Hola a todo el mundo... he regresado con un nuevo capitulo de esta historia y espero que les guste... Me siento muy emocionada por sus reviews, que me han hecho muy feliz en un momento muy duro de mi vida como estudiante... pero bueno, eso no importa ahora. Espero que la espera que les he puesto les parezca que valió la pena, y sigan comentándome que tal van las cosas. Ando un tanto enredada con mis ideas, pero espero haberlas plasmado de la forma mas coherente posible. Agradezco sus opiniones sobre las parejas, las cuales tendré en cuenta, pero no ahora mismo, porque es muy pronto como para decidir y faltan muchas cosas por pasar a un paring definitivo. Aún hay demasiado Mattie por compartir xDDDD... así que ya saben... (por cierto, lean la notica al final... son un par de lineas y un adelanto del sigte cap xD).
Y como ya saben, nada me pertenece más que los delirios de historia... aunq sigo propiniendo un intercambio de años de vida por tener a Grecia en mi cama aunque sea una vez...!!!! (Pero debe ser sin que mi esposo, Sirius Black, se enteré xDDDDD)...
Sin más que decir,
Andrea Black
Capitulo 3
-No creo que esto sea adecuado, Hungría-san.- murmuró sonrojada, mientras veía algo asustado el almacén que estaba frente a sí.
-Te he dicho que me llames Elizabetha, Mattie.- reprendió suavemente la húngara, para luego sonreír alegre mientas halaba a la rubia al interior del local. -Y es necesario. No puedes andar por ahí con la ropa de antes. Además, tienes que comprarte ropa interior sino, ¿Cómo podrás vestirte cómodamente?-
Suspirando al saber que la castaña tenía la razón. Era supremamente incomodo caminar con... con el busto al aire, dado que se movía demasiado. "¿Como hacen las mujeres para evitar que se muevan tanto? Cierto, para eso se inventó el sostén" Lo cual comenzaba a creer que era una bendición, porque evitaría que ese par siguieran moviéndose con cada paso que daba. Se dejó arrastrar hasta el interior del local de ropa intima. Pero a pesar de ello, un mal presentimiento no dejaba de acecharla.
Y sus sospechas habían sido confirmadas.
Estaba dentro del almacén probándose un par de sostenes, intentando no sonrojarse ante la visión de su propio busto. "¿Por qué son tan grandes? Las últimas dos tallas ni siquiera lograron cerrar. Y se siente bastante blandito al tacto, ¿se sentirá siempre así?"
Pero eso no era lo malo de estar en esa tienda de ropa interior, sino el pervertido vendedor francés que mascullaba que tan soñada debería verse su nueva colección de ropa interior, y que le dejara verla, para ver si sus ojos no se habían equivocado al reconocer a su futura modelo de catalogo. Dios, esa mentira no se la creía ni él mismo, como para intentar convencer a la rubia.
"Definitivamente los ciudadanos son una calca de su país"
-Mattie, ¿ese fue de tu talla?- preguntó Elizabetha desde afuera del probador. Suspirando, soltó un sonido que podría pasar por si. –Perfecto. Entonces dejame verlo, para confirmar que te lo pusiste bien.- añadió, haciendo sonrojar furiosamente a la rubia.
-¿Es necesario?- preguntó con nerviosismo.
-Vamos Mattie, ambas somos mujeres. No tienes nada que yo no haya visto cada día en el baño.- respondió para luego esperar unos segundos antes de que se quitara el seguro de la puerta. Entró rápidamente, mirando mal al vendedor que mostraba claras intenciones de entrar también. Una vez adentro, observó el rostro sonrojado de Mattie, que llevaba puesto un sostén blanco con estampado de cerezas. -Que bien te queda Mattie, definitivamente esa es tu talla.- dijo al hacer girar a la rubia y asegurarse que no estuviera excesivamente apretado.
-Gracias. Supongo que ahora solo será escoger un par más y nos podemos ir.- comentó esperanzado, a lo que recibió una sonrisa fanática por parte de Elizabetha.
