Capítulo 2
Parte 1
—O—
Pido por tus besos, por tu ingrata sonrisa, por tus bellas caricias, eres tú mi alegría. Pido que no me falles, que nunca te me vayas y que nunca te olvides que soy yo quien te ama, que soy yo quien te espera, que soy yo quien te llora, que soy yo quien te anhela los minutos y horas…
—O—
Thor Odinson nace un jueves once de agosto del año mil novecientos ochenta y siete, en una clínica de Oslo, Noruega, por la noche y en medio de una tormenta que aúlla a voces con rayos y truenos, provocando que el suelo se sacuda y los cristales cimbren.
Se puede oler la ansiedad del personal del edificio ante el temporal, mezclándose con el aroma del desinfectante de pisos, que flota en el ambiente y hace que les piquen las narices.
Es su padre, un farmacobiólogo, amante de tonterías como ésta gracias al nombre que lleva a cuestas, quien propone llamarlo igual que el Dios del Trueno nórdico. Su madre, que acaba de pasar por «la segunda peor experiencia de su vida» — ¡dar a luz no es un paseo por el parque, Jacob! —, mese el pequeño bulto entre sus brazos, envuelto en cobijas para resguardarlo del frío, y le hace cosquillas en el mentón con la punta de un dedo, ganándose un gorgoreo en respuesta.
Las temperaturas continúan bajando en el trayecto de la velada y, aunque el calentador de la habitación está encendido, el mal clima sigue haciendo de las suyas en el ala de maternidad del edificio. Las persianas están corridas para no tener que contemplar el espectáculo de luces al otro lado del vidrio, pero el fulgor es, ocasionalmente, tan fuerte, que logra traspasar el plástico gris.
Es curioso que, a pesar del escándalo, el bebé no haya llorado ni una sola vez.
—Thor —paladea la mujer mientras su hijo mantiene los ojos cerrados y frunce la boca, haciendo pucheros entre sueños—. ¿Te gusta, lindura, quieres que ese sea tu nombre? ¿O también crees que papá es un tonto que no debería meterse en una decisión que le corresponde a mamá, uh?
— ¡Ah, vamos, Gen! —Protesta el hombre, subiéndose las gafas por el puente de la nariz con un empujón de los dedos, haciendo un aspaviento que luce, descaradamente, como una rabieta—. Dijiste lo mismo cuando nació Kristian. Y lo nombramos como tú querías. ¿Podemos, una sola vez…?
La mujer lo mira, perdiéndose el bostezo de su segundo hijo. Hace un rato comió, así que pronto vendrá la enfermera para llevarlo a los cuneros, donde pasará la noche. Si por ella fuera, lo arrullaría contra su pecho hasta el amanecer.
— ¿Estás seguro de que es el nombre correcto para un bebé? —Le pregunta, las cejas claras fruncidas y una expresión de duda (y pocos amigos).
Podría intimidar hasta a un orco con ese perfil, así que lo mejor es no retarla.
Está cansada: fue un parto difícil y el clima no la ayudó. Todos esos truenos y relámpagos… por un estresante segundo, la hicieron pensar que iba a morir. Todos van por ahí diciendo que los partos posteriores son más fáciles que el primero, pero, oh, no, éste fue el peor y no está ansiosa por repetir la experiencia pronto, aunque no le recrimina nada al niño. Su hijo es perfecto.
—No será un bebé toda su vida: es el nombre correcto para un hombre. Será grandioso, justo como Thor, hijo de Odín.
Ah, ahora lo entiende: sólo quiere aprovechar su apellido para hacer una buena broma algún día —una que su hijo llevará sobre los hombros y, posiblemente, en unos años, haga que les retire el habla—. ¿Qué hay de malo en nombres más normales como… Kevin o… George…? Mira al bebé, que sigue durmiendo sin preocuparse por el mundo, y se da cuenta de que ninguno de esos dos le agrada para él.
Thor… Thor… Uhm…Thor.
Genevieve se echa a reír, porque acaban de extraer ese pequeño pedazo de carne de su ser, por lo que no le interesa en lo más mínimo pensar en cuándo se convertirá en un hombre ni nada de eso. Quiere que el tiempo fluya lento, poder disfrutar cada momento y hacer que su hijo crezca feliz y sin preocupaciones.
—De acuerdo: Thor suena bien. Pero más te vale que no trates de meterle en la cabeza bobadas sobre religiones paganas, ¿entiendes? —Porque Kristian no durmió un mes después de que Jacob le contara el mito de Loki y la serpiente de Skaði (¡por favor!).
Está bien, las fábulas son buenas para escarmentar a un niño travieso, pero no una como esa: ahora, su primogénito está aterrado de las serpientes. Trató de explicarle que eso le ocurrió a Loki, el Dios del Engaño, por cretino —así que lo mejor que puedes hacer, es no ser un cretino también y así no te meterás en problemas—, pero no sirvió: el niño no ha podido poner un pie en el bosque de nuevo desde aquél entonces y vaya que le gustaba pasear ahí.
Jacob festeja y asiente, pero, cuando llega la enfermera por el recién nacido, se asoma por encima de su hombro y, para que su esposa, que ha comenzado a adormecerse en la cama, no lo escuche, le susurra:
—En cuanto lleguemos a casa, plantaré un roble en tu honor —le guiña el ojo a un bebé que no le presta la más mínima atención, lo que hace que la empleada del hospital sonría por lo bajo al marcharse con él.
—O—
El hermano de Thor, Kristian, es mayor que él por cinco años y, ciertamente, desde que el bebé llega a la casa, comienza una batalla campal por atención entre ellos que se extiende hasta que Thor tiene la edad suficiente para lanzarle sus bloques de madera a la cabeza —con una puntería que impresiona a todos— y hacerlo llorar a gritos al hincarle los dientes en el brazo cuando Kristian trata de robarle sus galletas —¿cómo le explicas a un niño de año y medio que un plato así de grande no puede ser sólo suyo?—.
—Todo un pequeño guerrero, tenemos aquí —comenta Jacob, sorprendido, tomando al menor en brazos para mirarlo a la cara, mientras su esposa trata de consolar a Kristian.
Thor no presta atención a los berridos o protestas: tiene una galleta entre los labios, hecha un batidillo de masa y chispas de chocolate, por lo que parece más contento de lo que debería. Aprovechando que su papá lo tiene en el aire, balancea las piernas de adelante hacia atrás y, cuando se da cuenta de que es divertido, ríe. Jacob lo acomoda contra su pecho y le da un beso en la sien.
—No deberías mostrarte tan orgulloso —se queja Genevieve, ceño fruncido y manos en el brazo herido de su hijo (¿quién habría pensado que pequeños dientes de leche podrían hacer tanto daño?)—. Es decir, es normal que los niños peleen de vez en cuando —dice como la psicóloga infantil que es—, pero, si no les ponemos un alto ahora que es tiempo, cuando crezcan será imposible. Lo siento, cariño —declara, mirando a Thor, que tiene un aire triunfal alrededor, como si ser alzado fuera alguna clase de premio por su osadía: dieciocho meses y ya es todo un pequeño tirano. Mejor ni pensar cómo serán las cosas cuando llegue a los Terribles Dos—, pero estuvo mal morder a tu hermano: al rincón.
Jacob lo coloca en el mencionado sitio, emitiendo un suspiro derrotado por lo bajo, y Thor observa a su hermano, con esos brillantes ojos azules que a saber de quién heredó —son demasiado azules, a diferencia de los tonos más pálidos de los demás y exceptuando el tinte miel de Jacob—, desde el corralito como si estuviera planeando su próxima venganza.
La galleta se hace trizas entre sus dedos y las migajas forman un destrozo en el tapete infantil de foami.
Jacob rompe en risas cuando no puede soportarlo más, pero, en cuanto se encuentra con la mirada de advertencia de su esposa, el sonido se detiene de golpe. Hace dos hijos les quedó claro que quien tiene la mano firme en ésta casa es ella.
Media hora después, cuando Genevieve decide que ha sido suficiente y le permite salir del corral, Thor le abraza la pierna, logrando que una sonrisa se dibuje en sus labios, aunque trata de contenerla: ¿por qué, además de ser un truhan, también tiene que ser tan lindo? Nunca puede molestarse con él, por mal que se porte.
—Aprendan a llevarse bien, por favor —le suplica, acariciándole la cabeza con los dedos—. Los hermanos no deberían pelear de esa manera. Jamás.
—O—
Todo se soluciona cuando Thor cumple cuatro años y, durante la cena de celebración, a la que asisten abuelos, tíos, primos y amigos de la familia, su madre anuncia que está embarazada, lo que da pie a una ola de exclamaciones y felicitaciones que interrumpen la tarta y el café
Thor, que estaba en medio de comer una gran cucharada de pastel —tiene las mejillas embarradas de betún y, si se mira de cerca, hasta el cabello—, escucha a su hermano, sentado en el suelo, jugando videojuegos con algunos primos en la sala de estar al otro lado del comedor, mascullar un irritado «¡No otra vez!» antes de lanzarle una mirada nauseabunda y, por alguna extraña razón, siente la necesidad de mostrarse empático, porque últimamente le ha dado por querer hacer muchas de las cosas que Kristian hace, si bien al otro le desagrada la idea más que nada.
— ¡No otra vez! —Grita, lanzando la cuchara al suelo, manchando la alfombra de cobertura azul y blanca.
Algunas de sus tías ríen ante el espectáculo, Kristian le regala una mirada curiosa —como si por primera vez hubieran hecho clic en algo—, Jacob se apresura a recoger el desastre y Genevieve… lo pone en el corralito, lo que se ha vuelto más y más común desde que empezó a caminar y corretear por ahí —entiéndase: a expandir su radio de destrucción y travesuras—.
— ¡Pero es mi cumpleaños! —Exclama, frunciendo los labios y cruzándose de brazos.
La imagen no resulta particularmente amenazante, tomando en cuenta que está usando el suéter tejido que su abuela materna le obsequió —de un terrible color verde limón, con botones blancos en forma de patito—.
Técnicamente, ha crecido mucho los últimos años: podría escalar por los barrotes de madera y salir, pero, afortunadamente para sus padres, no se ha dado cuenta de eso, por lo que el castigo lo sigue enfurruñando.
—Eso no importa, jovencito. Debes aprender a no hacer pataletas y, sobre todo, a no imitar el mal comportamiento de tu hermano.
Thor vuelve a mirar a Kristian como si fuera su peor enemigo. El niño de nueve años se encoge de hombros, retomando el videojuego que dejó pausado.
—Oye, yo no quepo ahí —dice, sonriente… hasta que la mano de su madre le arranca el control, se lo entrega al niño más cercano, lo pilla por el hombro y lo dirige a donde se encuentra Jacob.
—No, pero tienes manos, así que ayudarás a tu padre a limpiar la alfombra. ¡Y quiero más entusiasmo de su parte! ¡Otro bebé! ¡Es una bendición! —Exclama, mirándolos como si los estuviera retando a quejarse.
Kristian refunfuña por lo bajo y Thor toma un martillo de juguete, abandonado sobre un montón de carritos a escala, para empezar a golpear los barrotes como haría el cliché de un presidiario con una taza.
—O—
La «bendición» termina siendo una niña a la que nombran Alana y, a decir verdad, es el condimento que la sopa de hermanos necesita para terminar con los rodeos de bellacos.
Habiendo sido una entre tres hombres todo éste tiempo, es lógico que Genevieve esté feliz al tener una niña en sus filas, por lo que, aunque nunca los descuida, su atención y esmero se centran, durante los primeros meses, en la bebé, motivo por el que ya no hace rompecabezas con Kristian durante las tardes —porque, en serio, el chico se volvió el menos fanático de la naturaleza desde el cuento de la serpiente— ni corre por el patio de atrás, persiguiendo a Thor o ayudándolo a trepar árboles —después de la sexta vez que lo vio colgando de una rama, entendió que intentar discernirlo no era el camino correcto para tratar con ese pasatiempo, así que se propuso enseñarlo lo mejor posible a hacerlo para evitar accidentes a sus espaldas—, así que a los dos niños no les queda otra opción más que unirse.
—Wow —es lo que dice Jacob al llegar una tarde del trabajo y encontrarlos acampando, debajo de sábanas y muros hechos de almohadas y cojines dispares, en la sala de estar, porque el clima afuera es demasiado fresco para dejarlos pasar la noche ahí sin una verdadera casa de acampada.
Genevieve sonríe, meciendo a Alana en sus brazos.
—Es un sueño hecho realidad —confiere, entregándole la bebé a su marido para ir a la cocina a preparar emparedados.
Esa noche, todos ven una película dentro del fuerte de mantas y, cuando llega la hora de dormir, la mujer no los hace ir a sus habitaciones, pero se retira con la bebé para acostarla y meterse en la cama. Jacob trata de quedarse con ellos lo más que puede, pero, cuando comienza a roncar, Kristian lo despierta con un empujón del pie en la pierna —cualquiera que diga que fue una patada, miente— y el hombre termina tropezando escaleras arriba, en medio de un perezoso bostezo, dejándolos solos.
Kristian se coloca una lámpara de minero en la cabeza e ilumina el rostro de Thor, que se hace pantalla con la mano sobre los ojos para protegerlos del intenso fulgor blanco.
