Disclaimer: HP no me pertenece. Todo lo que reconozcan es de Rowling. La trama es mía.


Capítulo 3

Conversaciones

Halloween. Hogsmeade.

Sam se dirigió de inmediato a Honeydukes. Estaba hambriento de dulces. Compró varitas de regaliz, chicles dobles, ranas de chocolate y un paquete de grageas de chocolate.

También pasó por Zonko, pero prefirió entrar a Sortilegios Weasley. Aquel era el Emporio de las BROMAS, sí con mayúscula. ¡Ese sitio era genial! Y a juzgar por el grueso de estudiantes que merodeaba por allí, "genial" era la opinión pública. A Sam le hubiese gustado hablar con el o los dueños, pero el dependiente dijo que los dueños siempre estaban en Londres. Así que Sam iría a Londres, así sea sólo para ver si lo que tenían en Hogsmeade era lo mismo que tenían en el Callejón Diagón.

- ¿Dejan permiso a un aprendiz para que visite esta tienda? - le preguntó alguien.

Sam se giró, dispuesto a cantarle sus cuatro cosas, al tipo que lo acababa de desconcentrar de llenar sus ojos con todo lo que veía.

- Mira…

- Ea, no te enfades. Me parece fantástico que merodees por aquí.

- Eh… ¿en serio?

- En serio. Ted Lupin. Puedes decirme Ted solamente - dijo mientras le ofrecía la mano.

- Samuel Tyler - se presentó mientras estrechaba la mano ofrecida. - Puedes decirme Sam.

- ¿Sabes? Hay algo que me he estado preguntado… Yo… ¿Te conozco? Es decir… Te me haces familiar. Tal vez de hace años o… no estoy seguro. Dime… ¿Te conozco o…? ¿Sólo te estoy confundiendo con alguien más?

- Eh…

Suponía que ese era el momento para contar lo que él sabía. ¿Pero el momento? ¿No sería mejor preparar algo? No… Las cosas planeadas salían mal. Siempre le salían mal.

- ¿Por qué no vamos a las Tres Escobas? Yo invito.

- Muy bien.

Salieron de Sortilegios y se encaminaron al bar.

- ¿Sabes? Las Tres Escobas pertenecía antes a una mujer muy atractiva, Madame Rosmerta se llamaba.

- ¿Se llamaba?

- Se llama. Se retiró poco después de la segunda batalla. ¿Sabes de eso, no?

- Sí, lo sé.

- Bueno, se retiró. El mando lo asumió su sobrina Romilda.

- Ah. Dos cervezas de mantequilla - le pidió a la camarera.

- Enseguida, guapo.

Permanecieron en silencio por unos minutos. Sam preguntándose cómo abordar lo que tenía qué decir. Y Ted preguntándose qué era eso de lo que quería hablar Tyler.

Sam abrió la boca, pero la cerró cuando llegaron las cervezas de mantequilla.

- ¿Y bien? ¿De qué querías hablar? - presionó Ted.

- Bueno, ah… No nos conocemos. Bueno no… no personalmente.

Sam se dijo que parecía un niño nervioso frente a un examen. Sólo que ni él era un niño, ni este era un examen. Pero casi parecía. Por la mirada que Ted le lanzó, Sam supo que no se había explicado bien. Abrió la boca para continuar, pero la cerró rápidamente. ¿Qué iba a decir? ¿Y si no se explicaba bien? ¿Y si después de todo Ted decidía no escucharlo, o alejarse de él por tomarlo por un loco?

No era una persona tímida. Era confiado en sí mismo. Pero en ese momento… Por fin, Ted acudió en su ayuda.

- Ve al grano - le recomendó - será lo mejor.

Sam tomó aire profundamente.

- Bien, aquí va. Mi nombre es Sam, Sam Tyler. Pero también podría hacer que me llamaran Sam, Sam Black.

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Mientras cambiaba sus túnicas por el disfraz de esa noche, Sam sonrió. Recordaba en detalle toda la conversación en las Tres Escobas. El modo en que Ted abrió los ojos como plato, sorprendido y aturdido a partes iguales. Luego se mostró intrigado. Y más tarde entusiasmado. En el transcurso de dos minutos (que fue lo que duró aquel cambio de emociones), su cabello cambió del azul al rosa, pasando por el verde, el morado, el amarillo y hasta un rojo brillante. Sam se divirtió mucho con ello.

El Sam del presente recordó algunos pasajes de la conversación:

- O sea, que no eres sólo el heredero de un Merodeador, también somos familia.

- ¿En serio?

- Somos primos, lejanos, pero primos al fin y al cabo.

- Háblame de ese parentesco - pidió Sam.

