Capítulo tres
Se observó por cuarta vez al espejo. El reflejo le devolvía la imagen de un apuesto joven que vestía unos pantalones color caqui y una camisa que recordaba al vino; unos zapatos negros completaban su atuendo mientras intentaba peinar su indomable cabellera rubia.
Habían pasado ya dos semanas desde su pelea con Helga y no había tenido oportunidad de arreglar las cosas con ella. La mujer estaba decidida a ignorarlo; no contestaba sus llamadas, le dejaba el visto en WhatsApp… Y cuando fue a su universidad y preguntó por ella, un joven —que lucía realmente incómodo— le había dicho: «No hay ninguna Helga Pataki en esta clase». ¡Como si lo creyera! Era obvio que la misma rubia le había pedido dejar ese recado.
De no ser por Phoebe, se habría vuelto loco; la morena amablemente le había informado que su amiga estaba bien para que no se preocupara.
No recordaba haber estado tantos días sin escuchar la voz de Helga. ¡Si hasta sus insultos extrañaba! Y tenía que admitir que incluso había oído varios de los audios que ella le había mandado en sus chats pasados.
Bendita tecnología.
Cogió su celular y su billetera dispuesto a marcharse. Se dirigió hasta la cocina donde un precioso ramo de flores, cuidadosamente decorado, lo esperaba sobre el mesón de la cocina.
—¡Vaya, hermano! —silbó su amigo en cuanto lo vio.
Gerald se hallaba tendido cómodamente en el sofá viendo televisión, reposando ambos brazos en el respaldo del mueble.
—Volveré de noche —anunció, inspeccionando que el arreglo floral no tuviera desperfectos.
—Así lo veo, campeón —soltó, pícaro—. No te veía tan arreglado desde la fiesta de graduación. ¿Quién es tu cita?
—No es una cita.
El moreno alzó una ceja ante la contundente respuesta.
—Ya… —comentó sin creerle. Como si las flores no lo delataran.
Shortman soltó un suspiro. Su amigo iba a añadir algo más pero fue interrumpido por el sonido de su celular que anunciaba un mensaje. Lo tomó y de inmediato frunció el ceño.
—¿Por qué Phoebe me escribe: «Dile a Arnold que conteste su celular»? —inquirió Gerald, lanzándole una mirada sospechosa— ¿Vas a salir con mi chica?
—¡No! —replicó de inmediato—Voy a salir con Helga.
Un silencio incómodo surgió por la sala. Gerald observó perplejo a su mejor amigo mientras éste desviaba su mirada y se ruborizaba.
—¿¡HELGA G. PATAKI!?
Arnold se llevó una mano hasta su nuca.
—Es la única Helga que conocemos.
Johanssen, aún con expresión atónita, tanteó sobre el sofá en busca del control remoto. En cuanto lo halló, apagó la televisión y se levantó hasta quedar frente a su amigo y posar las manos sobre sus hombros.
—Hermano —boqueó, esperando que las palabras volvieran a él—, ¿¡vas a tener una cita con Pataki!?
Vale, que el autocontrol no le duró mucho.
—No es una cita —corrigió de nueva cuenta.
El joven de cabello afro intentó asimilar sus palabras. ¡Claro, porque ese atuendo y las flores eran para el conserje! ¿Acaso creía que había nacido ayer? Años de conocerlo le habían enseñado a reconocer cuando su socio estaba interesado en una muchacha. ¡Eran mejores amigos, por favor!
Inhaló profundamente intentando comprender de qué iba todo; y por qué Phoebe estaba al tanto y no le había dicho.
Abrió los ojos, absorto, al percatarse de cierta fragancia y se acercó al joven Shortman para olisquear alrededor de su cuello, incomodándolo y provocando que retrocediera un par de pasos.
—¿Estás usando colonia? —cuestionó al distinguir el ligero aroma— ¡TÚ NUNCA USAS COLONIA! —gritó espantado— ¿QUÉ HICIMOS, PHOEBE? ¡SABÍA QUE NO ERA BUENO DEJARLOS A SOLAS!
