Miraculous Ladybug no me pertenece, es obra del gran Thomas Astruc

Capítulo 3

A la mañana siguiente, bien entrado el día, Bridgette se despertó sintiéndose en plena forma. No tenía ni idea de dónde diablos estaba hasta que se acordó del incidente que había sufrido en la calle y de cómo Felix Agreste había aparecido de la nada para rescatarla. ¿Estaría en la casa o se habría ido al trabajo?

Salió de aquella cama inmensa sin hacer el menor ruido y asomó la cabeza por la puerta del dormitorio. Reinaba un silencio sepulcral. Cogió una bata de seda negra que con toda probabilidad sería de Felix, abrió la puerta que había en el otro extremo de la habitación y se sintió aliviada al encontrarse con un baño. Cerró el pestillo, se quitó el pasador para soltarse el pelo y se desnudó en un santiamén dejando caer la ropa a los pies.

Se moría por pegarse una ducha ¡y por tomar un café!

Después de asearse se sentía más persona. Se puso de nuevo la bata de Felix y se quedó mirando con anhelo el cepillo y la pasta de dientes que había sobre la encimera de mármol, junto al

lavabo doble. No sabía qué hacer porque no quería invadir su intimidad, pero se moría por lavarse los dientes, así que empezó a abrir armarios hasta que encontró un cepillo de dientes nuevo, aún envuelto en el plástico.

Estaba tan contenta que casi le dio la risa. Tras pegarse un buen cepillado trató de domar el pelo húmedo con el peine de Felix. Entonces se le pasó por la cabeza que quizá le molestaría que usara sus cosas, pero ya era demasiado tarde. «Siéntete como en casa, Bridgette ». ¡Cómo si un lugar así se pareciera en algo a su casa! Todo era tan lujoso que se sentía un poco abrumada. Suspiró contemplando la bañera ovalada, ¡lo que daría por meterse una hora o dos en esa gran bañera!

No era materialista, pero sabía apreciar una bañera de ese calibre. En su piso solo había una ducha minúscula y era consciente de que no podría pegarse un buen remojón hasta que

acabara la carrera y tuviera un piso para ella sola. «Tendrá bañera». En ese preciso momento decidió que sería uno

de los requisitos de su futuro hogar.

Se dio media vuelta para no caer en la tentación de meterse en aquella gigante bañera, se ajustó la bata y recogió del suelo la ropa y la toalla, tratando de no imaginarse el fornido cuerpo desnudo de Felix introduciéndose en el agua.

«¡Serás tonta! Deja de fantasear con el hijo de tu jefa, busca tu maldita mochila y sal pitando de esta casa».

Vaciló al salir del dormitorio, pues no sabía hacia dónde tenía que dirigirse. El piso era enorme. Al otro extremo del largo pasillo había varias habitaciones de invitados decoradas con un gusto exquisito. Avanzó por el corredor y entró en un espacioso salón que la dejó boquiabierta: el techo parecía el de una catedral y tenía unos muebles preciosos de cuero. ¡Madre mía! ¡Jamás había visto un televisor tan grande! La pantalla ocupaba la pared entera, parecía una sala de cine.

«¿Qué pinto yo aquí? ¡Qué poco pego en esta casa!».

Sus pies descalzos avanzaron por la aterciopelada alfombra hasta pisar un suave azulejo: había entrado en una cocina que sería el sueño de cualquier chef. Combinaba el verde hierba con el color crema y disponía de todos los utensilios que pudieras necesitar en algún momento de tu vida y varios que Bridgette ni siquiera supo identificar.

Divisó su mochila sobre la isla de la cocina, abrió la cremallera y metió en el bolsillo grande la ropa que le habían prestado, sin soltar la toalla que acababa de usar para secarse porque no

sabía muy bien qué hacer con ella.

—¿Cómo te encuentras? Un susurro inquisitivo interrumpió el

silencio de la cocina y sobresaltó a Bridgette, que se tapó el pecho con una mano temblorosa, mientras el corazón le latía cada vez más rápido. Se giró hacia Felix, que la contemplaba en silencio desde el umbral, con un brazo apoyado contra el marco de la puerta y una actitud desenfadada. Tenía el pelo mojado como si se acabara de duchar y llevaba puestos unos vaqueros que resaltaban los impresionantes músculos de sus piernas y un suéter verde que marcaba sus enormes hombros y su ancho pecho. Estaba imponente. Sus radiantes ojos grisáceos recorrían una y otra vez el cuerpo de Bridgette y, a medida que lo hacían, su brillo aumentaba. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Bridgette se ajustó la bata.

—Perdona. No tenía qué ponerme.

Felix se encogió de hombros y se separó del marco de la puerta.

