Espero les guste. No olviden dejar sus comentarios para saber qué les parece esta historia.
Advertencias: AU, espiritual, suspenso, drama, muchas preguntas sin respuesta. NO shota.
Disclaimer: Los personajes no me pertenecen
And never let you go
Por la mañana, Erwin había llamado a la puerta del dormitorio principal con insistencia pues era tarde y tenía hambre. No era que no pudiera preparar algo por su cuenta, pero no sentía la confianza de hacerlo en una casa ajena, aun cuando estaba convencido de que esa era también su casa. Erwin no sabía cómo explicarlo, pero ese se sentía como su hogar, a pesar de no estar con sus padres sino con Levi, todo se sentía demasiado correcto, demasiado bien. Nada estaba fuera de lugar, era como si Levi siempre hubiera estado ahí. O como si nunca lo hubiera estado. Había llamado por cerca de dos horas, pero no obtenía respuesta por parte del hombre. Por un momento, pensó que quizás habría salido sin que él se diera cuenta, pero luego la idea de que todo hubiera sido un sueño se metió en su cabeza de forma insistente. ¿Qué tal si Levi no era real? ¿Y si nunca había salido de casa y todo el asunto en el cementerio había sido producto de su imaginación?
Erwin estaba convencido de que, detrás de esa puerta, se encontrarían sus padres, que no acostumbraban dormir hasta tarde, pero tal vez, sólo tal vez, habían elegido ese día para descansar unas horas más. Erwin aún no recordaba nada de lo que había estado haciendo antes, pero probablemente habían pasado el día fuera y por esa razón sus padres estaban cansados. Posiblemente esa era la razón por la que había dormido tan profundamente como para soñar algo así. Quizás bajaría a la cocina y se encontraría a su madre preparando alguna delicia para el desayuno. Quizás del otro lado de la puerta encontraría a su padre leyendo en la cama, como hacía algunas veces durante sus vacaciones. Erwin quería creer que así sería, por lo que, cerrando los ojos con fuerza y rogando en silencio, abrió la puerta sin hacer demasiado ruido. A su padre no le gustaba que hiciera ruido. Tampoco le gustaba que entrara sin llamar antes a la puerta pero, en ese momento, Erwin hubiera aceptado gustoso un regaño de su padre a cambio de saberse de vuelta en casa, de vuelta a la normalidad, además, en su defensa, llevaba ya bastante tiempo llamando sin obtener respuesta.
Una vez que abrió la puerta, se tomó unos momentos antes de atreverse a mirar, esperando de algún modo que la voz de su padre resonara en sus oídos para liberar el aliento que había estado conteniendo. Aquello nunca pasó y, luego de unos minutos, Erwin tuvo que encontrar el valor de abrir los ojos a la realidad. Lo primero que enfocó fue la cama de sus padres, en el mismo lugar de siempre, tan ordenada como siempre, pero fue incapaz de decir si aquello le animaba o le decepcionaba. La cama estaba hecha, estaba vacía, pero si bien eso comprobaba que sus padres no estaban ahí, también significaba que Levi no estaba. Erwin no sabía que era peor. Con un poco de miedo, sintiéndose repentinamente solo, Erwin se adentró en la habitación a paso lento, como si algún monstruo fuera a aparecer de pronto desde debajo de la cama para devorarlo. Sus olvidados temores infantiles cobraron fuerza una vez más, haciéndole cuestionarse si realmente era necesario hacer eso, si no sería mejor volver a su propia cama y esperar a que alguien, quien fuera, le buscara para ir a desayunar, pero el miedo no detuvo sus pasos.
Caminó hasta estar a un costado de la cama, temiendo que alguien apareciera de pronto detrás de él mientras se atrevía a tocar suavemente las sabanas, pero nada sucedió, y Erwin confirmó con la temperatura que hacía mucho se habían levantado de la cama. Una ligera decepción se mostró en su rostro por un momento, sensación que se acrecentó cuando miró alrededor y no pudo ver a nadie más en la habitación. Él nunca había experimentado el miedo a la soledad, pero en ese momento era la mejor forma de describir lo que estaba sintiendo. Al menos hasta que el sonido de agua corriendo se escuchó desde el baño contiguo. Los ojos del menor se iluminaron con esperanza y se sentó en el borde de la cama a esperar a que, quien quiera que estuviera en el baño, saliera de ahí. Qué más daba si era su padre y se molestaba con él o era su madre y le saludaba con un beso, Erwin sólo necesitaba saber que había alguien más en esa casa.
