Capítulo 3

Manos, caras, bocas, cualquier parte que pudiera tocarse se tocaba, y aunque yo no sabía quién había dado el primer paso, me daba igual porque su boca era cálida y sabia y el beso confirmaba lo que yo ya sospechaba: que Edward Cullen era el hombre más sexy sobre la faz de la tierra.

Fuera lo que fuera, aquel no era un beso ensayado para los demás.

Dudaba que alguno de los dos supiera o le importase que hubiese alguien mirando. Estábamos tan concentrados el uno en el otro, tan absortos en el momento que si un caballo hubiera saltado de uno de los cuadros para galopar por la habitación no nos habríamos dado ni cuenta.

Al sentir el erótico roce de su lengua dejé escapar un gemido. Lo que estaba haciendo conectaba un millón de circuitos dentro de mí, despertando una reacción en cadena… tanto que pensé que mi cuerpo estaba a punto de estallar. Me daba igual que no sonriese nunca porque su boca estaba hecha para besar y lo demostraba con cada delicioso roce de su lengua. Le eché los brazos al cuello, apretándome contra él. Era musculoso, duro, cuadrado. Bajo el carísimo traje de chaqueta, Edward Cullen era perfecto. Lo que estaba desgarrado era mi vestido, mi cuerpo, mi reputación.

Sin poder contenerme, cubrí la bragueta de su pantalón con la mano y lo sentí duro y grueso debajo.

Dios… –murmuró él, aplastándome contra la pared. Sus manos habían pasado de la chaqueta a mis pechos y sentí un delicioso escalofrío de excitación cuando rozó mis pezones con los pulgares.

Normalmente cierro los ojos cuando me besan, pero esta vez no lo hice.

Los de Edward Cullen, oscurecidos de deseo, estaban clavados en los míos. Era la experiencia más sexy de mi vida y no quería perderme ni un solo segundo.

No era capaz de formar ningún pensamiento coherente, pero sabía que me había equivocado en una cosa…

Edward Cullen no era un buen chico. Era un mal chico con un buen traje de chaqueta.

El calor entre nosotros superaba cualquier escala, la química era intensa, ardiente. Edward enterró los dedos en mi pelo, haciendo que las horquillas que lo sujetaban salieran despedidas, mientras me besaba ardientemente.

Murmuró algo en italiano y yo estaba a punto de pedirle que tradujese cuando decidí que no quería que lo hiciera. Saber lo que estaba diciendo podría estropearlo todo. No había manera de saber qué estaba pasando o por qué y lo mejor sería no complicar las cosas.

Sentí la presión de su duro muslo entre los míos y las costuras se abrieron un poco más. Si el vestido de dama de honor no estaba ya destrozado del todo, lo estaría en aquel momento, pero creo que Edward no se daba cuenta porque estaba muy ocupado devorando mi boca.

La anticipación estaba a punto de matarme mientras acariciaba el interior de mis muslos, pero cuando empezó a tocarme con esos dedos largos y sabios, como programados para tocar en el sitio adecuado aunque yo no había dicho una sola palabra, pensé que me desmayaba.

Respirábamos el mismo oxígeno, mordiendo, lamiendo. Era la experiencia más erótica de mi vida. No pensaba en nada salvo en lo maravilloso que era, pero entonces él deslizó dos dedos dentro de mí y lo maravilloso se convirtió en increíble. Tuve que agarrarme a sus hombros con una mano porque se me doblaban las rodillas y si no me sujetaba iba a terminar en el suelo. Pero eso me dejaba una mano libre y no iba a desperdiciarla.

Agarré su miembro y noté que crecía, que se hacía más duro. Mientras lo acariciaba, Edward dejó escapar un gemido ronco y fue el sonido más sexy que había escuchado nunca, más aún porque sabía que era yo quien lo había provocado. Aquel hombre tan frío estaba perdiendo el control y era culpa mía.

Sus dedos eran sabios y cuando encontró el sitio justo con gran puntería empecé a sentir los primeros calambres del orgasmo.