—A ti te queda cien veces mejor que a mí —respondió con voz sugerente mientras avanzaba hacia un armario que estaba al otro extremo de la cocina—.

¿Un café?

«¡Claro que sí!». Habría reaccionado con el mismo entusiasmo si

le hubiera preguntado si tenía ganas de acabar la carrera. Estaba

enganchadísima al café.

—Sí, por favor. Si no es molestia.

—Siéntate. Deberías guardar reposo.

Felix se acercó a la isla de la cocina y ella se sentó en un taburete alto.

Lo contempló mientras colocaba una taza en la cafetera e introducía café en una ranura antes de bajar la tapa. La máquina cobró vida con un petardeo y el café estuvo listo en cuestión de segundos.

—Es el sueño de todo cafetero — suspiró Bridgette mientras Felix le

acercaba una taza humeante.

—Espero que te gusten los sabores intensos —comentó mientras sacaba la leche de la nevera y la dejaba junto al azucarero delante de Bridgette —. Es una mezcla con mucho cuerpo.

Bridgette inhaló el delicioso aroma que desprendía la taza humeante y comentó mientras se le hacía la boca agua:

—Huele que alimenta.

Felix le ofreció una cucharilla y, al cogerla, sus dedos se rozaron. Una cálida sensación de hormigueo se propagó desde la mano de Bridgette hacia todo su cuerpo. Felix estaba muy cerca, tanto que cuando extendió el brazo hacia las piernas de ella Bridgette inhaló su aroma, masculino y fresco. En el momento en que los dedos de Felix rozaron la seda que cubría las piernas de Bridgette la sensación de calor se dirigió como un rayo a su sexo, lo que la dejó sin respiración.

—Me llevo esto —explicó Felix cogiendo la toalla húmeda del regazo de Bridgette. Al quitarle la toalla dejó que sus nudillos se deslizaran despacio por los muslos de Bridgette, que se estremeció al sentir ese ligero roce aparentemente involuntario. Madre de Dios, se había echado a temblar. Se dio cuenta de que, si no quería perder los estribos, lo mejor era que se alejara de él y que se quedara en algún sitio donde no pudiera olerle, donde no percibiera ni el calor ni las vibraciones sexuales que Felix

desprendía.

—Gracias —respondió Bridgette soltando la toalla con un hilillo de voz.

Suspiró aliviada al ver que Felix se marchaba a un cuarto contiguo. No tardó en regresar sin la toalla y en preguntarle

de nuevo:

—No has respondido a mi pregunta. ¿Cómo te encuentras?

Despegó la mirada del irresistible cuerpo de Felix para echar azúcar y leche al café.

—Estupendamente. Ya no tengo fiebre. Gracias por ayudarme, pero tengo que irme.

Cerró los ojos para probar el café de primera calidad que Felix acababa de prepararle y casi se le escapa un gemido cuando el intenso sabor alcanzó su paladar.

—No puedes marcharte. Ni hoy ni mañana —afirmó con un tono neutral mientras se acercaba a la cafetera, metía más café en la máquina y bajaba la tapa con más fuerza de la necesaria.

—¿Por qué no? —preguntó con los ojos abiertos de par en par y una mirada extrañada.

Felix clavó la mirada en la taza humeante de café, se sentó frente a Bridgette en otro taburete, cogió la cucharilla de la mesa y se echó un chorrito de leche.

—Os han desahuciado.

Bridgette se sobresaltó de tal modo que derramó el café y, con los dedos manchados, lanzó una mirada fulminante a Felix, incapaz de dar crédito a lo que le acababa de oír.

—Eso es imposible. Lila paga el alquiler. Le entrego mi parte todos los meses.

Estiró el brazo para alcanzar el servilletero que estaba en el centro de la mesa y se limpió los dedos. Lo que acababa de decirle Felix la había impactado tanto que ni siquiera le dolía

la leve quemadura que acababa de hacerse. ¿Estaba de coña? ¿Tan retorcido era su sentido del humor? ¿Acaso no sabía que no tenía ninguna gracia bromear sobre algo así con una

mujer que vivía al borde de la miseria? Felix la miró por fin a los ojos. Tenía una expresión seria que dejaba entrever cierta compasión.

—Me temo que tu compañera se ha esfumado y que lo único que ha dejado en el piso ha sido un par de cajas con tus expedientes académicos, tu partida de nacimiento y algún documento más.

A Bridgette le empezaron a temblar las manos, así que las cruzó y las apoyó sobre la encimera de mármol. No podía ser cierto. No lo era.

—Tiene que haber un error.

—No hay ningún error. Mi asistenta habló con el casero a primera hora de la mañana. Han desahuciado a tu compañera de piso. Hace tiempo que se inició el proceso de desalojo y ayer acababa el plazo.

