Capitulo 3

Draco se apareció junto a sus mortífagos, en la desvencijada Mansión Malfoy. Hacía muchos años que la gran casa estaba deshabitada, desde que el padre de Draco murió en extrañas circunstancias. Lo que nadie sabía, era que detrás de esta muerte se escondía la mano de su hijo.

Había sido un arrebato de furia, cuando Lucius Malfoy le dijo a su hijo que su esposa había fallecido, de camino a San Mungo. Draco recordaba perfectamente aquella fatídica noche. Él se había quedado en el Ministerio a acabar unos informes hasta tarde, cuando llegó un vociferador a su oficina desde la Mansión Malfoy. La misiva le decía que acudiese inmediatamente al Hospital Mágico porque Astoria se había puesto de parto y las cosas se habían complicado un poco.

En ese momento, Draco palideció y echó a correr hacia los ascensores desesperado. Sabía que la absurda idea de su padre, de que todos los Malfoy debía nacer en la casa, era una locura y se juró que si les pasaba algo a ella o al bebé, se encargaría personalmente de matar a su padre.

En menos de cinco minutos llegó al Hospital. Cuando consiguió encontrar la planta de maternidad, su familia lo estaba esperando, pero no le supieron decir que era lo que estaba pasando, que habían metido a Astoria en una habitación y los medimagos se habían encerrado con ella hacía ya más de media hora. Draco intentó entrar en la habitación, pero le fue imposible, quería estar con ella, saber si estaban bien, las horas pasaron y el rubio cada vez estaba más desesperado. De repente la puerta de la habitación se abrió y de ella salió una enfermera con un bulto entre sus brazos y un médico fue a hablar con Lucius.

¿Por qué hablaban con su padre y no con él? Vio como la expresión de su padre cambiaba ante unas palabras que le había dicho el sanador, de inmediato se acercó a él y le exigió que le dijese que estaba pasando. El semblante de su padre lo dejó paralizado de miedo. Recordaba claramente las palabras que le había dicho él: "Hijo, lamento mucho lo que ha pasado. No nos dio tiempo a llegar hasta aquí. Tu hijo está bien y eso es lo que importa, pero tu esposa… los sanadores han hecho todo lo imposible para salvarla, pero ella estaba muy débil y no ha sobrevivido... Lo siento". En aquel momento no pudo pensar, su cerebro se bloqueó.

Entró en la blanca habitación y contempló la cama. Astoria acostada en ella y su cabeza descansaba sobre una blanca almohada. Tenía el rostro sereno, pálida. Lo único que delataba lo que había pasado era su cabello húmedo por el sudor y unas oscuras ojeras que afeaban su bello rostro.

Se acercó lentamente a ella y posó su mano sobre la mano aun tibia de ella. Recorrió la suave piel de su brazo, en una caricia y posó la mano sobre su pecho inmóvil, solo para comprobar la cruda realidad. Astoria lo había dejado, había muerto sin poder despedirse de él, sin poder conocer a su hijo.

Aquella noche la vida de Draco Malfoy cambió para siempre. Solo siguió en este mundo porque su hijo lo necesitaba, el pequeño Scorpius merecía que él estuviese a su lado y que su abuelo pagase por lo que había hecho. Planeó la muerte de su padre minuciosamente, procurando no dejar ningún cabo suelto. Lucius Malfoy murió cuatro meses después que Astoria.

A medida que iba planeando la muerte de su padre, una idea se le fue forjando en la mente. ¿Qué sentido tenía ahora ser un hombre honrado, si la única persona que lo mantenía en el buen camino ya no estaba a su lado? Sí, esa idea le encantaba. Los Mortífagos volverían a resurgir de entre las tinieblas, para volver a sembrar el caos en el Mundo Mágico. Y lo consiguió. Mató a su padre, vengando así la muerte de Astoria y volvió a reunir a los Mortífagos. Él era el nuevo Señor Tenebroso, pero a la vista de todos, él seguía siendo un hombre joven que se había quedado viudo y tenía que sacar adelante a un bebé de pocos meses. Nadie sabría jamás que él era el nuevo Señor Tenebroso.

