III. Antes habría muerto.

«El que por la mañana ha conseguido conocer la verdad, ya puede dormir por la tarde.»

Confucio.

Junio de 2022.

La jornada había sido tremendamente larga.

Cuando el director y sus acompañantes regresaron estaba oscureciendo, pero no tenían ánimo para quejarse por haberse saltado la comida. Mientras los adultos tenían una reunión, Suzette y Alphonse fueron a sus habitaciones, se libraron de los trajes de combate y las armas, se dieron una larga ducha, se pusieron ropa cómoda y luego asaltar la cocina. Seguramente a Agnes no le importaría.

Hasta ese punto, el plan fue bien. Ambos prepararon un montón de sándwiches que colocaron en un platón, llenaron un par de termos con té helado y se escabulleron antes de que Agnes los pillara, o seguramente en unas horas no tendrían más que lechuga por cena. Pensando en dónde devorar su botín, imaginaron que la biblioteca estaría vacía.

El Instituto de Londres se enorgullecía, entre otras cosas, de su biblioteca. Era una de las más grandes instalada fuera de Idris, el país de los nefilim, contando entre su colección no solo con información necesaria para los cazadores de sombras, sino con varios ejemplares mundanos, tanto científicos como literarios.

Fue hasta que se acomodaron en uno de los rincones de lectura, colocando la comida y los termos en una mesita redonda, que notaron la figura sentada en una butaca, con un libro en el regazo y aspecto desaliñado.

—¿Por qué crees que sigue ella aquí? —preguntó Suzette en un susurro.

Alphonse se encogió de hombros. Apenas se había acordado de la niña, aunque la tuvo bien presente cuando llegaron al orfanato Ashfield. Si bien lo habían educado como a cualquier cazador de sombras, contemplar semejante aniquilación le causó un nudo en la garganta y había pensado que la chiquilla se había salvado por muy poco de acabar allí, ensangrentada, en trozos… y de algunas otras formas que prefería no concebir.

—Si ya no tiene dónde vivir, el Enclave le conseguirá un sitio —sugirió Suzette, tomando un sándwich—. No puede quedarse si es una mundana.

—Agnes y Roger son mundanos —le recordó Alphonse, mirándola con gesto confundido.

—Son empleados que tienen la Visión —apuntó Suzette, como si eso resolviera la cuestión.

Alphonse dejó el tema por la paz. A veces se le olvidaba que Suzette, a últimas fechas, se sentía con derecho a hacer menos a los mundanos.

Y eso que no se habían puesto a charlar sobre subterráneos.

—¿Habrá comido? —quiso saber, hablando tan bajo que apenas él mismo se oyó.

Miró de reojo a Suzette, quien mordisqueaba su comida al tiempo que tenía los ojos fijos en su celular. A veces Alphonse había deseado que el Instituto tuviera algo que dañara la señal de esos aparatos, pero comprendía que, de ser así, habría ocasiones en que no podrían atender emergencias rápidamente. Hizo una mueca ante el uso tan mundano que Suzette le daba a su aparato, sobre todo porque ella desdeñaba bastante a los mundanos.

Antes de que pudiera pensar que era una estupidez, se levantó con el platón en las manos y se acercó a la niña rubia, quien con la cabeza inclinada, no parecía darse cuenta de nada a su alrededor. Eso le permitió pararse a un par de pasos de ella, observándola bien.

Ciertamente, apenas se daba cuenta de su aspecto. La ropa la llevaba manchada de barro y de algo verde, ¿césped, tal vez? Los anteojos y los rizos rubios también se veían marrones en varias partes, ¿qué habría estado haciendo? Por lo que pudo recordar del orfanato, allí no había superficies lodosas en las que hubiera podido caerse.

Maldiciendo su memoria, que le hacía repasar cada posibilidad de algo que le intrigaba, Alphonse decidió hacerse notar y carraspeó sonoramente, aunque no tan alto como para que Suzette se fijara en que la había dejado sola.