- Bueno, tu padre era Sirius Black, quien era primo de mi madre, Nymphadora Tonks. Mi abuela, Andrómeda, era una Black; de ahí viene el parentesco.

- ¿Era?

- Ah… se casó. Con mi abuelo, Ted Tonks. Así que ya no es una Black. Aunque mi tía abuela, Narcisa, asegura que sigue siéndolo.

- Ya.

Habían hablado de sus respectivas familias. Sam le había hablado de su madre. De su enfermedad. De que él tuvo que cuidarla. Tuvo que hacerse cargo de todo: casa, estudios, medicinas…

- La extrañas… ¿verdad?

- Mucho. Realmente mucho.

Ted pareció pensativo. Su cabello adquirió un azul cielo y sus ojos tomaron un tono gris.

- Pero ellos no querrían que nos quedemos extrañándolos - susurró -. Harry dice que las personas que nos amaron, siguen con nosotros, en nuestros corazones. Dice que nos observan y que están orgullosos de nosotros.

Sam asintió, también pensativo.

- Tu Harry parece una persona inteligente.

- Es el mejor - dijo Ted con orgullo.

Luego de eso la conversación siguió por otros derroteros. Hablaron de las bromas que hacían. De las chicas. Ted no tenía casi experiencia, y Sam se prometió ayudarlo. También hablaron de los amigos.

- John, John Derkns es… digamos que al que le gusta comer más. Come todo lo que vea, y no le importa. También es el que suelta más tacos. Alexandra se molesta mucho por eso. Le llama cerdo e imbécil. Pero creo que le gusta…

- Sí, es lo más probable - dijo Sam mientras recordaba su propia experiencia con Lisa. Estaba seguro que a la chica le gustaba -. Pero no lo va a decir. Tiene miedo de lo que puedan pensar. De lo que ella pueda sentir. Y de lo que pueda suceder si declara sus sentimientos.

Ted negó con la cabeza. Exasperado.

- Las chicas son raras.

- Y qué lo digas.

- Jon, bueno Jonathan Perkins, todos le decimos Jon… Bueno, Jon opina que deberían aislar a las chicas de los chicos.

Sam tomó un sorbo de su tercera cerveza de mantequilla.

- Sólo si eres gay. Y ni así… Hasta los gay necesitan amigas. Nosotros necesitamos a las chicas. Dile que no vuelva a decir algo como eso.

Ted sonrió.

- Descuida, ya John se lo dice por los dos.

- Bien - aprobó Sam.

Después de esas palabras, Ted había mirado el reloj del bar. Se pasó las manos por el cabello. Cuando se las pasó varias veces, Sam entendió que era un gesto nervioso.

- ¿Qué sucede?

- Tengo que… Tengo que comprarle algo a Vic.

- ¿Quién es Vic?

- Una amiga. Ella está en segundo. Siempre que vengo a Hogsmeade le compro algo.

- Um… Eso no parece algo que se haga a una amiga.

- Es una amiga, y eso es todo. Eh… esto… ¿Me ayudas a comprarle algo?

- Sí, claro - dijo Sam mientras se levantaba de su silla y colocaba el dinero en la mesa. - Vámonos.

Fue así como la siguiente hora la pasaron escogiendo el regalo perfecto para Vic Weasley.

El Sam del presente se colocó la máscara de su disfraz de Caballero de la Noche (al más puro estilo de Batman) y se miró en el espejo. Estaba perfecto.

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De la puerta de Lisa, salió su compañera. Vestida completamente de blanco: falda, blusa, guantes que le llegaban hasta el antebrazo, la máscara y el cabello también eran blancos. Estaba impresionante.

- ¿Eres la Dama Blanca?

- Sí - fue la escueta respuesta de Lisa - ¿Y tú…? ¿Tú eres el Caballero de la noche, no?

- Así es - respondió Sam -. ¿La escolto al baile, querida Dama Blanca?

- Por favor.

Ella lo tomó del brazo y él le sujeto la mano. Como todo un caballero. Salieron de la Sala Común y bajaron hasta el Gran Comedor. Para la ocasión, el Comedor fue engalanado con calabazas flotantes, serpentinas, telarañas y ondulantes telas negras. Habían quitado las cinco mesas largas, y habían dispuesto pequeñas mesas redondas.

Cuando Sam y Lisa llegaron ya había empezado el baile. Algo suave, como un vals.

- ¿Me concedería esta pieza, Dama Blanca?

- ¿Por qué no? - se preguntó Lisa a sí misma.

Tomó la mano que el Caballero Negro le ofrecía y fue con él a la pista. Bailaron muy juntos. Sin mirarse. Los ojos de Sam estaban fijos en el cabello blanco de Lisa, y los ojos de Lisa estaban en el hombro negro de Sam.

