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Resistance
por Maye Malfter
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Parte I
JOHN
There's nowhere left to hide,
in no one to confide.
The truth burns deep inside
and will never die.
Sing for absolution
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Lo supo desde que corrió siete cuadras enteras para asegurarse de que Sherlock estaba bien luego de aquella explosión. Lo confirmó después de haberse ofrecido a morir por él, para salvarle.
Pudo volar en pedazos, dejar de existir, y eso lo había aterrado desde el mismo momento en el que los secuaces de ese psicópata decoraran su pecho con cartuchos con dinamita. Pero todo temor se disipó de inmediato, en el mismo instante en el que la idea de salvarle había surgido. Una brecha que le permitiera a su amigo escapar. Una oportunidad.
Se sintió aterrado de nuevo cuando la mira del arma invisible apuntó la cabeza de Sherlock. No había nada que pudiera hacer para salvarle, no podía salvarle de él y eso lo aterraba más aún que perder su propia vida en el intento.
Pero el peligro había pasado, y su anterior aventura frente a la muerte solo había servido para confirmar lo que ya sospechaba: Estaba completamente enamorado de Sherlock y ni siquiera se había dado cuenta. Amaba a Sherlock y no sabía cómo es que eso era posible.
Exactamente cómo había terminado enamorado de su compañero de piso era aún un verdadero misterio para John, quién luego de haber negado a voz en cuello sus sentimientos por el detective ahora se pasaba noches enteras recostado sobre su cama, observando el techo sin realmente hacerlo, sumido en sus pensamientos.
Pensando. Analizando cada detalle de su relación con el detective consultor en busca de alguna pista que le sacara del dilema en el que se encontraba metido. Algo que le explicara cómo era posible que él, John Watson, el "casanova empedernido" cómo Sarah le decía a veces, hubiese posado sus afectos en la única persona del mundo que jamás podría corresponderle.
Y es que Sherlock era Sherlock y siempre lo sería. Un extraño hombre con una capacidad extraordinaria para la resolución de misterios, con una mente brillante y con nulo conocimiento de cosas banales, como tallas de ropa o el nombre del Primer Ministro. Las cosas mundanas como las relaciones interpersonales más allá de la simple convivencia de compañeros de piso, conocidos casuales, ex compañeros de universidad y afines, eran sin duda una de sus áreas de no-experticia. Ni hablar de relaciones de pareja, si es que alguna vez había tenido una. Entonces, ¿poner sus esperanzas y expectativas en una relación más allá de lo platónico con Sherlock Holmes? Impensable.
A pesar de sus sentimientos, a pesar de saberse total e inexplicablemente perdido entre los inhóspitos parajes del amor no correspondido, a pesar de la insistencia de Harry -y, por qué no decirlo, de todo el maldito mundo- en que Sherlock también era completamente gay por él. A pesar de todo eso, John no se permitía hacerse ilusiones.
La vida con Sherlock era imperfectamente perfecta tal y como estaba hasta el momento, con ellos dos siendo los mejores compañeros, sincronizados cual manecillas de reloj a la hora de detener criminales y desenmarañar enigmas. Siquiera pensar en hacer algo que pudiese quebrar esa confianza implícita y arraigada entre ellos dos era algo que John no estaba dispuesto a hacer. Poner en peligro la relación que tenía con el detective, incluso si esta no podía estar más lejos de lo qué sus inoportunos sentimientos pudiesen desear, era algo que ni siquiera estaba abierto a discusión.
Por lo tanto, y por el bien de su nueva y prometedora vida como ex-doctor militar y actual asistente de detective consultor, todos esos sentimientos románticos recién descubiertos bien podían irse despidiendo de la superficie, quedando completamente enterrados bajo toneladas y toneladas de citas con secretarias, asistentes de odontología, enfermeras, administradoras de recursos humanos, cajeras de la tienda de abarrotes, meseras del restaurant italiano a dos cuadras de la clínica, lectoras asiduas del blog y en general, cualquier mujer que estuviese dispuesta a dejarse deslumbrar por los entrañables encantos del Dr. John H. Watson.
El único fallo en el plan de John era, sin embargo, la misma persona cuya existencia llevase al doctor a idearlo en primer lugar.
Sherlock parecía haberse dado a la tarea, consciente o inconscientemente, de arruinar todas y cada una de las citas que John intentaba tener. Bien fuera dejándole encerrado -supuestamente sin intención- en el piso que ambos compartían, soltando algún comentario inapropiado frente a la conquista de turno, reteniéndole más de lo necesario en alguna escena del crimen o dejándose caer en el sitio mismo donde la cita se desarrollaba. Sea cual fuese la estrategia utilizada por Sherlock, esta daba resultado en la mayoría de los casos, dejando a John frustrado, con una cantidad ridícula de cenas a medio comer por las que pagar, y con una lista interminable de féminas que juraban sobre el nombre de la Reina Madre que el doctor y el detective se estaban acostando.
La última estratagema habían resultado ser incontables llamadas y mensajes de voz a su teléfono móvil, el cual conveniente y misteriosamente había perdido la capacidad de funcionar en modo avión y resonaba en medio del silencio cada vez que alguien decidía llamarle o dejarle algo en el correo de voz.