-Aún no podemos irnos, Mattie.- murmuró la castaña al tiempo que salía del cambiador para dejar a la rubia con privacidad de cambiarse nuevamente. -Aún falta escoger tus bragas.- añadió en tono ligero y risueño, al tiempo que podía imaginarse el rostro sonrojado de la rubia. Que lastima, había dejado su fiel cámara en la habitación que compartía con Roderich.
Quince minutos después, y suficiente ropa interior femenina como para estrenar una diaria por dos meses, lo habían dejado molido. Pero ahora venía otra parte difícil. ¿Qué se pondría encima de toda esa ropa interior? Se sonrojó al recordar las pequeñas, pequeñísimas, prendas de vestir que usaría. Y no por elección propia, sino por los ojos amenazadores de la húngara cuando intentó sugerir bragas más recatadas.
Ahora caminaban por las calles, divisando a la distancia una figura reconocible. A unos metros de ellos, entre la multitud, estaba Suecia. Y donde estaba Suecia, estaba Finlandia.
-Sue…- se dispuso a gritar la castaña, siendo detenida por la rubia.
-Elizabetha, no puedes llamarlos por su país. Crearas confusión entre la población civil.- murmuró Mattie mirando a ambos lados, y recibiendo un asentimiento por parte de la castaña. Lentamente la soltó, suspirando tranquilo. Al parecer no armarían alboroto.
-¡Berwald! ¡Tino!- gritó Hungría, llamando la atención de los susodichos y de las demás personas a su alrededor. Sonrojándose, Mattie caminó lo más rápido posible en dirección de sus compañeros naciones y se encontró con que no iban solos. España y Romano los acompañaban.
-Mathias. Elizabetha- saludó Berwald cuando llegaron a donde estaban ellos.
-Te ves soñada, Tino.- murmuró la húngara abrazando y apretujando a la nórdica entre sus brazos, quien se sonrojaba y reía nerviosa. -Llevo años deseando verte con el cabello largo, que casi muero de la emoción hoy.- agregó emocionada, para luego separarse ante un carraspeo más que conocido. Berwald.
-¿Y yo querida?- preguntó la española con una sonrisa coqueta y guiñando un ojo, al tiempo que giraba sobre sus pies, alzando ligeramente el ruedo de su falda. ¿Cómo había conseguido tan rápidamente una falda de su talla?
-¿Ese no es uno de mis conjuntos?- preguntó Elizabetha mirando fijamente a lo que llevaba la española. Lovino observó interrogante a su acompañante, que sólo sonrió de medio lado, saboreando su respuesta.
-Lo siento, pero este es un regalo de Francis ante mi actual situación.- respondió al tiempo que señalaba su vestimenta, mirando de reojo la expresión hastiada de Lovino. -Pero eso no contesta mi pregunta, Elizabetha.- añadió mirando a la castaña a los ojos.
-Se ve muy bien, España-san.- respondió Mattie mirando a un lado con las mejillas teñidas de rosa.
-¡Qué lindo!- exclamó sonrojándose emocionada al tiempo que se acercaba a abrazar a Canadá, si no es porque el italiano se coloca, estratégica y sospechosamente, frente a él, captando así su atención. -Por supuesto tú también eres lindo, Lovi-Love.- agregó abrazando al italiano, que se sonrojaba completamente ante el contacto con el ahora blando pecho del ex español, incapaz de actuar como normalmente lo hacía.
-Creo que lo mejor será entrar a este almacén, España-san. Estamos atrayendo demasiada atención.- murmuró Mattie, observando cómo varias personas se les quedaba mirando. La susodicha asintió en silencio con una sonrisa al tiempo que soltaba al italiano, antes de comenzar a caminar hacia el interior del local.
-Por favor llámame Antonia. España es demasiado formal y problemático.- agregó con los restos de la sonrisa bailando en sus labios.