Apenas habíamos intercambiado unas cuantas frases antes de aquel día y, sin embargo, allí estábamos, apretados en un íntimo abrazo.

Edward abrió mis piernas con la rodilla un poco más y siguió usando los dedos, besándome hasta que sentí que todo dentro de mí se derretía. Estaba cerca, muy cerca, y él lo sabía porque estaba allí conmigo, sus dedos controlando lo que sentía, su boca respirando mis jadeos.

–Córrete –me ordenó, en voz baja.

Normalmente, yo no solía obedecer órdenes, pero en esta ocasión nuestro objetivo era el mismo y apreté su rígido miembro mientras…

–¿Bella?

Era mi hermana, usando uno de sus frenéticos susurros mientras me buscaba por la capilla. Seguramente habría dejado de reírse el tiempo suficiente como para entender que yo tenía un problema.

"Mierda".

Edward y yo nos miramos, ojos y boca aún unidos. Mi cuerpo suspendido en un estado de intensa excitación.

Por una vez en mi vida, desearía que Rosie no intentase ayudarme.

Allí estaba, al borde del que sabía iba a ser el mejor orgasmo de mi vida, con el hombre más atractivo al que iba a conocer nunca, y mi hermana estaba llamando a la puerta.

Iba a matarla. Lentamente. Si yo tenía que morir de agonía, ella moriría también.

–¿Bella? ¿Estás bien?

Yo estaba tan excitada que tener a mi hermana llamando a la puerta no hizo que mi pasión se enfriase.

Edward masculló algo sobre mi boca (en varios idiomas, por cierto) y yo estaba a punto de preguntar si había cerrado con cerrojo cuando la puerta se abrió.

Afortunadamente, él estaba frente a mí, como un escudo. Otra razón para agradecer esos anchos hombros.

Con admirable calma, Edward sacó los dedos de donde los tenía y, de alguna forma, consiguió subirme el vestido y cerrar las solapas de la chaqueta al mismo tiempo.

Era impresionante en momentos de crisis; sereno, templado. Rosie me había visto desnuda muchas veces porque nunca cerramos las puertas con cerrojo, de modo que yo estaba más exasperada que avergonzada en ese momento.

Pero entonces miré por encima del hombro de Edward (y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano, en serio, porque esos hombros eran lo más interesante que había visto en mucho tiempo) y vi un rostro asustado que no era el de mi hermana.

La hermana de Edward lo miraba como si no lo hubiera visto nunca.

Ay, mierda y requetemierda.

La chica tenía los ojos como platos y la boca abierta, como si no pudiera llevar suficiente oxígeno a sus pulmones.

Evidentemente, pensaba que yo había corrompido a su querido y adusto hermano. Y tal vez fuese cierto. En ello estaba, desde luego.

Desde el momento que me tocó, no había pensado en otra cosa. Y antes de que me juzgues, puedo decir sin la menor sombra de duda que si este hombre te hubiera besado a ti, tú tampoco habrías pensado en otra cosa.

Edward masculló una palabrota.

–Vuelve a la capilla, Alice.

Era una orden y ella, colorada hasta la raíz del pelo, se dio la vuelta sin cuestionarla.

Si me hubiera hablado a mí con ese tono habría regalado su chaqueta de Tom Ford a alguna organización no gubernamental, pero Kiara obedeció como un cachorrito en una clase de obediencia.

Debía ser la sorpresa lo que había impedido que le plantase cara.

Y yo pensando en lo estupendo que sería el sexo sin ligazones emocionales. Daba igual las reglas que usaras, alguien siempre resultaba herido.

Me habría gustado decirle que no se preocupase, que en realidad Edward y yo nos odiábamos, pero la chica había desaparecido y yo me quedé preocupada por algo más que un vestido descosido.

Había creído que no podría estar más avergonzada.

Resultó que también estaba equivocada sobre eso.

Capítulo 4

–La mejor boda a la que he asistido nunca.

Era Nochebuena y Rosie estaba haciendo estiramientos en el suelo del salón, rodeada de regalos a medio envolver. Mi hermana pasaba mucho tiempo haciendo estiramientos y yo había aprendido a dejarle sitio porque en más de una ocasión había terminado con un pie en la cara.