—¿Qué? —musitó la niña con voz lenta

Alphonse sintió ganas de darse un tope contra la pared, ¡estaba dormitando! ¡Con razón no se había fijado en ellos! La vio alzar la vista, mirando a su alrededor, para luego sujetar el libro con un poco más de fuerza.

—Hola —decidió saludar Alphonse: ya había cometido la tontería de interrumpirle el sueño, al menos podría remediarla un poco—. ¿Tienes hambre?

La niña dio un respingo y cuando lo miró, con sus ojos marrones abiertos a más no poder tras los anteojos, temió haberla asustado. No pudo evitar el sentir de pena por ella, acordándose de nuevo de toda la sangre que había visto esa tarde.

—Hola —dijo ella, correspondiendo tardíamente al saludo—. Yo… ¿Tienes comida?

Por toda respuesta, Alphonse extendió el platón hacia ella.

—Gracias —con ademán tímido, la niña estiró una mano y tomó un sándwich.

—No hay de qué. Eres… Getty, ¿verdad?

La rubia asintió con la cabeza un par de veces, ya que tenía la boca llena. El movimiento causó que algunos de sus rizos se agitaran en lo alto de su cabeza.

—¿Tú eres Al? —preguntó ella a los pocos segundos—. Perdón. Alphonse, ¿no?

—Como prefieras —él se encogió de hombros—. En este país mi nombre completo suena raro, por eso quería que me llamaran Al, pero no he convencido a nadie.

—¿No eres de aquí? Tu inglés no tiene acento ni nada…

Negando con la cabeza, Alphonse intentó no mostrarse aliviado. Le había costado horrores que su inglés no sonara como el de un turista y parecía haberlo logrado.

—Suzzy y yo somos de París —indicó.

—¡París! Siempre he querido ir —musitó Getty, con expresión soñadora.

—No creas todo lo que dicen los libros —soltó Alphonse apresuradamente, para luego hacer una mueca—, no todo, al menos. Los mundanos exageran en sus películas, no es un sitio tan…

—¿Mundanos?

De nuevo, Alphonse quiso golpear su frente contra algo. Lo que fuera.

—¿Qué te han dicho desde que estás aquí? —decidió preguntar.

—Pues... Nada —ante la evidente sorpresa del muchacho, Getty explicó—. La señorita Blackthorn parecía más asustada de que hubiera abierto la puerta de que pudiera manchar algo —inclinó la cabeza, avergonzada, con lo cual Alphonse dedujo que se preguntaba cómo iba a pagar la limpieza de cualquier cosa que hubiera ensuciado—. Solo me trajo aquí, dijo que podía leer lo que quisiera y que volvería. Debí estar muy cansada, ¡me quedé dormida con Dumas! —el chico arqueó una ceja, ante lo cual ella soltó—. Eres de París, ¿nunca has leído Los tres mosqueteros?

—Lo he oído nombrar.

La respuesta fue tan automática como siempre. Tras pronunciarla, Alphonse vio a Getty arquear las cejas, claramente sin creerle.

¡Por el Ángel! ¿Tan obvio era?

—Me hace reír el duelo —confesó ella, de pronto tímida otra vez, agachando la mirada hacia el libro en su regazo—. Mis amigos no entienden por qué, nunca lo han leído.

—¿Cuántos años tienes? No creo que muchas mundanas de tu edad lean libros tan largos.

Getty hizo una mueca, aunque no resultaba evidente si era por creerla demasiado joven para una novela de Dumas o porque volvieran a decirle «mundana» sin saber lo que significaba.

—Cumplí once en abril —respondió ella finalmente, enderezándose con cierto aire orgulloso, aunque titubeó al añadir—, o tal vez en marzo.

Como ella los había enviado al orfanato, Alphonse se hacía una idea de lo que quería decir. Abrió la boca para hablar de cualquier cosa que impidiera que alguno de los dos mencionara ese lugar, cuando la puerta de la biblioteca se abrió con un rechinido.

