Nota de la autora
Mil disculpas por no haber podido actualizar antes! Además de serios bloqueos, comprenderán que la vida se interpone en el camino de uno. Voy a intentar actualizar más seguido, no prometo nada igual porque empieza la facultad y todo eso xD pero nada, acá lo tienen, espero que lo disfruten! Y se agradecen los reviews, toda crítica constructiva es bien recibida :D
Tres vasos de gin con vodka después, Blaine abandonaba el New Directions en su propio coche. Una vez lejos de la abrumadora presencia de Schuester, volvía a ser él mismo y le importaba una mierda si su coche no era seguro. Además era un poco supersticioso, y sospechaba que llevar a cabo esta misión con el auto de otro implicaría tener mala suerte. Estúpido e ingenuo, pero no pensaba ceder respecto a ello.
Así que tomando su Cadillac, salió a la fría noche de Chicago en búsqueda de su próxima, y probablemente última, víctima.
A medida que pasaba por las calles llenas de gente sonriente y glamorosa, no podía evitar sentirse como lo había hecho en la azotea. Pequeño e insignificante ante el esplendor de la gran ciudad, una gigantesca bestia de acero y cristal que susurraba acerca de amoríos y rumores de personas a las que no conocía y no le importaban.
Blaine realmente odiaba aún sentirse cohibido y asombrado cada vez que pisaba una calle fuera del New Directions. Era algo que haría un niño, y él ya no era ningún niño. Había dejado de serlo hacía mucho tiempo.
El Golden Glass quedaba a unas 20 calles del cuartel general, en la zona adinerada de Chicago. En sí, el establecimiento no era más lujoso que el New Directions, pero tenía ciertamente una concurrencia mucho más lujosa que aquél. Blaine apostaba que cualquier atuendo usado en ese bar valía al menos cuatro cifras, no así las personas que los llevaban. Lujo no siempre implica valor, solía decirse a sí mismo.
Al aparcar en el espacio exclusivo para clientes, notó que la gran mayoría de los coches aparcados eran creaciones de Hummel Motors. Vaya ironía, ¿estarían todos los productos Hummel tan solicitados? Dejó escapar una risa genuina mientras le echaba el seguro a su Cadillac y se dirigía a la entrada del bar.
– Bienvenido al Golden Glass, señor –le dijo el recepcionista con un falso acento francés y una sonrisa a tono– ¿Tiene usted reservación?
– No –espetó, tal vez muy a la defensiva– ¿Es necesario tener una?
– S–sí, señor, para mayor confort de los clientes, la casa sólo permite el acceso a–a quienes hayan reservado p–previamente –tartamudeó el pequeño hombre, cohibido ante el tono empleado por Blaine.
El italiano sonrió con arrogancia.
– En ese caso, te diré lo que haremos… –entrecerró los ojos e inspeccionó el pequeño gafete dorado que llevaba el hombre– Donnie. ¿Crees que quinientos dólares son suficientes para que alguna de tus reservaciones lleve mi nombre?
El hombre se ruborizó ante el tono sugerente implícito utilizado por Blaine. Aquél quiso reírse, encantado de que sus dotes de seducción funcionaran con todas las personas, independientemente de su sexo.
– E–eso iría contra la–la política de la c–casa, señor… –musitó, visiblemente incómodo.
– ¿Y qué me dices de mil? –insistió Blaine, ensanchando la sonrisa e inclinándose sobre el mostrador de caoba.
El recepcionista se ruborizó intensamente, incapaz de musitar palabra alguna. Esta vez se permitió una risita.
– Este es el trato, Donnie –continuó Blaine, dejando diez billetes de cien dólares sobre el mostrador–. Tú pones mi nombre en esa lista y yo me encargaré de dejarte esta generosa propina. ¿Qué me dices, eh?
El hombre no contestó, pero aun articulando palabras mudas, tomó el dinero y lo guardó a toda prisa en el bolsillo interno de su chaleco.
– Buen chico –dijo Blaine con aprobación, guiñando un ojo. El hombre tosió, desviando la vista del atractivo joven para no ruborizarse aún más.
