¡Hola a todos! Bienvenidos a un tercer capítulo de esta entrega.

James, Lily, Severus y los merodeadores ya están en tercer curso. Ese año pasó algo especial: los chicos descubrieron que Remus era un licántropo y decidieron hacerse animagos para acompañarle.

Ese 31 de octubre lo he marcado precisamente como el día en que nuestros muchachos tomaron esa decisión tan importante. Y eso hará que Lily vea otra faceta de James que puede que le impresione.

Bienvenidos al año que nacieron... ¡Los merodeadores!


1973: Un odio cordial

El 31 de octubre de 1973, para ser lunes, James y Sirius están extrañamente alegres. Han tenido una idea magnífica. Única. Grandiosa. Irrepetible. La solución a sus problemas.

Bueno, a sus problemas no. El único que tiene un problema es Remus. Uno pequeño y peludo. Nada que no pueda mejorarse con cierta ayuda. Esa es la opinión de James, optimista irremediable donde les haya.

Les ha costado más de un año pero, finalmente, han descubierto por qué Remus desaparece una vez al mes o por qué nunca está para observar tiernamente la luna llena con ellos. ("Si es que fuéramos de los nenazas que hacen eso, claro", apunta Sirius).


Fue a finales de segundo curso, cuando apenas quedaban unos días de clase. James y Sirius decidieron pasar a la acción tras varios días de debatir algo en lo que ya estaban seguros. Era media tarde cuando ambos, con Remus haciendo los deberes en su habitación y Peter comiendo golosinas mientras repasaba la redacción que McGonagall le había mandado repetir tres veces, arrinconaron al primero y se lo soltaron de golpe.

Él suspiró y claudicó a la primera. Al parecer, estaba deseando liberarse de esa carga. Tenía problemas de conciencia y sentía que estaba fallando a su amistad al ocultarles algo tan grave. Tras la confirmación, James y Sirius compartieron una mirada de superioridad y aguardaron en silencio a que Peter juntara las piezas en su cabeza, ya que esto era nuevo para él.

Y es en ese momento en el que se llevó a cabo otra revelación que los dejó alucinados: ¡Remus era todo un dramático! Con ese silencio, solo con esos cinco segundos de silencio, interpretó que le rechazaban, que les asqueaba y que no querían compartir habitación con él ni, básicamente, saber nada de su existencia. Y, antes de que pudieran reaccionar, ya se encontraba dispuesto a acudir a Dumbledore para decirle que todo había fallado y que se marchaba de Hogwarts.

- ¡Frena! –le gritó Sirius, interponiéndose entre la puerta y él, mientras James le agarró del brazo.

Como él es el más grande de los cuatro, a Remus no le quedó más opción que detenerse.

- ¿No estás exagerando un poco, Remus? –preguntó James un poco divertido por su reacción.

- Que solo le estamos dejando tiempo a Pet para que lo asimile –aclaró Sirius con una sonrisa.

Remus miró de uno a otro.

- Pero… ¿no os importa?

- ¿Por qué? ¿Es que quieres darnos un mordisquito?

Sirius se rio de su propio chiste, al igual que James, y Remus les miró inseguro, con una mezcla rara de alivio y miedo.

- Pero… ¿entonces te transformas en lobo? –preguntó Peter, que aún estaba flipando.

- Bien, Peter. Veo que no te ha costado mucho pillar el concepto de hombre-lobo –se burló James.

Remus seguía sin dar crédito.

- ¿Aún queréis ser… mis amigos?

- ¿Qué mierda de amistad tendríamos si se interpusiera en ella un pequeño problema como ese? –preguntó James, casi ofendiéndose.

- No es precisamente un "pequeño problema" –refutó Remus.

- ¿Te conviertes en un lobo adulto, entonces? ¿Cómo funciona? –preguntó Sirius, soltando todas las preguntas que se estuvo aguantando durante semanas y cuyas dudas no pensaba guardarse todo el verano.

- ¿Y cuándo te mordieron? –preguntó entonces Peter, acercándose a ellos finalmente.

- ¿Te quedó cicatriz? ¿Pueda verla? –insistió Sirius, a quien James dio un golpe por su falta de tacto.

Remus estaba demasiado sorprendido como para reaccionar con normalidad. Se vio rodeado, asediado a preguntas y algo sobrepasado por unas reacciones que no se esperaba en absoluto. Brevemente, les contó cómo sucedió todo, por qué y cuándo le mordieron y lo que le pasa cada mes. Aunque no quiso entrar en demasiados detalles.