Arnold detuvo a su amigo antes que terminara de buscar entre los contactos de su celular y llamara a su novia. Como pudo, logró que se sentara nuevamente en el sillón y lo instó a tranquilizarse para que respirara sin hiperventilar.
Calmadamente, le recordó de su pelea con Helga hace semanas y la culpa que lo había estado consumiendo desde entonces. Le contó su plan de llevarla al teatro a aquella obra que ella tanto deseaba ir; con ayuda de Phoebe, había logrado arreglar la sorpresa y si no le había comentado nada era precisamente porque sabía que sobreactuaría y malinterpretaría todo.
En cuanto Gerald comprendió que no estaba viviendo el apocalipsis, fue relajándose nuevamente en el sillón.
—¿Y las flores?
—A modo de disculpa; Phoebe me ayudó a escoger sus favoritas —explicó—. Y para apaciguar los ánimos y que no rechace rotundamente la invitación.
—¿Y el atuendo? —inquirió alzando una ceja.
—Bueno —dudó en responder el rubio—, a Helga le gusta la vestimenta más formal para ir al teatro.
—¡OH, DIABLOS! —maldijo Johanssen cubriendo su rostro entre sus manos— ¡Ni siquiera es tu novia y te tiene enteramente controlado!
—¡GERALD! —recriminó su amigo, ya harto de tanto dramatismo.
Sabía bien que el joven apenas toleraba a Helga, pero esto ya era demasiado.
Bueno, quizás si a él le hubieran contado algo semejante años atrás, habría reaccionado igual. Pero mientras el moreno pasaba la mayor parte de su adolescencia con su novia, ambos rubios se hicieron muy cercanos. Además, el joven Shortman siempre supo que había mucho más tras la máscara que la irascible chica siempre mostraba; algo que tuvo el placer de comprobar.
Pasar el tiempo junto a la menor de los Pataki ya no resultaba algo insufrible como en sus años de primaria. De hecho, se divertía enormemente con ella.
Su celular lo distrajo de entre sus pensamientos al vibrar en su bolsillo. Curioso, lo tomó y vio que tenía un par de llamadas perdidas de Phoebe; además de unos mensajes que leyó de inmediato.
«¿Dónde estás?»
«Si no te apresuras, Helga se marchará.»
Miró la hora, preocupado. Ignorando las quejas de su amigo, cogió el ramo de flores y se despidió.
Gerald observó la puerta del recinto cerrarse, aún conmocionado. Decidió que llamaría a su novia, pero esperaría a que ambos rubios estuvieran fuera. Si arruinaba todo el plan que su mejor amigo y Phoebe habían elaborado, estaba seguro que él sería el siguiente que estaría tocando la puerta con un ramo en mano.
Soltó un suspiro.
—Espero que todo esto termine bien —deseó con sinceridad.
Años atrás, le preguntó a su chica si acaso a Helga le gustaba Arnold. No era tonto; la rabia que solía mostrar la rubia cuando el despistado joven salía con alguna niña, debía significar algo. Pero Phoebe le contestó con un deprimente: «A ella no le gusta Arnold».
Su tono derribó toda curiosidad y prefirió no insistir con el tema; si bien era obvio que tras la respuesta había un pero.
La curiosidad que sentía se desvaneció cuando vio que Helga salía con aquel joven de cabello castaño. Sí, vio. Porque cuando su amada le confirmó que Pataki tenía novio, él se rió en su cara. No fue hasta que los vio juntos que lo creyó; y no reconoció a Helga. Su actitud distaba mucho de la furiosa niña que conocía desde su infancia. El trato que se daba la pareja no era el de las típicas de adolescentes; no había miradas bobas o gestos tímidos. Ellos se relacionaban con una confianza que sólo otorgan los años y con una madurez nada acorde a la edad que tenían.
Se incomodó tanto por el descubrimiento que nunca se lo comentó a su mejor amigo; él tampoco dijo nada por lo que al parecer había tenido el mismo efecto en ambos.
Por otro lado, Arnold era un joven enamoradizo. Si bien sus relaciones no eran largas ni tan profundas como para dejar en él la agonía deprimente de la ruptura, no sabía lo que podría significar para él una relación amorosa con Helga.
