Harry Potter es propiedad de J. K. Rowling.

El reto consiste en lanzar un dado, multiplicar el número por 100 y escribir ese número de palabras.

Palabras: 600.


En búsqueda de la varita


Las palabras de su mamá hacen que dude un par de minutos sobre su decisión de ser un Hufflepuff.

Él recuerda a la perfección la fascinación con la que su papá habla de las maravillas de ser un Hufflepuff además que es un gran honor pertenecer ahí y Zacharias vuelve a sentirse incómodo. Incómodo por no ser capaz de cumplir con las expectativas que todos esperan del heredero de los Smith y de lo que dirán de él si no acaba en la casa de Helga; él no tiene ningún pensamiento negativo hacia las casas restantes –que esté de acuerdo con ciertos aspectos es otra historia– así que no posee ni la menor idea de qué es lo que debe hacer.

El niño mira la sonrisa de Marilyn; ese gesto que siempre consigue tranquilizar a Zacharias ahora no está logrando el efecto deseado. Traga en seco y finge interés en una de las vidrieras que están en el callejón Diagon: se exhiben los libros que seguramente su mamá ha comprado en ese viaje infernalmente aburrido, calderos de diversos tamaños y materiales, artefactos para hacer jugarretas que no pueden importarle menos. Zacharias pone los ojos en blanco y se promete no volver a sugerir ir primero al banco de Gringotts: se ha aburrido hasta la saciedad, lo peor de todo es mamá lo ha tenido que regañar por montar una rabieta antes que terminasen de llegar a la bóveda.

—A la próxima tú vas a ir a la bóveda y yo me quedaré esperándote afuera del banco.

Marilyn Smith alza una ceja.

—Esos modales, Zach —regaña deteniéndose y observando a su primogénito a los ojos, levemente enfadada por la orden explicita que se ha atrevido a darle su hijo. ¿Qué se ha creído?—. Recuerda que soy tu madre. Que estés a punto de empezar Hogwarts no impedirá que te caiga una reprimenda, jovencito.

—Sólo digo que no quiero volver a entrar ahí —se corrige Zacharias notando el tono de peligro que ha usado Marilyn—. No lo haré, así de simple.

Luego de aquella escena, madre e hijo se encaminan hacia la tienda de Ollivander. Al llegar, el mago hace una mueca por el polvo que le ha caído en la cara después que han abierto la puerta y pueden distinguir las decoraciones que se limitan únicamente a cajas y cajas con varitas en el interior. De distintos materiales, preparadas para que pequeños magos como Zacharias lleguen a comprarlas. Zacharias decide dejar de interesarse por la falta de higiene –en comparación con el Caldero Chorreante está pasable– y entretenerse admirando las varitas mágicas.

Una de ellas está destinada para él.

Zacharias se encamina hacia una repisa donde están guardadas, viéndolas y conteniendo el impulso por sacar una y probar si lo elegirá o no.

—Buenos días —dice una voz que sorprende a Zacharias; da un salto hacia atrás, le manda una mirada fulminante al anciano por aparecerse de la nada. O por la puerta—. ¿Con cuál mano coges la varita?

Zacharias piensa que esa es la pregunta más extraña que ha escuchado en su vida y se pregunta sobre para qué querrá esa cinta métrica.

Si Ollivander la ha oído, la ha ignorado.

—¿No me va a dar mi varita ya? ¿Para qué le interesa que sea diestro o zurdo?

—¡Zacharias, compórtate!

—Varita de veintisiete centímetros de largo, elástica y de caoba-, ésa fue la que te vendí, ¿o me equivoco, Marilyn?

—No, Ollivander. Aún la conservo. De hecho, es la que sigo usando; es perfecta para mí.

—Es a mí a quien tiene que atender, no a mamá.