HIJO DE PUTA

por Lorem Ipsum / MadameNoir

Descargo de responsabilidad: El Manga / Anime "Shingeki no Kyojin" no me pertenece.


CAPÍTULO III. El aroma de la henna y del petricor.

«¿Qué cosa más grande que tener a alguien con quien te atrevas a hablar como contigo mismo?» Marco Tulio Cicerone.

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«Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.

Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz,

la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.

Es el amor con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles. »

J. L. Borges [fragmento de El Amenazado].

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Todo lo que hacía Kuchel Ackerman era por y para su hijo Levi. El amor materno había endulzado sus amarguras, pero a costa del peso que este requería.

Antes del embarazo, no había nada dentro de ella sino dolor. Un dolor que avanzaba lentamente por las arterias con cada pulsación; espeso y turbio como agua largo tiempo estancada. Quedó embarazada y el dolor adquirió un nuevo cariz. Se transformó mientras que el amor florecía en ella de entre los restos de este dolor transfigurado, creciendo despacio si bien vigorosamente, imprimiendo un nuevo carácter en su corazón. Este niño suyo, que había crecido en su vientre, se había convertido en el centro de su pequeño universo.

Desde que era una niña, a Kuchel se le había arrebatado el amor de crecer en una familia. Luego, trabajar como prostituta desde su adolescencia hizo que cerrase definitivamente las puertas al amor. Si no hubiese sido por el nacimiento de Levi, Kuchel habría acabado suicidándose tarde o temprano, incapaz de vivir sin un motivo por el que seguir adelante.

Calentó de nuevo el agua en una cacerola vieja y la vertió después en el mismo balde para lavar la ropa.

Kuchel se desnudó agachándose y poniéndose de cuclillas. Solo sus tobillos quedaron sumergidos en el agua caliente. A pesar de que el tiempo era agradable, le costaba entrar en calor. Con ayuda de una esponja y una pastilla ínfima de jabón se lavó con esmero. Después del baño se envolvió con una toalla vieja y hecha jirones.

Miró hacia la cama y no le sorprendió que su hijo no estuviera allí durmiendo tras la cena y el baño.

Levi estaba sentado en el alféizar interior de la ventana, con el pelo todavía húmedo. Kuchel lo había bañado primero a él. El niño jugaba absorto con un pequeño caballito de madera. Levi movía la figura haciendo que cabalgaba de un lado para otro sobre sus rodillas, para finalmente trepar contra natura por el cristal agrietado de la ventana. También canturreaba por lo bajo una canción que la propia Kuchel le había enseñado hace tiempo atrás. La voz infantilmente aguda del niño hizo aletear su corazón del cariño que sentía.

Afuera, la Ciudad Subterránea se describía tranquila. Los haces de luz habían desaparecido, por lo que significaba que en la superficie ya había caído la noche. Las antorchas seguían iluminando una ciudad venida a menos, habitada por almas también venidas a menos.

Dejó al pequeño jugando y buscó entre sus enseres un cuenco pequeño que contenía una cantidad insulsa de polvos de henna. También se hizo con una brocha. Los llevó hasta la cama dejándolos sobre el maltrecho colchón hecho de paja y tomó el espejo de mano que había comprado.

Kuchel intentó no pensar en lo ocurrido horas antes en el mercado: había tosido sangre. Y no era la primera vez. A todo esto, llevaba tiempo sintiéndose más débil y cansada de lo normal. Se calmó para sus adentros diciéndose a sí misma que era algo puntual; trabajaba demasiado y ahí tenía las consecuencias.

Miró su reflejo con cierta molestia. Su rasgos infantiles se habían diluido con los años para dar paso a un rostro adulto que le costaba sentirlo como suyo. Como si, aquella mujer ahora reflejada en el espejo, no fuese ella.

Rostro ovalado; ojos grises; labios delgados; cejas negras poco pobladas, muy finas; nariz pequeña y respingona en su punta; y pestañas gruesas del mismo color negro que sus espesos y ondulados cabellos. Si bien eran visibles los cambios venidos con la edad, como por ejemplo las líneas de expresión más marcadas bajo los ojos, había algo bueno en ver a esta Kuchel reflejada en el espejo. Ella veía una mujer más fuerte, valiente y luchadora; que conocía perfectamente sus puntos fuertes así como los débiles.

Había tomado conciencia de su propia existencia. Su antiguo yo no era más que un pedazo de vida ajena a la suya.

Su sentido de vida era su hijo Levi... Nada más.

Levi era la razón de su existencia, y Kuchel daría todo lo que estaba en su voluntad por él.

Anhelaba la felicidad para Levi más que todo lo que había deseado para ella a lo largo de su vida. Y, para conseguir que su hijo fuera feliz, sabía que tenía que sacarlo del subsuelo cuanto antes. Kuchel aguardaba ansiosamente el regreso de su hermano Kenny. No iba a dejar pasar la oportunidad para que Levi pudiera vivir en la superficie.

Kuchel había escuchado hablar sobre los orfanatos. Tal vez Levi podría hacerse pasar por un niño huérfano de algún distrito, ir a uno de ellos y tener un mejor porvenir que quedar para siempre viviendo bajo tierra. A Kuchel le dolería la separación, pero deseaba lo mejor para Levi y, al fin y al cabo, Kenny tenía razón: aquel no era lugar para criar a un niño. Kuchel quería que Levi llegase sano a la adultez, que tuviera un trabajo honrado en la superficie, que se enamorase. No iba a permitir que pasara por el mismo dolor que tuvieron que vivir tanto Kenny como ella desde la infancia.

Era extraño que, después de seis largos años, no tuviera ninguna noticia de su hermano mayor.

Kuchel no creía que su hermano hubiera muerto. Kenny era el hombre más violento y letal que había conocido. Tal vez era demasiado idealista con sus principios. Para Kenny, la muerte estaba siempre fuera de sus planes. Sin embargo, Kuchel tenía que sopesar que quizá Kenny no volvería a poner un pie en la Ciudad Subterránea y que debía ir planteándose otras posibilidades a fin de que su hijo saliera de ese infierno.

Desde hacía tiempo estaba ahorrando para este fin. Por ejemplo, había aceptado acostarse con más clientes de los habitual en el burdel en el que trabajaba. Esta era la manera más eficiente para conseguir mayores ganancias. Vender cosas innecesarias, como el gran espejo, estaba supeditado a este plan de ganar dinero.