¡La sola idea que su amigo la considerara como pareja, le causa náuseas!
Shortman ya no se quejaba de lo insoportable que era la mujer, al menos no como antes. Sus reclamos de «No entiendo por qué me odia tanto», habían pasado a ser «Alice me dejó, sólo quería que hiciera sus tareas de matemáticas, ¡no puedo creer que Helga tuviera razón!». Claro, esas mismas verdades Gerald se las había dicho, pero por alguna razón Arnold sólo se indignaba cuando la rubia se las decía.
Ella realmente se preocupaba por su amigo; y lo observaba muy atentamente. En varias ocasiones se vio manipulado por Pataki, muchas veces lo interrumpía cuando estaba con Phoebe y le soltaba un: «Phebs tiene que salir conmigo, tú deberías ir a consolar a Arnoldo porque hoy terminan con él». Y era realmente cierto; Helga se percataba de cosas mucho antes que él, sobre todo si tenían que ver con el rubio.
Frunció el ceño al darse cuenta del contraste en la actitud de la mujer. Algo definitivamente no había cambiado: ella seguía dedicándole mucha atención a Arnold.
«A ella no le gusta Arnold», la voz de Phoebe sonó como eco en su mente.
Abrió los ojos, estupefacto, y su mandíbula cayó. Llevó una mano bruscamente para cubrir su boca, en un intento de procesar la realidad que había descubierto.
No puede ser, pensó.
Tomó su teléfono y no le importó si su novia se enojaba con él por llamar en un momento tan importante. Esperó dos tonos hasta que finalmente le contestaron y la voz de la morena lo saludó confusa.
—Phoebe, tengo una pregunta —informó, pasando por alto el «Hola, nena», que era tan típico en sus saludos.
—¿Puedo llamarte luego? —inquirió, ocultando sus nervios. Seguramente Helga estaba alrededor y Arnold debía estar por llegar.
—Sólo responde con sí o no —pidió su novio, o más bien, rogó.
Obtuvo silencio desde la otra línea; luego escuchó una puerta cerrarse. Supuso que la morena se había escondido en su habitación.
—De acuerdo.
Gerald tragó nervioso, pero se decidió a soltarlo.
—¿Helga ama a Arnold?
Oyó claramente cómo a Phoebe se le cortó el aliento. El silencio volvió a hacer presencia; la escuchó abrir un par de veces la boca antes de atreverse a proferir palabra.
—Sí —confesó finalmente.
Al joven casi se le cae el celular de las manos.
Entendió todo de pronto.
Todo.
Tenía otra pregunta, pero no se atrevió a formularla porque temía la respuesta; y lo peor es que creía saberla.
«¿Desde cuándo?»
Cuando vio a Arnold parado en la puerta de su recinto, casi le cierra la puerta en su cara; pero el joven pareció ver sus intenciones y la desconcertó con un hermoso ramo de flores minuciosamente decorado.
Después de aclarar que no era una cita —a lo que Helga no sabía si alegrarse o enojarse aún más—, aceptó el obsequio a regañadientes luego de enterarse que le tenía una invitación al teatro.
Sonriendo, corrió a su habitación sólo para enterarse que Phoebe ya había escogido su vestimenta: un jersey largo de color burdeo que ella misma le había regalado. La prenda le cubría hasta medio muslo y asemejaba un vestido corto con mangas. Junto a su cama, reposaban unas botas largas. Y sólo para no perder tiempo buscando algún atuendo, se atavió con lo escogido por su amiga pero le agregó unas pantis negras.
Se dirigieron al teatro y la felicidad de Helga era desbordante; Arnold se perdió gran parte de la obra por ver las reacciones de la mujer.
Al verla satisfecha una vez finalizada la actuación, el joven se atrevió a entablar conversación.
—Helga… —musitó nervioso, no sabiendo por dónde empezar y temiendo arruinar el buen ambiente.
—¿Sí?
Su tono usado delataba que se encontraba con la guardia baja; lejos de su actitud defensiva de siempre.
