Anime: Kuroko no Basket.

Rating: T {futura}.

Disclaimer: Fujimaki Tadatoshi es el orgulloso propietario del yaoi implícito de esta serie.

Nota: Crack pair.


—One week to fall in love—


~ Martes: El borracho ~

Odio el turno de mañana.

Salir de la cama cuando la estrella porno de tus sueños empezaba a gritar lo grande que la tenías era siempre la mayor mierda del mundo. Sobre todo si ese par de tetas ficticias estaban ahí, al alcance de tu mano. Por desgracia, cuando empezaban a botar descontroladamente al ritmo del despertador, es evidente que no disfrutas tanto la situación como antes. Es un gatillazo mañanero de la hostia con el que tienes que apechugar por cojones.

Me rasco la cabeza mientras bostezo, para después estirarme y hacer que los huesos restallen como balas de fogueo. Arrastrando los pies envueltos en calcetines de lana, salgo del cuarto para empezar la rutina.

Está amaneciendo y el cielo sigue tan gris como el día anterior. No nieva, lo que por lo menos me garantiza un respiro de aquí a la comisaría. Después de verme las caras con el inquilino de la tienda de campaña de mis pantalones, me planto delante del espejo. Sí, ahí estoy. La misma cara de cabreo que todas las putas mañanas y el mismo pijama gris y azul que ya me queda pequeño, pero que no pienso tirar. Un poco de pasta de dientes y un silencio que me recuerda que es otro día más, sin cambios. Sin nada.

—Buenos días —escucho.

—Hey —devuelvo. Escupo la pasta que se me acumula y vuelvo al espejo. Y no es hasta que oigo el correr de un buen chorro de agua y un suspiro de placer, que miro lentamente a mi izquierda—. ¡Joder, macho! ¿No puedes esperar a que salga?

—¡Lo siento, era cuestión de vida o muerte!

Resoplo y vuelvo al espejo, mucho más despierto que minutos antes. Nunca he tenido un ideal de mañana perfecta, pero fijo que podría haber sido mucho más feliz en aquella sin la necesidad de ver a Kiyoshi Teppei meando en mi baño. Sobre todo después de haberme dado la noche. Tuve que ir a despertarle dos veces porque se había quedado dormido en la bañera, y cuando por fin salió, arrugado como una pasa, tuvo el descaro de quejarse porque los fideos se le habían puesto blandos. Aún no sé cómo me aguanté las ganas de dejarle blanda la cara a hostias… Tal vez porque me dijo que después de aquel chapuzón de agua caliente las piernas le dolían menos.

Me enjuago la boca y termino de sacudirme la morriña empapándome la cara con agua fría. Mientras me seco, y él ya tira de la cadena, miro discretamente sus rodillas, ya no tan hinchadas. Anoche me contaba que después de la operación obligatoria por la que tuvo que pasar tras la graduación, y toda la rehabilitación que hubo después, aquella era una secuela normal debido a ciertos excesos que no cumplían, obviamente, las órdenes del médico de estarse quietecito. Tampoco me molesté en preguntar nada más; antes de darme cuenta habíamos cambiado de tema. Tampoco sé cómo ha acabado quedándose otra vez en mi casa. Sólo sé que después de cenar y volver a calentarse las bolsas de agua para rematar del todo el dolor, acabamos haciendo zapping en lo que su ropa se lavaba. Dejó de importarme si era una buena excusa o no cuando empezamos a comentar la repetición de un partido de liga del año pasado. El grandote no parecía tener nada mejor que hacer y a mí me resultó entretenido poder criticar las decisiones del árbitro con alguien que me llevase la contraria.

Cuando salí de la ducha volví al cuarto, saqué un bóxer del montón de ropa limpia que aún no he ordenado y me puse cualquier cosa que me abrigase de camino al tajo, donde ya me enfundaría en el uniforme. Y poniéndome la chaqueta estaba, ya volviendo al salón, cuando me paré en seco. Mi casa huele a pan y a café. Hay ruido en la cocina, y tuve un deja vù hogareño tan raro que me descolocó unos segundos.

—¿Te hacen unas tostadas? —aquel bobo redomado estaba tras la barra, amontonando cuadrados de pan caliente en un plato. No ha intentado ni disimular los que se le han quemado en el tostador…—. Mi abuela solía hacer tortitas, pero no te queda apenas mantequilla ni huevos.