- Lo dicho –concluyó James con simpleza-. Un pequeño problema. Un poco peludo, eso sí.

Remus negó con la cabeza, divertido.

- Tómatelo como si tuvieras la regla, Remus. Una vez al mes, algo se apodera de tu cuerpo y te entra la mala leche.

- Yo no soy una chica –se defendió Remus, algo molesto por la comparación de Sirius.

- No, tu problema es la luna –concedió James rodando los ojos.

- ¡Eres un lunático! –declaró Sirius con una carcajada.


Desde entonces, han pasado algunos meses y un verano de por medio, pero Remus no ha conseguido que dejen de llamarle Lunático. Sirius lo ha declarado, James lo repite y Peter lo alaba. Así que se ha quedado con ese apodo. La gente piensa que le llaman majara y que cuestionan su cordura. Pero él ha tomado cariño al apodo. Es el símbolo del reconocimiento de sus amigos.

Pero lo que sus amigos no llevan nada bien es averiguar cómo pasa las lunas llenas, encerrado, confinado y dañándose a sí mismo. Para Remus se han acabado las mentiras y las excusas y les permite ahora ser parte de su maldición.

Las dos veces que se ha transformado ese curso, sus amigos han aparecido a la mañana siguiente en la enfermería con toda clase de regalos. Ha sido todo un alivio, aunque ellos se han quedado consternados al ver el estado en el que vuelve tras una noche de transformación.

Sin embargo, cuando ese lunes se incorpora a clase, James y Sirius declaran, tras la clase de Transformaciones, que han tenido la mejor idea del mundo. Y a él le parece pésima.

- ¡Estáis locos! –les bufa mientras caminan hacia el comedor, en un ambiente cargado de calabazas voladoras, telarañas y esqueletos andantes.

- ¡Claro que no! –exclama James entusiasmado-. ¡Es perfecto! Ojalá hubiéramos sabido antes tu problemilla y que hay un modo de ayudarte.

- Es que no tenéis un modo de ayudarme.

- Ya has escuchado a McGonagall –le recuerda Sirius, andando con las manos en los bolsillos de la túnica-. Los animagos pueden interactuar con animales perfectamente y son los únicos que pueden acercarse a los licántropos sin correr riesgos.

- Eso es en teoría –aclara Remus-. No hay pruebas empíricas de que ninguno haya estado tan loco como para intentarlo.

- Eso suena a un trabajo para nosotros –insiste James con una sonrisa traviesa, extendiendo frente a sí mismo las manos, como si presentara un título grandioso-. Por algo somos… ¡Los merodeadores!

Los cuatro se ríen a carcajadas. Últimamente, han empezado a llamarse a sí mismos así, desde que Filch no deja de murmurar en voz baja constantemente:

- Estos gamberros siempre merodeando por ahí…

- ¡Unos merodeadores, eso es lo que son! Si me dejaran castigarlos como se hacía antaño…

El conserje lleva tres años pidiendo que le dejen aplicar contra ellos medidas especiales, así que ellos han considerado que merece un homenaje y han acuñado para sí mismos su apodo.

- Chicos, en serio. Es una locura plantearse esto siquiera –insiste Remus.

- ¡Pues menos mal que tenemos un lunático en el grupo! –le interrumpe Sirius entre risas, abrazándolo por los hombros.

Y apenas tienen en cuenta ninguna de sus objeciones. Ellos son así. Cuando se les mete algo en la cabeza, no paran hasta lograrlo. Aunque nunca se han empeñado en algo tan difícil y peligroso. Remus casi espera que en un par de días se rindan al ver todo lo que supone y pasen a la siguiente aventura.

Pero, lo peor es que una parte de sí mismo se emociona con los planes y aventuras que imaginan esos dos, si logran su cometido. Es difícil no contagiarse con ese entusiasmo. Hasta lo han logrado con Peter. Y él siente algo que nunca había sentido hasta ese momento relacionado con su maldición: esperanza.


Finalmente, y dado que James es el favorito de la profesora McGonagall, por mucha rabia que a él le dé, se decide que será el encargado de abordarle con el tema. El libro de texto se centra en la teoría y a ellos les interesa más la parte práctica.

Así que, después de comer, antes de su clase de Herbología, la busca en su despacho y llama educadamente a la puerta. Incluso trata de peinarse para la ocasión. Una tarea infructuosa, por otro lado.

- ¿Profesora McGonagall? –pregunta cuando ella le ordena que acceda-. Perdone que le moleste pero me preguntaba si podría hablar con usted. Es sobre lo que hemos dado hoy en clase… Ya sabe, sobre la animagia.

