Capítulo Tres
Al final de la semana, Candy admitió que ni siquiera se le había pasado por la cabeza la idea de que podría fracasar como camarera. O que el restaurante tendría que cerrar por falta de clientes.
Sabía por experiencia lo duro que era abrir un negocio, incluso con el dinero de su familia, los importantísimos contactos y las conexiones publicitarias que hacían falta. Se tardaba tiempo en encontrar clientela para convertir un restaurante en un negocio estable.
Y también sabía que la mayoría de los restaurantes cerraban en menos de seis meses.
Pero mientras Albert preparaba las bebidas que le había pedido, se dio cuenta de por qué no había pensado en el fracaso en ningún momento.
Aparentemente, aquel hombre lo hacía todo bien. Y parecía haber invitado a todo el barrio.
-Dos cervezas alemanas, una tónica y un martini para mi mejor camarera -sonrió, sirviéndolo todo en una bandeja.
-Soy la única camarera que tienes, Albert. Tu hermana acaba de decirme que es Organizadora de Fiestas-sonrió ella, mirando a Annie.
-Es una chica estupenda, ¿verdad?
-Genial -asintió Candy.
Su madre no habría cancelado una cita para hacerse la manicura por ayudarla, mientras que la familia de Albert lo había dejado todo para echarle una mano.
-Tengo suerte, sí.
-Pero si siguen viniendo clientes a este ritmo vamos a necesitar otro camarero. ¿Patty va a seguir en la cocina?
-No, lo suyo es coser gatos, perros y hámsteres.
Candy parpadeó, confusa.
-¿Es veterinaria?
-Le queda un año para terminar la carrera, pero está haciendo prácticas en una clínica.
-Ah, ya. De todas formas, necesitamos más gente. ¿Qué has hecho, poner un anuncio en el periódico diciendo que hay barra libre?
-No, la mayoría son amigos de amigos que esperan conseguir una cena gratis -sonrió Albert. En ese momento, alguien lo llamó desde el otro lado de la barra-. ¡Espera un momento, Benny! ¿No ves que estoy intentando ligar con mi camarera?
-Atiende a tus clientes -suspiró Candy.
-¡Señorita, mi cerveza! -le gritó alguien.
-Ya voy, ya voy -murmuró ella, abriéndose paso entre la gente-. Aquí está su cerveza.
-¿Qué tal te trata el jefe? -le preguntó uno de los clientes, un hombre de pelo rubio.
-Como un negrero -contestó Candy.
Evidentemente, la mayoría de los clientes eran amigos. Estaba claro que, en ese aspecto, Albert no tenía ningún problema. Y tampoco tenía ningún problema con las mujeres, a juzgar por las miraditas que le echaban las clientas.
-Me lo temía.
-¿De qué conoces a Albert?
-Es el mejor empleado que he tenido nunca. Hasta que tuvo la idea de abrir su propio restaurante, el ingrato.
La pelirroja que iba con él soltó una carcajada.
-No le hagas caso. Mi marido está enfadado porque Albert no nos ha dejado invertir en su negocio.
-¿Albert era camarero vuestro?
-¿Camarero? Bueno, durante unos tres días. Luego me dijo que quería dirigir el negocio. Arregló todos los problemas que teníamos, aumentó la clientela y multiplicó los beneficios.
-¿En serio?
-Lo hacía todo. Incluso me convenció para que comprase el local contiguo.
-Un chico listo -sonrió su mujer-. Lo echamos de menos.
-Un chico tonto -replicó él-. Ha tardado dos años en abrir este sitio porque se negaba a aceptar socios.
Candy sonrió.
-Hay gente muy testaruda. Pero será mejor que vengan siempre que puedan:.. para que esto no se cierre antes de Navidad.
El hombre soltó una carcajada que llamó la atención de Albert.
-¿Qué pasa ahí?
-Tienes una buena Relaciones Públicas. Puede que te la robe.
-Y puede que yo no te deje entrar aquí más, Richard -rió Albert, desde la barra.