No sé qué pensar primero: en lo raro que se me hace verle haciendo el desayuno o en las confianzas tan flipantes que se está tomando el tío en una casa que no es, ni de lejos, la suya. Que no somos ni amigos, joder. ¿A qué venía eso…?

Ya lo hacía vestido y listo para largarse; aunque por lo menos tiene puesto su pantalón y el calzoncillo psicodélico ha desaparecido de mi vista.

—No hacía falta que cocinaras nada —me acerqué a la barra para recoger todo lo que dejé el día anterior. Las llaves, la placa, la cartera, el móvil con otro mensaje nuevo que ignorar…—. Suelo comprar cualquier cosa en el konbini que me queda de camino.

—Considéralo un tentempié, entonces —arrastró el plato hacia mi después de coger una. Alzando una ceja en su dirección, acepté coger la que estuviese menos chamuscada. Salir de casa con una tostada en la boca… ¿soy una puta protagonista de manga shoujo o qué?

—Hay una llave en el cajón de la zapatera. Tírala en el buzón cuando cierres, tengo prisa —me calcé, y cuando lo vi asomarse, llenándose la boca de pan, le clavé la mirada esperando que captase la amenaza—. Soy policía. Róbame algo y fundiré la batería de mi Taser en tus pelotas.

Él sólo sonrió y se despidió con un gesto. Hoy tendría la misma rutina de patrullas e incidentes cotidianos (viejas perdiendo bolsos en el bus, niños paseándose solos en pleno centro y, con suerte, la persecución de algún ladronzuelo al que poder pisotear contra la acera), así que podré compensar aquel momentazo surrealista.

Llegué a la comisaría comiéndome el mismo sándwich de carne picada que siempre me compraba en el konbini. Saludé al compañero de turno, con el que sé que terminaré analizando las páginas de cualquier revista playboy que tenga en los cajones de mi mesa, y fui directo a los vestuarios a cambiarme. En lo que me duró el silencio, me pregunté si había sido buena idea dejar sólo en mi casa a alguien que sólo conocí de oídas en mi época de instituto. Lo único que puedo recordar de él es que su equipo dio la talla contra el nuestro; y no es que me hubiese fijado mucho en nadie más que en Kagami por aquel entonces, así que básicamente es un desconocido el que tiene ahora mismo la copia de la llave de mi casa. Dadas las pintas de idiota que tiene, no creo que pase nada. Pero eso no cambia el hecho de que no sepa nada de este tío.

—¿Podemos acceder a bases de datos personales desde aquí? —pregunté, saliendo al recibidor mientras me abrochaba la chaqueta y me encajaba la gorra.

—Con el código de acceso de un superior. Nosotros sólo podemos ver la información básica de los Documentos de Identidad y los números de contacto, si tienen —mi compañero me miró—. Pero dudo mucho que leyendo los trapos sucios de una mujer consigas llevártela a la cama.

—No es para eso, gilipollas —le di un codazo al pasar a su lado, mirando el panorama de la calle. Gente, gente y más gente, para no variar. Ya era casualidad que con todos los que vivimos en este distrito, fuese yo el que le recogiese. Ya da un poco igual, de todas formas; dudo mucho que vuelva a verle—. Haré la primera ronda. No tontees con las viejas casadas.

—Sólo con las que no tienen hijos.

[…] Dos paseos por el barrio, una discusión con mi compañero sobre voleibol femenino y tres encontronazos con las marujas de turno después, finiquité mi turno con un bizcocho casero bajo el brazo. Algunas octogenarias se toman muy en serio eso de ser abuelas y engordar a los nietos, aunque no sean los suyos. Además de que juraría que se ponen moradas mirándonos el culo.

Salí del tajo sin cambiarme, considerando que ya era hora de darle un lavado al uniforme siendo mañana mi día libre. Guardé la gorra en el interior de la chaqueta, contesté cualquier cosa a ese mensaje ignorado que me flotaba aún por la pantalla del móvil y me puse en marcha por la calle segundaria. No tengo ni idea de en qué gastar mi tiempo libre, como siempre, pero lo más seguro es que me pueda el aburrimiento y acabe jugando un partido con los chavales que se reúnen en las canchas del parque. Hace mucho que dejé de asistir a las reuniones de viejos alumnos o a los picnics que organizaba algún senpai, así que sólo me quedaba una buena selección de películas y las palizas continuas a los miembros de la NBA de mis videojuegos.

