CAPÍTULO 3: EL ENTROMETIDO Y EL VENTAJOSO


Resultó que no había rastro del herrero en la Ciudad Goron.

Nadie le decía dónde estaba exactamente porque, al parecer, nadie lo había visto desde hace varios años, pero Link estaba seguro de que un Goron Gigante, como lo es el herrero, no podía pasar desapercibido por el mundo, así como así. Y Link realmente quería que la espada fuera recompuesta, porque ya le habían dicho varios rumores en el pueblo: que esa que sostenía en sus manos, rota e inservible, había sido una espada Biggoron.

Fabricada por el mejor herrero del mundo, aquella espada no podía romperse, y era cuatro veces más fuerte que una espada normal.

La vida, le decían, estaba resuelta para aquel que sostuviera una espada Biggoron en sus manos, si es que el peso no lo vencía.

Sin embargo, el herrero estaba desaparecido.

Link le aseguró a Navi que jamás, en toda su vida, había deseado algo más fuertemente que la espada Biggoron. Navi, por supuesto, hizo oídos sordos y sólo le dio por su lado, pues tan sólo la semana pasada, Link había dicho que jamás había deseado tanto, en toda su vida, algo como un Deku Scrub-mascota.

Decepcionados y con la moral baja, el Héroe y Navi salieron de la ciudad Goron, y se pusieron a descansar en el banco de tierra que estaba inmediato a la entrada de la ciudad. Link sacó de su bolsa mágica algunas nueces y un poco de agua, y empezó a partirlas, para que Navi pudiera tomar un bocado. Link se imaginaba que las hadas tomaban néctar de las flores, o energía del sol, pero resultó que Navi era perfectamente capaz de hincarle el diente a cualquier cosa, hasta a la carne.

Link decidió usar el Martillo Megatón para resquebrajar las nueces, pero cuando se disponía a dar el martillazo, lo interrumpió el sonido característico de Sheik rasgando el aire.

Grácil, el Sheikah aterrizó como un ninja justo detrás de Link. El Héroe se sorprendió y se dio la vuelta, sólo para encontrarse frente a frente con la mirada reprobatoria, y los brazos cruzados sobre el pecho del Sheikah.

La imagen de Sheik siempre era etérea: las luces se confabulaban con él para darle una apariencia sobrenatural, una que incitaba a Link a alargar la mano y comprobar que fuera de carne y hueso.

—No deberías estar malgastando el tiempo, Héroe. El tiempo es precioso. Será mejor que lo uses apropiadamente. — Susurró, bajo la tela que le cubría dos cuartas partes del rostro. Aquel cabello dorado se encargaba de otra cuarta parte, y entonces, sólo quedaba un inexpresivo ojo rojo, y una ceja inamovible.

— ¡Hola, Sheik! — saludó Link, animadamente, como si tuviera una cita de juegos con él, en vez de un castigo. Navi presintió que aquello le podría restar puntos frente al Sheikah, así que lo golpeó en la nuca con todo su cuerpecito. Link le dirigió unos ojos de advertencia al hada, mientras se sobaba con fuerza. — Es lo que hago, Sheik. Uso el tiempo. Tú mismo lo dijiste: es precioso. Entonces, ¿para qué malgastarlo con algo tan deprimente como el trabajo? Si las diosas nos dieron un tiempo limitado y corto, no creo que quisieran que lo usáramos para estar apurados y estresados todo el tiempo. El tiempo es nuestro… Por eso, decidí usarlo para descansar y comer un poco.

— Vamos, Héroe, no creerás que me refería a esta pequeña pausa que estás haciendo. — Había un tono acusatorio en la voz suave del Sheikah, que hizo a Link pensar en todos sus pecados a velocidad luz, hasta dar con lo que se refería Sheik.

— ¿Te refieres a la cadenita de favores? — Así decidió llamar a su maratón por todo Hyrule, haciéndole favores a todo el mundo; lo dijo en voz muy baja, arrepentido. Sheik lo penetraba con un solo ojo color escarlata, y luego asentía con la cabeza apenas perceptiblemente. — Espera… ¡¿Acaso me estás vigilando?!

Sheik le regaló una sonrisita oculta, y sus ojos brillaron para delatarla:

— Cada paso, Héroe — confesó.

Link le dirigió una mirada de complicidad a Navi, una que decía: "¡¿puedes creer su cinismo?!".