McGonagall parece sorprendida tanto por la visita de James como por la pregunta. Es la primera vez que ese niño acude a su despacho sin haber sido previamente atrapado en alguna diablura.

- ¿Tienes alguna duda con el temario, Potter? –pregunta extrañada, aunque solícita.

James acepta su invitación a sentarse y se aclara la garganta. Necesita sacar el tema sin ser muy obvio.

- La verdad es que me gustaría aprender más sobre ello. No sé… Me ha parecido interesante. Es chulo lo que usted hace.

Hace un gesto indefinido con las manos y McGonagall sonríe ante su inseguridad, tan pocas veces demostrada. Sus alumnos siempre se maravillan cuando ella se transforma en gato. Ese día, como todos los años, les ha arrancado unos aplausos y ha visto sus caras maravilladas. Pero tener a uno de sus alumnos más brillantes y, al mismo tiempo, más vagos allí, preguntándole sobre el tema, le intriga.

- ¿Me estás diciendo que te interesa la animagia, James? –pregunta mirándole por encima de sus gafas de montura al aire.

A falta de una respuesta mejor, James se encoge de hombros. McGonagall se echa hacia atrás en el asiento y le observa apreciativamente.

- Si hablas en serio, podría darte alguna clase particular, ofrecerte información –insiste, consiguiendo que él se incline interesado-. Si de verdad te interesa, es un trabajo arduo que dura años pero puedo ayudarte. Yo aún estudiaba aquí cuando conseguí transformarme la primera vez. El propio profesor Dumbledore me ayudó y supervisó todo el trabajo. Sería para mí un placer colaborar contigo, pero es algo que tendrías que tomarte muy en serio.

¿Cómo? ¿Aprender directamente de ella? ¿Que McGonagall le supervise y le ayude en el proceso de convertirse en animago? A James no le hace mucha gracia la interferencia de adultos, pero reconoce que le fascina poder contar con la ayuda de su profesora preferida, la mujer que ha aprendido a transformarse a través del mismísimo Albus Dumbledore.

- Yo aún no sé… -murmura, dividido-. Bueno, solo quiero saber más del tema, de momento.

La profesora ve su titubeo y asiente, decidida a dejarle espacio. Es el mejor alumno que ha tenido desde hace muchos años. Tiene una pésima actitud pero es brillante. Y podría ser el primero en lograrlo con su ayuda. Una herencia única. Aunque, como le conoce bien, sabe que no debe presionarle.

- Piénsatelo y ven a verme –le insta.

James asiente y se levanta, dispuesto a irse.

- Tienes grandes cualidades para las transformaciones, James. Considéralo de verdad –le insiste su profesora como despedida-. Ah, hola Evans. ¿Necesitas algo?

James se sobresalta al darse la vuelta y ver, a través de la puerta entre abierta, los ojos verdes de Lily Evans. Frunce un poco el ceño, temiendo que estuviese espiándole como su querido amiguito. Solo les faltaba que metan las narices en el asunto de Remus.

Abre la puerta y deja pasar a su compañera, que parece azorada, se despide de su profesora con un gesto y se marcha de allí.

Sin embargo, se detiene a la vuelta de la esquina y decide esperar a su compañera de clase para averiguar qué ha escuchado.

Evans y él se declararon la guerra el año anterior, pero es una guerra llena de silencios y miradas de desprecio. Él no la soporta y ella le odia. Pero todo en un ambiente bastante cordial. Sirius lo considera hasta divertido y Remus asegura que no lo entiende en absoluto. Pero a él le da igual. Ellos dos sí comprenden las reglas de su enemistad y con eso basta.

Cuando su compañera aparece por el pasillo, un minuto después, la aborda.

- ¿Estás adquiriendo las costumbres de tu amigo Quejicus, Evans? –pregunta interponiéndose en su camino-. ¿Qué hacías cotilleando?

Lily rueda los ojos con superioridad. Él odia que haga eso tan a menudo.

- No cotilleaba, solo buscaba a la profesora para entregarle mi trabajo sobre la transformación de objetos móviles.

James bufa.

- Eso no hay que entregarlo hasta la semana que viene. Menuda lameculos…

Lily le mira ofendida y él se da la vuelta, dando por cerrada la conversación. No parece haber escuchado nada y no ve ningún peligro hacia sus planes. Así que ya no tiene nada que hablar con ella.

Sin embargo, enseguida escucha unos pasos apresurados y ella le da alcance. ¿Qué quiere ahora? Nunca le habla a no ser que se vea en la obligación de hacerlo.

