Capítulo III

—Porque... —comenzó poco inspirada y muy insegura de lo que fuese a decir, así que solo formuló la verdad en su cabeza, para analizarla y poder responder con coherencia.

Estaba huyendo de la policía y Brock Rumlow y éste era el único lugar seguro; además quería fumar pero no tenía encendedor; también tenía sueño y decidí entrar a tu casa porque ya lo he hecho antes y me pareció deshabitada, respondió en su cabeza. No le diría eso ni de broma, ahí sí llamaría a la policía y estaría setenta años tras la cárcel.

—Porque… Bueno, me estaba siguiendo un tipo al que no le caigo bien y éste es el único lugar seguro que conozco… —. Desvío la mirada a cualquier lugar, menos los azules ojos de Steve, pues por alguna razón desconocida para ella, la hipnotizaban.

— ¿No pasó a mayores? —preguntó sintiendo demasiado interés por Natasha y lo que le había sucedido la noche anterior.

—No, solo compartimos unos golpes —explicó, para justificar el corte en la ceja, el labio roto y la mejilla, que suponía, debía tener un poco hinchada.

— ¿Por qué no fuiste con las autoridades? —volvió a cuestionar. ¿Por qué carajos hacía tantas preguntas? ¿No podía quedarse con eso, con que la estaba siguiendo un tipo?

—Bueno... —empezó Nat, pero el timbre sonó, salvándola.

—Discúlpame, ya vengo —dijo Steve, para luego levantarse e ir a ver quién tocaba.

Ella suspiró aliviada. No sabía que más inventar para decirle a Steve. Así que como estaba falta de ideas, tomó su teléfono totalmente cargado y lo encendió. Le preguntaría a Clint, o esa era su intención, hasta que escuchó voces en la entrada –cosa que la distrajo–, una era de una mujer y la otra del dueño de la casa. Tenía un tono amable, cariñoso, lleno de ternura.

¿Con quién estará hablando?, se preguntó la rusa. Y su pregunta fue respondida, la mujer entró en la estancia, vestía de traje color violeta, llevaba un pañuelo en la cabeza y joyas sencillas. Llevaba un anillo que había visto en algún lugar. Era guapa, estaba en sus cuarenta y tantos, tenía brillantes ojos azules como los de Steve y rubia, algunos mechones caían fuera de su pañuelo blanco con algunas flores del mismo tono que su traje.

—Buenos días —dijo la mujer alegre.

—Buenos días —contestó la intrusa un poco incómoda.

Steve estaba golpeando una mano con impaciencia contra su muslo, detrás de la mujer. ¿Está nervioso? Natasha frunció el ceño, y de repente, los nervios la atacaron a ella. Sí, aunque no lo creas, ella estaba nerviosa, tanto por la presencia de ésta mujer como por la de Steve, y que podían llamar a las autoridades en cualquier momento y ella iría presa por cargos muchos más grandes que allanamiento de propiedad privada, puesto que cuando Brock se enterase, no duraría en inventar unos cuantos y hundirla más.

—No sabía que interrumpía, puedo irme si desean —dijo la mujer con un poco de vergüenza.

Steve se sonrojó hasta las orejas al ver que su madre pensaba ese tipo de cosas y Natasha frunció el ceño.

Al ver a la chica con aspecto de recién levantada, a su hijo, como zombi aplastado por un auto que transportaba elefantes, la cobija que estaba sobre la pelirroja y lo desordenado que lucía el sofá, supuso que habían estado ocupados la noche anterior. Y si, lo estuvieron, pero no de la maneras que ella pensaba.

—No, mamá. Tranquila. Papá no condujo hasta acá por nada. Toma asiento, por favor ¿Quieres algo de beber? —ofreció con nerviosismo, alejándose a la cocina. Seguro que su madre pediría té. ¿Qué le preguntaría sobre Natasha? O peor, ¿Qué le diría él sobre ella?