— Y aunque me gusta tu manera de pensar, temo decirte que tú no… Tú no eres dueño de tu… tiempo. — Carraspeó, y miró para otro lado, incómodo. Link no supo qué decir inmediatamente, pero después surgieron las palabras:

— ¡Tú dijiste que, mientras tuviera la Ocarina del Tiempo y la Espada Maestra, tenía al tiempo en mis manos! — le recordó, con cierto aire triunfal infantil, y también, con una pretensión adulta.

— No es lo mismo. — Renegó Sheik, como si de decir el estado del tiempo se tratara.

— ¿Cómo de que no? — especuló Link. A veces no sabía qué pensar del Sheikah. Tenía dos opciones: o Sheik era muy místico e incomprensible, o era un loco que no comprendía la vida de la misma forma que los demás normales.

Como toda respuesta, Sheik lo ignoró. Acababa de dejar claro su punto (es lo que parecía pensar), así que se distrajo con una de las rocas que estaban puestas en círculo sobre el banco de arena. Link se sintió frustrado, y no se le ocurrió nada mejor para debatir la aseveración de Sheik que un: — ¡Sí, es lo mismo!

Entonces, Sheik dejó la piedra en paz, y le dirigió sus ojos impasibles al Hylian. Sostuvo la mirada tanto tiempo, que Link estuvo seguro de que trataba de leerle los pensamientos o algo por el estilo (o que, de verdad, estaba loco).

Sin previo aviso, el Sheikah alargó la mano hacia él, y la retiró igual de rápido, como si hubiera agarrado algo.

Link tardó un segundo en asimilar que había capturado a Navi, quien había estado revoloteando alrededor de la cabeza del Héroe, como solía hacer.

— ¡Oye! ¡Déjala ir! — rugió el rubio, consternado. Sheik, rápidamente, se la pasó, de cualquier modo. Link la recibió con su mano izquierda vuelta un cuenco; la pequeña hada estaba desorientada, aunque Sheik no la había lastimado ni un poco. Navi empezó a volar torpemente, en círculos descendentes, hasta que aterrizó en la callosa mano del héroe. — Navi… — Link tocó, con la ligereza de una pluma, una de las alas del orbe azul, pero Navi no correspondió como solía hacerlo: sólo pudo mover las alas suavecito. Eso le bastó a Link. Le dedicó una sonrisita.

— ¿Crees que eres dueño de Navi? — fue la súbita pregunta del Sheikah.

— ¿Qué dices…? — Link pensó que ni siquiera tenía qué pensar en una respuesta.

— Ahora está en tus manos, pero, ¿realmente te pertenece?

Así que a esto era a lo que iba.

Link frunció el ceño, pero aún así, contestó lo que le parecía honesto:

— Ella es mi hada.

— Ser dueño de algo implica algunos conceptos, Héroe. — Empezó Sheik. Su voz era suave y grave, y parecía estar hablando completamente en serio.

De algún lugar de su traje (Link no podía imaginarse cómo podía caber en algún lugar, siendo tan ceñido), Sheik extrajo su dorado instrumento musical.

— Observa. Esta lira es mía, ¿de acuerdo? Así que tengo el total derecho de usarla como yo crea conveniente… De cambiarla de lugar, de lanzarla al pasto… Incluso de usarla para otro propósito, diferente al de crear música.

— Está hecha para hacer música, ¡estás diciendo puras tonterías! — lo desacreditó Link.

— No estás entendiendo el punto, ¿verdad? — Sheik le dio una especie de sonrisa paternal, una que Link no era capaz de ver, aunque sí imaginar, por su tono de voz.

Link pensó, molesto, que Sheik creía que lo sabía todo. ¡Era peor que los Hermanos Sabelotodo, del Bosque Kokiri!

— Te aseguro que sí, lo entiendo — respondió un resentido Link, y decidió clarificarlo: — Que es como si yo decidiera que quiero usar mi Ocarina para golpearte la cabeza con ella.

— Sí, exactamente. — Lo felicitó Sheik, sin darle importancia al agravio. — Así que, la lira es mía. ¿Entiendes que yo podría hacer cualquier cosa que quisiera con ella, porque me pertenece?

— Pues sí. — Dijo Link, sin pensar en retrospectiva.

— Incluso, ¿podría… destruirla?

Link contuvo el aliento, dándose cuenta. Apenas miró a Sheik, pues estaba más interesado en el pequeño tesoro que tenía entre manos: Navi.