Quince minutos después, cuando estaba de vuelta frente a la barra para pedir otra ronda de copas, Albert se inclinó para hablarle al oído.
-Si no tienes mucho jaleo, me vendría bien que lavaras unos vasos.
-Sí, seguro -murmuró Candy, suspicaz.
En la barra no había sitio para dos personas porque tendrían que chocarse continuamente.
-En serio. El lavavajillas no llegará hasta la semana que viene y lo estoy haciendo a mano. Pero no me da tiempo a atender y fregar.
Candy miró alrededor y vio que todos los clientes estaban ocupados con su cena. Seguramente Annie podría encargarse de servir alguna copa.
-No sé...
-Si no me ayudas, tendremos que servir martinis en vasos de plástico -insistió Albert.
-Muy bien, de acuerdo.
Cuando entró en la barra vio el desastre: copas de vino, jarras de cerveza, copas de martini, vasos largos... todo metido en los fregaderos, incluso colocados en el suelo.
-¿Has fregado algún vaso?
-Es que no me ha dado tiempo –sonrió Albert, con cara de inocente.
-Ya te digo.
Adiós a su manicura, pensó. Estuvo fregando copas y vasos durante veinte minutos.
Cuando encontró uno que alguien había usado como cenicero, maldijo a Albert en voz baja.
Y cuando se dio cuenta de que era dificilísimo quitar las marcas de carmín, empezó a planear un asesinato.
Albert pasó tras ella en aquel momento. Lo había hecho varias veces, pero siempre sin rozarla. Un comportamiento muy profesional, debía reconocer. Aunque sentía el calor de su cuerpo como si la hubiera tocado.
Pero estaba agotada. Por primera vez en mucho tiempo, estaba deseando llegar a la horrorosa habitación del Sherradin.
Cuando llegó a trabajar aquella tarde, Albert le pidió de nuevo que cumplimentara los papeles del contrato. Asustada, volvió a decirle que había olvidado la documentación.
-Me la he dejado en el hotel.
-¿En el hotel? ¿Vives en un hotel? -preguntó él, sorprendido.
-El hotel Sherradin, en la calle Broadway.
-¿Eres tonta? ¿No sabes qué clase de sitio es ese? -le espetó Albertentonces, indignado-. La mayoría de los clientes alquilan la habitación por horas... no sé si me entiendes.
-Claro que te entiendo. No soy tonta.
-¿Qué haces tú allí?
-Es barato y la puerta está blindada.
-¿Una puerta blindada? En el Sherradin deberías dormir con una escopeta.
-Me lo estoy pensando -replicó ella.
No le hacía ninguna gracia vivir en un hotel plagado de prostitutas y drogadictos, pero no pensaba avergonzarse. Y menos delante de él.
Treinta segundos después, Albert marcó un número de teléfono.
-Patty, soy Albert. Necesito que me hagas un favor. ¿Te importaría pasar por el hotel Sherradin antes de venir al restaurante? Allí te encontrarás con Candy-dijo, mirándola de reojo-. Eso mismo le he dicho yo. ¿Te importaría ayudarla a guardar sus cosas? Sí, estará allí en diez minutos. Ya veremos luego dónde instalarla.
Candy iba a protestar, pero él levantó una mano.
-Gracias, Patty.
-No sé qué crees estar haciendo, pero no me gusta que...
-Siéntate.
-Estoy perfectamente bien en el hotel Sherradin.
-Candy.
-¿Qué?
Albert dejó escapar un suspiro.
-Cuando contrato a alguien me gusta pensar que volverá a su casa y dormirá bien para venir a trabajar al día siguiente. En ese hotel podría pasarte cualquier cosa, así que se acabó.
-¿Ah, sí? ¿Y dónde voy a vivir?
-Para empezar, trae tus cosas aquí. Luego ya veremos.
Los ojos de Candy se llenaron de lágrimas. La idea de no tener que dormir con un ojo abierto y el otro cerrado, escuchando los ruidos del pasillo, era algo por lo que nunca imaginó que se sentiría tan agradecida. Pero no iba a llorar, no iba a llorar delante de él.