¡Steve, cálmate! Eres el peor mintiendo, y tu madre lo sabe, así que debes decirle la verdad o, al menos, acércate lo máximo a ella, pensaba el hombre; mientras que por la cabeza de Natasha pasaban otros pensamientos. ¡Qué! ¿Es su madre? ¡Qué! ¿Ahora qué hago? Los orbes verdes de Romanoff se abrieron de golpe y sus nervios aumentaron al 1000%. Debía desaparecer de allí, lo antes posible.

— ¿Sucede algo? —preguntó la madre de Steve, quien no pasó por alto la expresión de la rusa.

—Si —respondió ella. Esta vez, el rubio frunció el ceño y la miró extrañado—. Recordé que tengo una reunión importante en la universidad, y voy súper tarde —mintió, tomando el bolso y su teléfono—. Un placer conocerla, señora —. La jodida educación atravesándose, riñó para sus adentros. Le ofreció una sonrisa tensa a la mujer y salió pitando del salón.

—Te acompaño hasta la puerta —murmuró Steve saliendo detrás de ella, a pasos gigantes.

Antes de ella pusiera la mano en el perilla, la jaló por el brazo, acercándola a su cuerpo. Sus ojos se conectaron, haciendo clic al instante. Natasha respiró con dificultad ante la cercanía de semejante belleza y tuvo que resistir la tentación de besar sus labios rosas que debían de saber a café. El olor a óleo y a diluyente invadió sus fosas nasales, era delicioso. Steve sintió una especie de cosquilleo corriendo por su mano e instalándose en su estómago, sus ojos verdes como la selva escondían tantos secretos como ella, sus labios entre abiertos, exhalando el aire que él le inhalaba, le invitaban a besarla, pero... ¿Qué diablos estaban pensando? ¡No sabían ni quiénes eran! ¡Solo sabían sus nombres, más nada!

— ¿Steve? —le llamó su madre.

—Dame un segundo —pidió. Se giró hacia la pelirroja—. Espero volver a verte, Natasha.

Ella desvío la mirada, no sabía si responder un sí o un no, ¿Y sí simplemente no respondía?, pero sentía la obligación de contestar algo.

Se descubrió deseando verlo otra vez, aunque sabía que no era bueno eso que él le hacía sentir. La rusa se decidió por un:

—Tal vez —sonrió socarronamente. Steve se sorprendió por esa reacción, era atrevida y... ¿le gustaba? Sonrió de vuelta—. ¿Me devuelves el brazo?

—Oh, claro. Lo siento.

La soltó y ella logró ver las mejillas sonrosadas del chico que le sacaba dos cabezas de altura. Se guardó un comentario sobre ello, y decidió que también se guardaría esa imagen de Steve Rogers con las mejillas encendidas. Nat salió de la casa a toda prisa en cuanto pudo abrir la puerta, encontrándose a un señor que era como Steve, un poco mayor y vestido de militar, pero era como él, supuso que debía ser su padre.

—Buenos días, señorita —dijo él cuando pasó a su lado.

—Buenos días, señor —respondió cabizbaja.

Subió al Corvette, el cual volvió a la vida en menos de dos segundos, Natasha derrapó dejando marcas en el pavimento y a los pocos presentes –incluyendo al señor Rogers– en las calles, consternados, puesto que nunca habían visto a ninguna mujer salir de esa casa, excepto la señora Rogers, y mucho menos en un auto haciendo semejante espectáculo.

La rusa aceleró hasta llegar a la principal, no sabía cuál era la razón por la cual había salido tan rápido de esa casa. Simplemente, entró en pánico y tuvo que irse, pero así era ella, cuando entraba en ese estado, huía o dejaba de respirar.

— ¿En serio, Romanoff? Tú no eres así, tú no entras en pánico de esta manera, tú enfrentas los problemas, tú... —se reprendió a sí misma—. ¡Maldición! Tú no dices "tal vez", tú dices "no".

Golpeó el volante, sonando el claxon y, seguidamente, sonó el teléfono. Contestó.

— ¿Qué? —dijo bruscamente.

