En aquellos momentos le hubiera gustado verse a sí mismo entrar en el cobertizo,darse unas palmaditas en la espalda y decir (con absoluta sinceridad):"¡Realmente magnífico! (...)"

J.R.R. Tolkien, Hoja de Niggle.


Golpes, olor a café, risas, conversaciones educadas, de puertas adentro. Tintineos, gritos en tres idiomas diferentes, choque de cerámicas, fuego en las parrillas, entrando hacia la cocina. Sonidos de tostadora y agua, tras la barra. Durante las mañanas, el sonido familiar de una cafetería y los rayos frescos del sol daban un aspecto casi dulce al establecimiento que Antonio Fernández regía desde hacía apenas un par de años, pero que, pese a las precarias condiciones sociales que aquejaban al país, había conseguido mantener a flote y sin muchas pérdidas. Gracias a su sonrisa dulce, a la calidad de la comida y al ambiente nostálgico que parecía estar impregnado en sus mesas relucientes, durante el día se encontraba relativamente llena.

La regla principal, muy a pesar de Antonio, era la absoluta discreción. La segunda, mantener el secreto.

El negocio funcionaba porque todos las acataban.

O al menos, eso era lo que Antonio y Lovino habían creído hasta entonces.

El ser homosexual ya era bastante peligroso, que no era que lo gritaran a los cuatro vientos, pero… se notaba. Un poco. Arriesgarse, sin embargo, a proveer un espacio seguro (lo más seguro que se podía siendo parte de una comunidad completamente desprotegida) era visto como un acto casi heroico, y la gente les cuidaba en la medida de lo posible.

Aún así, ninguna precaución podía ser suficiente, y cuando una flotilla de policías y un cadáver que apenas se enfriaba lo recibieron en lugar de la panda de gatos que alimentaba por las madrugadas, el color abandonó completamente sus mejillas eternamente sonrientes, dando paso a un trío de noches horrorosas en las que no pudo pegar ojo.

Porque Antonio sabía qué había pasado en aquel callejón; lo sabía y, lo que era aún peor, lo esperaba. Él, Lovino, Feliciano, Ludwig, todos sabían que más pronto que tarde, alguno terminaría destripado y tirado en alguna pared, degradado y repudiado, siendo víctima de la forma de odio más ignorante e irracional.

Y era precisamente por eso que no había querido dar parte a la policía.

Al menos, no el detalle de vital importancia. Confesar podía ir por dos caminos, ambos igualmente inútiles y peligrosos: el decir que era por ser homosexual habría logrado que se archivase y no se prestase más atención al respecto o bien, que se investigara a fondo las causas y que desmantelaran la carátula del café para descubrir que realmente y por las noches era un sitio de cruising gay.

Ser honesto no iba a ayudar a nadie.

Pero el miedo y algún deje de culpa se lo estaban comiendo vivo.

—¡Me importa una mierda! —suelta Lovino, canalizando toda su preocupación y miedo en enojo hacia el español; lo habitual —¿Te has visto al espejo últimamente? ¡Estás tan pálido que pareces un neoyorquino más! ¡Tienes que hablar con Alfred! —escupió, con un deje de desagrado.

Antonio niega con la cabeza, demasiado cansado para responder.

—¿Vas a quedarte ahí sin decir nada? ¡Contéstame!

El español se pasa las manos por el cabello en un gesto mecánico. Lovino le mira, con los ojos llenos de temor disfrazado de furia.

—¿Para qué? ¿Para que nos desbaraten el negocio y, en el mejor de los casos, terminemos ambos apresados y embargados? No, gracias —murmuró Antonio, terriblemente dividido entre hacer lo que su conciencia y Lovino le indicaban y el sentimiento de que algo terrible podía sucederles si lo hacía.

Lovino sacudió la cabeza, inflexible.

—Jones —mueca de asco— puede ayudarnos. Es un aliado fuerte y lo sabes, jamás nos delataría, ni tiene por qué hacerlo. Ni siquiera tiene que ponerlo en el puto reporte, se trata de darle una pista que lo lleve en una dirección correcta —Antonio se pasa las manos por el rostro, sabiendo que tiene razón— ¿Tú crees que Félix no merece que se le haga justicia? ¿Te gustaría que si algo nos pasara…?

