Camino sigilosamente, felino, animal. Como siempre lo ha sido; recorrió levemente todo a su alrededor, en conjunto a sus azul hielo. Trato de encontrarle, sintiendo como mil colores explosionaban dentro de él, sintiendo la vil espera, recorrerle el alma.
Sonrió pronto vería a su incandescente fuego, sentir como sus labios derretían su conciencia, como todo se convertía en millones y millones de mariposas volando, susurrándoles canciones épicas sobre su amor eterno, prohibidas y cadenciosas.
Durante un segundo, un milenio. El creyó ver sus mieles, brillantes, dulces. Piedra por fuera, ambrosia por dentro. Que logro lo imposible, pero irónicamente su amor era así de imposible.
Siempre esperando, siempre tratando de ser uno con las cenizas, tratando de que el mundo deje de girar. De poder volar de verdad. De amar siendo amante.
Su madre siempre le dio todo, pero tiene lo que el no. Puede que ella sea igual que el. Amor pero sin el. Caricias sobrevolando, tímidos temblores recorriéndole calmos su soplo. Ella lo posee y el solo quiere odiarla, pero no puede, son un espejo de dos caras, forman el uno del otro. Nunca han amado. Siempre mirando en menos el cálido sentimiento mortal. Tienen un y mil amantes.
Pero lo descubrió, el mundo desapareció. E incluso el no supo si alguna vez había vivido de verdad su vida lozana y sobrenatural. Hasta que le vio su cojera, sus millones de poco versátiles rasgos. Sin embargo lo supo y se quedo impregno en su esencia, en todo. Fue la primera vez que realmente respiro, que sintió que todo se disparaba dentro de el; como una droga, una muy adictiva que hacía que su conciencia se apagara intermitente. Y le miro fijamente sus mismos ojos dorados como la más dulce ambrosia y como el sol ardiente.
Centrados en el.
Como si sintiera su sucio secreto y ese algo le paralizo el corazón. Se sintió muy expuesto como si ese tosco e hirviente Dios, le haya desnudado capa por capa y sintió terror, muchísimo. Siempre con una coraza que le protegía de todo lo tempestuoso, de todo lo magnánimo y venia aquel forjador y derrumbaba todo.
Pero le agradecía a todo lo divino y mortal, por haberle dado esta oportunidad de conocerle mejor, mostrar cuan equivocado estaba el universo. Para él, acostumbrado a vomitar belleza. Ese hombre era lo cosa más hermosa y divina que pudo su mente haber conocido.
Y le tenía solo para el
Sus gestos, su voz, su respiración, sus ojos fijos y anhelantes en él, su todo.
La diosa de la belleza y el amor, podría despreciarle y repudiarle.
Mejor mucho mejor para su amado Dios, para poder besarle y adorarle como realmente lo merece.
Justo como en ese blasfemico momento con los mieles recorriendo su alma y su temple.
Esclaveciendole y quemando lujuriosamente sus alas
Al mismísimo dios alado.