Él no era dueño de Navi, sin importar el concepto de: "Cada Kokiri TIENE un hada". Navi estaba justo ahí, entre sus dedos; cuidada tiernamente, y protegida por Link. Incluso así, ella no le pertenecía.

Link no tenía ningún derecho sobre la vida del hada; ella podía irse, si así lo quisiera, aunque lo que más deseara Link para ella, era sostenerla y protegerla para siempre.

Resultó ser cierta la frase aquélla que decía que si amaba algo, tenía que dejarlo libre.

De pronto, Link se sintió entristecido. Había pensado que jamás estaría solo, porque Navi le pertenecía.

Ahora no tenía nada, ni siquiera tiempo.

— Ya entiendo, Sheik.

El aludido le dirigió su atención, que ya había perdido, segundos atrás.

— Estás diciendo que no debo gastar el tiempo haciendo cosas que me gustan, como ayudar a la gente con la cadena de favores que acabo de hacer, o como tratar de conseguir que me fabriquen una espada increíble. También estás diciendo que no tengo derecho de adueñarme del tiempo, porque alguien ya es dueño de él, por mí. — Sheik lo miraba con toda la atención de la que era capaz. — Las diosas — explicó Link —, ellas son dueñas de mi tiempo, y me necesitan para cumplir su misión. Tenías razón.

Link abrió su palma, y Navi se fue volando, frenéticamente, a esconderse bajo el seguro sombrero de Link. Entonces, el Héroe guardó el frasco de agua y empezó a caminar, montaña abajo.

Sheik se había quedado inmóvil contra su voluntad, así que trató de detenerlo con la voz.

— Espera, Héroe — le pidió, sintiéndose culpable.

— Estoy bien, no te preocupes. — Le aseguró Link, dirigiéndole una sonrisa cálida.

— No — Sheik logró detenerlo, poniéndose enfrente de él. — Tú eres el que tiene razón. Me convenciste con tu dulce disposición de obedecer el "destino" de las Diosas.

En la cara de Link brilló un aura de auténtica alegría.

— ¿Ah, sí? ¿Te convencí resignándome?

— Sí, completamente. — contestó Sheik — Y no sólo eso, sino que también te quiero ayudar.

— ¿A qué? — preguntó Link, curioso como siempre; miró a Sheik, expectante.

— Te diré en dónde puedes arreglar la espada — Sheik señaló con la cabeza, ligeramente, el sitio donde el Héroe guardaba sus instrumentos.

— ¡¿En serio, Sheik?! — gritó Link, emocionado. Entonces, después de darse cuenta de que era injusto mostrarle a Sheik tanta emoción, cuando él ni siquiera le mostraba la cara, el Hylian decidió aclararse la garganta y recobrar la compostura. Con la voz muy calmada, le preguntó: — ¿Dónde?

— En la cima de la Montaña de la Muerte — replicó Sheik, apenas logrando disimular que la emoción del Héroe le cayó en gracia. — Estoy seguro de que conoces a un Goron Gigante que solía vivir aquí.

— Sí, estaba siempre en una pequeña habitación, hace siete años. No entiendo cómo es que cupo. — Razonó Link, rascándose la cabeza, dubitativo.


El corazón de Link latía con emoción mientras escalaba la Montaña Muerte.

Era un alivio que el volcán estuviera inactivo, lo cual ocurrió una vez que Link se deshizo de Volvagia. Antes, el camino hacia la cima de la Montaña Muerte realmente podía causar la muerte, con tantas rocas gigantes y rojizas cayendo sin pena ni gloria sobre el camino, como si se trataran de inocentes gotas de lluvia.

El estar tan cerca del cráter, con el aire caliente entibiando el frío, hizo a Link sonreír a sus anchas. Además, la luz a esta hora del día daba la impresión de que el piso era suave, como si estuviera espolvoreado de harina.

Escalar la montaña, con el Gancho, era fácil, pero sobre todo, era fácil porque la Planta Mágica había hecho la mitad del trabajo.

La planta había crecido de un Frijol Mágico que Link había comprado siete años atrás, y que plantó en la entrada de la Caverna Fodongo. En esos tiempos, Link no tenía idea de que una planta estilo alfombra voladora nacería del frijol (el amable vendedor no tuvo el detalle de comentárselo), así que Link lo había sembrado simplemente para satisfacer su curiosidad interminable.