—¡Con que aquí están! —Livia Blackthorn, con una naciente sonrisa en el rostro, caminó entre algunas de las largas mesas en su dirección. Por el rabillo del ojo, Alphonse notó que Suzette daba un respingo y se guardaba el celular en un bolsillo mientras se ponía de pie de un salto—. Hemos terminado. Vamos a comer algo como es debido. ¡Oh, por el Ángel, qué torpe! —El chico no entendió por qué Livia decía eso al mirarlo, pero pronto notó que los ojos de ella se habían fijado en el platón antes de ver con consternación a Getty—. ¡Debí ocuparme de ti hace horas! Lo lamento tanto… Anda, acompáñame. Hay que quitarte eso de encima.

—¿Qué cosa? —se extrañó Getty, que pese a verse temerosa ya estaba levantándose de la butaca, dejando el libro a un lado.

—¡Eso! ¿En dónde te metiste, linda? ¿Acaso peleaste con alguien?

—¿Por qué cree eso? —era evidente que algo había molestado a Getty de las palabras de Livia, ¿pero qué, exactamente?

—¡No me malentiendas! Nosotros a veces acabamos peor después de salir casi ilesos de una guarida de demonios, créeme. Pero es… raro. Por lo general, siempre veo a las niñas mundanas muy bien vestidas y sin un cabello fuera de lugar.

—Oiga, ¿qué es eso de «mundana»? Ya me cansé de oírlo sin saber de qué hablan.

—Tú eres una mundana —indicó Suzette sin vacilar, dedicándole una mirada despectiva.

—Lo dices como si fuera un insulto, y yo no te he hecho nada.

—Suzette, si no guardas silencio ahora mismo, mañana tendrás entrenamiento con Kit.

La amenaza de Livia surtió efecto, lo cual Alphonse agradeció, aunque eso significara que más tarde, en cuanto tuviera la ocasión, Suzette se iría a quejar con él de lo injusta que era la vida en ese sitio, con aquellos tutores tan raros y sin poder hacer lo que le diera la gana.

—Getty, podemos ponerte al corriente en la cena, pero antes necesito que me acompañes un momento. Mi hermano cree que debe decirte algunas cosas en privado.

—¿Su hermano?

—Ty, lo viste antes… Tiberius.

Como Suzette y él mismo hacía un tiempo. Alphonse vio sorprenderse a Getty cuando supo que el director del Instituto era hermano de Livia. Nada raro, si físicamente no se parecían. Que tuvieran en común el apellido no era garantía de nada, sin importar si se era nefilim o mundano.

—El rubio no es su hermano también, ¿verdad?

Ante semejante pregunta, Suzette le dedicó una mirada escandalizada a Getty, mientras que Livia se echaba a reír. Alphonse estuvo a punto de hacerle un ademán de triunfo a la rubia, pero sabía que Suzette no se lo tomaría bien si lo descubría.

—¿Kit? ¡No! Aunque hemos estado juntos por mucho tiempo, lo quiero como si lo fuéramos —logró responder Livia, tras calmarse un poco—. ¿Por qué?

Getty se encogió de hombros, sin querer explicarse.

—Anda, ven. Ty hablará contigo un momento y luego iremos a cenar. Ustedes —miró con gesto severo a los otros dos—, por favor, no dejen nada fuera de lugar en la biblioteca o se las verán con Ty. Ya saben cómo se pone con el orden y la pulcritud aquí. Los veré en el comedor.

Acto seguido, Livia le hizo señas a Getty para que la siguiera y ella, tras asentir, caminó a un par de palmos de distancia de la mujer, hasta que salieron de allí.

—¿Le irán a decir lo que pasó en el orfanato? —se interesó Suzette de pronto.

Sin querer contestar, Alphonse se encogió de hombros. No se imaginaba cómo se pondría Getty cuando le dijeran que nadie de su hogar estaba vivo ya, o que tendría que irse a otra parte. A él no debía importarle, ciertamente, pero se encontró preguntándose qué sería de la chiquilla.

