Este es un copy-paste. El nombre del libro lo dire al final.
Los personajes de SCC son propiedad de CLAMP.
¿Quién es el jefe?
Capítulo Dos
—¿Tú eres Touya Kinomoto? —se sentía aturdida.
—Me temo que sí.
—Pero…
¡Santo cielo! Un hombre que medía más de un metro ochenta de complexión dura y varonil la observó. Tenía los ojos marrones entrecerrados, nublados por pensamientos que ocultaba con facilidad. Aunque con esa mandíbula cuadrada e implacable adivinó que no estaba especialmente entusiasmado. Unas manos enormes y anchas reposaban en sus caderas, los pies bien separados. Exhibía una actitud de suprema confianza. Llevaba una camisa blanca bajo la cual se abultaban unos bíceps impresionantes, y unos vaqueros viejos que le quedaban demasiado bien.
Parecía un rufián. Un salteador de caminos, espléndido y temperamental. ¿Qué había sido del tipo grotesco con una calculadora? Ese hombre era joven, como mucho apenas había pasado de los treinta años, agudo y, a juzgar por su expresión, duro como el acero.
Al principio había parecido dulce y amigable, pero ya no. En ese momento era todo lo contrario. ¡Y pensar que se había preocupado por él ante la posible ira del «jefe»!
—Santo cielo. Esto no va a funcionar.
—¿De verdad? —el alivio suavizó sus facciones.
Un gemido audible se oyó desde el otro lado de la puerta, y Touya volvió a fruncir el ceño. Estiró un largo brazo por delante de ella y la abrió de golpe. Tres hombres, dos de ellos encajaban a la perfección con la imagen de unos locos del ordenador, casi se cayeron de bruces al suelo.
Se recuperaron con rapidez, en particular por la mirada furiosa que les lanzó Touya, y, disculpándose, se marcharon por el pasillo.
—Lo siento —le dijo a Tomoyo—. Andamos cortos de estímulos por aquí. ¿Decías que esto no iba a funcionar?
Asintió, al tiempo que se preguntaba cómo un genio informático podía tener esa voz ronca, como un buen whisky añejo.
—Sí. Lo siento. Pero… bueno, en mi experiencia, no trabajo bien con hombres como tú.
—¿Hombres como yo? —parpadeó.
Del otro lado de la puerta cerrada, volvió a oírse un sonido. Parecía una… risita. Tres risitas.
Touya respiró hondo y no les hizo caso.
Tomoyo volvió a imaginarse a los tres hombres pegados a la puerta, Podría haber sonreído de no ser por la expresión de Touya.
—¿Y qué se supone que significa eso de que no trabajas bien con hombres como yo? —quiso saber, irguiendo los hombros.
Significaba que estaba cansada de apartar manos curiosas del tipo de hombre que la juzgaba por su apariencia. Cansada de que le dieran una palmadita en la cabeza como si fuera un juguete.
Le sucedía desde la pubertad, que, por desgracia, había tenido a temprana edad. En su experiencia, delante estaba el tipo de hombre que casi con toda seguridad podría tratarla de esa manera. Indiferente, ecuánime, sabelotodo, arrogante.
—Sencillamente significa que lo siento, señor Kinomoto —repuso—. Pero esto no funcionará. Es evidente que eres un hombre que no necesita a nadie. Sin duda no a mí —dio la vuelta y se dirigió a la puerta antes de recordar algo aterrador.
Ella necesitaba desesperadamente el trabajo.
Sin él, su destino era la calle. Al ser una mujer no habituada a la tensión, le había resultado muy fácil olvidar ese pequeño detalle. ¿Podría encontrar otro trabajo?
La idea casi le provocó una carcajada. Con su curriculum, tendría suerte si terminaba en el mostrador de una hamburguesería. La mano se le paralizó en el pomo y luchó con el orgullo, el miedo y algo incluso más nuevo… la irritación.
¿Por qué no la había querido para el puesto?
—¿Has olvidado dónde aparcaste el coche? —preguntó él con educación a su espalda.
Lo que faltaba. El sexy sabelotodo era un listillo.
—No —esbozó su sonrisa más cálida y se volvió para enfrentarse al rostro severo más atractivo que había visto jamás—. Acabo de pensar que tal vez… —cómo odiaba eso—. Tal vez te juzgué con demasiada premura.