—¡No! ¡No me gustaría que algo te pasara, nunca! ¿Es que no lo entiendes? —se desploma en la esquina de la cama.

—¡Ni se te ocurra volver a gritarme, che cazzo! —Lovino le sujeta de los hombros hasta hacerle daño.

Antonio se tensa, pero no se mueve.

Maddon'! ¿Crees acaso que no te conozco? —sus ojos avellanados se clavaron, furiosos, sobre los suyos, buscándole la mirada— ¡Mírame a los ojos cuando te hablo, con los mil demonios! ¿Crees que no sé que llevas casi cuatro días sin dormir? ¿Crees que no te siento moverte incesantemente por la cama, o cómo te levantas a mirar la puta calle por horas?

Antonio desvía la mirada. Lovino le suelta con violencia y atraviesa la habitación a pasos furiosos y tensos.

—No… quería preocuparte…

—¡Pues mala tarde para ti! ¡Haberlo pensado antes de lamentarte y morirte de la preocupación en lugar de hacer algo productivo!

El español gira la cabeza, herido. Lovino bufa, se sonroja un poco a pesar del panorama, y se acerca un par de pasos hacia él. Estaba siendo cruel, lo sabía, pero estaba seguro de que la situación lo ameritaba. Antonio era una persona con la sangre bastante caliente y no era alguien que dejase pasar cosas que tenían que ver con el sentimentalismo fácilmente, pero también era cierto que sus mayores debilidades eran las personas a las que amaba.

Y, para su buena o mala suerte, a Lovino lo amaba con todo su corazón.

—No quiero que algo malo te… nos pase, stronzo di merda —susurra, sentándose a su lado— y es precisamente por lo que no quiero pretender que esto no pasó o no va a seguir pasando. Me llena de rabia el pensar en que una escoria de ser humano anda suelta sin recibir castigo alguno —aprieta los puños, con mirada sombría—pero ni mi enfado ni tu preocupación van a hacer algo al respecto. Por mínimo que sea… dentro de nuestros propios límites, debemos hacer algo por él.

El español recarga la cabeza sobre su espalda, sin sonreír, pero sintiéndose un millón de veces mejor.

—Que no lo digo porque me interese lo que te pase, es más, debería ponerte a ti por ahí a regar las plantas en la madrugada a ver si se me cumple el milagro.

Antonio finalmente sonríe, derrotado, y le abraza con fuerza, agradeciéndole con todo su corazón. De hecho, se lo dice.

—Gracias. Te amo. —dice, como declaración oficial que no se desgastaba a pesar de los años.

Y Lovino, claro, se sonroja como cada maldita vez.

—Yo no, suéltame, idiota —murmura, abrazándole de vuelta y subiéndosele un poco, también bastante aliviado. Más por ver a Antonio de vuelta con su estúpida sonrisa que por su resolución.

También estaba muerto de miedo, pero en ése preciso instante, logró dejarlo pasar.

—Voy a llamar a Jones —sentencia, sin ninguna intención de hacerlo al menos en la próxima hora.


—…Y es eso por lo que necesito una semana de licencia —finalizó Kirkland, alzando la nariz, con la mejor sonrisa de profesionalismo de la que era capaz.

Estaba reluciendo su resabida costumbre de sentarse como si tuviese un palo metido en el culo y la cara de moño, sintiéndose muy orgulloso de haber conseguido explicar su plan de investigación sin dar demasiados detalles.

Sin embargo, a pesar de posar su expresión natural de desagrado, en esta ocasión no le agregaba los veinte años más que siempre parecía aparentar; su mirada era luminosa y sus cejas no estaban en lo absoluto fruncidas. A pesar de estar sentado, sentía a su sangre fluir con fuerza y excitación.

Su superior le miraba con una ceja alzada por encima de sus gafas, escrutándole lo escrutable. Arthur le devuelve la mirada, con tensión reprimida. Finalmente suspira, sacándose los anteojos.

Arthur tamborilea los dedos al borde de la silla, a la expectativa.

—Bien —suelta con locución cansada, seguramente más por darle por su lado al inglés que por genuino interés por su pequeño emprendimiento.