Rosie empezó a hacer kárate a los seis años y luego, a los dieciocho, empezó a estudiar Muay Thai y allí conoció a…

No, no puedo mencionar su nombre. Llamémosle "el que no puede ser nombrado" (y no es el tal Voldemort de Harry Potter, aunque por las sonrisitas de mi hermana creo que también debía tener una varita mágica escondida en alguna parte).

–Me alegro mucho de que lo pasaras bien.

La nieve caía sin cesar al otro lado de las ventanas.

Con el ordenador portátil sobre las piernas, me tapé con la manta del sofá porque no me apetecía sentarme a la mesa y, además, así ahorrábamos en calefacción.

–¿Podemos dejar de hablar de la boda?

Rosie había estado riéndose sin parar durante los tres últimos días.

Y el amor fraternal empezaba a agotarse.

Fingí estar concentrada en la pantalla del ordenador, pero si debía ser sincera apenas había trabajado desde que volvimos de la boda. No podía concentrarme. Mi cerebro estaba repleto con los recuerdos más ardientes de mi vida. No podía dejar de pensar en ello. En él.

Sobre todo, en cómo aquel hombre tan frío había pasado de ignorarme a prácticamente hacer el amor conmigo. El cambio había sido sorprendente y, en fin, excitante. Lo que no era tan excitante era que hubiésemos sido interrumpidos y que no hubiera posibilidad de retomar lo que habíamos dejado a medias, de modo que estaba condenada a morir de frustración sexual. Había intentado hacer algo al respecto, pero ningún vibrador podría compararse jamás con el talento erótico de Edward Cullen. Era como estar viendo una película de misterio a la que hubieran cortado el final. Necesitaba desesperadamente saber qué pasaría después.

Pero nunca lo sabría porque a Edward no le caía bien antes de la boda y después de arruinar el día y marcharme con su chaqueta de Tom Ford debía odiarme a muerte.

Estaba convencida de que se pondría en contacto conmigo, pero por supuesto no lo había hecho. La vida real era un vestido con las costuras descosidas y una humillación pública, no que el hombre más sexy del mundo te llamase por teléfono.

Respondí a otro correo, intentando olvidarme de Edward, y volví a buscar en YouTube, rezando para que nadie hubiese colgado un vídeo con mi ignominioso desnudo. Por el momento estaba teniendo suerte, pero si hubiera podido meterme en un agujero y vivir allí durante un tiempo, lo habría hecho.

–¿Por qué demonios tuviste que entrar en esa alcoba?

–¿Por qué demonios no cerraste la puerta con cerrojo si pensabas tirarte a Edward? –replicó mi hermana–. Por cierto, he envuelto varios regalos de los que compramos por si vienen invitados inesperados. Son los que no tienen etiqueta –Rosie estaba dando patadas al aire, a punto de tirar una lámpara de la mesa. Si la lámpara hubiera sido una persona estaría inconsciente en ese momento. Y se preguntaba por qué los hombres se sentían intimidados por ella…

El sexo con mi hermana seguramente podría ser clasificado como un deporte de riesgo.

Y hablando de sexo…

–¡No estaba tirándome a nadie!

Rosie dejó de dar coces al aire para colocar los regalos bajo el árbol de Navidad. Yo prefería comprar uno falso, pero ella decía que había habido tantas cosas falsas en nuestras navidades infantiles que merecíamos algo más romántico. Personalmente, yo no veía nada romántico en recoger las agujas del abeto, que caían por todas partes, pero yo soy así.

–¿No te has pasado con los regalos este año?

Mi hermana siempre compraba más regalos de los que debería. Decía que era porque así el árbol quedase más festivo, pero yo sabía que su idea de una navidad horrible era que alguien viniese a comer a casa y no tuviese un regalo.

