Disclaimer: los personajes no son míos, son principalmente de JK Rowling y su inmensa imaginación.
Capítulo 3. Un comienzo no desaparece nunca, ni siquiera con un final. [Harry Mulisch, escritor neerlandés]
"¡Por fin!" fue el primer pensamiento de Dominique cuando la luz del uno de septiembre la despertó después de una noche de estar dando vueltas en la cama nerviosamente. Con una sonrisa y estirando los brazos para sacarse los últimos resquicios de sueño, fue incorporándose tranquilamente hasta quedar sentada en la cama. Una vez más saboreó la noticia que había traído ayer su hermana Victoire: Edward Remus Lupin finalmente había aceptado el puesto de ayudante de la profesora Turpin en Defensa Contra las Artes Oscuras.
Parecía que desde que Ted y su hermana se habían comprometido, la balanza se estaba decantando poco a poco a su favor. Primero, la mismísima Andromeda Tonks, abuela de Ted y gran defensora de luchar por amor contra viento y marea, la había animado a seguir su instinto, y después, Ted Lupin había decidido estar un año entero en Hogwarts, lejos de Victoire y muy cerca de ella.
Durante su sexto año en Hogwarts, luego del maravilloso verano junto a Ted y después de la frase "Lo nuestro fue un error, Dominique, yo quiero a tu hermana", la cobriza había deseado poder olvidar al novio de su hermana y volver a ser la chica despreocupada de antes, cuya mayor preocupación eran los exámenes y convencer a Frank Longbottom para que se perdiera con ella en el armario de las escobas del cuarto piso.
Pero no pudo olvidarlo, pues en el fondo de su corazón, y a riesgo de sonar muy Gryffindor, sabía que Ted y ella estaban destinados. Nunca había tenido esa conexión con nadie antes. Ted la hacía sentir completa. El chico lograba sacar la mejor versión de Dominique, esa que no se veía empañada por la figura permanente de perfección de Victoire.
Con alegría se levantó de un salto de la cama y cantando se fue a darse una ducha. Al cabo de cinco minutos y con una toalla envuelta se plantó delante de su armario intentando escoger la ropa perfecta para ese día. La imagen era muy importante dentro de la vida de Dominique Weasley, pues como solía decir su abuela materna "el físico es tu carta de presentación al mundo, ma cherie, aprovecha tu parte veela".
Finalmente, eligió un vestido veraniego de rayas azules y blancas que le hacía resaltar sus ojos azules oscuro. Sin muchos miramientos, se peinó su media melena cobriza y rápidamente bajó a desayunar pues después de la ducha se dio cuenta de los hambrienta que estaba.
Por suerte, en la cocina se encontraba su madre que había preparado unas tostadas con queso y un par de cafés con leche para ella y Louis. Su hermano ya se encontraba sentado en la cocina desayunando y ojeando el resultado del partido de Quiddicth entre las Arpías de Holyhead y los Kenmare Kestrels.
-¿Seguro que no os dejáis nada? -preguntó, por enésima vez, Fleur Weasley mirando a sus dos hijos menores.
-Si nos hemos dejado algo, nos lo puedes mandar mediante lechuza a Hogwarts -observó Louis sin apartar la vista del periódico. Dominique mostró su acuerdo moviendo afirmativamente la cabeza, pues tenía la boca llena de queso y no podía hablar.
Al cabo de un cuarto de hora, Ted llegó conduciendo el regalo que su padrino Harry le había hecho por su último cumpleaños: un hermoso coche mágico de color granate último modelo, uno de los primeros coches voladores que habían sido aprobados por el Ministerio de magia. A Ron Weasley le había costado muchos años, pero finalmente, debido seguramente al hecho de ser uno de los héroes del país, había conseguido que el Ministerio los aprobara.
-¿Todos listos? -preguntó Ted entrando en la cocina para saludar a Fleur.
-Buenos días, amor -dijo su novia, que acababa de aparecer en la estancia, mientras se acercaba para darle un beso. Dominique no pudo hacer otra cosa que apartar la mirada de esa escena; una punzada de celos la recorrió por el cuerpo con tanta intensidad que se sorprendió a sí misma. Más que nada porque debería estar más que acostumbrada a ver a esos dos dándose besos.
