RENDEZ VOUS

Capítulo 2

Mucho antes de aterrizar en Córcega, Clint Barton ya sabía que aquel viaje había sido una mala idea. O, para ser más precisos, había sido una mala idea viajar con alguien.

-¿Córcega? ¿Y por qué Córcega?

Ella se encogió de hombros a pesar de que sabía que él no podría verla.

-No sé. ¿Porque es un lugar bonito?

Clint rezongó ruidosamente e intentó acomodarse mejor en su estrecho sillón del avión.

-Excelente argumento para alguien que no puede ver – le dijo acercándose a su oído, no dispuesto a que el hombre que llevaba a su lado escuchara la conversación entre ellos. –Nebraska también es bonito. No teníamos necesidad de atravesar medio mundo.

Natasha cerró con fuerza la revista que había estado ojeando hasta ese momento. No le interesaba lo más mínimo lo que estaba leyendo pero los artículos sobre la moda francesa le atraían sobremanera.

-Pues sin desmerecer a Nebraska te diré que Córcega es bonita. Hermosa.

Su compañero asintió.

-Entonces, ¿has estado antes? – preguntó, reclinándose en su asiento.

Él no pudo verla, pero ella asintió con vigor.

-Sí. Hace muchos años. – Respondió en voz baja.- Es una larga historia.

Clint se movió incómodo en su asiento. Hacía más de tres horas que se hallaban dentro de aquel avión y, por lo que había dicho el capitán antes de despegar, aún les quedaban otras cinco horas de vuelo. Había probado a escuchar música, pero se aburrió pronto de ello. Más tarde había intentado dormir, pero no había tenido éxito. Y, como colofón, las piernas se le estaban quedando dormidas debido a la inmovilidad. Necesitaba levantarse y andar, aunque fuera sólo un poco. No debía haber mucho sitio en aquel avión, pero si no se levantaba y estiraba las piernas, terminaría pateando el asiento del pasajero de delante.

Se acercó hasta Natasha y le susurró al oído:

-Necesito salir al pasillo.

La mujer comenzó a levantarse. Antes de que él pudiera salir, ella preguntó:

-¿Te ocurre algo? ¿Tienes que ir al baño? ¿Quieres que te acompañe? – soltó en una retahíla.

Apenas se había levantado de su sillón cuando se dejó caer pesadamente de nuevo en él.

-No me ocurre nada. No tengo que ir al baño y, por Dios, –respondió entre dientes- ¡No necesito que me acompañes!

Natasha lo miró por el rabillo del ojo sin dejar de hojear su revista.

-Estás muy quisquilloso.

-No, no lo estoy – rezongó, visiblemente contrariado. – Solo que, si tuviera que ir al baño, me gustaría guardar algo de dignidad.

-No iba a entrar contigo, pierde cuidado.

Clint se dejo caer sobre el respaldo y cruzó los brazos delante de su pecho.

-Entonces, ¿vas a salir al pasillo o no? – preguntó Natasha con voz serena, como si la última conversación no hubiese existido.

El agente Barton se pasó una mano por el rostro, retiró despacio sus gafas oscuras y se masajeó los ojos.

-Este viaje va a ser eterno.

Durante más de la mitad del vuelo, el pasajero que estaba sentado a su izquierda, en el asiento de la ventanilla, había intentado entablar conversación en, al menos, diez ocasiones. En todas ellas, Clint le había respondido con monosílabos, esperando así que el sujeto se desalentara. Nada más lejos; el hombre había insistido con arengas interminables por su parte, con muchas preguntas y muchos más episodios de su vida, que a nadie importaba, acompañado todo ello con un abundante movimiento de manos y brazos cada vez que hablaba.

En uno de los largos monólogos en los que se había enfrascado su vecino de asiento, Clint se giró subrepticiamente hacia Natasha.

-Dame un cuchillo – le susurro cerca del oído.

Ella se separó un poco de él para poder mirarlo de arriba abajo con cara de sorpresa.

-¿Qué se supone que vas a hacer? – le preguntó una vez se hubo acercado de nuevo a él. - ¿Cortarle el cuello?

Clint negó con rotundidad.

-Cortarme las orejas. Así no tendré que seguir escuchándolo.