¿Quién necesitaba un príncipe azul cuando tenías una tarjeta de crédito y compras online? Cuando éramos pequeñas, ella era la que bailaba alrededor del árbol, con unos leotardos rosas y una tiara en la cabeza, fingiéndose una princesa. Pero entonces nuestros padres se separaron y decidió ser Karate Kid.

La fantasía más importante de mi hermana era la Navidad. Como nunca había tenido una Navidad familiar de verdad, lo compensaba como loca. De ahí el árbol, los regalos, y su determinación de que ninguno de nuestros conocidos tuviera que pasar ese día solo.

–Voy a elegir el pavo –Rosie lanzó otra patada, la melena rubia volando alrededor de su cara. A veces he pensado que debería hacer las pruebas para interpretar al próximo Bond (y me refiero a James Bond, no a la tonta de turno a la que ponen en la película solo para que se acueste con él). Entrenaba muchas horas al día, pero sus esfuerzos habían dado fruto porque tenía un trabajo genial como entrenadora de artes marciales en uno de los mejores gimnasios de la ciudad. Y, además, era entrenadora personal de varios clientes, todos satisfechos, pero asustados de mi dulce hermana porque si no se esforzaban de verdad les daba una patada en el culo. Literalmente.

Los correos no dejaban de entrar en mi buzón. Estábamos en medio de un enorme proyecto y el trabajo no iba a desaparecer porque la mayoría de Londres hubiese cerrado por vacaciones.

Una parte de mí esperaba recibir un correo de Edward Cullen. No tengo que decirte qué parte era esa, pero empezaba a preguntarme si no debería pedirle a Santa Claus un nuevo vibrador. ¿Habría uno llamado Edward? Ese era el que yo quería.

Tontamente, escribí vibrador Edward en el buscador.

–Tengo que devolverle la chaqueta.

–No creo que esté en la oficina. Es Nochebuena y está nevando –Rosie tomó su abrigo–. Ven conmigo a elegir el pavo, eso es mejor que quedarse aquí lloriqueando.

–Yo no estoy lloriqueando.

–Sí estás lloriqueando..

Airada, cerré el ordenador para que Rosie no pudiera ver lo que había escrito en el buscador. Una tiene sus secretos.

–Si no fuera por ti no tendría que soñar, sería una realidad. Habría puesto en práctica mi resolución para el nuevo año: sexo sin emoción.

–Con un hombre tan guapo como Edward, eso sería un desperdicio.

–¿Así que en cambio lo que tengo es nada? ¿Eso es mejor? –tuve que agacharme cuando Rosie me tiró el abrigo–. No voy a salir. Aún no me he recuperado del desastre y alguien podría reconocerme.

–La ventaja de estar desnuda de cintura para arriba es que nadie mira tu cara –Rosie me tiró la bufanda–. A menos que lo que tengas que hacer sea una emergencia, vas a venir conmigo a comprar el pavo. Venga, lo pasarás bien.

No, yo no iba a pasarlo bien. Esa era la cuestión. Y sí, era prácticamente una emergencia. A ese paso, iba a necesitar reanimación artificial. O el boca a boca. O boca a… bueno, tú ya me entiendes. Solo podía pensar en sexo y eso no era bueno cuando no había esperanza de una resolución satisfactoria.

Tal vez el frío y la nieve reducirían mi necesidad de un vibrador.

Los escaparates brillaban con sus luces navideñas y todo el mundo sonreía. Claro que también había mucha gente que encontraba triste aquella época del año y no la celebraba. Pero tal vez esos se quedaban en sus casas.

Una familia pasó a nuestro lado, tirando de un enorme árbol. La madre, el padre y dos emocionados niños con las mejillas rojas y los ojos brillantes. Al verlos, algo se encogió dentro de mí. No entendía por qué los envidiaba si no era eso lo que yo quería.

Cuando miré a Rosie, ella se encogió de hombros, como si hubiera leído mis pensamientos.

Esa era una de las cosas que más me gustaban de mi hermana, que no solo supiera lo que estaba pensando sino que para ella el pasado era el pasado. Si algo salía mal, lo hacía de otra manera en la siguiente ocasión. Ella siempre miraba hacia delante.