-Gracias por llevarlos a la estación, Ted -dijo Fleur mirando a su futuro yerno con cariño-. Cuidaros mucho y mucha suerte en tu nuevo trabajo, estoy segura que serás un profesor adjunto de Defensa Contra las Artes Oscuras estupendo -añadió abrazándolos uno a uno.
-Mamá, Teddy va a dejarme el coche, pues no lo necesita en Hogwarts. Además voy a quedarme a dormir en su piso de Londres para no tener que madrugar tanto los días que tenga guardia en San Mungo hasta tarde -explicó Victoire a su madre mientras subía al coche por la puerta del copiloto.
-De acuerdo –contestó Fleur mientras se despedía por última vez de sus tres hijos.
Una vez Shell Cottage desapareció de la vista, Ted despegó el coche y en menos de media hora ya se encontraban delante de la estación de King Cross. Bajaron los baúles de Dominique y Louis intentando pasar desapercibidos para la multitud de muggles que se encontraban a su alrededor. Evidentemente no lo lograron debido al hecho de que dos enormes baúles estaban saliendo de un impresionante coche deportivo en el cual difícilmente hubieran cabido sin magia. Con una sonrisa y un par de hechizos desmemorizantes, cortesía de Victoire, lograron colocar los baúles en los carritos que Dominique había ido a buscar dentro de la estación sin que los muggles provocaran un revuelto por lo que estaban viendo.
-No hace falta que nos acompañes –dijo Dominique viendo como su hermana tenía la intención de ir hasta el andén nueve y tres cuartos con ellos.
-Me gustaría despedirme de mi novio si a la princesa la parece bien –las horas de sueños debido a las múltiples guardias en San Mungo y el hecho que su novio se fuera a trabajar a Hogwarts, lejos de Londres, habían hecho mella en el carácter siempre dulce de Victoire.
-¿Vas a ir en el Hogwarts Express? –preguntó Louis intentando disipar el mal rollo que se había generado entre sus dos hermanas.
-Sí –dijo Ted con una expresión extraña en la cara. Se sentía raro siguiendo los mismo pasos que su padre había dado hacia más de 20 años atrás.
-Pues vamos, no sea que perdamos el tren –murmuró Dominique mientras empujaba su carrito y se perdía entre la multitud.
En menos de cinco minutos, los cuatro se encontraban delante del Hogwarts Express. Sin apenas despedirse de sus hermanos, Dominique se perdió entre el humo del tren en busca de sus amigas. No le apetecía presenciar la despedida entre Victoire y Ted. Después de visitar varios compartimentos, las encontró en uno de los primeros vagones.
-¿Quién eres tú y qué has hecho con mi pálida amiga Lucianna? –preguntó nada más entrar y observando el increíble y envidiable moreno que lucía la chica castaña y con gafas sentada al lado de Theodosia.
-Muy graciosa –respondió Lucianna mientras se echaba a los brazos de la cobriza que se tropezó haciendo que las dos acabaran riéndose en el suelo entre una mezcla de brazos y piernas. Theodosia las observaba moviendo la cabeza negativamente en señal de incomprensión. Ella nunca había sido dada a esas muestras de efecto, al contrario de Lucianna a la cual le encantaba el contacto humano.
-¿Qué tal las vacaciones? –preguntó Dominique una vez ambas se encontraban bien sentaditas en sus asientos y el baúl de la cobriza descansaba en la repisa superior.
-¡Geniales! –exclamó la castaña mientras se colocaba bien las gafas.- Mi madre es genial. Hemos estado dos meses en Croacia y la verdad es que no nos hemos aburrido ni un solo minuto.
El padre de Lucianna, Lucian Bole, antiguo bateador del Slytherin, había muerto cuando ella tenía cinco años de un ataque al corazón dejando a su viuda y a su hija sin más familia que ellas mismas y con una inmensa fortuna. Las malas lenguas y los cotilleos de Corazón de Bruja seguían asegurando que la muerte había sido provocada. Debido a esos ataques, madre e hija habían creado un vínculo muy fuerte.