- ¿Cómo hiciste para que…? ¿Para qué tu cabello luciera así?

- Es un hechizo sencillo. Las grandes brujas de la época victoriana lo utilizaban, ¿sabes?

- Ah…

Cuando el baile terminó, Lisa fue la primera en alejarse.

- Necesito algo de tomar - se excusó y se dirigió a la mesa de las bebidas.

Sam se quedó en la pista, mirándola.

- ¿Te vas a quedar así o vas a bailar? - le preguntó Lena Smith, disfrazada de Vampira gótica.

- Voy a bailar, por supuesto.

Lena se rió y tomó la mano del Caballero. Bailaron suavemente. Mirándose a los ojos. Él con las manos en su cintura y ella con las manos en su hombro. Y sonreían.

- ¿Por qué el Caballero Negro? - preguntó la Vampira.

- Siempre me han gustado los murciélagos.

- Ya… Esa es una buena respuesta.

- Esperaba que me dijeras eso.

Ella sonrió.

- ¿Por qué una Vampira?

- Porque detesto la sangre.

Sam la miró incrédulo. - Eso tiene mucho sentido.

- ¿Verdad que sí?

- Sí, claro.

Ambos se rieron. Era tan fácil estar juntos. Con Lena no discutía. No debía argumentar. No tenía que estar en guardia las veinticuatro horas del día. Sería tan fácil si fuera Lena la que le gustara…

- ¿Das clases en Hogwarts, no?

- Estudios Muggles, sí.

- ¿Por qué?

- ¿Por qué no?

Sam sonrió.

- ¿Ustedes estar versadas en el arte de evadir las preguntas, verdad?

- Sólo un poco - reconoció Lena -. ¿Cuál era la pregunta?

- ¿Por qué Estudios Muggles?

- Ah… Soy una squib, Sam. Trabajar en Hogwarts es un sueño para mí. Un sueño hecho realidad. Siempre he aceptado lo que… lo que soy… pero siempre quise venir a Hogwarts. Pasar tiempo aquí.

- Entiendo.

Lena suspiró.

- Cuando alcancé la mayoría de edad, la profesora McGonagall me llamó para que sustituyera al profesor de Estudios Muggles. Pero cuando él llegó, decidió renunciar y yo me quedé con el puesto.

- Debiste quedar encantada.

- Lo estaba, sí. Fue algo genial.

- Me alegro.

- Yo también - sonrió Lena -. Eh… Creo que la profesora Sutherland no te perdonará si no bailas con ella.

- Luego tendré que bailar con la profesora Summers - dijo Sam, aunque no parecía molesto con la idea. Se despidió de Lena y se acercó a Nereida Sutherland.

Bailó varias canciones con casi todas las profesoras. No se le permitía que bailara con las estudiantes. Aunque más de una le hacía ojitos para que la sacara a bailar.

- De buena gana lo hiciera - le dijo a Neville.

- Pero no debes.

- Sí, lo sé.

- ¿Por qué no bailas con mi esposa? - sugirió Neville.

- ¿Por qué no?

Hanan Longbottom bailaba estupendamente. Y así se lo dijo Sam.

- Qué halagador eres.

- Sólo cuando me conviene.

Ella rió. Sam entendió porque estaban juntos. Hanan y Neville parecían el uno para el otro. Ambos sensibles, ambos fuertes, y ambos felices. Era una relación sencilla. Casi dulce. Eran tal para cual.

- Se casaron luego de la guerra, ¿verdad? - preguntó Sam curioso. Luego, se dio cuenta de lo que había dicho -. Eh… perdón… yo…

- Tranquilo - dijo Hanan - Sí, nos casamos inmediatamente después de la guerra. Fue lo único que trajo bueno, que nos conocimos a fondo. No sé que hubiera hecho sin Neville. Sin su temple, su cariño… Probablemente no hubiera sobrevivido.

- Eso hubiera sido terrible, en serio.

Hanan rió.

- ¿Siempre eres tan divertido?

- En ocasiones…

Cuando terminó aquella música, Hanan volvió con su esposo y Sam fue a la mesa de las bebidas. Allí se encontró con Lisa. Estaba sola. Sam recordó en ese momento que nadie más la había sacado a bailar. Observó a la Dama Blanca. Estaba sentada, con una expresión de aburrimiento total en sus facciones, y el pie derecho siguiendo el ritmo del baile. Sam miró hacía la pista: todos bailaban, nadie parecía inclinado a pedirle un baile a Lisa Smith.

Idiotas, pensó Sam.

- Vamos - dijo el moreno mientras dejaba el vaso y le ofrecía su mano derecha a Lisa.

- ¿Qué?