Mientras la nieve caía sobre su pelo pensé en lo guapa que era. Delgada como una bailarina, con unos asombrosos ojos verdes, una melenita rubia que caía alrededor de su cara… y unas piernas larguísimas con las que podría tumbar a cualquiera de una patada. Ese era su superpoder.

Pero aunque todo el mundo pensaba en la Navidad, yo no podía dejar de pensar en la funesta boda.

–¿Crees que les estropeé su gran día? –le pregunté, suspirando.

–Si lo hubieras hecho, se lo merecían. Fue una maldad por su parte insistir en que fueras dama de honor. Mike no era hombre para ti y no deberían haberte puesto en ese aprieto.

Era mi hermana y su obligación era consolarme e intentar que me sintiera mejor. Y yo quería creerla. Era Nochebuena y nadie quería sentirse mal consigo mismo el día de Nochebuena.

–Es irónico que fuese por orgullo y terminase medio desnuda, besando a un hombre que me detesta.

Rosie soltó un bufido.

– Edward no te detesta. Hay química entre vosotros, siempre la ha habido. En realidad, te pega mucho más que Mike.

Yo me detuve de golpe, mirándola con cara de sorpresa.

–¿Cómo puedes decir eso? Edward Cullen apenas me dirige la palabra. Cuando estamos en la misma habitación, me ignora. No le caigo bien.

Y por eso, todo era más desconcertante. ¿Cómo había podido tener tan ardoroso encuentro con un hombre que me detestaba?

–Se encargó de buscar un coche que nos llevase a casa para que no tuvieras que ver a los demás invitados. Y eso debió costarle una fortuna.

Yo ya había metido el dinero en el bolsillo de su Tom Ford. No quería estar en deuda con Edward.

–Lo hizo porque quería librarse de nosotras… bueno, de mí. Porque me había cargado la boda.

–Él te rescató cuando todo el mundo estaba mirándote –mi hermana también se había parado en la acera, la nieve cayendo sobre su pelo–. Y te dio su chaqueta. No tenía por qué hacerlo.

Yo fruncí el ceño.

–Pues claro que sí. No quería que estuviese desnuda en la capilla.

Rosie se inclinó para hacer una bola de nieve.

–¿Quién te llevó a casa la noche que celebramos tu nuevo trabajo, cuando Mike pasó de ti y se pilló una borrachera?

– Edward–tuve que admitir. Esa noche había sido el principio del fin para Mike y para mí. Me había pedido en matrimonio al día siguiente, como alternativa a mi nuevo trabajo. Yo pensé que seguía borracho, pero estaba sobrio y hablaba en serio. En opinión de Mike, casarme con él era mejor que tener una carrera–. Pero es que tenía que pasar por nuestra calle de todas formas.

Esperé que Rosie dijera: "sí, es verdad", pero se quedó mirándome sin decir nada. Y me pregunté qué explicación le habría dado Edward a su hermana. Tal vez que no había sido culpa suya, que se había visto asaltado por mis pechos desnudos y, sencillamente, había tenido que defenderse. Era abogado, de modo que podría alegar defensa propia mejor que nadie.

Por otro lado, no parecía la clase de hombre que inventaba excusas.

O lo aceptabas como era o pasabas de él.

Pero yo había intentado aceptarlo y mira dónde me había llevado.

Pasé un brazo por los hombros de mi hermana, decidida a dejar de pensar en él.

–Hablemos de otra cosa –le dije. Nunca había estado tanto tiempo pensando en un hombre con el que no tenía una relación–. Por el momento, mi propósito para el nuevo año no me lleva a ningún sitio. Tal vez debería haber pensado en algo más tradicional como perder peso o ir al gimnasio.

–Tú estás en forma y, además, no tienes que empezar con los propósitos hasta primeros de año. Puede que conozcas a alguien estupendo mañana mismo.

Algo en el tono de mi hermana hizo que la mirase con suspicacia.

–¿A quién has invitado? Por favor, no me digas que has llamado a ese periodista…

–No, solo a los amigos de siempre y unos cuantos más –Rosie estudiaba una casita de jengibre en el escaparate de nuestra panadería favorita–. ¿Quieres que la compremos?