-¿Has ligado? –preguntó Theodosia mientras una sonrisa pícara aparecía en sus normalmente siempre serios labios.
-Conoces la respuesta a esa pregunta –dijo Lucianna con pesar.
-Has cumplido diecisiete años este verano, la cosa podría haber cambiado –comentó la morena justificando su pregunta.
-Pues no. Sigo siendo incapaz de hablar con un chico guapo sin ponerme más roja que un tomate y no será porque mi madre no ha intentado ayudarme –dijo la castaña mientras apoyaba la cabeza con resignación en la ventana.
-Eso es porque aún no ha aparecido el indicado –dijo Dominique abrazándola.
Delante de esa mención al "hombre de tu vida", Theodosia bufó en señal de desacuerdo. Ella era una firme defensora de que conceptos como "príncipe azul", "el indicado" o "el hombre de tu vida" eran los responsables de que las mujeres estuvieran infravaloradas en muchas sociedades. Theodosia se había criado orgullosamente en un matriarcado a pesar de que seguramente su padre, Theodore Nott, y su tío, Draco Malfoy, no estuvieran muy de acuerdo con esta afirmación. Pero todo el mundo sabía que las que llevaban la voz cantante en su familia eran las hermanas Greengrass.
-Que tu no creas en el amor no te da derecho a reírte de ello. Además, estoy convencida que cuando te enamores vas a ser peor que todas esas admiradoras atontadas que tienen mi hermano y mi primo.
-¡Yo lo mató! –exclamó una chica entrando en el compartimento y cerrando de un portazo la puerta, cuyo vidrio se rompió haciendo que Lucianna sacara la varita y en un gesto mecánico volviera a juntar los pedacitos.
-¿Qué ha hecho Zabini esta vez? –preguntó Theodosia mirando a la recién llegada. Adriana Pucey era un claro ejemplo de que el amor era una mierda en todos los sentidos.
-Pasearse de la mano de una de las primas de Dominique y pedirme que abandonara el compartimiento porque tenía cosas que discutir con ella. ¡Y una mierda! Ya sé yo lo que quiere discutir con ella, maldito capullo…
-¿Cuál de ellas? –preguntó Dominique, mientras la recién llegada se dejaba caer abatida al lado de Theodosia.
-¿Qué más da? –murmuró Adriana.
-Depende de cual de mis primas sea, si lo sabe James va a matar a Zabini, así no hará falta que te ensucies tus manos de sangre –explicó la cobriza.
Adriana suspiró y negó con la cabeza sin haber escuchado ni una palabra de lo que Dominique acababa de decir. Seguía compadeciéndose de sí misma por haberse enamorado de su mejor amigo y por todas las gilipolleces que había llegado a hacer para captar su atención.
-Deberías olvidarte de él y buscarte a otro –dijo Lucianna, mientras se sentaba al lado de Adriana y le acariciaba el pelo. A pesar de ser de un curso menos, Adriana Pucey siempre se había llevado muy bien con las tres chicas de séptimo, de hecho a veces era más normal verla con ellas que con sus propias compañeras de habitación.
-Como si fuera tan fácil…
-¿No hay ningún otro chico que te parezca atractivo en Hogwarts? –se sorprendió Theodosia. Ella podía encontrar atractivo a cualquier chico o hombre del mundo.
-Yo creo que Zabini simplemente te ve como a algo seguro que siempre va a estar ahí, quizás es el momento de hacerle ver que no siempre vas a estar ahí para él –sugirió Luciana después de unos minutos de silencio en los cuales la chica de sexto no contestó a la pregunta de la morena-. Y ya que no hay ningún chico que te parezca atractivo aparte de él, ¿por qué no empezar a interesarse por alguno de sus más acérrimos enemigos?
-¿Me estás diciendo que empiece a tontear con James Potter?
-¿Por qué no? A mí me parece un buen plan –comentó Dominique, relamiéndose al pensar que su testarudo primo pudiera caer en manos de una Slytherin.
-¿Por qué tu primo James odia todo lo que huela a Slytherin?
