III
Mitchell sabia que aquél pilar era especial.
Había visto lo que le hizo a Eddy cuando lo empujó contra él. De no haber intervenido la imbécil de Paula, lo habría matado, sin duda.
En el momento presente, La Caldera estaba vacía de gente. Tan solo estaban Mitch y el pilar.
Mientras bebía un vaso de Whisky, estudió detenidamente las obscenas figuras talladas en la piedra. Se veían más vividas de lo que recordaba… sobre todo, aquella cara del joven bello y torturado.
En especial, ese rostro.
Mitch lo acarició suavemente.
El pilar produjo una descarga eléctrica.
Retrocedió, espantado cuando la figura de piedra cobró vida. El rostro del joven en la roca se movió y abrió los ojos. Lo miró inquisitivamente y una sonrisa se delineó en sus labios grises.
-Bien… esto es curioso – dijo la estatua - ¿Cómo te llamas?
Mitch no respondió. Temblaba. Miraba al rostro sin pestañear siquiera.
-Te pregunté tu nombre – insistió la estatua.
-¡Esto no puede estar pasando!
-Oh, te aseguro que sí sucede. ¿Vas a decirme cómo te llamas o voy a tener que adivinarlo?
Silencio. Mitchell se llevó una mano a la cabeza, mareado. Se sentó en un taburete delante de la barra y depositó el vaso de Whisky en ella.
-Esto no puede ser verdad – declaró – Estoy soñando.
La estatua suspiró.
-Esto no es un sueño y es real – dijo - ¿Vas a darme tu jodido nombre?
-Mitchell. Me llamo Mitchell, pero todos me dicen Mitch.
De repente pensó que a lo mejor se había vuelto loco. ¡Al fin sucedía! Se le aflojaron todos los tornillos, eso seguro.
Ahí estaba, conversando con un rostro de piedra grabado en una escultura de roca… ¡Como si fuera lo más normal del mundo!
Sí, estaba loco. Era eso.
-Mitchell – el rostro pétreo pronunció su nombre con deleite – Soy Jonathan.
Durante la siguiente media hora, Mitch escuchó de boca de Jonathan su terrible historia…
Supo que todo empezó con un conjuro del Necronomicón. Gracias a él, Jonathan había viajado más allá de las fronteras de la carne y del espacio-tiempo conocido, atravesando la Ultima Puerta y entrando en los dominios de Azathoth, el ciego y todopoderoso Dios del Caos, el creador del Universo.
Por su osadía, no perpetuada por mortal alguno hasta el momento, el Dios Exterior le había castigado destruyendo su cuerpo físico en el encuentro y aprisionando su espíritu en reinos de horror y dolor perpetuos, donde observó todos los secretos de los Grandes Antiguos y muchas cosas mas.
Sin embargo, contra todo pronostico, una posibilidad de escapar le había sido ofrecida y la aprovechó. Regresó a la Tierra, pero convertido en una especie de vampiro, obligado a alimentarse de sangre y vitalidad para subsistir.
En la ocasión en que intentó salvarse de un futuro castigo de los del Exterior, ofreciéndoles un sacrificio humano, alguien, un hombre, lo interrumpió y desbarató sus intenciones quemando el Necronomicón que él tenia. Esto provocó que Yog-Sothoth, uno de aquellos temibles moradores de esas otras dimensiones más allá de la nuestra viniera en persona a buscarle y a la final ejecutara la sentencia.
-Padecí nuevos e interminables tormentos, en esferas de inenarrable horror. El infierno que Yog-Sothoth preparó para mí no tiene parangón con nada de este y los otros mundos – dijo Jonathan, ante la atenta mirada de Mitchell – Finalmente fui encerrado en el Pilar de Zoth, aquí, donde me ves, junto con otras aberraciones inmundas aprisionadas en la roca. Y así iba a permanecer durante evos, muerto pero soñando, hasta que tú me alimentaste…
-¿Yo? ¿Alimentarte? ¿Cómo?
-Cuando empujaste a ese otro hombre contra el pilar, en medio de aquel acto violento, me despertaste. Fui yo quien casi le drené hasta la última gota de sangre, con el único fin de liberarme de mis ataduras. Pero fui interrumpido.
Mitchell sabia de lo que hablaba. A último momento, Paula había salvado a Ed alejándolo del tótem de piedra.
-Así que… esa es mi historia – finalizó Jonathan.
-De modo que eres prisionera de este pilar hasta que no vuelvas a beber sangre – razonó Mitch.
-Yo no "bebo" la sangre. La absorbo.
-¿Y que diferencia hay?
El tono de Mitchell había recuperado el desenfado y la altanería que lo caracterizaban. Volvió a servirse Whisky en su vaso y caminó despreocupado hasta delante del pilar.
-La diferencia está en que no necesito morder a nadie para hacerlo – terció Jonathan – No soy Drácula.
-Pues a mí me pareces un puto vampiro.
Silencio de nuevo. Jonathan ensanchó la sonrisa.
-Lindo lugar este – dijo, observándolo - ¿Es tuyo?
-¿Qué te importa? – Mitch se encogió de hombros.
El rostro de piedra se echó una carcajada sonora.
-Tienes carácter, amigo – lo miró con deseo no disimulado – Me gustas.
-¡Oye, oye, oye! ¡Yo no soy ningún marica! ¡No te confundas! – le advirtió el otro.
Como toda respuesta, Jonathan se volvió a reír.
-Los dos sabemos que eso no es cierto, pero eso no importa ahora. Lo que sí lo hace es que necesito tu ayuda, Mitch.
-¿Para qué?
-Liberarme definitivamente del Pilar de Zoth.
-Oh. Ya veo. ¿Y por qué debería ayudarte?
-Porque si lo haces, te recompensare.
-Ye tengo dinero.
-No hablo de dinero, hablo de poder y de conocimiento. ¿No ansias esas cosas? Algo que te saque de la mediocridad de tu rutinaria existencia. Yo puedo hacerlo. Puedo llenar el vacío de tu alma con bellas poesías sobre otras dimensiones y mundos que jamás has soñado. Ayúdame a ser libre y te regalare la sabiduría de Aquellos que Moran en el Otro Lado.
Mitch lo consideró. Miró atentamente los cubitos de hielo en su vaso de Whisky.
¿Qué tenia para perder?
El tótem tenía razón. Ansiaba con horror encontrar algo que calmara el ansia, que llenara el vacío de su alma.
La oferta de conocimientos y de poder era tentadora, pero ¿estaba dispuesto a vender su alma para conseguirlos?
-¿Qué pasa si digo que no? – inquirió.
-Tan solo me iré a dormir de nuevo por medio millón de años y tú seguirás viviendo tu miserable existencia. Harás las mismas cosas que siempre has hecho y seguramente morirás de viejo, arrugado y enfermo. Nada más.
Mitch lo miró con odio.
-Te ayudaré – dijo - ¿Qué debo hacer?
-Pues, para empezar, alimentarme. Tráeme vidas… tráeme sangre.