Esperó por un momento, minutos que le parecieron tan largos como la espera por su próximo cumpleaños, hasta que el agua se detuvo y el silencio volvió a inundar el lugar. Erwin contuvo el aliento una vez más mientras la puerta se habría lentamente, casi como si de pronto se hubiera vuelto demasiado pesada como para empujarla de una vez. Erwin odiaba la incertidumbre que estaba sintiendo, pero luego, una silueta conocida estuvo frente a él, y el pequeño tuvo que admitir que, aunque no era lo que esperaba, le aliviaba verlo de nuevo. Los ojos grises le miraron confundidos, y Erwin estuvo seguro de haber visto su propio miedo reflejado en esos ojos, acompañado de algo que no supo identificar. Quizás Levi también pensaba que todo había sido un sueño.
—Buenos días. —Saludó inocentemente, pero Levi tardó unos momentos en procesar lo que estaba sucediendo.
No había dormido más de dos horas, pero ese tiempo bastó para que su mente le atormentara con pesadillas en las que los padres de su novio lo culpaban por la muerte de su único hijo, persiguiéndolo por toda la casa hasta que finalmente lograban su cometido y ponían fin a su miserable existencia. Levi sabía que eran sólo pesadillas, pero una parte de él deseaba que se volvieran realidad y ellos tuvieran el valor de hacer lo que él no se atrevía. No deseaba esa vida, no sin Erwin. Estaba tan cansado, que cuando abrió los ojos no estuvo seguro de si agradecía que todo hubiera terminado o lamentaba que no hubiera sido real. Pero, cuando estuvo de nuevo ante el pequeño Erwin, sus ojos azules le recordaron aquellos que se encontraba cada mañana al despertar, cuando su novio le saludaba con un cálido beso y una radiante sonrisa. Sólo por un momento, a Levi le hubiera gustado que las cosas volvieran a ser como antes, que Erwin nunca se hubiera ido y le envolviera en sus brazos con fuerza, asegurándole que todo había sido un mal sueño, que nunca se iría de su lado. Aquello no sucedió.
—Lo siento. Prepararé el desayuno.
Fue todo lo que pudo decir, pero tomó todo su autocontrol no dejarse llevar de nuevo por el dolor de ver sus sueños destruirse una vez más sin que pudiera hacer nada por evitarlo.
—¿Puedo ayudar?
Erwin, a pesar de su edad, había aprendido a no meterse en los asuntos de otras personas, pero le hubiera gustado preguntarle qué era lo que le tenía tan triste. Desde que lo había conocido, Erwin podía ver en él una profunda tristeza que, sin saber por qué, deseaba borrar de sus ojos. Estaba seguro de que se verían hermosos si no estuvieran opacados por la tristeza. Sin decir más, ambos se dirigieron a la cocina, Levi preparándose mentalmente para afrontar el día que tenía por delante y Erwin dispuesto a hacer lo que fuera para ver una sonrisa en el rostro de esa hombre.
Luego de cinco días, Levi no había sido capaz de encontrar a la familia del niño. Había llamado a la policía para saber si algún niño con la descripción de Erwin estaba reportado como desaparecido, e incluso había llenado las calles de anuncios con la fotografía que le había tomado y su número de celular para que se comunicaran con él, todo sin éxito. No importaba lo que hiciera por ayudarlo a regresar a casa, la familia del pequeño parecía haber desaparecido por completo. Levi llegó a pensar que los padres de la réplica en miniatura de Erwin, como había comenzado a llamarle para sí mismo, le habían abandonado a su suerte por alguna razón, y por eso no habían tratado de localizarlo. Tan sólo de pensarlo, un profundo sentimiento de ira se apoderaba de él y le impedía pensar con claridad. En cuanto les tuviera en frente, que estaba seguro que lo haría, se aseguraría de hacer que se arrepintieran por haber abandonado así al niño. Si él fuera su padre, nunca lo hubiera dejado sólo, bajo ninguna circunstancia.
Erwin, a pesar de todo, no era una molestia. En los días que llevaba viviendo con él, había aprendido que el niño podía ser tan travieso como cualquier otro de su edad, pero, de igual forma, era sumamente amable y colaboraba en todo cuanto le era posible. Por las mañanas, antes de que Levi despertara, se bañaba y cambiaba en silencio para no molestarlo y luego se encargaba de ordenar la cama, o cualquier cosa que estuviera fuera de lugar en la habitación o la sala de estar, mientras esperaba que Levi se levantara para hacer el desayuno de ambos. Aunque había insistido en que podía preparar el desayuno por su cuenta, Levi se negaba a dejar que se acercara a la estufa o los cuchillos para evitar que se hiciera daño. Sin darse cuenta, había comenzado a volverse un poco sobreprotector con él. Posiblemente era a causa de su edad que hacía aflorar en Levi un fuerte deseo de protegerlo, aunque su apariencia seguro influía de una u otra forma. Era como tener a Erwin de vuelta y, de forma inconsciente, comenzaba a sentir que debía protegerlo ya que antes había fallado en hacerlo. Había también algo más, algo que le motivaba más que cualquier otra cosa a cuidar de él, pero Levi no se atrevía a darle forma a ese pensamiento pues él mismo no terminaba de entenderlo.