-Gracias.
-No me des las gracias, tonta. Me gusta cuidar de la gente que me cae bien. Y tú me caes muy bien -sonrió Albert, apretando su mano-. Pero vuelve enseguida, ¿de acuerdo?
Candy apartó la mano y salió corriendo.
Encontró a Patty esperándola en la puerta del hotel, mirando a todos lados con cara de susto.
-No puedo creer que hayas dormido aquí. Eres más valiente que yo, desde luego.
-Sí, bueno.
Subieron a la habitación y empezaron a guardar sus cosas en la maleta.
-¿Cómo has podido vivir aquí, Candy?
Quizá fue la preocupación que notó en su voz o quizá que se sentía culpable... pero se encontró contándole la historia de su vida, aunque convenientemente tratada para no dar demasiados detalles.
-Trabajaba con mi familia, pero últimamente querían hacer cosas con las que yo no estaba de acuerdo -suspiró Candy, doblando un par de pantalones-. Además, estaba saliendo con un hombre que le daba la razón a mi madre en todo. La única que estaba de acuerdo conmigo era mi abuela, pero murió hace unos meses. Poco después no pude soportar más la presión y decidí desaparecer durante un tiempo. Supongo que pensarás que soy una cobarde.
-Lo que yo piense da igual -dijo Patty-. Pero no creo que seas una cobarde en absoluto. A veces hay que dar un paso atrás para ver lo que uno está haciendo con su vida. Venga, vamonos. Albert estará de los nervios.
Mientras volvían al restaurante, Patty le ofreció que ocupase una habitación en su apartamento. Su compañera de piso se había marchado recientemente y no estaba buscando otra, pero no le molestaría compartir su casa con Candy durante algún tiempo.
Cuando le dijo que no tendría que firmar ningún contrato de alquiler, Candy aceptó de inmediato.
La familia de Albert estaba empezando a ser muy importante en su vida.
Cuando terminó de lavar vasos detrás de la barra, Candy le dio las gracias al cielo por haber encontrado a una familia que la acogía de forma tan cariñosa sin conocerla de nada.
No recordaba la última vez que alguien le ofreció ayuda... En realidad, estaba acostumbrada a hacerlo todo sola. Demasiado acostumbrada.
Perdida en sus pensamientos, tardó unos segundos en darse cuenta de que Albert estaba hablando de ella.
-La recogí de la calle, le quité el polvo y esta noche pienso llevármela a casa.
-¿Qué? -exclamó Candy, levantando la cabeza.
Al hacerlo, sin querer golpeó a Albert en la barbilla.
-¡Ay! -gritó él-. Estaba diciendo que...
-¡No quiero oír una palabra más! No voy a tu casa, voy a casa de tu hermana, idiota.
Al oír risotadas, se dio cuenta de que había varios clientes pendientes de la conversación.
-Al novio de Patty no le hará ninguna gracia.
-¡O a lo mejor sí! -gritó alguien.
-Menos tonterías -dijo Candy.
-No te enfades, Candy -rió Albert, abrazándola.
-¿Te importaría soltarme?
-No puedo. Eres irresistible.
Sin dejar de sonreír, Albert inclinó la cabeza y Candy supo que iba a besarla delante de todo el mundo.
«La próxima vez, dale en la cabeza con esto», recordó las palabras de su madre.
Sin pensar, alargó la mano y tomó lo primero que encontró: el cucharón con el que había estado sirviendo aceitunas de aperitivo. Y lo golpeó en la cabeza con él.
-¡Candy! -gritó Annie.
Albert se frotó la cabeza con la mano mientras los clientes se partían de risa.
-Su madre me dijo que lo hiciera -anunció Candy, antes de salir de la barra.
-¿Qué ha pasado? -preguntó Priscilla al verla entrar en la cocina con expresión fúnebre.
-He tenido que hacerlo.