—No eres tan mal hermano —confiesa el primero, dudando un poco, sólo un poco. Le da un golpe suave en la rodilla con los nudillos y Thor lo devuelve: la pequeña peste siempre ha tenido una fuerza extraña, muy exagerada para un niño de su edad—. Me agradas. Aunque no mucho —eso último no es del todo cierto, pero tiene qué decirlo, para que Thor no se haga ideas.
Los hermanos mayores tienen el peor trabajo de todos en una familia: está escrito en la Biblia.
Thor ríe y se tira de espaldas sobre un puñado de cojines, mirando el techo de tela blanca. Por algún motivo, extraña las estrellas. Pequeños puntos amarillos, azules y rojos destellando en un firmamento oscuro lleno de nebulosas de colores.
—Me caes mejor que Alana —concede—. Es llorona y apesta.
Kristian se tiende a su lado y le ofrece el puño para chocarlos.
—Al menos pensamos igual.
—O—
Todo empieza cuando Thor tiene seis años y, a pesar de la promesa que Jacob le hizo a Genevieve el día de su nacimiento —hay un roble allá afuera, creciendo frente a la ventana del niño—, le cuenta las mismas leyendas nórdicas de las que le hablaba su abuela cuando tenía la misma edad, aprovechando que están solos en casa —sin contar a una dormida Alana—, ya que Kristian fue a una pijamada con su mejor amigo y Genevieve salió con sus hermanas, dándose un descanso por primera vez en mucho tiempo.
Está lloviendo, aunque la brisa sólo arrecía a ratos, por lo que pueden pasar varios minutos sin oír el golpeteo de las gotas contra los cristales del extenso rectángulo de ventanas apostado sobre la cama de Thor, donde están sentados, viendo el viejo libro de mitos de la abuela Odinson.
Thor se emociona cada vez que aparece algún dibujo del Mjolnir, gravado con triquetas y trísqueles en los costados y, la tercera vez que pasa, le arrebata el libro de las manos a su padre para verlo de cerca, tocando la tinta de colores con los dedos.
—Es increíble, ¿no? —Le pregunta Jacob, encantado con su entusiasmo, que se ve un poco mermado cuando se da cuenta de algo.
—Pero está mal dibujado, ¿no? No es… igual —la imagen muestra un mango terminado en una T curvada, mientras que él tiene la impresión de que debería ser alargado, tubular y tener en el extremo una correa de piel que se usaba para atarlo al cinturón.
Era piel de bisonte o algo así. Uno que Odín mató, asestándole un golpe en el corazón con la lanza, ¿cuál era el nombre?, ¿Gungnir? —Le duele la cabeza, por lo que la sacude de un lado a otro, como cuando se le mete jabón en las orejas estando en la ducha—. La mayor parte de la piel, impenetrable —dejando la lanza del Padre de Todo fuera de la ecuación, claro—, se usó para hacer diversas cosas, como guantes, botas, capas, pero lo que quedó se usó para la correa del Mjolnir.
A veces, si se concentraba lo suficiente, podía percibir el olor del cuero curtido, en medio de una exhalación de metal y magia que, si bien nació de las manos de los enanos, pronto se embadurnó de todo lo que era representado por Asgard —valor, honor, bravura—.
Pensándolo mejor, de todo lo que creyó que representaba Asgard, que, al final, resultó ser una tierra erigida en pilas de mentiras, tras mentiras, tras mentiras…
Comienza a sentirse mareado, así que tiene que recargarse en el pecho de Jacob para no irse de lado. No tiene fuerzas de repente y su papá le pone una mano en la frente, que se siente demasiado fría en su piel.
Si cierra los ojos, sólo para descansarlos un poco, porque siente los parpados tan pesados como pisapapeles, ¿podrá abrirlos de nuevo? ¿O será como aquella vez, con un cuerpo cada vez más frío entre sus brazos antes de dejar de sentirlo en absoluto?
—Oye, ¿estás bien? —Interrumpe Jacob—. Quizá deba llamar a tu madre: tienes algo de fiebre —puede notar la nota de angustia del hombre.
—Todo me da vueltas —responde en voz baja, porque apenas puede hablar.
Es como cuando saltó del brazo de un sillón hacia el suelo, en casa de la abuela, y terminó pegándose en la cabeza contra el marco de una puerta. En esa ocasión, también estaba mareado… ¿o es más como cuando Jörmungandr se lo tragó y apenas fue capaz de caminar hacia los brazos de… para después…?
Su padre se pone de pie para ir por el teléfono, por lo que termina tumbado contra las almohadas de la cama, de costado, sintiendo el estómago revuelto y algo ácido subiendo por su garganta como ponzoña.
Tira del libro para seguir viendo las imágenes, dando vuelta a las páginas con dedos torpes y cansados. A pesar de que nunca ha sido muy bueno con la lectura, menos de palabras complicadas, puede darle un nombre a cada dibujo sin siquiera tener que ver el pie de página: Mjolnir, Valaskjálf, Hliðskjálf, Sleipnir, Valhalla, Hugin y Munin, Glasir. Cuando las imágenes terminan, vienen las historias, que también están acompañadas de ilustraciones, aunque éstas, a diferencia de las demás, están hechas en blanco y negro, por lo que no le parecen tan llamativas.
Toma un puñado de hojas y las hace correr, deslizando el pulgar por el borde, a gran velocidad, lo que aumenta la sensación de mareo. Sólo es mala suerte que la página al final del montón sea la edda titulada Ragnarök. Apenas sus ojos se deslizan por la palabra, un desfile de imágenes danza, con cabriolas y vociferaciones sin sentido, por su mente, haciendo que apenas tenga tiempo suficiente para estirarse por filo de la cama y vomitar.
—O—
— ¡Está asustado! —Puede oír a su madre diciendo aprehensivamente al otro lado de la puerta cerrada de su recámara—. ¡Tenías que mostrarle ese libro horrible!
Acaban de regresar del médico, quien les dijo que, físicamente, no está enfermo de nada y que, quizás, los síntomas que mostró pudieron ser una reacción psicosomática ante algún estímulo externo. De todas formas, le recetó vitaminas —en inyecciones, como si no odiara a los médicos con suficientes ganas todavía—, reposo y una dieta ligera, en caso de que haya alguna infección metiéndose con sus intestinos.
Su recámara huele a desinfectante. Alguien cambió las mantas de la cama, por lo que está envuelto en una nube esponjosa con aroma a sol y suavizante de telas y, ya que el día cayó mientras estaban en el consultorio, se encuentra sumergido en sombras a excepción de la pequeña lámpara de noche —una esfera girando en una base negra, emitiendo luz verde y dorada con forma de estrellas que bailan por el techo a un ritmo lento—, apostada en la mesita junto a la cama.
Verde y dorado, verde y dorado, verde y dorado…
Jacob no se llevó el libro, que descansa en la cómoda al otro lado de la recámara, por lo que, tratando de no hacer crujir el suelo de madera, se pone de pie y va por él. A hurtadillas, lo mete bajo las cobijas en el momento exacto en que Genevieve abre la puerta y le regala una mirada preocupada.
Es la primera vez que se fija detenidamente en sus facciones, en su delicadeza y palidez, en el tono platino de su cabello ondulado y el color claro de sus ojos.
Tenía otra mamá, ¿no? Una más alta, con una mata llena de rizos perfectos del color de la miel y la piel más aduraznada que la de la persona que está mirando. ¿Cuál era su nombre? ¿Cuál era su nombre? ¿Por qué, si puede recordar el del Padre de Todo, no puede acordarse del de ella?
Se le llenan los ojos de lágrimas y, en cuanto Genevieve lo ve, su expresión se rompe de la misma manera; en un segundo la tiene sentada a su lado, afortunadamente lo bastante lejos para que no descubra el libro escondido a un palmo de sus piernas, abrazándolo con fuerza y llenándole el cabello de besos. Thor se deja hacer, porque tiene la impresión de que, antes, no se lo permitió y eso fue un error grave que lamentó después.
—Estás bien, no tienes nada, bebé —le susurra al oído, acariciándole la cara y permitiéndole percibir el aroma de su perfume (dulce y ligero, no floral) —. Sólo te impresionaste con esas viejas leyendas, ¿cierto? Nada de eso es verdad. No tienes que creerlo. Son tonterías que la gente contaba hace siglos para entretenerse y cayeron en el error de pensar que eran ciertas.
Suena falso. Sabe que es falso y que Midgard era uno de los nueve mundos sostenidos por el Yggdrasil; que Asgard, al verlo a la merced de los demás, siempre más poderosos y amenazantes que el de los simples y mundanos humanos, se atribuyó el deber de protegerlo. Hay gente especial allá afuera y esas narraciones sobre un mundo completamente ajeno debieron salir a la luz gracias a sus visiones de un universo que dejó de existir hace mucho…
Después de que se cumpliera el Destino de los Dioses.
Es extraña, la forma en que se reescriben las cosas.
Cuando la realidad de su vida alterna alcanzó el punto cero de existencia, con Surtur quemándolo todo a su paso para derrotar a Hela, la implosión generada por el fin debió propiciar una explosión de inicio para algo completamente nuevo y distinto…
—No es cierto —susurra y se da cuenta de que la mujer está desesperada por hacerlo creer lo que le está diciendo, por ayudarlo a sentirse mejor, porque a nadie le gusta la idea de que, a los seis años, su hijo se perturbe con el pensamiento del fin del mundo, menos uno tan violento y lleno de sangre y dolor.
—Oh, cariño —la ve llorar y, ésta vez, en lugar de dejar que sus lágrimas se deslicen por su cara hasta golpear el edredón, levanta las manos para limpiarlas con sutileza, porque no puede creer que a ella la dejó llorar sin hacer nada e incluso se sintió feliz al verla destrozada por…
Fue un hijo terrible, ¿no es así?
Genevieve lo envuelve en sus brazos, tira de él para sentarlo en su regazo y le susurra cuentos de hadas al oído, tratando de ayudarlo a conciliar el sueño, aunque mentirían si dijeran que alguno pudo pegar el ojo en toda la noche, siendo una fuerte tormenta que se desató en la madrugada su único compañero en medio de la oscuridad, sólo amortiguada por los colores de...
—O—
Las visiones comienzan poco después y de forma esporádica.
A veces, sólo sueña con los pasillos inmaculados del Valaskjálf, con la Sala del Trono donde se encuentra el Hliðskjálf o con el hogar de Heimdall, el Himinbjörg, conectado a un Bifröst que sigue brillando, a pesar de estar desolado, encima de las siempre impresionantes cataratas de aguas azules, verdes y llenas de espuma. Sueña con el Glasir, los caballos alados de las valquirias y las montañas circundando los costados de Asgard, pero nunca con personas.
Gracias al libro —que conservó a escondidas, a pesar de que está seguro de que su padre está al tanto de dónde se encuentra una de las piezas más representativas de su biblioteca personal—, sabe que el nombre de la mujer en la que no ha podido dejar de pensar es —… ¿era?— Frigga, quien es la esposa de Odín, el Padre de Todo, y su madre, así como la de… la de…
¿Quién?
Una cosa es que el libro se lo diga y otra, muy diferente, es el gran vacío en su mente, que se niega a soltar el nombre como solía pronunciarlo en aquél entonces, casi como si la oscuridad del final también se lo hubiera tragado y hubiera olvidado escupirlo, como, al parecer, hizo con él.
¿Quién fuiste todo ese tiempo?
En ocasiones, puede pasar noches enteras llorando pensando en eso, sin que ningún miembro de su familia le encuentre una razón lógica a sus arrebatos —ni siquiera Genevieve, que gasta sus tardes con la cabeza enterrada en sus viejos libros de psicología. No ha ejercido desde que Alana nació, pero eso no pone freno a su inquietud de encontrar el motivo por el que su niño de seis años lo está pasando tan mal—.
Quisiera poder decirles la verdad de lo que ocurre dentro de su cabeza, sin embargo…
Puede notar los nervios agobiados de la mujer, las profundas ojeras bajo sus ojos y el malestar de su padre y hermano —porque Alana, afortunadamente, sigue sin tener la edad suficiente para enterarse de algo— y se siente impotente al no saber qué hacer para reparar lo que rompió.
Si mal no recuerda, siempre falló en ese rubro y eso sólo hace que se sienta peor.
Los dolores de cabeza se vuelven una constante en su —nueva— vida, al igual que la ansiedad, el insomnio y los ataques de pánico.
Cuando Genevieve reconoce que, quizás, no es la persona adecuada para sacar a su hijo adelante, lo lleva con una colega, especialista en depresión infantil, para recibir terapia.
Es divertido que lo primero que piensa al cruzar el umbral del consultorio es algo que él dijo en un momento de rabia como el que siente en éste momento: ¿pensaste que crecería mejor siendo el hermano de Thor, Dios del Trueno? ¿Que su sombra me haría más grande?
Aunque no del todo, ahora entiende cómo debió sentirse aquello, porque, a su corta edad, el mundo se le ha venido encima —como si no se le hubiera caído otro ya— y, debido a eso, está viviendo a la sombra de lo que fue antes, hace mucho, mucho tiempo…
El poderoso Thor.