A Levi le sorprendía lo bien educado que estaba el pequeño, tanto, que resultaba demasiado maduro para su edad, pero también le preocupaba que, en ocasiones, cuando se dejaba llevar y comenzaba a comportarse como el niño que era, de pronto, sus ojos se encontraban casualmente con los de Erwin y éste se encogía en su lugar, asustado, como si esperara ser reprendido por actuar de esa forma. En esas ocasiones, Levi se preguntaba si acaso no habría escapado de casa por voluntad propia, pero Erwin siempre le aseguraba que no recordaba mucho de su vida antes de encontrarse con él en el cementerio. Levi comenzaba a imaginar que quizás había sido víctima de abusos por parte de sus padres y por esa razón había terminado por irse, pero Erwin, como siempre, le aseguraba que no recordaba haber sido maltratado, ni siquiera cuando su padre se molestaba con él.
Recordaba a sus padres, la escuela, la casa y algunos chicos con los que solía jugar por las tardes, pero no recordaba lo que había hecho antes de llegar al cementerio. O la razón por la que había ido ahí, en primer lugar. Recordaba también el sazón de su madre, pero no lo último que había comido, aunque, sorpresivamente, sí recordaba haber comido antes los platos que Levi preparaba para él cada día. En ocasiones, hacía comentarios acerca del sabor o la apariencia de la comida; comentarios que Levi recordaba haber escuchado antes en boca de su novio, o le agradecía por haber vuelto a preparar algo que le había gustado mucho pero que Levi no había preparado antes para él, pero finalmente había decidido no darle más vueltas al asunto por el bien de su frágil estabilidad emocional.
Luego, estaban los inocentes comentarios sobre la casa que Levi ya no sabía cómo interpretar. Primero era la decoración inusualmente similar a la de su propia casa, pero luego comenzaron a ir más allá, desde las fotografías en las repisas hasta historias de cada habitación. Con cada nuevo relato, Levi encontraba cada vez más difícil responder de forma coherente. Algunas veces era la historia de su madre jugando con él en la cocina mientras le enseñaba a preparar un omelet, otras, su padre enseñándole a leer en su despacho, habitación que Erwin había adecuado como biblioteca cuando se mudaron juntos. Como esas, había miles de memorias en esa casa que Erwin no dudaba en compartir, y que Levi intentaba por todos los medios soportar. No era que el niño le molestara con sus palabras, pero la ansiedad que sentía al no saber quién era ese niño era cada vez más difícil de controlar.
Un par de veces cedió a la idea de ese niño siendo hijo de Erwin, un hijo del que nunca le había hablado y al que probablemente no había conocido, pero entonces, aunque tenía sentido, terminaba con muchas más dudas que antes. Él estaba seguro de que Erwin nunca le había sido infiel, pero en el remoto caso de que el niño fuera su hijo, ¿por qué nunca había sabido nada de él? ¿Por qué había permanecido oculto incluso después de su muerte? Si lo pensaba un poco más, la idea resultaba aún más descabellada ya que el niño recordaba cosas que Erwin le había contado, pero las narraba con tanto detalle que parecía que eran sus propios recuerdos. Casi como si se tratara de la misma persona, ¿habría Erwin viajado en el tiempo? Y si era así, ¿cuál de los dos? Tal vez él mismo era quien lo había hecho pero, ¿cómo? Todo el asunto era tan confuso que al final terminaba por descartar todas sus hipótesis y teorías sobre su verdadera identidad, cada una más ilógica que las anteriores, cada una más difícil de procesar.
Aún contra su voluntad, Levi había tenido que volver a tomar sus medicamentos contra la ansiedad y la depresión. Había sido dos días después de que Erwin llegara. Levi no podía más con su presencia en casa y el desorden en que había convertido su vida. Luego de la muerte de Erwin, su vida se había convertido en una rutina llena de lágrimas, voces resonando en su cabeza y situaciones cotidianas que desbordaban en ataques de ansiedas. La mayor parte del día lo pasaba en la cama, o junto a ella, vistiendo la ropa de Erwin y aferrándose a su aroma con desesperación, tal como hacía con su recuerdo. Las pocas veces que salía de casa eran cuando compraba comida, pero no comía mucho, así que esas salidas se limitaban a una visita a la tienda más cercana cada mes o mes y medio. En esos dos años había perdido mucho peso, ya no era el hombre atractivo del que Erwin se había enamorado y, más bien, podía describirse como una delgadez enfermiza. No más musculos ni curvas seductoras, Levi era apenas un recuerdo lejano de lo que solía ser. Su rostro demacrado, las ojeras profundas y su piel sin brillo eran tan sólo algunos de sus múltiples defectos en ese momento. Algunas veces, Levi miraba su cuerpo desnudo al espejo y odiaba lo que veía, estaba seguro de que si Erwin lo viera en ese estado, sentiría asco de la persona en que se había convertido. Era entonces cuando tomaba la determinación de cambiar, de alimentarse bien y volver a hacer ejercicio, pero aquello no era más que un efímero estado de excitación del que pronto salía, tan sólo para caer de nuevo en el abismo sin fondo que le estaba matando lentamente. Entonces, Levi se preguntaba por qué no podía simplemente morir de hambre, o de frío, o de dolor, cualquier cosa que detuviera esa vida que no deseaba.