-También ama todo lo que tenga pechos y culo –dijo Theodosia.
Mientras tanto en el último compartimiento del Hogwarts Express, James Potter, Louis Weasley y Frank Longbottom intentaban planear la broma de bienvenida que les harían a los Slytherin, ayudados por Roxanne Weasley, que se encontraba sentada en las rodillas de su novio, y Albus Potter, que como siempre iba sugiriendo las mejores ideas pero sin implicarse del todo en la broma.
-Pues yo creo que deberíamos incluir a Dominique y a sus amigas en la broma –dijo James-. Imagínalas llenas de moco rosa entrando en el gran comedor, puede ser el espectáculo del año.
-Totalmente de acuerdo –dijo Roxanne; Dominique tampoco era una de las primas preferidas de la morena.
-No voy a participar en una acción contra mi propia hermana –dijo Louis mirando primero a James y luego a Roxanne para dejarles claro que no había discusión posible-. Además, yo creo que con Zabini y Smith tenemos más que suficiente.
-Siempre podemos incluir a Malfoy y Nott –sugirió Albus sin despegar la vista del libro que estaba leyendo.
-No voy a atacar a niños de quinto año –dijo James.
-¿Higgs, Urquhart y Montague? –sugirió Frank hablando a sus compañeros de curso.
-¡Albus Severus Potter! ¿Se puede saber que haces ahí sentado?
Un torbellino pelirrojo entró en el compartimento tan repentinamente que Roxanne se cayó al suelo desde las rodillas de Frank. Antes de levantarse miró con resentimiento a su recién llegada prima que a su vez taladraba con la mirada al hijo pequeño de Harry Potter.
-Estoy leyendo un libro, Lucy –comentó Albus mirándola con incomprensión.
-Me da igual. Hace media hora que tenías que estar en el compartimiento de prefectos. Ahora que eres prefecto tienes una serie de deberes y el primero de ellos es reunirte con todos los prefectos y premios anuales en el Hogwarts Express, además de…
-Lucy, cariño, llévate a este vago, pero no nos hagas escuchar la lista completa de los deberes de un prefecto de Hogwarts, por favor –suplicó James poniendo cara de cervatillo abandonado.
Sacándole la lengua a su primo mayor, Lucy Weasley cogió a Albus por la túnica y se lo llevó hacia el compartimiento para recibir las primeras órdenes como prefectos de quinto año de Gryffindor. Durante todo el camino, no paró de repetirle uno por uno todos los deberes que tendría que cumplir ese año.
-Bueno, ¿por dónde íbamos? –dijo Louis cuando dejaron de oír la voz de Lucy que en esos momentos se parecía demasiado a la de su padre, Percy Weasley, para gusto de todos.
-Bueno, yo me voy a ver a mis amigas –dijo Roxanne levantándose.
-¿Por qué nos les dices que vengan aquí? –sugirió Frank que desde que se había encontrado a Dominique en el Callejón Diagon no quería separarse de su novia.
-Porque dudo mucho que a Talulah le apetezca mucho ver al capullo este –dijo la morena señalando a Louis-. O porque no me apetece controlar las ganas de Adelyn de matar al otro capullo –añadió señalando esta vez a James.
La verdad es que a pesar del ir al mismo curso y a la misma casa, Roxanne no se llevaba muy bien con James y Louis. Antes de ir a Hogwarts, los tres habían sido inseparables pero esa relación se había estropeado en el momento en que tanto James como Louis habían hecho daño a las dos mejores amigas de Roxanne. Y eso era algo que la morena no pensaba perdonarles nunca, que hubieran jugado con sus mejores amigas cuando ella les pidió expresamente que tuvieran cuidado con ellas.
-No sé porque sigues cabreada, yo nunca le prometí a Adelyn nada más que un par de noches de sexo y diversión… No tengo la culpa que se enamorara de mi.
-Me voy. No quiero seguir escuchando idioteces –y dicho esto cerró de manera más brusca de lo habitual la puerta.
-Yo creo que en ese tema deberías darle la razón a Roxanne e intentar no discutir con ella –dijo Frank que sabía que el tema era sensible para su novia.