—O—
Cuando queda claro que la terapia no funciona para él —porque apenas abre la boca para hablar con la especialista—, lo llevan con un psiquiatra, que pretende aclarar sus problemas con medicamentos, así que, al cumplir ocho, tiene el cerebro adormecido la mayor parte del tiempo gracias a un puñado de pastillas, pero, al menos, los sueños ya no son constantes, ya no tiene a un Dios mirando a través de sus ojos en los momentos menos esperados y, afortunadamente, tampoco se ve obligado a devanarse la cabeza recordando a personas que nunca existieron en éste universo, pero sí en otro.
Aquí, tiene una mamá diferente, un papá diferente, un hermano diferente y una hermana diferente. Ninguno tiene qué ver con lo que conoció en, ¿qué?, ¿una vida pasada?, y, si debe preocuparse por alguien, es por ellos, por sí mismo y nadie más.
Ya bastante daño les ha hecho al no poder lidiar con todo esto y, es cierto, a ésta edad apenas tiene idea de cómo hacerlo, pero, ¿no deberían servirle para eso las memorias del otro… sujeto? — ¿de su otro yo? ¿Cómo debe llamarlo? Ambos se sienten como Thor, y, a la vez, no—.
Genevieve luce estresada todo el tiempo, como si Thor la hubiera programado de esa manera permanentemente, pero trata de seguir funcionando para sus tres hijos y esposo lo mejor que puede. De todos, su depresión la ha golpeado más que a nadie, lo cual lamenta y no sabe cómo reivindicar.
Éste año, para celebrar el cumpleaños de Alana, en vez de organizar una reunión familiar deciden ir a acampar —es una sorpresa que Kristian no se queje (la última vez que mencionó su fobia, Thor rompió en un llanto desesperado que duró horas) —, aunque, técnicamente, no debe ser acampar si rentas un RV.
En cuanto llegan a un claro junto al río —Genevieve le lanza una mirada preocupada ante la ubicación, como si temiera verlo desaparecer entre las aguas al menor descuido… Dios, si supiera—, Jacob saca la parrilla y extiende la lona en el costado del techo del auto para protegerse de los brillantes rayos del sol. Kristian le pregunta a su madre si puede sumergir los pies en el agua y, cuando Thor la mira, con la clara pregunta de ¿puedo hacer lo mismo? En las pupilas, la ve pasar saliva con aprehensión antes de asentir.
Es un día precioso, con montañas a los lejos escarchadas de blanco y un viento fresco que lleva el aroma de la hierba consigo, pero, para él, todo sigue teniendo un aspecto gris.
—Quédense en la orilla, donde pueda verlos —advierte, sentada en una silla plegable, con una Alana peinada con coletas apoyada en las rodillas, y Kristian acepta de inmediato.
Su relación ha mejorado tanto desde la llegada de su hermana, que Thor sospecha que el otro preferiría ahogarse antes que verlo hacerlo. Eso sólo lo pone más triste.
No puedo verte morir…
Suspira con desencanto, sigue a su hermano y se quita las botas tras sentarse en el pasto, las hace a un lado, al igual que sus calcetines y se arremanga el pantalón. El agua está tibia gracias al sol y, en medio de la neblina que hay dentro de su cabeza, el contacto es agradable, si bien los reflejos de la luz en ella lo hacen sentir al borde de un ataque epiléptico.
Kristian se acomoda a su lado y le pone una mano en el hombro. Comienza a patear el agua, formando olas que los salpican y, sólo para complacerlo, hace lo mismo, aunque sin demasiado frenesí.
Puede escuchar una orquesta de aves en la distancia y, de vez en cuando, verlas sobrevolar por encima de sus cabezas, llevadas por las intensas corrientes de aire. Al otro lado del claro, hay otra familia haciendo un picnic: tienen un perro magnífico — ¿un Alaska, tal vez?—, que corre detrás de un par de niños pequeños, ladrando con arrebato de vez en cuando. El sonido perfora el ambiente y resuena sobre el agua como un eco, haciéndolo levantar la cabeza cada tanto.
No había perros en Asgard, sólo lobos.
Vuelve a suspirar.
La mayor parte del tiempo es Thor Odinson, un niño común y corriente, pero con pésima suerte, sin embargo, cuando la tristeza se vuelve demasiado espesa, justo como ahora, no puede evitar verlo todo como Thor, el Dios del Trueno, con una vida demasiado complicada que su cerebro sin desarrollar sigue sin poder desenmarañar por completo —y no es que quiera—. Si pudiera tomar toda la información acerca de esa existencia, meterla en una caja de metal, cerrar el broche y lanzarla a éste mismo río para dejarla oxidar en el fondo, lo haría con gusto, porque no es justo que ésta vida, que apenas comienza, se esté viendo manchada y opacada por todo aquello.
Genevieve, usando un overol de mezclilla encima de una blusa rosada de manga larga, se sienta a su lado en el pasto y permite que Alana juegue como sus hermanos. Le sujeta la muñeca para que no caiga al agua cuando la niña quiere estirarse y tomar algo de la orilla, que parece una roca ovalada. Cuando Alana la levanta en el aire, Thor puede ver que es de un color verde intenso en cuanto es alcanzada por la luz y, de inmediato, siente el corazón dándole un vuelco en el pecho… sobre todo cuando la niña se la lanza al regazo con una fuerza que hace que se queje de dolor —bueno, al menos no fue un tirón de cabello. ¿Por qué tiene tan mala suerte con sus hermanos menores? En cualquier existencia, vaya—.
Frunciendo el ceño, más por el ataque repentino que por la punzada en su pierna, toma la piedra y la hace girar entre sus dedos, mientras el ambiente comienza a llenarse con el aroma de la comida siendo preparada en la parrilla a pocos pasos de distancia.
Ésta, en vez de las otras, es opaca y un poco más grande y aplanada, está húmeda, manchada de lodo y huele a tierra, pero le gusta, porque es similar a las que recuerda —a la primera que Loki le dio, antes de ir a Muspellheim—. La coloca en la palma de su mano derecha para verla por largos segundos y, cuando Alana hace ademán de recuperarla, la levanta por encima de su cabeza para evitar que la tome. En medio del gritoneo de la niña — ¡dámela, es mía, Thooooor!—, la observa a contraluz, cerrando un ojo para no ser cegado por el sol en lo alto del cielo, y no puede evitar sonreír.
Te prometo que el sol volverá a brillar para nosotros.
¿Entonces en dónde diablos estás, maldito mentiroso?
Genevieve hace un sonido nasal a su lado, llamando su atención con un sobresalto, por lo que está a punto de perder la piedra en el río, pero Kristian logra atraparla antes de que se le resbale por completo de las manos. A diferencia de lo que hubiera hecho Alana, se la entrega y Thor la aferra en un puño muy apretado.
—Si te gusta, podemos pedirle a tu padre que la perfore para hacer un collar —propone su madre, con ojos brillantes.
Ahora recuerda que ha pasado mucho tiempo desde la última vez que sonrió así.
Kristian hace un ruidito de disgusto —porque está en esa etapa de la vida en la que todo lo que le recuerda a una niña lo hace sentir asqueado— y Thor niega con la cabeza, aunque no por lo mismo.
—No, está bien así —de todas formas, lo que Loki le daba era un broche, no un collar.
Genevieve le da un beso en la sien y le acaricia el cabello con ternura.
—Como tú quieras, cariño —le asegura y Thor hace su mejor esfuerzo por sonreírle de nuevo, aunque no tiene idea de si lo consiguió.
Alana, en represalia por haberle robado su piedra, le lanza al pecho un montón de lodo que da inicio a una guerra entre los hermanos —Genevieve participa, levantando a Alana para correr con ella en brazos por el prado cuando la niña se ve superada por los otros dos—. Es divertido: extrañaba oír los coros de risas de su familia y, sólo por un instante, lucha por ser Thor Odinson en vez de El Otro, más por ellos que por sí mismo.
—O—
Con el pasar de los años, comienza a acostumbrarse a ésta nueva vida y, conforme ocurre, su mente deja de verse tan perturbada por los recuerdos de Asgard y sus habitantes.
Logra colocar el libro de mitos en lo alto de su armario, debajo de un puñado de cajas de juegos de mesa, y dejar al Dios del Trueno en la parte más profunda de su cabeza para concentrarse en ser sólo Thor —porque no es como si todo aquello pudiera volver a sus manos, de todas maneras, así que no vale la pena anhelarlo—.
Pronto, puede abandonar los medicamentos, aunque debe volver a las terapias, cada dos semanas, sólo para asegurarse de que todo marche bien. Da su mejor esfuerzo para hablar con la especialista, al menos de la superficie de sus preocupaciones, para hacer valer las consultas y no angustiar a su familia.
Se une a un equipo de futbol en la escuela, toma algunas clases de defensa personal extracurriculares —porque un Thor sin sangre caliente en las venas, no es un buen Thor— y trata de recuperarse en las clases lo mejor que puede, con ayuda de sus padres y hermano. Cuando se dan cuenta de que le cuesta algo de trabajo seguir el hilo de las cosas —a ésta edad, en Asgard, estaba aprendiendo a hablar el idioma de los Groot y un montón de otras cosas que sí le serían útiles en la vida, no álgebra ni geometría ni nada de esas tonterías—, le contratan un tutor privado y, okey, se siente avergonzado —completamente humillado—, pero se esmera en aprovechar la oportunidad, por lo que pronto sus calificaciones mejoran y puede sentirse bien consigo mismo en ese ámbito.
En ocasiones, cuando Alana pone música a todo volumen en la sala de estar, se une a sus bailes ridículos sólo para acompañarla y se siente como si hubiera logrado algo increíble cuando nota la sonrisa, aliviada y deslumbrante, de su madre, espiándolos desde la puerta de la cocina.
—O—
Al igual que todo lo referente a Thor, envuelve los recuerdos de Loki en un lienzo muy grande y grueso, lo coloca en un baúl sellado y procura patearlo hasta el fondo del gran desván lleno de telarañas que es su cabeza, porque todo lo relacionado a él es mucho y no tiene idea de cómo empezar a desmenuzarlo para entenderlo parte por parte.
Tal vez ni siquiera se pueda, ya que, al final, descubrió que tampoco lo entendió mucho en su otra vida.
No tiene la edad suficiente, tampoco, para tener la cabeza ocupada por ojos verdes, cabello suave y el aroma del bosque impregnado en una piel demasiado fría…
—O—
Cuando consigue su primera novia, no duran más de un mes juntos y trata de convencerse de que no fue su culpa —a pesar de que las evidencias lo refutan—. No es que fuera una mala pareja, es sólo… que le costó algo de trabajo no ser distante —y dejar de sentirse como si le estuviera siendo infiel a alguien. Sí, es algo que lo hizo fruncir mucho el ceño—.
Es graciosa, ¿no? La forma en que la mente de las personas puede funcionar en ocasiones. Peor cuando se tienen recuerdos de otra existencia.
Con quince años, cabello largo — ¡pero no está taaan largo, mamá! — y una altura que ya sobrepasa la de su padre y hermano, se tira en el diván del estudio de su madre una tarde, mientras ella teclea en el ordenador de escritorio —hace poco volvió a trabajar, dando consultas a chicos con problemas como los que Thor tuvo en la infancia—. Cruza las piernas en el extremo del mueble, por el que sobresalen sus botas, y se coloca un brazo encima de los ojos para no ser deslumbrado por los rayos de sol que se cuelan por el ventanal, de cortinas descorridas, a su lado.
El viento mese las hojas de los árboles en el jardín del exterior, creando contrastes de oscuridad y fulgor que se reflejan en el vidrio.
Se remueve hasta encontrar una postura cómoda, oyendo el sillón crujir bajo su peso.
— ¿Necesitas algo? —Le pregunta la mujer, sin detener su trabajo.
Desde hace un año ha empezado a usar gafas, lo que le confiere un aspecto más profesional. Kristian y Thor suelen hacerle bromas acerca de que seguramente las emplea sólo por eso, ya que se siente intimidada por no haber ejercido por años y quiere volver al campo laboral con todo lo que puede dar —los coscorrones son habituales en ésta casa, nadie puede negarlo, pero, oye, todo se volvió más agradable en su vida desde que sus familiares dejaron de tratarlo con pinzas, por lo que le fue fácil volver a ese tipo de convivencia sin sentirse forzado o incómodo—.
—Si me gustaran los chicos, estaría bien, ¿cierto? —Pregunta y ni siquiera sabe de dónde salió eso: vino a preguntarle si les quedaban galletas, porque nunca encuentra nada en la cocina a menos que se lo pongan frente a la nariz.
El tecleo se interrumpe y es consciente de que ella lo observa con atención de águila desde el otro lado de la habitación, pero, sólo por seguridad, mantiene la mirada oculta debajo de su brazo.
Como un eco, puede escuchar a alguien caminando por los corredores del segundo piso, música proveniente de alguna habitación, el sonido de los autos al pasar por la calle delante de la casa, la campana de una bicicleta en la distancia.
Así no es como se tocan éstos temas, Thor, dice una voz cotilla dentro de su cabeza que suena igual de aguda y fastidiosa que la de Alana. Once años y es toda una desconsiderada. Igual: la aprecia. Tiene que.
— ¿Te gustan los chicos? —Le pregunta Genevieve con incredulidad.
Auch, como si no pudieran gustarle o como si fuera algo exclusivo de otro tipo de personas. Podría salir con un chico y hacerlo bien si se le diera la gana.
Se encoge de hombros y frunce los labios.