Un pase ilegal a la superficie así como la creación de una identificación falsa eran demasiado caros. Esta transición de papeleo debía de llevarse a cabo con la intervención de un administrativo de la Policía Militar que aceptara trabajar en este tipo de trapicheos ilegales. El pase a la superficie requería de un alto precio, prácticamente inalcanzable.

Apartó el espejo, lo dejó sobre el colchón y se desprendió de la toalla que la envolvía.

Estando desnuda, tomó la brocha y la introdujo en el bol con henna en polvo. Su aroma inundó de lleno su sentido del olfato. Desprendía un aroma agradable, embriagador.

Cuando la brocha hubo quedado impregnada del polvo la llevó a sus pezones —primero uno, después otro— y los coloreó hasta quedar en un hermoso tono bermellón, ejerciendo un llamativo contraste con su pálida piel. Luego se aplicó un poco en los labios con ayuda de los dedos. El efecto fue el mismo: llamativos y hermosos labios despuntaban frente a las demás facciones de su rostro junto a sus pequeños aunque redondos ojos grises, como de cervatillo.

En el intramuros existían dos tipos de mujeres dedicadas a la venta sexual de su cuerpo: las prostitutas y las cortesanas.

Las prostitutas pertenecían a la clase baja de la sociedad, ya viviesen en la superficie o en el subsuelo. Ejercían su profesión en burdeles y, las peor paradas, en la calle o como esclavas del comercio sexual. Kuchel, por suerte, había sido acogida en un burdel del subsuelo donde ganaba lo suficiente para mantenerse tanto ella como a su hijo.

Por otro lado estaban las cortesanas. A diferencia de las prostitutas, las cortesanas trabajaban exclusivamente en Mitras para clientes adinerados, pertenecientes a la clase alta de la sociedad. Nobles, burgueses y wallistas. Con tremendas ganancias, ellas vivían emancipadas y libres. Trabajaban de manera independiente en sus propias residencias sin verse en la necesidad de ejercer en un burdel o en la calle. Muchas de ellas tenían otros oficios: cantantes, músicos, actrices, poetisas, novelistas... Educadas en el seno de Mitras y libres del matrimonio, eran mujeres muy cultivadas e inteligentes aparte de hermosas.

Las prostitutas solían decorar su cuerpo con henna. Elaboraban dibujos en su piel, o bien, utilizaban el polvo de henna para realzar el color rojizo de sus pezones, labios o pómulos, a modo de colorete. Las decoraciones corporales con henna despertaban gran interés en los clientes asiduos a los burdeles, por lo que las prostitutas menos pudientes lucían en sus cuerpos estos hermosos diseños creados por ellas mismas, con intención de solventar así la carencia de joyas, vestidos caros y maquillaje con los que sí contaban las cortesanas de Mitras.

La henna era de uso común entre las mujeres de la Ciudad Subterránea fuesen o no prostitutas. También era normal verlo en niños pequeños porque era una de las pocas maneras que tenían estos de dibujar a falta de lápices y hojas de papel.

En cambio, en la superficie, tanto en Mitras como el resto de distritos, el uso de la henna estaba explícitamente vinculado con la prostitución callejera y con las mujeres del subsuelo, por lo que estaba mal visto que las mujeres de la superficie lo usasen. Solo las prostitutas pobres de la superficie limitaban su uso en zonas no visibles, como muslos, pecho y vientre.

Kuchel tenía muslos, manos y pies decorados con dibujos. Tan pronto como Levi vio que ella estaba utilizando la henna, saltó del alféizar y marchó apresurado, subiéndose a la cama y quedando a su lado pegado como un caracol a una pared. Observó atento lo que ella hacía. Cuando terminó, Kuchel miró a su hijo con una sonrisa.

—He terminado. ¿Dónde quieres que te haga el dibujo?

Levi encogió los hombros como respuesta y con cierto amago de timidez, como si no quisiera decir lo que pensaba en verdad. Kuchel, que lo conocía mejor que nadie, suspiró ladeando su cabeza, y nuevamente sonrió con ternura sin dejar de observarlo. Levi tenía puesto una camisa suya de algodón blanca que le quedaba demasiado grande. La llevaba con las mangas muy remangadas. Al moverse, el cuello de la camisa era muy holgado y solía dejar uno de sus hombros al descubierto, justo como en aquel momento.

—A ver, ¿quieres que te dibuje en el brazo también? —Levi sacudió levemente la cabeza en negación retraída, agitando con el movimiento sus cabellos negros que debido al largo ocultaban parcialmente su rostro—. ¿Entonces dónde, Levi?

El niño llevó tímidamente un dedo índice hasta uno de los pezones de su madre, ejerciendo una leve presión. Kuchel observó a su hijo unos segundos más mientras frenaba las ganas de reírse.

—Levi, cariño, los niños no se colorean ahí, en los pezones. Eres demasiado pequeño para esas cosas.

En apocada respuesta, Levi apartó el dedo y quedó cabizbajo.

—¿Por qué, mamá?

Esa era la típica expresión de un niño con la edad de Levi: ¿por qué esto?, ¿por qué lo otro...?

—Porque... —Kuchel intentó dar las palabras adecuadas. Le sorprendió al no dar con una—. Porque son cosas de personas mayores que los niños no entenderían.

—¡Tch! —replicó su hijo a modo de puchero.

—Bueno, está bien. Tú ganas. —Rachel cedió, con otro hondo suspiro. Levi se quitó la camisa, quedando desnudo como su madre, y dejó que esta pintara los pezones. Mientras Kuchel hacía esto, añadió—: No te acostumbres, ¿vale? Cuando seas mayor podrás pintártelos las veces que quieras.

—¿Por qué cuando sea mayor?

—Porque... —Kuchel optó por cambiar lo antes posible de tema—. ¿Quieres que te dibuje al final o no?

—¡Vale, mamá! —respondió Levi, muy contento, observando divertido sus pequeños pezones ahora de un tono rojizo.

Kuchel asintió mientras se levantaba de la cama. Trajo consigo una brocha de maquillaje más pequeña que un pincel de pintor y un poco de agua en otro cuenco de pequeñas dimensiones. Regresó junto a Levi y agregó un poco de los polvos de henna que tenía en el bol y lo mezcló todo con la ayuda del pincel.