–Si compras más comida no habrá sitio para los invitados. ¿Quién irá a casa mañana?

–Nunca se sabe hasta que llaman a la puerta. Ya sabes como es, no todo el mundo se molesta en confirmar.

Rosie no me miraba, por supuesto. El año anterior había invitado a varios de sus alumnos, que se dedicaron a dar patadas en el salón.

Mientras seguíamos mirando escaparates pensé cuánto me gustaba Londres. Vivíamos en una zona estupenda, llena de tiendas, mercados y restaurantes.

Me pregunté dónde viviría Edward. Esperaba que no necesitase la chaqueta.

–Oye, despierta. Lleva nevando toda la noche.

Yo metí la cabeza bajo las mantas, irritada por la energía matinal de mi hermana.

–Es muy temprano.

–Es Navidad. Tenemos que abrir los regalos y hay muchas cosas que hacer.

–Porque tú insistes en invitar a comer a la mitad de las personas de la ciudad–asomé la cabeza por encima de las mantas y miré por la ventana.

La ciudad estaba cubierta por otra capa de brillante nieve blanca. Era casi como de cuento de hadas, salvo que yo tenía que levantarme y cocinar para un montón de gente a la que seguramente no conocía cuando lo único que quería era seguir durmiendo, ver películas en televisión e intentar olvidar la desastrosa boda.

Rosie se sentó en la cama; su pijama de margaritas era una alegre rebelión contra el frío invernal.

–¿Prefieres que no invite a nadie?

Yo estaba a punto de confesar que un año estaría bien comer bocadillos de pavo y tumbarnos frente a la tele, pero al ver un brillo de emoción en sus ojos supe que nunca, jamás, le pediría que dejase de organizar el almuerzo. Además, entendía por qué lo hacía. No podíamos tener una Navidad familiar, así que Rosie quería una Navidad con amigos.

Estaba decidida a vivir su cuento de hadas navideño y yo la admiraba por ello.

–No, me parece muy bien que invites a quien quieras –le dije.

Y era verdad. Gracias a mi hermana, nadie tenía que pasar el día de Navidad solo. Todo el que no tenía dónde ir estaba invitado y eso significaba que algunos años nuestro apartamento se llenaba de gente, pero en realidad no me importaba.

–¿Estás segura? Puede que prefieras un día tranquilo.

–No, para nada.

Rosie y yo nos peleábamos como todas las hermanas, pero siempre por cosas sin importancia. Cuando tenía algo que ver con nuestro pasado, éramos un frente unido.

De modo que abrimos los calcetines que habíamos colocado la noche anterior (ella llenaba el mío y yo el suyo. El año pasado nos dimos un cabezazo cuando íbamos a guardar las cosas al mismo tiempo). Eran regalos pequeños y baratos y gracias al estrés de la boda, yo había comprado los míos por Internet. No sabía dónde o cuándo había ido de compras Rosie, pero de repente mi cama estaba cubierta de bombones, agendas, una llama de peluche preciosa, un conjunto rojo de ropa interior rematado con piel blanca y una caja de preservativos con una nota que decía "no usar hasta Año Nuevo".

Yo enarqué una ceja.

–No recuerdo haberle pedido esto a santa Claus.

–Él sabe que has sido buena chica este año, pero también que pronto vas a ser una chica muy mala –Rosie me hizo un guiño–. Y quiere que estés preparada.

Mi hermana era tan sutil como la coz de un reno, pero estaba encantada con los regalos que había elegido para ella. Sobre todo con el regalo importante: un bolso de piel de color café que habíamos visto en un escaparate en noviembre.

–Me encanta –Rosie me miró, con expresión enigmática–. Tu gran regalo llegará después.

Yo me preguntaba cómo iba a llegar después cuando el día de Navidad no había Correos ni servicio de mensajería, pero no tuve tiempo de seguir pensando en ello porque estábamos esperando a un montón de gente y había que hacer la comida.