—Algo —y sólo un tipo específico, como ese estudiante de intercambio alemán: cabello negro, ojos verdes, aire de hijo de…—. No sólo ellos —termina, haciendo una floritura con la mano que cuelga por el borde del diván, como si estuviera hablando de cualquier cosa menos de, uhm, esto.
Hay una pausa significativa antes de que Genevieve suspire y murmure por lo bajo. Está usando ese tono de acabas de preguntar algo muy estúpido, hijo mío.
—Por mí, está bien —responde con total seguridad antes de volver a teclear, lo que puede interpretar como un gesto aprobatorio con el pulgar, porque Genevieve nunca ha sido ese tipo de mujer que juzga a los demás sin haber vivido la experiencia en su propia carne.
Cuando Thor la mira, hay una pequeña sonrisa en la comisura de sus labios, lo que le permite exhalar todo el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Cosas como ésta, en Asgard, no eran un problema —a menos que te enamoraras de tu supuesto hermano menor, obviamente—, pero en Mid… la Tie… ¿aquí?, sí lo es y la gente suele ponerse loca al respecto por un motivo que, ciertamente, no consigue comprender. Siempre ha pensado algo como mientras no te afecté, ¿qué más te da? Pero los demás no son tan easy going como él o el resto de su familia.
Supone que la pregunta salió al aire porque, bueno, por más que trate o quiera convencerse de que así es, siempre hay una parte de su mente pensando en…
Eso es lo más difícil de su vida hoy en día: extrañar el amor de un recuerdo. Uno mentiroso, hipócrita, aprovechado, frágil, roto, necesitado, que quiere volver a ver por encima de todas las…
A veces, lo que más recuerda del otro universo son las manos de Loki entre las suyas, susurros en su oído y besos que pretendían pasar por otra cosa, largas noches hablando de tonterías mientras se esforzaban por ignorar lo obvio que, después, el Destino se encargó de arrojar en su dirección como una gran bola de boliche. No es divertido ser un pino, vamos —aunque sí lo es poder hacer este tipo de analogías acerca de su propia vida—.
Gimotea, lo que hace que su madre detenga el tecleo de nuevo y lo mire con aprehensión. Lleva años sin tener una crisis como las de su infancia, pero sabe que los demás se mantienen en alerta por si acaso.
Trata de levantarse con toda la dignidad que le queda —al parecer, Loki se la quita esté en el mundo en el que esté— y mirarla como si no tuviera un nudo en la garganta —si la pubertad era un rito de pasaje para los asgardianos, en éste desgraciado universo no es más que una prueba a su control hormonal. Ser un adolescente apesta, sobre todo porque, a diferencia de en Asgard, aquí no puede golpear a nadie… es decir, nada. No es que quiera ir por ahí golpeando personas—.
— ¿Quedan galletas? —le pregunta, quizá con una voz más aguda de lo necesario, y Genevieve lo observa, ladeando la cabeza, con una ceja enarcada y ojos llenos de zozobra.
¡Otra vez!
—O—
Cumple dieciséis y pasan dos cosas —para su desgracia (¿o beneficio? Ya no sabe), no se desata una batalla en ninguna parte—: la primera, es que a su padre le ofrecen un mejor trabajo en Estados Unidos, en uno de los laboratorios de estudios médicos más grandes de América, por lo que, aunque les cuesta un poco de trabajo tomar la decisión al principio, pronto se encuentran empacando sus cosas para partir —Kristian, que es mayor de edad, decide quedarse en Oslo, por lo que, por primera vez, serán sólo Alana y Thor acompañando a sus padres—.
La segunda es que, semanas antes de partir, tras salir de la ducha —empapado de pies a cabeza, envuelto sólo en una toalla y descalzo—, trata de conectar el horno de microondas en la cocina y, accidentalmente, toca con el dorso del dedo el conector al meterlo en el enchufe.
Vaya forma de descubrir cosas.
Hay una descarga eléctrica que lo manda volando contra la mesa de madera en vez de mantenerlo pegado a la corriente, todas las bombillas de la habitación estallan con un estrépito de cristales rotos y el voltaje baja en toda la casa hasta que cada uno de los aparatos deja de funcionar con un zumbido que suena igual que un panal de abejas furiosas —afortunadamente, la mayoría de los electrodomésticos están empacados, por lo que no hay bajas demasiado graves—.
Alana, su única acompañante, ya que sus padres están fuera, encargándose de los últimos detalles de la partida, baja corriendo las escaleras, jadeando y con el rostro blanco de temor.
— ¡¿Qué pasó?! —Exclama al verlo tirado en el suelo, con la mesa volcada a sus espaldas—. Mi grabadora reventó. ¿Qué hiciste?
El punto es que no tiene idea.
—O—
Por alguna clase de milagro, sus padres no hacen preguntas, gracias a que, al parecer, al otro lado del vecindario estalló un transformador, por lo que toda la cuadra se queda sin luz por horas y otros hogares ven desperfectos similares a los suyos. Alana no les menciona la forma en que lo encontró en el suelo —tal vez por vergüenza, ya que, después de preguntarle qué diablos había pasado, se echó a reír como desquiciada hasta que le dolió el estómago (¿en cualquier universo sus hermanas siempre están locas?)—, así que los Odinson no tienen motivos para sospechar que la causa del accidente fue que su hijo —quien, por casualidad, tiene al Dios del Trueno nórdico metido en la cabeza, porque, hola, vidas pasadas— recibiera una descarga eléctrica que no lo hirió ni lo mató.
De hecho, se sintió sólo como un cosquilleo en las puntas de los dedos. Nada más. No fue similar a ese momento dentro de Jörmungandr y tampoco a usar el Mjolnir, pero…
Se pregunta si es algo por lo que debe preocuparse, siendo quien es.
—O—
En Estados Unidos, comienza a sospechar que no es así, ya que aquí, a diferencia de en Noruega, donde la gente tiene mayor libertad y aceptación, queda claro que hay personas especiales en medio de una lucha campal contra el gobierno, tratando de obtener derechos y leyes que los reconozcan constitucionalmente como lo que son: mutantes o los denominados Hijos del Átomo —suena estúpido, lo sabe, y es un poco depresivo, porque no es lo mismo ser un Dios todo poderoso con poderes increíbles e innatos que simplemente tener un desarrollo genético diferente al de la mayoría de la población mundial—.
Los mutantes no son un tema de conversación típico en Noruega, gracias a que, allá, a la gente simplemente le da igual y son personas reconocidas ante la sociedad, aunque no abundan o, mejor dicho, no van por ahí predicando lo que son, como pasa en América. En la escuela, vio el tema en sus clases de biología e historia, a pesar de que no estaba lo suficientemente actualizado, ya que el debate, en sí, empezó a salir a la luz a partir del año mil novecientos ochenta y tres —cuatro años antes de su nacimiento—, si bien el conocimiento de éste tipo de personas ha estado ahí afuera desde los sesentas y setentas, sobre todo después del incidente militar en Bahía de Cochinos. Aquí, apenas llegar, se encuentran con marchas a favor del movimiento mutante —pero más en contra—, publicaciones acerca de estudios científicos que favorecen —y muchas más que desacreditan— a aquellos que nacieron con una habilidad especial y, pronto, le queda claro qué clase de investigación estará haciendo su padre en el laboratorio.
Ningún Odinson está contento: Genevieve, que siempre ha llevado una pancarta de Igualdad para Todos atornillada en la espalda, cree que los mutantes son personas como los demás y que deben ser tratados con respeto y tolerancia —rápidamente, decide no volver a ver el televisor, sobre todo en horas entre las doce y las dos de la tarde, cuando los programas de chismes no hacen más que burlarse de las voces del movimiento a favor de los mutantes, como la Escuela de Xavier para Jóvenes Dotados y sus profesores, que han soportado los ataques con estoicismo por décadas—, Jacob comienza a sudar frío ante la perspectiva de trabajar para un laboratorio que ha declarado abiertamente que una de sus intenciones es encontrar una cura para el mal mutante y Alana empieza a mostrar tics nerviosos, como morderse las uñas y mover la pierna de arriba abajo a gran velocidad, cuando se da cuenta del bullying que experimentan algunos de sus compañeros de clase.
Thor, al mismo tiempo, decide mantener lo suyo por debajo del agua, no por la fobia anti-mutante, sino porque no le interesa volver a ser Thor, el Dios del Trueno. Hace mucho se propuso concentrarse en vivir sólo como Thor Odinson y va a lograrlo cueste lo que cueste.
—O—
No es tarea sencilla.
En la nueva escuela, una institución donde se imparten clases primarias, secundarias y preparatorianas, por lo que se puede ver a chicos de todas las edades deambulando entre los tres grandes edificios que la componen, se une al equipo de futbol americano a las pocas semanas de iniciar el curso y, casi de inmediato, se da cuenta de lo injusta que puede ser la vida para algunos si no hay alguien ahí que le ponga un alto a los bravucones.
Soporta todo lo que puede, tratando de mantener la cabeza agachada porque le interesa poco meterse en problemas, hasta que el asunto se vuelve demasiado grande para seguir ignorándolo, como hacen la mayoría de las figuras de autoridad a su alrededor —incluso la profesora con el dorso de la mano lleno de bonitas escamas verdes y pupilas de reptil se hace de la vista gorda, sólo para no meterse en una diatriba por su cuenta y no perder el empleo, que pende de un hilo—.
Ha visto niños de la edad de su hermana caminando por ahí con ojos morados, niñas llorando hechas un ovillo en los rincones menos esperados y compañeros de clase transformándose lentamente en zombis como mecanismo de defensa para lidiar con el abuso. No puede tolerarlo más.
Uno de sus compañeros de equipo es un mutante con la habilidad de camuflarse, como un camaleón, y la mayor parte del tiempo tiene que escuchar las burlas de los demás por eso. Cuando el acoso se vuelve demasiado grave una tarde, después de la práctica, interviene, porqué tienen al chico — ¿cuál es su nombre? ¿Ben Qué?— encasillado en una de las regaderas del gimnasio, tirado en el suelo, temblando de miedo, mientras le exigen a gritos que les muestre su habilidad si no quiere meterse en líos. Está harto, así que se levanta de la banca donde estaba atándose los cordones, va hacia el bravucón más grande —Joshua Algo—, porque sabe que, si derribas a ese primero, los demás lo siguen luego— y, sin pensarlo dos veces, lo sujeta por el cuello y tira de él hacia atrás sin dificultad, arrastrándolo en medio del corro de amigos boquiabiertos para alejarlo de su víctima y frenarlo de una condenada vez.
— ¿Tienes algún problema, Odinson? —Le pregunta el chico cuando lo suelta, mirándolo a la cara con ojos desafiantes (unos que no lo espantan porque, ya sabes: Dios del Trueno. Aún si fue en otra vida, enfrentó gigantes de hielo, de fuego y la locura del hombre al que amaba, lo que terminó arrastrándolos a los dos al infierno).
—En realidad, quien debe preguntarte eso soy yo: ¿tienes algún problema con él? —Hace mucho fue un rey que combatió las hordas de cadáveres de la Diosa de la Muerte: nadie puede verlo a los ojos con semejante falta de respeto y no sentir que le tiemblan las rodillas ante ese tono de voz.
…En cuanto acabe aquí, volverá a ser Thor, sólo Thor.
—Es un jodido mutante —responde Joshua, frunciendo el ceño y haciendo una mueca de asco, como si Thor no pudiera sumar dos más dos como todos los demás—. No queremos mutantes aquí. No son iguales a nosotros. Todos deberían morirse.
La ira se solidifica en su estómago.
No es la primera vez que se encuentra de frente con la estúpida arbitrariedad de alguien, pero la de un adolescente confundido siempre es todo un espectáculo que ver: son tan capaces de llegar a los extremos sin reconocer límites, que no les importa caerse por el precipicio siempre y cuando se lleven un buen puñado de personas detrás.
—Claro, porque eres tú quien decide quién vive y quién muere o quién vale algo y quién no —si suena más molesto de lo que estaba antes, no puede contenerlo: cosas como éstas hacen que le hierva la sangre. Tal vez antes del Reinicio los midgardianos merecían ser protegidos por los dioses, pero ahora… no siente más que lástima por ellos. Y por sí mismo que, técnicamente, es uno también. Ve a Joshua pasando saliva y le sonríe, dándole una palmada en la cara, de la misma forma en que hace Alana con él cuando no le está prestando la atención que quiere—. Vamos a hacer una cosa: si te vuelvo a ver maltratando a alguien sólo porque te sientes con el derecho autoimpuesto de hacerlo, a pesar de que no eres más que una miserable rata inmunda con problemas de autoestima, entonces me meteré contigo. Y no te va a gustar. Llevo mucho tiempo queriendo desquitarme con alguien y, créeme, no quieres ser esa persona. ¿Entendiste?
Joshua palidece —debe ver algo en su expresión que lo obliga—, pero, al mismo tiempo, no quiere dejarse vencer, menos por un recién llegado, eso queda más que claro.
Antes de que el puño impacte con su cara, Thor lo sujeta y lo retuerce hasta que tiene al chico de rodillas en el suelo, gimoteando de dolor. Es algo que se siente tan familiar y, a la vez, tan nuevo, que tiene que obligarse a soltarlo cuando percibe las chispas de energía moviéndose por la palma de su mano hasta su brazo, provocándole un cosquilleo intenso en todo el cuerpo. Lo último que quiere es electrocutar a alguien y hacer llorar a su madre otra vez, por lo que respira hondo, tratando de controlarse.