Él la contempló largo rato, y sus ojos fríos no revelaron nada. Los dos ignoraron los alientos contenidos del otro lado de la puerta.
—¿Quiere decir que no te marchas? —preguntó al final.
—Así es —interiormente se encogió ante el inconfundible pesar de su voz—. A menos que me despidas.
—Por lo que sé de ti, no tienes experiencia en nada, salvo quizá en estudios sociales.
—Puedo realizar este trabajo —se envaró en defensa automática por la desaprobación y el disgusto que percibió.
—Maldita sea —Touya soltó un suspiro pesado—. Además, no puedo despedirte. Resulta algo complicado.
Desde el pasillo, llegó un suspiro de alivio unánime que hizo que Tomoyo se sintiera mejor. Al menos sus empleados querían que se quedara. Se relajó un poco. ¡Aún no había fracasado!
«Te lo demostraré, mamá. Puedo hacerlo». Pero entonces registró las palabras de él.
—¿Que no puedes despedirme? ¿Por qué?
Parecía imposible que la mandíbula de Touya se endureciera más, pero no fue así.
—Olvídalo. ¿Qué sabes del trabajo que desempeña una secretaria?
—Eh… —lo que sabía cabría en el bolsillo trasero… si tuviera uno—. Sé hacer café —improvisó, recurriendo a la habilidad que creía compartir con todas las secretarias. Touya Kinomoto cerró los ojos y gimió—. Y —añadió en un impulso brillante—, por teléfono poseo una voz muy agradable.
La principal cualidad de Touya era pensar. No había nada que le gustara menos que no entender algo… y distaba mucho de entender a la hija de Sonomi.
—Dime una cosa —suplicó—, ¿por qué quieres este trabajo?
—Bueno… se trata de una larga historia —hizo un movimiento que encogió sus pequeños hombros y alzó sus pechos no tan pequeños que luchaban contra el jersey—. Dudo que lo comprendieras.
—Tengo una inteligencia media —repuso con sequedad—. Ponme a prueba —despierta su curiosidad, cruzó los brazos y se apoyó contra la puerta—. Eres rica como el pecado, princesa. Y sé con certeza que tu madre te pagaba un piso en primera línea de playa, y un coche bonito —ella soltó una carcajada, y sus ojos parecieron algo salvajes—. Entonces, ¿por qué quieres un trabajo como éste?
—Lo quiero, nada más. Y el testamento pone que tú me lo darás.
Tenía razón, y el recordatorio fue como una bofetada en el rostro de Touya. Sonomi le había dado todo, todo, y a cambio sólo le pidió un pequeño favor.
Era hora de dejar de dilatarlo y aceptar los hechos. Para bien o para mal, tenía secretaria nueva. Al menos hasta que dimitiera.
—De acuerdo, señorita Daidouji —reconoció con cansancio, frotándose las sienes—. Así es como vamos a trabajar. Estoy inmerso en algo muy importante y odio que me molesten. Supongo que puedo acostumbrarme a que alguien maneje el teléfono.
Del otro lado de la puerta, se oyeron unos vítores. Touya la abrió. Una vez más los tres jóvenes trastabillaron. De inmediato, se irguieron e intentaron aparentar ecuanimidad.
—Estos bobos son mis técnicos —indicó Touya disgustado—. Huey, Dewey y Louie.
Dos eran gemelos idénticos. Uno de los chicos altos, delgados y de poco más de veinte años alargó la mano con una amplia sonrisa en el rostro.
—Hola, me llamo Yukito —estrechó la mano de Tomoyo con tanto entusiasmo, que ella temió que le sacara el brazo del hombro, pero su expresión era tan amable, tan sincera, que le devolvió la sonrisa, aliviada de ver una cara amigable—. Proporciono apoyo técnico a nuestros clientes —explicó—. Aparte de mantener a Touya humano sacándolo a rastras de aquí cada noche.
—Yo soy Yue —dijo el otro gemelo. Otra sonrisa de oreja a oreja—. También ayudo con el apoyo técnico, pero básicamente Touya no podría funcionar sin mí, porque soy el único con encanto y personalidad —Touya puso los ojos en blanco—. Es verdad —asintió, mirando a Tomoyo con expresión llena de buen humor—. Y tú eres estupenda.