Entre los niños Kokiri se contaba una historia (Saria se la había relatado una tarde lluviosa, que no pudieron salir a jugar debido al mal clima) sobre un frijol mágico. En ella, del frijol crecía una planta enorme, que hacía las veces de escalera, y que dirigía a un Reino Lejano, sobre las nubes.

Por eso, Link esperaba poder visitar las nubes, pero una alfombra voladora vegetal no estaba nada mal, tampoco.

Y ya que estaba pensando en eso, Link se preocupó por el sujeto que le vendió los frijoles, siete años atrás.

¿Por qué? Bueno, porque el sujeto mascaba frijoles, también. Y Link sospechaba que mascaba los mismísimos frijoles mágicos, porque los sacaba del mismo costal.

Quizás, ahora el sujeto que le vendía los frijoles mágicos tenía una alfombra voladora en el estómago, y podía volar… Como Navi.

Oh, bien, quizás el aire ya se había vuelto demasiado caliente y la mente de Link se había derretido.

Desesperada por encontrar frescura, el hada había decidido aterrizar sobre la empuñadura de la Espada Maestra. Mala idea. Estaba más ardiente que nada. Así que Navi volvió a volar sobre el hombro de Link, con aspecto desfallecido y derrotado.

Cuando finalmente, Link y Navi alcanzaron la cima, el sol era sólo media esfera en el horizonte, y estaba grande como una pelotota. Allá abajo, la villa Kakariko era un lienzo de pinturas naranjas, rojas y amarillas; por el otro lado, el suelo que Link pisaba se mostraba púrpura y azul marino. En esa posición, Link era incapaz de ver el punto en donde los dos escenarios de colores tan distintos se difuminaban uno con el otro, así que el cuadro resultante era hermoso e intrigante a la vez.

— Ay, no… Bajar va a ser difícil… — dijo Navi. Link pareció despertar de su sueño.

— ¡Estaba disfrutando la vista! — le reclamó el Héroe, mirando al orbe azul con frustración. — Vives para estropearles la diversión a los demás, ¿verdad?

— Así que, ¡ahora resulta que ya no puedo señalar la realidad…!

La discusión terminó en el momento en que la tierra comenzó a temblar.

El sonido de la espada y el escudo de Link alertaron al hada, que sólo flotaba y no notaba esas cosas. Entonces, ella se puso a hacer su trabajo, y empezó a volar en círculos ascendentes, tratando de encontrar la fuente de aquel movimiento. ¿Sería otra erupción…?

De pronto, un rugido estruendoso (que también sacudió todo) rompió el aire como un relámpago. Link sintió la usual oleada de adrenalina; su mente estaba lista para observar, sus piernas anticipaban el movimiento dolorosamente, y sus manos esperaban la menor señal para desenvainar la Espada Maestra.

…Aunque Link no estaba seguro de que su espada, por más Maestra que fuera, pudiera vencer al creador de aquel rugido.

— ¿Qué es, Navi? — le susurró el Héroe, con determinación.

Hey, ¿qué está pasando allá abajo…?

La voz casi le rompe los oídos al rubio. Navi estaba furiosa en lugar de asustada. Parecía como si la voz la indignara, por alguna razón. Las hadas eran incomprensibles.

Otro movimiento. Link atrapó a Navi instintivamente, queriéndola proteger de algo tan grande; aunque Navi era un hada guardiana, y no tenía mucho caso que se le privara de liderar el camino.

— ¡Muéstrate! — pidió Link. Hubo una pausa. Entonces, una voz incrédula (y grosera), dijo:

¡Estoy justo aquí, idiota cegatón!

Link intentó mirando aún más arriba (a la altura del cráter de la Montaña Muerte), y un rostro capturó su atención a unos pocos metros a la izquierda: un Goron gigante.

— ¿Eres el herrero?

¡Erres tan grrosero! — replicó el Goron. Navi volvió a intentar liberarse de las manos de Link, y finalmente, el Héroe se dio cuenta de que la tenía atrapada y la dejó ir. — ¡¿Dónde quedarron los modales en esta época?! ¡Ni siquierra saludaron!

Una cascada de sollozos les cayó encima a Link y a Navi. Dios… Si esto iba a ser igual a la vez que se encontraron a Link, el Goron…

Navi le gritó a Link que hiciera algo, escandalizada, así que Link tuvo qué preguntar:

— ¿Qué pasa?

Me lastimé los ojos… — dijo, con mucho dolor en el tono de su voz. Link se sintió mal por él instantáneamente. — Debido a la errupción reciente, mis ojos están irritados… ¡Ni siquierra puedo ver una simple rrroca!