Natasha ahogó una risotada que le nació en la garganta. Puso su mano sobre el antebrazo de Clint.

-¿Quieres que nos cambiemos el asiento? –preguntó, aún cuando ya sabía cuál sería la respuesta.

-Por favor – le rogó con voz suplicante.

Ambos se levantaron al unísono. Con precaución, Clint salió hasta el pasillo para así permitir que Natasha ocupara su asiento hasta ese instante.

Con una sonrisa radiante en los labios, Natasha se sentó.

-Hola. Cambio de asiento. Mi novio necesita estirar un poco las piernas –dijo, dirigiéndose directamente al hombre junto a la ventana, que la miraba con ojos brillantes y una sonrisa boba en los labios.

Clint tocó suavemente el brazo de la mujer y ella se giró para enfrentarlo.

-¿Novio? – inquirió el agente, elevando un poco una ceja, que asomó por el borde de sus gafas oscuras.

-¿Marido, entonces? ¿Amante? –contestó ella.

Una sonrisa ladeada se dibujó en el masculino rostro.

-¿Me estás proponiendo algo, agente Romanoff?

Antes de contestar, Natasha le correspondió con una sonrisa burlona. Puso su mano sobre la muñeca del hombre y se acercó hasta él.

-Tal vez en tus sueños – le susurró al oído, deliberadamente despacio. El calor del aliento de la mujer en la piel del cuello y la oreja, junto a su proximidad, hizo que cada poro de su cuerpo de erizara y que pequeñas corrientes eléctricas lo recorrieran de arriba abajo.

En ese instante supo que todo aquel asunto del viaje sería un infierno.

Clint tardó varios segundos en darse cuenta de que lo que oía era la risa ahogada del hombre de la ventanilla.

-Es usted un hombre afortunado, muchacho, teniendo a una mujer tan bella.

Intentando recuperar la compostura, el agente Barton se removió en su nuevo asiento, apretando fuertemente la mandíbula.

-Sí, ciertamente afortunado.

No recordaba bien cuánto tiempo hacía que conocía a Natasha. Parecía haber pasado toda una vida desde que rehusó seguir una orden y matarla en aquella misión en El Cairo. Desde entonces, habían tenido esa especie de compañerismo a ultranza que muy pocos entendían y que muchos confundían con algo más carnal. Estaba convencido de que, en S.H.I.E.L.D., algunos pensaban que Ojo de Halcón y la Viuda Negra tenían un lío. Le daba lo mismo lo que especularan. Él no era lo que se podría denominar una persona sociable, recapacitó. Le gustaban el silencio y la soledad, que guardaba celosamente para sí mismo. Pero sólo había una persona con la que no le importaba compartir aquel silencio y a la que dejaba traspasar su espacio personal. Ella era la única a quien le confiaría su vida y la única a la que le hubiera permitido atraparlo en aquel viaje sin sentido.

Ojo de Halcón pensó que, ciertamente, no podía denominar lo que había entre ambos. ¿Amor? El amor era frágil, efímero e inconstante, pensó para sí y lo había aprendido a las malas en su vida. No era, en definitiva, lo que lo unía a Natasha. Si hubiera algo más fuerte que el amor; más perdurable y más franco, eso sería lo que habría entre los dos. Pero no podía evitar que su cuerpo reaccionara al contacto con el de ella y a su cercanía. Tal vez todos aquellos en la agencia tuvieran razón y esa manifiesta tensión sexual entre ellos terminaría por estallar en algún momento. Se arrellanó en el asiento y cerró los ojos, deseando que aquellas vagas luces se tornaran en colores y formas, e intentó convocar toda la paciencia y la sangre fría de la que era capaz. Le iban a hacer falta.

-Señores pasajeros, estamos a punto de tomar tierra en el aeropuerto de Ajaccio, capital de Córcega. – Dijo la voz amable y bien modulada de la auxiliar de vuelo por los altavoces.- Por favor, les rogamos pongan sus asientos en posición vertical y abróchense los cinturones. En nombre del capitán Bordoux y de toda la tripulación, gracias por volar con nosotros y esperamos verlos en próximas ocasiones.

