Una vez recuperada su extrema frialdad regresó tranquilamente al palacio.
Al llegar entregó su capa cubierta de piedras preciosas y un casco dorado a uno de los sirvientes mientras otro le entregaba la hermosa corona que usualmente ceñía sobre sus sienes, entregó a un tercero las riendas de su carruaje pero al hacerlo las bestias se encabritaron casi liberándose del pobre encargado
-¡Quietos!- dijo con imperiosa voz pero sin alzar el volumen, ante lo cual las bestias resoplaron y agachando las cabezas caminaron detrás del palafrenero con obediente paso.
Lucifer entró en sus aposentos adornados en contraste con el resto del palacio, de una intensa luz semejante a la del Sol, tan bella y de indefinible naturaleza, era un pequeño Edén dentro del Infierno al cual solo ella tenía acceso y no porque estuviese prohibido sino porque únicamente ella soportaba aquella intensa luz que creo como un intento de asemejar aquella que la envolvía en el Paraíso.
Caminó hacía el enorme ventanal desde donde podía admirar los terrenos infernales que, no por ser grotescos y aterradores, dejaban de admirar a todo aquel que te3nía el infortunio de observarlos y digo infortunio porque solo los condenados a habitar en aquel lugar de penas y tormentos eran los espectadores de tan impresionante obra, y aunque la mayoría de ellos solo conocerían el espacio en el que estaban obligados a cumplir a hacer cumplir una condena hasta el día del Juicio Final, el Infierno encerraba infinidad de sorpresas que realmente pocos eran acreedores de conocer.
Con la imagen aun en su mente de los campos de flores que crecían al pie de su balcón hasta el Cocito, rio de los lamentos que permanecía congelado, regresó a su habitación y atravesándola llegó a una de las puertas contiguas. Necesitaba descansar después del intenso ataque de ira sufrido.
Entró a una nueva habitación, totalmente a oscuras, la cual se iluminó gracias a la luz de las antorchas que se encendieron en cuanto puso un pie dentro de ella. Había una gran bañera en el centro, repleta hasta el borde de agua turbia, llevada desde el Letei.
Lucifer tomó la corona de su cabeza y la colocó sobre un estante de los que llenaban el recinto, para enseguida despojarse de la vestimenta que cubría su cuerpo.
Una vez desnuda se acercó a la bañera y con solo la punta de su dedo tocó el líquido que se agitó suavemente, purificándose en cada movimiento quedando totalmente transparente y cristalino. Reflejando la bella figura del Ángel Caído quien al verse a si misma se estremeció de asco y repulsión y prefirió desviar la mirada como si aquella visión le quemase. Aún tratando de borrar aquella imagen de su mente exclamó
-¡Oh Lucifer! Tú que antaño fuiste la más graciosa entre las creaciones…Tú que por la belleza que ostentabas eras alabada por quienes te rodeaban… ¿Qué fue del mayor de tus orgullos?... ¿A qué te ves reducida ahora?... ¿Que es eso que el reflejo asegura eres tu, pero que ni sombra guarda de la radiante criatura que fuiste algún día?...Crueles aquellos que evidencian tu lamentable estado y se burlan de tu desgracia sin compasión alguna… ¡Oh, pobre Ángel, no mereces esto!
Y cerrando los ojos se sumergió en el agua por entero, sintiendo en su agotado cuerpo la suave presión que el líquido ejercía sobre su piel, recordando una vez más aquellos privilegios perdidos desde su llegada al Inframundo. Desde ese entonces veíase obligada a asearse por si misma cuando antes ni siquiera sabía lo que era el estar sucia, sentía dolor, cansancio, enfermedad, debía imponerse a los demás por fuerza cuando estaba acostumbrada a ser admirada y obedecida sin más, o peor aún, obligada a odiar lo que más amó, a llorar su pérdida sin consuelo y a vivir encerrada en aquel oscuro agujero rodeada de seres impuros, hipócritas y engreídos la aborrecían tanto o más que ella a ellos y todo esto mientras durase la eternidad, ya que ni siquiera tenía la esperanza de morir, entre los dones que le había sido permitido conservar se encontraba el de la inmortalidad, que más que don habíase convertido en una maldición, una terrible pesadilla de la cual jamás iba a despertar.
Aún con estas reflexiones la Emperatriz salió de la bañera y hasta entonces abrió los ojos, se vistió con una túnica de color rojo terminada en plumas del mismo color. Tomó la corona sin colocársela y regresó a su habitación, recostándose sobre una cama de tamaño colosal, al poco tiempo se quedó profundamente dormida. Si cualquier otro hubiese estado en el lugar de la Reina se habría sentido como un Ángel en el Cielo
i Rio de la memoria
