2.
3 de Noviembre: No como en las películas.
¿Entonces no me lo vas a decir?
No, es información confidencial.
¡Pero has dicho que eres mi amigo!
Entonces te digo amistosamente que sigue siendo información confidencial.
Bueno, da igual.
¿Ahora te da igual? Gracias a Dios.
Sí, porque de todas formas cuando yo tenga dieciocho tú tendrás veintiséis y entonces podremos casarnos y ya dará igual cuántas hayas tenido.
Anda, termínate eso que vas a llegar tarde.
No te rías, es verdad. Pasa en un montón de películas, el chico dice que vale y se ríe y diez años después la chica está buenísima y se casan de verdad.
¿"Está buenísima"? ¿Qué opina la hermana Gant de esa expresión? ¿Y de tener planes de boda con nueve años?
Da igual, pasará. Siempre, siemprísimo, pasa.
Pero yo no he dicho "vale" en ningún momento, Klio.

Mientras atravesaba el centro de Suburbia tan rápido como le permitían las náuseas, Klio seguía dándole vueltas a aquella noche, y el día que la había precedido, y el día anterior, cuando todo se había desencadenado. Un amanecer normal se hubiera permitido desprenderse de las capas de ropa protectora para caminar por las calles en jersey y un abrigo ligero mientras el sol todavía no incidía en las cornisas reflectantes y el aire conservaba el frescor justo de la noche. Era el único momento del día en que podía sentirse una persona normal, andando por la calle sin un montón de bufandas asfixiándola, y apenas duraba veinte minutos antes de que la claridad se convirtiera en el sol y los espejos cumplieran su cometido, iluminando y destruyendo cualquier sombra. El gobierno provisional de Suburbia tenía la estúpida idea de que llevando el sol a cada centímetro de tierra podrían hacer crecer algo, retomar el curso natural donde lo había interrumpido la Guerra. El gobierno "provisional" llevaba ahí más de cien años, con sus miembros señalando a sus sucesores de forma directa, y no tenían la más remota idea de nada.
Se apartó la bufanda de la cara sin detenerse. La tierra prensada de la acera escupía nubes pequeñas de polvo oscuro cuando la pateaba, torpe, con pasos irregulares y las botas convertidas en una trampa mortal. De hecho al salir del bar se había caído de morros para el regocijo de los demás trasnochadores, que con un poco de suerte estarían profundamente borrachos y no lo recordarían en unas horas. El problema es que Klio ya no estaba borracha sino en las primeras etapas de la resaca, con el olor a colavodka atorado en las fosas nasales igual que una mancha de petróleo y la sensación de que cada ciclista madrugador que pasaba a su lado iba a arrollarla como un tornado de plástico y acero. Sabía que bajo los pantalones manchados tenía las rodillas en carne viva, y posiblemente también el codo derecho, porque si iba a caerse había que caerse bien, pensó amargamente, y la caída había sido violenta y espectacular. Con aplausos y todo.
Tampoco tuvo que aminorar el ritmo para encenderse un cigarrillo y aspirar con furia, cerrando los ojos, preguntándose si sería capaz de continuar caminando si se detenía aunque sólo fuera una vez. Prefería no tentar a la suerte. Caminó a ciegas por el laberinto de calles sin asfaltar que llevaba al orfanato, aprendido de memoria a lo largo de cientos de escapadas nocturnas por los barrios sin iluminación. Podía quedarse dormida andando, estaba convencida. Sólo tenía que continuar un rato más. Sentía el borde de los párpados y las ojeras tan crudas como si las hubiera bañado en ácido, y el peso de tres días sin pegar ojo rebotaba a cada paso en algún lugar detrás de su frente. En cualquier momento su cerebro desconectaría totalmente exhausto y haría el resto del camino hasta su habitación en un estado de sonambulismo activo. Lo siguiente que sabría sería que despertaba vestida en su cama un par de semanas después y en realidad los últimos días habían sido un sueño estúpido después de una noche de borrachera con Sylwia. Al menos lo de la noche de borrachera sí que era verdad. No merecía la pena afirmar que no volvería a probar el colavodka en su vida porque estaría mintiendo; era la única bebida que se podían permitir en cantidades suficientes como para casi quedarse ciegas, por mucho que lo hubiera detestado desde el primer trago de su vida. Sólo pensar en ello intensificó las náuseas hasta el punto de olvidar el sueño y hacer que se doblase, casi arrodillada sobre la tierra, y abriera los ojos para descubrir que ya era de día y el sol empezaba a ensañarse en la piel blanda e irritada de las mejillas y los párpados. Recolocó las protecciones a manotazos apresurados y no pudo evitar gemir de alivio al situarse y descubrir el edificio del orfanato al final de la calle, familiar en su gigantismo pasado de época.