Natasha buscó el cinturón de seguridad y lo abrochó con destreza. Miró a su derecha. Después de mucho intentarlo, Clint se había quedado dormido hacía sólo dos horas. Había estado dando vueltas, cruzando y descruzando las piernas, hasta que pudo relajarse y dormir. Ahora tenía que despertarlo y, con sinceridad, no le apetecía en absoluto. Barton había dejado caer la cabeza sobre el respaldo, con los labios ligeramente abiertos y la respiración acompasada. Tenía puestas las gafas oscuras, de las cuales no se había desprendido en todo el vuelo pero, por un pequeño resquicio, podía vislumbrar las pestañas del hombre, largas y espesas. Natasha aguardó un segundo más, observando cómo su pecho subía y bajaba rítmicamente y cómo la luz mortecina de la cabina del avión oscurecía su pelo, ahora un poco más largo que de costumbre.

Con cuidado, tocó brevemente el codo del hombre.

-Clint, estamos llegando – le dijo en voz baja.

Al punto, el agente se irguió y sacudió la cabeza, alejando así la modorra del sueño.

-¿Ya?

-Tardaste mucho en quedarte dormido – intervino ella.

-Bien, me alegrará bajarme de este aparato – dijo mientras buscaba a tientas el cinturón. Despacio, lo abrochó y se enderezó todo lo que pudo, desentumeciendo así los músculos de su espalda.

El ruido de las turbinas del avión se hizo más intenso y ambos agentes guardaron silencio, como el resto del pasaje. De repente, el impacto de las ruedas contra el asfalto y el sonido de una súbita desaceleración, les indicó que acababan de tomar tierra.

-¿Dónde vamos ahora?

Clint había andado todo el camino hacia el exterior del aeropuerto justo al lado de Natasha. Si ella se detenía, él lo hacía; si él se retrasaba un paso, ella lo esperaba. Nadie en aquel recinto habría dicho que se trataba de un hombre casi ciego. Recogieron sus maletas de las cintas y se encaminaron hacia la salida.

-Tenemos un coche esperándonos.

El exterior del aeropuerto no era ni tan grande ni tan caótico como otros muchos en los que habían estado. El coche que Natasha había contratado estaba esperándoles en el parking, justo al otro lado de la calzada. Con las llaves en la mano, Natasha buscó la matrícula hasta que lo localizó.

La mujer abrió el portaequipajes y metió dentro la maleta que llevaba en la mano. Aguardó a que Clint se acercara hasta ella y depositara la suya, pero él se mantuvo inmóvil justo al costado del vehículo.

-¿Vas a llevar tu maleta todo el tiempo?

Clint giró la cabeza hacia el lugar de donde provenía la voz de la mujer.

-No.

Apoyándose en el coche, Clint resiguió la silueta del mismo hasta que dio con el maletero, en donde colocó su equipaje.

-Ciérralo y date prisa. Nos marchamos – le instó la voz de la mujer ya desde el interior.

Haciendo el camino inverso, Clint llegó hasta la puerta del copiloto, la abrió y tomó asiento.

Natasha arrancó y el motor rugió mansamente bajo sus manos.

Entraron en la ciudad veinte minutos más tarde. La avenida corría paralela al puerto de la ciudad, en donde se encontraban anclados grandes cruceros que escupían a la ciudad miles de expectantes y sonrientes visitantes.

Natasha siguió la indicaciones del tráfico y giró hacia lo que parecía ser la plaza principal de la localidad, un pintoresco lugar con adelfas en flor y altas palmeras que ofrecían sombra a los paseantes. Puestos ambulantes de frutas, vinos y quesos, repletos de clientes, abarrotaban el espacio. Abandonaron el lugar por la avenida que nacía en el extremo opuesto de la plaza y que ascendía con una pronunciada pendiente.

Después de quince minutos sin pronunciar palabra alguna, Clint se removió en el asiento, buscando una postura más confortable. Apoyó el codo sobre la ventanilla abierta. El viento le daba en la cara. La velocidad no era tan excesiva para que fuera incómodo y era agradable sentir el aire fresco después de tantas horas encerrados en aquel avión.

-Y ahora, ¿dónde vamos? –preguntó casualmente.