– ¿Su–su nombre, señor? –tartamudeó el hombre, aún con la vista clavada lejos de sus ojos.
– Gianni. Gianni Bugiardo –respondió Blaine ingresando finalmente al bar.
Eligió una mesa cercana a la barra que le permitiera al mismo tiempo vigilar la entrada. Decidió ordenar un vino tinto añejo para mantener su fachada de italiano adinerado y, cuando el mesero le trajo su pedido, ordenó que le sirvieran un Martini de cereza a Kurt Hummel de su parte, en cuanto éste llegara. El mesero estuvo encantado de cumplir los deseos de su cliente luego de recibir la generosa propina de éste.
Encontraba hilarante el hecho de que todos se tragaran su actuación de italiano adinerado. Aunque lo cierto es que los ciudadanos de Chicago habían visto pocos italianos adinerados reales en su vida; estaban acostumbrados a ver esos ridículos italianos de película hablando con un mal acento y acentuándolo haciendo ese gesto que, se suponía, era típicamente italiano, así que no debía sorprenderse de que no supieran distinguir uno falso de uno verdadero. Había que crecer mirándolos para hacerlo, reflexionaba Blaine para sí.
Durante varios minutos se dedicó a pasear su mirada por los clientes del bar. Conocía a la mayoría de ellos, solían frecuentar el New Directions debido a la amplia variedad de "acompañantes" que éste ofrecía. Y no sólo compraban mujeres. Aquellos hombres poderosos y elegantes creían que podían tenerlo todo, y esto era aplicable también al sexo. Y había que decir que la gama de acompañantes masculinos del New Directions no era para nada decepcionante.
Blaine hubiera seguido perdido en sus cavilaciones, pero una especie de conmoción estaba ocurriendo a su alrededor. Muchos hombres comenzaron a susurrar entre sí al tiempo que miraban hacia la entrada del Golden Glass. Blaine se limitó a sonreír; si su instinto no fallaba –y casi nunca lo hacía–, su invitado estaba llegando. Y no se equivocaba.
Kurt Hummel era un individuo ciertamente llamativo, pero no del tipo ruidoso. Poseía una elegancia discreta y sofisticada, natural sin ser aburrido. Blaine había visto a cientos de hombres similares, pero ninguno como Hummel. Había algo fresco y chispeante en su rostro de rasgos delgados y pálidos, algo que no estaba relacionado con su cabello perfectamente peinado, o con sus ojos brillantes de expectación. Pero ciertamente lo dejaba a uno deseando saber más acerca de ese chico.
"La fotografía no le hizo justicia", fue la primera reacción de Blaine. "Con razón es el trasero más solicitado de Chicago", agregó luego despectivamente a su pensamiento.
Y nuevamente tenía razón: la mayoría de los hombres que ya estaban acompañados despacharon a sus compañeras (y compañeros), como si fueran simples objetos descartables frente a Hummel. Blaine casi lamentaba tener que ser el que les cortara la diversión.
Rellenó su copa de vino mientras observaba de reojo el movimiento del chico alrededor del bar. No se detenía en ninguno, sólo les dedicaba miradas seductoras y acaso un leve saludo con la cabeza. Esto le llamó la atención a Blaine; para ser una puta, el chico parecía ser bastante selectivo. Tendría que trabajar muy duro para llamar su atención.
O quizás no tanto.
Después de todo, Blaine no era ni de lejos un novato en el juego de las putas.
Le hizo una discreta seña al camarero que lo había atendido, quien asintió y salió disparado hacia el joven Hummel llevando una charola con un Martini de cereza en perfecto equilibrio. Saludó al chico con una leve reverencia y palabras que Blaine no alcanzó a oír, pero que sonaban claramente a una lamida de culo. El chico contestó con el mismo tono, tomando el Martini con sus delgados dedos y sonriendo como si fuera un concurso de belleza. Vio que el camarero miraba en su dirección y lo señalaba con la cabeza, sin dejar de hablar con el joven Hummel.
– De parte del caballero del fondo –escuchó decir claramente al camarero.
