Punto de No Retorno.

3. Él Podía Decir Lo que Pasó Después.

Levi no tuvo que soportar una noche de discusiones burocráticas en donde la vida humana tenía tan poco valor. No. Comparado con lo que padeció, aquello parecía el mejor de los paraísos. Él debió de soportar siete días con sus correspondientes noches aquél calvario. No había otra cosa que detestase tanto como ver a los hombres más poderosos de la humanidad hablando de los civiles y del ejército mismo como simples objetos.

Y después pretendían, aquellos hombres y los cabecillas reales del ejército, quienes en su maldita vida vieron un Titán, que los propios soldados no se relacionasen entre sí de manera más romántica. Qué absurdo. Qué estúpido.

De cualquier manera, hacían bien en mirar hacia otro lado en la práctica y desplazarse de la teoría. Pero nadie debía comentarlo en voz alta, porque a la hora de las formalidades, la teoría debe aplicarse eficientemente.

Apartándose de aquél detalle nimio, Levi intentaba prestar atención al debate, a como, descaradamente, la realeza insinuaba que los sobrevivientes de la Caída del Muro María debían de sacrificarse por el bien de la humanidad, que sino, la comida no sería suficiente para toda la humanidad (y tenían la cara para decir que no sería suficiente para la humanidad, cuando por humanidad, se contaban sólo a ellos) por un único motivo: al regresar, él iba a querer poner al tanto de la situación a su escuadrón.

Le dirigió una mirada de aburrimiento a Irvin, quien lo ignoró completamente. Él sabía que el rubio alto y poco oportuno para convocar este tipo de reuniones (aun sabiendo que Irvin no era el responsable, pero Levi se sentía más a gusto echándole la culpa a él), era la única persona cuya voz tenía algo de peso de todos los miembros de las Tropas de Reconocimiento. Levi sabía que él mismo, no era alguien agradable a ojos de la nobleza… a ojos de todos los habitantes de Sina, a decir verdad, y poco le importaba eso cuando sabía que el rubio podía ser el que más se acercase a convencerlos de lo contrario.

Peeero… Levi también sabía que, en orden de proteger a la humanidad, de vez en cuando, había gente que debía de morir. Y él único para enfrentar esas decisiones, hacerse cargo del resultado y luego mirar el fruto de ello con los ojos abiertos, era Irvin Smith. En más de una ocasión le había dicho que no siempre se podían salvar a todos, que no siempre se lograba el resultado deseado. Pero Levi era más idealista en ese aspecto. Él prefería que todos se salvasen, o en su defecto, muriesen aquellos de narices paradas en lugar de la sacrificada gente del campo, la miserable gente que había habitado al Muro María y sobrevivido a su caída.

Sabiendo entonces que su voz no iba a ser escuchada, Levi sólo podía esforzarse por prestar atención y no morir en el intento. Seguro de que sus subordinados iban a querer saber el porqué de tan horrible decisión.

–Deberían de poner a la gente del Muro Sina en las primeras líneas –le había comentado a Irvin en un descanso. El hombre rió.

–Cuidado si te escuchan decir aquello, Levi.

–Sí, sí… lo que digas –pronunció él, sin prestar mucha atención –. ¿Cuándo me podré ir?

–Falta aún –se limitó a responder su compañero y le dirigió una corta mirada, con una ceja enarcada en señal de curiosidad – ¿Por qué tanta prisa en regresar al Cuartel y a las Barracas? ¿Has dejado habitaciones sin limpiar?

–Más bien, papeles sin firmar.

–Ah.

No comentaron mucho más, las bases de su relación se cernían a esas pocas palabras entre descansos y a confiar que, por poco que uno u otro estuviese diciendo, la verdad de su conversación se hallaba en las palabras no dichas. En lo que querían y no expresar.

Lo cierto era que el Capitán de menor estatura, ansiaba volver a los Cuarteles, a su oficina y retomar en el momento y lugar en el que dejó aquella conversación con su subordinada.

