Disclaimer: Los personajes no me pertenecen, son propiedad intelectual de Stephenie Meyer. La historia es mía y está protegida en Save creative código 1210082477334.


Capítulo 3

"Sólo es digno de libertad quien sabe conquistarla cada día"

Johann Wolfgang Goethe

—Falta dinero —mira el roído cuaderno que tiene en sus manos, vuelve a la calculadora, cuenta otra vez el dinero y frunce en ceño frustrada.

Lleva dos noches sin dormir gracias a la fiesta que ha montado Sally por su cumpleaños y que ha durado más de lo que las políticas del buen vecino permiten. Es día miércoles primero de agosto, tiene hambre, sueño y para colmo se le ha perdido dinero.

— ¡Renée! —Grita mientras camina descalza y en ropa interior por el apartamento hasta donde su madre duerme como si nada importara—. ¡Despierta! —la mueve con el pie.

La mujer se retuerce como un cachorro y abre perezosamente los ojos, uno a la vez, sonriendo luego.

—Buenos días, cariño.

—Falta dinero —increpa seriamente la chica.

—No he tomado más del que me has pasado el lunes —susurra Renée y se voltea con toda la intención de seguir durmiendo.

— ¡No me mientas! ¡¿En qué momento lo sacaste y en qué mierda lo gastaste?!

Y comienza el mantra de cada principio de mes cuando hay que pagar el alquiler, la luz, el agua y el dinero no alcanza por culpa de los excesos de Renée.

La madre la mira y susurra un lo siento.

—No puedo creerlo, Renée… lo único que te pido es que nunca saques el dinero de las cuentas y es lo primero que haces. ¡Maldita sea, tienes treinta y dos años! —grita como una forma de sacar fuera toda la rabia que siente.

—No me grites, ante todo soy tu madre.

—Pues no lo pareces.

—Me gané ese dinero y puedo gastarlo en lo que me plazca. Si no te gusta, siempre puedes largarte con tu padre y dejarme vivir la vida que por ti he sacrificado.

Isabella respira hondo para no gritarle lo mucho que se ha sacrificado ella también. Su madre es inestable y voluble y nada de lo que se digan va a importarle en unas horas más —para qué gastar saliva entonces.

Se va hasta su cuarto, cierra fuertemente la puerta y se lanza a la cama a llorar.

Renée Higginbotham tenía solo diecisiete años cuando se convirtió en madre de Isabella, pero la chica tenía siete cuando se convirtió en la madre de Renée.

Fue una noche de invierno, vivían en Rock Springs, Wyoming, y Renée salió a bailar con unos amigos. Volvió a casa en medio de una tormenta y cogió una pulmonía. Isabella estuvo sin dormir dos días intentando bajarle la fiebre y dándole a tomar sopas instantáneas.

Desde que empezaban sus recuerdos era consciente de que su madre la necesitaba, pero en ese momento se dio cuenta de lo mucho que así era.

Desde entonces, casi sin darse cuenta, Renée le fue pasando más y más responsabilidades, hasta que un día cualquiera se vio con una agenda en la mano, sacando cuentas, restringiendo el dinero y conduciendo largos tramos en automóvil porque su madre no podía ni siquiera sostenerse en pie.

No quería esa vida, pero la aceptaba.

Había tiempos buenos en los que pasaban meses sin ninguna crisis, al menos no del tipo de llegar a los gritos. Otros, como este, resultan un poco más difíciles e Isabella debe asumir un rol para el que no está preparada, convertirse en la mala de cuento y echarse encima treinta años más para sobrevivir otro largo mes.

.

Algunas horas después, Renée entra tímidamente a su habitación llevando una taza de algo humeante en sus manos.

Isabella la observa brevemente, pero vuelve a cerrar los ojos y a concentrarse en la canción que escucha. No quiere hablar todavía, no quiere recordar todo lo que le ha dicho Renée hace un momento.

Su madre le quita los audífonos de los oídos, obligándola a prestarle atención.

—Lo siento —susurra apenada la madre, tendiéndole la taza—. Es té de alheña*.

Se sienta en posición de loto y poniendo cuidado en no quemarse recibe la taza. El aroma dulzón la relaja de inmediato, por lo que sopla y se toma un gran sorbo.

Si hay algo para lo que su madre es buena, es para hacer infusiones. Sabe las propiedades medicinales de cada planta y mantiene en su poder una amplia gama de semillas y hojas secas, para plantar en cuanto llega a un lugar.

— ¿Quieres hablar? —pregunta Renée como una niña pequeña. Isabella niega con la cabeza.