La propia Suburbia era una mezcolanza estilística creada por millones de inmigrantes con pocos medios, ricachones sin gusto y expulsados nostálgicos, y, aunque la mayoría de los edificios nuevos eran bloques simples de tres pisos con la funcionalidad justa, en el centro la variedad era patente. Klio se atrevió a acelerar el paso acercándose al edificio de seis pisos con una punzada de algo imposible de identificar. Podían ser las náuseas o el dolor en las piernas o la sensación de estar llegando a casa por fin, con su imitación del estilo victoriano y los tres niveles de buhardillas, y las tejas a parches. Era uno de los edificios más antiguos de Suburbia y el arquitecto, un tipo obsesionado con los diseños de la antigua Anglia, había sido expulsado de Utopia por corrupción; la hermana Gertrude había investigado toda su historia a fondo cuando se empeñó en comprarlo a pesar de que era demasiado grande, demasiado frío y demasiado histórico. Si la monja presumía de algo era del precio ridículo por el que lo había conseguido. Los materiales suburbanos no estaban diseñados para las ventanas altas y los arcos, y los niveles en los tejados y sus ventanas sobresaliendo. Aquí y allá el tono rojizo de los ladrillos originales se había dado por vencido, sustituido por cemento gris, y aunque Klio y los demás huérfanos sabían perfectamente que se necesitaría otra Guerra para tirarlo abajo, comprendía por qué los recién llegados pasaban noches en vela convencidos de que al próximo crujido se desmoronaría sin remedio.
Por supuesto, la puerta principal estaba cerrada a cal y canto. Klio apoyó la mano enguantada sobre la superficie metálica, raspó algo de óxido y sacudió las cadenas gruesas con desgana. Al otro lado el candado tintineó, burlón. Dio un puñetazo y las planchas resonaron pero no esperó ninguna respuesta porque sabía que no la habría. Las puertas se cerraban a las doce de la noche y se abrían a las ocho de la mañana, sin excepciones, y siendo casi las siete Klio era la única desterrada visible de esa noche. No tenía ninguna intención de esperar, ni siquiera por Sylwia, que tenía el día libre y seguramente no aparecería por allí más que para darse una ducha y volver al bar a ligar. Tomó aire y correteó casi con sus últimas fuerzas hacia el lado del edificio que sí que se estaba empezando a caer.
Lo malo del plan B era que, tras pasar la noche bebiendo, el tener que encaramarse a los andamios de soporte no era un juego de niños. El consejo no había juzgado necesario dotar de espejos a aquel callejón, así que los tubos estaban permanentemente congelados y el plástico de los tablones a veces se rompía como cristal. Fue ganando metro a metro con cuidado, aupándose como podía, ahora un brazo tembloroso, ahora una pierna dolorida, colgándose como un mono y tratando de no mirar al suelo. Tratando de no pensar en aquel chaval recién llegado dos años antes que quiso ir de listo después de ver a un monitor usando esa ruta de emergencia y terminó con la cara esparcida por la tierra helada cinco pisos más abajo. Los internos eran inteligentes y preferían esperar en fila junto a la puerta principal, pensó, dejando atrás las ventanas tapiadas y alcanzando por fin la única con cristales.