—Quería disculparme —comenzó, jugando con sus manos—, por lo que pasó la última vez en tu departamento —aclaró, notando de soslayo que la rubia miraba al frente y su ligera sonrisa había desaparecido—. Yo… soy un idiota.
Estuvo tentado de esconder su vista en el piso, pero en su lugar decidió estar atento a la reacción de la joven. Ella no se inmutó, provocando que miles de escenarios fatalistas recorrieran la mente del universitario.
—Olvídalo, Arnold.
Volteó a verla, asustado. Por un momento temió haber arruinado todo; Helga omitía los apodos sólo cuando estaba enojada o se trataba de un asunto muy serio.
Prefirió pensar que era lo segundo.
En cuanto vio la sincera sonrisa que le dirigió, supo que no se equivocaba. Inconscientemente, le devolvió el gesto.
—De acuerdo. —Se animó, levantándose de su asiento y ampliando su sonrisa—. Aún es temprano, ¿quieres ir a algún otro lugar?
La mujer parpadeó un par de veces, confusa. No estaba segura si el joven había decido olvidar realmente el asunto o la estaba invitando para reiterar su disculpa con acciones.
—¿Para decirme de nuevo que eres un idiota? —cuestionó alzando una ceja— No tengo ganas de acompañarte a resaltar lo obvio.
—¿Qué? —Dio un respingo al sentirse perdido en la conversación. Pero en cuanto entendió lo ella insinuaba, reaccionó— ¡No! ¡Yo sólo quiero pasar tiempo contigo porque no hemos hablado en las últimas dos semanas!
Arnold giró su rostro indignado. Le frustraba haber sido el único que se sintiera solo durante sus días apartados. Porque en serio había extrañado los comentarios ácidos de Helga, su risa burlona, sus apodos, incluso sus bruscos gestos. Por un momento se sintió masoquista.
De no haberla perdido de vista, se habría percatado del intenso rubor que cubrió las mejillas de la mujer.
—¿Donde yo quiera? —musitó una vez recuperada.
Necesitaba pensar en cualquier cosa menos en el hecho de que el joven Shortman la había extrañado.
Los ojos verdes se posaron en ella. Una sonrisa adornó el rostro masculino, desvaneciendo toda expresión molesta.
—Sí.
—Bien, pero no te arrepientas luego.
La rubia comenzó a caminar, dejándolo atrás. Mientras, Arnold meditaba si sus palabras se volverían realidad.
Phoebe no se sorprendió al ver aparecer a su novio frente a su puerta minutos después de que los rubios se marcharan. Sabía bien que la conversación que habían tenido seguía inconclusa.
Ahora se encontraban sentados en el sofá. Un brazo de él rodeaba los hombros de la menuda mujer; ella con su cabeza apoyada en el joven. Gerald tenía su cabeza colgando por respaldo del mueble, intentando ordenar sus pensamientos.
—¿Cómo es posible que Arnold no lo sepa? —cuestionó por quinta vez el moreno.
—Porque no hay peor ciego que el que no quiere ver.
Él frunció el ceño. Estuvo a punto de protestar hasta que recordó que no hace mucho se había dado cuenta del hecho.
—¿Helga nunca le ha dicho? —volvió a preguntar, aún sin poder aceptar su impactante descubrimiento.
—Umm… —meditó Phoebe— ¿Recuerdas lo de Industrias Futuro?
—¿¡QUÉ!?
Gerald se incorporó bruscamente, recibiendo una mirada fulminante de su novia por moverla de su cómoda posición.
—Industrias Futuro, en cuarto grado —repitió, haciendo un ademán con su mano para quitarle importancia—. Según entiendo Helga se le declaró a Arnold durante el incidente pero debido a las circunstancias finalmente quedó como un malentendido producto de las emociones vividas en el momento.
Phoebe observó curiosa el palmazo que se dio en la frente su novio. Ahora entendía la presencia de Helga esa noche. Se maldijo por no darse cuenta antes; pero le extrañó que su mejor amigo nunca hubiera mencionado aquel malentendido.
Viejo, eres demasiado denso, pensó Gerald.