-Se adaptó rápidamente a todo esto del cambio de sexo, ¿no les parece?- comentó la húngara entrando también a la tienda, recibir varios asentimientos y un carraspeo nervioso por parte de Lovino.
-Su-san. Esta falda está muy corta.- murmuró Tino desde el interior del cambiador. Berwald sonrió casi imperceptible ante el tono de suplica que estaba en la voz de su esposa. Llevaba casi diez minutos encerrado en el vestidor y aún se negaba a salir. Se había medido toda la ropa que pensaba comprar pero no había dejado la seguridad de su cambiador en ningún instante, para desesperación de la húngara, que moría de ganas de utilizar el disparador de su nueva cámara digital, ya que la tentación había sido tanta que le toco correr a la tienda de aparatos electrónicos más cercana. Ya había fotografiado todo el desfile de modas de la española que no perdía tiempo en el cambiador y salía lo más rápido posible, mostrándole cada uno de sus atuendos al Italiano que había llevado el rojo a su tono más extremo.
-Ti'nes qu' sal'r T'no, s'no no s'bre si es d'l l'rgo ad'cuado.- respondió con tono serio, escuchando suspirar a su esposa. Por fin una de sus mayores fantasías se haría realidad. La vida podía ser tan maravillosa a veces.
-Pe…pero es que no puedo.- dijo en tono infantil. -Me da vergüenza.- agregó notablemente sonrojado.
-No digas tonterías, Tino. Si estamos esperando para verte.- dijo Antonia con voz risueña, al tiempo que se acercaba a una distancia prudente del rubio.
-T'no.- murmuró Berwald, escuchando un suspiro desde el interior. Pronto se escuchó el sonido de la puerta abrirse y salir una avergonzada y completamente roja finlandesa.
Todo pasó rápidamente, y antes de que el nórdico lograra acercarse a su esposa, Elizabetha había disparado incontables fotografías de la rubia, desde todos los ángulos posibles. Tratando de escapar del flash de la cámara, Tino se escondió tras Berwald que miraba tranquilo la escena.
-Perfecto. También quiero unas con Suecia.- comentó Hungría, recibiendo una mirada silenciosa y seria por parte del nórdico. Al parecer esa no era una buena ocasión para obtener dichas fotografías. Suspirando, apagó su cámara y la guardó en su bolso. Tino la observó unos segundos, para luego sonrojarse al encontrarse agarrando la camisa del rubio con fuerza. Levantó su rostro y observó la minúscula, pero existente, sonrisa en el rostro de su amigo.
-T' ves bi'n T'no.- murmuró para que la rubia lo escuchara únicamente, haciéndola sonrojar aún más, antes de que corriera a cambiarse.
-Bueno, ya que hemos conseguido hacer salir a Tino, es el turno de nuestra querida Mattie.- mencionó Elizabetha con una sonrisa eufórica, volviendo a sacar su cámara. Suspirando, decidió acabar con eso lo más rápido posible. Al fin y al cabo, faltaba poco tiempo para la cumbre de las naciones unidas.
-Qué extraño.- murmuró Francis tamborileando la mesa con sus dedos. -Mattie no ha llegado.-añadió ante la mirada silenciosa y la ceja enarcada de Arthur. Y era cierto. Canadá no había hecho acto de presencia aún y faltaban escasos instantes para que comenzar la reunión. -¿Ma Mattie tendrá problemas para ponerse el sostén que papa le regaló? Porque si es así, puedo ir a enseñarle cómo hacerlo.- comentó en voz alta llamando la atención de Alfred que estaba mirando la puerta con insistencia y sacándole una vena a Arthur.
-Es mejor que te calles, Francis. Si no quieres que mi puño lo haga, Frog.-dijo el ojiverde mirando al francés con mala cara. Justo en ese instante, cuando Alfred se disponía a abrir su boca, la puerta del salón se abrió dejando entrar a Suecia, Italia del Sur, Hungría y a una sonriente España, que caminaba tranquila ante las miradas sorprendidas de las demás naciones. Pero, ¿Dónde estaba Finlandia y Canadá?