También era que los internos siempre montaban escándalo, sobre todo borrachos, e incluso si lograban llegar hasta la ventana sin romperse nada eran incapaces de atravesar el pasillo del despacho de la directora con el silencio necesario. Hacía falta conocer el pasillo con todos sus centímetros y hasta el humor de las baldosas, que se soltaban por el calor seco de la calefacción y traqueteaban igual que una carraca si pisabas la equivocada. Hacía falta haber pasado al menos diez años en el orfanato y muchas horas esperando a las puertas del despacho para esquivar el oído de gata de la hermana Gant, pero Klio había tenido tiempo de sobra. Hasta donde ella sabía era la única a la que nunca había pillado in fraganti.
Ahí estaba la parte complicada. Se apoyó en el precario andamio mientras la cabeza le daba vueltas por el vértigo, la resaca y la perspectiva de saltar a la cornisa. De repente era como si estuviera a miles de kilómetros en lugar de a apenas medio metro, con una fosa abisal entre ella y la seguridad del edificio, y el mundo olía a alcohol y hacía frío y el andamio temblaba sacudido por un huracán invisible.
Agarró la barra a su derecha justo antes de perder el equilibrio, arrancándose la bufanda de la cara, y vomitó casi a cámara lenta una mezcolanza parda y repugnante de colavodka y trans-P que se derramó por el borde saltando de tablón en tablón con un chapoteo enfermizo. Permaneció de rodillas, tosiendo apagadamente mientras el viento helado de las calles en sombra y el malestar le hacían castañetear los dientes y cerrar los ojos con fuerza. Mejor fuera que dentro, y mejor en el callejón, en el andamio abandonado, que en el baño de su pasillo, donde hubiera apestado hasta al menos la hora de cenar.
Con el estómago ya completamente vacío empezó a sentirse mejor, o al menos lo bastante ligera para el último salto. Se incorporó sin dejar de agarrarse a la barra y giró para encarar la ventana, con sus cristales dobles y sucios, comprobando que no iban a acometerle más náuseas a mitad del proceso, porque esa era la parte un poco más complicada técnicamente. Pasó a agarrarse de la barra más cercana a la pared y se estiró todo lo que pudo, balanceándose sobre el hueco que conducía a la caída, los dos pies juntos al borde del tablón y los dedos esforzándose por alcanzar el pedazo de sedal invisible. Al principio sólo tantearon el aire, hasta que se cerraron triunfales y tiró de él. El cierre interior de la ventana crujió y las hojas se abrieron hacia ella. Como un autómata siguiendo un baile que conocía de memoria, saltó para colgarse de la siguiente barra horizontal y se impulsó hacia delante, hasta que sus pies y luego sus piernas pasaron a través de la ventana, utilizando las rodillas para agarrarse al alfeizar. Solía quedarse así minutos enteros, suspendida a medio camino entre el andamio y el edificio, pero nunca lo había hecho estando tan borracha y agotada; los brazos empezaron a hormiguearle y casi se lanzó dentro de la ventana, segura de que si mantenía la posición terminaría cayendo.
Aterrizó en el suelo a gatas, pero como casi nadie se acercaba a la ventana las baldosas allí eran aún prácticamente nuevas y por tanto silenciosas. El calor la golpeó como una toalla húmeda y corrió a cerrar los cristales antes de que se escapase, poniendo cuidado en volver a dejar el pedazo de sedal fuera. Después se despojó de todos los cobertores hasta que la ropa normal fue lo único que quedó, plegándolos y metiéndolos en su saco. Al pasarse la mano por la cara la sintió pegajosa. El pelo no debía de estar mucho mejor. Se pasaría un paño limpiador por la cabeza antes de caer en coma al llegar a la habitación, decidió. Pero antes tenía que llegar.