-Creo que el cabreo lo tiene más conmigo que contigo, James –comentó Louis mirando la puerta. Él y Talulah habían estado saliendo el año pasado, pero antes de acabar el curso, Louis se dio cuenta que no quería estar más con la chica y la dejó sin darle muchas explicaciones, con lo cual entendía que la chica estuviera dolida con él.
-Seguramente, y aunque no me hace feliz que Roxanne esté cabreada con nosotros, debo decir que la soltería te ha sentado muy bien, Louis –dijo James recordando el grandioso verano que él y Louis habían vivido-. ¿Te acuerdas cuando fuimos a la discoteca esa muggle de Cardiff?
-Como olvidarlo –dijo el rubio mientras una sonrisa pícara aparecía en su cara.
Y así hablando de chicas, los encontró media hora después Ted Lupin. Hogwarts le había proporcionado un compartimiento para él sólo, pero luego de estar ahí más de dos horas se aburrió y decidió ir a ver si encontraba a la que considera su familia.
-¡Hola Ted! Siéntate con nosotros –dijo James cuando vio aparecer al que consideraba su hermano mayor por la puerta.
-Gracias, James. ¿Se puede saber porque estáis en el último compartimiento del tren? Me ha costado media hora encontraros. Además de tener que ver una docena de escenas un tanto desagradables.
-¿Qué escenas? –preguntó Louis interesado. No podía evitarlo, era el cotilla oficial de la familia Weasley, siempre lograba enterarse de todo lo que pasaba en Hogwarts y más allá de Hogwarts.
-Mejor no preguntes. ¿De qué hablabais?
-De chicas –dijo James guiñándole un ojo-. Aunque seas un hombre comprometido sigues teniendo ojos en la cara, ¿no?
-Para mi desgracia, sigo teniendo ojos… -murmuró el metamorfomago. Una de las escenas desagradables a las que había hecho mención era la que se había encontrado al abrir el primer compartimento que encontró. En él estaban Dominique y sus amigas, y nada más verlo la cobriza le había sonreído con esa sonrisa fría, retorcida y pícara que no presagiaba nada bueno. Sonrisa que había aprendido a esbozar en sus seis años en Slytherin y que a él le daban escalfríos.
-Realmente estábamos discutiendo sobre quien es la chica más guapa de Hogwarts. Desde que Victoire no está, no hay una ganadora clara –comentó James sacando al hijo de Remus Lupin de sus pensamientos.
-La verdad se me hace raro hablar de chicas que van a ser mis alumnas –comentó Ted-. ¿Podemos hablar de otra cosa?
-Bueno, si quieres hablamos de la broma que estamos planeando para los Slytherins, pero no creo que te guste este tema tampoco –dijo Louis.
-Si esa es la otra opción, mejor hablemos de chicas. No quiero meterme en problemas des del día uno –dijo Ted y los cuatros se rieron.
Y así hablando de chicas y de la broma que les harían a los Slytherins para inaugurar el curso escolar, al final Ted no pudo reprimir la curiosidad de saber que era lo que estaban planeado, las dos horas que faltaban para llegar a Hogwarts pasaron volando para los cuatro chicos Gryffindor.
La ceremonia del Sombrero Seleccionador era la parte más aburrida del banquete de bienvenida, sobre todo cuando no conocías a nadie que participara en ella. Por eso motivo, Dominique Weasley en lugar de prestar atención a la profesora Applebee, jefa de la casa Hufflepuff, que iba nombrando uno a uno los nuevos estudiantes, estaba recorriendo con sus ojos azules la mesa Gryffindor buscando a Frank. Desgraciadamente el chico se encontraba de espaldas a ella más pendiente del cuello de Roxane que de la ceremonia.
Con un gesto de fastidio, la cobriza decidió centrar su mirada en Ted Lupin que estaba sentado al lado de la profesora Turpin y miraba con interés la niña que se encontraba debajo del Sombrero.
-¡SLYTHERIN! –como si el nombre de la casa le hubiera recordado algo, Ted levantó la mirada y se encontró con la mirada de Dominique clavada en él.