— ¿Ah, no…? — Link pensó que eso era muy grave, dado que el Goron estaba parado sobre una enorme roca.

El Goron Gigante se sintió alentado por la preocupación de Link y se autocompadeció aún más, empezando a hacer alarde de sus sufrimientos:

Sí… Imagínate… Ni siquierra puedo saberrr si estoy masticando una diorrita o una rriolita… ¡¿Puedes entenderr cuán trriste es eso?!

— Eh…

¡Es un crrimen que uno ni siquierra pueda saberr lo que se está comiendo!

— Hmm… — Link puso una cara de circunstancias, incapaz de dar una respuesta, pero pretendiendo que sabía exactamente lo que el Goron gigante estaba diciendo.

¡Ay, pobrre de mí! ¡Oh, qué desgrracia me atormenta…! Estoy indefenso… destinado a converrtirrme en un desperrdicio, ¡un dolorr de ojos…!

— ¿Qué no era él quien tenía un dolor de ojos…? — Navi sentía que se había perdido, en algún punto de la conversación.

Todo el mundo me tiene miedo, así que nadie me puede ayudarr…

— Bien, bien, ¡entiendo! — Navi, harta, se volvió hacia Link y le ordenó: — ¡Ayúdalo!

— ¿Qué? ¿Cómo…? — Link no tenía idea de la medicina. Quizás podría darle una Poción Roja, pero no creía que funcionara en un cuerpo tan grande… Porque, la poción roja circulaba por todo el cuerpo, ¿o no? Una dosis tan pequeña, repartida en el enorme cuerpo del Goron gigante, no le haría ni cosquillas a sus ojos.

¡Hagan algo!

— No se preocupe, señor Goron Gigante. Encontraré la forma de ayudarlo. — Le prometió Link, con una sonrisa.

PUES, EN ESE CASO…— El Goron se agachó, desapareciendo parcialmente de la vista del héroe y su hada guardiana. Cuando resurgió, sostenía una hoja de papel del tamaño de medio Link. El rubio la tomó con dificultad. — Esta es una prescripción que me dio un doctorr, hace algunos días… Estaba apurrado, así que no se quedó a currarme como se debe. Como puedes ver, la hoja es muuuy pequeña, y me cuesta leerla, además, claro, tengo los ojos demasiado lastimados. Porr otro lado, no puedo simplemente bajarr al pueblo a comprarr medicinas… ¿Has visto mi tamaño?

— Oh, sí. — Contestó Link.

La gente cree que soy un monstruo. Ya me pasó una vez, ¿sabes? Yo, inocentemente, bajé al pueblo (crreo que se llama Kakirito) por un parr de nuevos calcetines para dormir… ¡Y todo el mundo pensó que estaba ahí parra matar gente y aplastarr sus cosechas! Tengo sentimientos, ¿sabes?

Link no demostró la simpatía que esperaba el Goron Gigante, pues su razonamiento del porqué un Goron necesitaría un par de calcetines para dormir era mucho más importante. Además, él había dicho: "nuevos", ¿quién le habría tejido los viejos? ¿Anju, la chica de las gallinas?

— Lo entiendo, señor Goron Gigante…

¡Me llamo Smith!

— Ah, qué conveniente. Bueno, Smith, ¡te traeré las medicinas! — se comprometió Link, incluso antes de decirle que quería que le recompusiera la espada Biggoron. Incluso, lo había olvidado.

¡Erres el mejor! — lo aduló el Goron gigante.

Pero Navi le echó unos ojotes malignos a Link.


Y este fue el tercer capítulo. No estuvo tan divertido, ¿verdad?

Quería plasmar los sentimientos de Link hacia Navi, para aminorar la dolorosa despedida que, todos sabemos, tendrán al final estos dos.
Sheik comienza a molestar a Link... ¿Y qué otra cosa puede hacer?

¡Aguanten conmigo! En el siguiente capítulo, Link deberá ir a los Congelados Dominios Zora, a cambiar la prescripción médica más grande del mundo.

Muchas gracias a Lamphia y a Pichón Salvaje por haber dejado sus amables reviews! :3

Me pone muy contenta que haya podido hacer a alguien pensar que Navi es linda, porque a mí siempre me ha caído bien y creo que el mundo la odia injustificadamente (esto ya se está poniendo muy dramático, jeje).