Cuando todo termina, los que antes seguían a Joshua comienzan a burlarse de él sin tapujos, señalándolo y riendo a voces. Alguien le da una palmada en el hombro, como si lo estuviera felicitando por humillar al otro y, cuando voltea para ver de quién se trata, se da cuenta de que Ben escapó del cubículo —o, quién sabe, tal vez sigue por ahí— y, con un suspiro, da media vuelta para tomar su maleta de deporte y salir de las regaderas, tratando de dejar el escándalo atrás.
—O—
Por supuesto, lo reportan por atacar a su capitán de equipo y las palabras impresas en la hoja de papel son tan intensas, que su madre se pone roja hasta las raíces del pelo conforme las lee, moviéndose de un lado a otro por la cocina como un jaguar captivo. Ya se había dado cuenta de que su entrenador era uno de los principales anti-mutantes de la escuela, de todas formas. El muy imbécil.
— ¡Golpeaste a un alumno! —Exclama Genevieve sin poder creerlo cuando termina de leer, mirándolo con ojos desorbitados. Le está hablando en su lenguaje natal, lo que sólo sirve para puntualizar lo molesta que está.
No fue su intención mostrarle la hoja a la hora de la cena, sólo abrió su mochila para sacar un boli que su padre le pidió y ella notó el sello impreso en el sobre, resaltando por el borde de una de sus libretas. Lo tomó antes de que pudiera evitarlo —pero qué reflejos, muchacho— y se enteró del pequeño tumulto, dejando su plato con ensalada a un lado para favorecer una creciente rabia.
Thor trató de hacer caso omiso de sus exclamaciones murmuradas y seguir comiendo… hasta este momento, en el que los ojos de su madre son demasiado afilados para ignorarlos, pues están fijos en su cara como dardos. Es decir, quiere llegar a la adultez: Genevieve puede ser peor que pelear con un cocodrilo a puño limpio y eso es revelar bastante, tomando en cuenta que, en cierto momento, lo hizo.
—No lo golpeé: lo detuve —explica, tratando de no dejarse intimidar. Esa debe ser una táctica paternal: hacer sentir a los hijos pequeños en comparación a ellos para demostrarles qué hicieron mal, pero él no siente que haya cometido un error—. Estaba acosando a un chico por ser mutante. Me pareció incorrecto y tuve que hacer algo —finaliza, encogiendo los hombros antes de tomar cuchillo y tenedor de nuevo para atacar una patata horneada.
Jacob le da golpecitos en el brazo a manera de felicitación y, como ocurría cuando era pequeño, se detiene cuando nota la mirada poco amistosa de su esposa.
¿Queda claro ahora?: intimidante. Algo así como una leona caminando de frente en tu dirección.
Piensa que Frigga tenía otra forma de serlo, una más sería y calculadora, cuando Genevieve puede ser puro calor y entrañas. La comida se amarga en su boca, por lo que tiene que obligarse a pasarla, aunque su garganta no coopera. Trata de distraerse bebiendo un largo sorbo de agua para conseguirlo.
Alana mantiene la vista fija en su plato, al otro lado de la mesa. El cabello castaño, lacio y largo, cubriéndole el rostro como si fuera una pantalla. Es extraño que no haya abierto la boca aún, ni siquiera para burlarse de él. La patea por debajo de la mesa —con delicadeza— para incitar una reacción, pero la niña lo ignora.
Desde que llegaron a Nueva York, la ha sentido extraña…
—Esas personas pueden defenderse solas, Thor. Estoy orgullosa de ti por querer proteger a los demás, pero ésta familia no necesita meterse en problemas que no le corresponden. Pueden expulsarte —trata de explicar la mujer con toda la maternidad posible embadurnando su voz.
No funciona. Diga lo que diga, Thor no se arrepiente de haber ayudado y, ahora que empezó, tampoco piensa parar, pero no necesita torear el panal de avispas diciéndole eso, ¿verdad? —A Frigga se lo habría revelado sin dudar y ella sólo habría fruncido el ceño, resignada ante su decisión, pero Genevieve lo sujetaría por la oreja y lo mandaría a su habitación sin terminar de cenar. Madres—.
Alana se aclara la garganta y mira a Genevieve con una expresión de angustia en las facciones. Es la primera vez que la ha visto de esa forma, así que, de inmediato, siente un nudo en el estómago: es protector con su hermanita, ¿de acuerdo? Está en su contrato de hermano mayor y está seguro de que si Kristian estuviera aquí, se sentiría igual que él.
— ¿Y si nos corresponden? —Pregunta, ansiosa, frunciendo los labios como si hubiera probado un sabor desagradable.
Genevieve la contempla, tomada por sorpresa momentáneamente. Su expresión se suaviza de inmediato.
—Cariño, lo que le pasó a tu amiga no fue más que un accidente, ¿de acuerdo? No te preocupes pensando en eso —trata de consolarla, acercándose a ella para acariciarle el cabello.
Thor pasa saliva: vio la noticia en la televisión y fue bastante desagradable enterarse de esa manera. No quiere imaginar cómo fue para su hermana, que conocía a la chica y acudió, en un par de ocasiones, a su hogar para hacer los deberes; ahí, seguramente, conoció al resto de la familia.
Si mal no recuerda, el nombre de la chica era Jenny y fue a ella a quien vio llorando en el hueco debajo de las escaleras en uno de los edificios de la escuela. En aquél momento, sólo la ignoró, porque nunca ha sido bueno consolando a las chicas, pero ahora piensa que, quizá, debió acercarse, tratar de confortarla. A pesar de todo, no habría servido de nada.
—No, otra compañera dijo que cortaron los frenos del auto porque su hermana era mutante —Thor hace una mueca: no quiere que nadie vaya por ahí cortando nada en los vehículos de sus padres por ser mutante… aunque, para ser sinceros, no se considera uno, por más que lo sea. Es posible que la electroquinesis no sea más que otra manera en que la vida, ésta vida, está queriendo burlarse de él. Ni siquiera le agradan sus poderes (no en ésta realidad). Le gustaba usarlos con el Mjolnir y, ya que la única vez que pudo probarlos sin él fue rumbo al intestino de una serpiente gigante, pues…—. Son algunos de los chicos que se reúnen por las tardes en los callejones cerca de la escuela, todos lo saben. Tienen una pandilla anti-mutante y dicen que van ahí para averiguar quién es uno y después atacarlo.
Malnacidos.
¿Enserio hay gente así?
—Bueno, nadie aquí es mutante, así que… —Jacob se encoge de hombros, como si con eso zanjara la situación, aunque el desagrado está recalcado con gis en los contornos de su cara—. Lo mejor que podemos hacer es tratar de mostrarles a esas personas que no todos están en su contra. El mundo cambia constantemente y pronto llegará el momento en que la gente comenzará a aceptar lo que no puede moldear a su gusto, como ha pasado con tantas otras cosas.
»—No es culpa de los mutantes ser de esa manera. ¡Caray! Ni siquiera estoy seguro de que la palabra no resulte peyorativa —intercambia una mirada con su esposa, quien asiente, sin dejar de acariciar la espalda de su hija con cariño—. Algunos los tratan mal porque les asusta lo que es distinto, otros, lo hacen por mera envidia o porque los grupos sociales a los que pertenecen los hacen creer que esa es la forma correcta de actuar, pero pronto todo se volverá mejor para ellos, ya lo verás.
Alana no parece convencida. Levanta una mano y, sin que lo toque, el bowl de la ensalada, que antes estaba en el centro de la mesa, sale volando hasta hacerse añicos contra la puerta que lleva al patio trasero.
Hay una pausa que dura largos segundos, luego, Genevieve se cubre la boca con las manos, emitiendo un grito ahogado, mientras Jacob se derrumba contra el respaldo de su silla, murmurando ¡Oh, por…!
Alana empieza a llorar de la misma forma inesperada en que Thor lo hacía cuando no sabía cómo lidiar con la historia ajena en su cabeza. Genevieve se apresura a abrazarla y a decirle que todo va a estar bien. Junto a Thor, Jacob masculla que éste fue el peor momento para venir a América.
Lo mira y se muestra de acuerdo con un movimiento de la cabeza. Siente agruras y, por algún motivo, no puede sacarse de la cabeza la imagen de la Sala de Trofeos, vacía, vista desde lo alto de las escaleras de piedra...
—O—
Si la depresión de un niño fue mala, la de una chica es peor.
Alana tiene catorce años, por lo que está sumergida en ese espacio vacío de cambios hormonales con los que nadie sabe cómo tratar y todo es varias fracciones peor para ella por lo que ocurrió con su amiga hace meses, por la crisis que siguen padeciendo los mutantes, a quienes nadie parece querer darles tregua, y debido a que, simple y sencillamente, no se siente aceptada en ninguna parte.
Abandona sus clases de danza, por más que los demás traten de convencerla de que no lo haga, y, rápido, sus calificaciones en la escuela comienzan a decaer de forma alarmante.
Genevieve trata de apoyarla lo mejor que puede, incluso motivándola a no contener sus poderes y uniéndose a un grupo de madres de mutantes que se reúnen los viernes por la tarde en el negocio de una de ellas, pero, si creyó tener un salvavidas a la mano por la experiencia que adquirió con la caída emocional de Thor hace años, pronto le queda claro que pensar así fue un error. Alana es un tipo completamente diferente de sepa depresiva, por lo que la sugerencia de tomar terapia no le hace gracia, volviéndola irascible, y la mera idea de consumir medicamentos la aterroriza al recordarle los spots de TV que han comenzado a aparecer la última semana, anunciando que los laboratorios para los que trabaja su padre están a punto de sacar al mercado una cura que ya se puede solicitar en pre-venta —mientras el resto de la gente se vuelve loca de felicidad y alivio, Jacob se ha mostrado desolado recientemente y Thor inclusive lo ha oído cuchichear acerca de renunciar—.
Habiendo pasado por algo similar —aunque no exactamente— trata de estar ahí para su hermana lo más posible, pero sin inmiscuirse en las cosas que Alana no siente la confianza de decirle de frente, y, pronto, comienza a sentir escalofríos ante la forma en que la situación le recuerda el desamparo de Loki tras descubrir su origen jotun —al menos, la chica no escapó de casa y lo hizo esperar por ella semanas, gracias—.
En la escuela, al mismo tiempo que empieza a preocuparse por la universidad y posibles becas deportivas, sigue haciendo todo lo que puede para contener el acoso que los mutantes sobrellevan, aunque siempre evitando dar a entender el motivo por el que sus esfuerzos se han redoblado. Algunas personas se le unen y, en poco tiempo, los números en los grupos anti-mutantes y pro-mutantes se vuelven parejos.
Por debajo de la superficie de su ser, siente la misma vibración que antes de ir al campo de batalla, martillo en mano, pero es consciente de que no es igual: no obstante hay cierto dejo de violencia en éstas circunstancias también, los humanos tienden a ser más mentales, más emocionales, y nunca fue bueno combatiendo ese tipo de cosas —Loki, por otro lado, era un maestro en meterse en las cabezas de los demás como un maldito gusano…—.
Los nervios de su hermana sólo se alebrestan más al ver los choques entre ambas posturas y Thor comienza a sospechar que, si bien no se fue de la casa en medio de un arranque, hará todo lo posible por dejar de ir a clases. Se lo menciona a Genevieve cuando la oportunidad se presenta y la mujer parece al borde de arrancarse el cabello a jalones.
Una noche de diciembre, cuando piensa que ya ha sido suficiente, arrastra a su hermana a la pista de patinaje en el Centro Rockefeller para tratar de distraerla un rato y tienen que pasar varios minutos antes de que pueda convencerla de ponerse los patines —un regalo enviado desde Oslo por la abuela Virgil—. La tiene refunfuñando un buen rato antes de que se ate las cintas y pueda tirar de ella hacia la entrada de la pista, donde hay un puñado de personas, mostrando una variedad de habilidad en el deporte.
— ¿Recuerdas cuando íbamos a la pista en Oslo? —Le pregunta, sujetándole la mano y tirando de ella en una línea recta, buscando un espacio abierto entre los demás—. Eras muy pequeña, pero lo hacías mejor que Kristian y yo.
Sabe que sus hermanos se comunican por internet. Él mismo comparte correos con su hermano mayor, procurando mantenerlo al corriente de todo. La distancia física es grande entre ellos y, aun así, Kristian procura nunca dejarlos pensar que los ha abandonado. ¿Él llegó a ser tan buen hermano mayor, al menos en algún momento?
Los árboles están decorados con luces navideñas que se reflejan en el hielo, cuarteado por un sinfín de cuchillas pasándole por encima. Hay música, gritos emocionados, voces y risas. El ambiente es gélido y huele a confitería.
Alana le sujeta la otra mano para moverse a sus espaldas, tratando de mantener los pies rectos, como si le costara trabajo coordinar sus movimientos. Siempre fue mejor en esto que Thor, quien se sorprende al tener que llevarla a cuestas, pero lo deja ser.
—Pues ya no, al parecer. Odio esto. ¿Por qué me convenciste de venir? Estaba leyendo Crepúsculo —se queja.
— ¿No te da vergüenza decirlo en voz alta? —Le pregunta y, de inmediato, siente un golpe enguantado en la columna que lo hace reír.