Una sensación rara le recorrió por todo el cuerpo cuando la chica le sonrió, pero no con la sonrisa fría y retorcida de hacia unas horas, sino con una sonrisa cálida y un poco triste. Inmediatamente, el metamorfomago apartó la mirada y la centró en el último estudiante que había sido llamado para ponerse el Sombrero.
-¡HUFFLEPUFF! –gritó por última vez el sombrero antes que la mesa de los tejones estallara en aplausos.
-¡Bienvenidos a Hogwarts un año más! -empezó el discurso la profesora Sprout mientras se ponía de pie–. Sé que ahora mismo lo único que queréis es empezar a comer lo más pronto posible; os aseguro que yo también, pero quiero recordaros un par de cosas y hacer un anuncio importante. La primera de ellas es que el Bosque Prohibido está, como su nombre indica, prohibido para cualquier alumno o alumna de esta escuela –matizó la mujer mirando hacia la mesa de Gryffindor y Slytherin especialmente–. En segundo lugar, como sabréis, el ministerio de magia ha aprobado una ley que permite a los profesores tener profesores adjuntos para la parte práctica de la asignatura. Por favor, me gustaría que dierais un fuerte aplauso a Edward Lupin, profesor adjunto de Defensa Contra las Artes Oscuras, y a Juno McGonagall, profesora adjunta de Transformaciones.
Un enorme aplauso dio la bienvenida a los dos nuevos docentes que se levantaron bastante abochornados por ser tan aclamados en su antiguo colegio, pero a la vez ambos estaban orgullosos de haber seguido los pasados de su padre en el caso de Ted Lupin y de su tía abuela, en el caso de Juno McGonagall.
-En tercer lugar, quiero anunciaros que este año se celebrará en Hogwarts el primer Campeonato Europeo Juvenil de Quiddicth –dijo la profesora Sprout una vez los aplausos se hubieran acabado.
Al oír esa declaración, el Gran Comedor estalló en murmullos y exclamaciones. El quiddicth seguía siendo el deporte favorito del mundo mágico y por lo tanto el hecho de que se celebrara un campeonato despertaba un gran interés. La directora Sprout tardó más de cinco minutos en hacer que reinara el silencio otra vez.
-Como iba diciendo… Hogwarts ha sido escogido como sede del Primer Campeonato Europeo Juvenil de Quiddicth. El nuevo Ministro de Magia cree que el deporte es un gran medio integrador de nuestra sociedad y que por tanto organizar un campeonato de Quiddicth es la mejor manera de crear lazos con otros colegios de Europa.
-¿Y qué casa representará a Hogwarts, directora? –preguntó James Potter desde la mesa de Gryffindor.
-Ninguna casa representará a Hogwarts, señor Potter. He dicho que se trata de crear lazos de amistad; es por esto que haremos un equipo de Quiddicth de todo Hogwarts, con los mejores alumnos de las cuatro casas.
-Y si los mejores alumnos de Hogwarts son todos de una sola casa, no deberíamos hacer el equipo con ellos y así tener todas las opciones de ganar –preguntó Dominique, apoyada por toda la mesa de Slytherin. Ellos eran los últimos campeones de la Copa de Quiddicth.
-No todo se reduce a ganar, señorita Weasley –comentó la directora Sprout con una sonrisa. A lo que la rubia le respondió con una sonrisa falsa sentándose en su sitio otra vez-. No quiero más preguntas. Para terminar con el discurso de bienvenida quiero decir que la copa de Quiddicth de Hogwarts queda suspendida, aun así habrá partidos entre casas y la elección final del equipo de Hogwarts será hecha por un jurado imparcial a finales de diciembre. Aún no hay fecha oficial para el Campeonato pero seguramente se realizará durante el mes de Marzo. Ahora sí… ¡Que aproveche!
Justo en ese momento, en las mesas de las cuatro casas aparecieron los manjares que los alumnos habían estado esperando desde que subieran al Hogwarts Express esa mañana. Pastel de carne picada, muslos de pollo, zumo de calabaza, sopa de cebolla y patatas asadas aparecieron de la nada para placer de los alumnos que rápidamente se pusieron a comer y a hablar del sorprendente anuncio de la directora.