-¿Qué has tenido que hacer?
-Darle un golpe en la cabeza. Con un cucharón.
-Ya me lo imaginaba -sonrió la madre de Albert.
Jamás en su vida había estado tan cansada. Claro que jamás en su vida había trabajado tanto. Aquella semana había sido una tortura.
Candy, agotada, colocó los pies sobre una silla mientras sujetaba el plato de pasta con una mano. Priscilla había insistido en que comiera algo cuando se enteró de que no había tenido tiempo de cenar.
Por fin, cerraron la cocina a las doce, aunque el bar permanecería abierto hasta las dos de la mañana. Pero Albert podía encargarse de los clientes en la barra mientras ella se tomaba un descanso por primera vez en ocho horas.
Entre bocado y bocado de rigatoni con salsa de tomate, Candy contó el dinero que había sacado de las propinas durante la semana. No estaba mal. Por supuesto, con eso no podría comprarse ni un par de zapatos... pero era una vergüenza admitir que solía comprar zapatos de más de trescientos dólares.
-¿Todo bien por ahí? -preguntó Albert.
-Estupendamente. Tus amigos dan buenas propinas.
-Les has caído muy bien. Todos me han dicho que seguirán viniendo mientras tú sigas aquí.
Candy no quería mirarlo a los ojos, así que terminó su plato de rigatoni y se levantó.
-Ya, claro.
-¿Quieres una copa? Como lo de esta noche ha sido un éxito, estaba pensando abrir una botella de champán.
-Gracias, pero prefiero un café.
-¿Un café? Pero hoy es un día de fiesta...
-Un café.
-Bueno, si cambias de opinión, dímelo.
Estaban los dos solos en el restaurante porque Albert había mandado a sus hermanas a casa cuando cerró la cocina. Cuando Candy protestó, él la llevó aparte.
-Quiero que se vayan a casa, Candy. Annie tiene un niño de dos años y Patty trabaja en una clínica veterinaria por las mañanas...
-Ah, perdona. Es que no lo sabía.
-Prometo no tontear contigo.
-Ya, seguro.
-Bueno, sólo un poco. Al fin y al cabo, soy humano.
Y ella también, desde luego. Muchas veces durante la noche se había encontrado mirándolo sin darse cuenta. Estaba fantaseando con su jefe y no podía evitarlo. El jefe al que estaba mintiendo, además. Pero sabía que no necesitaba aquella complicación en su vida y se juró a sí misma que no pasaría nada.
Las horas pasaron rápidamente y, poco después, Albert se despidió de los últimos clientes antes de echar el cierre.
Las luces de la cocina estaban apagadas y sólo quedaban encendidas las de la barra. Candy limpió un par de mesas con un paño y, al estirar la espalda, hizo un gesto de dolor.
-Déjalo, Candy. Mañana vendrán a limpiar a primera hora -dijo Albert, saliendo de la barra. En la mano llevaba una botella de champán y dos vasos de plástico.
-¿Vasos de plástico?
-Es que no quiero que ninguno de los dos tenga que fregar ni un vaso más.
Candy sonrió.
-Gracias, pero estoy demasiado cansada como para tomar champán.
-Al menos, siéntate un rato conmigo -sonrió Albert, dejándose caer en una silla. También él parecía cansado.
-Es que...
-¿He tonteado contigo estos días?
-No -admitió Candy.
-¿Lo ves? Y esta noche estoy demasiado cansado como para hacerlo. -Lo dudo.
-Venga, una copa.
-De acuerdo. Pero sólo una -sonrió Candy.
Albert abrió la botella de champán y lo sirvió en los vasos de plástico.
-Por una semana de locos. Te estás matando a trabajar y quiero que sepas que te lo agradezco mucho.
Candy tomó un sorbo de champán, que rodó por su garganta, frío, delicioso y burbujeante. Pero cuando levantó la mirada vio que los ojos de Albert se habían oscurecido aún más, si eso era posible. Mejor seguir hablando, pensó.
