y unas pinzas, hacía lo imposible solo con una navaja suiza. Era divertida.