—Oye, lo siento —habló Clint al otro lado de la línea.

— ¿Lo sientes? ¿En serio? Esperé tu llamada a las seis ¿Y se te ocurre hacerlo a las diez de la mañana? —despotricó, rápidamente.

—Me quedé dormido, lo siento.

La pelirroja dejó escapar el aire de sus pulmones. Clint no tenía la culpa, él había trabajo todo el día anterior para que la carrera no fuese descubierta y luego tuvo que salir corriendo con Tony borracho y con Lauren. Además, no había sido tan malo que la mandase a ese lugar, había conocido a Steve, y a pesar de haber salido corriendo de su casa, había sido agradable conocerle.

—Ya deja de disculparte, y abre la cochera de una vez.

— ¿Ya estás en casa de Stark?

—No, idiota. Estoy en Las Vegas.

—LO–SIEN–TO, ¿sí? —. Clint dijo recalcando cada silaba.

Hizo lo que Natasha le había ordenado. Él estaba arrepentido, ahora su hermana lo fastidiaría el resto de la semana con eso. Tendría que hacerle desayuno, ayudarle con sus tareas y ser su súbdito hasta que pronunciase las palabras sagradas "estás disculpado". Ella nunca le fallaba, o al menos, no cuando le pedía algo, pero ¿Qué podía hacer? Lauren lo había convencido de dormir un poco, y no la culpaba, él se estaba durmiendo sobre el ordenador, esperando el momento correcto para decirle a Natasha que podía volver.

—Clinton Francis Barton, relájate, ¿quieres? Estoy viva y con Jude. Es lo único que importa.

—Sí, solo importa que tengas a Jude —. Suspiró él—. ¿No estas molesta?

—No, Barton, no estoy molesta —. La voz no provino del teléfono, sino de detrás de él. El rubio–castaño vio su teléfono desconcertado, la llamada había terminado.

— ¿Segura?

—Sí, segura —le sonrió para que le creyera. Un gran peso se quitó de encima del mayor de los hermanos.

— ¿Qué tal dormir con Jude? —inquirió, sirviéndole un par de tazas de cereal con leche chocolatada para luego sentarse y comenzar a comer de lo mismo.

Natasha tomó asiento a su lado, una sonrisa apareció en su rostro la recordar la imagen de Steve con las mejillas rosadas. —No dormí con Jude, entré a la casa frente a la que me estacioné.

—Te dije que no lo hicieras

—No me dijiste nada.

—No me dejaste hacerlo.

— ¡Viudita, apareciste! —dijo Tony detrás de ellos, interrumpiéndolos—. ¿Qué hacen comiendo de mi cereal? ¿Acaso en Rusia no enseñan a pedir permiso?

—También me da gusto verte, Stark —dijo Romanoff con sarcasmo.

—Siempre da gusto verme, Red —. Le guiño el ojo—. Jarvis, ¿alguien ha llamado?

—Sí, señor —contestó la inteligencia artificial—. Su padre llamó dos veces y la señorita Potts diez, y dejó dos mensajes.

—Gracias J.

Tony se acercó a la cocina, tomó una taza de café y se preparó un poco cereal, que no era igual al de los hermanos, sino que tenía pasas y avena.

— ¿Estas a dieta, diva? —pregunto Clint, burlándose.

—No —le contestó un poco molesto—. Quiero mantener mi figura. No como ustedes, par de rusos gordos.

—Corrección, soy americano, crecí en Rusia que es diferente.

—Tony, ¿por qué no hablas con Pepper? Está a poco de un colapso nervioso por tu culpa, y Jane no puede con ella —dijo Lauren, con el teléfono en mano, cortando con la pelea que se desataría entre ellos.

El susodicho abrió los ojos como platos. —Pepper… —dijo en un susurro.

Dejó todo lo que tenía en sus manos sobre el desayunador, salió corriendo arrebatándole el aparato a Lauren y encerrándose en la primera habitación que encontró.

—Parece que alguien está en problemas —canturreó Natasha.

