Capítulo 3

-Había mucha gente nueva esta vez. Gente joven.- Decía José Ignacio mientras devoraba un guiso de su abuela.

-Entonces lo habrás pasado mejor que con los carcas de siempre.- Comentó divertida su prima Amparo, que compartía mesa con él además de quehaceres en materia de pociones en la empresa de la familia.- ¿O a pesar de la juventud eran igual de raritos que los de siempre?

-Pues yo diría que no tanto como sus mayores, pero un poco sí.

-¿Y eso qué quiere decir? – Preguntó la abuela a la vez que, satisfecha por el apetito del nieto, le servía un cucharón adicional. El mago le sonrió y después dedicó un momento a pensarse la respuesta.

-Mas que hablar de pociones, estaban mas interesados en la situación general y en el sector.

-¿Acaso se mueve? – Preguntó Amparo interesada.- Si la fabricación de pociones es de lo mas estable…

-Pues parece que hay cierta tendencia a la concentración por parte de algunos. Incluso asistí a un episodio un tanto lamentable. Un pequeño productor que tiene una tiendecita amenazó públicamente a otro mucho mas potente.

-¿Le amenazó? ¿De qué?

-Bueno, mas que amenazarle, le dijo delante de todo el mundo y a buena voz que no pensaba dejarse sacar del mercado. Ni intimidar.

Amparo abrió mucho los ojos mientras la abuela negaba con la cabeza.

-Perder los nervios no es bueno…- Murmuró la abuela.- Siempre hay que procurar mantener la calma…

-Fue un incidente sin importancia. Un poco de ruido, nada más.- Comentó José Ignacio mientras devoraba el guiso.- Esto está buenísimo, abuela. ¿Cómo lo haces?

-Con algunas hierbas. Ya te lo enseñaré. ¿La señorita Sparky comentó algo interesante?

José Ignacio negó con la cabeza con la boca llena. Se tomó un momento para saborear el bocado y después tragó.

-No. Las generalidades de siempre. Aunque ya sabes que, para ellos, es la primera bruja del planeta a la que se le ha ocurrido estudiar la influencia de las fases lunares en la fabricación de pociones.

Su prima Amparo soltó una risita mientras la abuela sonreía condescendiente.

-Los ingleses siempre son muy suyos. Merlín para arriba, Merlín para abajo y a pensar que son el ombligo del mundo.

-También tienen cosas buenas. ¿No estaba Damocles Belby?

-¿Te refieres al ermitaño? – Preguntó Amparo curiosa.

-El ermitaño, como tu dices, está haciendo un trabajo la mar de interesante en relación con los licántropos.

Amparo alzó las cejas sorprendida mientras su primo negaba con la cabeza.

-No parece que la conferencia de la señorita Sparky fuera de su interés. Y lo entiendo. Pero también lo lamento. Me hubiera gustado preguntarle sobre el tema. Aunque es un hombre la mar de despistado. Se distrae con el vuelo de una mosca.

-Total, que ha sido un viaje para nada.

-Tampoco es eso, Amparo. Ya te he dicho que había gente joven.

-¿Chicas? – Preguntó su prima con cierta curiosidad malsana.

-También.

-¡Ah! Por eso no ha sido una pérdida de tiempo.

-Bueno, todo tiene su interés. ¿No? En cualquier caso, ha sido bastante curioso. He entendido un poco mejor algo que nos pasó el mes pasado a Ana y a mí.

-¿Has visto a mi hermana?

José Ignacio se sintió un poco violento con su prima porque en realidad, en esta ocasión no la había visto.

-Iba y venía en el día…- Dijo a modo de disculpa.

-Ya lo se. Te lo preguntaba por si, por casualidad, la habías visto.- Amparo, dándose cuenta del pequeño brete en el que lo había metido, procuró quitar importancia. -¿Qué fue lo que os pasó?

-Pues que vimos una manifestación de gente enmascarada y vestida de negro que criticaban a los magos de primera generación.

Amparo abrió mucho los ojos mientras la abuela miraba fijamente al nieto.

-¿Qué les pasa con los magos de primera generación?

-Pues al parecer, no son bienvenidos por todos los que tienen cierta antigüedad mágica. Según dicen, traen costumbres e ideas con las que no comulga algún sector mas tradicional.

-Eso es una tontería como la copa de un pino. También hay magos con cierta antigüedad mágica que defienden ideas peregrinas.- Dijo Amparo no sin cierto dolor. Aunque eran sus convicciones, tampoco podía olvidar que el matrimonio de su hermana mayor había acabado desastrosamente al poco de comenzar, y que el marido era precisamente un mago de primera generación con unas ideas sui generis bastante violentas.

-A mi no me tienes que convencer. Pero es lo que hay por allí.- Contestó él sabiendo muy bien la quemazón que pasaba por las entrañas de su prima.- Yo subí enteros cuando supieron que soy de magia antigua.

-Espero que no perjudique a Ana durante su estancia allí.

-¿Por qué iba a perjudicarla? Ella también es de magia antigua.

-Pues porque si hay un sector en contra de los de magia reciente, también los habrá entre los últimos que sean contrarios o al menos renuentes a los que tienen antigüedad mágica.