¿Interesarle lo que Petra tenía que decirle? Sí, por supuesto. Era la primera vez que notaba que alguien sentía algo así por él. Ya en su pasado, había llegado a conocer a esporádicas mujeres que se sentían por lo peligroso que llegó a ser. Mujeres que veían en él algo que realmente no era, sino que representaba. Y él, propio de su orgullo y de su amor a sí mismo, las ahuyentaba de su lado por el simple hecho de no desear estar con mujeres que podían delatarlo o provocar que lo atrapasen.

Pero Petra…

De alguna manera, había logrado gustarle a aquella chica de amable sonrisa y tiernos ojos. Había logrado gustarle a pesar de lo frío y hosco que podía llegar a ser, de lo exigente y especialmente cruel que podía ser en los entrenamientos que les daba.

Pero también… esa mujer soldado… había logrado despertar algo lento y paulatino en él. Algo que su coraza fría lograba ocultar muy bien.

Deseo.

El deseo de saber lo que era sentirse especialmente querido, que se lo apreciase por lo quien realmente era y no por lo que era. El deseo de sentir que alguien se preocupaba por él, que se alegrase de verlo y tuviese un repertorio de sonrisas cálidas y dulces solo para él. El deseo de saber lo que era un abrazo cariñoso o amoroso y no la simple sombra o apariencia de ello.

Ella era sencilla, simple, fresca y dulce. Muy dulce. Y lo era, a pesar de ser un soldado perteneciente a las Tropas de Reconocimiento. Y lo era, a pesar de ser una de las mejores entre los suyos. Una de las más competentes y con un potencial a explotar que sería grato verla convertida, alguna vez, en una increíble guerrera.

Ella era esa dualidad, curiosa y llamativa, de dulzura con fuerza, de inteligencia con un corazón puro y noble. Era una persona curiosa a ojos del Capitán. Una mujer admirable. Una mujer digna de estar en su escuadrón.

Con la mejor mirada de indiferencia, Levi se reclinó en su silla y dejó que sus oídos se llenaran de palabras vacías, cargadas de porquería.


Petra llevó aquella semana mal también. Los nervios le jugaban en contra, no podía dormir, le costaba comer, le costaba concentrarse y, de a poco, iba ganando enojo. ¿Por qué se tardaba tanto en regresar? ¿Por qué le había hecho todas esas preguntas? ¿Qué era lo que estaba sucediendo en Sina?

Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando su mente percibió que sus pies dejaban de estar en el suelo y su espalda se acercaba peligrosamente al suelo, con gran rapidez. No pudo hacer nada para evitar el fuerte impacto, era tarde cuando quiso reaccionar. Inmediatamente, Erd le ofreció una mano.

–Cielos, Petra, me lo estas dejando muy fácil ¿Qué pensaría el Capitán si te viese así? –comentó el rubio mientras la ayudaba a incorporarse.

–No creo que quiera pensar en eso ahora.

Estaban practicando combate cuerpo a cuerpo, lo hacían a modo de pre–calentamiento. Un modo de entrenar y desahogarse, distinto al método que elegiría Levi, pero como Erd era el que se encontraba al mando… nadie sacaba a colación aquel hecho.

Erd había estado notando aquella conducta tan–poco–Petra desde el día siguiente a la partida del Capitán y le había estado dando vueltas al asunto, sin comprender que sucedía.

–Bueno, al menos, él volverá pronto.

– ¿Pronto? Ha estado exactamente cuatro días fuera. Cuatro. Cuatro largos días cuando sólo suele estar día y medio, como mucho –se quejó ella.

Erd se la quedó mirando y, lentamente, su boca se fue abriendo hasta formar una perfecta "O". Petra lo miró sin alterarse, al menos, lo hizo, hasta que él alzo su mano, señalándola.

–Tú… –pronunció lentamente–… Mentirosa…

–Shhhh… –se apuró a callarlo.