—Pepper va a dejar al señor Howard sin nietos —aseguró Lauren, acercándose a su novio y dándoles un beso de buenos días—. ¿Cómo amaneces, cariño?

—Bien, ¿y tú? —respondió Clint con ternura.

— ¡Ugh, ustedes son demasiado cursis! —se quejó Nat de manera exagerada.

La pelirroja se levantó para ir al living y encender la televisión, quería alguna película que tuviese más balas que palabras.


Steve puso la segunda taza de café y té para su padre y madre, respectivamente. Se encontraban en el salón, que aún conservaba la esencia de Natasha, cuestión que para Steve era una distracción de los temas que le hablaban sus padres. Ahora habían adoptado esa costumbre de ir a visitarlo el sábado por la mañana, para el desayuno, o en la tarde a la hora del té, para hablar del nuevo centro de ayuda que su padre estaba formando con sus amigos ex–militares, como él. El concepto principal del lugar era tratar a veteranos de guerra con graves consecuencias de las guerras de manera física y psicológica, puesto que a Joseph Rogers, padre de Steve, le había tocado vivir algo poco agradable cuando fue reclutado a la guerra con apenas 17 años para defender a un país que no era el suyo, decidió crear esta institución con el apoyo de varios compañeros y el más importante, el de su pequeña familia.

No quiso que por ningún motivo Steve tuviese esa clase de experiencias, amaba a su hijo como a su vida, y por ello no quiso que él tuviese pesadillas cada noche, que no disfrutase de un paseo al aire libre porque había demasiado ruido, o golpease a su pareja mientras dormían por tener los sentidos demasiado activos. Por esas, y muchas más razones, decidió apoyarlo en lo que eligiera.

—Steve, hijo, ¿me estas escuchando? —le llamó suavemente su madre.

—Sí, te escucho —respondió de manera automática. Volvió al mundo real, donde no estaba la pelirroja con ojos como la selva, verdes y misteriosos—. Lo siento, estaba pensando en otra cosa —confesó avergonzado.

— ¿En la chica guapa de cabellos rojos? —adivinó su padre divertido. Conocía a su hijo lo suficientemente bien como para saber lo que estaba pasando por su cabeza. Él rió.

—Sí, en ella. Nunca la había visto —dijo sin pensarlo.

—Entonces, ¿Cómo es que estaba en casa? —. Una intrigada Sarah Rogers, cuestionó.

El joven artista no se molestó en inventar una gran mentira, solo les contó su versión de la historia. Tenía una muy buena relación con sus padres, aunque no siempre fue así, les contaba todo a ellos, hasta la mínima molestia y ellos le escuchaban y entendían. Era lo que él más amaba, que le entendían tanto como él a ellos, tenían la mejor comunicación de toda su vida, y eso les agradaba a ambas partes.

—Es una chica muy guapa para tener problemas —pensó Joseph en voz alta.

—Nunca juzgues a un libro por su portada —comentó sabiamente Sarah. Los hombres Rogers rieron. Ella era la voz de la razón, y aunque Steve había heredado eso, a veces necesitaba de esa maravillosa mujer para seguir el camino correcto—. Ella me agrada, aunque hay algo en sus ojos que...

—...Te intriga —completó Steve. Sarah asintió. —A mí también.

Se recostó en el sofá, cuando los tres se quedaron en silencio. Observó a sus padres, eran la pareja perfecta y se veían tan felices, a pesar de la enfermedad de su madre, se veían como siempre. Joseph tenía un brazo sobre los hombros de Sarah, pegándola a su cuerpo y ella posaba su mano sobre la rodilla del capitán de la marina. Sarah, su bella madre, lucía tan esplendida, no parecía tener esa terrible enfermedad, solo que sus ojos decían lo contrario; se estaban apagando lentamente, la luz se estaba desvaneciendo. Un suspiro pesaroso salió del joven Rogers; él había tenido la fortuna de crecer en una familia acomodada, humilde y llena de amor, él agradecía eso ahora, cuando sabía lo que tenía y no lo desperdiciaba, como hizo en algún punto de su vida. Se arrepentía de tantas cosas que hizo y dijo, de las consecuencias de esas cosas, sobretodo de...