Después de estar más de dos horas comiendo y charlando, Theodosia se levantó y con tono cansado y aburrido indicó a los nuevos alumnos de Slytherin que la siguieran hacia la sala común. Por su lado, Dominique y Lucianna se quedaron un rato más conversando con sus compañeros de casa.
–Es increíble lo del campeonato –comentó Dominique recordando el anuncio que había hecho la directora antes del banquete.
-Será un gran año –aseguró Lucianna soñadora. A ella no le gustaba volar, de hecho le tenía pánico a las alturas, pero le encantaba el Quiddicth; su madre y ella eran unas fanáticas de las Arpías de Holyhead.
-Buenas noches, capitana –Theron Nott se acercó a las dos chicas de séptimo con una sonrisa. Era raro ver al hermano de Theodosia sin Scorpius Malfoy, pero el rubio había sido elegido como nuevo prefecto de quinto año de Slytherin, así que había tenido que marcharse con Theodosia para acompañar a los alumnos de primer año.
-¿Podrás parar de crecer algún día? –preguntó Dominique viendo que el chico había crecido otro palmo más des del junio pasado y ya le sacaba unos diez centímetros.
Los tres se habían levantado de la mesa y se dirigían hacia las mazmorras. Dominique y Theron iban tranquilamente caminado, Lucianna en cuanto había visto aparecer al chico se había puesto de un bonito color rojo y miraba a todos lados menos al recién llegado.
-Espero que ahora que ya soy más alto que tú me concedes el honor de ser tu cita para la primera salida de Hogsmeade –replicó el chico poniendo esa sonrisa que casi le había abierto tantas camas como a su hermana.
-Sigue soñando, Theron –contestó la cobriza distraídamente, acababa de ver salir a Ted del Gran Comedor y sintió el impulso de seguirlo-. Id yendo hacia la sala común, en un ratito voy yo.
Y sin ser consciente del marrón en el que había metido a su amiga Lucianna, que se había puesto más roja que la bufanda de Gryffindor, Dominique se marchó por el pasillo en el que acababa de desaparecer el peliazul.
Lo estuvo siguiendo varios minutos hasta que llegaron al tercer piso donde se encontraban los despachos y dormitorios de los profesores. Justo cuando iba a decirle algo, la profesora Applebee junto con su nueva profesora adjunta, Juno McGonagall, aparecieron por el otro extremo del pasillo y Ted se paró a hablar con ellas. Dominique viendo frustrado su plan de empezar a presionar a Teddy des del momento uno se marchó hacia su sala común.
La primera semana del curso fue muy cansada y bastante estresante para todos los alumnos de Hogwarts ya que el cambio de ritmo entre las vacaciones y la escuela pilló a todo el mundo desprevenido. Hasta Lucianna que era la mejor alumna de Slytherin contestó mal a una pregunta de su asignatura preferida, Historia de la Magia.
–¿Cómo he podido confundir la data de la Revolución de los Gigante con el nacimiento de Yardley Platt, el asesino en serie de duendes?
-El fin del mundo llegó –murmuró Dominique que no estaba de buen humor. Ya llevaban cinco días en Hogwarts y no había visto a Ted en ningún momento ya que ella no cursaba el EXTASIS de Defensa Contra las Artes Oscuras, a este ritmo no conseguiría llevar su plan a cabo antes de la boda.
-¿Se puede saber qué te pasa? No hay quien te soporté desde esta mañana. Es viernes, deberías estar pensando en quién será tu cita de esta noche en lugar de murmurar gilipolleces –le replicó Theodosia que no entendía los cambios de humor de su mejor amiga.
-Mi cita de esta noche es con Lucianna, un cuenco de palomitas y el último número de Corazón de Bruja –dijo Dominique con cansancio.
-Creo que te equivocas –anunció la castaña con una sonrisa-. Puede que tu cita de esta noche sea con un cuenco de palomitas y el último número de Corazón de Bruja, pero no conmigo. Yo tengo otra cita.