– ¿Tan poco confías en nosotros?– habló, de manera dramática

–No digas esas cosas, ¡sí confío en ustedes!– replicó ella haciendo gesto de que se calmara.

–Entonces me dirás que hacías esa vez en la oficina de él.

–Sólo fui a ofrecerle café, como siempre. – se justificó, restándole importancia

–No fue como siempre, ¡tu cara te delataba!

La muchacha, poniéndose nerviosa, comenzó a sentir sus ojos arder.

–Yo... fui ahí... como siempre– comenzó a explicarse, demasiadas emociones pasando sobre su mente–. Pero él me miró... y me vio... y supo... y ¡apenas pudimos hablar porque llegaste con ese horrible telegrama!

Unas pequeñas lágrimas asomaron por sus ojos, Erd dejó de actuar y la miró preocupado. Se llevó una mano al nacimiento de su cabello y supo que no podía hacer mucho. Sabía que se venía un llanto. Un llanto de tensión, de nervios y angustia. Con cuidado, dejó caer su mano sobre el hombro de ella, llamándole la atención.

–Está bien, lo siento, lo siento– se expresó–.Aún no has recibido respuesta, ¿verdad?

Sin querer hablar, ella asistió y Erd suspiró. Conocía esas señales, las había padecido el día que le pidió salir a su actual novia y ésta dijo que lo pensaría. Como su día libre finalizó y tuvo que volver al cuartel, pasó tres horribles semanas de larga espera hasta que ella le mandó una carta dándole el si. Si bien ese fue el momento más alegre, feliz y lleno de dicha en su vida, no podía evitar recordar por lo que tuvo que pasar para que aquello ocurriese.

La espera era lo más difícil siempre.


Al finalizar aquella tortuosa semana, Levi se sintió más que agradecido al volver a montarse a su fiel caballo y guiarlo en dirección a los Cuarteles que se encontraban en Rose. Quería llegar rápido, odiaba dejar las cosas inconclusas y, aquella semana en específico, resultó ser terriblemente agotadora en un sentido anímico. En más de una ocasión se fue de la sala para evitar usar su lenguaje acostumbrado, haciendo quedar mal a su amigo. Aquellos días, si no se la pasaba iracundo, se la pasaba pensando en la situación que había dejado atrás y, eso, solía ponerlo de menor humor. Hanji estuvo bromeando gran parte de los descansos sobre eso y ni siquiera sus miradas frías y amenazantes lograron callarla.

Pero ahora, todo eso había terminado ya. Una vez subido a su corcel, a penas le dio un saludo de despedida a Irvin y se largó a la carrera, sintiendo que respiraba un aire de libertad, un aire limpio, puro. Con él, llevaba varios papeles con las indicaciones que debían de tomar para llevar a cabo aquél plan de "Campaña por la Reconquista del Muro María". Algo en lo que no deseaba pensar.

Le habrá tomado un buen tiempo en llegar, finalmente, al Cuartel. Atardecía y, por la hora en su reloj, Levi podía deducir que sus subordinados se encontraban entrenando, posiblemente, bajo algún tipo de régimen liviano a manos de Erd. Caminó, con calma, hacia el campo de entrenamiento, solo para descubrir a tres de los miembros de su escuadrón, todos los hombres, de los cuales, sólo dos se encontraban haciendo una serie de sentadillas y abdominales.

–Debemos lucir estúpidos siendo sólo dos... –pudo escuchar a Auruo quejarse. Erd, se encontraba de pie, observándolos.

–Me encantaría poder acompañarlos, chicos –dijo con un aire de despreocupado y se señaló el brazo que se escondía bajo su chaqueta–. Pero no puedo.

–Erd –llamó Levi, haciéndose notar. A una señal del rubio, los otros dos se pusieron rápidamente de pie y le hicieron el saludo militar. Levi hizo un leve gesto con la cabeza para que descansaran – ¿Qué haces?

–Oh... ¿Esto? –preguntó haciéndose el desentendido–. Hace cosa de dos días, entrenando, caí mal y me lastimé el brazo. Nada que lamentar, no se preocupe, señor. Sólo estaré un par de días en reposo.