Seguía encontrándose débil, todavía mareada, pero al menos sabía que no iba a ponerse a vomitar en medio del pasillo de los despachos. Tal y como había temido, el único despacho del que salía luz por la puerta de cristal esmerilado era el de la hermana Gant. El resto estaba a oscuras, con las persianas echadas y las formas de las sillas y las mesas apenas difuminadas. Klio llegó al borde de los cristales y se acuclilló, comprobando que su coronilla seguía unos cuantos centímetros por debajo de los paneles de plástico opaco imitando madera. El arquitecto corrupto era un enamorado de las películas de detectives del siglo anterior a la Guerra y la entrada al despacho de la hermana Gant parecía un decorado esperando a algún detective en blanco y negro. Muy adecuado para la fama de mafiosa al estilo cristiano de la directora. Alargó la pierna y ya estaba debajo del segundo panel, y un poco más y pasaba por debajo de la puerta, y...
—¿Y ya has consultado todo lo que necesitas? —Gertrude. Voz no muy alta y clara y algo ronca y perfectamente educada en Utopia. A Klio no le sorprendió lo más mínimo que estuviera trabajando a esas horas, pero sí que tuviera a alguien en el despacho. Se detuvo conteniendo la respiración.
—Las normas sobre inmigración y matrimonio siguen siendo las mismas, ¿no?
Y Bastian. Klio tragó saliva. Todavía se sentía como una niña de ocho años suplicándole que le leyera el periódico cuando le oía hablar, suave y grave y calmado, y la temblaron las piernas al pensar en lo que esa voz acababa de decir.
¿Matrimonio? Bastian no estaba casado, seguía viviendo en el orfanato desde que era un niño, como Klio, y luego un monitor, y cuando se casaban se mudaban y...
—El Acta del 16, sí. Va a ser difícil arreglárnoslas sin ambos, Bastian, no puedo negarlo.
—Diría que lo siento por parte de ambos pero sé que estaría mintiéndole, hermana. —Por el tono de voz Klio supo que estaba sonriendo a medias, posiblemente mirando al suelo, algo triste. Pero no se detuvo a pensar en ello.
Bastian había cambiado de opinión. La certeza fue absoluta y asfixiante dentro de los pulmones y por un momento incluso se la nublaron los ojos.
—¿Crees que pasará el control de salud? No parece haberse estado cuidando últimamente.
—Tendrá que dejar de fumar, eso desde luego.
Se llevó la mano a la cajetilla en el bolsillo del abrigo. Claro que lo dejaría. Bastian había cambiado de opinión y se iban a casar y se iban a ir a Utopia.
—Bueno, entonces me alegro sinceramente. Ha sido una sorpresa, una decisión tan repentina. —Ahora la hermana estaba obviamente sonriendo pero Klio estaba demasiado ocupada tratando de decidir qué hacer. O qué decir. O simplemente intentando aplacar las ganas de tirarse al suelo a reír a voz en grito. La hermana no apreciaría eso.
—También lo ha sido el resultado del sorteo.
Dentro de la habitación ambos rieron suavemente. Klio no pudo aguantar más, sobre todo cuando Bastian añadió "debería ir a despertarla". Se incorporó de un salto y se pasó las manos por el pelo, deseando no haber dejado que Sylwia se lo sobeteara con las manos pegajosas cuando se pusieron a bailar. Entró sin llamar, como de costumbre.
—No hace falta —anunció, dándose cuenta de que se había quedado sin resuello, como si acabara de atravesar a la carrera toda la distancia desde el Muro. Tuvo que inclinarse un poco y apoyar las manos en las rodillas, y reírse por fin sin tener que taparse la boca—. No hace falta, lo he oído todo.
Silencio. Miró a la hermana Gant y pudo distinguir aquel resplandor que precedía a una reprimenda en los ojos castaños, y sonrió incluso más, porque cualquier cosa que Gertrude pudiera decirle carecía de importancia en ese momento.