—Pensé que había sido cuando fuimos a San Lorenzo —dijo él, para después soltar un suspiro—. No creí que Paraki llevara diez años enamorada de mi hermano.
Son muchos más, pensó su novia. Pero no se sintió con ánimo de corregirlo.
En realidad Gerald no sabía si asombrarse por la cantidad de años o porque Arnold no se había percatado en ningún momento, siendo que se había vuelto tan cercano a la rubia.
—Helga es una mujer de sentimientos intensos —comentó ella.
Volteó a ver a la joven que tenía a su lado. Sus rasgos asiáticos le daban cierto atractivo a su rostro más maduro; su nariz respingada, el leve rubor que coloreaba sus mejillas cuando se avergonzaba o enojaba, el fuego en su mirada y su dulce sonrisa cuando se perdían en los ojos del otro. Su cabello estaba más largo que en su niñez, le rozaba la cintura y era sedoso al tacto.
Ella era decidida, sensible, inteligente y dulce. Se sentía enormemente afortunado por tener una mujer así a su lado; por lo que no quería imaginar su devastación al no tenerla y verla salir con otros hombres.
—¿Cómo lo ha hecho? —cuestionó, agobiado.
Al principio, Phoebe lo miró extrañada. Pero al ver directamente a sus ojos, pudo leer el claro mensaje «Yo no podría vivir sin ti».
—Helga es increíble —declaró con una sonrisa—; yo realmente la admiro. Ella no ha tenido una vida fácil y desde una edad muy temprana tuvo que aprender a valerse por sí misma. —Sonrió, orgullosa de su amiga—. Yo no dudo de su amor, pero sí he visto que su actitud con él fue cambiando. Se muestra sinceramente con él y el hecho de que Arnold la haya aceptado tal cual es, creo que permitió que sus sentimientos maduraran. Pienso que su único deseo es que Arnold sea feliz, y ella lo será en la medida que él le permita permanecer a su lado; aún si es sólo como una amiga.
Gerald guardó silencio, meditando las palabras de su novia. Repentinamente, sintió que el respeto que le tenía a la rubia aumentó.
—Sí —musitó, esbozando una melancólica sonrisa—, definitivamente es increíble.
Cuando entró al club, juró que Helga estaba exagerando. Si bien él no acostumbraba a pasar las noches bailando, sí había salido un par de veces en grupo con sus amigos por ese tipo de lugares. Por lo que estar en un ambiente con estridente música y gritos, no le era ninguna novedad. Si creía que con esto podría intimidarlo, estaba muy equivocada.
Entraron al recinto; ella caminaba delante, con su porte firme y su cabello ondeando suavemente por su espalda. Arnold la siguió intentando imitar su seguridad; una sonrisa se atisbó por su rostro mientras pensaba en que Helga esta vez lo había subestimado.
Llegaron hasta la barra, donde la joven saludó con absoluta normalidad al barman; un muchacho de cabello negro y con un par de piercings adornando su oreja izquierda que se desenvolvía con total experiencia en su trabajo, cogiendo botellas y mezclando distintos licores. Debía tener sólo un par de años más que ellos.
—¿De turno hoy, Cory?
—Sí, bueno —soltó él, encogiéndose de hombros—, mi compañero faltó así que tuve que cubrirlo.
Un escalofrío recorrió al joven Shortman cuando se percató de la pícara sonrisa que les dirigió. Helga parecía acostumbrada, pues ni se inmutó.
—Hola —se atrevió a decir, reacio a dejarse intimidar.
El hombre soltó una risa seca; la rubia ahogó una carcajada.
—Cariño, ¿quién es tu amigo? —cuestionó el barman— Recuerdo cada cara que traes, y la de él no me suena para nada.
Sonrió divertida al ver el ceño fruncido en Arnold. Desconocía la razón de su molestia, pero verlo incómodo siempre era un placer.
—Arnold. —Señaló con la mano al rubio junto a ella, para luego hacer lo mismo con el joven de cabello oscuro—. Cory.
—Un placer.