Levi asintió, inmutable.

– ¿Qué hay de Petra?–Erd sonrió levemente. Levi enarcó una ceja. Erd dejó de sonreír, se aclaró la garganta.

–Esta empacando.

– ¿Empacando?

–Sí, señor, usted le dio... este día y la mitad del otro libre.

–Oh...– No, no lo recordaba. Tanta basura elitista le estaba arruinando su memoria–. Bien, vayan a las duchas y luego, a mi oficina. Hay noticias que debo comentarles.

– ¡Señor, sí señor! – Auruo y Gunther volvieron a la posición de firmes y saludaron, antes de marcharse.

Erd se acercó lentamente, pensando las palabras que iba a emplear.

–Ella aún se encuentra en su habitación, según tengo entendido. Pasó a despedirse cuando comenzamos... hará media hora –comentó, suavemente–. Conozco de buena mano, que tarda mucho en hacer sus maletas.

–No sé de lo que hablas –se limitó a expresar Levi dándole la espalda, pero el rubio sonrió.

–Así que es de los que quiere el bajo perfil... –musitó.

– ¿Has dicho algo?

–No, señor, nada señor.


Quizás, al anochecer, hubiese problemas si un hombre se adentraba en las Barracas, particularmente, las femeninas. Pero no era de noche, atardecía y tardaría en irse la luz del sol. Además, él era un Capitán y su subordinada, la única mujer de su escuadrón. Caminándose por los pasillos, sabiendo cuál era la habitación de ella, Levi iba pensando qué era lo que iba a decir, a expresarle. Pero sabía que nada salía como uno planeaba. También, sabía que lo correcto era no pensar demasiado para evitar confundirse y arruinar la situación.

Se detuvo al llegar al umbral de la habitación de la castaña de ojos claros. Su puerta, estaba abierta y, desde su posición, podía ver la maleta a medio hacer, abierta, con ropa tirada al azar. Tan... poco ordenado. Se acercó más, recargándose en el umbral, al percibir la figura de Petra en ropas de civil, inclinándose sobre la maleta para colocar descuidadamente algunas pertenencias.

–Si no lo ordenas, necesitarás el doble de equipaje –comentó Levi, llamando su atención.

Ella se giró para verlo y sus ojos se abrieron en sorpresa, a medida que un rubor, que él tan bien recordaba, inundó sus mejillas.

–Capitán... señor, regresó –expresó ella a media voz.

Lentamente, se reincorporó y, sin quitar su vista de ella, pasó al interior. Con una mano y sin girarse, cerró lentamente la puerta que dejaba atrás.

–Te dije, hablaríamos cuando volviese.

Ella asintió y miró hacia el suelo.

–Estoy a punto de irme yo ahora... –comentó angustiada.

–Pero puedes retrasarte algunos minutos.

Petra levantó su mirada y la dirigió hacia él, quien parecía inmutable. Sonrió, temerosa.

–Sí... no estaría mal retrasarme un poco.

–Bien.

Un silencio sepulcral reinó en la habitación. Levi no tardó en notar lo distinta que se veía con aquellas chatitas negras, esa pollera ancha de color azul verdoso que dejaba ver sus tobillos y esa veraniega blusa blanca. Se veía más frágil así, más delicada. Él no recordaba haberla visto nunca de esa manera.

–Um ¿Cómo le fue en Sina? –preguntó Petra con intenciones de bajar el nivel de tensión que había en el lugar.

–Terrible.

–Oh, lo siento.

–No hay nada que sentir. Es normal. Es un lugar horrible para estar.

–Ya veo.

–Te llevas muy bien con Erd Gin –observó Levi, sin tono alguno en su voz. Petra abrió los ojos de par en par y asintió, sin saber a qué venía aquello.