— ¿Sabes qué? Ni siquiera me agrada el frío. Detesto usar guantes y tener que ponerme chaquetas acolchadas que me hacen lucir como un gran cono de helado rosado — ¿las chicas también eran así en Asgard? Tan... gemebundas.
Piensa en Sif, en la forma en que podía tomar un puño a la nariz con la misma bravura de un hombre, y supone que no: ella era la cumbre del esfuerzo y un trabajo bien hecho. Recuerda a Sigyn en el monte lluvioso, empapada de pies a cabeza en agua helada, soportando la quemazón del veneno desbordándose por el tazón, y se le revuelven las tripas. Las mujeres tienen un tipo de brío especial, uno que ningún hombre podrá igualar jamás.
Ojalá Alana lo descubra pronto.
— ¿No te parece que la vida sería una experiencia mejor si dejaras de verla como si fuera tu peor enemiga? —Inquiere.
— ¡Mira quién lo dice! —chilla, ofendida. Le suelta las manos y se mueve a su lado, recuperando, gracias a la memoria muscular, algo de la habilidad que perdió con los años—. Siempre tienes una expresión de perrito pateado cuando crees que nadie te está mirando. Sé que esa chica, ¿cómo se llama?, Louise Quien Sabe Qué, te pidió llevarla al baile de invierno y le diste calabazas. Nunca has salido con alguien más de unas semanas y tienes el descaro de decirme que mi vida es miserable. Taza, tetera.
—Louise no es mi tipo —se excusa, moviéndose detrás de su hermana cuando una mujer rolliza está a punto de arrollarlo.
Alana lo mira por encima del hombro, enarcando las cejas. Da una elegante media vuelta para encararlo y Thor le sujeta los hombros para guiarla y evitar que se estrelle con alguien. Aunque diga que no, puede notar que está comenzando a divertirse.
—Entonces, ¿quién es tu tipo? —Le pregunta y él se encoge de hombros.
Ha tratado con gente variada: rubias, castañas, pelirrojas. Hubo un chico de cabello cobrizo por ahí, pero de eso no le habló a su familia. Nunca se ha animado a acercarse a alguien que le recuerde demasiado a Loki, así que evitar ojos verdes y cabello negro, una belleza tan afilada que, desde el comienzo, amenaza con ser peligrosa, es primordial.
Llevan patinando un buen rato en silencio, Alana animándose a hacer algunas de las piruetas que su madre le enseñó cuando era más pequeña, Thor observándola y dándole ánimos. Ella le pide el extremo de su bufanda para que tire de su peso como Kristian solía hacer con ambos cuando eran niños y Thor se lo entrega, sólo para verla sonreír de la forma en que lo está haciendo.
Han recorrido un corto trecho de camino, tratando de evitar lo mejor que pueden a las demás personas, cuando ocurre.
Va a virar para esquivar a una familia —padre, madre y dos niños tan pequeños que le recuerdan a los enanos que forjaron el Mjolnir—, pero se ve interrumpido al tiempo que una risa resuena por encima de las demás. De inmediato, algo se activa en su cerebro —un recuerdo— y se congela, provocando que Alana se mueva con la inercia hasta impactar contra su espalda —la familia se apresura a hacerse a un lado, mirándolos con desagrado, para que no choquen con ellos—.
— ¿Qué? ¿Qué pasa? —Quiere saber la chica, mirando en todas direcciones con angustia de la misma manera en que lo está haciendo él.
La risa resuena de nuevo. Se acuerda de todas esas noches en las que una sombra pequeña se coló a su habitación, moviéndose con la penumbra hasta llegar al filo de la cama, donde trataba de meterse sigilosamente, sin éxito. Cuando Thor lo pillaba, esa misma risa resonaba como un eco contra las grandes paredes de piedra.
Son las únicas memorias que tiene de él siendo completamente feliz.
¿Loki?
Quiere decirlo en voz alta, pero hay un nudo en su garganta que se lo impide.
De pronto, su mirada cae sobre dos adolescentes al otro lado de la pista, tomados de las manos, moviéndose en círculos acelerados que le impiden verles las caras. Está seguro de que la risa viene de ese remolino de colores.
Comienza a moverse por el hielo en esa dirección, tratando de sortear a la gente que se pone en su camino sin hacerla a un lado con empujones. Alana le tira del brazo, tratando de contenerlo como si lo creyera enloquecido. Una parte de él —la más apegada a ésta vida— le exige que se detenga y salga de aquí a toda velocidad, pero otra —la que sigue obsesionada con algo que nunca le pasó a él, pero lo marcó de todas formas—, le suplica a gritos que siga avanzando, que detenga a los chicos —puede suponer, gracias a los colores dicotómicos de sus chaquetas, que son un varón y una mujer— y averigue si es posible que…
Todo un tren de patinadores le pasa por delante, impidiéndole seguir deslizándose hacia adelante. Alana vuelve a chocar con su espalda, por lo que ladra una palabrota que Thor nunca la había oído usar, pero no le importa. Busca la forma de pasar, incluso tratando de abrirse camino a la fuerza, pero, al final, se ve obligado a esperar. Mientras lo hace, la risa resuena una vez más, acompañada de un coro más agudo, femenino, que suena igual de escandaloso. Cuando por fin logra su cometido de seguir al frente, echa a andar lo más rápido que puede… sólo para descubrir que los niños dando vueltas ya no están.
Sus ojos recorren un punto vacío, nada más, y lo ven llenándose con una pareja recién llegada que se abraza y se besa, sin darse cuenta de que se están metiendo con sus espectros.
Vuelve a observar cada rincón de la pista, pero no descubre ni la chaqueta amarilla de la niña ni el gorro de lana gris del niño, por lo que tiene que darse por vencido, aunque su corazón, agitado y palpitando en su garganta, se muestre decepcionado ante la decisión.
— ¡¿Qué demonios fue eso?! —Exclama Alana, furiosa y sonrojada, dándole un golpe con el puño en el hombro.
Thor se da cuenta de que ni siquiera puede hablar, porque le cuesta trabajo respirar.
—Es que… era él… lo juro… era… estoy seguro… sonaba… ¿por qué…? —se cubre la cara con las manos enguantadas y siente el impulso de gritar.
Por supuesto que, de todos los lugares donde pudo haberlo encontrado, tuvo que ser en una pista de hielo.
Sólo gruñe como un animal herido y, cuando mira a su hermana, ella le devuelve el gesto con preocupación.
—Mejor volvamos a casa, ¿sí? —Le pide, suavizando el tono de su voz.
Thor pasa saliva y asiente, aunque no quiere irse. Desea revisar a cada una de las personas a la redonda, a cada adolescente posible, verlo a los ojos y…
No puede ser.
—O—
F. Busca personas, lugares y cosas.
Loki…
F. Busca personas, lugares y cosas.
Loki Odinson…
Cuando pone los ojos en blanco ante su —falta de— creatividad, los músculos le duelen. Vuelve a borrar la opción y escribe el nombre en la barra una vez más.
Nada.
Bueno, cosplayers y perfiles raros con fotografías de personas que, en definitiva, no le recuerdan a Loki.
Frustrado, lanza el mouse al escritorio sin preocuparse por el ruido que hará a mitad de la noche. Se empuja con las piernas para hacer que la silla con rodillos ruede hacia atrás, hasta quedar junto a la cama, y recoge la guía telefónica: en la ciudad, hay sólo tres Odinson —contando a su familia—. Llamó a los otros dos números y, cuando preguntó por un posible Loki, las dos personas que respondieron se burlaron de él exactamente de la misma forma, así que Facebook se convirtió en su mejor apuesta y también le falló.
Los chicos que vio, si no pudo distinguir sus caras, le dieron la impresión de ser menores que su hermana o, quizás, de la misma edad. Loki era menor que él por seis años, así que, ¿tiene doce en ésta vida o sólo está fantaseando? Si tiene doce, es posible que no tenga una cuenta de Facebook —sus padres no dejaron a su hermana tener una hasta que cumplió catorce y sólo porque lloriqueó mucho—. Si tiene doce…
¿Y si sólo se esperanzó estúpidamente? Tal vez alucinó, gracias a todo el estrés por el que ha pasado últimamente. Ha estado pensando mucho en él, recordando esa psicosis en la que cayó tras descubrir la peor mentira de Odín; es posible que su mente le haya jugado una broma, porque no sería la primera vez.
A lo mejor, Loki nunca renació como él. No hay un Loki allá afuera, pensando en un Thor. El chico que reía lo hacía de una forma que dejaba en claro que es una persona feliz que no tiene tiempo para andar por ahí preocupándose por las memorias de una vida pasada, por una reencarnación.
Oh, pero Loki siempre fue más adepto a la espiritualidad que él… quizás lo aceptó sin problemas y aprendió a convivir con ésta existencia de mejor manera que él —y no es que lo haya estado haciendo mal, es sólo que, en ocasiones, piensa más en unos recuerdos que en otros. Es como haber leído un libro hace mucho y comenzado a confundir la trama con la realidad—.
Si hay un Loki, tal vez ni siquiera le importa saber que fue de Thor tras el Final.
Piensa en ese instante antes de tomar su último respiro.
Te prometo que el sol volverá a brillar para nosotros.
Caos y dolor. Muerte y oscuridad. Demonios que nunca en tu vida has visto o siquiera imaginado. Y después… luz.
Se recuesta contra el respaldo de la silla y cierra los ojos, la lámpara encendida en el techo lastimándole los globos oculares aun teniéndolos ocultos tras los parpados.
No quiere pensar en la posibilidad de Loki. Le duele siquiera asomarse a esa idea. Hace mucho se convenció de que ésta vida no tiene nada qué ver con la otra, si bien los recuerdos del Dios del Trueno se mueven con él con cada paso que da. Ha aprendido de sus experiencias, pero, por lo demás, sólo es Thor Odinson y nadie más.
Loki en su vida sería…
Loki en su vida siempre fue…
—O—
Caos y dolor. Muerte y oscuridad.
Y, a la vez, un rayo de sol, cálido y brillante.
—O—
Consigue una beca universitaria jugando futbol americano. Sus padres están orgullosos, porque podrá seguir con sus estudios, aunque tendrá que mudarse.
Al principio, le aterra la idea de alejarse de su familia, sobre todo ahora que su hermana comienza a recuperarse y quiere permanecer a su lado para seguir ayudando en la mejora, pero Jacob lo convence de que es necesario que siga con su vida — ¡ja! Como si eso no tuviera un doble significado para él—.
Mientras su padre lo ayuda a guardar las maletas en el auto que le regalaron por su último cumpleaños —no es algo escandaloso ni impresionante, pero al menos le permite moverse por ahí en situaciones como éstas, en las que no puede usar el transporte público, al que está acostumbrado—, mira hacia arriba y se pierde en un cielo demasiado azul y salpicado de nubes blancas.
Suspira con pesadez y trata de concentrarse en el presente, en el aquí y el ahora.
—Sé que lo harás genial, como siempre —le dice Jacob, abriendo los brazos para ofrecerle un abrazo, y Thor se hunde contra él con una pequeña sonrisa en los labios.
Adora a su padre, al igual que al resto de su familia.
Por más que se esfuerce, no logra recordar cuándo fue la última vez que Odín lo abrazó y eso sólo lo acongoja.
Se despide de Genevieve —que hace su mejor esfuerzo para no caer en llanto— y de Alana, que últimamente ha estado sonriendo más, disfrutando de la tranquilidad ofrecida por las campañas de protección a mutantes iniciadas por las profesoras de Xavier's, Jean Grey y Ororo Monroe.
Sube al auto, mira a los demás una última vez por el espejo retrovisor, y emprende la marcha.
—O—
Es una noche de tormenta, varios años después, que entra a un bar de Nuevo México, con la chaqueta de cuero empapada y el cabello, atado en una coleta, chorreando agua por su espalda.
El lugar está lleno de personas que hablan y ríen por encima de la música que se desprende de bocinas colocadas a la altura del techo, apagando el siseo de la lluvia en el exterior. Puede oler el limón y la salsa de las papas fritas que engullen los ocupantes —un grupo de chicos escandalosos— de la mesa más cercana y, conforme avanza, también la mezcla extraña que se forma por la diversidad de platillos entre los otros sitios y la variedad de bebidas alcohólicas que los acompañan.
Está pensando en alitas bañadas en salsa BBQ cuando ocupa un banquillo en la barra y pide una cerveza oscura —el tarro, aunque de cristal, le recuerda el tiempo que pasó en las tabernas de hidromiel, bebiendo con Brunilda y hablando de un sinfín de cosas (cuando lograba dejar de lado el horror que le provocaba Hela) —. Da un largo trago y, apenas está colocando el jarro en el posavasos de corcho, gravado con el nombre del local, cuando un cuerpo menudo se planta en el asiento vacío a su lado.
El perfume que se desprende de ella huele delicioso y, en cuanto el primer suspiro llega a su nariz, se ve obligado a voltear: se encuentra con una mujer hermosa, de largo cabello castaño, suelto sobre los hombros, y ojos del color del chocolate fundido. Su piel es tan blanca, que parece traslúcida con las luces bajas del establecimiento, permitiéndole contemplar las delgadas venas azules que corren por los bolsos, ligeramente oscurecidos, bajo sus ojos y el contorno de sus mejillas; tiene una forma de mirarlo que hace que se sienta sometido contra un muro, como si su cuerpo hubiera perdido todas las fuerzas. Eso sólo le pasó con una persona antes y ni siquiera fue en ésta vida.
