Durante unos instantes, Hinata y yo asimilamos la escena de nuestro mentor intentando levantarse del charco de porquería resbaladiza que ha soltado su estómago. El hedor a vómito y alcohol puro hace que se me revuelvan las tripas. Nos miramos; está claro que Sasuke no es gran cosa, pero Sakura Haruno tiene razón en algo: una vez en el estadio, sólo lo tendremos a él. Como si llegáramos a algún tipo de acuerdo silencioso, Hinata y yo lo cogemos por los brazos y lo ayudamos a levantarse.

-¿He tropezado? -pregunta Sasuke-. Huele mal.

Se limpia la nariz con la mano y se mancha la cara de vómito. -Vamos a llevarte a tu cuarto para limpiarte un poco -dice Hinata.

Lo llevamos de vuelta a su compartimento medio a empujones, medio a rastras. Como no podemos dejarlo sobre la colcha bordada, lo metemos en la bañera y encendemos la ducha; él apenas se entera.

-No pasa nada –le dijo -. Ya me encargo yo.

No puedo evitar sentirme un poco agradecido, ya que lo que menos me apetece en el mundo es desnudar a Sasuke enfrente de una mujer, limpiarle la porquería del pelo del pecho y meterlo en la cama. Seguramente, mi compañera pensara que intento causarle buena impresión, ser su favorito cuando empiecen los juegos. Sin embargo, a juzgar por el estado en el que está, Sasuke no se acordará de nada mañana.

-¿puedo enviar a una de las personas del Capitolio a ayudarte? –Me dice o eso intenta porque lo dice muy quedito y con un rubor en las mejillas que no entiendo porque lo tiene ahora si no lo tenía cuando Sakura se fue, -No, no las quiero. Sé que hay varias en el tren. Cocinan para nosotros, nos sirven y nos vigilan; cuidarnos es su trabajo

Asiente y vuelve a su cuarto. Espero que ella entienda como me siento no puedo soportar a la gente del Capitolio, pero hacer que se encarguen de Sasuke podría ser una pequeña venganza, lo que no entiendo es su ingenuidad conmigo ni su amabilidad y en ese momento la idea hace que me pare en seco: un Hinata Hyuga amable es mucho más peligrosa que una desagradable. La gente amable consigue abrirse paso hasta mí y quedárseme dentro, y no puedo dejar que Hinata lo haga, no en el sitio al que vamos. Decido que, desde este momento, debo tener el menor contacto posible con la hija del panadero.

Cuando termino de lavar a Sasuke y dejarlo en su cama; llego a mi habitación, el tren se detiene en un andén para repostar. Abro rápidamente la ventana, tiro las galletas que me regaló la madre de Hinata y cierro el cristal de golpe. Se acabó, no quiero nada más de ninguna de las dos.

Por desgracia, el paquete de galletas cae al suelo y se abre sobre un grupo de dientes de león que hay junto a las vías. Sólo lo veo un instante, porque el tren sale de nuevo, pero me basta con eso; es suficiente para recordarme aquel otro diente de león que vi en el patio del colegio hace algunos años...

Justo cuando aparté la mirada del rostro amoratado de Hinata Hyuga me encontré con el diente de león y supe que no todo estaba perdido. Lo arranqué con cuidado y me apresuré a volver a casa, cogí un cubo y a mi hermano de la mano, y me dirigí a la Pradera; y sí, estaba llena de aquellas semillas de cabeza dorada. Después de recogerlas, rebuscamos por el borde interior de la valla a lo largo de un kilómetro y medio, más o menos, hasta que llenamos el cubo de hojas, tallos y flores de diente de león. Aquella noche nos atiborramos de ensalada y el resto del pan de la panadería.

-¿Qué más? -me preguntó Menma-. ¿Qué más comida podemos encontrar?

-De todo tipo -le prometí-. Sólo tengo que acordarme.

Mi madre tenía un libro que se había llevado de la botica de sus padres; las hojas estaban hechas de pergamino viejo y tenían dibujos a tinta de plantas, junto a los cuales habían escrito en pulcras letras mayúsculas sus nombres, dónde recogerlas, cuándo florecían y sus usos médicos. Sin embargo, mi padre añadió otras entradas al libro, plantas comestibles, no curativas: dientes de león, ombús, cebollas silvestres y pinos. Menma y yo nos pasamos el resto de la noche estudiando detenidamente aquellas páginas.

Al día siguiente no teníamos clases. Durante un rato me quedé en el borde de la Pradera, pero, finalmente, conseguí reunir el valor necesario para meterme por debajo de la alambrada. Era la primera vez que estaba allí solo, sin las armas de mi padre para protegerme, aunque recuperé el pequeño arco y las flechas que había escondido en un árbol hueco. No me adentré ni veinte metros en los bosques y la mayor parte del tiempo la pasé subida a las ramas de un viejo roble, con la esperanza de que se acercara una presa. Después de varias horas, tuve la buena suerte de matar un conejo. Lo había hecho antes, con la ayuda de mi padre; pero era la primera vez que lo hacía solo.