—¡Aomine! —levanté la mirada—. ¡Hey! —giré la cabeza, y al otro lado de la carretera estrecha partida en dos carriles, un careto familiar y estúpido alzaba la mano en mi dirección. Me hizo enarcar una ceja.

—¿Qué haces aún por aquí? —levanté la voz, para que me oyese. Él se puso las manos en forma de cuenco en la boca, como si el vocerrón que tenía no fuese suficiente para hacerse oír desde menos de treinta metros de distancia.

—No podía irme debiéndote algo —señaló a su espalda con el pulgar—. ¿Qué te apetece almorzar? Invito yo.

Estaba frente al konbini del barrio. Un sitio muy cutre si pretendía compensar el coñazo que me supuso cuidar de él la otra noche. Miré a ambos lados de la carretera y crucé, trotando, hasta llegar a su lado.

—Así que eras policía de verdad —me dijo, mirándome el uniforme.

—En realidad soy un stripper, así que si sigues mirándome tendré que empezar a cobrarte —lo vi levantar la cabeza inmediatamente, con la boca abierta— … Es broma, ¿sabes?

—Bueno, tampoco me parecería mal si lo fueras.

—Prefiero no seguir esta conversación —lo pasé de largo. Las puertas automáticas se abrieron y fui el primero en entrar. Lo escuché seguirme antes de que se cerrasen de nuevo. Aquella tienda se llevaba al mes gran parte de mi sueldo, ya que no solía ponerme a elaborar platos muy complicados a la hora de comer. El bocadillo de por la mañana y el bento preparado para el almuerzo ya venían bastándome. Metí en la cesta dos bandejas con especial de ternera y me perdí por el pasillo de las neveras. No me quedaban cervezas.

Cuando me giré, de camino a la caja, vi a aquella mole castaña dudar entre dos paquetes de tallarines con tal seriedad que casi le podía escuchar pensar.

—Este —señalé el paquete rojo—. No se ablandan.

—Genial. ¿Qué salsa prefieres? Sé preparar la básica, pero creo que podría intentar algo más complicado si no te gusta el tomate.

—Kiyoshi —le llamé, deteniendo sus intenciones de ir hasta el final del pasillo—. Como sigas actuando como una recién casada, te daré una paliza. Que me empiezas a dar mucha grima, coño —le vi bajar las cejas y suspiré, caminando hacia él—. En primer lugar, no entiendo por qué sigues rondando por aquí si vives en Shinagawa. A mí no me debes nada así que, ¿qué pasa? ¿No quieres volver a casa o qué?

Antes de poder confirmarlo con su expresión, ya supe que había acertado de lleno. Su borrachera, sus palabras y sus ganas por inventarse cualquier cosa que le impidiese volver a su vida. Claro que yo no soy mejor que él si para colmo le ayudo no diciéndole que se largue. Desgraciadamente, no puedo decir que no entienda esa necesidad de mantenerse ocupado con algo, por muy absurdo que fuese.

—La verdad es que no —sonrió, mordiéndose por dentro el labio inferior.

—¿Y tu mujer no tiene nada que decir?

—Quizás lo diga cuando tenga una —me miró cuando lo pasé de largo—. Ahora que lo pienso, ¿qué hay de ti? ¿No estás casado?

—¿Tengo pinta de ser el marido de alguien? —me giré, abriendo los brazos hacia él con ironía, para después darle la espalda y caminar hasta la otra punta del pasillo. Resulta muy evidente que quiere cambiar de tema, pero no cuela—. Mira, no sé lo que te habrá pasado, y tampoco es asunto mío, pero estás buscando consuelo en el tío equivocado. Yo no soy…

—No es eso —me interrumpió—. Tranquilo, no es consuelo lo que busco. No es mentira que quiera agradecer que me echases un cable. Aunque…

—¿Aunque…?

Lo escuché soltar un suspiro disimulado en una risa.

—También es verdad que es una excusa para no irme —vamos avanzando. Ahora ya admite que me está utilizando—. Estar aquí… Estar así tampoco está tan mal. Es el tipo de normalidad que necesito hasta que pueda calmarme un poco y pensar con claridad —inmediatamente se forzó a cambiar el tono de voz—. Mientras, podemos sentarnos y, no sé, hablar de los viejos tiempos.