Arthur sonríe, con esa expresión ilusionada que normalmente no se le ve, pero lucha por recobrar su rictus habitual mayormente conocido como cara de asco, consiguiendo una mueca de felicidad poco contenida. El editor en jefe le mira con extrañeza.

—Sólo no me causes demasiados problemas —advierte, serio de repente, y hace un gesto con la mano para indicarle que ya puede irse.

Y Arthur, qué va a hacer, se va, reprimiendo saltitos de alegría.


El sol brilla, fresco aún y completamente desinteresado sobre las personas que caminaban por Brooklyn. La luz entraba a raudales por la ventana de la oficina de Francis, quien en aquél mismo instante se encontraba refunfuñando, mirando los dibujos de la portada de la revista del mes próximo, en el que al parecer el pintor no había captado la esencia de sus fotografías, y que aparentemente eso era motivo necesario para armar una rabieta, dejar al pobre ilustrador listo para el suicidio, y gritarle a la totalidad de las personas que trabajaban en su edificio (y a cuatrocientos kilómetros a la redonda).

No era habitual que se enfadara; sus enojos se reducían a lanzar miradas amenazantes y medias sonrisas peligrosas, peor jamás algo como gritar, hacer aspavientos violentos y demás parafernalia que implicara ensuciar su imagen impoluta de hombre fatal.

Es que estaba tenso. Y bien, el dibujante mediocre no ayudaba.

Antonio y Francis eran como uña y mugre desde prácticamente cuatro minutos después de conocerse. Antonio fue quien se marchó primero su patria española recién cumplidos los veinte años a hacer las Américas, y por obra del destino, a unos kilómetros de ahí que Francis tomaba la misma decisión, persiguiendo su sueño bohemio. Habían dormido hombro a hombro su primera noche en Nueva York en plena calle, y el francés estaba convencido que habría muerto congelado de no ser por la frazada gigante y hortera que Antonio había compartido con él en ese entonces.

Aparte de su propia madre, dudaba que hubiese alguien que se preocupara tanto por él ni que le quisiera tanto, ya que, a pesar de no tener algún parentesco de sangre, la amistad que habían forjado a través de los años era fiel e inquebrantable. Era esa la razón por la cual, cuando el español le contó lo que había sucedido apenas tres días atrás, había palidecido y la sangre se le congeló en las venas.

Él y su madre, quien se encontraba lejos, eran la única familia que le quedaba.

Cierra los ojos, arrojando las imágenes con descuido ahí por el escritorio y se pasa ambas manos por el cabello que ahora llevaba suelto, intentando despejarse un poco. Esperaba, de todo corazón, que Lovino hubiese logrado convencerle de colaborar en la medida de lo posible con la policía. De no ser así, lo haría él mismo. Prefería enemistarse con Antonio toda la vida que arriesgarse a que algo le pasara.

En resumen, estaba haciendo un completo drama. Justificado, eso sí, pero un drama.

El repiqueteo de unos tacones a lo lejos le hacen suspirar con desgana, sin ninguna motivación interna para seguir con sus actividades cotidianas, en parte por la preocupación, y en parte por la pereza que le daba el desgaste mental.

Por algún motivo desconocido piensa en el inglés de ayer, Arthur, según recuerda, y en cómo sus nervios simplemente fueron olvidados en la breve conversación que mantuvo con él.

Repasa ese pensamiento, sin saber exactamente qué hacer con él, aunque no tiene gran oportunidad de procesarlo, porque la puerta se abre y una cabecilla rubia con un listón verde horrendo a opinión del francés se asoma por la abertura.

—Francis, um, siento apremiarte, pero necesitamos saber por cuál de las imágenes te has decidido —dice con voz suave y amable, ligeramente intimidada porque no suele verlo así de alterado.

Bonnefoy la mira, y se plantea por una milésima de segundo en mandarla a ella y a las ilustraciones a la mierda.

La chica le mira con sus grandes ojos verdes, esperando una respuesta. A Francis le evocan otra mirada que su inconsciente hace bien en no transferir.

—La segunda, ésta —se la tiende, permitiéndose dejar ir toda (o al menos gran parte) de su tensión acumulada, sonriéndole sinceramente a la chica, quien le devuelve el gesto y se sonroja un poco— siento lo de hace un rato, Emma. Tengo demasiadas cosas en la cabeza.