Algo en sus entrañas se retuerce, como despertando tras un largo sueño, y se da cuenta de que no quiere que ella deje de verlo de esa forma.
—Entonces —empieza la mujer, con una sonrisa apenada en los labios, pintados de un suave tono rosado. Thor no puede dejar de prestarle atención—, tengo un amigo, bueno, en realidad no es mi amigo, es más como mi figura paterna, si te pones a pensarlo un poco, aunque, a decir verdad, fue amigo de mi padre, así que no es como mi padre-padre —hace florituras con las manos, deslizando las pupilas por todos lados, menos por su cara y, aunque Thor puede escucharla balbuceando, perdió el hilo de sus palabras hace rato porque, vaya, en verdad es guapa.
Hace mucho que no se sentía atraído de ésta manera por alguien y, de forma inconsciente, trata de conseguir que ella se concentre en él de nuevo, moviéndose en el banco y aclarándose la garganta.
»—Lo siento, debes pensar que estoy loca —sonríe, cumpliendo el cometido de Thor y, de inmediato, él lo hace también, porque, vamos, neuronas espejo. Da un largo sorbo a su bebida y está seguro de que le quedó un bigote de espuma, por lo que se pasa la lengua por el labio superior y la forma en que ella sigue el movimiento es hipnótica. La ve pasar saliva con dificultad—. Aquí voy de nuevo —amenaza, haciendo un ruido seco con la garganta—: mi amigo, que en realidad fue mi mentor en astrofísica y un compañero de trabajo muy, muy apreciado por mi padre, que ya falleció (ni siquiera sé por qué agregué eso, perdona), es fanático de los Vengadores. Pronto será su cumpleaños y sería ¡maravilloso! si pudiera darle como obsequio el autógrafo de su quarterback favorito. ¿Te importaría firmarlo? Es decir, si no te fastidié con toda ésta… perorata innecesaria —hay más gestos de manos y Thor tiene la sospecha de que la mujer no suele convivir mucho con la gente.
De cierto modo, le recuerda el nerviosismo de Alana, que se cerró demasiado al entrar a la adolescencia y descubrir sus poderes, por lo que, ahora que ha tratado de retomar su vida, lo hace acercándose a la gente con el éxito de un elefante tratando de caminar sobre plástico burbuja sin reventarlo.
Thor la observa detenidamente, tanto, que la sonrisa de su acompañante comienza a apagarse, al mismo tiempo que el rubor aumenta en sus mejillas.
—Siempre es agradable conocer a alguien tan entusiasta, sobre todo si es por un ser querido —le dice y la comodidad regresa de inmediato. Ella se coloca el cabello detrás de la oreja y Thor no puede evitar fijarse en eso con atención de halcón, al mismo tiempo que el alcohol comienza a hacerlo percibir un cosquilleo en las puntas de los dedos—. Y será un placer firmar un autógrafo para tu amigo-casi padre-compañero-mentor. Lo siento, me perdí un poco.
Ambos ríen y la mujer se mira las rodillas, apenada, antes de apoyar el codo en la barra y la mejilla, en sus nudillos. No lleva las uñas pintadas y, fijándose más en ella, descubre que su atuendo es increíblemente sencillo.
Está acostumbrado a que sean otro tipo de mujeres las que busquen acercarse a él gracias a su trabajo, pero no las tolera demasiado. Si en algún momento ha aparentado lo contrario, es por presión mediática —y maternal: Kristian tuvo una bebé hace dos años, poco tiempo después de contraer matrimonio, y sus padres decidieron volver a Noruega para estar con él, después de pasar tanto tiempo lejos de casa, pero la pequeña Martha, más que calmar las ansías de Genevieve por un nieto, las prendió en llamas: ahora, cada vez que se comunican, le pregunta, sin pena alguna, cuándo sentará cabeza de una buena vez—.
Bueno, la última novia que tuvo no duró más de medio año con él, porque lo dejó por un compañero de equipo. Fue honesto al responder las preguntas de los periodistas acerca de eso— ¿Te hirió su traición? La verdad, no—, pero luego fue bastante incómodo cuando la pareja recién formada quiso ganar popularidad a sus expensas, tratando de desprestigiarlo a la menor oportunidad. Ya que lo único que consiguieron fue hacerlo reír por la ridiculez del asunto — ¡fui un rey en una vida pasada, por todos los cielos! ¿Por qué tendría que preocuparme por algo tan banal como esto? Pensaba—, al final, los barridos por los medios fueron ellos y, caray, fue muy penoso que ella lo buscara en su departamento poco después, pidiéndole volver.
Su negativa fue tajante y, cuando la chica lo observó como si fuera despreciable, se dio cuenta de que sus intenciones jamás fueron honestas en cuanto a su relación. Fama, dinero, reconocimiento, en éste mundo eso mueve más a las personas que los sentimientos verdaderos. Bueno, afortunadamente, nunca la amó, de lo contrario, habría pensado en tirarse por el balcón al recibir semejante mirada.
Loki lo curtió bien.
— ¡Gracias! —Exclama ella, mostrándole un destello de dientes blancos.
—Siempre y cuando —agrega y la emoción vuelve a titubear— me digas tu nombre.
La expresión de la mujer se vuelve algo indecisa y sus ojos castaños se llenan de cierto brillo curioso. Casi puede señalar el momento exacto en que el intercambio se transforma en coquetería.
—Soy Jane. Jane Foster.
—O—
Justo como pensó, Jane no es buena relacionándose con la gente y ella misma se lo explica poco después, cuando lo invita a retirarse de la barra y ocupar la mesa en la que estaba sentada, al fondo del local, donde no hay muchos espacios disponibles y, gracias a eso, se tiene la sensación de un poco de privacidad, si bien el tumulto del frente sigue haciendo eco a sus espaldas.
—Detesto éste tipo de lugares, pero el sitio al que voy habitualmente, algo más pequeño y familiar — ¿siempre habla haciendo gestos con las manos? Le encanta—, está cerrado por remodelaciones, así que no tuve más opción que venir aquí, si quería distraerme un rato. El trabajo puede ser brutal a veces y enserio necesitaba una pausa —suspira, derrumbándose en la silla para acomodar la cabeza contra el respaldo y mirar al techo.
En la mesa hay una hamburguesa a medio comer a la que, al parecer, no le ha prestado atención en mucho rato, una lata de soda sin pajilla, sudando encima de una servilleta de papel que amenaza con romperse pronto, y un fajo de papeles impresos y subrayados con diversos colores que lucen fosforescentes bajo la luz amarillenta de la mampara pegada al muro.
—Te entiendo —concede. Jane le sonríe y luego se yergue para hurgar en su bolso, buscando un cuaderno y un boli. Se los tiende con un gesto avergonzado y Thor le sonríe, para dejarle en claro que está bien, que el plan sigue en pie—. ¿A qué te dedicas? ¿Mencionaste la astrofísica? Suena… —aburrido— interesante.
Jane le dedica una expresión que deja en claro que no confía en sus palabras, como si mucha gente la hubiera engañado de esa manera antes sólo para tener una oportunidad con ella.
—No mientas. Sé que para muchos es un tema complicado y pesado, pero, para mí… —suspira de nuevo, pero ésta vez sin mostrar cansancio: si de algo está llena su cara, es de añoranza, de una similar a la que él solía mostrar siendo niño, cuando miraba el cielo oscuro, tratando de encontrar las mismas constelaciones que podía ver en Asgard, pero sin lograrlo.
Asgard estaba en una posición privilegiada en el firmamento, por lo que su padre podía, prácticamente, contemplarlo todo desde su trono, pero la Tierra no posee eso. Sus estrellas son hermosas igualmente, pero la gente está tan concentrada en ignorarlas, que la polución lumínica apenas permite contemplarlas en noches medianamente despejadas. Thor no ha mirado el cielo en mucho tiempo, porque se desilusionó hace años, al saber que no encontraría en él nada de lo que estaba buscando.
—No miento —aclara—. Es fascinante. Cuando era niño —en otra vida—, me gustaba escalar montes con mis amigos para ver la puesta del sol y contemplar la aparición de las estrellas en el cielo negro. Amaba la forma en que las constelaciones y las nebulosas formaban todo una arcoíris de colores —como un Bifröst gigante sobre nuestras cabezas—. Me gustaba señalar los soles, rojos, azules, blancos y amarillos. Es una lástima que no se pueda hacer eso aquí, a menos que se cuente con un telescopio potente.
Jane lo mira, parpadeando un par de veces con incredulidad antes de sonreír con soltura. Se empina en la mesa mientras Thor se distrae haciendo un garabato en una hoja limpia del cuaderno que ella le entregó.
—No lo estás diciendo sólo para quedar bien, ¿verdad? En realidad hacías eso cuando eras pequeño —acepta, luciendo impresionada.
— ¿Por qué trataría de engañarte? —Le pregunta, divertido. Siendo quien es y estando en un planeta donde la gente le da mucha importancia a cómo se ve, nunca ha tenido que recurrir a esa clase de artimañas para conseguir la atención de alguien—. ¿Cuál es el nombre de tu amigo?
—Erik Selvig —la sonrisa sigue en su sitio y, cuando Thor termina y le devuelve el cuaderno, ella observa los trazos con escrutinio—. No lo sé, ¿tal vez porque se nos ha hecho creer por años que los jocks no hacen más que preocuparse por cosas superficiales, como su masa muscular, mujeres, dinero y autos de lujo? ¿He vivido equívocada todo éste tiempo o quien está siendo superficial soy yo?
Thor toma un trago de su cerveza, que ha perdido algo de frío, pero no le importa. Se recarga contra el respaldo y mira hacia arriba, a un techo negro, compuesto de vigas de madera sin una sola telaraña a la vista.
—Si me dediqué al deporte, no fue porque me obsesionara. De hecho, apenas me satisface. Lo que me agrada de salir al campo de juego es la adrenalina, ¿sabes? Esa sensación de estar combatiendo con el equipo contrario. Pero no lo es todo para mí —sonríe, consciente de que es cierto—. Voy al gimnasio, sí, pero no porque esté acomplejado acerca de mi constitución física, sino porque es necesario; cualquier entrenador te lo diría. El dinero es algo que va y viene. Te saca de apuros, pero puedo vivir fácilmente sin él. Conduzco una camioneta todo terreno desde hace un par de años y no pretendo cambiarla pronto. Por lo demás, confieso que no sólo pienso en mujeres.
Tampoco en hombres, pero recordar a Loki y la relación que tuvieron debe ser sinónimo de hacerlo, ¿no?
Jane se ahoga con el sorbo de soda que decidió beber el segundo antes de que Thor dijera eso.
— ¡Oh, vaya! —Escupe… literalmente, apresurándose a ocultar con una mano el pequeño desastre en sus labios—. Eso es algo que no encontraría en tu biografía de Wikipedia si lo buscara, ¿cierto?
—No es que lo mantenga oculto —se encoge de hombros, frunciendo el ceño.
Jane asiente, apresurándose a limpiar con una servilleta los papeles que ensució con el refresco. Thor la ayuda y, si sus manos se rozan mientras tanto, es accidental.
— ¿Quién diablos selecciona la música en éste lugar? —Pregunta ella, obviamente tratando de distraerlo. I need a hero suena desde la bocina sobre sus cabezas—. No es algo a lo que le dé importancia, ¿de acuerdo? Por si… es decir… no quise aparentar ser el tipo de persona que se perturba por eso al casi asfixiarme con un líquido exageradamente azucarado que estuvo a punto de salir a presión por mis fosas nasales —vuelve a colocarse el cabello detrás de la oreja. Se ha puesto tan roja como la lata de soda que quedó abandonada junto a la hamburguesa a medio comer—. Tampoco fue mi intención sonar como si quisiera cortarte con la misma tijera que a esos jugadores cliché. Lo lamento. Uno de los motivos por los que Eric te menciona todo el tiempo es por prestar tu rostro para esas campañas pro-mutantes. Muy pocos quieren relacionarse con eso a menos que…
—Sean mutantes —termina por ella y Jane lo observa con el rostro en blanco hasta que cierra los ojos con fuerza y se da un sonoro golpe, con la palma de la mano, en la frente.
— ¡Diablos! Enserio, ¿por qué sigues hablándome? —Le pregunta, verdaderamente interesada—. Mi último novio, Donald, mencionó el síndrome de meterse el pie en la boca al abrirla como razón para cortar conmigo (digo, es médico, pero eso no le da derecho a inventar enfermedades en mi nombre). En aquél entonces, creí que sólo era pésimo con las relaciones y lo culpé, pero, ¡agh!, comienzo a pensar que tiene razón —farfulla, sosteniéndose la cabeza con ambas manos.
Thor ríe.
—No me molesta —admite—. Eres… interesante.
Jane se ruboriza hasta las raíces del cabello otra vez. Puede distinguir pequeñas perlas de sudor comenzando a moverse por su frente y cuello, destellando con la luz de la lámpara.
— ¿Cómo las estrellas? —Inquiere, apenada, tratando de quitarle peso al momento.
—Incluso más.
Cuando sus manos vuelven a rozarse por encima de la mesa, ninguno se aparta ésta vez.