—¿Qué viejos tiempos? Si con suerte nos habremos visto dos o tres veces en la vida, y no precisamente para mantener una conversación —era verdad. De no ser por la cartera, aún seguiría llamándolo el Alto del Seirin—. Para empezar, dudo que conozcas algo más que mi nombre.

—Y que perdiste contra Kagami —soltó, haciéndome levantar la mirada de los botes de boloñesa que tan desinteresadamente había acabado mirando.

—No me seas cabrón…

—Pero fue un encuentro increíble para todos. Kagami pudo descubrir su verdadero potencial gracias a ti y Kuroko parecía haber cumplido algún tipo de promesa a sí mismo. Tus habilidades nos dieron el día, sinceramente; pero parecías feliz. En algún momento del partido, empezaste a brillar con otro tipo de luz…

—No me hagas la pelota ahora, y menos hablando como Tetsu —caminé de nuevo a su lado, viendo como arqueaba las cejas y sonreía. Ya no sé como describir las expresiones que pone, y no tengo ni idea de con qué me saldrá la próxima vez. Este tío me hace sentir incómodo, y aún no sé por qué—. Tengo hambre, así que espero que cocines mejor de lo que hablas.

Le dejé en la mano una botella de salsa yakisoba y lo pasé de largo. Poco después lo escuché seguirme hasta la caja.

De camino a casa no se le ocurrió otra cosa que sacar otra vez el tema de nuestro partido, y como única cosa en común de la que podríamos opinar abiertamente, acabé metido de lleno en la conversación. Me contó que Kagami estaba viviendo en Estados Unidos y que solía visitar a sus viejos amigos durante el verano y las vacaciones, donde organizaban alguna salida que implicase acabar jugando al baloncesto. Seguramente, las mismas escapadas a las que Tetsu me ha invitado tantas veces y he acabado rechazando, por un motivo u otro. Al parecer, él también se había estado excluyendo de algunas en los últimos meses, alegando después que había sido debido a su trabajo como entrenador.

—¿De verdad? —no me lo creí.

—Claro que es verdad —enarcó una ceja, mientras dejábamos atrás la rampa de la parte trasera del edificio y llegábamos al ascensor—. Teníamos los torneos de navidad a la vuelta de la esquina y no podía permitirme una pausa. Las chicas se estaban esforzando muchísimo por pasar a la final.

—¿Las chicas? —ahora me tocó a mí levantar una ceja—. No me jodas que entrenas a un equipo de liga femenina…

—Sí. Pero son todas muy buenas chicas; aunque en San Valentín lo paso un poco mal… —¡y se ríe!

Te odio —apuré el paso y lo dejé atrás. ¡Y parecía tonto! Tendría que estar poniéndose morado con ese harem rondándole todos los malditos días; así que a cambio de información sobre sus experiencias visuales en los vestuarios, le dejaría entrar en el ascensor. Meterme con él es más divertido de lo que esperaba.

La ventaja del peculiar agradecimiento de Kiyoshi era que mientras yo me daba un buen baño, él me hacía un señor almuerzo con el que por fin llenar el estómago. El olor de las setas shiitake y el yakisoba me llegó mientras me secaba y me envolvía en una toalla antes de salir hacia el cuarto para cambiarme de ropa. Verle en la cocina me resultó mucho menos raro que esta mañana, y mientras no se le vuelva a quemar nada, pues bienvenido fuese. No puedo decir que tenga algo mejor que hacer en lo que resta de día.

Mientras comíamos poco después, la cantinela de los locutores del canal de deportes fue lo único que se escuchó. No tuve mucho que decir cuando estaba tan ocupado llenándome la boca de una comida que está de muerte; aunque más tarde tuviera que apañármelas para entrar a saco en una discusión sobre los líderes de los campeonatos de la NBA. Kiyoshi insistía en que los Nets tenían más posibilidades que los Bulls de ser los completos líderes aquel año gracias a su alto porcentaje de buenas asistencias. Le tuve que abrir los ojos recordándole que los Bulls sobrepasaba esos porcentajes, y por mucho, con sus rebotes; lo que dio paso a otra sarta de tonterías que duró hasta que acabé tirado en el sofá, con la segunda cerveza en la mano, y él terminaba de fregar los platos. No recuerdo cuándo fue la última vez que hablé tanto dentro de casa…

—Siempre pensé que tú acabarías fichado en alguno de los grandes —dijo poco después, palmeándome las piernas para que le dejase un hueco para sentarse. Cuando lo hizo, se las dejé caer en el regazo—. ¿Por qué decidiste hacerte policía?

