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La navidad, linda fecha que festejábamos en familia y amigos. Nuestros únicos amigos, Reito y su madre, Mitsuko. Se pasaban el día entero con nosotros, ya que su casa era más sombría que la nuestra. Hollaban con su presencia en casa y la hacían más apacible, con calor, un calor que a veces a mi madre le era bochornoso, lo sabía, por su rostro, por la expresión que ponía al ver entrar a la mujer de cabellos obscuros en la casa. Mientras las mujeres hacían la comida, mi padre iba a comprar presentes y arreglarlos. Yo me quedaba con Reito. Sentados en el suelo, en una mesa circular para café hecha de roble. Él con un suéter de tela color amarillo con rayas amillas, simulaba una abeja, eso me causaba risa. Su pantalón era como los que siempre tenía, obscuros y hacían combinación con sus zapatos negros recién lustrados. Mi vestido era color naranja, un naranja otoño, mis zapatillas eran bajas y combinaban con los adornos blancos que tenía mi vestido. Mi madre me había peinado en esa ocasión, sólo recogió mi cabello en una coleta de lado y después la hizo trenza. Estábamos divertidos tomando un té especial que mi madre preparaba en esas fechas.
– Tu padre tiene tus mismos ojos –decía asombrada de la foto que él me enseñaba.
– No Shizuru, yo saque los ojos de él –se reía, mientras me corregía.
Mirábamos las fotos que su madre le había dado a él, de su padre, un hombre nacido en tiempos de guerra, para morir en ella a temprana edad. Reito estaba orgulloso de él, y por lo que se veía su madre también, pues sabía respetarle su espacio. Ya lo había visto tiempo atrás, pues en su casa tienen muchas fotos de él. Parado correctamente, con ese traje verde obscuro y sus botas negras, sonriente con los ojos brillosos, fornido, atractivo, sí que lo era. Pero lo que más me gustaba era ese abismo que sus ojos color mil dejaban ver y su barba rebelde. Tan pequeña en ese entonces y ese hombre me encantaba, nunca se lo dije a Reito porque se burlaría de mí. Y eso era lo que menos quería.
Mientras yo mirada esmerada a aquel hombre de mis ensueños, él contemplaba el paisaje que las fotos contenían. Pasaba lentamente sus dulces ojos por cada cosa que el paisaje tuviera y cualquier mínimo detalle rielaba su sonrisa al compás de sus ojos.
– Anhelo conocer el mar –decía más para sí, que para mí.
– Mi papá me llevara en estas vacaciones, ira mi madre también –dije con una sonrisa, pero él no volteo a verme seguía entretenido con sus fotos– Podría decirle que te lleve con nosotros.
– No Shizuru –rio de manera melancólica– No puedo, tengo que estar con mi madre, ella me lo ha pedido.
Mire a la cocina, donde mi madre estaba con Mitsuko preparando de comer, todo en silencio, sin nada que decirse. Escuche el viento susurrar y entre éste escuche la voz de mi madre ininteligible. Me puse de pie, sentí que la mirada de Reito me seguía, mas no voltee. Hipnotizada por eso que el viento me susurraba al oído, con delicia y deleite, llegue a la cocina y me sorprendí al ver la mirada que Mitsuko le dirigía a mi madre. Mirada de superioridad. Ella se dio cuenta de mi presencia, se giró para verme, su mirada la paso a una dócil y me sonrió. Mentirosa.
– ¡No tiene derecho a mirarla así! –exploté y me abalancé sobre ella y con mis pequeños puños le di encima de su raída falda– ¡No la mire así! ¡Ella no es mala, no lo es, no lo es!
– ¡Shizuru, hija ¿qué te pasa?! –me dijo asustada la mujer. Trataba de detener mis pequeñas manos con las suyas, mas no logro nada, me zafe rápidamente.
– ¡No me diga hija! –seguí pegándole, uno tras otro, y la invencible mujer no caía. Rompí en sollozos de coraje e incapacidad, me derrumbe sobre mis rodillas y me quede cabizbaja con la respiración agitada.
Pude ver entre mis nublosos ojos, a causa de las lágrimas, el cuerpo de Reito, parado muy cerca de mí, mirando asombrado mi arranque de ira ante su madre. Sabía que me odiaría, que ya no querría saber nada de mí. Sin embargo, me sorprendió su reacción.