Natasha iba absolutamente concentrada en la conducción. La carretera era estrecha y algo dificultosa. En el margen derecho, casas casi al borde de la calzada; en el izquierdo, la costa, que intercalaba pequeñas calas de aguas cristalinas con rocas en donde algunas personas pescaban. Al fondo, el celeste del cielo en contraposición del azul marino de las aguas del Mediterráneo. Lo miró por el rabillo del ojo.

-Nos dirigimos a unas pequeñas islas frente a La Pareta. Las llaman Las Sanguinarias –contestó sin apartar la vista de la conducción.

Clint giró la cabeza en dirección hacia ella, pese a que en ese momento, para él, la mujer era poco más que un bulto borroso y gris.

-¿Las Sanguinarias? ¿En serio?

Ella asintió antes de contestar

-Así es.

El agente sonrió con un gesto sesgado.

-Las Sanguinarias. Un nombre muy apropiado para gente como nosotros, ¿no te parece?

-Absolutamente.

Natasha levantó un poco el pie del acelerador. Un autobús turístico circulaba delante de ella. Debido a las dimensiones no podía adelantarlo, así que se conformó con ir detrás de él.

-¿Qué hora es? –quiso saber Clint.

Ella echó un vistazo rápido a su reloj de muñeca.

-Casi las dos ¿Por qué?

La respuesta le llegó desde el estómago del hombre, en forma de un sordo rugido.

-¿Tienes hambre?

Él asintió.

-No pensarías que esa comida insustancial del avión era realmente una comida, ¿verdad? – respondió.- Además, ¿cuántas horas hace ya de eso?

Aunque no le contestó, ella no pudo por menos que darle la razón. Su estómago también estaba empezando a protestar. Pero eso lo podrían subsanar en breve; diez minutos como máximo. Había una parada para turistas frente a La Pareta con bebidas y sándwiches. Allí era donde dejaría el coche y comenzarían el último tramo para llegar a su destino.

Cinco minutos después, el autobús que los precedía accedió a un enorme terraplén sin asfaltar y lleno de otros muchos autobuses de vistosos colores. Natasha se dirigió a un aparcamiento y detuvo el coche.

-¿Hemos llegado?

-Nos bajaremos aquí. La última parte la haremos en barco.

Clint arrugó la frente.

-¿Pero se puede saber dónde demonios vamos? ¿Al fin del mundo?

La mujer ya estaba fuera del coche como para poder responderle. Natasha sacó del maletero ambas bolsas y, rodeando el vehículo, le tendió la suya a Clint, haciendo que ésa tocara su mano para que él pudiera saber dónde se encontraba.

-¿Quieres tomar algo antes?

El hombre hundió exageradamente los hombros.

-Por favor.

Natasha hizo que su compañero la aguardara en el exterior de un pequeño establecimiento, con paredes de madera y unos cuantos bancos y mesas. Al poco tiempo salió portando una bolsa con dos bocadillos y un par de bebidas.

-Toma – le alcanzó uno de ellos.

La mujer lo observó desenvolverlo. Lo hacía con sumo cuidado, pasando sus largos dedos por el plástico, buscando el lugar más adecuado por dónde romperlo. Cuando lo consiguió, se lo llevó a la boca y le dio un gran mordisco.

-Está muy bueno, ¿de qué es? –Mordió el bocadillo de nuevo.

Ella tragó el pequeño pedazo que estaba masticando.

-Jamón asado. Y mermelada de cebolla.

Clint detuvo su mandíbula abruptamente.

-No me gusta la cebolla – argumentó con la boca aún llena.

Natasha sonrió.

-Pues te lo has comido casi entero. No seas crío.

Alargando una mano, buscó a tientas la servilleta que venía con el bocadillo. Se limpió y dejó el pequeño trozo de bocadillo restante sobre ella.

-Lo que tú quieras – objetó, poniéndose en pie.

Maldiciendo por lo bajo la tozudez de su compañero, Natasha se puso en pie rápidamente, terminó lo que quedaba de su frugal almuerzo y se colocó junto a Clint.

-Bien, nos queda el último tramo. Coge mi mano.

-¿Por qué he de coger tu mano? Aunque no vea lo suficiente, soy perfectamente capaz de ir tras de ti.