—¿Dónde lo quieres?

—Aquí. —Levi señaló en el mismo lugar que había señalado esa misma tarde. El dorso de la mano izquierda—. Dibuja algo bonito.

—¿Por qué no quieres dibujar por ti mismo? —preguntó con cierto aire de diversión—. Si sigo haciéndolo yo, nunca aprenderás.

—Porque te tengo a ti —respondió el niño, con convicción.

Tomó la pequeña mano izquierda de Levi y comenzó a realizar trazos con el pincel aplicando la mezcla. Mientras, Kuchel le hablaba sobre una infinidad de cosas acerca del mundo de la superficie, que por supuesto era el tema favorito de Levi. El niño podía pasarse horas muertas escuchándola hablar sobre la vida en la superficie, ya sean las descripciones de ese mundo, de los relatos de su pasado antes de vivir en la Ciudad Subterránea o de los cuentos que ella aprendió de niña.

—Cuéntame el cuento del ángel que visita a Dios —dijo Levi, quien observaba cómo Kuchel dibujaba en el dorso de su mano.

—¿Otra vez? Ya te he contado ese cuento un montón de veces. ¿No prefieres otro? ¿Qué te parece el cuento del caballero y su señor?

—No, mamá. Quiero que me cuentes ese del ángel. —Levi sonrió dejando a la vista el hueco que habían dejado los dientes de leche—. ¡Venga, por favor!

Kuchel elaboró una leve risotada, cerciorándose lo tozudo y voluntarioso que era Levi. En eso era idéntico a su tío Kenny. Su hermano no cesaba hasta conseguir lo que quería. Kuchel, en cambio, desde muy joven había hecho de la aceptación una actitud que se había convertido finalmente en algo inherente a su personalidad.

—De acuerdo, como quieras.

Y comenzó a relatar el cuento, el mismo que había escuchado una vez en boca de su madre junto con su hermano Kenny cuando eran niños, antes de que esta muriera:

—Un día, un ángel se arrodilló ante Dios y le habló: «Señor, he visitado los lugares creados por tu laboriosa mano y he podido comprobar con mis propios ojos que eres parte de toda la Creación. He venido hasta Ti porque aún hay algo que no logro comprender.» Dios estuvo atento a sus palabras y le preguntó qué era lo que le producía tanta inquietud. «¿Por qué las personas carecen de alas? Los ángeles, en cambio, tenemos dos. Podemos llegar hasta Ti, Señor, cuando lo deseamos, y también podemos volar hacia la libertad. Pero ¿a qué se debe que no cuenten las personas con dos alas si son necesarias para volar, para poder llegar hasta Ti, Señor, y alcanzar la libertad que tanto anhelan?

»Dios le respondió: «Sé que hice a las personas sin alas, las cuales vosotros, los ángeles, gozáis. Los humanos sí pueden volar, ángel mío. Yo les otorgué algo mucho mejor que las alas para que pudiesen volar mejor que los ángeles. Para volar, mi pequeño amigo, precisas de tus dos alas y, aunque eres libre, tú estás solo. Cada persona es en sí misma un ala y solo precisa de otra a fin de tener dos. Cada humano ha de buscar su segunda ala en alguien, en algún lugar del mundo, para que quede completado el par.»

Kuchel hizo una pausa en este punto para tomar aliento.

Levantó la mirada, dejando de dibujar, y la clavó en el rostro de su hijo que, estando sentado a su lado, solo podía verlo de perfil.

Levi había quedado absorto, con la mirada perdida puesta al fondo de la habitación. Kuchel no pudo evitar pensar también en Kenny.

Esa era la misma expresión, el mismo rostro fascinado, perdido en su propia ensoñación, de Kenny cuando escuchaba esta historia de niño. Del mismo modo que le ocurrió con Kenny, Kuchel era incapaz de captar las impresiones de Levi a partir de su rostro. Si prestaba atención, podía sentir cómo la respiración del niño se aceleraba un poco debido a la emoción.

Retomó su labor. Kuchel siguió dibujando mientras contaba el resto del cuento.

—El ángel quedó muy sorprendido. Dios añadió: «Ese algo que les he entregado es la posibilidad de amar y ser amado. Así, querido ángel, ellos aprenderán a amar verdaderamente a la otra persona. Los humanos han de encontrar el ala que les falta y podrán finalmente volar. Solo a través del amor podrán llegar lejos, alcanzar su libertad y venir hasta donde estoy, así como lo haces tú, ángel. No obstante, si un ala se quiebra, la otra persona acabará también cediendo y tampoco podrá volar.»

Finalizó el cuento, pero tardó unos minutos más en acabar con el dibujo: un conjunto de flores y figuras estilizadas que se entremezclaban armónicamente entre sí cubriendo el dorso de la mano así como los dedos. La fragancia de la henna recién aplicado los rodeaba en un abrazo. Los dos habían quedado en silencio, sin decir nada tras el cuento. Kuchel envolvió luego la mano decorada de Levi en una venda que debía mantener un día entero para que fijase el ungüento en la piel. Tras este espacio de tiempo, la mezcla quedaría seca y caería por sí sola, dejando las marcas tatuadas en un brillante tono cobrizo.

No era la primera vez que Levi llevaba dibujos hechos con henna tatuados, por lo que Kuchel no tuvo que recordarle lo que debía hacer. Cuando la venda quedó bien sujeta, Kuchel se levantó de la cama llevando consigo los utensilios utilizados, los dejó sobre una mesa, y comenzó a vestirse. Levi había quedado acostado en la cama, aún desnudo, mirando al techo, muy pensativo.

—Mamá...

—¿Si, cielo? —Preguntó Kuchel, quien se volvió para mirar al niño desde el otro lado de la estancia mientras terminaba de ajustarse el corpiño.

—El cuento no tiene final.

El niño era introvertido, por lo que contaba con la imposibilidad de expresarse tanto como en el fondo deseaba. Tal vez por temor o, tal vez, vergüenza. Para esta ocasión, Kuchel sí supo comprenderle.

—¿Dices eso porque el cuento no habla al final de esas personas que pierden su alma gemela y no pueden volar juntas?

Levi asintió en un deje de cohibida preocupación después de erguirse y quedar sentado en la cama con las piernas colgando en el borde.