—Qué... —comenzó la directora, con ese gesto que indicaba que iba a empezar a hablar en serio, echándose atrás con una mano los cientos de trenzas que recogían un cabello negro y crespo que empezaba a cubrirse de canas. Klio sintió ganas de abrazarla pero en su lugar se volvió a Bastian, que la observaba desconcertado.
—Lo he oído todo. Lo de que has cambiado de opinión. Lo sabía. Sabía que lo de ayer sólo fue la reacción del momento y... —No le salían las palabras. Por lo visto a Bastian tampoco. Seguro que no esperaba que se enterara así. Pero era mejor. Aunque estuviera de resaca y le oliera el pelo a tabaco. Joder, era la mejor maldita resaca de su vida. Casi dio un salto cuando la hermana Gant volvió a hablar.
—Un momento, tranquilízate. No entiendo nada, ¿a qué te refieres?
Desde luego no estaba muy claro quién era la de los sentidos nublados en la habitación, pensó Klio.
—¡A que me voy a casar con Bastian, claro! Ayer lo... hablamos. Y ahora se ha decidido. Siento haber escuchado tras la puerta pero, bueno, es algo que me concierne directamente, ¿no?
La hermana Gant abrió los ojos sorprendida y se giró hacia Bastian de inmediato.
Bastian se llevó la mano a la boca.
—Dios mio, Klio, no... —murmuró entre los dedos. Klio se detuvo por un instante, intrigada. Gertrude volvió a intervenir, concisa, directa al grano, como siempre.
—Creo que ha habido un malentendido. —La última vez que Klio la había visto así de seria fue cuando tuvieron que expulsar a un interno que había intentado prenderle fuego a otro.
No le gustó. Ni el tono ni la expresión.
—No ha habido ningún malentendido —afirmó categóricamente, sacudiendo la cabeza. No quería explicarle a la hermana Gant la conversación del día anterior con Bastian, así que se volvió a él para que le echase una mano, sonriendo nerviosamente. El ambiente de la habitación estaba enrareciéndose por momentos—. Lo he oído. Te vas a casar, lo de fumar y lo de ir a despertarme y... eso has...
—Ya estoy casado, Klio.
Una vez, de vacaciones con sus padres, se había caído a través del hielo de un estanque en pleno invierno, por andar haciendo el tonto.
Cuatro palabras y no había agua y de repente no podía respirar. No podía moverse. Los pulmones y la garganta se le llenaron de escarcha. Los oídos también, porque oía a Bastian y a la hermana Gertrude hablando, hablándole a ella, pero todo sonaba sumergido e incoherente. Malentendido, y no contigo, y escuchar detrás de las puertas y no entendía nada, nada de nada, el mundo se había vuelto loco.
—...con Rea.
Igual se lo había preguntado. No creía que se lo hubiera preguntado, pero tal vez lo había hecho y seguía sin poder moverse, absorbiendo el nombre lentamente. Rea. Administradora de recursos en algún sitio. Algo que ver con comida. No podía pensar. Iba a olvidarse de su propio nombre.
—Klio...
Eso. Klio. Tragó saliva y le supo a navajas de afeitar. De repente quería chillar. Se echó a reír en su lugar. Sus manos se movían sin que pensara en ello, como si gesticulase al hablar muy lentamente pero sin hacerlo. Tomó aire.
—Oh, joder —sollozó. La hermana Gant había salido de detrás de su escritorio en algún momento y Bastian hizo amago de acercarse. Klio alzó las manos, esta vez conscientemente—. No te me acerques. Joder. ¡Joder!