-No he sido yo sola. Tu familia trabaja tanto como yo y tú trabajas el doble.
-Sí, bueno, es que este restaurante es como un hijo para mí -suspiró él.
Parecía cansado, pero contento. Como si pudiera levantarse de un salto y hacer otro turno de doce horas si eso era lo que hacía falta para levantar el negocio. Tal determinación la hizo sentir curiosidad.
-¿Siempre has querido tener tu propio restaurante?
-A veces me parece que sí -rió él-. Pero no, no siempre he sabido lo que quería -añadió, tomando un sorbo de champán-. ¿Tú te llevas bien con tu padre?
Aquella pregunta la dejó sorprendida.
-Mi padre murió cuando yo era muy joven.
-El mío también. Era médico forense , pero le encantaba la música. Cuando yo tenía diecisiete años empecé a ir por los bares para escuchar música de blues... Me decía a mí mismo que era porque así me sentía mayor, porque me gustaba meterme en líos... pero supongo que lo hacía para recordar a mi padre. Dos años después empecé a trabajar en uno de esos bares y, un día, mi jefe me dijo que debería abrir mi propio negocio.
-Y ahora lo tienes -sonrió Candy, vagamente celosa de que su restaurante fuera algo tan personal. También los de su familia habían sido algo personal para ella, pero...
-Bueno, casi. Si todo va como espero, en un par de años compraré el local de al lado para tener música los fines de semana.
«Y para poder sentir a tu padre», pensó Candy.
-¿Nunca has querido tener un socio?
-Lo tuve una vez. Una socia.
-¿Qué pasó?
-Que mientras yo planeaba tener un negocio para toda la vida, ella quería venderlo seis meses después de abierto. Por supuesto, disolvimos la sociedad de inmediato.
Ah, vaya.
-Y me devolvió el anillo. Un detalle -sonrió Albert-. Además, eso me recordó que debía concentrarme en lo que era importante de verdad. Y lo importante es que el negocio funcione.
-Estoy segura de que será así. ¿Cómo no va a funcionar si no paras de trabajar?
Él la miró entonces, pensativo.
-Sabes más de lo que admites saber.
Candy lo miró, asustada.
-¿A qué te refieres?
-¿No fuiste tú la que decidió quién servía las mesas y quién debía quedarse en la cocina?
-Pues...
-¿Y no fuiste tú la que invitó a cenar a los de la mesa diez el primer día?
-Eso fue porque Patty les había tirado una copa encima... aunque supongo que debería haberte preguntado.
-¿Y los dos nuevos platos que has añadido al menú?
-Sólo le sugerí a tu madre que los vegetarianos deberían tener un par de opciones... fue ella la que decidió incluirlos en el menú.
Las excusas eran absurdas, naturalmente. ¿Por qué no le decía la verdad? ¿Por qué no le decía que era la gerente de una cadena de restaurantes de cinco tenedores y conocía el negocio de arriba abajo?
-Es imposible que sólo hayas sido camarera, Candy.
-Pero lo fui... -empezó a protestar ella.
-Seguro que dirigías el restaurante aunque cobrabas un sueldo de camarera. O sea, que tú hacías el trabajo y otro se llevaba las palmaditas en la espalda.
En realidad era algo parecido, aunque a gran escala. Candy suspiró.
-Sí, bueno, algo así.
Ella hacía el trabajo de Neal, el hombre que su madre había elegido como yerno. El hombre al que habían hecho presidente de la cadena White, a pesar de que su única relación con la familia era la suposición de que algún día se casaría con Candy.
-Pero debería haberte preguntado antes, es verdad.
-Oye, no pasa nada -sonrió Albert, apretando su mano-. No quiero una empleada que no pueda resolver nada por sí misma y esté todo el día preguntándome qué debe hacer. Lo has hecho estupendamente y te lo agradezco.
Candy se puso colorada. Le había emocionado el cumplido. Lo cual era completamente absurdo.
Pero era humano querer recibir halagos por un trabajo bien hecho. La única persona que le decía cosas bonitas era su abuela y cuando murió...