Emma se ríe de manera boba y delicada, quitándole importancia.

—Has aterrorizado a toda la manzana —bromea, tendiéndole a su vez un sobre de documentos bastante grueso.

—Ése era el objetivo —le guiña un ojo, tomando el montón de trabajo no sin cierto pesar, pensando que al menos podrá distraerse un poco. Ya hablaría con Antonio a la noche.

—Por cierto —Emma se vuelve, estando a punto de salir— el hombre ese de ayer te busca abajo, ¿le digo a Anne que lo haga pasar?

A Francis se le mueve la sonrisa sin percatarse.

—Ah, claro. Merci —indica, pasándose una mano por el cabello en lugar de preguntarse a qué vendrá.

La mujer asiente y desaparece por la puerta sin decir más.

Un par de minutos más tarde, Arthur Kirkland toca con firmeza la puerta de la oficina de Francis, que al estar entreabierta cede con facilidad ante el par de golpes.

Francis traga saliva y se pasa la lengua por los labios.

—Adelante.

Kirkland carraspea y, alzando la nariz, entra con una carpeta de cuero bajo el brazo.

Afternoon —saluda, con el acento ligeramente más marcado, poniéndose un poco nervioso por una fracción de segundo.

Francis simplemente le sonríe a manera de responderle el saludo, pero Arthur no nota la falta de formalidad ni la feminidad del gesto y en cambio se sonroja levemente, a saber por qué.

—¿Te han comido la lengua los ratones? —suelta con un poco de agresividad e infantilismo, repentinamente tenso.

—No, si no estamos en Londres —ríe el francés, levantándose para estrecharle la mano.

Arthur le fulmina, pero se la tiende, apretándosela con la misma firmeza, pero menos fuerza que la vez anterior.

—Ah... —tartamudea un poco, tratando de ordenar sus pensamientos porque en verdad sigue muy emocionado por lo que ha podido armar de ayer a hoy—A… ayer se coló una fotografía entre las que me diste para el periódico —la busca, evadiendo su mirada.

—Oh, eso —murmura Francis, un poco desilusionado— No tendría que haber venido hasta aquí para devolvérmela.

Arthur no puede evitar poner los ojos en blanco y sonrojarse otro poco.

—No es que yo haya tenido demasiadas ganas de venir a ésta… cosa—miente, perdiendo un poco la elocuencia de los nervios.

Francis le tiende la mano para tomarla, pero el inglés la ignora, acercándose a él y poniéndola con cuidado sobre el escritorio.

—Ah, ¿de veras? —susurra divertido, al ver que se reclina a su lado, y mira la fotografía en cuestión.

—La has tomado tú, ¿verdad? —cambia de tema.

Al reconocerla, a Francis se le va el color de la cara, poniéndose alerta y sintiéndose un poco paranoico por ello.

—Todas las fotografías que salen o entran de mi despacho las tomo yo —a pesar de la situación, no puede evitar hinchar un poco el pecho— ¿Por qué lo preguntas?

—¿Te quedaste mucho tiempo después de tomarla? —pregunta de vuelta, ignorándole no tan a propósito.

—¿Por qué quieres saberlo? —suelta, abiertamente hostil. Más desconfiado que hostil.

Arthur frunce el ceño, confundido.

—¿Estás con la policía? —sigue Francis, sobre reaccionando.

What? Por supuesto que no —sacude la cabeza con asco, pensando en su hermano.

—¿Entonces? —sigue, con las cejas fruncidas.

Arthur se sonroja, pensando que no se imaginaba que Francis se negase a cooperar. Claro que no le había explicado cooperar para qué; Arthur podía ser así de egocentrista.

—Querría… necesito una buena noticia para el periódico si quiero que… que me cambien de sección —su volumen de voz va disminuyendo a medida que acaba la oración, detestando tener que sincerarse con algo así y más con alguien que acaba de conocer y de quien en cierta medida depende así que mira al piso, con la cara completamente roja.

A Francis le cambia completamente la cara y sonríe con ternura.

—Ahora entiendo tanta aversión a Sociales —dice con dulzura, mirándole a fondo con sus enormes ojos azules.