Llevábamos varios meses sin comer carne, así que la imagen del conejo pareció despertar algo dentro de mi madre. Se levantó, despellejó el animal, e hizo un estofado con la carne y parte de las verduras que Menma había recogido. Después se quedó como desconcertada y regresó a la cama, pero, una vez listo el estofado, la obligamos a comerse un cuenco.

Los bosques se convirtieron en nuestra salvación, y cada día me adentraba más en sus brazos. A pesar de que al principio fue algo lento, estaba decidido a alimentarnos; robaba huevos de los nidos, pescaba peces con una red, a veces lograba disparar a una ardilla o un conejo para el estofado y recogía las distintas plantas que surgían bajo mis pies. Las plantas son peligrosas; aunque hay muchas comestibles, si das un paso en falso estás muerta. Las comparaba varias veces con los dibujos de mi padre antes de comerlas, y eso nos mantuvo vivos.

Ante cualquier indicio de peligro, ya fuese un aullido lejano o una rama rota de forma inexplicable, salía corriendo hacia la alambrada. Después empecé a arriesgarme a subir a los árboles para escapar de los perros salvajes, que no tardaban en aburrirse y seguían su camino. Los osos y los gatos vivían más adentro; quizá no les gustaban la peste y el hollín de nuestra aldea.

El 10 de octubre fui al Edificio de Justicia, firmé para pedir mi tesela y me llevé a casa el primer lote de cereales y aceite en el carro de juguete de Menma. Los días 10 de cada mes tenían derecho a hacer lo mismo, pero, claro, no podía dejar de cazar y recolectar. El cereal no bastaba para vivir y había otras cosas que comprar: jabón, leche e hilo. Lo que no fuese absolutamente necesario consumir, lo llevaba al Quemador. Me daba miedo entrar allí sin mi padre al lado; sin embargo, la gente lo respetaba y me aceptaba por él. Al fin y al cabo, una presa era una presa, la derribase quien la derribase. También vendía en las puertas de atrás de los clientes más ricos de la ciudad, intentando recordar lo que mi padre me había dicho y aprendiendo unos cuantos trucos nuevos. La carnicera me compraba los conejos, pero no las ardillas; al panadero le gustaban las ardillas, pero no lo admitiría así que se las tenías que vender a su esposa, al jefe de los agentes de la paz le encantaba el pavo silvestre y el alcalde sentía pasión por las fresas.

Poco a poco, mi madre volvió con nosotras. Empezó a limpiar, cocinar y poner en conserva para el invierno algunos de los alimentos que yo llevaba. La gente pagaba en especie o con dinero por sus remedios medicinales y, un día, la oí cantar.

Menma estaba encantado de tenerla de vuelta, mientras que yo seguía observándola, esperando que desapareciese otra vez; no confiaba en ella. Además, un lugar pequeño y retorcido de mi interior la odiaba por su debilidad, por su negligencia, por los meses que nos había hecho pasar. Mi hermano la perdonó y yo me alejé de ella, había levantado un muro para protegerme de necesitarla y nada volvería a ser lo mismo entre nosotros.

Y ahora voy a morir sin haberlo arreglado. Pienso en cómo le he gritado hoy en el Edificio de Justicia, aunque también le dije que la quería. A lo mejor ambos cosas se compensan.

Me quedo mirando por la ventana del tren un rato, deseando poder abrirla de nuevo, pero sin saber qué pasaría si lo hiciera a tanta velocidad. A lo lejos veo las luces de otra aldea. ¿la de la roca? ¿El calor? No lo sé. Pienso en los habitantes dentro de sus casas, preparándose para acostarse. Me imagino mi casa, con las persianas bien cerradas. ¿Qué estarán haciendo mi madre y Menma? ¿Habrán sido capaces de cenar el guiso de pescado y las fresas? ¿O estará todo intacto en los platos? ¿Habrán visto el resumen de los acontecimientos del día en el viejo televisor que tenemos en la mesa pegada a la pared? Seguro que han llorado más. ¿Estará resistiendo mi madre, estará siendo fuerte por Menma? ¿O habrá empezado a marcharse, a descargar el peso del mundo sobre los frágiles hombros de mi hermano?

Sin duda, esta noche dormirán juntos. Me consuela que el viejo zarrapastroso de Kurumara se haya colocado en la cama para proteger a Menma. Si llora, él se abrirá paso hasta sus brazos y se acurrucará allí hasta que se calme y se quede dormido. Cómo me alegro de no haberlo ahogado.

Pensar en mi casa me mata de soledad. Ha sido un día interminable. ¿Cómo es posible que Kiba y yo estuviéramos recogiendo moras esta misma mañana? Es como si hubiese pasado en otra vida, como un largo sueño que se va deteriorando hasta convertirse en pesadilla. Si consigo dormirme, quizá me despierte en el Konoha, el lugar al que pertenezco.

Seguro que hay muchos camisones en la cómoda, pero me quito la camisa y los pantalones, y me acuesto en ropa interior. Las sábanas son de una tela suave y sedosa, con un edredón grueso y esponjoso que me calienta de inmediato.