– ¿Qué le hiciste a Shizuru? –pregunto él con una voz que desconocí. Tan imponente y autoritaria.
– Nada, ella se abalanzo así sin más sobre mí –dijo la mujer con una voz entrecortada.
– ¡Hija! –escuche la voz de mi padre, proveniente de la puerta. Corrió en mi auxilio, tirando todos los regalos en la fría entrada, me cargo y yo me abrace de su ancha espalda para que mis lágrimas, recorriendo mis mejillas, murieran en su blanca camisa. Empecé a lloriquear como niña consentida, la presencia de mi padre permitía que mis llantos se descontrolaran, berrinche y nada más. Quería que mi madre me hiciera caso.
Todo el mundo guardo silencio, y solo se escuchaban mis sollozos. Respiraciones agitadas. Ya, un poco más tranquila, ladee la cabeza para poder ver a mi madre. Tuve que limpiarme las lágrimas que amenazaban salir para poderla observar claramente. Una mirada vacía, una entrada confusa y una salida clave.
– ¿Qué ha pasado aquí? –Pregunto mi padre con aparente preocupación, su voz era de agobiarse– Que alguien me lo diga ¡Por favor! –sentí su grande mano pasar por mi cabeza, acariciando mi cabello, tranquilizándome.
– Yo… – empezó a pronunciar Mitsuko, Reito la miro con escepticismo, mi madre seguía perdida. Mi padre me mecía entre sus robustos brazos, parecía que bailaba conmigo. Me estaba arrullando. Empecé a sentir la pesadez en mis ojos
– Aquí no ha pasado nada, la niña tropezó con algo, se cayó y se ha puesto a llorar –concluyo mi madre, para asombro mío. Se acercó, me dio un beso en la frente, me acaricio el cabello y la vi desvanecerse al subir las escaleras.
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– Yo te he visto en algún lado– le decía al recién llegado. Un chico de ojos color miel, cabello negro quebrado, alborotado y un poco de barba creciendo.
– No lo creo – dijo el sentándose en el sillón.
– Si, Shizuru tiene una foto tuya, aunque se ve vieja y gastada. No comprendo… –dije examinándolo con la mirada.
– ¿Y Shizuru? –preguntó cortante.
– Esta bañándose –dije, mientras me dirigía a mi cuarto.
Hace unas semanas que Shizuru había regresado a casa conmigo, después de un fin de semana en que salí por cuestiones familiares. Fui a ver a mi padre, que extrañamente reapareció en mi vida después de casi veinte años de ausencia. Pero, ¿qué opción tenia?, es la única familia que me queda.
En estas semanas, mi amiga Mai ha estado presente aquí con nosotros. Se ofreció a hacernos la comida cada que le fuera posible, pero ha venido todos los días. No se queja de lo que hace, se queja de lo que pasa en su casa, con su marido y su hija. ¿Acaso nos volvemos tan aburridos después de comprometernos?...
A Shizuru le disgusta la presencia de Mai en casa, no le gusta comer cuando esta ella, espera hasta que termine de hablar conmigo, mientras tanto ella se encierra en nuestro cuarto. Cuando ella se retira de la casa, Shizuru sale del cuarto y devora la comida con avidez. Eso me sorprende y me da risa al mismo tiempo, porque me ha dicho que no la recuerda y que sólo le agrada su comida.
Hoy después de que Mai se fuera de la casa, llego este chico. Reito, según lo que me dijo, es un pariente de Shizuru y evitara que se descontrole de manera exorbitante. Así que por eso lo deje pasar. Pero siento mucho recelo hacia esta persona desconocida.
Busque en el cajón de el armario una de las tantas cajas viejas y amarillentas que Shizuru guarda con bastantes fotos, fotos que sólo una vez me he dedicado a ver, en usencia de ella, por que pierde un poco la cabeza al ver la vaciedad que se transmite en sus fotos familiares. Saque la caja que tenía una R malhecha en color violeta, y ahí la encontré, la fotografía del chico que estaba en la sala.
Salí del cuarto con una foto en la mano y se la mostré.