Y sin querer ya estaba llorando. Retrocedió marcha atrás unos pasos, sintiendo cómo la ira se hacía más fuerte que la desilusión brutal de los primeros instantes. La ira y la vergüenza. El ridículo parecía estar abriéndose paso a través de sus tripas con unas uñas largas y fuertes como titanio, alguna especie de ente físico. Se llevó la mano al estómago y se giró para mirar por la ventana, sin ver nada, para dejar de verle a él. Ahora también podía verla a ella, aunque no estuviera en la habitación, alta y rubia y con unos ojos que parecían esquirlas de diamante y caminando por el orfanato como si hubiera vivido allí. Respirar hondo. Se notaba las costillas bajo el jersey cuando apretaba pero aquel monstruo no se marchaba. Escuchó un gimoteo pero no quiso creer que fuera suyo. Y luego el ruido de la puerta.
Un pensamiento estúpido, que la hermana Gant se había marchado y Bastian se había quedado y todo seguía siendo una broma de mal gusto y...
—Cordelia.
Pero claro, era estúpido al fin y al cabo. Ella era estúpida. Y Gertrude era la única persona a ese lado del Muro que la llamaba así. Más pasos y otra vez.
—Cordelia, mírame. —La hermana Gant estaba utilizando el tono de voz más autoritario de su repertorio, acompañado de una mano en su hombro. Obedeció por inercia, porque la otra opción era derrumbarse contra la ventana y añadir un moratón en plena frente al que tenía justo en medio del orgullo. Igual eso acallaría a las cientos de voces que seguían llamándola "estúpida" dentro de su cabeza.
Notó algo fresco en el cuello y cerró los ojos aspirando el olor a simulador de extracto de rosas de los paños que usaba la hermana Gant. Pacientemente, la monja le pasó la toalla por las mejillas y la nariz llena de mocos, en un gesto que ambas habían abandonado cuando Klio empezó a usar sujetador. No dijo nada pero Klio sabía que estaba enfadada. Y que sólo estaba esperando a que ella estuviera lo bastante serena como para entender un sermón sobre por qué estaba enfadada y qué había hecho Klio para llevarla a ese estado.
Gertrude dejó de cuidarla y le tendió una toalla nueva.
—Ahora límpiate toda esa basura que llevas en los ojos y escúchame.
Klio tomó la toalla y al respirar hondo no pudo evitar toser. Antes de girarse y dar un par de pasos hasta el espejo de la pared miró a la hermana Gertrude ligeramente avergonzada, como pidiéndole permiso para retirarse unos segundos, recomponerse y volver ante ella para recibir su regañina. Al mirar dentro del marco de madera auténtica, astillada y ennegrecida, sólo se encontró con una versión emborronada de sí misma. A juego con el marco, pensó con una sonrisa de desprecio. Algo estropeado y sucio que no debería estar en Suburbia pero que había acabado ahí a saber por qué. Igual también era robado, como ella.
Ese momento era lo que Gertrude había estado esperando durante los últimos minutos, sólo para relajar los hombros e inspirar muy lentamente, tratando de ordenar toda la información recibida de alguna forma que tuviera sentido. Concentrada en su espejo, Cordelia arrastraba dolorida capas y capas del maquillaje negro, espeso como brea, que se aplicaba en cantidades industriales cuando algo la desequilibraba. Bajo la sombra de ojos desbaratada por las lágrimas empezaron a aparecer ojeras profundas, con un tono púrpura que ningún cosmético podía imitar, y sintió una punzada de culpabilidad. No le había prestado mucha atención a Cordelia últimamente. También era cierto que la muchacha cada vez quería menos atención, o eso afirmaba obstinada si Gertrude se acercaba a preguntar, pero la conocía y sabía que era una experta en declarar a gritos lo contrario a lo que quería en realidad. Se imaginaba que, de alguna manera, esa costumbre había tenido su parte de culpa en lo que acababa de presenciar y todo lo demás que Cordelia no le había contado.
Sin embargo no podía permitirse mostrarle esa culpabilidad. A lo largo de los años en el orfanato, Cordelia había desarrollado un mecanismo de defensa férreo basado en percibir la debilidad de su oponente, por así decirlo. Y cuanto más débil, más se enclaustraba en su opinión por errónea que fuera, y más trataba de quedar por encima.