- ¿Es verdad que estás planteándote comenzar a instruirte para ser animago? –le pregunta a bocajarro, sin poder contener su curiosidad.

James se detiene y la enfrenta, cruzado de brazos.

- ¿No decías que no estabas espiándome?

- Y no lo hacía pero lo escuché –declara con descaro.

Luego sonríe. Sonríe de verdad. A él. Es rarísimo. James se remueve, incómodo.

- Creo que es algo genial –prosigue Lily-. Aunque he leído que muy pocos magos lo consiguen. Requiere habilidad, destreza y mucho trabajo. La propia McGonagall no lo consiguió hasta que estaba en último curso.

James sonríe divertido por su perorata.

- ¿Hay algo que no esté escrito en esos libros que siempre llevas a cuestas, Evans? –pregunta a esa biblioteca andante.

Lily decide no ofenderse, más interesada por su respuesta. Y, aparentemente, admirada. Qué extraño resulta todo.

- Entonces, ¿te lo estás pensando? –pregunta ansiosa.

Él se encoge de hombros, con fingida indiferencia.

- Quizá. Sería guay poder transformarme en águila o algún animal volador. Me transfiguraría en mitad de un partido y pillaría por sorpresa a los Slytherins. Imagínate arrancarle la quaffle a Thurkell a base de picotazos.

Y es que ese año sí ha conseguido entrar definitivamente al equipo de quidditch. El capitán estaba furioso con él por lo ocurrido el año anterior, pero no ha podido negar que es el mejor de todos los que se han presentado. De lejos.

Lo extraño es que Lily suelta una risa. Una risa cantarina y, en apariencia, auténtica. El sonido hace que se le ericen los pelos de la nuca, aunque se mantiene impasible. Cuando comienza a andar de nuevo, Lily le sigue y le explica:

- No funciona así. No puedes elegir el animal en el que te convertirás. Además, el Ministerio vigila mucho a los animagos y en cómo usan su don. Ni siquiera McGonagall tuvo permitido usarlo, mientras era alumna, dentro del colegio. Así que, por una vez en tu vida, ya puedes tomarte algo en serio si te interesa.

- Ya… -contesta él pensativo, empezando a ver grandes agujeros en su plan.

Comienza a andar más despacio, algo desanimado. Lily no parece notarlo, sino que le adelanta y se da la vuelta, andando de espaldas, para mirarlo mientras se aleja.

- En serio. Creo que es algo genial –declara de nuevo.

Y él no entiende por qué pero su blanca sonrisa le hace crecer un nudo en el estómago.


- No podemos hacerlo legalmente –les dice James a sus amigos durante la hora de Herbología, mientras se las apañan con un lazo del diablo bastante travieso.

Remus niega con la cabeza por enésima vez en el día.

- Es que es una tontería y una temeridad.

- Cállate, Remus, esto no te incumbe –le espeta Sirius, atizándole con una paleta con la que tiene que remover la tierra.

Este rueda los ojos.

- Oh, perdona. Me ha despistado el hecho de que queráis hacerlo por mi culpa.

- El caso es que no puede ser –insiste James, cortando la discusión. Peter se inclina hacia él cuando habla más bajito ante la presencia de la profesora Sprout-. El Ministerio vigila mucho a los animagos registrados. Y no nos dejarían usarlo dentro del colegio, lo que obviamente anula el objetivo del plan.

- ¿Te lo ha dicho McGonagall? –pregunta Sirius, frunciendo el ceño.

Todos saben que será más complicado, casi imposible, lograrlo sin ayuda. James niega con la cabeza.

- Evans –aclara-. Me escuchó hablar con ella y ya sabes que tiene que opinar sobre todo.

Sirius rueda los ojos y Peter se ríe y mira alrededor para asegurarse de que ella no está cerca. Afortunadamente, su compañera se encuentra en la otra punta del invernadero. Lily Evans parece tener un radar para descubrir cuando la critican. Y, aunque suele ser una chica muy dulce, a Peter le atemoriza su lado más agresivo; aunque ese se le reserve para James casi en exclusiva.

- De todas formas, sería muy sospechoso que los tres queramos hacerlo a la vez –comenta Sirius al cabo de un rato. Él y Remus sujetan el lazo con fuerza y James y Peter tiran de las raíces-. De James, bueno… Es el puñetero niño bonito de McGonagall, pero lo mío y lo de Peter cantaría mucho.

- Cállate –bufa su mejor amigo, harto de que le llame "niño bonito de McGonagall".