—La verdad es que no lo sé —prosiguió Kuchel, diciendo—, pero me gustaría pensar que Dios se apiada del alma de esas personas que pierden a su alma gemela y las hace reunir de nuevo en el Reino de los Cielos. Allí es donde todos nos reuniremos algún día.

—¿Para ser felices?

—Sí, Levi. Para ser muy felices.

La cara de Kuchel se agrió un poco. No le gustaba pensar en lo que aguardaría a las personas tras dejar aquel infierno. Más que nada, porque era imposible saber con certeza si este Reino de los Cielos existía realmente. A Kuchel se le ahogaron los ojos. Se arrodilló ante la cama y ayudó a Levi a ponerse de nuevo la camisa. Luego, abrazó a su niño, quedando ambos a una misma altura. Kuchel lo estrechó con fuerza para sí y Levi acarició sus cabellos una y otra vez con su mano no vendada.

—Ay, visto así parezco yo la niña de los dos. Se supone que soy yo la que debo consolarte, ¿no crees?

Levi sonrió, sin decir nada. En vez de eso, colmó de besos y más caricias la cabeza de su querida madre.

Kuchel dejó a Levi en casa tras despedirse de él, con la puerta cerrada con candado. Había enseñado al niño a manejar la pequeña pistola que todavía custodiaba por si entraba alguien a robar. Esta pistola era la misma con la que años atrás había pensado suicidarse.

Viviendo en una de las zonas más pobres del subsuelo, no solía haber robos allí, pero siempre convenía estar preparado para lo que fuera.

Cuando llegó al burdel, dos compañeras de trabajo la avisaron de que uno de sus clientes más asiduos —y quien dejaba mejores cantidades de dinero— ya la esperaba en una de las habitaciones del piso superior, la que usaba Kuchel desde que había empezado a trabajar allí. En medio de un enjambre de muchachas, semidesnudas muchas de ellas, los clientes hablaban entre sí, fumaban y bebían. Muchos de ellos eran soldados y mercenarios.

La sala del burdel estaba abarrotada y tal era el bullicio que impregnaba todo. Se adivinaban risas a través del tumulto de las voces, las luces, el humo, y el hedor entremezclado del sudor, del perfume barato y del tabaco. Mientras que la planta baja se comportaba como un hall donde recibir a los clientes e invitarles a tomar una copa en la barra con butacas dispuesta al fondo de la estancia, en la primera planta se encontraban las diferentes habitaciones.

Kuchel subió aprisa la vieja escalera de madera, cuyos pasos la hicieron crujir. Su cliente más asiduo era un soldado perteneciente a la Policía Militar entrada en la cuarentena, quien doblaba prácticamente a Kuchel en edad.

—Eres afortunada. Ese soldadito tuyo parece ser muy generoso —oyó decir a una de sus compañeras, con cierto aire de escondida envidia y encono, como si hubiera estado tratando de robarle el cliente antes de que llegase y el aludido se hubiera negado en rotundo.

Tocó en la puerta de su habitación y entró. Tal y como las mujeres le habían dicho, el cliente estaba esperando allí. Se había servido algo de coñac barato, bebiéndolo sentado en un viejo sofá al lado de la cama. La pequeña estancia estaba iluminada por una lámpara de parafina. En una mesilla, junto a la botella de coñac, estaba ya su dinero; un saco pequeño repleto de monedas. Kuchel se sentó en el borde del lecho, con las manos enlazadas. Siempre esperaba que su cliente decidiera qué quería hacer con ella.

El soldado permaneció sentado en aquel sofá, observándola en silencio.

Al rato, dejó la copa de coñac a medio vaciar en la mesilla.

—¿Qué haces ahí tan quieta? No es la primera vez que hacemos esto —dijo, alargando la mano—. Ven aquí para que te vea mejor.

Kuchel hizo caso y se detuvo ante él, quien volvió a contemplar durante un largo instante, recorriendo con la mirada todo su cuerpo y concentrándose sobre todo en el cabello.

—Quítate la ropa.

Kuchel asintió y se volvió para deshacerse del corpiño color negro, la blusa y falda larga de algodón, ambas de color azul cielo.

—Date la vuelta —pidió el soldado con impaciencia al tiempo que se levantaba.

Kuchel hizo lo que le pedía. En respuesta, el hombre volvió a sentarse y saboreó el coñac restante mientras Kuchel se quitaba la ropa con dedos firmes ante sus ojos.

En ese momento Kuchel pensó en que había olvidado las veces que había hecho esto delante de un hombre. Incluso, no recordaba con cuántos hombres había estado después de tantos años trabajando como prostituta.

Sin vacilar, deslizó las piezas por su delgado y pequeño cuerpo, advirtiendo cómo la devoraba ese hombre con la mirada.

Finalmente, el soldado se levantó y se acercó a ella, quien era mucho más alto.

—Me llevo cuestionando cuál debe ser tu edad desde la primera vez que te vi. —Unos dedos largos y robustos tocando su rostro. Ella no se inmutó por el contacto del hombre, pero no dejó de sentir asco tanto por él como por ella misma—. ¿Tienes diecisiete o dieciocho ?, ¿o puede que tal vez alcances ya los veinte?

Retrocedió un paso para contemplarla mejor. Kuchel permaneció quieta, de pie, totalmente desnuda, su cuerpo reluciente a la luz de la llama de la lámpara, y su piel de tez blanca decorada con henna como un fondo seductor para el sempiterno estado de semioscuridad que reinaba en la habitación.

El soldado se acercó de nuevo a ella, maravillado.

—Creo que merezco una respuesta, ¿no crees? —prosiguió el soldado, diciendo. Rozó con el dedo el contorno de cada pezón rojizo, embellecido gracias a la henna—. Esta es la quinta vez que he venido a verte. Podría escoger a cualquier otra chica del burdel en lugar de ti.

—Tengo veintiséis.

En respuesta, el soldado abrió más los párpados en gesto de sorpresa. Obviamente no se esperaba esa respuesta. Kuchel pensó con repulsa y asco que su cliente estaría desilusionado al saber que no se estaba tirando a una menor de edad. Sin embargo, este pareció conforme y sonrió mientras le echaba el cabello sobre los delgados hombros de Kuchel.