– Aquí estas, o al menos te pareces –le dije, para lo que él me contesto con una estridente carcajada.
– No, Natsuki, él es mi padre –dijo regresándomela– Shizuru, ella, siempre ha sentido una fascinación por mi padre. Ahora sé dónde está la foto que creí perdida.
– ¿Fascinación? – pregunté consternada, eso no sonaba nada bien.
– Si, estaba embelesada con él, en secreto, según ella –rio por lo bajo.
– Oh –eso me hizo sentir un poco molesta.
– No pienses mal, eso era cuando estaba pequeña –me tranquilizó.
Mire la foto, y me imagine una Shizuru pequeña que miraba con unos ojos brillosos y grandes a aquel hombre que posaba en la foto. Con unos zapatitos blancos y un pequeño vestido color lila. Hecha un ovillo, en su lugar "secreto" después de robar aquella foto al chico que tenía enfrente. Sentí un nudo en el pecho, que me impidió hablar.
– Casi no sabes nada del pasado de Shizuru –dijo con esa sonrisa que nunca borraba desde que había llegado– Si supieras algo, como mínimo sabrías de mí.
– Es algo de lo que no nos gusta hablar, ni a ella ni a mí –contesté indiferente, pues sentí el insulto disfrazado.
– Comprendo, el pasado de Shizuru es lo que la ha puesto así –miré incrédula al chico.
En ese momento Shizuru salió del cuarto. Ambos volteamos y mi mujer se le iluminó el rostro al ver al chico, otra bofetada para mí. Corrió para alcanzar a Reito, quien ya se había puesto de pie y extendía los brazos con ademan de abrazo. Se unieron en un cursi y cariñoso abrazo que me dejo un vacío en el estómago, y yo sólo fruncí el entrecejo.
– ¡Reito, Reito! –dijo con una voz infantil que me sorprendió de sobremanera.
– Shizuru, que enérgica estas –dijo el chico con el mismo tono de voz pero ablandando la mirada.
– Hay que comer, estas más delgado, venga siéntate –me miró con desgano, después me dirigió la palabra– Ya que se fue tu amiguita, Kuga, ¿me ayudas a atender a mi amigo? –tu indiferencia me puede, sólo asentí con la cabeza.
Mientras yo servía los platos para que ellos dos comieran, Reito iba por los vasos, me miro y negué con la cabeza ante su ofrecimiento, así que sólo tomo dos. Shizuru acomodaba las sillas e iba por cubiertos, alegre, con energía. Todo lo contrario a lo que últimamente era. Me hacía sentir bien, pero no del todo.
Y así mientras ellos charlaban y comían, yo me senté a ver la televisión, escuchando todo lo que decían. Recuerdos, divertidos, tristes, aburridos, comunes. Mi Shizuru se había vuelto una niña pequeña ante él. Mire asombrada el desconcertante cambio que ella sufría, sus movimientos, sus expresiones, sus reacciones, todo lo que de ella venía era de una niña de siete años.
Me sentí olvidada, invisible, ante la capacidad que tenía él para hacerla hablar. Reír. Jugar. Sonreír. Me estaba matando lentamente lo inútil que me sentía. Abrumadora la escena, me llegó una alucinación, un delirio, algo estrafalario. Ella y él juntos, como una linda familia. Lo que siempre quiso su padre, lo poco que recuerdo de él, su padre, lo poco que hablé con él. Mis ojos se ofuscaron y me impedían ver con claridad, puse mi cabeza en blanco y después nada.
– Natsuki, Natsuki – escuche una voz demasiado lejana. Trate ver de quien se trataba, sólo distinguí unos ojos rojos flotando en un inmenso mar blanco.
– ¿Shizuru? –pregunte en un susurro.
– Si amor, soy yo, ven a dormir que ya es de noche –percibí una sonrisa.
Y entre mis delirios, trastornos, desviaciones de la realidad, sentí como me tomaba la mano y flotando me dirigía a lo que se suponía que era mi habitación. Y ya en ella me di cuenta que la locura de mi mujer me estaba volviendo loca. Y cada día hollaba de manera pertinente, sin dejarme descansar. Un filoso cuchillo que la mujer que amo me está incrustando lentamente.
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