- Sirius tiene razón –repone Remus, apartándose el flequillo y llenándose la frente con tierra procedente de los guantes-. Sería muy sospechoso que tres amigos decidan a la vez convertirse en animagos. No es algo que se haga muy a menudo.

Los cuatro chasquean la lengua, molestos porque el mejor plan del mundo esté fallando. James y Sirius se miran. No se resignan. Ellos nunca lo hacen. Sirius sonríe, apuntando a su amigo con el guante que se ha quitado.

- Pero tú podrías hacerlo legal, Jimmy. Que McGonagall te enseñe a ti y tú, a nosotros.

- Pero, ¿de verdad creéis que yo podría? –pregunta Peter, nada convencido-. Estoy seguro de que James podría enseñar a Sirius pero mi caso lo veo muy complicado.

- Nosotros te ayudaríamos, Pet –le tranquiliza Sirius sin darle importancia.

- Pero, si yo doy las clases, me tendrían muy vigilado –protesta James-. No podría unirme a vosotros para acompañar a Remus.

- ¿Y qué propones?

- No sé… -bufa. Y, poco convencido, añade-. Podría ir a alguna clase extra con McGonagall. Que me enseñe lo básico. Luego, le digo que he cambiado de opinión y que no estoy interesado. Y lo demás lo haremos por nuestra cuenta. Sin dar explicaciones a nadie.

Sus tres amigos lo consideran durante unos segundos. Sirius asiente.

- Pues no es mal plan…

- Además, pega contigo –añade Remus, rodando los ojos divertido, ya resignado a que harán lo que quieran-. Nunca sabes acabar nada de lo que empiezas.

- ¡Eso no es verdad!

- Como tu colección de cromos –le recuerda Sirius.

- O las escobas de quidditch en miniatura –aporta Peter.

- Por no hablar de que tu parte de la habitación siempre se queda a medio limpiar.

- Al menos, yo lo intento. No como Sirius –se queja, sabiendo que tienen razón en lo demás.

Sus tres amigos se parten de risa a su costa.


Una vez decidido que actuarán bajo su cuenta y riesgo, los cuatro se proponen estudiar todo lo que necesitarán.

James se sorprende al saber que, mientras él hablaba con McGonagall, sus tres amigos han estudiado a fondo el libro de Transformaciones todo lo necesario para completar el proceso de animagia.

Remus no puede dudar de su amistad. Él visitando a profesoras y Sirius leyendo un libro por iniciativa propia.

La cuestión es que, al margen de la parte práctica, es necesario elaborar una poción. Una bastante complicada. Y, probablemente, fuera de las capacidades de Sirius, que es el mejor en la materia. Pero, sobre todo, el problema reside en que la receta de esa poción se encuentra solo en el libro 'Pociones y hechizos: la combinación de las principales materias de la magia'.

Un libro que, por supuesto, está en la sección prohibida a la que solo pueden acceder los alumnos de cursos superiores con autorización de un profesor para completar trabajos especializados. Vaya, algo que no van a conseguir con facilidad. Ni siquiera gracias a la capa de invisibilidad de James.

Sorprendentemente, como si el destino velara por ellos, ese libro se presenta en sus vidas esa misma tarde, en la última clase del día. El profesor Slughorn lo exhibe con orgullo al presentar el reto de ese día de Halloween.

- Hoy os tengo preparada una sorpresa para celebrar este día tan especial. Este libro contiene algunas de las pociones más difíciles y raras que existen. Una auténtica reliquia para los amantes de este arte. Así que la pareja que me elabore el mejor antídoto para venenos comunes se lo llevará.

Hay algunos murmullos pero la mayoría no parecen demasiado interesados en la adquisición del libro. Sin embargo, en las mesas de atrás cuatro alumnos se agitan.

- ¡Tenemos que conseguirlo! –exclama Sirius en voz baja.

Peter bufa.

- Conmigo no contéis. Soy un desastre.

- Ya sabéis que yo tengo atragantada esta asignatura –se lamenta Remus.

James palmea el hombro a Sirius.

- Eres nuestra única esperanza. Aunque trabajando esos dos juntos, no veo que tengamos muchas oportunidades.

Señala con la barbilla a Evans y Snape, que susurran emocionados entre ellos.

- Pues mejor que no trabajen juntos –concluye Peter, con simpleza.

James y Sirius esbozan sonrisas idénticas. Si algo se les da bien es general conflictos. Y, si estos afectan a Severus Snape, mejor. Lo importante es conseguir separar al dúo fantástico. Así, que se aprovechan de cuánto conocen a Slughorn y, en menos de cinco minutos y con las ventanas abiertas para expulsar el humo tóxico que han expandido por la clase, su profesor se pone frente a ellos.