Si voy a llorar, será mejor que lo haga ahora; por la mañana podré arreglar el estropicio que me hagan las lágrimas en la cara. Sin embargo, no lo consigo, estoy demasiado cansado o entumecido para llorar, sólo quiero estar en otra parte; así que dejo que el tren me meza hasta sumergirme en el olvido.

Está entrando luz gris a través de las cortinas cuando me despiertan unos golpes. Oigo la voz de Sakura Haruno llamándome para que me levante.

-¡Arriba, arriba, arriba! ¡Va a ser un día muy, muy, muy importante!

Durante un instante intento imaginarme cómo será el interior de la cabeza de esta mujer. ¿Qué pensamientos llenan las horas en que está despierta? ¿Qué sueños tiene por las noches? No tengo ni idea.

Me vuelvo a poner el traje verde porque no está muy sucio, sólo algo arrugado por haberse pasado la noche en el suelo. Recorro con los dedos el círculo que rodea al pequeño Kuibi de oro y pienso en los bosques, en mi padre, y en mi madre y Menma levantándose, teniendo que enfrentarse al día. He dormido sin deshacer el peinó mi madre trato de hacer para la cosecha; como todavía tienen buen aspecto, me dejo el pelo como está. Da igual: no podemos estar lejos del Capitolio y, cuando lleguemos a la ciudad, mi estilista decidirá el aspecto que voy a tener en las ceremonias de inauguración de esta noche. Sólo espero que no crea que la desnudez sea el último grito en moda.

Cuando entro en el vagón comedor, Sakura Haruno se acerca a mí con una taza de café solo; está murmurando obscenidades entre dientes. Sasuke se está riendo disimuladamente, con la cara hinchada y roja de los abusos del día anterior. Hinata tiene un panecillo en la mano y parece algo avergonzada.

-¡Siéntate! ¡Siéntate! -exclama Sasuke, haciendo señas con la mano.

En cuanto lo hago, me sirven una enorme bandeja de comida: huevos, jamón y montañas de patatas fritas. Hay un frutero metido en hielo, para que la fruta se mantenga fresca, y tengo delante una cesta de panecillos que habrían servido para alimentar a toda mi familia durante una semana. También hay un elegante vaso con zumo de naranja; bueno, creo que es zumo de naranja. Sólo he probado las naranjas una vez, en Año Nuevo, porque mi padre compró una como regalo especial. Una taza de café; mi madre adora el café, aunque casi nunca podemos permitírnoslo, pero a mí me parece aguado y amargo. Al lado hay una taza con algo de color marrón intenso que nunca había visto antes.

-Lo llaman chocolate caliente -me dice Hinata-. Está bueno.

Pruebo un trago del líquido caliente, dulce y cremoso, y me recorre un escalofrío. Aunque el resto de la comida me llama, no le hago caso hasta que termino la taza. Después me atiborro de todo lo que puedo, procurando no pasarme con los alimentos más grasos. Mi madre me dijo una vez que siempre comía como si no fuera a volver a ver la comida, y yo le respondí: «No la volveré a ver si no la traigo yo». Eso le cerró la boca. Cuando siento que el estómago me va a estallar, me echo hacia atrás y observo a mis compañeros de desayuno. Hinata sigue comiendo, troceando los panecillos para mojarlos en el chocolate caliente. Sasuke no le ha prestado mucha atención a su bandeja, pero está tragándose un vaso de zumo rojo que no deja de mezclar con un líquido transparente que saca de una botella. A juzgar por el olor, es algún tipo de alcohol. No conozco a Sasuke, aunque lo he visto a menudo en el Quemador, tirando puñados de dinero sobre el mostrador de la mujer que vende licor blanco. Estará diciendo incoherencias cuando lleguemos al Capitolio.

Me doy cuenta de que detesto a este hombre; no es de extrañar que los tributos del Konoha no tengan ni una oportunidad. No es sólo que estemos mal alimentados y nos falte entrenamiento, porque algunos de nuestros participantes eran lo bastante fuertes como para intentarlo, pero rara vez conseguimos patrocinadores, y él tiene gran parte de la culpa. La gente rica que apoya a los tributos ya sea porque apuesten por ellos o simplemente por tener derecho a presumir de haber escogido al ganador espera tratar con alguien más elegante que Sasuke.

-Entonces, ¿se supone que nos vas a aconsejar? -le pregunta Hinata.

-¿Quieres un consejo? Sigue viva -responde Sasuke, y se echa a reír. Miro a Hinata antes de recordar que no quiero tener nada que ver con ella, y me sorprende encontrarme con una expresión muy dura, cuando normalmente parece tan afable.

-Muy gracioso –le dijo. De repente, y le pego un bofetón al vaso que Sasuke tiene en la mano, y el cristal se hace añicos en el suelo y desparrama el líquido rojo sangre hacia el fondo del vagón-. Pero no para nosotros.

Sasuke lo piensa un momento y me da un puñetazo en la mandíbula, tirándome de la silla. Cuando se vuelve para coger el alcohol, ella clava mi cuchillo en la mesa, entre su mano y la botella; casi le corta los dedos. Me preparo para rechazar un golpe que no llega a la cara de Hinata; el hombre se echa hacia atrás y nos mira de reojo.

-Bueno, ¿qué tenemos aquí? ¿De verdad me han tocado un par de luchadores este año?