A veces Gertrude se preguntaba si era culpa suya o aquella actitud concreta era parte del bagaje que Cordelia había traído consigo de Utopia, si ya era así antes de que se la entregaran.
Antes de que la muchacha terminase de limpiarse y se volviera hacia ella, demacrada y con expresión impenitente, la hermana rozó el crucifijo de plástico que siempre llevaba en el bolsillo de los pantalones y susurró mentalmente una breve plegaria; tenía la sensación de que un simple tono más seco o enfadado de lo normal podría desencadenar decisiones de las que Cordelia se arrepentiría después.
—¿Te has serenado ya? —inquirió apoyándose en el borde de su mesa y cruzando los brazos. Cordelia lanzó la toalla embadurnada a la recicladora de la esquina pero falló, y la bola rodó unos centímetros antes de detenerse. La miró durante unos segundos casi con rabia, y sus pensamientos fueron claros como el cristal para Gertrude durante unos segundos. Pensamientos victimistas preguntándose si era tanto pedir el encestar una bola de celuyx correctamente después de lo que había sido sin lugar a dudas un día horrible. Cuando pareció empezar a moverse Gertrude añadió imperturbable—: Ya la recogerás luego. Ahora cuéntame qué ha pasado.
—Ha pasado que este sitio es una mierda —fue la respuesta, más escupida que pronunciada. Gertrude no mostró reacción alguna.
—Gracias por tu apreciación, Cordelia, pero no me interesa lo más mínimo. Céntrate en qué ha sido lo que he visto cuando has entrado en mi despacho sin llamar, obviamente borracha y no procedente de tu dormitorio. Céntrate en explicarme a qué ha venido esa escena con Bastian.
Cordelia luchó por no mostrar ninguna emoción.
—Y a ti qué coño te importa.
—No aprecio ese lenguaje en absoluto —anunció. Su voz pareció resonar en la habitación, comparada con lo que había sido la queja ahogada de la chica—. Ayer Sylwia estuvo buscándote después de la hora de cenar. Tampoco estabas con Jen. Creo recordar que no tenías día libre ayer por la noche, ni razón para ausentarte.
Las reacciones de Cordelia empezaron a traspasar el muro de terquedad, debilitado por el agotamiento. Empezaba a encorvarse ligeramente, a abrazarse el estómago un segundo, con una sola mano como si fuera un gesto casual. Gertrude quiso cambiar su tono, pedirle por favor que le contase qué le pasaba, abrir los brazos y dejar que se fuera a la cama con una taza de malté. Esperó con la garganta oprimida por el sentido común. Si cedía ahora, Cordelia le gritaría que se metiera en sus asuntos y saldría corriendo hacia la calle, quizá a beber hasta desmayarse o Dios sabía qué locura.
—Estaba dando un paseo, joder. —Pero ya no sonaba agresiva, al menos no tanto. Sonaba a súplica aunque no estuviera pidiendo nada—. Estaba... tenía que salir de aquí. De aquí y de Suburbia y estaba dando un paseo y luego se me hizo tarde.
—Sí, Cordelia, definitivamente si el amanecer llega antes que tú es que ya es tarde. —Gertrude puso cuidado en suavizar su voz lo suficiente para no sonar sarcástica. Ladeó un poco la cabeza—. ¿Has estado en el Muro otra vez? —Asentimiento, gesto aparentemente casual para frotarse los ojos y limpiarse el comienzo de un sollozo no tan casual—. Siempre vuelves directa desde el Muro, ¿ha pasado algo con Suriya?
Rodear el tema de Bastian le pareció lo mejor de momento. Cordelia no le había reconocido jamás lo enamorada que estaba de él y no había razón para creer que lo haría ahora. Si quería la historia completa, más allá de lo que había visto y de lo que dejó claro, posiblemente tendría que preguntarle al propio Bastian.
Cordelia negó con la cabeza y dirigió una mirada desolada al techo, antes de sacudir la cabeza.