—Posees una gran belleza —declaró él, acariciando sus mechones negros—. Tu pelo fue lo primero que advertí en ti. En la superficie apenas hay mujeres que tengan un pelo tan oscuro como el tuyo. Y las que lo tienen, se lo aclaran con tintes. Ya sabes la política de ahí arriba. Tener el pelo tan oscuro significa que eres de bajo estatus social.

El soldado enredó los dedos en aquel suave cabello para después volver a levantarlo de un gesto y dejarlo caer seguidamente. El soldado la rodeó después, quedando a su espalda. La tomó por las caderas con firmeza y la hizo avanzar hasta el mueble tocador que estaba al fondo de la estancia. El hombre quedo tan cerca de Kuchel que podía sentir su respiración en la nuca. El reflejo de ella misma y del hombre se reflejaba en el espejo del tocador. Kuchel evitó conectar su mirada con la del reflejo.

—Inclínate hacia delante y apóyate bien con las manos —le ordenó en un ronco susurro desde atrás y ella hizo caso.

Kuchel apretó la mandíbula cuando el hombre empezó a embestirla sin preámbulos, siendo sus empujes afilados como cuchillos. En un momento dado emitió un gemido ahogado, pero el hombre le tiró del pelo con tal fuerza que ella temió que le rompiera el cuello. Lágrimas quemaron los ojos grises de Kuchel en tanto que el dolor y la humillación se apoderaban de todos su ser.

Recordó el cuento que le había contado a Levi y comprendió el pesar anidado en su niño al no conocer el destino que deparaba a aquellas personas que perdían o no llegaban a conocer a su otra mitad. Aquel ala que completaba el par. Kuchel era un ejemplo claro que formaba parte de ese grupo de personas. Se preguntó quiénes podían ser los afortunados que conseguían alzar el vuelo hacia Dios, hacia la libertad.

Maldijo aquel mundo por lo mucho que costaba ganarse en él la libertad, y lo mucho que dolía no tenerla, y lo mucho que se arriesgaba al defenderla, y lo poco que la apreciaban las personas sin espíritu, que también pertenecían a la gran mayoría.

Al fin y al cabo, la libertad no era labor de Dios, sino que eran los hombres quienes debían hacer uso de ella en nombre de Dios. La libertad parecía escaparse de la realidad. Y solo los más afortunados de la cúspide social tenían la voluntad de poseerla, de apresarla y de violentarla a costa del resto.

No cabía duda.

Aquel mundo era realmente el infierno.

o o o

Para Mike, toda persona tiene un destino marcado desde que nace.

El libro más largo se inicia siempre con una sola palabra. El viaje más largo se inicia con un solo paso.

El destino de Mike quedó finalmente sentenciado en dicho instante, con aquella inesperada conexión de miradas que entabló con el niño nuevo.

Si le hubiese restado importancia a aquella mirada azul, tal vez Mike no hubiera terminado ofreciendo su corazón a la Humanidad.

Jamás hubiera ido tan lejos, más allá del Muro María.

Jamás se hubiera reencontrado con Nanaba.

Mike hubiera muerto sin conocer el olor de la libertad. La completa, la real. La que no se podía describir con palabras.

Y, por tanto, Mike no hubiera alcanzado jamás el verdadero sentido del sacrificio.

Pero no fue así.

Su destino ya estaba marcando las pautas a seguir: Tenía que importarle ese niño nuevo. Tenía que sentir curiosidad por él.

El recién llegado poseía tal fuerza impregnada en la mirada que era impropia en un infante, con aquellos grandes ojos azules como dos pedazos de cielo incrustados. Mike nunca había sido el tipo de niño que cree en hadas, en brujas, fantasmas, fuerzas misteriosas, o la magia, o dioses que exigían respeto y adoración. Pero si lo hubiera hecho, tal vez hubiera llegado a la conclusión de que, por alguna extraña razón, estaba presenciando uno de esos fenómenos inexplicables.

Sin darse cuenta, Mike se encontró inclinándose hacia delante haciendo presión con las manos mientras que volvía a inhalar un par de las veces por la nariz, buscando un mínimo de olor que pertenecía al niño nuevo. De nuevo, no halló nada. Ni un maldito olor. Ni uno solo.

¿Qué diablos era ese niño?, ¿era un ángel?, ¿un fantasma, quizás?

Inesperadamente, el niño le sonrió.

Era una sonrisa pequeña, sin enseñar los dientes; una sonrisa adulta, pero fue una de esas que hizo iluminar el ambiente de pronto. Una sonrisa tan amable como impropia para un niño de diez años. Mike, ahora consciente, volvió a reincorporarse en su asiento, echándose para atrás bruscamente como si hubiera recibido una bofetada. Sus ojos se estrecharon aún más; sin embargo, el otro no se inmutó por este hecho.

El chiquillo rubio esbozó su sonrisa un poco más para luego volverse y escuchar lo que uno de los supervisores le estaba diciendo.

Una vez la conexión de miradas hubo finalizado, Mike se sintió furioso por haberse comportado como un idiota. No tenía la edad suficiente para todas las cosas que estaba sintiendo, pero sí para ser consciente de que las sentía. Se centró en su bandeja de comida —un nada atractivo puré de verduras, una patata cocida y una manzana arrugada y fea—. Comió a bocados, sin apenas masticar como era debido, en un intento de apaciguar su estado de frustración. Los compañeros que comían a su lado lo hacía mirando al estado observando pasmados, en silencio.

—Ey, Mike, ¿qué coño te pasa? No dejas de mirar al nuevo. ¿Qué te parece si le damos una paliza de bienvenida en cuanto salga de la Sala de Inspección? —Uno de ellos se atrevió a decir, entre risas.

—Cállate —Mike inquirió, en seca advertencia, con la boca llena de comida y señalando con el dedo índice.

Siendo Mike el jefe cabecilla del grupo, sus compañeros de mesa no dijeron ni una sola palabra en lo que quedó de almuerzo.

Cuando un niño era trasladado a uno de los orfanatos, tras ser presentado a los supervisores, era llevado de inmediato a la Sala de Inspección. Esta era una estancia en donde se llevaba un estudio detallado de su perfil preliminar y se le realizaban exámenes médicos y psicológicos. Un proceso que podía tomar un par de horas. De esta evaluación que se hacía al niño, se lograba entrever si valía para ser un elegido o no.

Es decir, un niño elegido era aquel apto para convertirse en un wallista y formar parte del Culto.