—Gracias —repuso ella, pensando lo mismo de ellos.
El tercero, un chico de cabello negro, de complexión media que parecía haber cumplido ya los treinta años, sonrió con timidez y mantuvo las manos clavadas en los bolsillos al presentarse.
—Yo soy Eriol. Trabajo con Touya en el departamento de desarrollo de productos.
—Llevamos tiempo necesitando una nueva secretaria —indicó Yue en el incómodo silencio que siguió—. De verdad. Desde que la última… hmm… se marchó.
Yukito asintió con vigor.
—Touya la asustó y… —calló al ver la mirada de Touya.
Otro silencio incómodo. Yue se mordió el labio. Yukito bajó la vista a sus pies. Eriol observó a Tomoyo lanzarle una mirada curiosa y cauta a Touya.
—Ella… hmm… no funcionó —explicó Eriol con diplomacia—. En realidad no fue culpa de nadie.
—No hace falta medir las palabras, Eriol bufó Touya—. Puedes contarle la verdad —ya fuera por lealtad o por simple reacción al tono de Touya, Eriol mantuvo un silencio obstinado.
—Se lo contaré yo —susurró Yue. Miró a Tomoyo—. Touya asustó a las últimas tres secretarias. Tú no te asustas con facilidad, ¿verdad?
—Yo… —pensó en las facturas. En los acreedores—. No.
—Touya no es tan hábil con las mujeres —indicó Yue.
Eriol soltó una risa baja al ver el movimiento disgustado de la cabeza de Touya.
—Le suplicamos que incorporara a alguien para archivar las carpetas y contestar al teléfono. Y para que aligerara un poco las cosas. Ya sabes… alguien con quien divertirse. Eso es todo. Nada ofensivo, desde luego —añadió Yukito con presteza.
—Lo he entendido —aseguró Tomoyo, encantada con sus nuevos y dulces compañeros.
—Pero la que más ha durado ha estado tres horas —reconoció Yue.
—No me digas —al mirar el rostro severo e increíblemente atractivo de Touya Kinomoto no tuvo problemas en imaginar la causa.
—Ladra mucho, pero no muerde —Eriol volvió a reír y dispersó parte de la tensión existente, aunque parte de su alegría se desvaneció cuando Touya lo observó con ojos centelleantes.
—¿Por qué todo el mundo habla de mí como si no me encontrara presente?
—Es como un terrier —explicó Eriol sin hacerle caso—. Estridente y hosco. Luego pasivo como un cachorrito.
—¿De verdad? —ella observó al muy irritado Touya. Tenía el cuerpo rígido. Sus ojos eran como hielo. «Pasivo» era la última palabra que habría empleado.
—Volved al trabajo, chicos —ordenó con los hombros tensos.
—Encantado de conocerte, Tomoyo —Yue vaciló en la puerta—. Espero que te quedes.
—¿Realmente sabes preparar café? —preguntó Yukito—. Porque…
—Yukito —cortó Touya con voz clara y baja—. ¿No tienes nada, cualquier cosa, que hacer?
—Sí, supongo que sí —hundió los hombros—. Es que tú preparas un café horrible, Touya. Y…
—Estoy seguro de que tendremos tiempo más que suficiente para hablar del maldito café —espetó impaciente—. En serio, os lo juro, me gustaría ponerme a trabajar en algún momento del día. ¿Os parece bien a todos?
—Sólo está así porque se halla a punto de concluir este proyecto y todo lo demás no para de interrumpirlo —le confió Eriol a Tomoyo acercándose a ella—. El teléfono, el papeleo, cosas por el estilo —le regaló una sonrisa dulce—. No dejes que ahora te asuste, ¿de acuerdo?
Era tan amable… Igual que los gemelos.
No pudo recordar cuándo le habían dedicado una amistad tan sencilla y sin complicaciones. Los que habían dicho ser sus amigos habían dejado de serlo. Habían desaparecido por arte de magia porque ella había dejado de ser alguien.