La cita con Lucy, la mesera del café frente a la clínica, había naufragado alrededor de la quinta nota de voz de Sherlock, quién aparentemente acababa de toparse sin querer con un caso en un teatro del Strand. Un asesinato en vivo y directo, en medio de la obra y teniendo como víctima y victimario a un par de actores de la puesta en escena de "Terror Nocturno". Algo que involucraba muchos sospechosos, extraños motivos y una muleta de aluminio.
Lucy, como tantas otras, dejó el lugar completamente irritada tras indicar que esa había sido "una de las peores citas de toda su vida", y John había pasado la siguiente media hora acabándose la cena para dos mientras escuchaba y tomaba nota de la información descrita por Sherlock vía telefónica. Al finalizar el último mensaje, John telefoneó a Lestrade para informarle del caso y en seguida se dirigió al lugar de los acontecimientos, no teniendo ya nada mejor qué hacer más que ubicar a Sherlock e impedirle tomar prestada alguna pieza de utilería para algún experimento.
John halló a Sherlock exactamente donde imaginó que estaría: en la segunda fila de asientos, reclinado hacia atrás y con los pies sobre el asiento de en frente.
—Imaginé que seguirías aquí —dijo, lanzándose sobre el asiento a la derecha de Sherlock sin mayor formalidad.
—Imaginé que vendrías —respondió el detective—. E incluso supuse que llegarías antes que Lestrade. Veo que la incompetencia del Yard nunca decepciona.
—El restaurant quedaba cerca de aquí. El Yard queda mucho más al este. Es injusto comparar el tiempo que me tomaría a mi llegar hasta acá con el tiempo que le tomaría a ellos —razonó John, reclinándose también en su asiento.
—Aun así, a ellos les pagan por llegar a tiempo a esta clase de eventos. A ti, no —puntualizó Sherlock—. E incluso terminaste de cenar antes de venir aquí. Eso sí que es un nuevo record para Lestrade y su equipo de tortugas ciegas.
John ni siquiera se molestó en preguntar cómo es que Sherlock sabía que había terminado de cenar antes de venir al teatro, demasiado acostumbrado ahora a las habilidades deductivas del otro. En lugar de eso, se limitó a asentir, dándole la razón.
—Tienes razón. Si a ellos les pagan por hacerlo, están en la obligación de llegar primero que el asistente del detective consultor.
—Yo siempre tengo razón, John —bromeó Sherlock— ¿Cómo estuvo tu cena con...? ¿Sarah? —Preguntó. Nada extraño que el detective hubiese olvidado que John y Sarah habían dejado de tener citas hacía muchos meses. Al parecer "Sarah" era el único nombre de las novias de John que Sherlock era capaz de recordar.
—Lucy, no Sarah —corrigió John, sabiendo que sería en vano—. La cena estuvo bien, buena comida. La cita, por otro lado, fue "una de las peores de su vida" —recitó, marcando las comillas en el aire, con ambas manos—. Últimamente eso es todo lo que recibo —dijo, frunciendo el ceño.
—Oh, no pongas esa cara, John. Ahora tienes algo que contar en tu blog. La gente quiere saber de tus fracasos con las mujeres al igual que de tus logros. Quieren saber que eres humano —comentó Sherlock, utilizando casi las mismas palabras que John le dijera un mes atrás con respecto a su último caso no resuelto.
—Ja ja, Sherlock. Muy gracioso.
—Quizás puedas comentar lo mal que resultó tu cita mientras relatas el caso del asesino teatral.
— ¿El asesino teatral?
— ¿O prefieres la muleta de aluminio? En mi opinión el primero es más acertado, aunque conociéndote diría que tomarás el segundo. Una gran pérdida de dramatismo.
—Aún no sé ni siquiera si subiré este al blog —indicó John, pensando en cómo podría hacer para redactar el caso de forma convincente sin haber estado presente durante los acontecimientos.
— ¡Pues deberías! Es esto, o hablar de tu cita fallida —se mofó el detective.
—Créeme que si hablo de mi cita, diré que fue de maravilla.
— ¿Mintiéndole a sus lectores, doctor? ¿Qué dirían los demás bloggers si se enteraran de su reprochable comportamiento y ocultamiento de la verdad?
—Dirían "bienvenido al club, ya eres uno de los nuestros."
Ambos hombres rieron a carcajada limpia mientras unas sirenas distantes resonaban en el vacío recinto. El cuerpo de Matthew Michael aún yacía sobre el escenario, mientras que los demás integrantes de la compañía de teatro debían estar tras bastidores esperando la llegada de los policías. Algunos testigos de lo acontecido se encontraban cuchicheando desde la última fila de asientos y varios miembros del staff del teatro habían comenzado a acercarse.
Las sirenas se escucharon con más claridad al tiempo que varios miembros del Yard ingresaban por las varias entradas del lugar. Integrantes de la comisión forense comenzaron a desalojar a los presentes, acordonando la escena del crimen y marcando la evidencia. Lestrade entró un momento después, seguido por Donovan, haciendo que ambos, John y Sherlock, se levantaran de sus asientos para darle encuentro al detective inspector, explicarle la situación y así poder abandonar ese antiguo teatro rumbo a la calle Baker.
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Notas finales: El caso de la muleta de aluminio (The Aluminum Crotch) lo pueden encontrar relatado con lujo de detalles en el blog de John H. Watson. Si no han leído el blog de John, ¿qué están esperando para hacerlo? ¡Vayan ya!