La duda se asomó en los ojos verdosos en cuanto Cory extendió su mano para acompañar su presentación. Sin embargo, su educación fue más grande y segundos después correspondió el gesto ante la inquisitiva mirada de Helga.
—Igualmente.
Soltó su mano y amplió su sonrisa al ver la inseguridad en el rubio.
—¿Estás soltero? —preguntó, alzando una ceja.
La sorpresa en el rostro de Arnold no se hizo esperar; abrió la boca en un intento de contestar, pero la pregunta tan directa lo descolocó. Por otro lado, Helga no aguantó más la risa y dejó salir una estridente carcajada que bien podía competir con el ruido de la música.
—No sabía que te gustaban tan jóvenes —comentó la mujer con diversión, una vez recuperada de su ataque.
Cory se encogió de hombros.
—En realidad no —admitió mientras tomaba otro pedido de un cliente—, pero no puedo decir lo mismo de los bailarines de esta noche. —Le dirigió una mirada rápida al menor de los Shortman—. Y tu amigo será carnada viva.
El aludido parpadeó alternando su mirada entre ambos. Podía notar perfectamente que se estaban burlando a su costa, pero él aún no entendía la razón.
Meditó unos segundos antes de rendirse e interrumpir la conversación.
—¿A qué te refieres?
Tanto Helga como el hombre de cabello oscuro voltearon a verlo con atención.
—Oh, cielo —mencionó Cory, con fingida preocupación—, ¿esta malvada mujer te trajo engañado?
La acusada lo fulminó con la mirada.
—Él vino por voluntad propia —se defendió.
Arnold frunció el ceño, pero no alcanzó a refutar nada porque el barman continuó hablando.
—¿Sabes qué noche es hoy?
—¿La de admisión a menores de veintiún años?
Cory sonrió de medio lado mientras Helga decidió que el techo era más interesante en ese momento.
—Eso también —coincidió—, pero hoy también es la noche de la diversidad —explicó, para luego dirigirse a la rubia—. ¿Es tu placer incomodar a personas inocentes?
—La intención no es incomodar —objetó, cruzándose de brazos—. Sólo quiero que Arnoldo se acostumbre a todo tipo de ambiente y que su ingenuidad no le juegue en contra —aclaró, para luego soltar un suspiro—. El cabeza de balón a veces es tan distraído que irrita.
El barman observó sorprendido a la mujer. Si bien sus últimas palabras habían sido una queja, ella había dejado claro su verdadero objetivo; que contrastaba mucho de aquella mujer sarcástica y burlona que conocía.
Por otro lado, Arnold logró relajarse al comprender sus intenciones. La sonrisa que adornó su rostro pasó desapercibida por la rubia, ya que ella había desviado la mirada al gentío que bailaba con gran entusiasmo.
—Gracias, Helga.
Sus palabras alcanzaron a ser audibles para la joven, quien le dirigió su atención y se paralizó al ver aquella profunda mirada y amplia sonrisa.
Un rubor cubrió sus mejillas pero logró ocultarlo satisfactoriamente debido al juego de luces que tenía el local. Mas, no pasó desapercibido para los ojos de Cory.
—Sí, bueno…
Ella desvió la mirada, intentando recobrar la compostura. Pensó rápidamente cómo salir de la situación y sus ojos se toparon nuevamente con los jóvenes bailando eufóricos a unos metros de ellos.
—Vamos a bailar, cabezón —ordenó con un movimiento de cabeza y volteó para ver al barman antes de perderse en la pista—. Quiero uno doble a mi regreso.
Él le guiñó un ojo en respuesta.
Por su parte, Arnold la observó marcharse; algo confundido por lo repentino de sus acciones. Negó con la cabeza al recordar que así era Helga y que debía mantenerse atento para darle alcance. Así que en cuanto vio que la rubia comenzaba a perderse entre el gentío, decidió seguirla.
—Nos vemos —le dijo al hombre tras la barra antes de desaparecer él también en la pista.
Cory los observó irse. Un sentimiento de nostalgia lo invadió al ver las miradas que se dirigían. Definitivamente, tener veintiocho ya lo hacía sentirse viejo.