Arthur se sonroja aún más si es posible, sintiéndose completamente expuesto.

—Pues ni te creas que tu foto es tan interesante ni nada —cambia la expresión azorada por una expresión de desagrado marca Kirkland, que es de la más alta calidad, aguantándose las enormes ganas de salir corriendo por su nula inteligencia emocional cuando se avergüenza.

—Tranquilo, a ver, déjame ver la foto —cambia de tema, rozándole el brazo con el propio.

Arthur gira la cabeza, pero no se aparta.

—La tomé casi a media noche…

—Lo sabía —susurra Arthur sonriendo, sin darse cuenta.

—… junto con otras más —prosigue el francés, decidiendo no hacer comentario alguno, pero vuelve a sonreír— Iré por ellas.

Arthur asiente, sintiéndose el gran investigador, mirando las fotografías con una sonrisa incluso boba. Francis le mira de reojo mientras rebusca en sus gavetas.

Su sentido común le decía que confiar con un tema tan delicado y que Antonio se había pasado toda la vida escondiendo era completamente irresponsable y desconsiderado, pero había algo… alguna cualidad en Arthur que le hacía confiar en él de alguna manera. "Confiar, no atraer" se repitió mentalmente, sintiéndose ridículo por estarle dando tantas vueltas.

Voilà! —Francis saca un montón de fotografías y las extiende con cuidado por una mesa amplia y reclinada que ocupa para retocar fotos— Ven acá. Son todas las que tengo —y antes de que Arthur pueda mirarlas, Francis se gira de golpe hasta casi darse de bruces con el inglés, en una maniobra… arriesgada.

Arthur le mira con extrañeza, mordiéndose el labio.

—Antes necesito saber… confirmar una cosa —dice, rezando internamente porque su intuición no le engañe, acercándose rápida y demasiado invasivamente al británico, quien da un par de pasitos hacia atrás, extrañado, pero enrojeciendo hasta las orejas.

—¿Q…q…qué? —balbucea, abriendo los ojos tanto que no sería extraño que se le salieran de las cuencas.

Francis le ignora, acercándose hasta que sus narices casi se rozan. Arthur abre los labios sin poder evitarlo, para el deleite del francés, quien sonríe ampliamente y con cierta suficiencia al ver que su reacción es la de cualquier hombre homosexual (y a veces ni siquiera tienen que gustarles los hombres) que se le cruza, que es sonrojarse o balbucear (en este caso las dos, todo un pendón) en lugar de romperle la nariz de un puñetazo, pensando que no hay manera en que Arthur no lo sea.

Eso, o simplemente era el hombre más peculiar del mundo. Ninguna de las dos opciones sonaba muy descabellada.

Se separa de golpe, con una sensación de tranquilidad en el pecho, y se gira de vuelta hacia las fotografías.

Arthur aprieta los puños y frunce el ceño, intentando con literalmente todas y cada una de sus fuerzas de no romper en improperios y golpes contra el francés imbécil que jugaba con su cabeza, pero decide tragar saliva e ignorar todo el asunto.

Francés que sigue con una sonrisa bastante molesta, pero que no dice más y hace un movimiento sutil para que se acerque.

—Tomé varias desde las diez, aproximadamente, porque quería que se reflejaran las luces de las farolas —explica, señalando las que hizo más temprano hasta las últimas.

El inglés asiente, mirándolas con atención.

—¿Nunca has ido a esa parte del Soho? —pregunta, intentando sacarle una confirmación más directa. El inglés le ignora, en parte porque la contestación le da vergüenza y en parte porque sí está concentrado— Entonces, ¿tu noticia va a ser los asesinatos que han estado sucediendo últimamente? —pregunta Bonnefoy, sin poder evitar hablarle.

—No, es que las cafeterías corrientes son muy interesantes para la primera plana —replica Arthur, sarcástico, sintiéndose más cómodo en ese terreno.

Francis pone los ojos en blanco.

—¿Esto es una persona? —Arthur a su bola, señalando algunos pliegues que están retratados casi al borde de algunas fotografías que recuerdan vagamente a un traje de perfil.