Silenciosamente y tratando de no llamar la atención, un par de rubias ingresaron al salón, dirigiéndose rápidamente a dos extremos distintos del lugar. Una, se sentó junto a Suecia, con la cabeza gacha y el rostro rojo. Y la otra, que cargaba firmemente un oso polar, se sentó en el espacio que usualmente se mantenía vacío en la mente de todos, entre Alfred y Arthur.
No había podido escuchar nada de la reunión, por los constantes gruñidos de Alfred y las maldiciones que escasamente escapaban de los labios del inglés. Y sabía porque se debía eso. Era por su nueva imagen, que para muchas naciones vendría siendo su primera impresión, dado que su estado original como hombre no era muy reconocido por sus compañeros naciones.
Sentía las miradas posadas en ella y sabía que Tino y Antonia, como prefería ser llamada España ahora, debían estar pasando por lo mismo. Pero aún así no podía evitar estar nerviosa. Sobre todo cuando podía percibir un par de miradas más fuertes y fijas, que se enfocaban en cierta parte de su anatomía. Maldito Prusia y Francia.
Hasta que por fin habían acabado esas cuatro horas de tortura, y podría correr con Kumajiro hasta su habitación y encerrarse ahí hasta que su compañero de habitación llegase. Compañero que aún no conocía dado a la influencia de su querida familia. Esperaba la oportunidad de disculparse con quien fuese su compañero de cuarto en nombre de su hermano, figuras paternas y de si mismo por todos los problemas ocasionados.
Pero al parecer su querido hermano mayor tenía otros planes al respecto.
Se acercó a su hermana lo más rápido que pudo, al ver cómo ella prácticamente corría hacia la puerta una vez terminada la reunión. Maldición. ¿Mattie como hacía para ir tan rápido en esos zapatos?
-Mattie.- la llamó antes de que llegara a la puerta, al tiempo que la tomaba del brazo, deteniéndola. Dios, ese brazo si era delgado y frágil, nada en comparación al que tenía un día atrás.
-¿Si, Alfred?- preguntó la rubia mirándolo al tiempo que trataba de recuperar el aliento. Rayos, se veía tierna así. Demasiado tierna como para ser correcto. Es decir, esa era Mattie, es decir, Matthew. Su hermano menor, o hermana en ese instante. En fin, no importa. Se habían bañado juntos de pequeños y criados en la casa de Inglaterra por tanto tiempo, y ahora prácticamente no podía creer que aquel que era ligeramente más pequeño que él, pero considerablemente más resistente por practicar ese aburrido deporte llamado jockey en hielo, ahora era tan frágil como una muñeca de porcelana. -¿Alfred?- preguntó la rubia con semblante interrogante ante la larga pausa.
Había pasado demasiado tiempo viéndola y comparándola con el Matthew de horas antes, que no había pronunciado palabra.
-Vamos a comer unas hamburguesas, Mattie. Hay un McDonalds un par de calles más abajo en donde podríamos comer…- comenzó a decir con entusiasmo.
-Lo siento, Amerique.- interrumpió Francis con una sonrisa. -Pero Ma Petite Mattie et moi iremos a comer comida de verdad.- añadió con una sonrisa.
-Nada de eso, Frog.- gruñó Arthur. -Mattie y yo iremos a cenar a un restaurante inglés. Al fin y al cabo debes comer la comida del anfitrión.- sentenció con seguridad, alarmando a los rubios.
-Imposible. Intoxicaras a Mattie con tu comida, Angleterre.- refutó Francis, al tiempo que negaba con su cabeza para hacer mayor énfasis.
-Ni lo sueñen.- gruñó Alfred. -Mattie y yo iremos a McDonalds, sin importar lo que ustedes digan. Al fin y al cabo soy su hermano mayor y su héroe personal.- añadió con una sonrisa triunfal como si eso diera todo por sentado. En eso se escuchó un carraspeo, notando como una buena parte de las naciones los miraban fijamente. En eso vieron como Hungría se acercaba a la rubia con una sonrisa.