Hinata me ayuda a levantar del suelo y coge un puñado de hielo de debajo del frutero. Empieza a llevarlo a la marca roja de mi mandíbula.

-No -la detiene Sasuke-. Deja que le salga el moratón. La audiencia pensará que se ha peleado con otro tributo antes incluso de llegar al estadio.

-Va contra las reglas. -Sólo si te pillan. Ese moratón dirá que has luchado y no te han cogido; mucho mejor. -Después se vuelve hacia ella -. ¿Puedes hacer algo con ese cuchillo, aparte de clavarlo en la mesa?

-bueno realmente no... Los únicos que conozco la usa la carnicera que me ha ensañado un poco, ella quería q... Qué... Yo…?- No la deja terminar su historia cuando se vuelve así a mi -espero y no solo sueltes golpes chico-

Mis armas son el arco y la flecha, aunque también he pasado bastante tiempo lanzando cuchillos. A veces, si hiero a un animal con el arco, es mejor clavarle también un cuchillo antes de acercarse. Me doy cuenta de que, si quiero ganarme la atención de Sasuke, éste es el momento adecuado para impresionarlo. Arranco el cuchillo de la mesa, lo cojo por la hoja y lo lanzo a la pared de enfrente; la verdad es que esperaba clavarlo con fuerza, pero se queda metido en el hueco entre dos paneles de madera, lo que me hace parecer mucho mejor de lo que soy.

-Venid aquí los dos -nos pide Sasuke, señalando con la cabeza al centro de la habitación. Obedecemos, y él da vueltas a nuestro alrededor, tocándonos como si fuésemos animales, comprobando nuestros músculos y examinándonos las caras-. Bueno, no está todo perdido. Parecéis en forma y, cuando los arreglen los estilistas, seréis bastante atractivos. -Hinata y yo no lo ponemos en duda, porque, aunque los Juegos del Hambre no son un concurso de belleza, los tributos con mejor aspecto siempre parecen conseguir más bien, haré un trato con ustedes: si no interferís con mi bebida, prometo estar lo suficientemente sobrio para ayudaros, siempre que hagáis todo lo que os diga. No es un gran trato, pero sí un paso gigantesco con respecto a lo ocurrido hace diez minutos, cuando no teníamos guía alguna.

-bien -responde Hinata.

-Pues ayúdanos. Cuando lleguemos al estadio, ¿cuál es la mejor estrategia en la Cornucopia para alguien...?

-Cada cosa a su tiempo. Dentro de unos minutos llegaremos a la estación y estaréis en manos de los estilistas. No os va a gustar lo que os hagan, pero, sea lo que sea, no os resistáis.

-Pero... -empiezo a protestar.

-No hay peros que valgan, lo resistirán-dice Sasuke.

Después coge la botella de la mesa y sale del vagón. Cuando se cierra la puerta, el vagón se queda a oscuras; aunque todavía hay algunas luces dentro, es como si se hiciese de noche en el exterior. Me doy cuenta de que debemos de estar en el túnel que atraviesa las montañas y lleva hasta el Capitolio. Las montañas forman una barrera natural entre la ciudad y las aldeas orientales. Es casi imposible entrar por aquí, salvo a través de los túneles. Esta ventaja geográfica fue un factor decisivo para la derrota de las aldeas en la guerra que me ha convertido en tributo. Como los rebeldes tenían que escalar las montañas, eran blancos fáciles para las fuerzas aéreas del Capitolio.

Hinata Hyuga y yo guardamos silencio mientras el tren sigue su camino. El túnel dura y dura, nos separa del cielo, y se me encoge el corazón. Odio estar encerrada en piedra, me recuerda a las minas y a mi padre, atrapado, incapaz de llegar hasta la luz del sol, enterrado para siempre en la oscuridad.

El tren por fin empieza a frenar y una luz brillante inunda el compartimento. No podemos evitarlo, los dos salimos corriendo hacia la ventanilla para ver algo que sólo hemos visto en televisión: el Capitolio, la ciudad que dirige el país del fuego. Las cámaras no mienten sobre su grandeza; si acaso, no logran capturar el esplendor de los edificios relucientes que proyectan un arco iris de colores en el aire, de los brillantes coches que corren por las amplias calles pavimentadas, de la gente vestida y peinada de forma extraña, con la cara pintada y aspecto de no haberse perdido nunca una comida. Todos los colores parecen artificiales: los rosas son demasiado intensos; los verdes, demasiado brillantes, y los amarillos dañan los ojos, como los caramelos con forma de discos planos que nunca podemos permitirnos en la tienda de dulces de Konoha.

La gente empieza a señalarnos con entusiasmo al reconocer el tren de tributos que entra en la ciudad. Me aparto de la ventanilla, asqueado por su emoción, sabiendo que están deseando vernos morir. Sin embargo, Hinata se mantiene en su sitio, e incluso empieza a saludar y sonreír a la multitud, que la mira con la boca abierta. Sólo deja de hacerlo cuando el tren se mete en la estación y nos tapa la vista.

Se da cuenta de que la miro y se encoge de hombros.