—Déjame ver... —saca unos anteojos del bolsillo y se los pone rápidamente como quien no quiere la cosa — ah, sí, esa persona se quedó ahí parada por horas fumando —protesta, y Arthur sonríe de lado — arruinó completamente mi encuadre, mis encuadres, y a pesar de todos los intentos, parece ser que sí alcanza a distinguirse —arruga la nariz, volteando a ver a Arthur quien le sigue mirando con cierta sonrisilla.

Quoi? —se toca los lentes en un momento de inseguridad y Arthur suelta una carcajada.

—Anda, que ahora va a resultar que el apreciador de belleza, Monsieur curador de personas, no va a poder admirarlas por mucho tiempo —se burla, notando que le incomoda.

Francis, contra todo pronóstico por cualquiera que le conociese, se sonroja de manera apenas visible.

Tais-toi! —chilla éste, mosqueadillo, volviéndose a las fotos.

—Esta es la madre de las ironías —sigue Arthur, con la misma sonrisa medio sádica de antes.

—¿El que no sepa usted vestirse a pesar de tener una columna —hace énfasis en esa palabra— enteramente dedicada al guardarropa de riquillos?

Arthur le imita con locución gangosa, haciendo aspavientos. Francis no puede evitar reírse un poco al verle.

—Ah, no vas a molestarme con eso ahora —sonríe, de vuelta con el subidón de adrenalina— menuda historia sacaré de esto, como que me llamo Arthur Kirkland. Además, la discusión de lo apolíneo y lo dionisíaco ya la he ganado yo —zanja, sin recordar en que terminó en realidad.

—A propósito, ¿qué es exactamente lo que piensa investigar, Monsieur Arthur Kirkland? ¿Un reportaje sobre mis hermosas fotos dionisíacas?

—Eso sería si quisiese que me degradaran a repartidor de periódicos, Baco —le acerca una de las imágenes. Francis pone los ojos en blanco, pero sonríe y se le acerca— Mira, tu molestia general va a ser la clave de mi éxito —le sonríe con suficiencia.

—¿Cómo, exactamente?

—La falta de vista es también falta de visión —le pica— la misma persona sale en todas tus fotografías, desde la primera hasta la última, ¿lo ves? Incluso en esta donde pareces habértelas arreglado para esconderlo, aparece.

Francis entrecierra los ojos, para más risas veladas del inglés, y mira donde le señala con esos dedos finos. Aprovecha para mirarle de reojo, notando su contextura casi enclenque, los dientes torcidos, las ojeras y la nariz afilada y rojiza; y como, a pesar de todo eso, se las arreglaba para lucir radiante. Una oleada de simpatía le inundó el alma: Francis adoraba a las personas que amaban lo que hacían.

Oui, por más que intentaba limpiar la toma, no se movía de ahí — repite con una ligera protestita— No me vas a decir que crees que se trata de quien masacró al pobre de Félix —susurra, con expresión tensa y triste.

—¿Félix? ¿Lo conocías?

Francis palidece, pero decide que al diablo, igual iba a llevarle, ¿no?

—Sí —confiesa, derrotado— en realidad, un amigo mío es quien es dueño del lugar— señala la cafetería.

Arthur abre los ojos de golpe, abriendo la boca e intentando sonreír, pero la sorpresa ante la buena suerte que parece estar teniendo le provoca una mueca un poco boba y graciosa.

—Hombre, ¡haberlo dicho antes! ¡Vamos, vamos ya mismo! —hasta brincos da, robándose unas fotografías de Francis quien no se da cuenta en el revuelo, jalándole un poco de las mangas del saco, que si fuese otra persona ya se habría llevado un buen golpe por arrugarlo, sin embargo, el francés parecía tener una especie de soft spot inexplicable por Arthur.

Francis se deja guiar hasta el linde de la puerta, deteniéndose del marco porque, aunque Arthur sea flacucho, de alguna manera se las arregla para tener una fuerza medio bestia, riendo un poco.

—¡Eh! ¿Qué pasa? —se gira, sonriéndole, confundido.

—Arthur, trabajo, ¿recuerdas? —levanta una ceja y le sonríe de lado.

El periodista vuelve a ponerse de todas las tonalidades de rojo posibles antes de aclararse la garganta y volver a poner expresión de moño.