Ella se acercó con los brazos en jarras.

-Porque vamos a bajar a un pantalán y, tal vez, señor Yo-puedo-con-todo, tropieces y te hagas daño. Pero, ¡hey!, tú mismo. No querrás que los demás piensen que somos una parejita de novios en busca de un barco para ver la puesta de sol - soltó con cierto retintín, mientras meneaba la cabeza de un lado a otro.

Natasha giró enérgicamente, para darle la espalda. Respiró en profundidad, intentando calmarse. Desde el momento en que le había propuesto aquel viaje, sabía que no sería un camino de rosas lidiar con un ofuscado y testarudo agente Barton, pero estaba comenzando a pensar que proponérselo había sido un completo error. Entonces, sin esperarlo, Clint la tomó de las caderas por detrás, con cuidado, y la atrajo hacia sí, colocándola a su costado, y pasándole su brazo por la cintura.

-Si la situación pasa por que tengamos que aparentar ser un par de novios, lo haremos como adultos y no como adolescentes. ¿Trato hecho?

La mujer no pudo evitar sonreír.

-Trato hecho – le respondió ella, con calma.

-Y cuidado de no arrojarme por el borde del pantalán.

Natasha alzó una ceja y lo miró por el rabillo el ojo.

-¿Por quién me has tomado?

-Por la Viuda Negra.

El barco que los esperaba era una lancha de recreo de poco más de siete metros de eslora y un motor de doble hélice. Había dos asientos tras los mandos del barco. Natasha ayudó a Clint a subir y, cuando ambos lo hubieron hecho, se sentó en uno de ellos y encendió el motor.

El mar estaba completamente calmado. En aquella época del año, casi finales de marzo, el sol entibiaba ya la superficie del agua y devolvía bonitos reflejos tornasolados. Clint alzó el rostro hacia el cielo mientras el aire marino le revolvía el cabello. El olor a sal le saturaba el olfato.

-¿Cómo es la isla a donde vamos? – preguntó, haciéndose oír por encima del ruido del motor.

Natasha retiró un mechón de su cabello del rostro, que le cosquilleaba la mejilla.

-La isla es bastante escarpada – le respondió, casi gritándole para que pudiera escucharla y aún concentrada en pilotar la lancha.- Vamos hacia la cara oeste, la que está más alejada de la costa. Allí hay una pequeña cabaña que es del todo invisible si no la vas buscando.

-¿Cuánto tardaremos en llegar?

-Cinco minutos a lo sumo. La tenemos casi enfrente.

Una vez más, Clint maldijo para sí su suerte. Aunque podía percibir tímidamente el resplandor del sol en el agua, la imagen de la isla era del todo inalcanzable para él. Cerró las manos fuertemente en torno al timón que no estaba utilizando, tanto que le dolieron los nudillos de la presión que ejerció sobre él. Si aquella situación tardaba en resolverse, si su vista no regresaba, no sabía bien qué iba a ser de él.

El pantalán que los aguardaba en la playa rocosa era poco más que una tabla de madera, podrido por el agua y el tiempo. Natasha atracó la lancha en un costado y sujetó el cabo. Se acercó hasta Clint, que ya estaba incorporándose de su sillón.

-Vamos, hemos llegado.

Clint se sujetó al codo de la mujer y ambos abandonaron la embarcación con sus respectivas bolsas.

La orilla estaba alfombrada de piedras redondeadas y grisáceas. El agua rompía mansamente contra ellas, apenas levantando un poco de espuma y muriendo lentamente un metro más adelante. Clint bajó del pantalán, seguido de cerca por Natasha.

-¿Y bien? – preguntó el hombre.

Natasha miró en rededor. Si no supiera que la pequeña edificación estaba allí, bien podría haberle pasado desapercibida. Justo al pie de un alto peñasco estaba la cabaña, del mismo color gris pálido que todo lo que le rodeaba, con el tejado un poco más oscuro que el resto. Habían tenido especial cuidado al construirla para que fuera invisible a todo aquel que no la estuviera buscando. La mujer sonrió al verla.

-Allí está – contestó, poniéndose en marcha, con Clint junto a ella.