-Lo siento América, Inglaterra y Francia, pero Mattie no podrá acompañarlos esta noche.- dijo sorprendiendo a los cuatro nombrados.
-¿Y se puede saber por qué?- preguntó Alfred con mal humor.
-¿Sabes qué día es hoy, América?- preguntó de regreso Hungría mirándolo con una sonrisa burlona.
-Jueves. ¿Y eso que tiene que ver que Mattie no pueda cenar conmigo?- preguntó mirando a la castaña con el entrecejo fruncido, ignorando las quejas de los rubios mayores y de la propia Canadá.
-Si serás idiota, América. Obviamente hoy es...- comenzó a decir Hungría para detenerse con una sonrisa, girándose a ver a las demás naciones que permanecían en silencio, escuchando todo.
-¡Noche de chicas!- exclamaron al unísono las demás mujeres presentes.
-Así que no esperen a Tino, a Liechtenstein ni a Mattie despiertos, ya que no regresaremos hasta que salga el sol.- exclamó Bélgica con una sonrisa picara.
-Liechtenstein, tu no...- comenzó a decir Vash mirando preocupado a su hermana menor, que sonreía levemente.
-Lo siento, Onisama. Pero se los prometí de antemano.- respondió con tono ligeramente contrariado.
-¿Y yo qué? También soy una chica.- preguntó Antonia, quien las miraba interrogante, quejándose de ser la única mujer que no había sido invitada o incluida.
-Tú no estás invitado. Eres un pervertido en piel de mujer.- respondió Hungría, mirándolo con el entrecejo fruncido, pero notando como el malhumorado italiano que siempre rondaba cerca de España suspiraba con alivio.
-Al igual que Matt y Tino.- refutó Antonia cruzándose de brazos, lo cual enfatizaba sus nuevos atributos, que se realzaban por la blusa roja que llevaba puesta.
-Pero ellas son diferentes.- respondió Taiwán, recibiendo un asentimiento por parte de Seychelles, que se colocaba junto a la asiática.
-¿En que son diferentes?- preguntó casi haciendo berrinche.
-Ellas son moe y tu no.- fue la rotunda y sincrónica respuesta por parte de la población femenina, la cual dejó un silencio rotundo en la sala. Aprovechando la confusión de la mayoría y el estado de shock o risa contenida en el que habían entrado los que habían entendido, la comitiva femenina halaron a Canadá y Finlandia, arrastrándolas con ellas todo el camino hacia el auto más cercano.
Ahora se encontraba sentada en una mesa de un pub junto con su inseparable mascota y con un vaso de whisky, porque los viejos hábitos no se pueden cambiar de un día para el otro y un margarita en ese instante no lograría satisfacer su necesidad de un buen trago amargo y caliente en su garganta. Recorría el borde del vaso con la yema de sus dedos, para luego pasarse una mano por el cabello como solía hacer. Sólo que ahora demoraba mucho más tiempo en terminar, dado a su larga y recién estrenada cabellera.
Aún llevaba puesto el conjunto de falda, blusa y chaqueta color rosa vieja que había llevado a la reunión, pero la chaqueta yacía en la silla junto a ella. Dobló sus piernas lo más grácil que pudo, porque Elizabetha lo había tenido prácticamente 40 minutos enseñándole como caminar y sentarse como una señorita, lo cual casi había logrado hacerle romper su record de puntualidad.
Y ahora con un whisky en las rocas, una mesa llena de mujeres desinhibidas por el alcohol y un dolor de pies por los malditos zapatos que le habían obligado a usar y a los que no estaba para nada acostumbrado, se permitía recordar los sucesos pasados. Y decir que esa primera reunión había sido un desastre, era quedarse corto en palabras. Había sido mucho, muchísimo peor.