Al oír esa afirmación, tanto Dominique como Adriana escupieron el jugo de calabaza que acababan de beber y empezaron a toser al notar como parte de ese jugo se había ido por el conducto que no tocaba. Por su lado, Theodosia negó con la cabeza y siguió comiendo como si no hubiera oído nada.
-¿Tienes una cita? ¿Con quién? –Adriana fue la primera en recuperarse del ataque de tos y excitada cogió las dos manos de Lucianna.
-Tiene una cita a la cual no debería ir –sentenció Theodosia.
-He quedado con Theron. Me va a llevar a un sitio sorpresa –explicó emocionadísima la castaña ignorando lo que acababa de decir Theodosia y apretando las manos de la chica de sexto con alegría.
-Ya sé yo dónde te va a llevar… Te va a llevar a la cama, como a todas –comentó la morena.
-¿Qué tiene de malo eso? –preguntó Dominique que no entendía para nada la actitud de Theodosia-. ¿Estás preocupada por Theron?
-¡Claro que no! –contestó Theodosia-. No quiero que el insensible e idiota de mi hermano le haga daño a una de las personas que más quiero en este mundo.
Por segunda vez en lo que llevaban de cena, tanto Adriana como Dominique acompañadas esta vez por Lucianna echaron todo el jugo de calabaza que tenían en la boca. La primogénita de Theodore y Daphne no era muy dado a las frases cariñosas, y desde luego era la primera vez que afirmaba que las quería.
-No tienes fiebre… -se sorprendió Dominique mientras le ponía una mano en la frente a su mejor amiga-. ¿Te encuentras bien?
-Deja de hacer el idiota, Nickie. Estoy bien, simplemente creo que Lucianna se merece para su primera cita alguien mejor.
-Tu hermano es un buen chico –comentó Adriana.
-Mi hermano es un capullo egocéntrico que sólo quiere una cosa de las mujeres.
-Yo ya sé cómo es tu hermano, Theodosia. No te preocupes por mí. Si he aceptado tener una cita con él, es porque el otro día cuando Dominique nos dejó solos de camino a la sala común, pude hablar con un chico por primera vez en mi vida. Así que esta cita es más una prueba para superar mi timidez que nada más.
-Me parece un buen plan. Así que siguiendo tu ejemplo, me voy a poner en marcha el mío –dijo Adriana Pucey, levántandose de la mesa de Slytherin y guiñándoles un ojos a las tres chicas mayores.
La mayoría de las citas de los viernes por la noche, se planeaban durante los postres. Por ese motivo, era normal ver a alumnos de una casa sentados tranquilamente en la mesa de otra casa desplegando toda su artillería para conquistar o conseguir una respuesta afirmativa a su petición.
En el extremo más alejado de la mesa de Gryffindor, como cada viernes, había una multitud de chicas que en lugar de alumnas de Hogwarts parecían super modelos o actrices de tan maquilladas que iban. Y en medio de todo ese caos se encontraban James Potter y Louis Weasley disfrutando de las atenciones y miradas de sus admiradoras.
-Vaya, vaya, vaya… Cualquiera que os viera pensaría que disfrutáis demasiado charlando con cabezas huecas –dijo Adriana Pucey sentándose delante de James después de haber apartado bruscamente a dos chicas de quinto de Ravenclaw que la miraron odio.
-Pucey, ¿a que debemos tal honor? –preguntó James con el desprecio habitual que usaba para dirigirse a cualquier miembro de Slytherin.
-Sólo me estaba preguntando si eres lo suficientemente hombre para probar a una mujer de verdad, Potter –dijo la Slytherin mirándole fijamente a los ojos.
-¿Y tú eres la mujer de verdad que debería probar?
-Sólo si estás preparado –dijo Adriana con descaro.
-Lo siento, no salgo con el enemigo –dijo James.
-Qué pena… -dijo Adriana levantándose tranquilamente-. Pero recuerda, una vez desnudas no haz escudos ni colores, simplemente piel –susurró a la oreja de James antes de marcharse hacia la mesa de Slytherin bastante satisfecha de ella misma. Quizás no había logrado la cita con James Potter, pero por lo menos sabía que le había causado una impresión más profunda que cualquiera de las chicas que seguían rodeando al chico.