–Sí... fuimos vecinos. Nos criamos juntos hasta que mi abuelo murió –expresó ella, recordando –Luego me nos fuimos a vivir al pueblo de mi abuela, a cuidar de ella. Me acuerdo que ella hacía unos panes deliciosos... Luego de que ella y mi madre muriesen, en un feo invierno, decidí unirme al ejército. La vida se había vuelto demasiado triste y aburrida sin ellos. Mi abuela siempre me hablaba de lo lindo que sería levantar la cabeza y no ver murallas en el horizonte... Y, pienso que... Oh, disculpe señor, lo debo estar aburriendo.

Levi negó rápido con la cabeza, adoptando una posición más cómoda. Estaba cansado, sí. Tenía ojeras en sus ojos y a la luz de la habitación, se notaban bastante bien, quería ir directo al grano, pero se había dado cuenta de que si la hacía hablar de algo, lo que fuese, ella se relajaría sola.

–No, continua –pidió mirándola–. Tengo el deseo de conocerte mejor.

El sonrojo se acentuó más en ella y miró hacia el suelo nuevamente. Se hizo silencio. Levi suspiró, cansino.

–Continua –repitió–. Es una orden.

Esta vez, Petra levantó la mirada y asintió, tragando en seco.

–P-pienso en hacer realidad aquellas palabras que me decía mi abuela, señor. En las expediciones de las que he participado, siento que el aire y el entorno que hay fuera de las murallas es distinto. Es más limpio... más libre –se explicó, algo nerviosa–. Por eso, me alisté en el ejercito. Y, durante la ceremonia de iniciación... volví a encontrarme con Erd. Me ha dado mucho alivio... su compañía, señor. Una cara conocida que te da fuerzas para seguir, es algo... valioso y preciado.

Levi asintió y el silencio volvió a formarse. Por las ventanas, entraba una brisa veraniega suave que hacía mover las cortinas blancas.

–¿Puedo preguntarle algo, señor? –él no contestó, sólo la volvió a mirar–. De verdad... de verdad dijo aquellas cosas. Es decir... si de verdad piensa aquellas cosas... yo... digo...

–¿Qué cosas? –preguntó calmado, incorporándose lentamente.

Petra sintió su corazón latir fuertemente, lo escuchó, inclusive. Volvió a tragar notoriamente e intentó armarse del valor que poseía.

–A lo que dijo el día antes de irse... y ahora –se explicó–. Que yo... que yo le gusto como soy... y que... que quiere conocerme.

Levi no recordaba haber pronunciado aquellas palabras literales, pero sí algo que podía significar eso. Soltando un leve suspiro, caminó decidido hacia ella.

–Petra, sabes que tiendo a ser bueno con las palabras a menudo –se acercaba rápido, pero a la vez lento. Parecía un felino que se deslizaba suavemente por el terreno. Petra no quiso moverse y, pronto, lo vio frente a ella, a pocos centímetros.

Esta vez, él la miraba esperando una respuesta.

–Sí, señor... lo sé –pronunció lentamente, sin estar muy segura de saberlo realmente. El pelinegro no dijo mucho entonces.

Con un suave, pero rápido movimiento, pasó su mano detrás del cuerpo de ella, rodeando uno de sus brazos y la mitad de su espalda. Escaló hasta llegar al nacimiento de su cabellera y enredó los dedos entre aquellas finas hebras que parecían teñidas de un color calabaza al contraste del sol. Un electrizante escalofrío pasó por la médula de Petra y ella contuvo la respiración, a la vez que sus ojos se abrían tan grandes como podían.

La otra mano, rodeó su cadera y la empujó hacia su cuerpo masculino, provocando que la chica emitiese un sonido ahogado. Levi se deslizó hacia ella, acercando su rostro, sereno, hacia el de ella con un único y claro objetivo. Uno que Petra nunca imaginó que sucedería.