Recopilar todos los sucesos del día le estaba produciendo dolor de cabeza, pero era necesario. Necesitaba recaudar razones por las que no volvería a sentarse cerca de Alfred y Arthur en una reunión de esa índole. Y a eso había que sumarle las miradas de Francis y Gilbert no eran algo que hubiera podido pasar por alto en las cuatro horas que duró en el salón de conferencias.
Y como hacerlo, si prácticamente la habían desnudado con la mirada. Y aunque sabía de antemano que su figura paterna era un tanto pervertida, no se esperaba dicho ataque tan frontal.
Suspirando, miró hacia la pista donde Elizabetha junto con Bella, como se presentó la joven Belga, bailaban la canción que sonaba. Liechtenstein había ido al baño con Taiwán y Seychelles, mientras que Finlandia conversaba con Ucrania, quien miraba cada tanto en su dirección.
Agradecía la atención que recibía por parte de la ucraniana, pero en ese instante necesitaba estar sola. Suspiró ante esto. "¿En qué momento comencé a pensar en mi mismo como una mujer?" se preguntó al tiempo que acababa su whisky.
En eso sintió que alguien se acercaba a su mesa y dejaba sobre esta otro vaso de whisky. Levantó su mirada y se encontró con el camarero que sonreía de medio lado, y le picaba un ojo antes de alejarse de allí con el vaso vacío.
Se sonrojó ante esto, y decidió mirar a otro lado, encontrándose con la mirada fija y la amplia sonrisa de Hungría, que había visto todo y le hacía señas desde la pista.
Al parecer esa sería una larga noche.
No importaba lo que dijera Hungría y las demás mujeres. Él no iba dejar a su pequeña niña ir así como así a un pub con un grupo de mujeres solas a buscar un peligro innecesario. No si podía evitarlo. Y por supuesto que podía, no por nada era Inglaterra. El gran y orgulloso Arthur Kirkland, representación personificada de Inglaterra y por extensión de Gran Bretaña.
Además, tenía derecho de velar por el bienestar de su hija. Por amor a Dios y a la reina, él había criado a Canadá desde pequeño, luego de habérselo quitado al bueno para nada de Francis, que no hacía nada más que corromper la dulce e inocentemente de Mattie, Matthew en ese entonces. Y él no había protegido esa inocencia por nada. Aunque siendo literales, tampoco es que hubiera hecho mucho por protegerla en el pasado, pero eso no importaba. Era el ahora el que importaba y en ese instante movería cielo y tierra por preservar la inocencia y pureza de Mattie.
Y sería él y sólo él quien la salvaría de las manos de cualquier imbécil que intentara propasarse con su niña. No el Wine bastard y mucho menos el idiota de América. Sólo él y sus puños eran lo que Mattie necesitaba. Puños que no habían sentido tanto anhelo de un buen golpe desde sus años de pirata. Y que ahora se desquitarían por los años de desuso. Porque estaba completamente seguro de que los iba a utilizar.
Bueno, como ven la noche de chicas apenas empieza... así que faltan solo un par de sorpresas más antes de que este primer día acabe xDDDD y Arthur esta decidido a ser él quien salve a Mattie de cualquier pervertido... pero será el único que viene en su rescate o habrán más "caballeros de brillante armadura"?
y bueno, como lo prometido es deuda un adelantico chiquitico del proximo cap:
-¿Kumajiro?- preguntó medio adormilada y comenzando a sentir un fuerte dolor de cabeza. Se removió incomoda entre las sabanas ante la luz del sol que entraba por la ventana de la habitación, antes de despertarse completamente. En ese instante se percató de que llevaba puesta una camiseta que le quedaba grande y que no recordaba como propia. Abriendo sus ojos, asustada, miró a su alrededor percatándose de que se encontraba en su habitación de hotel. Pero el sonido de una regadera abierta desde el interior del baño privado de la alcoba no lograba tranquilizarla. "Por Dios, ¿Cómo llegué aquí?"