-Mi madre me ha dicho que te deje en paz -sonrió Albert entonces, acariciando su pelo. Era una caricia tan íntima, tan tierna, que Candy se quedó sin palabras-. Me ha dicho que no quieres que vuelva a besarte.
-Tiene razón. No quiero.. pero no recuerdo por qué.
Albertse inclinó para buscar su boca y ella no protestó. Aplastaba sus labios, intentando abrirlos con la lengua, en una danza de seducción que le parecía dulce y emocionante a la vez.
¿Por qué sus besos la hacían sentir así?, se preguntó. La tensión parecía desaparecer como por arte de magia cuando la acariciaba. Albert empezó a darle besos en la cara, besitos suaves como alas de mariposa... hasta que volvió a buscar su boca con fiereza, con una desesperación contenida.
Entonces todo fue diferente. Se convirtió en un beso apasionado, loco, que despertaba en ella un millón de sensaciones.
Albert tiró de sus manos para colocarla sobre sus rodillas. Siguieron besándose sin parar y, como si fuera lo más natural del mundo, Candy se sentó sobre él a horcajadas.
-Me estás matando -murmuró él con voz ronca-. Te imaginé así el primer día que viniste -añadió, desabrochando el primer botón de su blusa-. Pero, por supuesto, en mi fantasía estabas desnuda.
-¿Ah, sí? -murmuró ella, acariciando su pelo-. Pero ahora no estoy desnuda. Supongo que será una desilusión.
-Eso se puede arreglar -dijo Albert, besándola de nuevo. Besándola con tanta pasión que Candy olvidó quién era, quién pretendía ser, de quién y de qué estaba escapando...
Sólo quería tener aquello, sólo aquel momento. Sólo quería ser Candy durante unas horas, sin mentiras, sin preguntas.
Y quería tener a aquel hombre.
Sin dejar de besarla, Albert tiró de la blusa para sacarla del pantalón y desabrochó los botones con dedos temblorosos. Luego le bajó el sujetador de un tirón, sin molestarse en desabrocharlo, dejando sus pechos al aire. Entonces inclinó la cabeza...
A sentir sus labios en los pezones, un calor inesperado la inundó. Un calor tan sensual que era casi doloroso. Su lengua era tan húmeda y caliente que, cuando sopló sobre su pezón, Candy dejó escapar un gemido de placer.
Las palabras de Albert, cuando consiguió hablar, fueron como un jarro de agua fría.
-¿Voy a llevarte a mi casa esta noche, Candy?
CONTINUARÁ...
MIS QUERIDAS AMIGAS, Saludos muy especiales a cada una de ustedes por darse un tiempo en su ajetreado día , me imagino lo ocupada que deben estar. y de esa manera puedan acompañarme en esta nueva faceta de Albert y Candy. ¡Las quiero con todo mi corazón!
Gracias:
Lady Susi.- Uno de estos días Candy va a caer rendida, en realidad ambos rubios, porque Albert ya está colgadito de ella.
Patty A.- Y a consejo dado, acto realizado, jajaja ...pobre recibió su golpecito.
Soadora.- Que bueno encontrarnos nuevamente en este fic. Bienvenida!
Ariscereth.- Gracias nena, por tus saludos. Espero podamos reir y sentir el amor ...
Sarah Lisa.- Por supuesto te envío muchos Albertdías! Y si lo encuentras antes , please, pasa la voz que también deseo darle una miradita :p
Noemí C.- Sí , el negocio de los restaurantes es de locos...ufff
Patty Castillo.- Amiga , gracias por seguirme en cada fic. Sí , la mamá de Albert es de otro mundo, genial!
Josie.- Sí, las buenas suegras y esas que te miman son bien escasas...A reir, nena !
Laila.- Lo bueno de todo esto es que a pesar de las circunstancias, no dejemos de sonreír. Un abrazo y gracias .
UN ABRAZO EN LA DISTANCIA,
LIZVET