Pero, con otra persona viviendo bajo su techo, alguien de quien tenía que cuidar, Levi tuvo que obligarse a estar bien, cosa que no lograría si seguía evitando los medicamentos. Al principio fueron sólo los que le ayudaban a dormir, pues no quería pasar el día entero durmiendo pequeñas siestas con un mocoso rondando su casa, pero luego prefirió cambiar la dosis, que le hacía dormir al menos doce horas, por una más baja, que le permitía dormir bien por seis o siete. Luego, después de sufrir una crisis en medio de la cena y asustar de muerte a la réplica de Erwin, Levi se resignó a consumir una de las cuatro pastillas que le habían recetado contra la ansiedad. No cedió a los antidepresivos, las vitaminas o los calmantes, pero estaba convencido de que no le serviría de nada llenar su organismo de drogas para soportar el hecho de seguir respirando. Tenía que admitir que, algunas veces, la presencia del niño le asustaba y amenazaba con provocar otro de sus ataques, especialmente cuando le perdía de vista para luego encontrarlo detrás suyo, pero con cada día que pasaba había comenzado a acostumbrarse. Su presencia en esa casa llena de fantasmas era como un brillante rayo de esperanza en medio del caos.
Mientras Erwin jugaba en la sala con un par de autos de juguete, que Levi le había comprado el único día que se atrevió a ir más allá de la tienda de conveniencia. Cada día que pasaba, la idea de que alguien pudiera enterarse de la presencia de Erwin en su casa le asustaba mucho más. No era que estuviera haciendo algo malo, ni siquiera le preocupaba lo que pudieran pensar al ver que era idéntico a su novio, lo que realmente le asustaba era que pensaran que estaba reteniendo al menor contra su voluntad. Levi no era un secuestrador y nunca se atrevería a hacer algo contra un niño tan pequeño, aun si no fuera idéntico a su Erwin, pero siempre estaba la posibilidad de que alguien pudiera hacerse una idea equivocada de la razón por la que el pequeño Erwin continuaba viviendo en su casa luego de casi una semana. En su defensa, había hecho todo lo que estaba a su alcance por localizar a sus padres sin ningún progreso.
Sin embargo, aunque Erwin le había acompañado a hacer compras un par de veces, en especial cuando le compró algunos cambios de ropa pues no podía seguir usando camisas viejas, ninguno de sus vecinos reparaba en su presencia, era casi como si no pudieran verlo. O quizás era que Levi se había vuelto invisible para ellos mucho tiempo atrás. La primera vez que llevó al niño consigo, al ver como a nadie parecía importarle, casi pudo jurar que la réplica de su novio no era más que un producto de su desesperada imaginación, que ansiaba por todos los medios volver a ver a su pareja. No era un secreto para nadie que no estaba lidiando nada bien con la muerte de Erwin, ya no salía de casa, apenas comía y no hablaba con nadie a menos que fuera estrictamente necesario, por lo que todos sus vecinos y gran parte de sus amistades habían optado por alejarse, fingir que él también había muerto para no tener que soportar su comportamiento. Él mismo era consciente de que la soledad estaba afectando en su vida, pero, ¿qué se suponía que hiciera? No era como si pudiera olvidarse de Erwin y del gran amor que sentía por él como si fuera cualquier cosa, e incluso si lo intentara, estaba seguro de que los fantasmas que vivían en esa casa se encargarían de torturarlo hasta la muerte. Como si seguir con vida no fuera ya suficiente tortura.
Levi ni siquiera soportaba ver las fotografías de Erwin, mucho menos había tenido el valor de empacar sus cosas como tantas veces le habían sugerido, excusándose en la falta de tiempo o de ánimos para hacerlo, pero la realidad era que todo cuanto había en esa casa le recordaba a Erwin y el tiempo que compartieron en ella. Empacar sus cosas se sentía como decirle adiós, y Levi no estaba listo para dejarlo ir. Luego de su muerte, había encontrado consuelo en sus recuerdos más preciados; cosas o detalles que le recordaban algún beso, un abrazo o una simple mirada en silencio, cualquier recuerdo de Erwin se había convertido en un tesoro para él, del que no estaba dispuesto a desprenderse así fuera por su propio bien. Sí, había intentado guardar al menos su ropa para hacer espacio en el closet, pero aquel intento había terminado con él aferrándose a la última camisa que Erwin había usado mientras le reclamaba a la vida por haberle arrebatado todo. No podía, simplemente era imposible para él deshacerse de Erwin.