- ¡Es que no puedo dejaros trabajar juntos! –se lamenta. Suspira, se lleva la mano a su bigote de morsa y vuelve a suspirar-. Muy bien. Os pondré a cada uno con un buen alumno. A ver si así se os pega algo y aprendéis algo de provecho.

Justo lo que ellos pretendían. Todo ha salido a la perfección, el plan marcha sobre ruedas. A James le pondrá con Snape y a Sirius le tocará currar duro con Evans. Es lo lógico, porque cualquiera con dos dedos de frente sabe que Sirius tiene demasiado peligro al lado de Snape y nadie quiere que este acabe en la enfermería. Y es lo justo; él tendrá que pringar con McGonagall, así que su amigo podrá dedicarse a la poción. Y así, él se destensará jorobando un poco a Quejicus.

- Potter, ven aquí. Hoy trabajarás con Lily.

O quizá no lo han calculado tan bien.

- Venga, que es para hoy.

Reticente y frustrado, James se mueve lentamente hasta la mesa para ocupar el puesto en el que ha estado sentado hasta hace unos segundos Severus Snape, quien le mira con un odio y una antipatía evidente mientras se dirige hacia la mesa de Sirius.

- Mierda –murmura al sentarse, escondiendo la cara entre las manos.

- A mí tampoco me hace gracia aguantarte en clase, Potter –contesta Lily ofendida.

James levanta la mirada y ve que la sonrisa risueña de hace un par de horas se ha esfumado. Ya no hay felicitaciones ni miradas emocionadas en su rostro. Solo la antipatía habitual.

- Cállate, Evans –murmura, frustrado por su plan fallido-. Ni cuando intentamos usarte nos eres útil.

- ¿Perdona?

Obviamente, la pelirroja se ofende pero él sigue decidido a ganar el libro, por lo que la ignora y comienza a copiar la receta de la poción que ha aparecido en la pizarra. Lily le mira, tratando de calmarse.

- Muy bien, Potter. No voy a permitir que me bajen puntos por tu culpa así que…

- No, Evans, escúchame tú –le interrumpe él, más serio de lo que le ha visto nunca-. Yo también quiero ganar esta competición. Así que ya puedes usar el cerebro que tienes bajo ese pelo de zanahoria y dar todo de ti porque tenemos que ganar ese puñetero libro.

Ella está tan sorprendida que olvida exigir una disculpa y sentirse molesta por su tono despectivo.

- ¿Tú quieres ganar? –pregunta incrédula.

- ¡Sí! –exclama James, recopilando los ingredientes con rapidez-. Ahora, dime, ¿qué hago con las flores de manzanilla? ¿Trituradas o cortadas?

- ¿De verdad quieres ganar? –insiste ella sin dar crédito.

James deja caer la planta contra la mesa.

- ¿Es que estás sorda?

Pero ella se queda momentáneamente pensativa y luego le mira enfadada de nuevo.

- ¡Un momento! ¿Estaba todo preparado? ¿Por eso has hecho que os separen a Black y a ti? ¿Para que te pusieran conmigo y hacerte con el premio?

Él rueda los ojos, iniciando la poción él solo, teniendo claro que ella aún no va a comenzar hasta tener sus respuestas. Es una egocéntrica.

- No te lo tengas tan creído. La idea era separaros a Quejicus y a ti para eliminaros como competencia. Con suerte, te habría tocado a ti con Sirius, que es mejor en esto que yo. Pero, ahora, estamos todos jodidos.

Lily aún no entiende nada pero, cuando baja la mirada a la mesa, ve a James agarrando mal el cuchillo y a punto de hacer una escabechina con las flores de manzanilla. Suspira.

- Estás cortando mal. Mira -le coge suavemente de la muñeca, con el objetivo de mostrarle cómo debe realizarlo. Sus dedos recorren el dorso de su mano y los entrelaza con los suyos, para tomar con fuerza el cuchillo-. Así, ¿ves?

James deja la mano muerta y la mira por encima del hombro, mientras ella le guía. Entonces, Lily comprende que ha invadido su espacio vital. Están demasiado cerca, él la mira incómodo y, con un calambre que le recorre la espalda, ella se aparta y titubea. La mano aún le hormiguea un rato después.

- Bueno, Severus es mejor en pociones que yo –dice para romper el hielo-. Quizá él y Sirius consigan ganar.

Una vez recuperado de la impresión, James la mira sin dar crédito a su ingenuidad.