—Discúlpeme monsieur, deduje que a lo que ustedes los franchutes se refieren con "trabajo" era quedarse por ahí en una esquina ciegos de vino —replica, avergonzado de su exceso de emoción, pero… sin irse todavía.

—¡A mí me lo dices! Creo que eres la única persona que lleva por ahí una anforita a saber con qué brebajes italianos en el abrigo sin la más mínima pizca de pena o de decoro por la ley —rebate el fotógrafo, señalando en su propio traje la ubicación del alcohol. El vino dejó de estar prohibido hace un mes, God save the Queen —marca el acento lo más que puede.

—"God zeiv ze queen" —se burla Arthur, poniendo los ojos en blanco mientras Francis se muere de risa— además no es como que quisiera ir contigo ni nada —añade con completa falta de objetividad.

—Ya, claro, por eso me has dejado el traje completamente arrugado —señala una arruga diminuta y completamente invisible al ojo desnudo y Arthur rueda los ojos— Habrá que comprar otro —sentencia con voz solemne.

—Franceses despilfarradores. Además, para investigar se necesita gente… ¡que vea bien! —le empuja un poco los lentes que aún lleva sobre la nariz.

Francis le pesca los dedos al vuelo.

—Pero puedo llevarte a la noche —le hace una caricia lo más sutil que puede, que es mucho, y le suelta.

Arthur se sonroja de nuevo, aunque menos esta vez.

—No necesito tus favores —entrecierra los ojos, ridículamente desconfiado, comparado con la cercanía anterior.

—Pues los vas a necesitar —se recarga en el marco de la puerta— ya que no sabes ni donde es.

Arthur tuerce el morro porque es cierto, en el periódico no lo ponían.

—¡Pues puedo investigar!

—¿Siempre eres así de arisco? —ladea la cabeza, dejando que el cabello se le resbale por el hombro.

—Sólo con la gente ignorante que me cae mal —sonríe.

Excusez-moi?!

—Ah, cierto, perdona —se aclara la garganta— sólo con la gente ignorante, que me cae mal.

Francis hace una mueca de desagrado y después sonríe, dándose la vuelta.

—Te espero a las siete —le mira por encima del hombro— considéralo un experimento para probar la puntualidad inglesa —lo repasa de arriba abajo y cierra la puerta suavemente, la cual se cierra con un delicado clic y es testigo de una última serie de muecas bastante ridículas del inglés.

Muchos gestos, muchas imitaciones quedas en falsete con fingido acento francés, pero tiene a bien anotar la hora en su libretita que carga a todos lados, porque tonto no es.


—¿Alfred Jones?

El inglés, una hora y media después, se recarga sobre el mostrador de una de ocho recepcionistas del departamento de policía. Se revisa el aliento discretamente, trata de peinarse lo mejor que puede con las manos y finge desinterés, echando miraditas hacia el interior como quien no quiere la cosa.

La mujer le indica que sí está, que espere unos momentos. Arthur se pasa esos momentos garabateando en su cuadernillo.

—¡Arthur! —el grito de un joven alto y con seguramente un par (él dice que sólo es medio) de kilos de más hace que vuelva la cabeza, sonriéndole paternalmente.

—Mira como llevas el cuello —protesta, acomodándoselo cuando se acerca a él.

—El cuello nada —se ríe— hace muuuucho que no venías a vermeee —el inglés frunce el ceño, pero sonríe, haciéndose unos pasitos hacia atrás porque, aunque Alfred siempre invadía su espacio personal, jamás iba a estar acostumbrado.

—Pues ya no necesitas asesorías de redacción —sonríe, mamá gallina —¿verdad? —cambia el tono a uno severo.

—¡No lo hago! —con un tono infantil, le guía hasta su escritorio, sacándose el saco y quedando en tirantes, junto con la pistola. Arthur desvía la mirada, con las mejillas rosas.

—¡Qué bueno que has venido! Siempre te digo que los martes ensayamos un poco para los stunts en las motos ¡y no vienes a verme nunca! —se queja y se sienta completamente desfasado por la silla.

—No vengo porque me parece una actividad completamente irresponsable —miente el británico— y siéntate bien. Ne… necesito pedirte un favor —anuncia con la boca pequeña.