Solo un ínfimo porcentaje de niños eran designados como elegidos. El número total solía oscilar entre los diez y quince niños en el plazo de un año.

El Culto buscaba líderes natos con todas las aptitudes inherentes en ellos, y no posibles proyectos. Los elegidos debían poseer un gran potencial: inteligencia, capacidad de liderazgo, carisma, así como dotes en la manipulación y en la retórica.

Los niños elegidos eran los que decidían, tras el examen realizado, si querían pertenecer al Culto o no. Si aceptaban, eran sacados del orfanato el mismo día para seguir una buena instrucción en Mitras, teniendo una vida futura y posición de poder. Decretado por órdenes del gobierno, los niños elegidos no estaban obligados a formar parte del culto si no querían. Hasta entonces, nunca se había dado el caso de alguno que llegase a renunciar tal ofrecimiento. Todos los niños elegidos habían aceptado de buena gana esta petición.

El resto de huérfanos no escogidos como elegidos eran educados bajo una corrección moral muy estricta. Buscaban convertirlos en ciudadanos sumisos que amaran a su Rey sobre todas las cosas.

Una vez que finalizaba el examen, los niños comunes se les asignaban una cama y se les daban las pautas que debían cumplir en la actividad rutinaria del orfanato.

También hubo casos de niños que escapaban de los orfanatos, pero no era lo habitual. Al menos, en estos lugares tenían cobijo, comían tres veces al día, vestían un uniforme limpio, podían bañarse, hacer caca y pisar en un retrete —cosa que ni los campesinos de los distritos tenían en sus casas— y aprendían a leer ya escribir, algo que era sumamente importante si querían tener un futuro próspero. Mike y el resto de niños lo sabían: malvivir en la calle de un distrito solo les ofrecería libertad de movimiento, pero nada más. Solo debían obedecer y comportarse ante los supervisores de estos orfanatos para no recibir castigos. Fácil y simple. Y lo más importante: pasar desapercibidos porque hombres asquerosos como el señor Holbein había en todos los orfanatos.

El número total de niños en cada habitación era de seis. Cada edificio principal de los orfanatos contaba con veinte habitaciones repartidas en dos pisos, en la segunda y tercera planta. En estos dos pisos había una instalación de baños grande que se usaba en comunidad. En la primera planta se encontraban las habitaciones de los supervisores que contaban todas ellas con baños individuales y despachos respectivamente. Finalmente, en la planta baja se disponían las aulas, el comedor, la biblioteca, el interior del claustro (un patio de luces que oxigenaba e iluminaba las diferentes plantas) y el pasillo amplio de entrada en donde se había instalado las escaleras de doble tiro, las cuales conectaban con los diferentes pisos.

El orfanato era, por lo tanto, un edificio de grandes dimensiones aunque de aspecto adusto y sombrío. Se encontraba situado entre los distintos terrenos deshabitados que iban de los muros Sina y Rose, es decir, justo en la zona norte y muy próximo a la sede principal del culto wallista. El orfanato estaba rodeado por un bonito jardín con manzaneros y diferentes tipos de arbustos. Mas allá se extendían varios acres de terreno cultivable, en donde los niños trabajaban duramente todas las mañanas. Araban, regaban y recolectaban los frutos, y cuya producción servía para el propio autoconsumo así como para la venta de excedentes con los que costeaban parte de los gastos del orfanato. Se sembraban patatas, lechugas, calabazas, manzanas, limones, zanahorias, coles... dependiendo de la estación del año.

El orfanato contaba con otros dos edificios: la capilla dedicada a las Tres Diosas y el otro que servía para alojar al resto del personal —enfermeros, cocineros, vigilantes, etcétera—. Este último edificio servía como almacén, enfermería y cocina. Y, además, justamente era aquí donde se encontraba la famosa Sala de Inspección.

En cualquier caso, Mike no vio el niño nuevo el resto de la tarde.

Pensó que había sido seleccionado como un nuevo elegido y que ya estaría de camino a la sede wallista.

Con el correr del tiempo, el color azul del cielo se iba volviendo opaco; se corrompía y contagiaba poco a poco con retazos violáceos y anaranjados. Al fondo, la silueta inmensa del muro Rose enmarcaba la separación entre la tierra y el cielo hasta que todo quedó finalmente envuelto por el manto oscuro de la noche.

Y llegó el día. La reunión de supervisores y alumnos que se celebraba todos los días al inicio de la jornada escolar estaba llegando a su fin.

En la capilla, más de cien voces infantiles y preadolescentes maltrataban aunque no acababan por destruir la belleza de uno de los himnos más vibrantes del Culto.

«Os adoro con devoción, Tres Diosas escondidas,

ocultas bajo esta apariencia de piedra.

A vosotras se unió mi corazón por completo,

y se rinde al contemplaros.»

Las voces se desvanecieron, los ecos reverberaron en el aire unos instantes antes de extinguirse.

—Recemos. —Impuso con voz grave el vicedirector, el temido señor Holbein, desde su asiento. Situado de pie frente a los bancos de madera del coro en donde se encontraban los niños.

El director Kaufmann no estaba presente, algo que no era habitual porque siempre era él quien dirigía los actos litúrgicos todas las mañanas.

Los niños se pusieron de rodillas al unísono haciendo caso al vicedirector.

—Oh, Diosas, tened piedad de nosotros, tus humildes siervos, reunidos hoy aquí. Concedednos hoy y todos los días la fortaleza necesaria para cumplir con los requisitos que nos han encomendado tras vuestros muros. Amén —oró Holbein mientras los chicos, aún arrodillados y en silencio, ponían sus manos a modo de plegaria.

—Amén —respondieron los niños inmediatamente después.

Transcurrieron treinta segundos de omnioso silencio. Una oportunidad para rezar, para recordar con nostalgia el pasado. El órgano sonó de nuevo; el sonido de la tocata y fuga llenó la capilla.

Los niños se pusieron en pie, comenzaron a salir en fila y en riguroso silencio.

Sección tras sección, banco tras banco, cada uno de los chiquillos se volvía hacia el altar y hacían una inclinación ante tres esculturas en piedra que representaban a las Tres Diosas antes de marcharse y ser bienvenido por una fresca mañana de otoño.