- ¿Tú te imaginas a esos dos trabajando en equipo?

Temiendo por la integridad de su amigo, Lily mira hacia atrás donde, efectivamente, Severus trabaja enfurruñado por un lado y Sirius cotillea y cambia los pesos de su balanza sin aportar nada al proyecto. Es el menos malo de los escenarios para Severus de los que podría presentarse.

La pelirroja mira a James, quien parece divertido.

- ¿Y para qué quieres el premio de todas formas, Potter? –pregunta sin entenderlo, aunque comienza a trabajar automáticamente.

- ¿Tú siempre tan cotilla? –contrataca él.

- Si te voy a ayudar a ganarlo, merezco una respuesta.

James chasquea la lengua.

- Es para Remus –dice, decidiéndose por una verdad a medias-. Se esfuerza un montón pero tiene las pociones atragantadas. A Sirius y a mí nos parece una gilipollez pero, ya que le angustia tanto, quizá podamos regalarle algo que le ayude a mejorar.

Lily se queda callada y mira hacia atrás, donde Remus sufre realmente por la poción que está haciendo con Peter y que, ya en su primera fase, tiene un color erróneo.

La enemistad que mantiene con James Potter es manifiesta, solo con breves periodos de paz como el que han tenido esa tarde, cuando ella se ha sentido verdaderamente admirada por las pretensiones de su compañero. Pero, si algo le caracteriza, es que ella es una persona sensible y empática. Y Remus le cae bien. Tiene unos amigos estúpidos pero él es un buen chico. Y, si James y Sirius se han empeñado en ganar una competición para ayudar a Remus, ella no va a entorpecerlo.

Cuando, cuarenta minutos después, ambos acaban una poción que ella sabe que está perfecta, le mira y sonríe un poco. Lo cierto es que se ha portado bien. Le ha obedecido en todo y no ha dicho ninguna impertinencia. Mucho para ser James Potter.

- A veces pienso que no sois tan malos como parecéis, ¿sabes? –le confiesa.

James se sonroja un poco ante esa declaración pero, antes de que pueda responder, la voz de Severus Snape se escucha por toda la clase.

- ¡No, Black, te he dicho que aún no!

Y algo explota justo detrás de ellos, sobresaltándolos y llevándose por delante la poción que este ha estado preparando con esmero y casi en solitario. Severus mira frustrado el caldero, con las cejas quemadas y el pelo chamuscado. Bajo la mesa, protegiéndose de lo que él mismo ha provocado, Sirius se parte de risa, contagiando también a James.

Lily le pega un manotazo en el hombro.

- Y luego vuelvo al mundo real y veo que sois unos imbéciles unineuronales –bufa, enfadada de nuevo.

James rueda los ojos.

- Estás amargada, Evans.


A nadie le sorprende que la poción elaborada por Lily Evans y James Potter sea la ganadora de esa competición. El profesor Slughorn parece realmente emocionado, agarrando a Lily de la mano suavemente y conduciéndola al frente de la clase. James les sigue reticentemente.

- Enhorabuena, chicos –declara Slughorn, otorgando a Lily el libro que supone que solo querrá ella-. Lily, está claro que tú brillas te empareje con quien te empareje. Tienes un don natural. Tened vuestro premio. Disfrútalo, Lily. Estoy seguro de que tú le darás un buen uso.

Ella le sonríe con amabilidad y acepta el premio. En ese momento, se da por finalizada la clase y todos comienzan a marcharse.

- Tienes encandilado al viejo verde, ¿eh? –bromea James en voz baja mientras mete los libros en su mochila.

Lily ahoga una exclamación y mira alrededor, esperando que nadie haya escuchado tamaña grosería.

- ¡El profesor Slughorn no es un viejo verde! –murmura furiosa.

- Ya, y por eso siempre acaba teniendo como favoritas a las guapas de clase.

Tras esa frase, ambos se quedan momentáneamente en blanco. Él, sin creerse lo que acaba de decir en voz alta. Ella, con la vergüenza subiendo a sus mejillas.

- ¿Me estás llamando guapa, Potter? –pregunta suavemente.

James está sonrojado cuando la mira.

- No te lo tengas creído –se burla, con tono indiferente-. Compites con Orejas de soplillo-Smith y con Granos de paella-Johnson. Hasta Myrtle La Llorona ganaría en ese concurso de belleza.

- ¡No te metas con Aura y Gwen! –le reta ella por hablar así de sus amigas-. Ni que tú tuvieras nada de que presumir con ese pelo desgreñado y esas gafas de culo de botella.