-No lo creo. Además, Ana está casi todo el tiempo en el mundo muggle. Casi no tiene tiempo para meterse en el Londres mágico…

José Ignacio intentó imprimir a sus palabras toda la seguridad posible, pero lo cierto es que recordaba vívidamente aquella manifestación en la que, sin quererlo, se vieron involucrados los dos un mes atrás, desbaratando anónimamente los planes dudosos de un licántropo.

-Te ayudo a retirar todo esto, abuela.- Se ofreció cariñoso al constatar que su abuela andaba retirando menaje de la mesa. Siempre se había sentido mimado por aquella bruja menuda de ojos muy oscuros y despiertos, la fundadora de Pociones Moltó, tan queridos y mimados él y su hermano como las nietas. Aunque venía muy bien la excusa de los platos para aparcar la discusión con Amparo, nunca habría dejado de echar una mano a su abuela.

-La chica de la que te enamores tendrá mucha suerte. Eres un buenazo.- Dijo la abuela satisfecha mientras los dos nietos le pisaban los talones cargados con fuentes y platos camino del fregadero.

-Eso es porque siempre tienes buenos ojos para mirarme, abuela.- Dijo el mago besándola en la mejilla. Amparo sonrió divertida pensando que su hermana menor discreparía mucho. Sobre todo en lo segundo.

Su hermana en cuestión lo primero que hizo cuando llegó a su residencia de estudiantes fue meterse en la ducha para quitarse el olor a chamusquina. El baño estaba situado entre su dormitorio y el de Lindsey Davids, una estudiante de literatura inglesa alta y desgarbada con una piel pálida llena de pecas, un pelo castaño claro desvaído e intensos ojos azules. Cada dos residentes compartían un baño mediante un sistema curioso de doble puerta con doble cerrojo. El dormitorio tenía una puerta que comunicaba con el cuarto de baño con un pestillo por fuera y otro por dentro, de manera que cuando una entraba podía cerrar el interior de la puerta de la compañera para gozar de intimidad. Tenía el riesgo de que alguien olvidara descorrerlo al marcharse, tal y como Lindsey le hizo notar a Ana la primera vez que la española entró en el baño y se la encontró desnuda debajo de la ducha. Ella se había excusado con presteza, pero Lindsey, lejos de sentirse azorada, le explicó que cerrar el baño por su lado, además del riesgo de olvido, le daba claustrofobia.

Lindsey, para ser muggle, no era una persona mojigata. Y Ana tenía que reconocerle además de la excentricidad típicamente British cierto common sense. Omitiendo obviamente el hecho de que ella era una bruja, le explicó que tampoco tenía reparos puesto que en su casa habían sido durante muchos años cuatro mujeres frente a un único varón, su padre. No obstante, aquella tarde cerró el pestillo de la puerta de su compañera antes de meterse bajo el agua a frotarse con brío. Por alguna razón seguía convencida de que el olor del humo mágico permanecía pegado a su piel y así lo estuvo durante un cuarto de hora, antes de regresar a su habitación envuelta en dos toallas, una alrededor del cuerpo y la otra en la cabeza. Sobre la cama tenía el bolso, y dentro el ejemplar del Daily Prophet. Podía haber esperado a estar bien seca y vestida pero no fue capaz. Corrió a cerrar el pestillo externo de la puerta del baño para que nadie entrara desde el cuarto de Lindsey y después se sentó en la cama, rebuscó en su bolso y, una vez lo tuvo en las manos, lo extendió sobre la cama. Como todos los periódicos británicos, era enorme.

El Daily Prophet se vendía con varios encantamientos. El del movimiento de las fotografías sería, probablemente, el que mas llamaría la atención de un muggle. Seguramente Lindsey hubiera pegado un buen grito si hubiera visto las imágenes en acción. Para Ana lo mas significativo era la variante del Encantamiento Proteam que llevaba encima, que permitía que las sucesivas ediciones diarias se actualizaran conforme se producían, de manera que la joven bruja tenía la certeza de estar manejando la última a pesar de tratarse de un pergamino manoseado desde primeras horas de la mañana por el variopinto personal que frecuentaba el Leaky Cauldron.

Cuando se fijó en la portada abrió muchísimo los ojos llena de sorpresa. Una filtración mágica al mundo muggle solía ser carne de primera plana por una sencilla razón: servía en primer lugar como recuerdo a la comunidad mágica de que debían tener cuidado con lo que mostraban a los no mágicos. Pero la portada actualizada contenía una fotografía de primer plano de un mago bajo y calvo, con ojos saltones. Un tal Arsenius Mulpepper. El titular, sin embargo, hablaba del incendio que había reducido a cenizas el establecimiento de John D. Jigger. Ana buscó en el periódico lo del autobús infructuosamente y acabó leyendo con atención el artículo sobre el incendio.

Al parecer, Mulpepper había amenazado ese mismo día a Jigger en la Extraordinaria Sociedad de Pociones delante de lo mas granado de los socios. El artículo dejaba claro que todas las miradas convergían en aquel hombrecillo como, si no autor material, instigador.