-¿Quién sabe? Puede que uno de ellos sea rico.

La había juzgado mal. Empiezo a pensar en sus acciones desde que comenzó la cosecha: el amistoso apretón de manos, su madre regalándome galletas y prometiendo cuidar de Menma... ¿Sería idea de Hinata? Sus lágrimas en la estación, presentarse voluntaria para lavar a Sasuke y después retarlo esta mañana al descubrir que, por lo visto, hacerse la buena no servía de nada.

Y aquí está ahora, saludando por la ventanilla, intentando ganarse al público.

Las piezas todavía no han encajado del todo, pero siento que se forma un plan, que no ha aceptado su muerte. Ya está luchando por seguir viva, lo que significa, además, que la buena de Hinata Hyuga, la chica que me dio el pan, está luchando por matarme.

¡Ras! Aprieto los dientes mientras Venia, una mujer de pelo color turquesa y tatuajes dorados sobre las cejas, me arranca una tira de tela de la pierna, llevándose con ella el pelo que había debajo.

-¡Lo siento! -canturrea con su estúpido acento del Capitolio-. ¡Es que tienes mucho pelo!

¿Por qué habla esta gente con un tono tan agudo? ¿Por qué apenas abren la boca para hablar? ¿Por qué acaban todas las frases con la misma entonación que se usa para preguntar? Vocales extrañas, palabras recortadas y un siseo cada vez que pronuncian la letra ese... Por eso a todo el mundo se le pega su acento, claro.

Sasorie intenta demostrar su comprensión.

-Pero tengo buenas noticias: éste es el último. ¿Listo?

Me agarro a los bordes de la mesa en la que estoy sentado y asiento con la cabeza. Ella arranca de un doloroso tirón la última zona de pelo de mi pierna izquierda.

Llevo más de tres horas en el Centro de Renovación y todavía no conozco a mi estilista. Al parecer, no está interesado en verme hasta que Venia y los demás miembros de mi equipo de preparación no se hayan ocupado de algunos problemas obvios, lo que incluye restregarme el cuerpo con una espuma arenosa que no sólo me ha quitado la suciedad, sino también unas tres capas de piel, darle uniformidad a mis uñas y, sobre todo, librarse de mi vello corporal. Piernas, brazos, torso, axilas y parte de mis cejas se han quedado sin un solo pelo, así que parezco un pájaro desplumado, listo para asar. No me gusta, tengo la piel irritada, me pica y la siento muy vulnerable. Sin embargo, he cumplido mi parte del trato que hicimos con Sasuke y no he puesto ni una objeción.

-Lo estás haciendo muy bien -dice un tipo que se llama Tobie. Agita lo que parece ser una máscara naranja -. Si hay algo que no aguantamos es a los llorones.

Sasorie y Deidara, el cual no se distinguir al principio por su cabello largo atado en una coleta al igual que Ino, me dan un masaje con una loción que primero pica y después me calma la piel. Acto seguido me levantan de la mesa y me quitan la fina bata que me han permitido vestir de vez en cuando. Me quedo aquí, completamente desnudo, mientras los tres me rodean y utilizan las pinzas para eliminar hasta el último rastro de pelo. Sé que debería sentir vergüenza, pero me parecen tan poco humanos que es como si tuviese a un trío de extraños pájaros de colores picoteando el suelo alrededor de mis pies.

Los tres dan un paso atrás y admiran su trabajo.

-¡Excelente! ¡Ya casi pareces un ser humano! -exclama Tobie, y todos se ríen.

-Gracias -respondo con dulzura, obligándome a sonreír para demostrarles lo agradecido que estoy-. En el Konoha no tenemos muchas razones para arreglarnos.

-Claro que no, ¡pobre criatura! -dice Sasorie, juntando las manos, consternado. Creo que me los he ganado con mi respuesta.

-Pero no te preocupes -añade Venia-. Cuando Obito acabe contigo, ¡vas a estar absolutamente divino!

-¡Te lo prometemos! ¿Sabes? Ahora que nos hemos librado de tanto pelo y porquería, ¡no estás tan horrible, ni mucho menos! -afirma Tobie, para animarme-. ¡Vamos a llamar a Obito!

Salen disparados del cuarto. Los miembros del equipo de preparación son tan bobos que me resulta difícil odiarlos. Sin embargo, curiosamente, sé que son sinceros en su intento por ayudarme.

Miro las paredes y el suelo, todo tan frío y blanco, y resisto el impulso de recuperar la bata. Sé que este Obito, mi estilista, hará que me la quite en cuanto llegue, así que me llevo las manos al cabello, la única zona que mi equipo tenía órdenes de respetar. Me acaricio él cabello y pienso en mi padre el cual era igual al mío y en que según mi madre era como ver un sol en medio de tanta obscuridad y pienso en ella. Mi madre; me he dejado su traje y sus zapatos en el suelo del vagón, no se me ocurrió recogerlos ni intentar aferrarme a algo suyo, de casa. Ahora me arrepiento.