En respuesta, Blaine alzó su copa en un brindis invisible, acompañando el gesto con una sutil sonrisa seductora. Jesús, ¿acababa Hummel de ruborizarse? Sí, acababa de hacerlo. A medida que se aproximaba a él, pudo comprobar que sus mejillas tenían un delicado tinte rosado bajo las tenues luces del bar. "Pero mira qué puta adorable", se dijo a sí mismo.
Hummel se apoyó coquetamente sobre el respaldo de la silla vacía en la mesa de Blaine, ajeno a la conmoción que había provocado en el resto del bar al elegir esa mesa en particular.
– Este es un bonito detalle de tu parte, adorable desconocido –dijo el chico con un evidente tono sugerente en su voz aguda–, el de cereza es mi favorito.
– Encantado de complacerte, adorable desconocido –respondió Blaine, empleando el mismo tono sugerente de Hummel, incluso guiñando un ojo.
El chico rio con soltura, tomando asiento elegantemente.
– Nunca te había visto por aquí, ¿eres nuevo en la ciudad?
"Hora del show", se dijo Blaine.
– De hecho, sí. Mi padrino acaba de abrir una firma de abogados aquí en el centro y me ofreció ser su socio.
– Oh, así que eres abogado. No luces como uno, ¿sabes? –contestó Hummel ladeando la cabeza e inspeccionándolo sin ninguna sutileza.
– Bueno, la mitad de las celdas ocupadas de Chicago pueden dar fe de ello – "Y las tumbas también", añadió para sus adentros.
El chico soltó una risa musical y algo histérica. Blaine sintió una leve punzada en las sienes a causa de ella.
– Disculpa, no oí tu nombre –dijo entre risas, dando un sorbo al Martini y capturando una gota que había quedado suspendida en el borde de la copa con la punta de su lengua rosada.
– Gianni Bugiardo, el placer es mío –contestó Blaine con una falsa sonrisa entusiasta y estrechando levemente la mano aterciopelada de Kurt Hummel.
– Ya, claro –replicó aquél, una pizca de malicia destellando en sus ojos azules–. ¿Y tu nombre real, "Gianni"?
Blaine se quedó helado, pero no dejó traslucir su estupefacción en el rostro. Sonrió como si nada pasara.
– ¿A qué te refieres? –dijo abriendo mucho los ojos, el súmmum de la inocencia.
– Bueno, se podría decir que estudié suficiente italiano para saber que "bugiardo" significa mentiroso –respondió con un tono de suficiencia en su voz que a Blaine le resultó altamente irritante–. Además, ¿Gianni? Es el equivalente italiano de John –concluyó Hummel bebiendo otro sorbo de Martini.
Le costó un gran esfuerzo mantener la compostura en el rostro, ya que inmediatamente entraron ganas de golpearlo repetidas veces contra la barra. Estúpido crío listillo.
– Pues sí que eres un niño inteligente, ¿cierto? –susurró, entrecerrando los ojos.
– El primero de mi clase, tanto en el instituto como en la universidad. Aunque lo cierto es que se me da con mucha facilidad saber cuándo alguien me está mintiendo. Por ejemplo, sé que ese padrino tuyo no existe y probablemente ni siquiera seas abogado, pero eres tan apuesto que probablemente te seguiría el juego aunque me dijeras que eres un faraón inmortal que vaga por el mundo buscando aventuras.
Y luego sólo rio de nuevo, sus ojos brillando con la diversión de saber que había descubierto al joven. Blaine comenzó a sentirse incómodo frente al chico; había esperado muchas cosas de él, pero ciertamente no que fuera tan astuto y perspicaz. Era hora de acelerar los planes antes de revelar demasiado.
– En ese caso, te diré una cosa –le dijo a Hummel en tono confidencial, inclinándose sobre la mesa–. Sígueme la corriente durante esta noche y te aseguro que en la mañana te importará poco mi verdadero nombre.
– ¿Y si no acepto tu oferta? –replicó el chico acercando su rostro al de Blaine. Su rostro olía a cosméticos caros.
– Entonces tendré que secuestrarte –contestó Blaine con una genuina sonrisa maligna.
Hummel hizo amago de acercar más su rostro al de Blaine, y luego se levantó de su silla con un elegante movimiento, terminándose el Martini de un solo trago.