—¿Si te respondo a eso me dirás por qué no quieres volver a casa? —me miró, serio.

—Pensé que no te interesaba.

—He cambiado de opinión. Además, los policías tenemos la mala costumbre de querer enterarnos de todo. Igual eres un asesino en serie que sólo está huyendo después de matar a la vecina del quinto y yo, sin saberlo, estoy dejando que te sientes en mi sofá.

—Que bruto eres…

—¿Por qué? ¿El quinto te queda muy lejos?

Soltó una carcajada que me hizo sonreír también, mientras daba otro trago a la cerveza. Después, mirándome los pies y con una expresión menos tensa, decidió pasarse por el forro mi respuesta y me dio directamente la suya.

—Dos de mis amigos se van a casar. Llevaban saliendo desde que nos graduamos, así que era cuestión de tiempo que dieran el paso —jugueteó con el bajo de mi pantalón—. La noche que me recogiste venía de hablar con ellos sobre el tema. Quieren que sea su padrino de bodas, ¿sabes? —sonrió, aunque no pareció feliz ni de lejos—. Así que debería ser el primero en alegrarme por ellos y darles todo mi apoyo, y no comportarme como un quinceañero inmaduro.

Ahora entiendo el "alegrarse por ellos con sinceridad". Es obvio que había encajado mal la noticia, y eso solo podía tener dos motivos: que no le gustasen un carajo las bodas o que hubiera un enamoramiento de por medio. Y creo saber en torno a cuál gira este drama.

—Pero no pudiste evitar serlo —él bajó aún más la cabeza, y me lo tomé como un . Hubieras preferido ser tú el que se casase con ella, ¿verdad?

—Eso ahora da igual. No quisiera hacerles sentir culpables sólo porque yo no sepa ser discreto. En cuanto logre enfriarme la cabeza, iré personalmente a darles la enhorabuena. Esa vez, de verdad.

Me incorporé, resoplando, hasta acabar sentado. Kiyoshi estaba siendo tan absurdamente noble que mis ganas de darle otro puñetazo se iban incrementando más y más. Que no se lo hubiese dado ya significaba que cierta parte de mi estaba respetando el sacrificio que hacía, ya no solo como adulto, sino como hombre. Supongo que lo que pretende estos días es coger fuerzas suficientes para acabar aceptando el puesto de padrino sin que se le notase lo poco que le apetecía serlo. Es desquiciante.

—Y mientras, ¿qué vas a hacer? ¿Seguir sonriendo como un imbécil aunque estés deprimido? Se te han adelantado y te han quitado a la chica, así que es lógico que puedas no estar bien —tiene la nuca tibia. Lo sé porque en algún momento de aquella cercanía, le he posado la mano encima para impedir que levantase la cabeza. Si quiere llorar, gritar o maldecir a alguien y que nadie le viese, aquel era un buen momento—. No tienes por qué ponerle buena cara a todo el mundo. Incluso los bobos como tú tienen derecho a ser egoístas de vez en cuando, aunque sólo sea consigo mismos.

—¿Hablas desde la experiencia? —su risa sonó temblorosa.

—No te pases —le pellizqué el cuello—. Si no quieres preocupar a tus amigos, estupendo. Pero yo no soy amigo tuyo, así que tendría que importarte una mierda lo que yo piense. No voy a darte ningún consejo o a mentirte diciendo que te olvidarás pronto de todo y encontrarás a alguien mejor, porque eso ya dependerá sólo de ti.

Nunca he sido de los que se ponen a compartir sus penas o comparar quién de los dos ha sido más desgraciado; no lo he hecho nunca y no lo haré ahora. Pero estoy tan cerca que puedo ver como se muerde el labio bajo las sombras que ha dejado el flequillo y se le arruga el mentón, así que algo de lo que he dicho parece haber sido suficiente para hacerle desahogarse.

—Siento mucho todo esto… —dijo en voz baja, mientras me cogía y apretaba la mano que tenía sobre las rodillas.

—No te emociones —bajé la cabeza hasta apoyar la frente en su hombro—. Esto está pasando porque estoy borracho; aprovéchate mientras puedas.

Creo que tanto él como yo sabemos que las cervezas que me he bebido eran sin alcohol.