Caminaron en fila india por el sendero hacia el edificio principal del orfanato. Lo hicieron organizadamente y en silencio porque eran seguidos y vigilados por dos supervisores. Los niños vestían chaquetas azul marino con el escudo de las Tres Diosas del Culto bordados en ellas, sobre el pecho; pantalones grises con raya y zapatos negros. Los uniformes se quedaban en el orfanato una vez sus dueños se marcharan al cumplir los trece años, por lo que estaban en su mayoría gastados y estropeados debido al uso reiterado, pasando de niño a niño como un legado.

El viento silbaba por entre las ramas de los manzanos que crecían a uno y otro lado del sendero.

El aire era frío y olía a petricor.

El petricor era la palabra para definir el olor aromático que adquiría la tierra en la primera lluvia tras el verano. Era un olor tremendamente particular si bien extremadamente agradable. Los niños disfrutaban de dicho aroma, especialmente Mike. Podía sentir cada matiz que componía el petricor: el aceite oleoso que desprendía las hojas al haber recibido la llovizna durante la noche, la madera, la tierra, las piedras, la humedad impregnada en el aire, en la piel de las personas que le rodeaban...

El sendero se bifurcaba. Un grupo de niños se desvió por el camino que condujo al edificio adicional. Allí, en el almacén, debían cambiarse el uniforme por ropa de trabajo, y prepararse para comenzar con el turno de mañana en el campo. Los demás muchachos siguieron en dirección al edificio principal del orfanato, una construcción que quedaba empequeñecida en relación con el inmenso cielo. Las clases se impartían en tres grupos: el grupo de cinco a ocho años, el de nueve a diez años, y el último, el de once a doce años. Aquellos que tenían trabajo en el campo por la mañana recibirían luego las clases por la tarde, y viceversa. Cada mes se alternaban dichos turnos. Los fines de semana eran dedicados a la limpieza del orfanato y al tiempo libre.

Mike caminó junto a otros niños que formaban parte del tercer y último curso. Subieron las escaleras de la fachada del edificio para luego caminar por el amplio suelo con losas del hall y enfilar hacia el aula asignada. En torno a Mike, sus condiscípulos se zarandeaban y empujaban unos a otros, intercambiando insultos y noticias, ya que no estaban siendo vigilados por ningún supervisor desde que entraron. Estaban agotando los últimos vestigios de energía antes de enfrentarse al yugo de los estudios. Mike inspiró: el aire olía a betún, a madera envejecida y el petricor que inundaba los jardines sobrios del claustro. Se escucha el rumor de pares de zapatos rozando contra el piso.

Entraron en el aula. Sus paredes eran de piedra vista y albergaba varias hileras de maltrechos pupitres dobles. El aula se fue llenando de niños. Algunos hablaron con sus vecinos, otros examinaron sus libros o permanecieron con las miradas perdidas.

Todos esperaban el comienzo de la primera clase, que era la de Historia. En las paredes resonaban los mismos comentarios, pero de diferentes versiones, que Mike había escuchado en el comedor:

—... y dicen que era un niño de familia noble muy rica. ¿Te lo puedes creer?

—... no ha salido todavía de la Sala de Inspección. A lo mejor lo están torturando allí...

—... de lo más sorprendente. Escuché que lo trajeron anoche a Mitras y...

Mike se sentó en su pupitre de siempre: una reliquia destartalada cuyo asiento amenazaba con romperse en cualquier momento.

Pensó en el niño nuevo y en la noticia que estaba circundando sobre él: El rubio bonito había sido escogido como un elegido.

Esto fue una buena noticia para Mike en dos muy arbitrarios sentidos: primero, no tendría que lidiar con un niño tan misterioso; y segundo, se sentía aliviado de que este eligiera irse de aquel infierno. No vería su cuerpo lleno de heridas y contusiones.

El niño nuevo no tuvo que aprender que dentro del propio alumnado existía un diferenciado estatus social, basado en fuertes y débiles: los lobos (los fuertes) y las ovejas (los débiles). Y el niño nuevo hubiera sido una oveja si se hubiese quedado allí.

Pero incluso, mientras Mike lo pensaba, su instinto le decía lo contrario. Había algo en la mirada de aquel niño que le hacía pensar en que estaba ante un lobo y no una indefensa y asustadiza ovejita.

Mike había alcanzado cierto nivel dentro del estatus entre los niños y no solo por cumplir muy pronto los trece años. Desde que entró en el orfanato, Mike había luchado por este respeto. Luchó y compitió contra los fuertes para alcanzar dicho nivel. Mike era un luchador nato: era el líder de su propia cuadrilla de niños.

Mike era un lobo de manada; dirigía y protegía lobitos más débiles y todos. Su grupo no era el más fuerte, pero era lo suficientemente fuerte como para sobrevivir. Y la fuerza física de la que su grupo carecía en algunos de sus miembros más débiles fue compensada por su capacidad de control y manipular de otros. Las únicas personas que realmente asustaban a Mike eran los supervisores wallistas y la violencia que imponían en sus severos castigos. Y, por supuesto, el psicópata pederasta de Holbein.

Los alumnos continuaban entrando en el aula. El bullicio se intensificó. Fritz Müller entró a grandes zancadas, con los libros bajo el brazo, seguido por un miembro de su cuadrilla y que compartía la misma edad, doce años. Tanto Fritz como su amigo aliado, ambos lobos de manada de gran experiencia en el orfanato, se sentaron en el pupitre situado delante de Mike y lo miraban con desafío.

Fritz Müller era uno de los alumnos más viejos: en un par de semanas alcanzaría los codiciosos trece años de edad. Era un chaval pelirrojo de ojos castaños, pecoso delgado y pequeño, flaco como un alfiler, pero tenía un buen desarrollo instinto de supervivencia. Había pasado parte de su vida en las calles de Mitras hasta que fue detenido por las autoridades en un mal intento de hurto a una panadería. Fritz Müller era un líder nato y sabía defenderse físicamente bastante bien, sobre todo por su formidable agilidad. Solo Mike y unos pocos podían hacerle frente. Los huérfanos recién llegados no dudaban en unirse a la manada de Fritz y asegurarse su protección en el orfanato.

Mike no tenía problemas con Fritz y su grupo, es más, solían aliarse de vez en cuando, pero también se pegaban entre ellos cuando llegaba la necesidad de competir por algo.

—Aquí tienes, Mike.