En la pista de baile, Helga comenzó a desenvolverse con soltura. Al rubio le costó seguirle el ritmo, pero afortunadamente ella se apiadó de él y comenzó a guiar sus pasos.
Ahora que lo meditaba, era la primera vez que salían solos a un club. Por lo general, siempre iban acompañados de Gerald y Phoebe; otras veces habían salido con sus antiguos compañeros de Hillwood, cuando coincidían en la ciudad. Incluso él había salido un par de veces con sus compañeros de clase.
Sin embargo, su acompañante parecía estar acostumbrada. Como si para ella asistir a ese tipo de lugares era una rutina; lo que de cierta manera, le molestó.
Ahí iba de nuevo esa sensación de que se perdía algo de la rubia.
Bailaron varias canciones antes de que les faltara el aliento y sus cuerpos pidieran refrescarse. Con un simple gesto acordaron volver hasta la barra para reclamar sus bebidas, donde Cory los esperaba con una expresión seria.
—No intentes parecer profesional; no va contigo —comentó la menor de los Pataki, rodando los ojos.
El barman sonrió de medio lado y termino de mezclar un brebaje que les sirvió de inmediato a ambos jóvenes.
—Arruinas mi reputación —se quejó él.
—Me das demasiado crédito. Tú te encargas solo de eso.
Prefirió no contradecirla, ya que tenía mucho trabajo. Pero como le gustaba tener la última palabra, soltó un último comentario antes de dejarlos solos y dirigirse a atender al resto de sus clientes.
—Arnold —llamó, obteniendo la atención del susodicho—, sé que te advertí de los bailarines, pero ahora mismo creo que deberías preocuparte de la castaña que no te ha quitado el ojo desde que se perdieron en la pista.
Le lanzó una pícara mirada antes de seguir con sus labores.
Helga desvió su mirada sin disimulo, encontrándose con una muchacha de cabello largo y castaño que efectivamente le dedicaba toda su atención al rubio.
Vestía una falda muy corta con zapatos de tacón y una polera demasiado apegada a sus curvas. Su escote dejaba ver el inicio de sus senos; tenía una delantera llamativa pero no tanto como la de su amiga Phoebe. Seguramente usa relleno, pensó. Sin embargo, lo que la alertó fue la sonrisa traviesa que no abandonaba su expresión.
Reconocía aquel gesto. Se estaba preparando para saltarle encima al distraído joven.
Por su parte, Arnold tardó más en comprender las palabras de Cory. Así que cuando volteó, Helga ya había realizado un análisis completo de aquella bribona. Pero en cuanto él visualizó a la muchacha, se giró nuevamente con evidente sorpresa reflejando su rostro. Por un momento, Pataki juró que estaba sudando frío.
Alzó una ceja ante su comportamiento, pero de inmediato frunció el ceño al comprender la razón.
Él la conocía.
—Hey, casanova —reclamó su atención—, ¿algo que quieras compartir?
El acusado tomó al seco su trago; deseando que hubiera tenido alcohol para poder aliviar su nerviosismo.
—Te he hablado de ella —mencionó por fin—, es la chica de mi clase que según tú intenta seducirme.
Helga apretó los dientes.
—No es según yo, zopenco —chistó, perdiendo la paciencia—. Ella claramente quiere encamarse contigo.
—¡Helga!
—¡Arnold!
El joven escondió su cara entre su mano mientras la rubia elevaba su vista al cielo y soltaba un suspiro.
—Como sea —soltó la mujer—, creí que habías dejado las cosas claras con la tal Erika. Pero por lo visto fallaste estrepitosamente.
—Emily.
Helga entrecerró los ojos. Su expresión gritaba un «¿En serio?».
—A no ser que realmente quieras una noche de sexo con esa chica, su nombre no es relevante —recriminó hastiada.
Él no volvió a corregirla.
—Le he dicho muchas veces que no tengo interés amoroso en ella —dijo en su defensa, pero al ver que la rubia alzó una ceja, decidió agregar—, sexual tampoco. —Soltó un suspiro intentando recobrar la compostura—. Pero no parece que me tomara en serio.