La textura de aquellos aterciopelados labios resultó adictivo. Levi acentuaba sus movimientos, guiando a la joven en cada una de sus jugadas, una joven que no sabía donde posicionar sus manos, una joven que estaba sorprendida por la acción nunca esperada. Sus lenguas nunca entraron en juego aquella vez, él ni siquiera intentó quitarle la ropa. Pero los sentimientos, la esencia estaba clara allí. Él quería más de ella. Deseaba más de ella. Pero no había lujuria en sus actos. No había sed carnal. Sólo había una curiosidad insaciable, ganas de explorar, de conocer y de amar. Su cuerpo firme al de ella, seguro y confiado le quería transmitir lo que él no podía decirle. Lo que le costaba expresarle. Él estaría allí, para ella, para todo lo que necesitase, para darle caricias, para entregarle sus sentimientos, para escucharla. Para querer quererla como nunca lo quisieron a él.

Trémula, Petra llegó a rodearle el cuello con los brazos. Su cuerpo tembloroso, emocionado, a penas podía responderle ¿Por qué luchar contra Titanes a veces era más fácil que las cuestiones del amor? Ella no quería ser una figura de arcilla maleable. La mujer deseaba poder demostrarle lo que su corazón tenía para ofrecerle. Pero, también, ella se daba cuenta de que no lo conocía mucho aún. Que gracias y sabía su nombre, su edad y cómo ingresó al ejército. Ah, y su hobby preferencial.

Bajó sus manos a los hombros de él y, con miedo, a penas aplicó un poco de presión. Levi se detuvo al instante y se separó de sus labios. La miró. La contempló. La observó. La analizó. La leyó.

Los ojos de ella estaban cubiertos con una suave capa de lágrimas. Aún así, ella sonreía. Temblorosa, como últimamente era, comenzó a rodearle el cuello nuevamente, entrelazando sus propias manos al final.

–Yo también deseo conocerte, Levi.

Esta vez, fue Levi el que sintió una corriente eléctrica correr por su cuerpo. Sus manos soltaron lo que sostenía y se desplazaron hacia la espalda de Petra. Su mentón, descansó sobre el hombro de ella, en muda respuesta.

Ella sonrió y lo abrazó también, reposando su frente en el borde del hombro de él. Ambos se quedaron así, en un silencio placentero durante varios minutos. Disfrutando del otro, de su calor, de su aroma, de su presencia, intentando aprovechar el momento hasta el último instante antes de volver al mundo real y separarse por unos días más.

Con un delicado beso en el cuello de su Capitán, Petra se despidió, horas después, de él segundos antes de subirse al carruaje simple y militar que la llevaría a casa de su padre.


Bien... me emocioné demasiado y anduve todo el día escribiendo esto ¿Cómo? Ni la más pálida idea. Es la 01:39 en este momento. Plena y fría noche. Cruzando los dedos para no ser descubierta xD

Adoro a Erd. Lo amo. Y tengo el headcanon de que él y Petra son amigos desde antes de la milicia. Espero que no haya quedado muy dulzón, rozando lo empalagoso.

No soy muy fan de hacer mucho hincapié en las referencias históricas de la trama, así que a lo mejor, figurarán por encima. Lo bueno, es que tendré 3-4 años en los que no se menciona ningún suceso relevante.

Bien. para el próximo... de verdad voy a tardar más, esta vez, sí lo prometo (ok... eso suena tan... raro) Simplemente, porque no tengo ni la más pálida idea de cómo voy a encararlo (en mi guía, sólo aparece el nombre del cap. Tengo el 5-7-8-9 más o menos planeados, pensados e imaginados. El 4 y el 6, no. ¿Por qué? Porque la diferencia que hay entre el 3 y el 5 es tanta que necesitó un cap intermedio... duh. Y el 6 no está porque pensaba hacer un lemon y cuando lo intenté, me di cuenta que estoy demasiado verde para eso)

Un pequeño-gran agradecimiento Andrea Paola y a "hola", que me dieron un review. Gracias, mujeres =D (u hombre xD), ¡me alegra que les guste y que quieran seguir leyendo! Así mismo, gracias a todos por pasarse a leerla n.n