Alfred pone los ojos en blanco, pero corrige la postura, prestándole atención.

El periodista suspira.

—Hay una noticia sobre un asesinato en el Soho —Alfred cambia su expresión sempiternamente de anuncio de dentífrico por una drásticamente seria— quiero investigarlo para el periódico. Si yo… si logro una buena noticia, me cambiarán de departamento y puede que hasta me asciendan —desvía la mirada— y yo… tú trabajas aquí —pasea la mirada— y quería saber si sabías algo.

Alfred se pasa la lengua por los labios y vacila un poco.

—¿Por qué ese caso en particular? —desvía el tema.

—Porque creo que tengo una pista… han causado cierto revuelo y sería relevante una primicia. Además, te conviene —le sonríe, manipulador— ¿O no quieres salir en primera plana, como el detective en jefe que ha atrapado a un bloody asesino en serie?

Tratar de convencer a Alfred F. Jones de hacer literalmente cualquier cosa diciéndole que es un acto heroico es trampa, sucia y mañosa trampa. Funciona doce de diez veces; las dos extras se las inventa él.

—Ok… jeez —el joven mira por encima de sus hombros.

Ruidos de máquinas de escribir, murmullos de gente atareada y un sonido general de barahúnda sorda reinan el ambiente. Tras comprobar que nadie les hace caso, el chico se vuelve con Arthur.

—Es un caso delicado —Arthur se inclina sobre el escritorio, embriagándose del halo de misterio cada vez más— Hay una cuestión… que, de ser descubierta, probablemente no se le prestaría la atención que tiene o que incluso afecte al caso directamente —explica, con un tono profesional que rara vez utiliza.

—Eres la segunda persona que actúa toda misteriosa al respecto, ¿cuándo mi apellido cambió de Kirkland a Holmes? —medio en serio y medio en broma.

—¿Con quién más has hablado? —entrecierra los ojos a través de las gafas, perspicaz.

Arthur traga saliva y se sonroja un poco.

—Con un ami… conocido. Un colega, ¡eso es! —Alfred levanta una ceja y, para no variar, se ríe, creyéndolo, aunque sabe que es mentira— Hay toda una atmósfera de intriga en cuanto a este caso y ahora me interesa más que nunca.

—Tozudo —chincha el estadounidense, riéndose más.

—A callar, niñato —ríe con él, pero se pone serio unos segundos después— ¿Vas a ayudarme o qué?

—Qué —contesta Jones sin dejar de soltar risitas un poco bobas. Arthur frunce el ceño en una de sus clásicas fases regañonas— ¡Ayudarte, quise decir ayudarte!

El periodista se cruza de brazos.

—Es que es delicado, Artie, de verdad. Si me prometes que no dirás nada hasta que se resuelva…

—¿Y cuándo será eso? —protesta, reaccionando como mejor sabe ante cualquier adversidad: refunfuñando— Y no me llames así.

—Más pronto si me ayudas —sonríe.

—¡Qué voy a ayudarte yo! —replica, refiriéndose a que no podría, aunque quisiera— A mí me parece que en realidad no sabes nada —canturrea, malignillo.

La indignación es inmediata.

—¡Claro que lo sé todo! —y la respuesta, también. Arthur se ríe sin poder evitarlo— ¡Sé el motivo perfecto por el que les están matando! —suelta sin pensar. En cuestiones normales es más juicioso, de verdad, pero Arthur es un caso especial.

—¡Ajá! —salta Arthur, dándole un manotazo leve al escritorio pero que aún así se las arregla para tirar unos portalápices.

—¡Nooo! —Alfred se tapa la boca con ambas manos.

Arthur sonríe con suficiencia y se plantea una retirada estratégica, sabiendo que terminará por decirle de una forma u otra, pero esperar y convencerle implicaría tener que rogarle un poco, ¡y Arthur Kirkland no le ruega a nadie!

—Nos veremos si cambias de opinión —toma su sombrero y comienza a irse— Gracias por la información —se despide, sintiéndose El Gran Detective.

Alfred hace morritos y se sienta, derrotado, planteándose buscarle a la noche después de visitar a Antonio.


Notas: El primer capítulo fueron los cimientos, éste la base, y en los próximos ya van a pasar cosas, lo prometo.