Felix pegó un sorbo al café sin dejar de mirarla a los ojos.

«¡Dios mío, Dios mío, Dios mío!», la mente de Bridgette empezó a ir a cien por hora mientras pensaba en las implicaciones que tendría lo que Felix acababa de revelarle. No tenía casa. No tenía nada. ¿Y ahora qué?

—Tiene que haber un error — susurró de nuevo con la mirada clavada en la taza de café. «Por favor, tiene que tratarse de un

error». No podía pagar el alquiler atrasado ni reemplazar sus pertenencias. Eso era imposible.

—¿Dónde están mis cosas? ¿Y mi ropa?—

Tu compañera no ha dejado nada. Tan solo un par de cajas.

—Quizá os habéis equivocado de piso.—

No nos hemos equivocado, Bridgette .Lo siento. — Felix dijo de carrerilla la dirección, el nombre del casero y el de la compañera de piso—. ¿Es correcto? Bridgette asintió con la cabeza, pues un nudo en la garganta le impedía hablar. Sus ojos azules se le llenaron de lágrimas. Santo Dios… Llevaba años manteniendo el equilibrio sobre una cuerda floja y sin red, y justo ahora que estaba a punto de llegar al otro extremo se precipitaba con un traspié al vacío, a una muerte segura.

No hablaba mucho con Lila, aunque jamás se le había pasado por la cabeza que su compañera fuera capaz de hacer algo así. Mantenían una relación cordial, pero, como el poco tiempo que Bridgette pasaba en casa lo dedicaba a dormir o a estudiar, las conversaciones con Lila eran muy poco frecuentes. Una vez al mes Bridgette dejaba el dinero de su parte del alquiler y de los gastos sobre la estrecha mesa de la cocina y daba por hecho que su compañera lo empleaba en pagar las facturas. Pero por lo visto no.

«Esto no puede estar pasando», se repetía con la sensación de que el mundo entero se le había caído encima. Y así era. Unas pocas palabras —una catástrofe, una traición— habían bastado

para echar abajo su vida entera.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Felix con indecisión mientras daba un sorbo al café y la observaba con cautela.

—Sí. No. No lo sé. —Seguía atónita. Tomó una bocanada de aire—. Tengo que pensar.

Pensar qué hacer. ¡Dónde vivir! Apartó la taza de café y enterró la cabeza entre los brazos. Santo Dios…, qué desastre. «Piensa, Bridgette. Piensa».

—No tenía ni la más remota idea. ¿Cómo iba a haberlo sabido?—

preguntó a Felix aunque en el fondo se lo preguntaba a sí misma, intentando comprender cómo podía haberle pasado

algo así.

—Tu compañera dejó la universidad el semestre pasado. Todo apunta a que te ocultó el asunto para que siguieras dándole el dinero hasta que la echaran —explicó Felix con un tono airado—. Lo siento, Bridgette. Ya tenías bastantes dificultades antes de que ocurriera todo esto. Confundida y aterrada, alzó la cabeza y se sorprendió al ver la expresión de enfado en el rostro de

Felix. Estaba cabreado. Con Lila. Con las circunstancias. Era obvio que tenía buen corazón.

—¿Se ha llevado… todo? ¿Los muebles, las cosas de mi cuarto, todas mis pertenencias…? —balbuceó mientras las lágrimas le formaban otro nudo en la garganta.

—Mi asistenta, Nina, ha traído las únicas cajas que había en el piso. Están en el cuarto de invitados —le informó

con un tono muy serio—. Lo he comprobado todo, Bridgette. Han actuado dentro de la legalidad. Tu compañera se llevó todo el último día. Si ayer hubieras llegado a casa, te habrías encontrado con un piso vacío. Me alegro de que anoche te ahorraras esa sorpresa. Nina ha devuelto la llave al casero. Van

a cambiar las cerraduras. No puedes volver.

«Sin casa. Sin cama. Sin un lugar a donde ir».

La desesperación y la angustia se le fueron acumulando en las entrañas hasta que no pudo ni respirar ni pensar.

Lágrimas silenciosas le recorrieron las mejillas mientras daba vueltas a todos los esfuerzos y los sacrificios que había realizado en los últimos cuatro años.

Para nada. Todo eso para nada. Acabaría viviendo en un albergue, si es que encontraba uno que tuviera plazas. Tendría que dejar la universidad hasta que se recuperara de este golpe.

—¡Ay, no! ¡Dios mío! Trató de aplastar el ataque de pánico que se le venía encima con una bocanada de aire profunda, pero no lo logró. Ocultó el rostro con las manos y, mientras el cuerpo entero le temblaba, Bridgette Dupain hizo algo que no había hecho desde la muerte de sus padres. Se echó a llorar.

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