La puerta se abre y entra un joven que debe de ser Obito. Me sorprende lo normal que parece; casi todos los estilistas a los que entrevistan en la tele están tan teñidos, pintados y alterados quirúrgicamente que resultan grotescos, pero Obito lleva el pelo corto y, en apariencia, de su color castaño natural. Viste camisa y pantalones negros sencillos, -Hola, Naruto. Soy Obito, tu estilista -dice en voz baja, aunque casi sin la afectación típica del Capitolio.

-Hola -respondo, con precaución.

-Dame un momento, ¿ok? -me pide. Camina a mi alrededor y observa mi cuerpo desnudo, sin tocarme, pero tomando nota de cada centímetro. Resisto el impulso de cruzar los brazos sobre el pecho-.

Esperaba a alguien extravagante, alguien mayor que intentara desesperadamente parecer joven, alguien que me viera como un trozo de carne que había que preparar para una bandeja. Obito no es nada de eso.

-Eres nuevo, ¿verdad? No creo haberte visto antes -le digo.

La mayoría de los estilistas me resultan familiares, son constantes en el siempre cambiante grupo de los tributos. Algunos llevan en esto toda mi vida.

-Sí, es mi primer año en los juegos.

-Así que te han dado el Konoha -comento, porque los recién llegados suelen quedarse con nosotros, la aldea menos deseable.

-Lo pedí expresamente -responde, sin dar más explicaciones-. ¿Por qué no te pones la bata y charlamos un rato?

Me pongo la bata y lo sigo hasta un salón en el que hay dos sofás rojos con una mesita baja en medio. Tres paredes están vacías y la cuarta es entera de cristal, de modo que puede verse la ciudad. Por la luz, debe de ser mediodía, aunque el cielo soleado se ha cubierto de nubes. Obito me invita a sentarme en uno de los sofás y se sienta en frente de mí; después pulsa un botón que hay en el lateral de la mesa y la parte de arriba se abre para dejar salir un segundo tablero con nuestra comida: pollo y gajos de naranja cocinados en una salsa de nata sobre un lecho de granos blancos perlados, guisantes y cebollas diminutos, y panecillos en forma de flor; de postre hay un pudin de color miel.

Intento imaginarme preparando esta mismo comida en casa. Los pollos son demasiado caros, pero podría apañarme con un pavo silvestre. Necesitaría matar un segundo pavo para cambiarlo por naranjas. La leche de cabra tendría que servir de sustituta de la nata. Podemos cultivar guisantes en el huerto y tendría que conseguir cebollas silvestres en el bosque. No reconozco el cereal, porque nuestras raciones de las teselas se convierten en una fea papilla marrón cuando las cocinas. Para conseguir los panecillos lujosos tendría que hacer otro trueque con el panadero, quizás a cambio de dos o tres ardillas. En cuanto al pudin, ni siquiera se me ocurre qué llevará dentro. Harían falta varios días de caza y recolección para hacer esta comida y, aun así, no llegaría a la altura de la versión del Capitolio. Me pregunto cómo será vivir en un mundo en el que la comida aparece con sólo presionar un botón. ¿A qué dedicaría las horas que paso recorriendo los bosques en busca de sustento si fuese tan fácil conseguirlo? ¿Qué hacen todo el día estos habitantes del Capitolio, además de decorarse el cuerpo y esperar al siguiente cargamento de tributos para divertirse viéndolos morir?

Levanto la mirada y veo los ojos de Obito clavados en los míos.

-Esto debe de parecerte despreciable. -¿Me lo ha visto en la cara o, de algún modo, me ha leído el pensamiento? Sin embargo, tiene razón: toda esta gente asquerosa me resulta despreciable-. Da igual -dice Obito-. Bueno, Naruto, hablemos de tu traje para la ceremonia de inauguración. Mi compañera, Rin, es la estilista del otro tributo de tu aldea, Hinata, y estamos pensando en vestiros a juego. Como sabes, es costumbre que los trajes reflejen el espíritu de cada aldea.

Se supone que en la ceremonia inaugural tienes que llevar algo referente a la principal industria de tu aldea. Aldea Hierba, agricultura; Aldea de la arena, pesca; Aldea de las nubes, fábricas. Eso significa que, al venir del Konoha, Hinata y yo llevaremos algún tipo de atuendo minero. Como el ancho mono de los mineros no resulta especialmente atractivo, nuestros tributos suelen acabar con trajes con poca tela y cascos con focos. Un año los sacaron completamente desnudos y cubiertos de polvo negro, como si fuese polvo de carbón. Los trajes siempre son horrendos y no ayudan a ganarse el favor del público, así que me preparo para lo peor.

-Entonces, ¿será un disfraz de minero? -pregunto, esperando que no sea indecente.

-No del todo. Verás, Rin y yo creemos que el tema del minero está muy trillado. Nadie se acordará de vosotros si lleváis eso, y los dos pensamos que nuestro trabajo consiste en hacer que los tributos del Konoha sean inolvidables.

«Está claro que me toca ir desnudo», pienso.

-Así que, en vez de centrarnos en la minería en sí, vamos a centrarnos en el carbón.

«Desnudo y cubierto de polvo negro», pienso otra vez.

-Y ¿qué se hace con el carbón? Se quema -dice Obito-. No te da miedo el fuego, ¿verdad, Naruto? -Ve mi expresión y sonríe.