Fritz extendió una bolsa y la dejó sobre el pupitre de Mike. Esta acción atrajo la atención de los amigos de Mike, quienes se ubicaron detrás de este como perros alertados en vistas de atacar si era necesario. Mike abrió la bolsa bajo la mirada inquisitiva de Fritz.

—Te prometí cuarenta galletas saladas a cambio de los resultados del examen de Matemáticas y ahí las tienes. Las puedes contar si quieres; no falta ni una.

Mike asintió y guardó la pequeña bolsa en un bolsillo de la chaqueta. Luego tendría que repartir esas galletas entre su cuadrilla y él mismo. Se percató de que justo en el ojo derecho de Fritz se estaba formando un hematoma notable.

—¿Cómo te hiciste eso? —preguntó.

—Anoche nos asaltaron el grupo de Mark y Friedrich.

—Intentaron quitarnos las mantas los muy hijos de puta —añadió el amigo que acompañaba a Fritz—. Casi todos ellos eran lobos de más de diez años. Nosotros nos resistimos, claro.

—¿Y no os pillaron?

Nah —respondió Fritz—. Cuando el supervisor oyó todo el barullo que teníamos montado, esos cabrones tuvieron tiempo de escapar por la ventana y subieron por la tubería hasta el piso de arriba. Nosotros solo nos dio tiempo de meternos en la cama y hacer como si nada. El supervisor llegó y se largó como vio la cosa tranquila.

Mike se volvió e hizo una pausa para que los dos de su grupo colocados amenazantes tras él se alejasen. Estos le hicieron caso y se marcharon a lo suyo.

—Tengo noticias frescas, Mike. —Fritz se inclinó, hablando en voz muy baja. Mike hizo lo mismo y prestó atención—. El chico nuevo sigue en el orfanato.

Los ojos de Mike se abrieron en gesto de sorpresa. ¿Por qué estaba ese maldito crío aquí si tenía toda la pinta de ser un elegido?

—¿Qué? ¿Estás seguro? —preguntó Mike, al instante, frunciendo el ceño.

—Ya lo creo. Se lo escuché decir a unos supervisores en el claustro —murmuró Fritz—. Y, según ellos, el chico fue seleccionado como elegido, pero...

—¿Pero qué, Fritz?

Fritz hizo tamborilear los dedos sobre la superficie lisa del pupitre. Mike vio el gesto y supo que ese chaval interesado no iba a proporcionarle información gratuita. Así que suspiró hondo y sacó de uno de los bolsillos de su chaqueta un puñado de caramelos. Todos ellos envueltos en plástico de un amarillo metálico muy brillante.

Los caramelos eran todo un lujo para estar en manos de un niño huérfano. Estos eran usados en los orfanatos como moneda de cambio entre el alumnado.

Mike los dejó sobre el pupitre y Fritz los tomó al instante para guardarlos con los bolsillos de su arrugado y viejo pantalón.

—Ese idiota se ha negado a convertirse en un elegido. Prefiere quedarse en esta mierda de sitio antes que vivir como un puto rey en Mitras.

Eso fue una brutal sorpresa. Nunca había escuchado un caso anterior en donde un niño rechazara pertenecer al Culto.

—¿Todavía lo tienen metido en la Sala de Inspección?

Fritz negó con la cabeza, pero sin decir nada, y Mike estaba comenzando a perder la paciencia.

—Entonces, ¿dónde está?

Fritz sonrió vilmente y volvió a tamborilear los dedos sobre la mesa, esta vez con mayor diversión antes. Su sonrisa era lo suficientemente amplia como para mostrar los grandes y torcidos dientes. Mike envió una mirada severa al muchacho y gruñó. No podía permitirse el lujo de quedarse en ascuas y no saber la verdad.

Volvió a rebuscar en sus bolsillos y sacó dos caramelos más para dejarlos sobre el pupitre y ser estos recogidos por su nuevo y ávido dueño.

—Lo han encerrado en la habitación de pensar.

Mike tragó la saliva sintiendo molestia.

La habitación de pensar era una pequeña habitación que se encontraba en el almacén del segundo edificio, y que tenía dos funciones claras: como trastero para las escobas y como lugar de castigo para aquellos niños que pasasen de la raya. Aquellos que han estado encerrados ahí quedaban completamente a oscuras, en un espacio tan reducido que era imposible acostarse en el suelo con brazos y piernas extendidos.

Estar encerrado en la habitación de pensar transmitía la misma sensación que la estar encerrado en un armario. El tiempo de confinamiento depende de la gravedad del castigo. Al castigado se le daba de comer una vez al día y no tenía posibilidades de salir para hacer sus necesidades. Se cagaba y se meaba encima.

A lo largo de su estancia en el orfanato, Mike conoció a varios niños que fueron castigados en la habitación de pensar, y que permanecieron allí durante cinco días enteros. Cuando estos fueron sacados del hacinamiento, no eran más que despojos llorones sucios, malolientes, temblorosos y cegados a causa de no haber visto la luz durante días.

La habitación de pensar era, con diferencia, el peor lugar para visitar el orfanato.


NOTAS

[1] Al parecer, una de las fuentes predilectas de Isayama que ha tomado e interpretado para crear el universo de SnK es la religión judeocristiana, en donde la tierra es concebida como el infierno; el lugar donde se realizan los sacrificios de fe y el sabelotodo es una maldición. La muerte es, siguiendo el esquema religioso, la liberación: la carne como jaula; el cuerpo muere y deja liberado al fin el alma. Solo las almas sacrificadas en la Rendición espiritual pueden liberar finalmente del peso de la existencia.

Esto me ha dejado bastante claro tras los últimos capítulos, especialmente este último (el snk 84) que me dejó destrozada a un nivel que no pude ni imaginar. No deje de leer los comentarios por aquí, pero a pesar de lo que pase y sus alturas en el manga, aquí, escribiendo por y para el escaso fandom español de Erwin & EruRi.

[2] El canto de los Niños en la capilla es un himno gregoriano de época medieval (siglo XIII), y titulado "Adoro te devote" ( Te adoro con Devoción ), que he modificado un poco para adaptarla mejor a la narración. Es un himno muy común en los coros de niños.

[3] Levi treintañero + henna = yo sufriendo hemorragias nasales.

Nada más. ¡Gracias por leer! ¡Los comentarios son bien recibidos!