Pero esos chicos… Todos la miraron a los ojos en vez de al pecho… otro punto a su favor; al hablar con ella, aparte del hecho de que la consideraban bonita, la habían tratado con respeto.
Tomoyo sonrió, avergonzada de sentir un nudo en la garganta al revivir la cálida bienvenida que le habían dispensado. Nunca había experimentado nada semejante. De pronto, pensó que a todas partes a las que había ido antes había sido aceptada bien por su aspecto o bien por el dinero de su madre.
Nunca por sí misma.
Cuando los tres se marcharon, se quedó con el jefe. Sabía bien que no la quería allí, que no creía que pudiera desempeñar el trabajo. Pero, por algún motivo, no iba a rechazarla.
Él la miró y volvió a poner rígida la mandíbula. Casi toda la determinación de Tomoyo vaciló, y lo poco que le quedaba apenas logró resistir sus siguientes palabras.
—De acuerdo, princesa, así es como va a funcionar esta situación.
¿Dónde estaba el hombre amable, ese con quien habló por primera vez, el que pensaba que iba a ser su amigo? Lo estudió con sigilo, pero no fue capaz de dar con ningún rastro de él.
—La última puerta a la izquierda es mi despacho —continuó Touya con sequedad, saliendo al pasillo para indicársela—. Odio que me interrumpan, así que no lo hagas —la miró con algo de expectación, casi esperanza. ¿Se marcharía si se mostraba lo bastante hosco?
Como si le hubiera leído los pensamientos, Tomoyo rió. Rió. El sonido inesperado y dulce provocó que Touya tensara los músculos abdominales.
—¿Esperas que me amilane ante una orden tan fiera? —meneó la cabeza, y el pelo se agitó. La fragancia floral de ella asaltó el olfato de Touya, irritándolo por lo bien que olía—. Mejor aún, quizá esperas que me vaya corriendo con el rabo entre las piernas —esas palabras plantaron una vivida imagen en su mente de lo que había entre las piernas de ella—. ¿Debo recordarte de quién soy hija? —preguntó, interrumpiendo sus sobresaltados y sensuales pensamientos.
—Sé de quién eres hija —su madre jamás había retrocedido ante nadie.
—Bien. Y tampoco me asusto con facilidad.
Irritado con ella, con sus técnicos y consigo mismo, volvió a la oficina delantera. Miró al techo e hizo una mueca. «Gracias, Sonomi. Espero que te estés divirtiendo».
—Aunque quizá esté mejor en una hamburguesería —Tomoyo pasó a su lado.
La observó mientras entraba contoneándose al ritmo de sus indisciplinadas hormonas.
—Te acercaré a la más próxima —para suavizar las palabras que sabía desagradables, le ofreció su sonrisa más cautivadora.
Era una bomba, ajena por completo a cualquier ética laboral, diseñada para torturarlo. Pero no podía dejar de pensar en el aspecto que tendría tumbada sobre su escritorio.
—Bien… ¿cuántos empleados tienes aquí? —preguntó, volviendo a interrumpir sus pensamientos eróticos.
—Aparte de los tres idiotas que ya has conocido, sólo yo.
—Y ahora yo —añadió Tomoyo.
—Me esfuerzo para que eso cambie.
Podía entender el sarcasmo. Por el modo en que mantenía su enorme cuerpo tenso, imaginó que debía sentirse bastante incómodo. La mayoría de las personas se enfrentaba a la incomodidad con una especie de agresividad exagerada. Su madre había sido la reina de esa estratagema, aunque jamás la empleó con ella, y supuso que Touya Kinomoto no sería muy diferente.
—Voy a quedarme, señor Kinomoto.
—Eso has dicho.
—Pensé que CompuSoft era grande —intentó cambiar de tema para que no lograra intimiSakura—. Según mi madre, este sitio era el futuro del software de vanguardia.
—¿Dijo eso? —increíblemente, la expresión de Touya se suavizó y su actitud hostil se desvaneció.
Sin duda, fue una ilusión que de repente pareciera vulnerable. Era tan vulnerable como un enorme oso hambriento que acabara de salir de la hibernación.
—Estaba bastante orgullosa de esta empresa.
—Considero eso como un gran cumplido —logró articular con voz casi reverente.