Unas cuantas horas después, estoy vestido con lo que puede ser el traje más sensacional o el más mortífero de la ceremonia de inauguración. Llevo una sencilla malla negra de cuerpo entero que me cubre del cuello a los tobillos, con unas botas de cuero brillante y cordones que me llegan hasta las rodillas. Sin embargo, lo que define el traje es la capa que ondea al viento, con franjas naranjas, amarillas y rojas, y el tocado a juego. Obito pretende prenderles fuego justo antes de que nuestro carro recorra las calles.

-No es fuego de verdad, por supuesto, sólo un fuego sintético que Rin y yo hemos inventado. Estarás completamente a salvo -me asegura, pero no me acaba de convencer; es posible que acabe convertida en barbacoa humana cuando lleguemos al centro de la ciudad.

Apenas llevo maquillaje, sólo unos toquecitos de iluminador. Me han cepillado el pelo -Quiero que el público te reconozca cuando estés en el estadio -dice Obito en tono soñador

Se me pasa por la cabeza que la conducta tranquila y normal de Obito puede estar ocultando a un loco de remate.

A pesar de la revelación de esta mañana sobre el carácter de Hinata, me alivia verla aparecer vestido con un traje idéntico. Como es hija del panadero y tal, debe de estar acostumbrada al fuego. -Hinata, la chica en llamas—dice su estilista, Rin, y pudo ver como el resto de su equipo la acompañan, y todos están de los nervios por la sensación que vamos a causar. Todos salvo Obito, que acepta las felicitaciones como si estuviera algo cansado.

Nos llevan al nivel inferior del Centro de Renovación, que es, básicamente, un establo gigantesco. La ceremonia inaugural va a empezar y están subiendo a las parejas de tributos en unos carros tirados por grupos de cuatro caballos. Los nuestros son negro carbón, unos animales tan bien entrenados que ni siquiera necesitan un jinete que los guíe. Obito y Rin nos conducen a nuestro carro y nos arreglan con cuidado la postura del cuerpo y la caída de las capas antes de apartarse para comentar algo entre ellos.

-¿Qué piensas? -le susurro a Hinata-. Del fuego, quiero decir.

-Te arrancaré la capa si tú me arrancas la mía -me responde, entre dientes.

-Trato hecho. -Quizá si logramos quitárnoslas lo bastante deprisa evitemos las peores quemaduras. Lo malo es que nos soltarán en el campo de batalla estemos como estemos-. Sé que le prometí a Sasuke que haría todo lo que nos dijeran, pero creo que no tuvo en cuenta este detalle.

-Por cierto, ¿dónde está? ¿No se supone que tiene que protegernos de este tipo de cosas?

-Con todo ese alcohol dentro, no creo que sea buena idea tenerlo cerca cuando ardamos. De repente, los dos nos echamos a reír. Supongo que estamos tan nerviosos por los juegos y, más aún, tan aterrados por la posibilidad de acabar convertidos en antorchas humanas, que no actuamos de forma racional.

Empieza la música de apertura. No cuesta oírla, la ponen a todo volumen por las avenidas del Capitolio. Unas puertas correderas enormes se abren a las calles llenas de gente. El desfile dura unos veinte minutos y termina en el Círculo de la Ciudad, donde nos recibirán, tocarán el himno y nos escoltarán hasta el Centro de Entrenamiento, que será nuestro hogar/prisión hasta que empiecen los juegos.

Los tributos del Aldea del sonido van en un carro tirado por caballos blancos como la nieve. Están muy guapos, rociados de pintura plateada y vestidos con elegantes túnicas cubiertas de piedras preciosas; el Aldea del sonido fabrica artículos de lujo para el Capitolio. Oímos el rugido del público; siempre son los favoritos.

El Aldea de la niebla se coloca detrás de ellos. En pocos minutos nos encontramos acercándonos a la puerta y veo que, entre el cielo nublado y que empieza a anochecer, la luz se ha vuelto gris. Los tributos del Aldea de la hierba acaban de salir cuando Obito aparece con una antorcha encendida. -Allá vamos -dice, y, antes de poder reaccionar, prende fuego a nuestras capas. Ahogo un grito, esperando que llegue el calor, pero sólo noto un cosquilleo. Obito se coloca delante de nosotros, prende fuego a los tocados y deja escapar un suspiro de alivio-. Funciona. -Después me levanta la barbilla con cariño-. Recuerda, la cabeza alta. Sonríe. ¡Te van a adorar!

Obito se baja del carro de un salto y tiene una última idea.

Nos grita algo que no oigo por culpa de la música, así que vuelve a gritar y gesticula.

-¿Qué dice? -le pregunto a Hinata. Por primera vez, la miro y me doy cuenta de que, iluminado por las llamas falsas, está resplandeciente, y que yo también debo de estarlo.

-Creo que ha dicho que nos cojamos de la mano –responde con un rubor en las mejillas el cual no sé si es por el fuego o la presión de todo esto.

Me coge la mano derecha con su izquierda, y los dos miramos a Obito para confirmarlo. Él asiente y da su aprobación levantando el pulgar; es lo último que veo antes de entrar en la ciudad.