—No puedo ahora. Tenemos trabajo.

— ¿Puedes ir tú o necesitan algo más que las uñas?

—Solo eso —murmura mirando la agenda —será mejor que me vaya, nos faltan cien dólares para el alquiler. La luz y el agua tendrán que esperar… llena algunos tiestos antes que la corten.

Renée asiente.

Isabella se levanta, se pone un pantaloncillo corto de mezclilla clara y una playera ancha y larga de Nirvana que le tapa hasta mitad del muslo. Se calza un par de viejas Converse y toma las llaves del coche.

.

Tres horas después, sale cansada y con dolor de cabeza, pero feliz de haberse ganado una clienta más. El lugar es un prostíbulo, huele a alcohol y es sombrío, pero eso da igual, porque son muchas chicas y no les importa que no tenga una licencia de trabajo o un certificado de estudios. La Madame quedó encantada y prometió llamarla todas las semanas para que se haga cargo de las uñas de sus chicas.

Se despide de la mujer con una sonrisa y arranca el coche; sabe que es este el tipo de clientas que podrá conseguir en Los Ángeles; en el condado trabajan los más exclusivos cosmetólogos con miles de títulos y famosos a su haber, por lo que duda que alguien con dinero y clase las llame a ellas; además, la única que lo había hecho se iba a París en dos semanas.

Enciende la radio y el presentador está dando la entrada a Baba O'Riley de The Who. Grita de gozo apretando el acelerador y se suelta el cabello en señal de rebeldía, mientras golpea el volante en un intento por seguir el ritmo de la batería.

Comienza a cantar como si la vida se fuera en eso. Esos soplos de libertad son los que más valora y agradece al destino el poderlos tener. Sin esos pequeños momentos, terminaría volviéndose loca.

Don't cry—comienza a cantar en voz alta— Don't raise your eye. It's only teenage wastelan**.

Y entonces una mujer en medio de la carretera la hace detener el coche abruptamente.

Mira asustada a todos lados y vuelve a mirar a la mujer que parece perdida y ríe escandalosamente sin amago de querer moverse.

Mueve el coche hacia atrás y se estaciona como puede en la berma. La mujer sigue parada en el mismo lugar.

Isabella baja del coche y se acerca lentamente a la mujer. Ella ya no ríe, sino que habla sobre lo bien que lo ha hecho Obama a pesar de ser negro.

—Señora —susurra— ¿Se encuentra usted bien?

La mujer voltea y la mira con odio. Es hermosa: tez blanca bronceada, ojos grandes oscuros, nariz demasiado perfilada para ser natural y labios delgados. Tiene el cabello liso, rojizo, apenas cubierto de canas. Debe rondar los cincuenta años y viste un vestido de lentejuelas azules, demasiado elegante como para estar parada en medio de la carretera.

—Señora, debe quitarse de allí.

— ¿Y quién me lo va a prohibir? —Pregunta altanera— ¿tú? —Hace un desprecio y vuelve a su conversación imaginaria—: ¿escuchaste?, esta mugrosa quiere sacarme de aquí. Pensará que soy estúpida… esto debe ser cosa de Tony —vuelve a reír.

Isabella está a punto de dejarla allí cuando el sonido de una moto deteniéndose la hace mirar un poco más adelante de donde dejó el coche. Solo ahí nota que hay una camioneta enorme estacionada a menos de cien metros y tras esta, un joven está estacionando la moto.

Cuando se quita el casco, ella sabe de inmediato que es hijo de la mujer, pues tienen el mismo raro color de cabello. El chico camina rápido el tramo que los separa, jalándose el cabello y frunciendo el ceño de forma casi exagerada.

—Mamá, por fin te encuentro —susurra—. Vamos a casa —dice cuando llega al lugar y toma a la mujer amorosamente del brazo

.

.

.

*Alheña: hierba medicinal aromática que tiene propiedades diuréticas y de relajación.

**No llores. No levantes la mirada. Es sólo el páramo de la adolescencia.


Sé que muchas están confundidas con algunas relaciones. Solo puedo decirles que me saldré del canon en varias cosas y que la mayoría de las parejas no estará aquí. También si estimo conveniente cambiaré algunos rasgos físicos y personalidades.

Mil gracias a Catali por betear este capítulo. También un saludo a Anyreth que me ayuda cuando puede los fines de semana.

Gracias infinitas por los reviews, alertas, favoritos o solo por leer.

Adelantos en el Blog, el grupo de facebook o twitter.

Nos leemos