—No está —murmuró. El pelo sucio se le pegó a las mejillas húmedas, cruzándole por delante de los ojos, sin duda molesto, pero no hizo gesto de apartárselo—. Suri no está. Se ha ido. Había otro y no quiso decirme qué... Grité, me colgué de la valla, le escupí y me fui. Eso hice. Le hubiera matado pero resulta que no nos dejan cruzar ese muro.
En otras condiciones Gertrude se hubiera alegrado. Había conocido a la tal Suri fugazmente en una ocasión, cuando tuvo que recoger a un par de nuevos expulsados menores de edad en la puerta gris y aquella chica morena y pequeña se acercó a preguntarle si ella era "la hermana Tru de la que hablaba Klio". Sin embargo por muy agradable que fuera la soldado, aquella amistad era peligrosa y Cordelia siempre había ignorado todas las advertencias de Gertrude al respecto. Tal vez ahora dejaría de ir al Muro por la noche, arriesgándose a recibir un balazo.
—Y el chico no te disparó ni lanzó una alerta cuando le agrediste —continuó su pensamiento en voz alta—, lo que sin duda demuestra bastante buen corazón por su parte y mucha suerte por la tuya...
—Está casado, Tru.
Ahí estaba.
—Sí —afirmó simplemente, y se incorporó, preparada para lo que venía.
—Está casado y no me lo dijo. Y tú no me lo dijiste. —La voz se quebraba, los labios temblaban y Cordelia se inclinaba, alta y frágil, y la señal de que ya era ella, sin actuaciones, es que se inclinaba hacia Gertrude, que supo que había llegado el momento de abrir los brazos—. Él está casado y yo soy una estúpida.
Luego sólo hubo un abrazo y lágrimas, el único agua que ambas habían conocido en años, y a Gertrude le habría gustado poder decir algo que la consolase, pero hubiera sido todo mentira. Pasó los dedos por el pelo enredado y dejó que le empapase la chaqueta hasta que pareció agotada de llorar y avergonzada de haberse acercado, y de repente era Klio Brae otra vez, irguiéndose con ojos oscuros. Gertrude hizo lo mismo, apartándose y rodeando su escritorio para continuar el trabajo que Bastian había interrumpido siglos atrás.
—Quiero que te disculpes con Bastian —le anunció severamente. Dudó unos segundos—. Y con el chico del Muro también.
Cordelia se encogió de hombros, encaminándose hacia la puerta. Gertrude esperó unos segundos para hablar y golpeó unas carpetas en la mesa, alineándolas antes de preguntar en tono casual:
—¿A dónde vas?
—A mi habitación —respondió Cordelia extrañada.
Gertrude sacudió la cabeza y se sentó, disponiéndose a empezar con el papeleo de la mañana.
—Hay tres niños nuevos en el comedor, desayunando —explicó sin mirarla—.Ya que estás levantada quiero que les acompañes al Registro a solicitar un puesto en el grupo de numeración de la semana que viene.
—El registro... ¡Pero...! —Cordelia se detuvo. No podía decir que acababa de volver, deslizándose como un ladrón por la fachada sin espejos después de toda la noche bebiendo y sin dormir, por mucho que ambas lo supieran. Aquello le ganó a Gertrude una mirada de odio desesperado y un portazo. En cuanto los pasos de Cordelia se perdieron furibundos en el pasillo, Gertrude dejó lo que estaba haciendo y dedicó unos minutos a intentar tranquilizarse, las manos a ambos lados de la cabeza, el corazón doliéndole en el pecho.
Podía considerarse cruel, sí, pero también era un modo de mantenerla ocupada hasta que cayera rendida en un sueño sin sueños, y aquello era lo que Cordelia necesitaba ahora. A pesar de sus votos la hermana Gertrude todavía recordaba lo que era tener veinte años y sentir que el mundo le había quitado todo lo que le pertenecía por derecho.