Rindiéndome ante el inevitable maratón en la cocina, me duché a toda prisa y me puse mis vaqueros favoritos con unas botas altas y una blusa preciosa con botoncitos de perla.

Debajo llevaba mi nuevo conjunto navideño de ropa interior (incluyendo el sujetador, en caso de que te lo preguntes. Que nadie diga que no aprendo de mis errores).

Acababa de entrar en la cocina cuando Rosie apareció con un pavo en brazos. Había pasado la noche en el pasillo, supongo que para que estuviese a temperatura ambiente.

–Hay que encargarse de esto. ¿Te importa hacerlo mientras yo preparo el relleno?

Yo miré el pavo con cara de recelo porque lo mío no es la cocina.

–¿Qué hay que hacer?

–Hay que quitarle las plumitas que quedan.

¿Quería que desplumase al pavo?

–Desplumar aves de corral no es mi especialidad –empecé a decir, pero estaba hablando conmigo misma porque Rosie había salido de la cocina y estaba canturreando villancicos. Y te aseguro que mi hermana es mejor bailarina que cantante.

Miré al pavo con cara de pena. Tenía barba en una pata. La persona que lo había preparado debía tener prisa por salir del trabajo.

Miré las plumas en la pálida pata y me sentí hermanada con él. No era fácil ir siempre bien depilado. ¿Pero cómo iba a hacerlo?

Saqué el móvil del bolsillo para comprobar los mensajes, pero no había ninguno de Edward. Aunque no esperaba un mensaje de felicitación, pensé que al menos llamaría para pedir que le devolviese su chaqueta.

–Deja de mirar el teléfono –Rosie estaba de vuelta en la cocina, echando zumo de naranja en un cuenco de arándanos–. No va a llamarte.

–No sé a qué te refieres. Estaba comprobando mis mensajes.

–¿El día de Navidad?

Me pregunté entonces por qué estaba tan segura de que Edward no iba a llamar. Yo tenía su chaqueta, una Tom Ford, y él debería querer recuperarla. Un hombre como él iría a muchas cenas elegantes.

–Este proyecto es importante. Además, tú también trabajas en vacaciones.

El teléfono de Rosie no dejaba de sonar. Sus clientes querían que los pusiera en forma para ir a esquiar o al Caribe… claro que en febrero olvidaban sus buenas intenciones para el nuevo año y volvían a ser gordos inactivos.

Entonces sonó el timbre. No estábamos preparadas para recibir a nadie y miré a mi hermana, horrorizada. Pero Rosie estaba sonriendo y, considerando que teníamos un pavo peludo entre las manos, me pareció una reacción muy positiva.

Cuando mi hermana fue a abrir la puerta yo decidí que la vida era demasiado corta como para desplumar un pavo con pinzas. Necesitaba resultados rápidos y formulé un plan, felicitándome a mí misma por mi ingenio.

El apartamento empezaba a llenarse de gente y Rosie tardó unos minutos en volver.

–Bella, tienes que… –mi hermana me miró, incrédula–. ¿Le estás haciendo la cera al pavo?

–¿No me has dicho que le quite las plumas? –tiré de una banda de cera, arrancando las plumas y gran parte de la piel–. Ay, vaya. En fin, no quería quitarle la piel.

–¡Solo tenías que quitarle las plumas!

–No me da tiempo a quitar pluma a pluma –respondí yo. Las dos miramos la pata del pavo; yo con morbosa fascinación, Rosie horrorizada.

–¡Te has cargado el pavo!

Yo me sentía culpable.

–Solo es una pata, tiene dos. Además, la carne de las patas siempre es un poco seca.

–No voy a dejar que entres en mi cocina –Rosie me empujó y fue entonces cuando recordé que había entrado para decirme algo.

–¿No tenía que hacer algo?

En ese momento giré la cabeza y estuve a punto de desmayarme porque Edward estaba allí, sus anchos hombros bloqueando la puerta.