Los guijarros crujían bajo sus pies y les dificultaban el camino. Los cien metros que había hasta la cabaña parecieron una eternidad.

Cuando llegaron hasta la puerta, después de subir tres ajados escalones, Natasha buscó la llave. Sabía dónde estaría escondida. Tanteó el marco de la ventana y, en efecto, allí estaba, aguardándola.

Pese a lo que había creído en un principio, la cerradura se abrió con facilidad; sin embargo, al empujar la puerta, sus goznes medio oxidados chirriaron justo como había imaginado que harían. El olor a mar y salitre les abofeteó.

-¿En serio nos vamos a quedar aquí? – preguntó Clint, con la nariz ligeramente arrugada. Natasha lo miró, sorprendida.

-Hemos estado en sitios peores, Clint. ¿O ahora te harás el remilgado?

El hombre pareció sopesar las palabras de su compañera y, tras un segundo, se encogió de hombros.

-Es cierto.

Ambos traspasaron el umbral, uno tras otro. Natasha soltó la bolsa que llevaba y se acercó hacia una de las ventanas. Descorrió los pestillos y abrió las contraventanas. Unas cuantas motas de polvo danzaron, caprichosas, en el haz de luz solar que entró a sus anchas por la ventana.

La edificación constaba de un salón grande con una chimenea que hacía mucho tiempo que no era usada. Un enorme sofá en el centro, tapizado en un color indescriptible y, tras él, una mesa con cuatro sillas. Muy pocos muebles y bastante espacio. Era perfecto.

Natasha se acercó al sofá. Sorprendentemente, estaba todo bastante limpio. La persona a la que le había alquilado aquella choza, se había esmerado en que todo estuviera, al menos, habitable.

-¿Cómo es la cabaña?

La mujer había olvidado por un momento la falta de visión de su compañero. Se adentró en la cabaña con paso ágil, para echar un rápido vistazo. A su derecha se encontraba una puerta que daba a un baño y, junto a éste, un dormitorio con una cama doble y edredón blanco. Al final de un corto pasillo, una pequeña cocina aunque bastante completa. Dio la vuelta al salón. En él había dos ventanas, las cuales había abierto al entrar y una puerta en el lado opuesto. Era un pequeño armario.

-Está bastante bien. Mejor de lo que yo esperaba –respondió.

Clint movió la cabeza, hacia el lugar desde donde le llegaba el sonido de la voz de la mujer.

-Dime dónde puedo dejar mis cosas.

-Te llevaré hasta la habitación del fondo – se acercó a él y lo tomó del codo. Antes de que ella pudiera guiarlo, él frenó en seco.

-¿Y tú?

-Hay otra habitación al otro lado del salón –mintió, refiriéndose a la puerta que daba al armario, intentando que su voz no la delatara. Sabía que Clint sería capaz de descubrirla en su mentira.

-Si quieres, yo puedo ocupar esa.

-No – se apresuró a contestar-. La tuya está junto al baño. No quiero que te rompas la cabeza intentando cruzar el salón.

Clint pareció sopesarlo durante unos instantes. Entonces, asintió.

-Está bien.

Durante un momento, Clint se quedó parado en donde estaba, visiblemente rígido y sin saber bien qué hacer o hacia dónde dirigirse, con ella parada a su lado, observándolo.

-Si necesitas ayuda… - intervino Natasha. El gesto negativo de Clint hizo que se congelara donde estaba.

Despacio, tanteando los pocos muebles que se encontró a su paso y guiándose por las paredes, Clint llegó hasta la habitación. Natasha pensó que, si le hubiera pedido ayuda, no le dolería tanto como verlo en aquellas circunstancias. Conocía a Barton desde hacía mucho tiempo y aquella situación debía ser, de lejos, la más difícil por la que había pasado.

Un minuto después, Clint salió de la habitación, haciendo el recorrido inverso, ayudándose únicamente de sus manos. Llegó hasta donde se encontraba ella y se sentó en el sofá.

La mujer escondió su bolsa en una esquina de la habitación, lejos del radio de alcance del agente. Tendría que explicar algunas cosas si él llegara a encontrarla. Como, por ejemplo, su reticencia a compartir habitación.

-Tengo que regresar a La Pareta.