—O—
La relación florece a partir de ese momento y, por primera vez en años, el fantasma de Loki, dentro de su cabeza, comienza a difuminarse en los bordes hasta convertirse en una sombra cuyo rostro apenas puede ver en esas memorias que ya ha arrastrado demasiado.
Como nunca hizo con alguien más, apenas un año después de comenzar a salir, le propone a Jane vivir juntos y, si bien titubea al principio —es que tengo que pensar en mi trabajo primero, no siempre puedo estar en el mismo sitio, ya sabes, la ciencia y… ¿estás seguro de que no te molesta que viaje tanto? —, al final acepta y Darcy Lewis, su interna, se compromete con Thor a forzarla a empacar, porque, de lo contrario, ella procrastinaría y los polos terminarían de derretirse antes de que lleguen a vivir juntos en verdad —palabras de Darcy—.
Cada noche, cuando puede moverse por la cama en la oscuridad y hundir la nariz en su espeso cabello castaño, se siente como si una pieza de rompecabezas que le faltaba por fin estuviera encajando en su sitio, permitiéndole contemplar un paisaje completo que antes sólo se mostró a medias para él.
Genevieve está contenta —Alana le asegura que haber dado el paso de vivir juntos significa, para su madre, ¡boda! Por lo que no debería consecuentarla cada vez que lo llama para preguntarle cómo van las cosas—, al igual que el resto de su familia. Pronto, incluso descubre que Jane y sus padres se comunican entre ellos sin la necesidad de que él lo hubiera propiciado y, por algún motivo, eso hace que en su pecho se remueva algo tibio y lleno de una tranquilidad que nunca había conocido, ni en ésta vida ni en la otra.
Puede imaginar un futuro alegre, libre de peripecias y dolor, asomándose por las esquinas de su vida. Es emocionante y reconfortante a la vez.
Obviamente, es cuando está más feliz que nunca, que todo se va un poco al carajo.
—O—
Tiene veintitrés años cuando conduce, por la noche, de vuelta a casa desde el aeropuerto tras regresar de un viaje con los Vengadores, que resultó en un gran triunfo contra el equipo contrario. Está feliz, satisfecho con su participación y necesitado de Jane, luego de pasar varios días separados. Piensa justamente en eso, cuando las luces del semáforo cambian, indicándole que puede seguir su camino. Pisa el acelerador y, cuando la camioneta va a la mitad del crucero despejado, distingue por el rabillo del ojo el color plateado del vehículo que viene a toda velocidad para estrellarse con él. Apenas puede parpadear antes de que sienta el bestial impacto contra la puerta del copiloto y la camioneta salga volando con la inercia, volcándose con un gran estruendo.
El cinturón de seguridad lo mantiene fijo a su sitio… al igual que el metal, doblado y roto, y el vidrio, afilado y peligroso, asomándose en todas direcciones. La bolsa de aire, más que ayudarlo, amenaza con asfixiarlo y, quizá sea su imaginación, pero, teniéndola contra la cara, le da la impresión de que se hace más y más grande, como un globo siendo bombeado, un soplo a la vez.
Hay un confeti de cristales rotos a su alrededor, gritos, una bocina que se activó en alguno de los autos y se quedó trabada, por lo que su horrible alarido es lo único que puede oír con total claridad, la vibración del sonido recorriéndole el cuerpo como un puñado de hormigas moviéndose a toda velocidad por su piel.
Siente algo caliente resbalando por un montón de partes a la vez y supone que es sangre. Hay dolor, pero es como si alguien más se lo estuviera narrando, como si su mente se hubiera desprendido del cuerpo para evitarle la agonía.
Poco después — ¿mucho después? — alguien le habla desde la ventana — ¿está de cabeza, acaso? —, pero no puede entender las palabras, porque sus oídos zumban. Un segundo, tiene la impresión de que se trata de una mujer rubia, el hombro ataviado con la estrella azul de los paramédicos, pero, al siguiente, es Loki a quien tiene delante, armadura verde, negra y dorada, ojos llenos de angustia mientras se inclina para estamparla un beso en la frente y susurrarle vas a estar bien.
Hace frío.
—O—
Hay una operación de por medio para salvarle la vida — ¿no son todas las operaciones para eso luego de tener un accidente atroz?— y, mientras está en el quirófano, con la mascarilla de anestesia colocada en la boca, distingue la silueta de Frigga, moviéndose por el costado de la habitación, detrás de los médicos y las enfermeras.
Su andar es pausado y cansado. Lleva en brazos un fardo de mantas, de la misma forma en la que la veía a lo lejos cuando Loki recién llegó a Asgard y ella le tenía prohibido acercarse a él.
La oye susurrar no lo lastimes jugando con su corazón, si lo haces, sólo te herirás a ti mismo, promete que no lo usarás, ¡júramelo! Una y otra vez y se pregunta si es una alucinación o si fue algo que su madre en verdad le suplicó a Loki en algún momento.
Por debajo de los susurros de Frigga, escucha ese millar de Lo siento que Loki le dijo, teniéndola entre sus brazos, el día que los elfos oscuros atacaron y le quitaron la vida.
Mira hacia el otro lado y ve a Odín, sosteniendo el Cofre de los Antiguos Inviernos, la cuenca de un ojo, oscura y sangrante, los cuervos negros volando sobre su cabeza en círculos como aves de rapiña.
Nunca fue mi intención, pero así es que como debían ser las cosas. Ella nunca me lo dijo. ¡Si lo hubiera hecho, jamás habría condenado mi reino a ésta caída, de ningún modo habría perdido al amor de mi vida! Arroja el Cofre contra la mesa de instrumentos quirúrgicos y lo ve hacerse astillas de hielo. La habitación se congela y Thor puede sentir los dedos fríos de Loki en su cuello, sus besos húmedos en los parpados, que no puede mantener abiertos, por más que quiera verlo.
Sé que no lo estás haciendo por los motivos que pregonas, hijo de Odín, dice, burlona, Hela y Thor siente pavor. Te han proclamado el Dios del Engaño por algo.
— ¡Lo perdemos! —Dice alguien en la distancia—. ¡Cinco centímetros cúbicos de adrenalina!
No soy hijo de Odín. Mi padre era Laufey. Y, sea por la razón que sea, ¿no es esto lo que deseas? ¿Qué alguien te abra las puertas del reino que te desterró y te permita destruirlo desde las entrañas? Pues esa persona soy yo, pero tengo una condición.
¿Y es…?
Thor es mío.
Hela ríe.
¿Sabes que es divertido, hijo de Laufey? Que aquél que alguna vez fue mi padre creyó que sería la oscuridad lo que destruiría sus tierras, pero no. ¿Sabes que lo puso de rodillas y lo convirtió en un anciano ridículo y acabado en realidad? El amor. Y no, no necesito que me abras las puertas de nada: su muerte ya viene y, como siempre, es ella quien me abre camino a todas partes, a mí, la Diosa del Inframundo.
Thor es mío.
Como desees, pero algo me dice que, si en verdad lo quieres, tendrás que arrancarlo de las fauces de mi hermana… ¿por qué me miras de esa manera? ¿Creíste que Odín no hizo varios intentos de crear al hijo perfecto antes de llegar al Dios del Trueno? Qué ingenuos pueden ser ustedes, los que viven bajo la luz del sol.
Cuando su corazón se detiene un instante, le colocan los parches de un desfibrilador en el pecho y su cuerpo absorbe la energía como un conductor. Las luces en el quirófano fallan, haciendo que deban encenderse las de emergencia.
Pasando por encima de la anestesia, puede abrir los ojos un instante, o eso cree, y, en la penumbra roja, lo primero que ve es el terrible rostro de Hela, el casco de su armadura elevándose como las ramas de un árbol carbonizado, a pocos centímetros del suyo, sonriéndole y respirando contra su boca y nariz, feroz como Fenrir. La mano de Loki aparece para aferrarla por el hombro y hacerla a un lado con un empujón brusco; por más que Thor quiera contemplarlo, no puede y, por un aterrador segundo, piensa que debe ser porque olvidó su cara, a pesar de todos los años que ha pasado llorándole a su recuerdo en secreto.
Sólo hay sombras donde antes había color. Por más que trate, por más que quiera…
Todo se siente frío.
Dos manos se apoyan a los costados de su cara y una frente helada se pega a la suya, cortinas de cabello negro ocultándolos de las miradas curiosas.
Ahí estás, ahí estás, piensa, desesperado, pero la nueva posición sigue manteniéndolo a ciegas.
¿Por qué no me esperaste? Te dije, ¡te prometí!, que podríamos estar juntos de nuevo… lo único que debías hacer era esperarme…
Entonces, todo se vuelve un extraño remolino de luces, colores, ruidos y sensaciones que lo sumergen en la Nada de la misma forma que el Ragnarök.
—O—
Cuando vuelve a abrir los ojos, vivo y en sus cinco sentidos —o lo más parecido a eso, tras pasar por algunas cirugías más—, se descubre en una de las habitaciones del hospital. Hay una mano fría sujetando la suya y, de inmediato, el corazón le da un vuelco en el pecho, lo que se ve señalado en el monitor cardiaco que mide sus signos vitales.
Las persianas de la ventana a su costado izquierdo están descorridas y es de día, por lo que, por ellas, entra una generosa cantidad de luz.
Gira el rostro, listo para encontrarse con Loki, como aquella vez tras el enfrentamiento con Laufey, pero es Jane quien está ahí, con los ojos irritados por el llanto y una expresión agotada gracias a no haber dormido adecuadamente en varios días.
Thor pasa saliva y el bip, bip del monitor junto a la cama se siente como un aullido delator de lo que pasa por su cabeza, fluyendo como un caudal furioso.
No es decepción lo que siente, no, es… es más bien…
—O—
Alana envía a Jane a descansar y, cuando se quedan solos, toma una silla de metal del rincón junto a la ventana y la usa para acomodarse al lado de la cama. Está ojerosa, despeinada, y luce más pálida de lo normal. La perforación en su nariz, un pequeño diamante que Genevieve odia con el alma, brilla a ratos, cuando es alcanzado por la luz. La ve flexionar una pierna para apoyar el talón de la bota en el borde del asiento y ladear la cabeza hasta que su cabello oscuro se mueve como una ola por sus hombros y cuello.
—Cuando recién te trajeron a la habitación, luego de la terapia intensiva y eso, y empezaste a reaccionar, no dejabas de mencionar un nombre en sueños —empieza, claramente calculando sus palabras para no sobresaltarlo. Thor pasa saliva, porque puede imaginar cuál era—. Nos tenías un poco asustados, ¿okey? Sobre todo porque, ya sabes: un Thor suplicando por un… Loki…—hace una mueca que revela que no sabe si reír o preocuparse todavía más por su bienestar—. ¿Recuerdas algo de lo que dijiste?
Niega con un gesto, profundamente avergonzado. Ni siquiera quiere saber…
»—Fue como esos cuentos que papá y la abuela nos contaban cuando niños, ¿recuerdas? Sé que mamá se volvía loca cuando lo hacían, sobre todo después de tu depresión, pero nunca creí que en verdad te hubieran impactado tanto, como ella decía. Me dio pena oírte. Por un segundo —hace una pausa para humedecerse los labios con la lengua y deja de mirarlo a la cara, concentrándose en la pantalla del monitor junto a la cama— fue como si en verdad creyeras que hay un Loki allá afuera, esperándote… igual que en el Monte.
No quiere seguir oyéndola. Cierra los ojos y trata de dejar de pensar. Lamentablemente, lo único que encuentra detrás de sus párpados son imágenes de la montaña lluviosa, de los ríos de agua corriendo por las pendientes. Loki, aún sobre las rocas, no es más que sombras en las que su cerebro no puede penetrar.
Si fue una alucinación o no, lo que su voz le preguntó en el quirófano resuena con fuerza entre los muros de su mente: ¿por qué no me esperaste? Lo único que debías hacer era esperarme, ¿por qué no lo hiciste?
Siente terror ante la idea de que debió haber hecho precisamente eso, en todo este tiempo y, una vez más, le falló.
—O—
Cuando empecé a escribir la primera parte de ésta historia, tenía una idea, pero, luego, sentí la necesidad de buscar vídeos en YT de estos dos y me encontré con UN MILLÓN contando una historia similar: primero Asgard, después Midgard. Así que, para no convertir esto en más de lo mismo, decidí adentrarme en dos terrenos que tenía en mente: mutantes y algo que, si menciono, sería spoiler (aunque no para los que leen en AO3: ustedes son el Chrome VS el Explorer).
Como siempre, gracias a los que han dejado su lindo comentario (leerlos me anima mucho, enserio). A los que no: en ustedes proyecto todo lo malo que siento por Trump y AMLO, así que ya se imaginarán.
He estado respondiendo los reviews; voy lento, pero seguro, así que, como ésta historia ya está completamente terminada (con un capítulo, dividido en dos partes, más de los que tenía planeados), iré publicando conforme vayan llegando :p
Recuerden que me encuentran en:
Página de Facebook: PruePhantomhive (actualizaciones, historias nuevas, mis fandom, curiosidades, recomendaciones y, básicamente, cualquier tontería que se me ocurra en el momento).
Canal de YouTube: Prudence Hummel (muchas cosas relacionadas a la Ecología, porque alguien tiene que ocuparse de eso).
Bisous!