Un sonido de cristal quebrándose le hizo volver a la realidad, tan sólo para encontrarse con un pequeño Erwin, mucho menor que el que vivía en sus recuerdos, mirándole con miedo por un segundo antes de mirar al suelo. Sus ojos viajaron desde su rostro hasta el suelo, tratando de entender qué era lo que había pasado para ponerle en ese estado tan súbitamente, pero lo que vio le dejó helado. En el suelo, hecho pedazos, el pequeño corazón de cristal que Erwin le había regalado en su primer aniversario.
Levi nunca había sido bueno con las fechas, recordaba el cumpleaños de Erwin, pero el resto de las fechas debía anotarlas en su agenda para no olvidarlas. Erwin, por el contrario, recordaba a la perfección las fechas en que algo importante para él había ocurrido. El cumpleaños de Levi, el de sus padres, el día en que murieron, la primera vez que vio a Levi, la primera cita, el primer beso, la boda, las mejores vacaciones juntos, el día en que tuvieron una discusión tan fuerte que pensó que todo había terminado, cuando se mudaron juntos… Erwin era como una agenda andante, y no perdía oportunidad para molestar a Levi por su falta de atención en esos detalles. Levi no entendía su afán por recordar todo de esa forma, pero Erwin estaba convencido de que esa era la prueba del gran amor que sentía por él. Nunca le había reclamado por olvidar alguna fecha importante, pero Levi procuraba que aquello no ocurriera demasiado; en todos los años que estuvieron juntos, nunca olvidó un aniversario o un cumpleaños, y para Erwin, eso era más que suficiente.
Fue un año después de la boda improvisada. Levi no estaba seguro de qué podría regalarle a un hombre que había crecido teniéndolo todo, sin mencionar que contaba con una posición económica que le permitía comprar cualquier cosa que quisiera sin problemas, y, sin embargo, era la persona más humilde que conocía. Estaba en medio de un dilema. No podía pagar algo costoso, pero tampoco creía que Erwin quisiera algo así, él era un hombre de detalles, aunque Levi no tenía idea de cómo expresarle lo importante que era para él. Durante toda la semana, buscó ideas en internet, en libros, en películas, cualquier cosa que resultara simbólica para ambos, pero nada parecía ser suficientemente bueno. Sin importar cuanto buscara, nada le convencía; o era demasiado simple o era demasiado embarazoso. Para cuando llegó el no tan esperado día, Levi moría de angustia sin saber qué hacer. Entonces, como una epifanía, la respuesta llegó por sí sola.
Sin querer perder más tiempo o acabar por arrepentirse, Levi le hizo levantarse entre jalones y caricias provocativas por parte de Erwin, que esperaba hacerlo volver a la cama al menos unas horas más. Para cuando finalmente estuvieron en marcha, Erwin estaba intrigado por el misterio del lugar al que se dirigían mientras Levi parecía inusualmente nervioso. Pocas veces se permitía ser tan impulsivo, pero en esa ocasión, estuvo seguro de que estaba bien. Sin decirle nada, guio a Erwin hasta un famoso estudio de tatuajes, ganándose una reacción de completa incredulidad por parte de su novio. Él, que siempre había sido tan quisquilloso, estaba sugiriendo que grabaran permanentemente en su piel algún símbolo de su amor, y Erwin no podía estar más emocionado por ese gesto de su pareja. Luego de un profundo beso, pasaron varios minutos antes de finalmente decidirse por un diseño que pudieran llevar a juego, así como el mejor lugar para colocarlo. En pocas horas, ambos salieron del estudio con una amplia sonrisa, tomados de las manos, presumiendo cada uno un ala en la muñeca; Erwin, una azul en la izquierda, y Levi, una blanca en la derecha. Así era su relación, estando juntos, tenían sus propias alas para volar.
Al volver a casa, luego de un largo paseo y una película, Erwin le entregó un pequeño corazón de cristal, tan pequeño que podía esconderlo perfectamente con una sola mano, como regalo de aniversario. Levi no podía creer que algo tan simple pudiera guardar tanto valor sentimental, pero Erwin, que se había vuelto experto en avergonzarlo, aseguraba que cada vez que lo veía le recordaba el amor que sentía por él, su relación, los momentos juntos… le recordaba a él. Levi, presa del nerviosismo, había bromeado diciendo que, en ese caso, su amor era demasiado frágil, pero Erwin no pudo sino reír mientras le aseguraba que esa misma fragilidad era lo que hacía brotar en él un incesante deseo de proteger lo que con tanto esfuerzo habían construido. Aún recordaba a la perfección las palabras de Erwin ese día. Había cosas que no estaban destinadas a ser eternas, pero su amor no era una de ellas.