La alarma inicial de la muchedumbre al vernos aparecer se transforma rápidamente en vítores y gritos de « ¡Konoha!». Todos se vuelven para mirarnos, apartando su atención de los otros tres carros que tenemos delante. Al principio me quedo helado, pero después nos veo en una enorme pantalla de televisión y nuestro aspecto me deja sin aliento. Con la escasa luz del crepúsculo, el fuego nos ilumina las caras, es como si nuestras capas dejaran un rastro de llamas detrás. Obito hizo bien al reducir el maquillaje al mínimo: los dos estamos más atractivos y, además, se nos reconoce perfectamente.

«Recuerda, la cabeza alta. Sonríe. ¡Te van a adorar!»

Oigo las palabras del estilista en mi cabeza, así que levanto más la barbilla, esbozo mi mejor sonrisa y saludo con la mano que tengo libre. Me alegra estar agarrada a Hinata para guardar el equilibrio, Conforme gano confianza, llego a lanzar algún que otro beso a los espectadores; la gente del Capitolio se ha vuelto loca, nos baña en flores, grita nuestros nombres, nuestros nombres propios, ya que se han molestado en buscarlos en el programa.

La música alta, los vítores y la admiración me corren por las venas, y no puedo evitar emocionarme. Obito me ha dado una gran ventaja, nadie me olvidará. Mejor dicho olvidaran, nuestro aspecto, ni nombres: Naruto y Hinata. Por primera vez siento una chispa de esperanza. ¡Tiene que haber algún patrocinador dispuesto a escogerme! Y con un poco de ayuda extra, alguna comida, el arma adecuada... ¿Por qué voy a dar los juegos por perdidos?

Alguien tira una rosa roja y yo la cojo, la huelo con delicadeza y se la doy a mi compañera que lanza un beso en dirección a quien me la haya tirado. Cientos de manos intentan capturar el beso, como si fuese algo real y tangible.

-¡Hinata! ¡Naruto! -Los oigo gritar mi nombre por todas partes.

Hasta que entramos en el Círculo de la Ciudad no me doy cuenta de que debo de haber estado cortándole la circulación de la mano a Hinata, tan fuerte se la tenía cogida. Miro nuestros dedos entrelazados y aflojo un poco, pero ella me vuelve a coger con fuerza.

-No, no me sueltes -dice, y la luz del fuego se refleja en sus ojos grises-. Por favor, puede que me caiga de esta cosa.

-está bien!.

Así que seguimos cogidos, aunque no puedo evitar sentirme extraño por la forma en que Obito nos ha unido. La verdad es que no es justo presentarnos como un equipo y después tirarnos en la arena para que nos matemos el uno al otro.

Los doce carros llenan el circuito del Círculo de la Ciudad. Todas las ventanas de los edificios que rodean el círculo están abarrotadas de los ciudadanos más prestigiosos del Capitolio. Nuestros caballos nos llevan justo hasta la mansión del presidente Madara, y allí nos paramos. La música termina con unas notas dramáticas. El presidente, un hombre alto y delgado con el cabello demasiado Negro para la posible edad que tiene, nos da la bienvenida oficial desde el balcón que tenemos encima. Lo tradicional es enfocar las caras de todos los tributos durante el discurso, pero en la pantalla veo que Hinata y yo salimos más de lo que nos corresponde. Con forme oscurece, más difícil es apartar los ojos de nuestro centelleante atuendo. Aunque cuando suena el himno nacional hacen un esfuerzo por enfocar a cada pareja de tributos, la cámara se mantiene fija en el carro del Konoha, que recorre el círculo una última vez antes de desaparecer en el Centro de Entrenamiento.

En cuanto se cierran las puertas, nos rodean los equipos de preparación, que farfullan piropos apenas inteligibles. Miro a mí alrededor y veo que muchos de los otros tributos nos miran con odio, lo que confirma mis sospechas de que los hemos eclipsado a todos, literalmente. Después aparecen Obito y Rin, que nos ayudan a bajar del carro, y nos quitan con cuidado las capas y los tocados en llamas. Rin los apaga con una especie de bote con atomizador.

De repente me doy cuenta de que sigo pegado a Hinata y me obligo a abrir los dedos, agarrotados. Los dos nos masajeamos las manos.

-Gracias por sostenerme. No me sentía muy bien ahí arriba -dice Hinata.

-No lo parecía. Te juro que ni me he dado cuenta.

-Seguro que no le han prestado atención a nadie más que a ti. — Sin embargo, una alarma se me enciende en la cabeza: «No seas tan estúpido: Hinata planea matarte -me recuerdo-. Quiere que te confíes para convertirte en una presa fácil. Cuanto más te guste, más mortífera será». debo decirle algo no solo ella sabe jugar ese juego de los compañeros.

-Deberías llevar llamas más a menudo, te sientan bien. – le dijo.

Después me ofrece una sonrisa de una dulzura tan genuina, con el toque justo de timidez, que hace que me sienta muy cerca de ella, pero, me doy cuenta que todo es un error pero cuando reacciono. Ella se pone de puntillas y me da un beso en la mejilla, justo en el moretón.