—Steve, cariño, deja de pensar en ello. Deja que la herida termine de sanar.

O Steve era un libro abierto o sus padres lo conocían muy bien, aunque todos se inclinarían por lo primero, en realidad, era lo segundo. Sarah sabía qué pensaba su pequeño de veintiún años, y daría lo que fuese para que eso no hubiese sucedido, pero por mucho que intentes proteger a tus hijos, nunca podrás salvarlos de las consecuencias de sus propios actos. Joseph prediría no hablar del asunto frente a su hijo, sin embargo, a solas con su esposa, le confesaba lo que sentía y no era nada bueno, a lo que ella respondía que debía "dejarlo estar" o no avanzarían ni él ni Steve.

—Lo intento, Má', solo que a veces es complicado —. La mirada desanimada que le dio, les rompió el corazón a sus padres.

—Los dejaré solos para que hablen —. Rogers padre se levantó un poco incómodo, Sarah le dio una mirada de agradecimiento, cosa que él respondió dándole un beso en la frente y saliendo al patio trasero.

—No debería estar diciéndote esto, tienes suficientes problemas, además no es bueno para tu salud y...

—Steve —le interrumpió acariciando su mejilla—. Si te hace bien hablarme de ello, hazlo. Eres mi hijo, y estarás primero que cualquier cosa en el mundo, incluso primero que yo.

Sus orbes azules se cristalizaron. Amaba con locura a esa mujer, no sabía que haría en caso de que le faltase en algún momento y esa maldita enfermedad que quería arrebatársela. ¿Le estaría Dios cobrando por su pasado, por lo que hizo? ¿Vida por vida? ¿Así jugaba él?

—Y en cuanto a mi salud, no te preocupes. Todo estará bien.

Él sonrió triste. No quería llenar a su madre de preocupaciones innecesarias, ella debía concertarse en su tratamiento al 100%, pero luego pensaba en que estaría igual de preocupada si no le decía.

—No te preocupes tú. Debes estar concentrada en el tratamiento para que todo salga bien —. Le dio un beso en la frente a su madre y la abrazó fuertemente.

Todo estará bien, se repitió en su cabeza como un mantra. Su madre mejoraría y su padre terminaría de edificar el centro, las cosas volverán a la normalidad. Tantas cosas cambiaron desde que él se fue a Venezuela, había unas que estaban mejor, como sus padres, que se les veía más unidos, y otras empeoraron, como la salud de su mamá. Muchas veces Steve pensaba que irse había sido un error, pero no era así, él necesitaba alejarse de todo ese tormento que le provocaba estar en los lugares en los que estuvieron ellos, en las miradas de las personas que lo mataban a cada cinco segundos; necesitaba urgentemente alejarse de todo lo que conocía y le hacía daño.

En esa parte entendía a Joseph cuando en el último año de bachillerato le decía que no iría a ninguna institución militar que lo mandase a la guerra cuando estuviera preparado de manera física, porque psicológica, nunca lo estaría. Él siempre le habló con la verdad, nunca intentó disfrazarle lo dura que era la vida si decidía irse a luchar por los ideales de su país, aunque muchas veces no fueran correctos; le contaba de cómo se sintió cuando regresó a USA y que lo primero que vio fue a su madre con él en brazos, decía que sintió como si el alma le regresara al cuerpo, las discusiones que tuvo con su esposas porque dormían en habitaciones separadas hasta que él tuvo el valor de dormir con ella sin lastimarla, de como no podía estar en el Time Square, disfrutando de un paseo porque había demasiado ruido, y esa era la razón por la cual pasaban todos los momentos familiares en el Central Park, y Steven amaba ese lugar por todos los cumpleaños que celebró allí, todos los recuerdos, las sonrisas, las lágrimas que el compartió con sus padres y con su amor, su Peggy Carter.