—Lo siento mucho. —Se disculpó Erwin sin atreverse a mirarlo, apretando los puños en espera de lo que vendría. No conocía mucho a Levi, pero estaba seguro de que no quería ser regañado por él, bastaba con recordar la forma en que su padre lo hacía para que toda su valentía lo abandonara en un instante.
Levi estuvo a punto de gritarle, regañarlo por su falta de cuidado y por haber roto algo que era tan importante para él, pero algo lo detuvo. Su pequeño cuerpo temblaba de forma casi imperceptible, pero para Levi su temor no pasó desapercibido. Ya muchas veces se había preguntado qué clase de vida llevaba antes de que lo encontrara, pero cada vez que lo veía de esa forma, tan expuesto y asustado, estaba más seguro de que no había sido una vida sencilla. A pesar de su corta edad, Erwin debía haber pasado por cosas muy difíciles. En ese instante, se vio a sí mismo reflejado en el menor, temeroso, desamparado, y el enojo que sentía se convirtió en un fuerte deseo de protegerlo, incluso de sí mismo. Tal vez si estaban juntos podrían superar los temores que les acomplejaban. Tal vez, con un poco de suerte, no tendría que volver a estar sólo.
—¿Te hiciste daño? —Levi dejó escapar un suspiro, después de todo, aunque se molestara con el niño, no cambiaría el hecho de que la figura estaba rota, así como tampoco cambiaba lo que aún sentía por Erwin. Ni siquiera la muerte misma había logrado cambiar eso.
—No… pero… ¡Lo rompí! ¡Lo siento mucho! —Respondió el pequeño entre jadeos. Había comenzado a llorar, seguro de que Levi lo echaría de su casa. Levi era lo único que tenía en ese momento, si él lo abandonaba también, ¿qué sería de él? Miles de cosas espantosas pasaron por su mente en ese momento, incluido el deseo de volver a casa, pero fuera lo que fuera, estaba dispuesto a enfrentarlo.
Levi no entendía el motivo por el que estaba tan alterado, pero el sentimiento de culpa se hizo más fuerte al verlo llorar. Quizás lo había asustado, sin embargo, todo su enojo había sido reemplazado con preocupación. Se agachó frente a él para quedar a su altura y le tomó de las manos con cuidado. Erwin se sobresaltó ante ese contacto, haciéndole creer que estaba herido, pero pronto comprobó que no era el caso y se sintió más tranquilo, pues temía que los trozos de vidrio se hubieran incrustado en su piel.
—Está bien. Es tiempo de dejar ir algunas cosas.
Levi palmeo su cabeza cariñosamente en un intento por tranquilizarlo, para luego agacharse a recoger los trozos más grandes, sin embargo, el repentino abrazo del menor le impidió realizar la labor. Aquello había sido totalmente inesperado, por lo que tardó un poco en corresponderle, rodeándolo con sus brazos y acariciando su espalda suavemente mientras su llanto cesaba. Hacía tanto que estaba sólo, que sentir de nuevo el contacto con otro ser humano resultaba un alivio. Sólo por ese instante, los pocos minutos que duró, Levi sintió que no estaba sólo en ese mundo despiadado, pero también sintió crecer aún más el deseo de proteger al pequeño que se refugiaba entre sus brazos. Sólo por ese instante, regresaron a él las ganas de vivir.
Esa misma noche, con las cosas mejor entre ambos y Erwin volviendo a ser el mismo de siempre, Levi estuvo seguro de que ya había tenido suficiente para un solo día. Había arropado a Erwin como cada noche y se encontraba tomado un baño, confiado en que el cansancio reemplazaría las pastillas para dormir al menos por una vez. Tal vez no era tan malo estar exhausto, al menos de esa forma no tendría que soportar sus frecuentes pesadillas. Durante ese momento de meditación bajo el agua caliente, Levi se preguntó cuánto tiempo más seguiría así. Erwin tendría que irse pronto, el niño debía volver con sus padres y él a su vida normal, así era como tenían que ser las cosas, pero la idea de volver a estar sólo, en esa casa llena de recuerdos, resultaba aterradora. Sin darse cuenta, su compañía había resultado ser mejor que la terapia y las pastillas, pero al mismo tiempo lo había vuelto dependiente de la imagen de su novio que se proyectaba en el menor.