No había pensado en otra cosa en varios días. A veces, cuando fantaseas con un hombre y vuelves a verlo, te das cuenta de que le has otorgado cualidades que no tiene, pero no era el caso de Edward. Era realmente espectacular. E imponente. Ocupando todo el quicio de la puerta de la cocina, miró al pavo y luego a mí con una ceja arqueada.

Seriamente desequilibrada por su inesperada aparición, intenté encogerme de hombros.

–No a todo el mundo le gustan las patas.

–Eso es verdad –sus ojos oscuros, cargados de ironía, estaban clavados en los míos. No sonreía, pero en ellos había un brillo de humor–. Yo también soy más de pechuga.

Ay Dios, ¿Por qué había tenido que decir eso?

En la capilla había demostrado que de verdad era un hombre de pechuga.

¿Pero qué demonios hacía allí?

Seguramente necesitaba la chaqueta para alguna fiesta, pero me parecía un poco raro que hubiese aparecido sin avisar.

Me volví hacia Rosie, pero mi hermana seguía con su ataque de pánico por la pata afeitada del pavo.

Esta chica no sabe nada de prioridades.

Estaba a punto de ir a buscar la chaqueta de Edward cuando me di cuenta de que no estaba solo. Alice estaba a su lado, elegantísima como era habitual. Me sonrió tímidamente y yo le devolví la sonrisa, pero me sentía más desnuda que el pavo (aunque, a riesgo de parecer engreída, yo diría que mis piernas son bastante más bonitas).

Edward estaba apoyado en el quicio de la puerta, mirándome con esos ojos oscuros rodeados de espesas pestañas. Podría estar tocándome porque podía sentir esa mirada en cada poro de mi piel. La sensación empezó como un cosquilleo, un calor que recorría mis venas y que pronto se convirtió en un incendio. Y el que sentía en la pelvis no tenía nada que ver con las braguitas rematadas en piel.

Me exasperaba esa sensación y más aún que Edward supiera lo que sentía. No porque se mostrase presuntuoso ni nada parecido. Si tuviera que describir su expresión yo diría que era vigilante.

Seguía mirándome tranquilamente, como si se hubiera hecho una pregunta y estuviera contemplando la respuesta. Y luego miró a su hermana.

–No os han presentado oficialmente, ¿verdad?

Ah, genial. Estaba dejando claro que su hermana solo me había visto medio desnuda.

–No –respondí, con los dientes apretados–. No nos han presentado.

–Alice, te presento a Bella. La viste un momento durante la boda.

¡Bueno, ya estaba bien!

Podría haber sido un momento, pero un momento que yo no olvidaría nunca.

¿A qué estaba jugando? Otro comentario como ese y le daría una patada. No sería tan eficaz o impresionante como las de mi hermana, pero su capacidad para tener hijos en el futuro se vería seriamente afectada.

–Hola, Alice. Encantada de conocerte.

Yo no lo miraba, pero él estaba mirándome a mí. No había dejado de mirarme desde que apareció y ser el sujeto de esa intensa y ardiente mirada hacía que mis piernas se doblasen. Estaba a punto de tomar la manta ignífuga que Rosie guardaba en el armario y echármela por encima.

–Encantada de conocerte –dijo Alice–. Sé que eres ingeniero, qué suerte. A mí se me dan fatal las matemáticas y la física. Edward solía tirarse del pelo cuando tenía que ayudarme a hacer los deberes.

¿ Edward la ayudaba a hacer los deberes?

Yo parpadeé, sorprendida.

Intenté imaginar a aquel hombre sofisticado y elegante sentado pacientemente con su hermana, ayudándole a resolver problemas de álgebra. No, imposible.

–En fin –empecé a decir, nerviosa–. Imagino que has venido por la chaqueta, así que voy a…

Edward seguía mirándome fijamente y me pregunté si parte de su trabajo como abogado serían los interrogatorios porque su mirada era como un rayo láser. Si tuviese un espejo cerca me miraría para comprobar si había un punto rojo en mi frente.

–No he venido a buscar la chaqueta –dijo por fin–. Estamos aquí porque Rosie nos ha invitado a compartir vuestro almuerzo de Navidad.