—Estaba a punto de quedarme dormida, voy a mi cuarto —avisó Suzette de repente, haciendo un mohín antes de preguntar tardíamente—, ¿y tú?

—Me encargaré de regresar las cosas a la cocina, luego ya veré.

Suzette asintió con aire distraído, lo que para Alphonse fue señal de que no mentía, de verdad se sentía cansada. No fue sino hasta que la vio cerrar la puerta tras de sí, que se permitió dejar escapar un suspiro, mirando con aire ausente a su alrededor, debatiéndose entre hacer lo que había dicho o quizá…

—Yo en tu lugar, no desperdiciaría esos sándwiches.

La voz lo tomó por sorpresa solo un segundo, porque casi enseguida la reconoció.

—¿A qué debo el honor de tu compañía, Jessamine?

A espaldas de Alphonse, sin avisar, había surgido una rubia muy guapa, de larga cabellera rizada y tez clara, cuyo vestido era de un estilo que debió ser lo más popular más de cien años atrás. La rubia, que no debía pasar de los dieciocho años, lo miró con el ceño fruncido.

—¿Dónde está la niña? —quiso saber repentinamente.

—¿Getty? Livia se la llevó al despacho de su hermano, ¿por qué?

—¡Por fin! Aunque espero que primero se le haya ocurrido lavarla un poco. ¡Las niñas de este siglo! No creo llegar a comprenderlas. No importa si son mundanas o cazadoras de sombras.

—¿Hablas por Suzzy? ¿Esperaste a que se fuera porque querías quejarte de ella conmigo?

—¡Tan acertado como siempre, Alphonse! Pues sí, en parte. Verlac puede ser guapa, pero también irritante. Te lo dice quien en vida no fue precisamente la amabilidad personificada.

—Eres amable, Jessamine. Solo que… Cuesta entenderte, es todo.

La rubia le dedicó una mirada seria, ladeando ligeramente la cabeza, con aire pensativo.

—Una vez conocí a un chico como tú —admitió ella suavemente—. No tanto por su aspecto, aunque su pelo era igual de negro que el tuyo. Quiero creer que eso significa algo bueno.

—Si tú lo apreciabas, me halagas.

—¡Y es verdad! ¡Te estoy alabando! Por cierto, la niña no tiene que ir a ninguna parte.

Ante eso, Alphonse se le quedó mirando a Jessamine sin comprender, al tiempo que, casi sin querer, recordó que hablaba con alguien que ya estaba muerto. Bastaba con ver, literalmente, a través de Jessamine, hacia la butaca con manchas de barro y la mesita de junto, donde el ejemplar de Los tres mosqueteros se había quedado abierto, esperando a ser leído otra vez.

—¿Ah, no? —logró articular, tras dejar de mirar aquel libro y fijar los ojos en Jessamine.

—¡No! ¿Escuchaste lo que te dijo sobre la puerta?

—Lo que… ¿Estabas espiando?

La rubia se encogió de hombros, con falsa indiferencia. Por lo visto, creía que el ser un fantasma le daba la excusa perfecta de entrometerse en donde fuera y con quien quisiera.

—Me caes bien, Jessamine, en serio, pero si sigues haciendo eso… Momento, ¡es verdad! Getty dijo algo de haber abierto la puerta y que Livia no se lo creía…

Finalmente, la fantasma esbozó una sonrisita de suficiencia, al tiempo que alzaba los ojos al cielo por un segundo, como si pensara «¡Finalmente este muchacho empieza a entenderlo!»

—Una cazadora de sombras… —susurró Alphonse, sin poder creerlo.

—Una cazadora de sombras —confirmó Jessamine quien, el otro notó, estaba muy feliz.

Si ella misma le confesó (por alguna desconocida razón) que en vida jamás deseó ser cazadora de sombras, ¿por qué se alegraba de que Getty sí lo fuera? Alphonse estaba empezando a dudar de la cordura del espíritu, pero lo dejó pasar.

Luego recordaría esa charla y se diría que Jessamine podía ser una bribona cuando quería.