Su madre jamás alababa a la ligera, y sólo pensar en ella le producía dolor, cuando ya estaba cansada de sufrir. Rara vez la había alabado a ella. Para combatir ese pensamiento, continuó con la conversación.
—¿Cómo podéis ser sólo cuatro aquí?
—Ya no se trata de la empresa enorme que era al mando de tu madre. Nos han separado de todos sus otros negocios. Dependemos de nosotros, los pocos que diseñamos y brindamos servicio técnico a nuestros programas —volvió a dirigirle esa mirada impenetrable—. ¿No recibiste una copia del testamento?
Tomoyo notó que siempre que mencionaba a su madre, la observaba con atención. Si supiera cómo había revisado ese maldito testamento, preguntándose qué le había pasado a su vida agradable y placentera… Si intuyera lo perdida que se sentía en ese mundo nuevo e inseguro, o el resentimiento que albergaba hacia su madre en lo más hondo de su corazón.
—Sí —pudo contestar con su habitual impertinencia—. La recibí.
—Si los términos eran demasiado difíciles de comprender —indicó despacio, provocándola—, tendrías que haberle pedido a alguien que te los explicara.
—En contra de lo que debes pensar de mí, entiendo la palabra escrita.
—Tu madre desinvirtió en todas las demás compañías. Para empezar, la mitad de CompuSoft era mía, de modo que me legó la otra mitad.
Podía dejarle a ese hombre media empresa, regalársela, pero a ella no podía dejarle ni un centavo. Sólo un trabajo miserable con un hombre que no la soportaba.
—Qué amable.
—¿Amable? —pasó por alto el sarcasmo y soltó una risa fugaz que pareció dura—. Fue increíble. Lo más generoso que alguien haya hecho jamás por mí… —se detuvo de repente y la miró—. No sé por qué te cuento esto.
Ella tampoco. La hería de forma indescriptible saber que su madre había pensado tan poco en su propia sangre y que le hubiera dejado a ese hombre más que lo que le había legado a su única hija.
—¿Por dónde empiezo?
—¿De modo que te quedas?
—Sí.
—Bien —suspiró—. Ésta es la mesa de recepción —señaló detrás de él un escritorio grande que daba a la entrada. Estaba lleno de papeles, carpetas, diversos componentes de ordenador y lo que parecía una bolsa olvidada de comida—. Lo único que tienes que hacer es llegar a tiempo, que aquí es alrededor de las ocho, y contestar las esporádicas llamadas telefónicas —la observó—. ¿Podrás hacerlo?
—Hmm, creo que me las arreglaré —iba a tener que enseñarle una o dos cosas sobre modales. En cuanto a la hora intempestiva, ya lo solucionaría—. ¿No tienes más necesidades que te contesten el teléfono?
—No creo que desees oír hablar de mis necesidades —repuso con mirada opaca y una leve sonrisa.
Tomoyo pensó que hosco era más que atractivo, pero sonriente resultaba apabullante.
—Probablemente no —decidió con el corazón acelerado.
Despacio, él la recorrió con la vista. Cuando sus ojos se encontraron, de ellos emanó un calor inconfundible. Tomoyo había recibido ese tipo de miradas desde que desarrolló pechos, de modo que hacía tiempo que había aprendido a esquivarlas. Pero de pronto, bajo el ardiente escrutinio de Touya Kinomoto, y a pesar de lo increíble que resultaba, sintió que se ruborizaba.
—¿Hay algo malo con mi ropa?
—Sí —repuso en voz baja y perturbadoramente sexy—. En esta oficina te hará falta algo… más…
—¿Más? —sabía que se había equivocado de elección de vestuario.
—Sin forma. Como un saco de patatas.
—Ni muerta me pondría un saco de patatas —rió.
—Distraes.
—Tus técnicos fueron refrescantes y encantadores. No creo que tenga ningún problema con ellos.
—No me refería a los Tres Chiflados, princesa —se volvió y marchó pasillo abajo.
—Oh.
NOTA:
Gracias a quienes dejaron sus comentarios, sera un fic relativamente pequeño pero muy bonito, espero les guste este copy-paste, sobre todo por la pareja, personalmente me encantan ellos dos.
Florencia: Sí, gracias por la observación, había sido un error de dedo, ya esta corregido.