Para cuando el agua comenzó a volverse fría y salió del baño, se encontró una vez más con el azul brillante de sus ojos, que le miraban con infantil necesidad. Erwin estaba ahí, sentado sobre su cama, esperando por él. Pero, de pronto, ya no era la réplica en miniatura de Erwin quien estaba ahí, era su Erwin, el hombre que amaba, mirándolo con deseo y un hambre feroz. Levi estaba atónito, incapaz de hacer o decir nada mientras su novio se levantaba y caminaba hacia él a paso lento, devorándolo con la mirada hasta atraparlo en sus fuertes brazos. Sus labios se posaron sobre su piel una y otra vez, explorando, saboreando, y Levi no pudo sino entregarse a la pasión que amenazaba con consumir su cuerpo. Sus manos viajaban por su cuerpo, encendiendo su piel y haciéndole temblar mientras su boca buscaba desesperadamente fundirse con la del hombre frente a él. Anhelaba estar con él, deseaba más que nada en el mundo volver a sentirse refugiado en el calor de su cuerpo, entregándose mutuamente, pero entonces…
—¿Levi? —la aguda voz del niño le despertó.
Ni siquiera recordaba el momento en que se había quedado dormido, pero odiaba el hecho de tener que despertar. De ser posible, preferiría no despertar nunca. Rápidamente sacudió lejos ese pensamiento, ocultando cualquier resto del dolor que sentía para que el pequeño Erwin no lo notara. Se sentó en la cama mientras esperaba que se acercara, pero no lo hizo, por lo que decidió preguntar directamente.
—¿Qué sucede?
El niño se había quedado de pie en el marco de la puerta, sosteniendo al Señor Orejas en una mano y una manta en la otra. Tan sólo con verlo, Levi imaginó que había algo mal con el juguete y que Erwin quería que le ayudara con eso, pero la forma en que mordía su labio inferior le recordó a su novio cuando estaba nervioso. En verdad, ese niño era una copia exacta, y reducida, de su Erwin.
—¿Puedo dormir contigo? Tuve una pesadilla. —Su voz aún reflejaba el temor que aquel sueño le había provocado, pero su rostro era la viva imagen de la vergüenza.
La última vez que Erwin se había colado a la cama de sus padres, había sido a los tres años, cuando una terrible tormenta azotaba la ciudad y el inclemente sonido de los truenos le impedía conciliar el sueño. Erwin se había cubierto hasta la cabeza con las mantas, cerrando los ojos con fuerza para evitar ver la forma en que el cielo era iluminado por los aterradores rayos. Era la primera vez en su corta vida que presenciaba algo así, pero lejos de maravillarse por el espectáculo que la naturaleza brindaba, estaba más que asustado. Su padre lo había mandado a la cama asegurando que no había nada que temer, incluso le había explicado a qué se debían los estruendosos sonidos, pero para su corta edad aquello no era suficiente para hacerle sentir mejor. Su madre, por el contrario, había entrado a su habitación para sentarse junto a él en la cama, acariciando suavemente su cabello y besando su frente para tranquilizarlo. Ella siempre había sido más comprensiva que su padre, y Erwin realmente agradecía tener a alguien que le brindara el cariño que tanto necesitaba. Ella había jugado con él y le había leído un cuento para hacerlo dormir, pero los fuertes truenos terminaron por despertarlo de nuevo pocas horas después.
Pasó un momento así, escondido, hasta que finalmente tomó la decisión de correr el riesgo e ir a buscar a sus padres. Al principio, esperaba que su madre le acompañara de vuelta a su cama y lo hiciera dormir una vez más, pero pronto entendió que eso no serviría de nada pues pronto volvería a despertar. Entonces, una idea mejor pero más peligrosa llegó a su mente. Deseando que todo saliera bien, especialmente con su padre, Erwin caminó en la oscuridad hasta la habitación de sus padres, cargando a su inseparable Señor Orejas y su manta favorita, pensando en lo terrible que sería si su padre lo obligaba a volver a su habitación. De pie en la puerta, les pidió que lo dejaran dormir con ellos esa noche, mirando directamente a los ojos de su padre. El largo silencio le hizo entender que aquello no sería posible, pero se sorprendió gratamente cuando su padre dijo que estaba bien, que era normal estar asustado. Aquella fue la única vez que su padre lo trató como el niño que era, pero Erwin nunca lo olvidó.
—Yo no… —Para Levi, la situación era totalmente inesperada. Nunca había dormido con nadie más a excepción de su pareja, mucho menos con un niño, pero tampoco tenía el corazón de dejarlo sólo estando asustado. Si alguien entendía lo que era estar asustado, ese era Levi. No sabía que sería peor, dejarlo dormir en su cama o llevarlo de vuelta a la suya, pero ninguna parecía una buena idea.
—Por favor… no seré una molestia. Ni siquiera notarás que estoy aquí. —Insistió, mostrándose tan desesperado como se sentía. No quería volver a esa habitación, mucho menos cerrar los ojos, pero si estaba con Levi, Erwin tenía la sensación de que nada malo podría pasarle. —Mamá me deja dormir con ella cuando tengo miedo…
La decepción en su mirada y el temor que podía ver en su rostro fueron demasiado para él. Por mucho que deseaba evitar alguna situación incómoda o que pudiera malinterpretarse, no había forma en que pudiera negarse a la petición de un niño. De Erwin.