Los ojos azules lo escanearon; se veía sincero. Miró de soslayo a la famosa Emily, que en ese momento soltaba una risita mientras hablaba con una joven que supuso sería su amiga.
Una idea radical vino hasta la mente de Helga, provocando que tragara saliva. Era arriesgado, pero tenía una posibilidad de funcionar.
Pero, ¿se atrevería?
«Tus sentimientos son demasiado intensos como para reprimirlos. Debes expresarlos o superarlos.»
Estúpido Alan.
—¿Has intentado demostrarle que no estás interesado en ella?
Arnold la observó extrañado. Le dirigió toda su atención, encontrándola de brazos cruzados y con mirada expectante.
—¿Demostrarle?
Ella asintió.
—Una acción vale más que mil palabras —recitó, sonriendo de medio lado.
Él reconoció su pose segura y aquel gesto en su rostro.
—¿Tienes un plan?
—Más que plan, es una idea.
Lo vio llevar su mano hasta su boca y meditar. El muy idiota no sabía siquiera de qué se trataba y estaba ya considerándolo. ¿Acaso su fe en las personas era tan ciega? ¡Diablos!
—De acuerdo —dijo, sonriéndole de esa manera que la desarmaba totalmente—. Hagámoslo.
Tragó duro.
¡Que alguien le diera un Óscar por no desmayarse ahí mismo!
Inspiró profundamente y se levantó de su silla, causando que inconscientemente el joven también se incorporara. Avanzó un par de pasos hasta posicionarse frente a él, bajo su atenta mirada.
—Bien —dijo ella, sellando el trato.
Dentro de todas sus opciones, Arnold jamás consideró que la rubia lo cogiera de la solapa y lo acercara hasta su rostro, cerrando la distancia entre sus labios.
Sus ojos se abrieron desmesurados producto de la sorpresa, pero en cuanto vio su rostro tan cerca, se concentró en sus facciones. Helga mantenía sus ojos cerrados, permitiéndole visualizar sus tupidas pestañas y un leve sonrojo que adornaba sus mejillas.
La calidez del toque lo relajó, y le hizo cuestionarse qué pasaría si entreabría un poco sus labios; acto que finalmente realizó y que causó que ella profundizara el contacto.
Gimió levemente al percatarse que un nuevo intruso invadía su boca, pero no dudó en corresponder. Cerrando los ojos, decidió entregarse a todas las sensaciones que aquel beso le estaba otorgando mientras sentía su cara acalorarse. Lentamente, elevó su mano derecha y la posó sobre la cintura femenina para acercarla a su cuerpo; provocando que ella se sobresaltara. Sin embargo, también notó que aflojaba el agarre en su camisa y en su lugar deslizaba su mano hasta afianzarse en su nuca.
Helga se sentía completamente mareada. Se supone que iba a ser un roce, un leve toque que durara unos segundos para poder contemplar la reacción de Emily. Sin embargo, en cuanto Arnold comenzó a corresponderle, no supo más de ella. Se afianzó a él con firmeza, rodeó su cuello con ambas manos; sintió que él la abrazaba, llevando una de sus manos hasta su espalda y posando la otra justo a la altura de su cadera, acercándola más al cuerpo masculino.
Ambos se perdieron en el sabor del otro. No pensaron en absolutamente nada, sólo se concentraron en las sensaciones que les transmitía el íntimo contacto.
De haber abierto los ojos, se habría percatado de la expresión escandalizada que lucía la compañera de clases del rubio.
Cory, que había disfrutado del espectáculo desde que se habían levantado de sus asientos, sonrió orgulloso.
Crecen tan rápido, pensó mientras se limpiaba una lágrima imaginaria.
Hola!
Uff, pensé que no alcanzaría a subir el capítulo hoy. Día caótico. Y espero terminar el capítulo 4 este fin de semana.
Me disculpo de antemano si hay algún error de gramática o algo, porque no le hice una minuciosa revisión como los capítulos anteriores.
Espero les haya gustado este capítulo, se agradecen enormemente los comentarios para saber si les sigue gustando la historia :)
Nos leemos la próxima semana!