Clint se había arrellanado en el sofá, tumbándose cuan largo era, con la cabeza descansando sobre sus antebrazos.

-Bien.

Natasha parpadeó una vez, luego otra, sin retirar la mirada de su compañero.

-¿Vas a venir conmigo?

-No – acertó a responder, sin inmutarse lo más mínimo.

La mujer boqueó como pez fuera del agua. Intentó componer alguna frase pero ninguna acudió a sus labios.

Antes de salir, Natasha echó un vistazo hacia su compañero. Esperaba que cambiara de opinión. En lugar de ello, Clint cruzó una pierna por encima de otra y se movió ligeramente, buscando una posición más cómoda con la que poder pasar el tiempo.

Natasha regresó casi cuarenta y cinco minutos más tarde. Había ido a recoger algunas cosas que había enviado antes de tomar el avión y que la esperaban en el establecimiento para turistas. Era bueno tener a conocidos en casi todas las partes del mundo. Porque podría darse el caso de que, algunos de ellos, le debiera algún favor. Como ocurría en aquella ocasión.

Sentía una ligera incomodidad justo en la boca del estómago. Sabía cuál era la razón de ello. Cuando le había propuesto a Clint que la acompañara, no fue porque no le apeteciera regresar sola a la ciudad, sino porque no quería dejarlo solo, en un lugar que no conocía y el cual no podía ver. Su primera reacción debería haber sido el mostrarle la casa, dársela a conocer para que, así, él pudiera ubicarse y moverse por ella más fácilmente. Pero el lenguaje corporal de Clint la había desorientado. No quería incomodarlo; no quería que se sintiera una persona dependiente. No pretendía herir su orgullo, ya de por sí vapuleado por las circunstancias.

Cuando abrió la puerta, la escena que la recibió era exactamente la misma que había dejado casi una hora atrás. Clint seguía echado en el sofá, en la misma posición, mirando hacia el techo tras sus gafas oscuras.

-¿Aún sigues ahí tumbado? – pregunto Natasha desde el umbral de la puerta. Tal vez estuviera dormido.

-Sí.

Natasha se acercó despacio hasta donde se encontraba el hombre, mirándolo desde arriba.

-¿Y va a ser así el tiempo que estemos aquí?

La única respuesta que pudo obtener fue un encogimiento de hombros por parte de su compañero.

La mujer consideró seriamente que, por su actitud, estaba siendo merecedor de ganarse una bofetada.

-¿No piensas hacer nada? ¿Te quedarás ahí esperando que el tiempo pase, Clint?

-Dime, ¿qué quieres que haga? – inquirió de manera despectiva, con los dientes fuertemente apretados.

Ella se encogió de hombros.

-¿Enfrentar la situación, tal vez?

-¿Y cómo quieres que lo haga, Nat? – Se incorporó con rapidez hasta quedar sentado, alzando el rostro hacia ella -¡No conozco el lugar! No sé dónde está el baño ni a dónde ir para beber un vaso de agua. No sé si me voy a partir la cabeza en el próximo paso que daré.

Sus palabras la golpearon en el pecho. Con seguridad, la merecedora de aquella bofetada que se había planteado darle, debía de ser para ella.

-Te ofrecí mi ayuda y la rechazaste – le respondió, bajando el tono de voz.

-¡Por el amor de Dios, Natasha!

-Cada vez que te he ofrecido mi ayuda, te has sentido ofendido – dijo ella, dándose media vuelta y elevando los brazos hacia el cielo. -No sé hasta dónde llegar sin herirte.

Con un movimiento rápido, Clint se levantó. Se paró a tan sólo unos pocos centímetros de ella y apretó la mandíbula.

-Tal vez deberías haber pensado eso antes de sacarme de Nueva York, agente Romanoff – soltó con rabia medianamente contenida.- Así que, por favor, déjame que me las apañe solo con mi ceguera. Y muchas gracias por todo.

Natasha se hizo a un lado para dejar pasar a Clint. El hombre tropezó ligeramente con el costado del sofá y trastabilló, pero eso no fue impedimento para que se alejara hasta su habitación a grandes zancadas y cerrara tras él con un fuerte portazo.

CONTINUARÁ