Draco se dirigió hacia las grandes puertas y con un toque de varita, se abrieron automáticamente. El peso que llevaba sobre el hombro se retorcía incansablemente. El rubio lo afianzó sobre él y entró decidido hacia el inmenso vestíbulo.

—Compañeros, sé que no es el lugar más limpio del mundo, pero por el momento nos quedamos aquí— miró hacia sus hombres enmascarados— Blaise, enciende las velas, Goyle ve a ver si hay nada comestible en las cocinas, si no, ve a buscar comestibles a mi casa y sé discreto. Yo… tengo que encargarme de un asunto personal.

Draco no esperó a que ninguno de sus hombres le dijese nada y empezó a subir por las escaleras hacia el piso de arriba. ¿Qué haría con la Sangre Sucia? Hacía demasiado tiempo que quería que ella fuese suya, pero ese mal nacido de Weasley se la había arrebatado.

Le dolió lo que ella le había hecho veinticuatro años atrás, en el último año en Hogwarts. Pensó que lo amaba, que llegarían a formar una familia juntos, pero todo había sido una mentira.

—"Lo que ha pasado entre nosotros, Malfoy, no ha sido más que un error. Lo que sentimos el uno por el otro no es más que deseo, atracción y sexo. Somos incompatibles".

—"Yo te amo, Hermione— le había dicho él— Quiero estar contigo"

—"Yo no quiero estar contigo, Malfoy. Esto no tendría que haber pasado nunca. Yo amo a Ron Weasley, él lo es todo para mí. Olvídame, Malfoy. Olvida esta aventura".

—"¿Aventura? ¿Eso es lo que ha sido para ti todo lo que hemos vivido? ¿Una aventura?

Draco llegó ante una puerta de madera tallada y la abrió con ímpetu. Era su antigua habitación. Con un movimiento de varita, encendió las velas de la estancia y tiró al suelo el bulto que cargaba sobre la polvorienta alfombra, haciendo un ruido sordo al chocar contra el suelo. Se escuchó un gemido y el bulto se movió.

—¡Maldito hijo de…!— Hermione no pudo acabar el insulto. Un tremendo golpe le cruzó la cara, haciendo que se callara de inmediato.

—¡Maldita Sangre Sucia! Yo que tú cuidaría lo que dices.

Hermione estaba atada de pies y manos, pero, como pudo, consiguió incorporarse un poco para encarar a su captor, pero lo que vio en aquellos ojos la dejó paralizada, su cara era la más aterradora de las visiones, sus ojos la miraban llenos de odio y rencor y en su cara se dibujaba una sonrisa diabólica que la dejó helada.

—Parece mentira que tu y yo nos encontremos a solas de nuevo, después de tantos años, Granger.— le dijo él con una voz aterciopelada. El rubio la cogió por el cabello y la obligó a levantarse y a que lo mirara a los ojos— Ahora vas a conocer el infierno, asquerosa Sangre Sucia.

Ella le aguantó la mirada con valentía, pero cuando los ojos grises de Draco la recorrieron de arriba abajo, un miedo terrible se apoderó de la castaña, haciendo que empezase a temblar de pies a cabeza. Pero no quiso demostrárselo, no iba a darle el gusto de que la viera vulnerable ante él.

—No te tengo miedo, maldito mortífago. Eres un ser despreciable.

La mano de Draco se cerró con más fuerza alrededor de su cabello mientras lagrimas de dolor empezaron a resbalar por las mejillas de la castaña.

—Te advierto, Sangre Sucia — empezó a decirle él en un susurro, a pocos centímetros de su cara—, que sí tendrías que tenerme miedo. No sabes de lo que soy capaz y no me gustaría tener que demostrártelo.

—Quiero que me liberes.

La expresión de Draco cambió por completo y le dio otra bofetada con el dorso de la mano que le hizo sangrar el labio.

—No pienses que voy a hacerlo, estúpida. He esperado veinte años para este momento. Ni tus amigos, ni tu querido marido, van a poder liberarte. Voy a encargarme, que desde hoy. desees no haberte topado conmigo.