—Sólo por ésta noche.
El rostro del pequeño se iluminó mientras una pequeña sonrisa se formaba en sus labios, la misma sonrisa que Levi había amado por once años. Rápidamente, como si temiera que fuera a cambiar de opinión, Erwin se metió a la cama con Levi, convencido de que era la misma donde años atrás había dormido con sus padres, manteniendo una distancia apenas prudente con el hombre. Levi, cansado de todo, sintiendo la cabeza demasiado pesada sobre sus hombros, no quiso seguir discutiendo por tonterías, al menos por esa noche, no le importaba nada más. Ambos se acostaron de nuevo, lado a lado, mirando al techo en un silencio sorpresivamente cómodo que Levi lamentó tener que romper.
—¿Qué fue lo que soñaste?
—No lo recuerdo, pero fue aterrador. —La respuesta, aunque no era muy concisa, parecía razonable.
Él mismo no solía recordar todas las pesadillas que sufría, ni siquiera las que tenía estando despierto, pero era más bien una forma de protegerse de las cosas que le atormentaban. Por eso mismo, se preguntaba qué podía haber pasado para poner al niño en ese estado. Quizás era su culpa por lo que había pasado antes, de ser el caso, deseaba poder aclarar las cosas para que no siguiera afectándole.
—Todo está bien, no volverá a pasar. —Intentó consolarlo, aunque nunca se había considerado la clase de persona con quien uno hablaría de sus problemas. Él no era así de empático.
—Lo hará. Si duermo sólo, volveré a tener ese sueño.
Erwin no lo había mirado, sus ojos seguían clavados en el techo, pero con sólo escuchar la convicción de sus palabras Levi sintió un escalofrío recorrerle por completo. ¿Cómo podía estar tan seguro? ¿Sería posible que ese niño fuera una personificación de sus temores? Cada día que pasaba, Levi estaba cada vez más confundido acerca de su identidad o sus motivos para estar ahí, con él y no con cualquier otra persona.
—No puedes saberlo, siempre has dormido sólo sin problemas. —Levi intentó suavizar el ambiente que de pronto se había tornado tenso, pero no había tenido éxito.
—No sé cómo, pero sé que las tendré. Por favor… déjame dormir aquí, contigo. —Sus ojos finalmente conectaron con los de Levi, y él no pudo sino ver a su amado Erwin de nuevo en ese niño.
Lejos de hacerle sentir mejor, algo en su interior se rompió. No había forma de que viera al niño como veía a su pareja, pero tampoco podía negar que, en lo más profundo de su corazón, deseaba que se tratara de él, que hubiera vuelto a su lado por alguna razón que no quería saber. Estaba confundido, comenzando a sentir de nuevo la opresión en su pecho que le impedía respirar, pero los ojos de Erwin clavados en los suyos se estaban volviendo una anestesia. Esos ojos que muchas veces le habían hecho sentir amado, protegido, deseado, ahora le miraban con una emoción que no sabía describir, pero que en definitiva no tenía nada de infantil. Era como si el pequeño niño que había recibido en su casa hubiera sido reemplazado por su novio fallecido. Como si hubiera sido poseído por él.
—Sólo trata de dormir, mañana hablaremos de esto. —Susurró tan claro como pudo, esquivando su mirada y dándole la espalda, escapando de él.
Erwin no dijo nada más, Levi agradecía que no lo hiciera, y pronto ambos se quedaron dormidos como si nada hubiera pasado, como si aquello fuera lo más normal del mundo. Levi se había movido hasta el borde de la cama para evitar estar demasiado cerca, pero Erwin, aun estando dormido, se acercó a él hasta abrazarlo por la espalda tanto como le era posible con sus cortos brazos. Levi, que había despertado al sentir su brazo sobre su cintura, se preguntó qué debía hacer en esas circunstancias. Alejarse hubiera sido lo más prudente, pero no podía negar que se sentía bien estar acompañado luego de tanto tiempo en soledad. No entendía tampoco lo que estaba pasando, ni el repentino cambio en su actitud, pero le asustaba de muchas maneras que no podía explicar.
Erwin, mientras tanto, no entendía su repentina necesidad de estar junto a él. En cuando estuvo a su lado en la cama, cuando sus ojos estuvieron tan cerca de los de Levi que podía verse reflejado en ellos, el deseo de eliminar la poca distancia que los separaba se había apoderado de él. Era como cuando veía a su madre y de pronto sentía la necesidad de abrazarla con fuerza y no soltarla nunca, pero al mismo tiempo era diferente. Era un deseo profundo, pero no se sentía suyo. Erwin no entendía lo que estaba pasando, pero en el momento en que estuvo cerca de él, tan cerca que su aroma le rodeo por completo, sintió lo mucho que lo había extrañado y supo que no quería volver a estar lejos de él.