– No me queda más alternativa que acompañarte por voluntad propia, adorable desconocido –sentenció con una sonrisa que pretendía ser traviesa, pero que a Blaine se le antojó insípida. O tal vez no, pero estaba a la defensiva y no pensaba perder tiempo en nimiedades como las expresiones de una puta.
Le ofreció el brazo al chico, que aceptó gustoso. Se pegó a él con coquetería, irguiendo el cuello cual pavo real, exhibiendo su más reciente adquisición ante los frustrados pretendientes. Se vio tentado de abofetearlo para que no se pavoneara, pero dejó a Hummel hacer su pequeño espectáculo porque, de todas formas, nadie lo volvería a ver.
En el segundo en el que estuvieron dentro del Cadillac, Hummel se aferró a su cuello y comenzó a trabajarlo con labios y dientes. "Mierda, la puta tiene hambre", pensó Blaine mientras intentaba mantener el coche dentro del carril. La boca caliente y experta del chico suponía una distracción tan grande que, por un minuto, Blaine se vio tentado de aparcar en algún callejón oscuro y follárselo inmediatamente. Pero desterró el pensamiento de inmediato, horrorizado por sus instintos básicos.
"Es el trabajo de tu vida, idiota, piensa con la cabeza que debes", se dijo a sí mismo. Pero era tan fácil ser irracional cuando la lengua de Hummel trazaba círculos directamente sobre su yugular… "Concéntrate, imbécil", se repitió. No sin esfuerzo consiguió aparcar el coche en el callejón trasero del New Directions y apagar el motor. Vio la silueta de Mike medio oculta detrás de un contenedor de basura, pero decidió ignorarlo durante un minuto. Ya tendría tiempo de hablar con él. En ese momento lo único que quería era sentir más de la boca de Hummel sobre su anatomía. Y de todas formas, el show debía continuar, ¿cierto?
Lo arrastró al asiento trasero del Cadillac y lo sentó a horcajadas sobre él. Los labios de Hummel abandonaron su cuello y se encontraron con los suyos frenéticos, sus lenguas entrelazándose, luchando por dominarse mutuamente. Blaine le hundió una mano en el cabello, pero sintió ganas de retirarla de inmediato, asqueado con la cantidad de productos que llevaba encima. Su otra mano se dedicó a vagar por el costado fibroso y huesudo del chico, perdiéndose más tarde dentro de la parte trasera de sus pantalones. "Bueno, aquí hay algo que podría aprovechar", pensó en cuanto sus dedos se cerraron en torno a una de las nalgas. Hummel gimió en voz muy alta en cuanto sintió la presión en su trasero.
– Necesito saber tu nombre –jadeó el chico, volviendo a aferrarse al cuello de Blaine.
– Yo no me preocuparía por eso –Blaine tanteando el largo cuello de Hummel.
– ¿Cómo sabré qué nombre debo gritar, entonces? –ronroneó, percibiendo una sonrisa contra su piel.
– Oh, no te preocupes –murmuró Blaine, encontrando el nervio que necesitaba–, gritarás de todas formas.
Entonces presionó el nervio con el pulgar y el índice, y Hummel cayó inconsciente sobre él sin darle tiempo a reaccionar. Se lo quitó de encima como a una muñeca de trapo y lo dejó tirado en el asiento mientras salía del coche y se acomodaba los faldones de la camisa que Hummel había logrado quitar de adentro del pantalón. Se limpió el cuello con una mueca de dolor al pasar el puño de la camisa por los puntos más trabajados. Más allá de eso, no había nada más que poner en orden; su cabello estaba perfectamente donde lo había dejado antes de salir. No había erección que ocultar.
Al ver el cuerpo inconsciente del chico en el asiento, todavía arrebolado, sintió como una familiar agitación de rabia ocurría en su vientre, y solo recién sintió su miembro presionar sus pantalones. Ya vería Hummel lo que les ocurría a aquellos que intentaban aprovecharse de él.
"Sí, puta cara, ten por seguro que te haré gritar", pensó mientras lo sacaba del auto y se lo cargaba al hombro.