James sonríe, en parte divertido por un insulto que reconoce que está muy bien pensado.

- ¿No te parezco guapo? –pregunta con ironía-. Me rompes el corazón. Supongo que nunca haremos manitas en el salón de Madame Pudipié. Ahora, ¿me das ya el libro?

Lily lo retiene contra su pecho. Ya no queda nadie en la clase más que ellos.

- Debería quedármelo yo. Merlín sabe que lo merezco más y seguro que le daría mejor uso que tú.

James agarra el libro para tirar de él, rozándole el estómago en el proceso, provocándole cosquillas sin querer.

- El único uso que le daría yo es para que mi mesita de noche deje de cojear, Evans. Pero ya te he dicho que es para Remus.

Ella suspira. Y, finalmente, claudica, soltando el libro y así alejando las manos de él de su cuerpo.

- Solo porque es para Remus. ¿Podré echarle un ojo alguna vez o es que lo quieres en exclusiva?

Él se encoge de hombros, fingiendo indiferencia.

- Eso háblalo con él. A mí no me verás perdiendo el tiempo comiéndome libros.

- Ya, claro.

Lily agarra su mochila, ahora que ya todo el mundo se ha marchado. Aunque reticente, James la ve marcharse y se obliga a decirle una última cosa.

- Eh… Evans –ella se gira-. Gracias. Por ayudarme a ganarlo y eso.

Ella niega con la cabeza con aire resignado e irónico.

- De nada, Potter. De nada.

A veces, muy de vez en cuando, Lily reconoce que James no está mal del todo. Le cae mal básicamente por todo lo que conoce de él pero admira su inteligencia. Al principio, le daba algo de rabia pero ella no es envidiosa. Y reconoce que es fascinante ver cómo la magia bulle por su cuerpo sin que tenga siquiera que esforzarse.

Ella es trabajadora. Él, impulsivo.

Ella es meticulosa. Él, un caos.

Lily jamás deja nada a medias. James se aburre de todo enseguida.

Lily mira siempre los pros y los contras antes de tomar una decisión. Él es más desinteresado, solo toma en cuenta si así ayuda a sus amigos.

A Lily jamás se le habría ocurrido transgredir una ley para jugarse la vida por acompañar a un amigo. Le habría abrazado, comprendido y mimado pero no habría hecho nada ilegal. Pero, sin embargo, él jamás lo habría conseguido sin su ayuda indirecta.

Son dos polos opuestos, aunque ese día ambos aprenden que hay muchas cosas del otro que admiran. Ella, su lealtad y su inteligencia. Él, su amabilidad y generosidad. Y, quizá, ambos pueden respetar eso de lejos sin que nada cambie. El odio mutuo sigue ahí, pero con una ligera, y no reconocida, admiración por el enemigo. Y no por eso pasa nada, ¿no?


Y hasta aquí llegó el tercer Halloween de nuestro grupo preferido en Hogwarts.

¿Qué os ha parecido?

De nuevo he entrado en el terreno de la especulación, ya que poco sabemos cómo fue el proceso de transformación de animagos. He leído mucho sobre el tema y he comprobado que McGonagall se preparó en Hogwarts con ayuda de Dumbledore, lo que indica que está permitido prepararse mientras eres menor de edad y estás siendo supervisado. Lo que nos lleva a la cuestión de que ellos podrían haber sido animagos legales. ¿Por qué no lo fueron? Porque el Ministerio de Magia controla mucho a los animagos y, de este modo, no habrían podido ayudar a Remus. Y ese es el único motivo de que quieran ser animagos.

Puede que os haya extrañado que en el anterior capítulo Lily y James acabaran tan mal y ahora fueran tan "cordiales" el uno con el otro (más en la primera escena que en la segunda). Pero hay que tener en cuenta que ha pasado un año y muchas cosas de por medio. Además, ella escucha algo de le emociona y le impresiona. Quizá es un poco como Hermione en ese aspecto, fascinada por la inteligencia y el talento. Y James es el mejor en transformaciones. Es el favorito de McGonagall y a Lily le impresiona que quiera convertirse en animago.

Después, vemos a los chicos usando a Lily y a Severus y su talento para las pociones... Lo veo muy propio de ellos, al igual que veo muy propio que Lily acceda a ayudar a James cuando sepa que es un favor para Remus. La relación entre ellos es tensa, con desafíos constantes, choques emocionales, una admiración no reconocida y, en definitiva, un odio cordial. Además, han comenzado los primeros momentos de química entre ellos. ¿Los habéis reconocido?

Mañana más, ¡que ya entramos en la adolescencia!

Eva.