- Vamos. Se nota que quieres bailar. Yo quiero bailar también. Así que vamos.

- Yo no quiero bailar - replicó Lisa.

Sam suspiró.

- O vienes por las buenas o vienes por las malas, Lisa. Tú decides.

Lisa se levantó.

- Está bien.

- Vamos.

La llevó a la pista. La música cambió en ese preciso momento. Lisa se quería marchar pero Sam la sujetó. Empezó a sonar un tango. Sam recordó aquel mes con esa hermosa chica argentina, ya no recordaba como se llamaba, pero se movía bien, muy bien, y le había enseñado a bailar uno de los bailes más sensuales: el tango. Sam se empezó a mover con la música.

- ¿Sabes bailar tango? - preguntó Lisa sorprendida.

- Por supuesto. ¿Tú no?

- Sí, claro.

Se empezaron a mover, uno contra el otro. De acuerdo a la música, al ritmo. Sus cuerpos se movían de forma coordinada. Lisa lo empujó hacia atrás.

- ¿No te han dicho que el hombre es el que guía? - preguntó Sam-

Lisa sonrió inocentemente.

- ¿Y no te he dado suficientes pruebas para que te enteres que no me gusta ser guiada?

Lo empujó nuevamente. Sam la alzó sobre sí mismo y la hizo girar. Luego la dejó caer. Lisa taconeó el piso.

- Esto es un baile, no una guerra.

- La guerra es otro tipo de baile, ¿sabes?

- Este no.

Continuaron girando, moviéndose al compás de la música pero marcando su propio ritmo. Ninguno cedía. Ninguno dejaba que el otro guiara. El resultado podría haber sido fatal, pero desde afuera, para los que veían, aquel era el mejor baile de Sam Black y Lisa Smith.

Sam sonrió. Se separó de ella y la rodeó.

- ¿Cómo definirías nuestra relación?

- Caótica - respondió Lisa sin dudar.

- ¿Algo más?

- Complicada.

- ¿Y quién la hace de esa forma?

- Yo no.

- Tú empezaste.

- Y tú continuaste.

- ¿Ambos somos culpables entonces?

- Definitivamente.

Lisa volvió a taconear el piso. Eran Sam y Lisa. Eran el Caballero Negro y La Dama Blanca. El contraste entre el blanco y el negro era evidente. Eran opuestos.

Sam la hizo bajar. Lisa abrió sus piernas. Siempre mirándose, siempre analizándose. Sam la levantó, Lisa lo tomó por el borde de la corbata.

- ¿Por qué eres así?

- ¿Así cómo? - preguntó ella.

- Tan seria. Tan severa contigo misma. Como si pusieras muros a tu alrededor.

- ¿Qué hay de malo con eso?

- Nada. Si eres feliz, nada - comentó Sam -. Pero tú no eres feliz, Lisa.

- Tú no eres… Tú no eres nadie para…

- Lo sé - reconoció Sam -. Pero igual te lo digo.

- ¿Por qué?

- Porque deberías bajar la guardia. Por eso.

- No quiero… No quiero hacerlo.

- Pues deberías.

Lisa se alejó unos cuantos pasos y le dio la espalda. Sam se puso por detrás y la tomó de la cintura. Ella se arqueó contra él. Él la rodeó. Con sus brazos. Con su cuerpo. Con todo él. Lisa aspiró el perfume del Caballero: una sustancia almizclada, picante, penetrante. Sam aspiró el aroma de la Dama Blanca: algo cítrico y mentolado, algo perfecto.

- Baja la guardia.

- No - gruñó ella.

Siguieron bailando. Girando. Taconeando el piso. Moviéndose al compás del tango. Sensuales. Perfectos. Con sexo sobre tablas. Sam se sentía excitado. Emocionado. Intrigado. Lisa estaba azorada y ruborizada.

Ambos tan metidos en el baile que ni se habían dado cuenta de que eran los únicos bailando. Los demás bailarines habían decidido que era preferible ver a los aprendices bailar, que bailar el tango ellos mismos.

- Eres perfecta - susurró Sam.

Lisa se tensó. Sam lo notó e intentó seguir bailando. Pero ella se detuvo. Lo miró fijamente con sus ojos azules. Con sus oscuros ojos azules.

- Soy lo que soy - masculló -. Y nadie va a cambiar eso. ¿Está claro?

- Lisa…

Ella se alejó de él. Se alejó lo suficiente para que él no pudiera alcanzarla. Lo miró por última vez y luego se marchó, dejándolo por segunda vez solo en la pista. Sam lanzó una maldición.


Notas de la autora:

- No creen que hace como calor? Estos dos lanzan chispas… o al menos eso creo.

- ¿Reviews?